Atando cabos

En los últimos días he venido publicando en partes un gran resumen de varias ideas que he tenido oportunidad de trabajar en las últimas semanas en clase. Son ideas muy sueltas y esquemáticas y que ameritan mucha mayor discusión y elaboración, pero quería hacer algún tipo de sistematización para poder empezar a trazar más conexiones. Se trata de un muy rápido catálogo de las diferentes transformaciones que están operando sobre nuestros procesos sociales a partir del rápido cambio tecnológico que experimentamos desde el siglo XX, y que estamos experimentando desde la manera como concebimos al mundo hasta cómo organizamos la economía y la política. A manera de resumen, aquí un pequeño “índice” de la cuestión:

  1. Extensiones de nuestros sentidos. Una introducción para dar un poco de marco al asunto a partir de Marshall McLuhan.
  2. La construcción de la cultura. Un breve repaso a los cambios en la cultura de masas a partir de la tecnología del siglo XX.
  3. Reordenando el mundo. Epistemologías para el mundo digital, o repensar cómo pensamos.
  4. Personalidades múltiples. La expresión de la identidad en la vida globalizada.
  5. Una nueva lógica de participación. La nueva economía y los nuevos espacios de organización de la acción colectiva.
  6. Atando cabos (este post). Algunas conclusiones generales.

No es, de ninguna manera, un recuento exhaustivo de todo lo que se podría decir. Es, en el mejor de los casos, un punto de partida que busca rescatar, sobre todo, que para entender mejor estos problemas debemos hacer un esfuerzo particular por no pensar lo nuevo a partir de las categorías de lo viejo, y eso es mucho más complicado de lo que suena. Dice Clay Shirky que es recién cuando la tecnología se vuelve tecnológicamente aburrida que se empieza a poner socialmente interesante: que un montón de chicos universitarios empiecen a experimentar con redes sociales no tiene nada de espectacular, pero cuando el público de crecimiento más rápido empiezan a ser los adultos por encima de los 40 años la dinámica social se vuelve mucho más compleja. Es decir que los efectos sociales de las tecnologías que estamos viviendo hoy aún deben asentarse en nuestro imaginario para poder entenderlos plenamente.

Pero una idea central que hay que rescatar aquí es la idea del desafío que esto nos plantea como cultura. No estamos, y eso resulta ya bastante claro, en una posición en la cual podemos decir “no, gracias” a toda esta transformación y volver a la manera como nos organizábamos y comportábamos antes. Simplemente ya no es una opción. Y al mismo tiempo empiezan a surgir preguntas bizarras: ¿a qué edad es pertinente que un niño tenga un perfil en Facebook? ¿A qué edad y quién y cómo les enseñamos a hacer un mejor uso de todas estas tecnología sociales? ¿Queremos formarlos como consumidores, como productores, tiene sentido incluso hacer la referencia? ¿Cómo es transformador, en el sentido más amplio, formar una nueva generación consciente de su capacidad de producir y de las implicancias de esa capacidad?

Este desafío es, también, que tenemos que recorrer la delgada línea que separa la fe ciega en la tecnología de la resistencia necia hacia sus efectos, sabiendo que ni uno ni otro polo tendrá un modelo que nos sea efectivo. La tecnología no se va a ir; pero tampoco está aquí para solucionar todos nuestros problemas. De hecho, en el camino va a causarnos varios problemas más, y se me ocurren dos que son enormes. Primero, que toda esta gran promesa tecnológica ha venido de la mano de un costo enorme para nuesta supervivencia como especie: el producir todo este mundo de plástico ha significado que no es reciclable, y que la misma lógica que nos ha permitido hacer todo lo que ahora podemos hacer, es la misma lógica que nos está llevando cada vez más rápido al camino de la extinción.

El segundo problema está relacionado. Y es que, al mismo tiempo, toda esta gran promesa tecnológica ha dejado excluido a un enorme porcentaje de la población de este planeta – y además, en gran medida, su crecimiento depende de que este enorme sector excluido se lleve la peor parte del uso y el consumo de aparatos y procesos que nunca aprenderán a utilizar y de los que nunca conocerán beneficios. El gran “desarrollo” de la humanidad ha venido con el costo de considerar “prescindible” a buena parte de la misma. Al mismo tiempo, la brecha que separa a los excluidos de los incluidos se sigue ensanchando cada vez más: a la separación de la alfabetización, ahora se agrega no sólo la alfabetización informática, sino en la era de los medios participativos también la alfabetización mediática, y nuevos subconjuntos de alfabetización siguen apareciendo todo el tiempo para los cuales ni siquiera tenemos idea cómo responder.

Visto gruesamente, si alguna idea general quiero desprender de todo esto es que necesitamos de una nueva lógica para comprender el proceso tecnológico en su dimensión más amplia, como un proceso social a través del cual estamos virtiendo nuestra cultura. La tecnología ya no es más, solamente, aparatos que están allí afuera para responder a nuestra voluntad, sino que son en gran medida la forma de nuestra voluntad, la delimitación del espectro posible de lo que podemos querer. Nuestra capacidad para responder efectivamente a este desafío sin extinguirnos pasará por nuestra capacidad para aprender a coexistir con estas extensiones de nosotros mismos de una manera no ingenua, de una manera que reconozca las singularidades de la época en la que vivimos sin entenderlas como versiones radicales de aquello que ya hemos conocido. Sirva, quizás, esto como un segundo apunte de que tenemos que pensar un poco más en alguna forma de tecnoexistencialismo: la comprensión de nuestra existencia que derivamos a través de y en la tecnología, como la posibilidad de imaginarnos futuros posibles y plantearnos la manera como llegar a ellos.

Carreras del futuro

Venía por la vía expresa hace poco y vi un cartel enorme de la Universidad San Martín de Porres, promocionando “carreras con futuro”, y apuntando al sitio web www.carrerasconfuturo.com. Me dio demasiada curiosidad entrar a ver qué les estaban vendiendo a los jóvenes que hoy egresan de la secundaria y postulan a la universidad como “carreras con futuro”, así que tuve que entrar a verlo más en detalle. La educación, especialmente la educación superior, y especialmente la educación superior para el futuro son temas que tengo bastante cercanos, así que tenía que ver si había algo interesante.

Y, sí. El sitio está muy bien diseñado, de hecho me da curiosidad saber quién hizo el diseño. Pero mi primera sorpresa fue que, oh coincidencia, TODAS las carreras la USMP eran estas tales “carreras con futuro”. Es decir, que la USMP sigue vendiendo como carreras del futuro opciones como Derecho, Medicina o Ingeniería, las mismas carreras tradicionales que todo el mundo ha recomendado los últimos 100 años y que, por lo mismo, son sectores del mercado que se encuentran saturados. Aún cuando eso no quiere decir de ninguna manera que todo aquel que estudie carreras tradicionales tendrá problemas para encontrar trabajo, sí quiere decir que para una considerable cantidad esto será cierto. Y quizás es algo que no tengan en consideración al escoger la carrera.

Aquí hay dos planos de análisis distintos y relevantes. En primer lugar, que en el presente la oferta educativa no está alineada con el mercado. Generamos muchos profesionales, que por buenos que sean, no necesariamente salen preparados para el “mundo real”. El segundo plano me llama más la atención: que no preparamos realmente profesionales para el futuro, porque claro, nunca nos hemos dedicado realmente a pensar en qué queremos del futuro ni qué profesionales podríamos requerir entonces.

