Herramientas conceptuales

Hace unos días tuve una conversación muy interesante con unos amigos, respecto sobre todo a nuestras expectativas personales con respecto a estudiar filosofía, habida cuenta que de hecho no tenemos menor ni mayor idea de precisamente por qué lo hacemos o cómo pensamos orientarlo, habida cuenta mayor de que las típicas presiones consumistas y mundorrealistas suelen también aquejarlo y presionarlo a uno para pensar al respecto.

Recibí muy buenas ideas y además la conversación me permitió estructurar un poco mejor varias otras, sobre el quehacer filosófico, sobre recursos disponibles o potenciales, capitales no explotados, etc. En general, es tanto más difícil -o desafiante, para los que quieran la interpretación positiva- ponerse a pensar en estudiar filosofía viviendo y pretendiendo en líneas generales quedarse en el tercer mundo. No sólo por las obvias limitaciones materiales, que de hecho ya son de por sí un grave problema. Sino por las pretensiones a las cuales uno puede aspirar: en un ambiente, irónicamente, dominado por un rampante eurocentrismo y una marcada germanofilia, ¿qué puede uno pretender ofrecerle al mundo/país/mercado/sociedad cuando obviamente se encuentra en el extremo en desventaja de la cuestión?

Lo cual me lleva a la siguiente consideración metafilosófica, no demasiado alejada de la realidad. En general, creo que podemos hablar de dos formas distintas de entender y llevar a cabo el quehacer filosófico.

En primer lugar, está la línea mayormente dominada por la llamada filosofía continental europea, que es además la de lejos dominante en los círculos en que me manejo. En ella, se desarrolla lo que denominaré un enfoque histórico-textual al estudio de la filosofía, y se da priorida a lo que llamaré una cultura “eruditocrática”, sin pretensión de tecnicismo alguno con el neologismo. El enfoque histórico-textual, muy en la línea de la hermenéutica filosófica desarrollada en la segunda mitad del siglo XX, busca sobre todo apegarse a los textos originales de los autores fundamentales lo más posible, y a través de una lectura comprehensiva de sus obras, su antecedentes, sus sucesores, su bibliografía complementaria y su vida, tratar de abrir un panorama dentro del cual poder echar luz sobre conceptos o líneas dentro de su obra filosófica. De allí la cultura eruditocrática: bajo esta tradición, en líneas muy generales (y con consciencia de que por eso mismo estoy siendo injusto), el filósofo no es considerado como legitimado para hablar acerca de nada más o menos hasta que saca su primer doctorado. Sólo entonces es que puede considerarse que ha leído lo suficiente en su campo de especialización y domina a tal nivel todas las referencias posibles como para poder pronunciarse al respecto del tema. Si lo piensan, es una forma muy germana de ver las cosas. Pero a mi juicio adolesce de terribles fallas, la más grave de las cuales es que forma una cultura filosófica entrenada no bajo la idea de formularse sus propios juicios y opiniones y sustentarlos, sino de conocer todas las opiniones ya existentes en torno a un tema, autor o texto dado, y apegarse a una de ellas.

En segundo lugar está la línea predominante en la filosofía analítica anglosajona, que denominaré un enfoque problemático caracterizada por promover una cultura que llamaré “argumentocrática”, con los mismos reparos a mi propia terminología. La filosofía anglosajona se apega mucho menos al texto y a las interpretaciones comprehensivas de autores o temas y, en cambio, es problemática precisamente porque se basa en problemas, y en resolver problemas. Claramente, para esta visión se mantiene aún una cierta noción de que existe un “progreso” acumulativo en la historia de la filosofía: existen problemas filosóficos que en mayor o menor medida pueden considerarse, al menos por lo pronto, como resueltos, y sobre ellos se construye progresivamente un edificio de conocimiento. Como señalé, los filósofos de esta tradición no vuelven a la historia de la filosofía para restituir el texto histórico, sino en cambio para buscar en la tradición argumentos y elementos que puedan resultares sugerentes o relevantes para su quehacer en el tiempo presente. Realizan con la historia una actualización muchas veces marcada por un tufillo anacronista o forzado, pero que sin embargo les sirve para plantear soluciones a sus problemas. Su cultura es argumentocrática porque es allí donde ellos ponen el peso: el factor determinante pareciera ser la calidad y el sustento del argumento a favor o en contra de una u otra postura, y no tanto el volumen de información erudita manejada para formularlo.

No considero que ninguna de estas dos, por sí sola, pueda adjudicarse el título de la forma correcta o preferible, y en gran medida se trata de una cuestión de preferencias personales, ya que ambas encierran en sí mismas problemas propios y contradicciones inherentes. Pero se vuelve más relevante la consideración por el factor tercermundista: y es que, desde una posición eruditocrática, se vuelve tanto más difícil competir viablemente con pensadores formados precisamente en los lugares donde se iniciaron las ideas y los autores que aquí estudiamos. En otras palabras: nos dedicamos a estudiar la filosofía de otros lugares cuando inevitablemente ellos serán finalmente más competentes para estudiar la suya propia. Lo cual de por sí no está mal, hasta que uno empieza a pensar en qué es lo que quiere aportar al mundo/país/mercado/sociedad, en cuyo punto el asunto pierde un poco de sentido.

No puedo decir que conozca bien el enfoque problemático, por la sencilla razón de que no estoy siendo formado en él. Pero de lo que intuyo exteriormente, tiene mayores cercanías con la concepción que [en este momento] manejo del quehacer filosófico: la filosofía como un conjunto de herramientas conceptuales formuladas (y aún formulándose) a lo largo de la historia, un cinturón de herramientas, disponibles para aplicar según mejor sea el caso a distintos tipos e índoles de problemas. Herramientas que incluyen, claro, el análisis y la argumentación lógica estructurada propia de la filosofía anglosajona y también la comprensión y lectura hermenéuticao de constitución del sentido del “texto” propia de la filosofía continental europea, pero claro, también entre muchas otras. Pero esta preferencia particular y personal no se ajusta precisamente por un enfoque que tiende, también, a desechar muchas cuestiones como pseudoproblemas simplemente por no encajar en rígidas estructuras lógicas.

El tema es complejo, pero cualquieras sean las variantes posibles, dada nuestra condición tercermundista estoy de acuerdo con que inevitablemente debemos considerar lo siguiente: en tanto no aprendamos a tomar en cuenta, valorar y manejar debidamente nuestra propia tradición en el pensamiento, estamos ignorando nuestra única ventaja diferencial con respecto al resto del mundo. Es ya una realidad que gente extranjera es mejor especialista en temas de estudios peruanos en diversos ámbitos; a ellos les agradezco y los felicito, y espero que continúen haciendo un gran trabajo. Pero a nosotros mismos, que muchas veces (no siempre) ni siquiera nos molestamos en conocer al menos someramente el bagaje que podríamos perfectamente manejar, trabajar e incorporar al pensamiento y acción del mundo/país/mercado/sociedad, y esto viene con profundo mea culpa incluido, sólo nos queda arrastrar por mucho tiempo más la cruz y carga del tercermundismo. Y no porque nos falten recursos o tantas otras externalidades materiales: sino porque es precisamente eso lo que nos hace tercermundistas, y lo que nos hace seguirlo siendo.

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