Aprender a hackear

Siempre he estado fascinado por la idea de hacer cosas. Mi formación en filosofía nunca me enseñó, al menos formalmente, a hacer cosas, sino más bien a pensar cosas, o estudiar cosas, pero no hacerlas (eventualmente he caído en cuenta de que uno sí aprender a hacer ciertas cosas cuando estudia filosofía, pero parece ser que sólo se entiende esto retrospectivamente). Un artículo en The Atlantic explora los nuevos espacios que están surgiendo, para-académicos, donde niños y jóvenes están aprendiendo diferentes maneras de hacer cosas, jugar y transformar objetos a su voluntad:

The ideal educational environment for kids, observes Peter Gray, a professor of psychology at Boston College who studies the way children learn, is one that includes “the opportunity to mess around with objects of all sorts, and to try to build things.” Countless experiments have shown that young children are far more interested in objects they can control than in those they cannot control—a behavioral tendency that persists. In her review of research on project-based learning (a hands-on, experience-based approach to education), Diane McGrath, former editor of the Journal of Computer Science Education, reports that project-based students do as well as (and sometimes better than) traditionally educated students on standardized tests, and that they “learn research skills, understand the subject matter at a deeper level than do their traditional counterparts, and are more deeply engaged in their work.”

Estos espacios son externos o ajenos a los espacios de educación formal o tradicional porque operan bajo lógicas que nuestro sistema educativo es actualmente incapaz de incorporar. Pero justamente siguiendo una lógica propia de la ética hacker, las personas que encuentran este interés están hackeando su propio espacio para hackear, creándose su propio espacio educativo:

Unfortunately, says Gray, our schools don’t teach kids how to make things, but instead train them to become scholars, “in the narrowest sense of the word, meaning someone who spends their time reading and writing. Of course, most people are not scholars. We survive by doing things.”

So it makes sense that members of the DIY movement see education itself as a field that’s ripe for hands-on improvement. Instead of taking on the dull job of petitioning schools to change their obstinate ways, DIYers are building their own versions of schools, in the form of summer camps, workshops, clubs, and Web sites.

Varias cosas vale la pena rescatar. En primer lugar, que hace varios años tuve la idea/intención de formar una especie de “academia de hackeo” donde la gente pudiera reunirse para, bueno, aprender a hackear. El concepto era simple, armar una especie de “currícula básica”, una lista de actividades con las cuales introducirse en la idea de hackear (incluyendo, por supuesto, la exploración filosófica de la ética hacker), y que luego un grupo de manera colaborativa se encargara de explorar los temas y compartir experiencias y proyectos.

Lo otro es que esto me remite a un libro que aún no me he conseguido, pero es especialmente relevante: un trabajo de varios autores titulado Hanging Out, Messing Around and Geeking Out, que profundiza sobre las maneras colaborativas en las que los jóvenes están actualmente aprendiendo en espacios que no tienen reconocimiento dentro de la educación formal. Lo que la evidencia cada vez nos está mostrando más claramente, es que no vamos a un lugar en el que aprendemos (el colegio, o la universidad), para luego salir de él y dejar de aprender. Aprendemos de todo el tiempo, y una buena parte de lo que aprendemos lo aprendemos en contextos de socialización externos a la educación formal en salones y con pizarras (o con proyectores y powerpoints). Pero en la medida en que nuestro entendimiento de la educación no reconoce estos aprendizajes informales, poco estructurados, no es capaz de maximizar su valor e importancia ni articularlos con lo que se aprende dentro de los salones y con las pizarras.

Finalmente, hay aquí una enorme oportunidad. La tecnología reduce los costos de transacción para diferentes tipos de actividades y de formas de organización social. Coordinar cosas es más fácil que nunca, así como difundir ideas. De modo que, en lo que respecta a la educación, uno podría argumentar que el aparato burocrático para organizar la actividad educativa deja de ser tan necesario, y que así como surgen estos espacios, uno podría perfectamente organizar el suyo propio. Y podría hacerlo con un enfoque completamente diferente, con costos muchísimo más bajos. Encontré hoy también este curso virtual sobre  “Periodismo abierto y la web abierta” en la P2PU, una comunidad en línea que le permite virtualmente a cualquier persona dictar un curso en línea sobre cualquier tema, con la intención de que sean cursos cortos de nivel universitario.