La USMP nos brinda un excelente ejemplo de que somos estructuralmente incapaces de imaginar el futuro de una manera que no sea una versión radical del presente. Para ellos, el 2020 se ve así:

El New York Times señala que las conexiones inalámbricas harán que no existan barreras entre el trabajo y la vida personal, esto impedirá el exceso de trabajo y se consolidará un nuevo formato de día laboral, los empleados trabajarán durante varias horas y las combinarán con sus actividades personales.

Que es más o menos el equivalente laboral de los autos del futuro que prometía Mecánica Popular en los años 50. Por un lado, describen muchas cosas que estamos presenciando hoy, y para las que no estamos preparados, pero que no son una cuestión “futurista”. Por otro lado, no tienen en consideración que el futuro, muy probablemente, será radicalmente diferente de lo que somos capaces de concebir hoy día, y por razones probablemente muy diferentes de las que podríamos pensar. Clay Shirky tiene un muy buen ejemplo para ilustrar esto:

Hay una escena maravillosa en la película de 1968, 2001 (para cuando supuestamente todos debíamos estar viajando al espacio) donde azafatas espaciales en minifaldas rosadas dan la bienvenida al pasajero que llega. Esta es la visión perfecta, empaquetada para los medios, del futuro – la tecnología cambia, la basta se mantiene igual, y la vida sigue como es hoy, excepto que más rápida, más alta, y más brillante. En contraste, la píldora anticonceptiva, como el transistor, parecían ofrecer tan sólo mejores incrementales sobre los métodos existentes. Pero al hacer del control de la fertilidad y una decisión unilateral y, crucialmente, femenina, que no tenía que ser negociada caso por caso, la píldora ha transformado a la sociedad de maneras mucho más importantes que cualquier cosa conseguida por la NASA. [Here Comes Everybody, traducción mía.]

Un poco de lo mismo es lo que encontramos en la descripción del 2020 que hace la USMP. Claro, conexiones inalámbricas, transformarán todo lo que conocemos sobre el trabajo. Pero el trabajo seguirá siendo esencialmente trabajo, produciendo esencialmente lo mismo, bajo el mismo modelo económico, con los mismos objetivos, y demás. Si el incremento de la combinación profesional-personal que describen terminara en que las familias se descomponen y la gente es crecientemente miserable, llevando a la gran revuelta tecnoproletaria del 2017 y a la consiguiente instauración del régimen ludita, sería algo imposible de predecir, e incluso de concebir, desde esta descripción alegre y peregrina de lo que vendrá.

Ahora, lo realmente perturbador. Las carreras que necesitaremos en el futuro, o desde el otro punto de vista, los trabajos para los cuales necesitaremos formar gente en el futuro, no existen hoy día. Muchos de los trabajos que existen hoy no existían hace 5 años, y no existen descripciones claramente definidas para lo que hacen o el perfil que requieren. Además de que cambian lo suficientemente rápido como para que prácticamente ningún cuerpo de conocimiento pueda mantenerse suficientemente al día: la realidad que uno estudia al empezar una carrera resulta ser significativamente diferente 5 años después, cuando termina. En ese contexto, es realmente irrelevante que mi carrera tenga futuro hoy, pues es bastante probable que cuando termine de estudiarla, o haya dejado de tenerlo, o sea algo para lo que no estoy formalmente preparado, o haya futuros más interesantes en otras áreas. Entonces, cuando un egresado de secundaria hoy lee esto sobre un supuesto 2020:

Puesto que las empresas tendrán que adoptar las innovaciones tecnológicas, prevalecerá el aprendizaje constante y la acción organizativa. Los mandos medios desaparecerán y los trabajadores serán temporales, en este entorno la lealtad estará dirigida al compromiso con el proyecto. Para el portal Strategy-Business, la clave del éxito de las empresas del futuro estará en fusionar la fuerza de trabajo y la tecnología de la información moderna.

¿Qué le estamos dando realmente? Aparte de una visión ingenua del futuro y una desinformada del presente. Según esto, algo así como los cyborgs serán la fuerza laboral del futuro. Entonces mejor ni nos molestemos en estudiar, y dediquémonos a perfeccionar nuestros implantes electrónicos para nuestros trabajos temporales comprometidos con el proyecto, sea lo que sea que eso signifique. Ah, sí. Se llama freelance, vía web. Eso es taaaaan 1998.

Entonces, quizás en este punto no importe tanto, realmente, qué profesión escoja uno. En realidad, en un momento en el cual las fronteras entre disciplinas se vuelven tenues y se reconfiguran las profesiones, quizás lo más inteligente sea optar por la posibilidad menos encasillante, aquella que le permita a uno cómodamente saltar entre diferentes áreas de acción con relativa comodidad. Aquello que, justamente, nuestro sistema educativo no está realmente preparado para preparar.

Lo cual hace tanto más urgente que no pensemos tanto en carreras CON futuro, como en carreras DEL futuro, y lo que esto signifique viene de la mano con el contenido que queramos, desde nuestra perspectiva limitada, darle al futuro. Partiendo, por supuesto, de reconocer que no hay manera de que sepamos bien qué significará esto en unos años, y que tenemos que prepararnos para condiciones cada vez mayores de incertidumbre. Lo cual no quiere decir que no seamos capaces de mapear hoy las tendencias que probablemente se conviertan en los problemas en un futuro cercano. Más que ofrecerles a los egresados de secundaria promesas vacías de certidumbre sobre futuros ilusorios, sería bueno que seamos sinceros con ellos y les digamos que no tenemos mayor idea de lo que estamos pasando, y que ellos tampoco la tendrán, y que tenemos, más bien, que aprender a arreglárnoslas para vivir y ser felices renunciando a la pretensión de entender bien dónde va cada cosa.

El desafío a las profesiones 3

Sin embargo, había mencionado que quería hablar de dos ejemplos. El primero era el caso del periodismo; el segundo me es un tanto más cercano, y es el caso de la filosofía. Y esto me permite volver sobre un tema recurrente que además he estado conversando en los últimos días, que es sobre el sentido del quehacer filosófico en la actualidad. Éste es un tema que me ha obsesionado por mucho tiempo por la simple razón de que en la formación filosófica no encontré lo que esperaba -encontré muchas cosas que aprecio enormemente, pero simplemente no encontré el espacio que esperaba encontrar para desarrollar ideas-.

Lo cual me ha hecho pensar mucho sobre el significado que tiene la filosofía, particularmente como profesión. Igual que en el caso anterior, del periodismo, creo que el primer paso importante es entender que la filosofía no es algo que ponga a nadie en el plano de los dioses o los demiurgos, sino que es, ella misma, un producto histórico, un resultado de nuestra actividad cultural, y que su longevidad de más de 2500 años no se debe a que sea más verdadera o más real, sino a que ha sabido exitosamente adaptarse y responder a diferentes necesidades a través de las épocas. Ya en esto choco fuertemente con muchos filósofos que conozco, que muy por el contrario, sí ven en la filosofía una suerte de búsqueda privilegiada por el fundamento, un acercamiento más íntimo a la verdad y la realidad y por tanto, hasta cierto punto, una cierta búsqueda por encima del flujo de la historia.

Este problema de fondo termina reflejándose en una serie de problemas “superficiales”, o mejor dicho, en problemas directamente vinculados con la práctica filosófica, y lo que se considera legítimo o no afirmar desde el discurso filosófico. Me gustaría tener la habilidad de Shirky para hacer una lectura convincente en los mismo términos económicos en los que él interpretó la profesión periodística, pues me parece que sería igualmente efectiva, pero no sé por dónde comenzar: sí creo, particularmente, que la filosofía responde a una necesidad social, por poco explícita que sea -si no lo hiciera, no creo que la tendríamos-. Pero creo que presenciamos un movimiento muy similar al del periodismo en la filosofía: de alguna manera, el sentido económico de la clase “filosófica” como conjunto profesional era que alguien tenía que dedicar buena parte de su vida al manejo pormenorizado de los “grandes problemas” que no tenían propiamente una respuesta, pero cuyos intentos de respuesta que esbozábamos decían ellos mismos mucho sobre el tipo de época en la que vivíamos. De modo que, no era tanto que hubiera un conjunto de problemas filosóficos eternos para todas las épocas, como que lo interesante radica en ver qué escoge cada época como sus problemas filosóficos como una manera sugerente y reveladora de caracterizar una época a través de sus preocupaciones conceptuales.

En este sentido, entonces, los filósofos funcionaban en la práctica, igual que en el caso del periodismo respecto a la información, como una suerte de guardianes: el alto costo que demandaba su formación (en la medida en que debían dedicarse a manejar un amplio conjunto de conocimientos altamente complejos) les brindaba la posibilidad de articularse como “clase”, como conjunto profesional, cuya función social era trabajar los conceptos de una época y cristalizar en ellos las preocupaciones de una sociedad, para luego devolverlos. El cimiento de su justificación económica radicaba, precisamente, en que el conocimiento era difícil de acceder, y más aún de manejar, y al mismo tiempo, de que por lo mismo el acceso a una red de especialistas con los cuales colaborar era a su vez complicado de desarrollar. De allí que la filosofía se viera un poco forzada a crecer siempre de la mano de las universidades, como uno de los pocos nodos de acumulación de conocimiento que existieron históricamente.

Pero ojo -y he aquí otra interpretación problemática- que la filosofía no era, originalmente, una preocupación propiamente académica. Primero que nada, porque no había academia. El poco legado textual que ha permanecido de las primeras épocas de la filosofía es, me parece, un gran indicador de esto: la filosofía surge, sí, como una búsqueda de principios, pero motivada a partir de preocupaciones personales sobre la manera como funciona el mundo. Y en varios casos, como por ejemplo el de Sócrates (aunque las interpretaciones varían), con un objetivo no tanto de desarrollar conocimiento como de hacer al hombre una mejor persona. Pareciera, si se puede decirlo, que la filosofía surge más como una preocupación existencial que como una preocupación cognitiva. Lo cual es, además, el mismo sentido que empiezan a rescatar, mucho más tarde, filósofos como Kierkegaard y Nietzsche.

¿Qué ocurre, entonces, cuando siguiendo el mismo patrón, el acceso al conocimiento se vuelve una cuestión virtualmente transparente? Cuando incluso el medio académico como lo hemos venido conociendo desde el medioevo se ve socavado por la rápida difusión de información, y por consiguiente la práctica académica misma se ve cuestionada, por extensión la filosofía como academicismo debe hacerlo también. Es cierto que uno podría argumentar, de nuevo, que este es el camino equivocado para la sociedad, que le abandono del academicismo nos sumirá en una especie de nuevo oscurantismo. Pero también es cierto que el academicismo y la formación académica tradicional poco están haciendo por cambiar esto: su estrategia de resistencia básicamente se resume en “hagamos lo mismo de siempre y hay que morir lentamente”. Lo cual no brinda alternativas muy persuasivas a panoramas educativos como estos:

Al mismo tiempo, la academia que conocimos se ha articulado de tal manera que se contrapone a actividades sociales en las cuales realizamos gran parte de nuestro aprendizaje: por ejemplo, la contraposición industrial entre el trabajo y el juego. El trabajo académico es serio, y por tanto se diferencia de lo divertido y lo lúdico, aún cuando es en lo lúdico que exhibimos gran parte de nuestra creatividad. Pero es que, claro, el sistema académico que hemos construido, junto con la filosofía que ha crecido dentro de él, no son sistemas que valoren ni promuevan la creatividad ni la originalidad: son sistemas estructurados en torno a la búsqueda de la verdad, y la verdad no es ni divertida ni inmediatamente accesible a los comunes mortales, sino que es algo reservado a los elegidos, a los genios, a los privilegiados con el acceso a lo divino, prácticamente.

En la otra esquina, no solamente el conocimiento se vuelve mucho más accesible y los filtros e intermediarios a él mucho más diversos, sino que como consecuencia, quizás, de ello, la cultura popular y cotidiana se vuelve filosóficamente mucho más interesante. Además de mucho más diversa: el imperio del texto (el único en el cual la filosofía, en gran medida, se ha movido) se ve desafiado por la aparición de una enorme variedad de medios de comunicación que compiten por la atención de aquellas mismas personas que en un futuro no muy lejano podrán escoger o no una formación filosófica, y lo harán a partir de una formación diferente con preocupaciones diferentes. El desafío que se plantea a la profesión filósofica -nótese la importancia de que hablamos aquí del constructo económico que existe actualmente- radica en que los incentivos económicos existentes para garantizar su estabilidad como clase se han visto desplazados. No sólo no son ya los guardianes de un conocimiento poco accesible y que requiere de una dedicación específica, sino que ahora el acceso a los mismos problemas que antes protegían por encargo de la sociedad ahora puede hacerse de maneras mucho más sencillas y que generan un involucramiento mucho más profundo por parte de los individuos “de a pie”. En otras palabras, podría utilizarse la misma etiqueta del “filósofo ciudadano” con los mismos problemas que encontramos antes para el periodismo ciudadano, para describir aquel espacio donde personas sin formación filosófica formal pueden formularse problemas desde un punto de vista filosófico como una de las múltiples actividades en la que incurren en el transcurso de su vida cotidiana. Pop, light, lo que quieran: pero esto, efectivamente, cuestiona la necesidad social por la cual mantener una clase de filósofos cuya función sea mostrar verdades sobre grandes problemas que preocupan al hombre.

Las alternativas son similares: o buscar la manera de forzar la perpetuidad del orden existente, o empezar a pensar en la adaptación. De nuevo, ya se darán cuenta a esta altura de que me inclino por lo segundo. Porque lo primero que se necesita es disociar a la filosofía, al menos como exclusividad, del peso del academicismo, lo cual abre la puerta para que se realicen mucho más experimentos originales. Como con cualquier proceso similar, la mayoría de ellos no funcionarán, pero volviendo a Shirky, pasamos de un modelo donde filtramos antes de publicar, a uno donde publicamos y luego filtramos, porque los costos de transacción nos permiten esto. Sin embargo, pasar de un modelo a otro tiene enormes implicaciones respecto a lo que entendemos por genialidad, creatividad y originalidad – básicamente, nuestros conceptos existentes se diluyen. Pero eso también quiere decir que hacen falta, entonces, nuevos conceptos, nuevas herramientas conceptuales con las cuales poder poner todo esto en su contexto. Pero, felizmente, el mercado de la creación de nuevos conceptos siempre ha sido uno en el cual los filósofos han sabido moverse bien. Las condiciones del mercado han cambiado, lo cual significa que también han cambiado muchas de las reglas de juego.