Debidamente organizado, esto podría ser la manera como alguien se gane la vida: una persona especializada podría dictar directamente varios de estos cursos/espacios virtuales de aprendizaje al mismo tiempo, y de acuerdo a la especialización, calidad y reconocimiento de su contenido, podría perfectamente cobrar a los participantes por la posibilidad de ser miembros de la comunidad. Pero lo mejor es que podría fácilmente manejar todo el aparato por sí solo, estableciendo una suerte de empresa unipersonal: así, aunque quizás el techo de las ganancias no es tan alto, en realidad el margen de utilidad regresa casi en su totalidad para la persona que maneja la operación.

Este tipo de empresas unipersonales es una de las figuras más interesantes que me parece habilita la nueva economía digital, que no solamente posibilita sino que incluso reclama una reinterpretación del modelo clásico del capitalismo. Quizás puede ser también un elemento en la configuración de una nueva concepción de Ilustración. Hay, además, una oportunidad de mercado y un modelo de negocios aquí.

Anuncios

Universidad ubicua

Algo así como la computación ubicua. La computación ubicua es un concepto viejo, quizás hasta desfasado, al menos tal como fue pensado en los noventas. De la página de ubiquitous computing del Xerox PARC:

Ubiquitous computing names the third wave in computing, just now beginning. First were mainframes, each shared by lots of people. Now we are in the personal computing era, person and machine staring uneasily at each other across the desktop. Next comes ubiquitous computing, or the age of calm technology, when technology recedes into the background of our lives. Alan Kay of Apple calls this “Third Paradigm” computing.

En otras palabras, la computación ubicua es la tecnología en todas partes – un poco lo que estamos empezando a ver con el desarrollo acelerado de la tecnología móvil y la computación en la nube. Ya no estamos limitados, tecnológicamente, por computadoras de escritorio, sino que nuestra información está disponible desde cualquier terminal con conexión a Internet, y los terminales se vuelven cada vez más pequeños, portátiles y funcionales – con dispositivos como el iPhone, el iPad o los smartphones. Si sumamos las piezas, toda nuestra información está disponible con nosotros todo el tiempo para que la utilicemos – computación ubicua.

Bueno, pero de eso no me quería encargar hoy día, sino de la idea de “universidad ubicua”, o incluso mejor aún, “educación ubicua” en general (OK, sé que en español quizás no suena tan buen usar tanto la palabra “ubicua”). Un artículo en Read/WriteWeb examina el crecimiento en el uso de clases en video en las universidades, tanto por parte de los profesores como de los alumnos, y la manera en la que esto influye en el desempeño. Lo cual lleva a la pregunta: ¿Qué tanto importan las universidades como lugares?

Sobre todo en el consumo de la televisión, hemos visto la aparición tanto del timeshifting primero, como del placeshifting después. El timeshifting fue una práctica introducida por tecnologías como el Betamax o el VHS, la capacidad de poder almacenar el contenido transmitido para poder verlo en otro momento. El placeshifting es introducido por las tecnologías móviles – la capacidad no sólo de poder verlo en otro momento, sino también de poder verlo en cualquier lugar, incluso en cualquier dispositivo. YouTube es el paradigma ejemplar del contenido audiovisual “on demand”, o por demanda: lo veo cuando yo quiera, desde cualquier computadora con conexión a Internet. Amazon, Apple, Netflix son diferentes implementaciones comerciales de la misma idea de fondo, que transforma por completo nuestros conceptos de programación televisiva (no hay tal cosa como “prime time” cuando cada uno ve televisión en horarios diferentes – o como lo ilustraron perfectamente bien en un capítulo de Gossip Girl, “nobody watches TV on TV anymore”).