Qué podría significar una nueva forma de periodismo

Ahora, después de haber considerado (1) que el periodismo y las organizaciones que lo han albergado hasta ahora no son lo mismo, y (2) que el influjo del periodismo ciudadano presenta un desafío de importancia al periodismo para recuperar su especificidad, quiero volver al artículo de Brian Solís que dio inicio a toda esta discusión. Y con ello, volver a otra de las preguntas centrales: entonces, ¿cómo se puede re-configurar el periodismo para funcionar en el nuevo ecosistema mediático?

Creo que lo que digo es que en un momento cuando los caminos tradicionales hacia carreras en el periodismo están siendo cuestionados, periodistas excepcionales pueden crear su propio destino. Su futuro está en sus libretas de notas (o en sus laptops), listo para escapar del papel al mundo en línea y al mundo real.

(…) Personalidad, motivación, determinación, y la habilidad para aceptar el riesgo y lanzarse hacia territorios desconocidos e impredecibles es la única manera de empujar el cambio e influir en la dirección de las aventuras profesionales. [Traducción mía]

De acuerdo, quizás hasta ahí la cosa no queda demasiado clara, pero el asunto mejora.

La hipótesis central de Solís en este sentido es que aunque las organizaciones de noticias pueden colapsar, lo que no desaparecerá aún en tiempos de crisis es la demanda por parte de lectores de contenidos interesantes y de calidad, con los cuales puedan vincularse personalmente. De esto se sigue que, en la medida en que los periodistas consigan conectar con esta demanda, podrán generar emprendimientos noticiosos/informativos que reconstruyan el panorama de la oferta mediática más allá de instituciones colapsadas como los periódicos. Creo que en este punto Solís pone demasiado énfasis en el peso del contenido por sí solo -como si tradujera la lógica de la palabra impresa y la traspusiera al medio digital- pero plantea suficientes puntos interesantes como para seguir el hilo de su argumento.

Entonces, siguiendo este hilo, lo que es posible que encontremos es que existen alternativas profesionales en el futuro periodístico para aquellos periodistas (y uso aquí el término en sentido amplio) que mejor consigan engancharse con un público: para los que consigan conectar de un modo personal mucho más cercano con sus lectores o con su audiencia de tal manera que consigan articular lo que Seth Godin llamaría una “tribu”:

Es suficiente si la tribu que lideras te conoce y le importas y quiere seguirte. Es suficiente si tu liderazgo cambia cosas, sorprende a la audiencia y pone al status quo bajo presión. Y es suficiente si el liderazgo que brindas hace una diferencia.

Recorre la lista de historia de éxito en línea. Los grandes ganadores son organizaciones que brindan a tribus de gente una plataforma para conectarse. [Traducción mía]

El problema es, claro, que los periodistas tradicionalmente no están formados, acostumbrados, ni realmente buscan/esperan/quieren tener que liderar ningún tipo de tribu. El periodismo profesional entendido tradicionalmente cumple una función bastante lineal: recoger información, procesar información, transmitir información. Todas las funciones accesorias o periféricas corresponden a otras personas dentro de la organización. Pero, un momento. La organización ya no existe, o está en vías de colapso. Por lo tanto, las funciones mismas que cumple el periodista tendrán que ampliarse también: ya no se trata simplemente de crear el filtro de información entre los que saben y los que no (algo que hemos visto, además, ya no es exclusividad del periodista), sino que el verdadero valor del periodista recaerá más en su capacidad de crear una conexión con el público, y entre el público mismo.

¿Qué quiere decir esto, y con qué se come? Por un lado, que el periodismo reconfigurado requiere de un conjunto de nuevas habilidades propiamente “periodísticas”. Eso, me parece, está ya mejor cubierto en otro lado. La novedad que creo se puede introducir en este punto con Solís concierne más bien a este nuevo rol abstracto de articulador que compete a los periodistas detrás de estas nuevas iniciativas periodísticas, un rol de articulación que, me parece, involucra tres competencias diferentes pero profundamente vinculadas entre sí: (1) la capacidad para construir un efectivo branding personal, (2) la capacidad para articular de manera auténtica una comunidad, y (3) la capacidad para llevar adelante algo-así-como una empresa unipersonal (o casi unipersonal).

Lo que esto quiere decir es muy simple: lo primero es que, en la crisis, los periodistas tienen también que aprender a ser emprendedores y a generarse sus propias alternativas. Esto no es nuevo, porque lo mismo o algo muy similar podría decirse de casi cualquier otra actividad económica en estos tiempos. Y sí, es cierto, y hay que admitir, que quizás ésta no sea una solución adecuada para cualquier persona por diferentes razones, pero mi argumento aquí más que una columna de autoayuda es que ésta podría ser la forma de iniciativas periodísticas en el futuro cercano. Dentro de estos nuevos emprendimientos, el valor principal se ve derivado de la narrativa que el periodista sea capaz de articular: el contenido, la historia, la consistencia, el núcleo en torno al cual se construye todo lo demás. De nuevo, quizás no se trate necesariamente de historias que resalten por su objetividad, por su neutralidad, sino que quizás sean justamente lo contrario: historias auténticas que no tengan miedo de tomar partido abiertamente (no por eso volverse fundamentalistas) y de esa manera conectar de una manera mucho más cercana con su público objetivo. Paul Swider tiene un buen comentario en este sentido sobre por qué esto es valioso:

Las organizaciones de noticias podrían y deberían estar a la vanguardia de esto [llevar a los ciudadanos de discutir a resolver problemas] porque trae contexto a la experiencia del usuario, lo cual moviliza audiencias que es lo que hará que la gente quiera pagar, por cualquier medio. La primera organización de noticias que ayude a la gente a dar un significado real y sobre el que se pueda actuar a la avalancha de información en sus vidas tendrá una ventaja sobre un éxito de negocios clave. Pero para hacer eso, la organización debe deshacerse de “los dos lados” y la falsa objetividad. El HuffPost consiguió esta última parte y puede que esté en camino a la siguiente. [Traducción mía]

Swider hace una mención al HuffPost que me resulta relevante porque el HuffPost, que no pretende esgrimir ningún tipo de objetividad en ningún momento, está ahora también abriéndose camino dentro del periodismo de investigación, el tradicional bastión de las organizaciones de noticias tradicionales y uno de los principales argumentos detrás de la defensa de los periódicos como instituciones de la democracia. Las premisas no son irreconciliables: el periodismo de investigación bien puede estar comprometido con objetivos o alineaciones específicas, y esto no tendría por qué ser problemático mientras se tenga transparentemente para todos cuáles son estos objetivos y alineaciones. De nuevo, preservar la objetividad como algo a lo que aferrarse no es una premisa del todo útil, porque sigue pareciéndome que sólo nos engañamos a nosotros mismos, cuando sería mucho más beneficioso para la sociedad enfocarnos en fortalecer las capacidades de los consumidores de información.

Si la capacidad de articular un branding personal, una cierta narrativa que sea capaz de movilizar a una audiencia a involucrarse con un tema en particular, el segundo componente es el valor agregado: si la idea es vincular, conectar a la audiencia y movilizarlos, entonces hay que brindarles también la plataforma a través de la cual estas conexiones tendrán lugar. Porque los usuarios, los lectores, los consumidores, primero que nada, ya no son simples consumidores, y segundo, en el mundo en línea, cada vez más los usuarios distribuyen su tiempo a través de una variedad de servicios y espacios. Para llamar su atención, y más importante aún, para conectar con ellos, hay que estar donde ellos están y brindarles todos los medios posibles para que ellos mismos puedan interactuar con las historias y con las personas detrás de ellas.

Éste es un aspecto importante porque es aquí donde la cosa empieza a diversificarse, y la función del periodista a ampliarse más allá del rol de producción de contenido al de promoción, al de vinculación, al de articulación de comunidades. Pero es importante entender que esto mismo es parte de la lógica propia de los nuevos medios, y de la articulación de lo que se llaman “narrativas transmediáticas“: que una historia no se desarrolla ya en un solo medio, sino que traza un camino a través de una serie de medios, formatos y lenguajes, a través de los cuales la historia es apropiada y transformada. Los medios digitales y tradicionales forman una continuidad a través de la cual los contenidos se desplazan, reconfigurándose en el camino. En esta continuidad es que tienen lugar conversaciones dentro de la cuales las historias se introducen y se reproducen en las manos de los lectores, o como lo pone Solís, la comunidad que debe articular el periodista:

Es la supervivencia del más fuerte determinada por aquello en lo que te afirmas y cuán hambriento estás por construir y mantener una comunidad en torno a ti y tu trabajo. Lo que tiene lugar ahora es una increíble oportunidad para que los buenos periodistas humanicen sus historias y proyecten hacia afuera una extensión de sus personas para conectarse con lectores existentes y potenciales en el punto de apertura de su atención, la ventana de oportunidad para conectarse con alguien en sus propios términos y en su propio tiempo. Y no es diferentes de las tácticas usadas por bloggers innovadores, emprendedores y determinados que aspiran a crear una congregación en torno a su perspectiva. [Traducción mía]

El tercer componente -el de la empresa unipersonal- viene del hecho de que no se necesitan grandes recursos para montar una operación de este tipo. Es, incluso, algo que una sola persona puede llevar a cabo por sí solo hasta coger la tracción suficiente como para necesitar y poder contar con manos adicionales. Lo importante de este componente, sin embargo, es que implica la importante toma de conciencia de que el papel del periodista, desde esta perspectiva, termina incorporando también funciones administrativas y de soporte que previamente pueden no haber sido de su competencia o interés. Algunos están más dispuestos que otros a involucrarse en este sentido. Pero indudablemente, las condiciones del sector en la actualidad probablemente empujen con mayor fuerza a ver las cosas con apertura y a considerar todas las alternativas para poder generar oportunidades y diversificar el espectro de enclaves mediáticos existentes en nuestro ecosistema. La posibilidad abstracta y abstrusa que aquí está esbozada no es la única -algunos otros modelos posibles e interesantes he mencionado antes- para la supervivencia y reconfiguración del periodismo, pero sí es una perspectiva interesante del tipo de transformaciones que podemos esperar.

Ahora que he hablado más de una vez del tema del ecosistema mediático, quizás sería un buen momento para regresar sobre esa idea y elaborarla un poco más. Y, sobre todo, qué espacio en ese ecosistema ocupan diferentes roles -periodistas, organizaciones, ciudadanos, y demás-.

El problema de hablar de periodismo ciudadano

Una saludable dosis de escepticismo me vino de parte del Morsa hace unos días en una nota a su viernes digital:

Nota: ¿No cansa ya ese término de “periodismo ciudadano” o “periodismo digital”? Es simplemente periodismo con otros medios (a mi gusto, más estremecedores y potentes). Pablo Mancini Rodrigo Orihuela en un post reciente va por el mismo sentido: “El periodismo es periodismo y punto. Mejor hablar de cobertura digital de las noticias, y lo que se necesita ahí a corto, mediano o largo plazo es dejar de ser un añadido del papel que sirve sólo para el último momento.”

¿De qué estamos hablando cuando decimos “periodismo ciudadano”? Primero intenté establecer que el colapso de las organizaciones de noticias no era lo mismo que el del periodismo, pero eso no quita que el periodismo mismo esté bajo transformación, en particular por el incremento de la participación de los “ciudadanos de a pie” en este espacio. La nota me hizo pensarlo un poco más. El principal problema que yo encuentro, en general, con la categoría de “periodismo”, es esta barrera divisoria que existe entre los que saben y los que no. Los que tienen acceso al conocimiento del arte del periodista, legitimados para informar y comunicar los devenires diarios de este nuestro mundo, y los demás, que por lo tanto nos vemos automáticamente asignados al espacio del consumidor de información. Si queremos podemos conversar de las noticias en nuestro foro privado, con nuestras familias y amigos; podemos incluso enviar una carta al editor, el cual, si lo considera pertinente, la imprimirá con el diario. En un mundo donde los nodos transmisores son pocos, esto tiene sentido: cuando el espectro radiofónico es limitado, cuando no cualquiera puede implementar una prensa de árboles muertos, entonces tiene sentido que especialicemos a un grupo de gente para que maneje más adeptamente la tarea de sintetizar, sistematizar y transmitir la información de una manera efectiva.

Cuando estas restricciones técnicas desaparecen, sin embargo, la distinción deja de ser tan clara. ¿Por qué, entonces, si ahora cualquiera puede publicar, tiene sentido que sigamos distinguiendo a unos como “periodistas” frente a los demás? Sobre todo ahora que ya no somos, por defecto, simplemente consumidores de información. La primera respuesta que suele venir en este punto es que los periodistas son aquellos que reciben formación en el tratamiento y el manejo de la información: buscar fuentes, cruzarlas, corroborarlas, guiarse por ciertos criterios de objetividad, de veracidad, y en los casos más extremos, por tal cosa como que el periodismo busca la verdad. Y, por supuesto, la única manera, en principio, de acceder a este conocimiento, es siendo formado dentro del periodismo. Pero esta limitación es triplemente cuestionable: es cuestionable, en primer lugar, porque aunque es un bonito wishful thinking, no necesariamente refleja la práctica efectiva del periodismo cotidianamente -bien puede ser lo que muchos hagan, y les agradezco el hacerlo enormemente, pero no pareciera ser la práctica generalizada-. En segundo lugar, es cuestionable porque quizás ya no sea éste el tipo de información del que derivamos valor: información objetiva y veraz en la cual ya no sentimos que podamos realmente confiar como tal. En tercer lugar, es cuestionable porque los mismos criterios de objetividad y veracidad son, epistemológicamente, bastante menos claros hoy día de lo que lo fuerona hace 150 años cuando estos cánones empezaron a cobrar forma.

La categoría de periodismo se vuelve así una categoría bastante difusa: porque su especificidad no está del todo definida, y porque lo que antes la hacía especial, en la explosión mediática de la era digital, se vuelve algo accesible casi a cualquiera.  Y surge allí la figura del “periodismo ciudadano”, junto con un cierto pánico de que los códigos morales y profesionales del oficio empiezan a colapsar. Me apoyo aquí una vez más en Jenna McWilliams:

Si pensamos en el periodismo como una profesión, una en la que la tarea del reportaje riguroso recae sobre periodistas de élite en los enclaves mediáticos más respetados, una para la cual existen estándares y códigos de ética que pueden y deben ser transmitidos de maestros a aprendices, entonces sí, el periodismo está en medio de un preocupante declive. Pero si pensamos en el periodismo como, para apropiarme del lenguaje de Clay Shirky, un comportamiento temporal más que una identidad profesional, entonces podemos ver cómo el periodismo está en auge. En lugar de unos cuantos periodistas estacionados estratégicamente alrededor del mundo, ahora tenemos personas estacionadas literalmente en cualquier lugar donde haya personas habitando, cualquiera de las cuales puede tener acceso y, si hacemos bien esto de la revolución cultural, la capacidad para revelar la primicia de la siguiente gran historia. [Traducción mía]

La figura del periodismo ciudadano viene de la mano con una nueva manera para entender las categorías en las que ordenamos la sociedad. Esta nueva manera puede casi entenderse en el sentido de entender una sociedad organizada a partir de carpetas, frente a una sociedad organizada en base a etiquetas -algo que será comprensible a cualquier usuario de Gmail-. Una sociedad organizada en carpetas asume que hay un solo lugar, una sola función, que puede ocupar una persona. Uno cae dentro de la carpeta “periodista”, cumple con el rol de periodista siguiendo los criterios que están establecidos para todos aquellos dentro de la carpeta “periodista”. De manera similar para las demás profesiones, y siguiendo esta lógica se ha articulado y diseñado todo nuestro sistema educativo y de formación profesional. En una sociedad basada en etiquetas, sin embargo, la figura cambia: no se trata de que yo sea periodista porque tengo el título de periodista o la formación de periodista (es decir, no porque me encuentr dentro de la “carpeta” “periodista”). Una persona puede caer bajo varias etiquetas al mismo tiempo, sin que ninguna defina por completo ni agote las posibilidades de lo que una persona pueda hacer. Bajo esta lógica se entiende el problema del periodismo ciudadano: no es que cualquiera sea periodista, sino que cualquiera puede, en la práctica, actuar como periodista, recoger información y compartirla, evaluarla y criticarla. Luego de hacerlo, volver a lo que hace normalmente, o a cualquier otra cosa, sin que su estatuto ontológico se vea íntimamente modificado. Uno es “periodista” por la simple razón de que se ha comportado como tal: no hay una barrera de conocimiento que separe a los periodistas de los no-periodistas, sino simplemente una cuestión de qué rol está cumpliendo uno en un momento dado.

Ahora, más allá de esta socioepistemología de medianoche, quiero volver a la pregunta del Morsa. Todo esto está bien, y es muy bonito, pero, ¿por qué nos empeñamos en llamarlo periodismo? ¿Qué sentido tiene seguirlo llamando periodismo? ¿Por qué no reconocer que estamos simplemente en presencia de otra cosa, y dejar al periodismo ser lo que es? Creo que sí, y creo que no, y aquí incurriré inevitablemente en una contradicción flagrante que espero me perdonen por el momento.

Creo que sí tiene sentido poner énfasis en la figura del periodismo ciudadano por una cuestión desmitificante: porque ayuda a cimentar la idea de que la barrera tradicionalmente asumida entre periodistas y el resto del mundo ha colapsado, y que, en todo caso, lo que hace especial al periodismo no es que sean ni abanderados de la verdad, ni los únicos legitimados para comunicar la información de lo que está pasando. La figura del periodismo ciudadano refleja que, en la práctica, cualquiera puede en el mundo de hoy cumplir las funciones de un periodista, y que esto será un cambio que muy probablemente no desaparecerá. Si no desaparecerá, eso también significa que debemos hacer algo al respecto: o nos esforzamos por “profesionalizar” a los amateurs, con lo cual destruimos todo el sentido de la amateurización; o nos esforzamos por desarrollar mejores capacidades en los consumidores de información, con lo cual entramos en el terreno de la alfabetización mediática.

Pero, al mismo tiempo, creo que no porque estamos efectivamente en presencia de otra cosa. O, en todo caso, tenemos la posibilidad de estar en presencia de un fenómeno mucho más grande: que este reinterpretación del rol que cumple el ciudadano de a pie frente a la información que lo rodea es efectivamente el vehículo que lo lleva de ser consumidor de la información a ser un emisor el mismo, un productor de contenidos, un creador. Un creador que, por supuesto, no es un hongo, sino que se introduce dentro de todo un ecosistema de información que fluye por múltiples medios y redes al mismo tiempo. El potencial que me resulta aquí interesante no es que estemos en presencia de una nueva ramificación de lo que hemos entendido o queremos seguir entendiendo por periodismo: me resulta más interesante pensar que estamos frente a una reinterpretación del rol y el comportamiento del ciudadano, propiamente hablando. Ahora que los medios para involucrarse en una discusión más amplia sobre los asuntos públicos son mucho más accesibles, el rol del ciudadano adquiere también esta dimensión de filtro y crítico de la información que consume y que comparte con los demás.

Quiero volver más adelante sobre el sentido que esto tiene dentro del “ecosistema mediático” del que vengo hablando. Pero por ahora quiero adelantarme a una primera crítica – y sí, es cierto que todas estas herramientas podrían llevar a una ciudadanía mejor articulada, pero en la práctica los blogs y las redes sociales están llenas de contenido que nada tiene que ver con los “asuntos públicos” o con una ciudadanía fortalecida. Respondo preliminarmente dos cosas. La primera es evidente: una objeción de este tipo presupone lo que son los asuntos públicos, es decir, sigue viniendo desde una perspectiva que pretende estar por encima y más allá de lo que interesa a las personas (de la forma “yo sé lo que es importante más que ellos”). Terreno peligroso: jugamos con la línea de asumir que los asuntos públicos se deberían regir democráticamente, aún cuando sabemos que lo que serían, entonces, asuntos públicos, no serían lo que queremos que sean. Pero un punto válido para tener en cuenta. La segunda es un poco más estructural: y es que, en realidad, la cuestión material de lo que ciudadanos discutan utilizando estos medios (ejerciendo una forma de “periodismo ciudadano”, si se quiere) no me es lo más interesante. Lo más interesante es el ejercicio formal de introducirse en estas discusiones en foros públicos (en otras palabras, “el medio es el mensaje”). Porque en el transcurso de este ejercicio, lo que estamos fomentando es el desarrollo de un conjunto de habilidades formales que pueden fácilmente traducirse a otros ámbitos de la discusión pública. No, no necesariamente se traducirán: pero el simple hecho de tener una mayor cantidad de personas acostumbradas a la discusión y participación pública en torno a asuntos que les interesan, hace tanto más posible que una cantidad de ellas escoja, también, participar de otros foros, espacios y discusiones similares.

En el punto en el que nos encontramos, no me siento en un posición como para entender cuál es el rol o sentido que tiene, entonces, hablar de “periodismo ciudadano”. Pero por lo pronto veo que es una bisagra útil para cumplir una doble función: por un lado, para desmitificar y ampliar el espectro de lo que se puede hacer con y desde el periodismo. Por otro, porque amplía también el espectro de funciones y roles que estamos encontrando que pueden cumplir los ciudadanos que adoptan un rol participativo y activo en torno a los asuntos que les son de interés particular.

Ahora, si el influjo de “periodismo ciudadano” está desafiando la especificidad de la función periodística, la siguiente pregunta que se nos abre es, dentro del contexto de instituciones noticias que colapsan y formas de periodismo cambiantes, cuál será la nueva configuración que adoptará el rol del periodista.

Salvar a los periódicos vs. salvar al periodismo

Madrugada un tanto sobrecargada de información a la que intentaré dar sentido. Primero un poco de contexto: en un post que disfruté mucho escribiendo hace unos días, partía de un artículo de Brian Solís en TechCrunch para explorar la continuidad del discurso que se da entre diversos medios digitales (y como felizmente señaló en un comentario Daniel, continuidad que se prolonga y entrecruza con medios no-digitales). Luego, en las últimas semanas todo aquel interesado en las transformaciones en los medios de comunicación no puede dejar de observar lo que está ocurriendo con los periódicos – y yo mismo disfruté mucho preguntando cuál sería el futuro de las noticias. Este pequeño ejercicio de ego introductorio sólo busca contextualizar un poco de entrada algunas ideas sueltas que quiero tratar de articular esta noche, que han surgido a partir de nuevos artículos que he encontrado en el camino y nuevas discusiones que me gustaría incorporar en este universo.

En particular, un nuevo artículo de Brian Solís en TechCrunch me ha generado toda una nueva batería de preguntas, en tanto vincula claramente un tema con el otro: buscando la conexión entre el nuevo ecosistema mediático y el declive de la industria de los diarios en EEUU. Solís empieza su artículo a partir de la siguiente pregunta, que me parece un buen hilo conductor para empezar la discusión:

“¿Vale la pena salvar a los periódicos?” Walt [Mossberg] no lo pensó más de dos segundos y respondió asertivamente: “Es la pregunta incorrecta. La verdadera pregunta que deberíamos hacernos es si podemos o no salvar al buen periodismo”. Continuó: “Piénsalo. De los cientos, miles de periódicos en el país, hay sólo unos cuantos que importan. El buen periodismo y los buenos periodistas, por otro lado, merecen ser salvados”. [Traducción mía]

Todo esto me ha llevado a tener algunas ideas en borrador que quiero compartir. Por una cuestión de orden, quiero desarrollarlas en cuatro partes (porque son, grosso modo, cuatro ideas):

  1. Salvar a los periódicos vs. salvar al periodismo
  2. El problema de hablar de periodismo ciudadano
  3. Qué podría significar una nueva forma de periodismo
  4. Qué lugar queda a todos los demás en el nuevo ecosistema mediático

Entonces, creo que el mejor primer paso es empezar considerando la pregunta que plantea Solís. ¿Vale la pena salvar a los periódicos?

Indudablemente, el contexto no nos deja ver las cosas con la claridad debida. En medio de la crisis financiera, del gobierno estadounidense financiando rescates millonarios de las industria financiera, la automovilística y demás, e incluso el gobierno peruano tentando la idea de salvar empresas mineras para evitar problemas sociales, el colapso de la industria de periódicos pareciera encajar dentro de un contexto más amplio de modelos de negocios golpeados por la crisis. Pero también estamos un poco obligados a plantearnos la misma pregunta en todos los casos: ¿por qué queremos salvar estos modelos de negocios colapsados? En el caso de la industria financiera, la respuesta parece ser que se trata de un subsistema lamentablemente necesario para que todos los demás funcionen. En el caso de la automovilística, sin embargo, la cosa no es tan clara: se trata de una industria que muchos consideran debería dejarse morir, por estar desprovista de innovación e ideas frescas para el futuro.

Entonces, ¿por qué queremos salvar a los periódicos? Pareciera tratarse también de una industria -al menos en el caso de la industria estadounidense, la más afectada por este tema hasta el momento- que hace tiempo dejó de buscar innovación y de desafiar los límites de lo que podían hacer con su medio (Jenna McWilliams señala cómo este fenómeno puede rastrearse por los menos hasta los años 70). Pero está harto difundida la idea de que la industria de los periódicos es prácticamente consustancial con cualquier forma de vida democrática: hemos sido llevados a pensar que no es posible tener una sociedad democrática sin una prensa libre que fiscalice a los poderes de turno y sirva, efectivamente, como un cuarto poder.

El problema está, sin embargo, en que parece que hace tiempo que los propios periódicos -por no decir la industria periodística en general (y ojo aquí que estoy hablando en términos de industria como generalización claramente injusta, que no necesariamente se aplica al trabajo de todos los periodistas)- han claudicado a esta supuesta función social. Como en el proceso que señala McWilliams con la consolidación corporativa de las propiedas mediáticas, hace tiempo que los periódicos dejaron de responder a intereses fiscalizadores de los poderes de turno y a responder, más bien, a los intereses de sus matrices corporativas, de los manejos políticos de sus operadores o de las presiones de sus anunciantes. No tenemos que ir muy lejos, tampoco: podemos observar, por ejemplo, el manejo mediático que se ha hecho de la sentencia a Fujimori en los últimos días, y cómo se trata de una manera, digamos, cuestionable de presentar la información.

Pero aún cuando la industria periodística ha claudicado en este papel histórico -de por sí, además, discutible (no que haya tenido relevancia histórica, sino esta “consustancialidad”)- eso no quiere decir que todo el periodismo y todos los periodistas lo hayan hecho. De hecho, sigue habiendo allí afuera muy buen periodismo y muy buenas investigaciones que merecen ser rescatadas. De hecho, muchas de ellas entran en conflicto con los intereses de la industria periodística que las alberga. En este punto, Solís introduce una comparación que me parece ilustra sumamente bien el tipo de problema que estamos enfrentando:

No es diferente al tipo de renacimiento que actualmente tiene lugar en la industria de la música. Los artistas están descubriendo que tienen un canal directo-al-consumidor (D2c, Direct-to-Consumer) para llegar a sus fans y cultivas relaciones. Aquellos en contacto con la tecnología y con las culturas de las sociedades en línea pueden pasar por alto completamente la producción y distribución tradicional de música. [Traducción mía]

Una de las falacias que frecuentemente esgrime la industria discográfica al hablar de piratería y de la distribución de música en línea (sea legal o ilegal) es que si no se preserva el modelo de negocios que les ha servido por tantos años, lo que está en juego es la existencia misma de música. Pero esto no tiene sentido: existió música mucho antes de que hubiera una industria de la música, y la seguirá habiendo mucho después también. Simplemente hemos llegado a un punto en el cual el desarrollo de nuestro aparato tecnológico hace innecesaria, realmente, la función de este intermediario antes imprescindible. Hoy una banda puede alcanzar un público enorme sin necesidad de que Sony Musica o EMI le firmen un contrato de distribución (ensayos que no son ajenos a grupos de música en el Perú). En un esfuerzo por sobrevivir, la industria musical se está aferrando a artilugios legales y a contrasentidos tecnológicos para retrasar la que inevitablemente será su desaparición, por la simple razón de que no están dispuestos a reinventarse para funcionar bajo una nueva lógica.

Si seguimos la analogía, entonces podemos pensar que los periódicos fueron el vehículo necesario, dentro de un cierto contexto, para que el periodismo tuviera lugar como lo hemos conocido. Pero eso no significa que los periódicos sean eternos, sino que en la misma medida, cuando el contexto cambie, surgirán nuevas formas a través de las cuales consumiremos información. Pretender hoy salvar a los periódicos, tal como los conocemos, es una necedad un tanto ingenua que se asemeja a los manotazos de ahogado de la industria discográfica: significa pensar que la forma perfecta ha sido alcanzada, y que más allá de ella no seremos capaces de distribuir información y generar el periodismo de calidad que necesitamos (o al menos, que parece que necesitamos) para llevar adelante una sociedad democrática (asumiendo, además, de paso, que una sociedad democrática es lo que deseamos).

Entonces, un primer punto al cual quisiera llegar es el siguiente: tengamos mucho cuidado de creer que preservar la libertad de prensa necesaria para una cultura democrática es lo mismo que preservar la industria editorial que conocemos hoy día. Si bien hace unos años hablar de “prensa libre” era una cuestión bastante literal -los dueños de las prensas donde se imprimían los diarios debían ser capaces de hacerlo con libertad- hoy no es ni tan cierto que las prensas sean tan libres, ni que sólo las prensas antes conocidas sean capaces de cumplir con esta tarea. En la explosión mediática que estamos viviendo hoy día, ya no es cierto que solamente los periódicos y las organizaciones en torno a ellos sean las únicas o las mejores capaces de satisfacer nuestra necesidad de información, de cobertura y de información, así como de fiscalización a los poderes de turno. Es cierto que la primera preocupación que viene a la mente es la siguiente: ¿entonces qué? ¿Los blogs? Si son sólo un compilado de opiniones desarticuladas, parcializadas, con fuentes no corroboradas y sin ningún tipo de estándar editorial.

Y aunque eso es discutible, mi primera respuesta sería, ¿y los periódicos de hoy no son lo mismo? Historias parcializadas, fuentes poco corroboradas, información tendenciosa – los valores que asociamos con esta forma mítica del periodismo escrito parecen ser una cuestión idílica. No se trata de rescatar valores de objetividades perdidas que en verdad nunca tuvimos. Se trata de encontrar la manera mediante la cual podemos encontrar la mejor calidad dentro de estas organizaciones, el mejor trabajo de investigación (el que es, quizás, el más capaz de movilizar a los consumidores pasivos a ser ciudadanos que toman acción), y asegurarnos que no perdamos eso.

En el camino, empiezan a surgir propuestas alternativas. Como David Cohn y Spot.us, una nueva iniciativa que espera salvar el periodismo local distribuyendo los costos entre las comunidades afectadas por sus historias.

El mensaje final de Cohn es muy ilustrativo: el periodismo sobrevivirá a la muerte de sus instituciones. Sin embargo, tampoco debemos, por eso, dejarnos engañar: lo que sobrevivirá del periodismo tendrá que ser también transformado. Señala Lisa Williams:

Si tu carrera está en el Titanic, no tienes mucha más opción que sentarte y dejar que otros se encarguen de tu seguridad y definan tu rumbo. Con tu carrera en un kayak, puedes y debes definir tu propia dirección y aprneder las habilidades para mantenerte a salvo. Descubrirás lo que miles de miles de trabajadores tecnológicos descubrieron: puedes hacer un gran trabajo fuera de un contexto institucional, corporativo, y puedes ganarte la vida haciéndolo. La compañías tecnológicas no eran dueñas de la innovación; los innovadores lo eran. Las organizaciones de noticias no son dueñas del periodismo: los periodistas lo son. [Traducción mía]

Y en una época cuando nuestras fronteras son cada vez más difusas, cuando todos nos creemos un poco periodistas y cuando distinguir a otros por cumplir ciertas tareas parece un poco caprichoso, tenemos también que plantearnos la pregunta de qué vamos a entender dentro de esta categoría.

El affaire Facebook y sus posibles interpretaciones

He aquí la cuestión, siguiendo el post de hace un par de días sobre el asunto con Facebook. En realidad, sólo quiero compartir algunas ideas que encontré en un blog nuevo al que me suscribí, de Jenna McWilliams. Jenna entra un poco más en profundidad en la posible relevancia que uno puede encontrar en la decisión de Facebook de revertir sus políticas, debido a la presión de sus propios usuarios. La traducción es mía:

Éste es el nuevo modelo de participación ciudadana, un tipo de activimos que pasa en gran medida desapercibido para politólogos, teóricos culturales y encuestadores, pero que ofrece un nuevo modelo de participación democrática – la lucha por la propiedad y la definición de los espacios públicos, tanto físicos como virtuales. Es difícil de identificar, aún más difícil de medir, porque está profundamente integrado con las actividades cotidianas de toda una generación cuyas vidas, identidades, y autodefinición crecientemente se extienden hacia espacios virtuales.

(…) Es un tipo de participación no fácilmente reconocida ni medida. Como hemos visto en el ejemplo de Facebook, mucho del activismo – el trabajo que tradicionalmente requería, al menos, dejar la casa y reunirse en un centro público (un centro de votación, un centro de campaña, un pequeño país africano) – sucede sin que nadie lo note, a menudo menos todavía la misma persona que participa del activismo.

(…) Esto es lo que queremos, ¿cierto? ¿Una cultura en la que la participación ciudadana esté tan transparentemente integrada en las actividades cotidianas que vienen con estar vivo que ni siquiera se siente como participación ciudadana, al menos como tradicionalmente la definimos?

Hay muy buenas ideas aquí, pero también mucho pan por rebanar. Lo más genial es que me parece que Jenna resumió muy bien el potencial del asunto desde un sentido más amplio, y también apuntó a los problemas de medición y concepto que hay de por medio. Pero uno de los problemas que me viene a la mente, también, es uno muy básico: Facebook no es un espacio público, es un espacio no sólo privado, sino cuyo sentido de fondo es, también, un sentido económico/comercial. No es que esto, de plano, sea un problema: pero, ¿cómo transforma esto nuestra idea de lo que es un espacio público? Si mañana Facebook quebrara, toda la información, toda la creación, todas las interacciones que existen en el sitio, desaparecerían. ¿El Estado benefactor, entonces, debería preservar este espacio? ¿Es un patrimonio compartido? Y por otro lado, ¿es acaso posible concebir un esfuerzo similar llevado adelante de un modo y por una motivación que no fueran privados?

No tengo respuestas claras. Mi primera intuición es, de entrada, que las separaciones, los límites y las interacciones que solemos encontrar entre sectores, privado, público, y social, se están también viendo transformadas de maneras que no habíamos anticipado. En todo caso, algo que me gusta mucho es cómo dentro de la lógica liberal donde el espacio público se ve reducido, esta dimensión comunitaria de participación encuentra la manera de reaparecer desde los mismo espacios privados que son abiertos al público. Es todo muy confuso, pero es bueno porque nunca se dice suficiente sobre el espacio público.

Nunca me ha molestado mucho el problema de la autoconciencia. Es decir, si el usuario que participa de este activismo, como señala Jenna, no es él mismo consciente de que lo hace, ¿eso es un problema? Personalmente creo que no, pero inevitablemente también lleva a preguntas sobre si esto no es, de nuevo, una forma velada de manipulación, como si simplemente se arrearan usuarios, personas, para alcanzar una masa crítica necesaria para el cumplimiento de los objetivos de alguien. El problema es que esto pone en cuestión la capacidad de agencia y de decisión de los mismos usuarios – algo que la realidad suele llevarnos a pensar, pero que me parece un mal punto de partida teórico (en todo caso, debería ser un asunto a fortalecer por el mismo proceso). Además de que presupone que hay alguien que sí sabe, un sujeto-supuesto-saber si quieren ponerse lacanianos, alguien que sí tiene objetivos y mueve a las masas para conseguirlo. ¿Posible? Por supuesto. Pero esto cierra la puerta de plano a algo que creo que aún no conocemos bien: la posibilidad de que el grupo, la comunidad, se autoorganice por mecanismo medianamente transparente para perseguir fines comunes que emergen de su interacción cotidiana. Wisdom of crowds, diría Surowiecki.