Pero hasta ahora, la programación educativa o universitaria no ha sufrido mayores efectos ni del timeshifting ni del placeshifting, o más bien, muy pocos. La educación virtual es un movimiento, si se le puede llamar así, cada vez más fuerte, y del e-learning se habla con creciente frecuencia, con mayor o menor ingenuidad (no, el e-learning no lo solucionará todo, nunca). Si la mayoría de alumnos van a una clase para sentarse, no decir nada, tomar notas en silencio, sin formular preguntas, ¿qué diferencia hace que vayan o no? Es cierto, siempre hay gente que discute, participa, pero son los menos. Para el 90% de los participantes de una clase, estar en clase es en la práctica lo mismo que ver una película sin la posibilidad de poder poner pausa, avanzar o retroceder. Más allá de la obligación que implica la asistencia a clases (del tipo, “así me aseguro que estoy obligado a ir”), no parece haber mayor diferencia funcional – uno puede hablar quizás de diferencia emocionales, psicológicas, contextuales, el feeling, lo que sea. En términos generales, creo que mi punto se mantiene.

Con el uso creciente de herramientas como videos, tecnologías móviles, podcasts, foros, redes sociales, plataformas colaborativas, ¿cuál es el sentido de la rigidez del horario de clase, y del contenido universitario?

Modelo tentativo, como para que discutamos. En lugar de hacer a los alumnos ir a escuchar una conferencia, el profesor circula un podcast o un video, una, quizás dos veces por semana, en la cual explica en 30-45 minutos el tema de la semana, deja algunos hilos abiertos y lo vincula con los textos o demás materiales de referencia del tema. Los alumnos revisan todo esto por su cuenta, cuando mejor les convenga según sus propias necesidades/capacidades (“no entendí, voy a retroceder para escuchar de nuevo”), y la sesión presencial de la semana es exclusivamente para discusión de los temas, de los hilos abiertos, para resolver dudas sobre el podcast o los materiales, y para revisar los trabajos de proyecto en los que los alumnos están trabajando permanentemente en el semestre. El profesor, virtualmente, funciona todo el tiempo como un curador y como un coach de los alumnos, brindando asesoría permanente por correo electrónico, o quizás conectando con ellos vía Skype o alguna otra herramienta de conferencias, programando independientemente con el alumno o los grupos según los trabajos o proyectos que están realizando.

La universidad, o lo que sea, deja de pensarse en este modelo como un lugar, y a entender más como una red, como un concepto lógico, un marco que agrupa y reúne personas con diferentes intereses en la producción y transformación de conocimiento. Es cierto, esto de por sí requiere una serie de infraestructuras e instituciones para estar bien administrado. Pero creo que, por lo pronto, la idea principal de lo que quiero decir es clara: es posible pensar en maneras más dinámicas de ajustar la educación universitaria a contextos dinámicos como aquellos en los que convivimos cotidianamente.

Investigación colaborativa

Al menos de donde yo vengo (la filosofía) la investigación siempre es una actividad individual. Al menos entendida como tal, quizás no necesaria o estrictamente practicada así. Es decir, al menos en la filosofía, y en general en las humanidades, el trabajo de investigación es una labora del investigador, solo, en una biblioteca, en una oficina, qué sé yo, pero siempre en un lugar con muchos libros, leyendo compulsiva y desmesuradamente enormes cantidades de contenido y quizás tomando algunas notas, haciendo apuntes. Luego de suficientes notas y apuntes, el investigador empieza a reunir sus ideas y sintetizas sus descubrimientos en algún tipo de producto escrito, en un artículo, un ensayo, quizás hasta un libro.

La investigación es una práctica concebida de manera solipsista, autónoma, individual. Digo pensada, porque en la práctica no funciona tan así: uno conversa con otros sobre lo que investiga, busca sugerencia, recibe recomendaciones que van ayudando a expandir o dirigir lo que uno intenta encontrar. Pero a pesar de ese grado de socialización, el acto mismo de investigar lo sigue haciendo uno por sí solo, en la gran mayoría de los casos.

Hay, creo, y están apareciendo cada vez más maneras diferentes de entender la investigación. Como una práctica menos aislada, menos solitaria, más integrada, social y colaborativa. Aún así, en la filosofía esto no se ve mucho – aún. Pero tiene sentido pensar en grupos de investigación trabajando sostenidamente en productos conjuntos, retroalimentándose continuamente en el curso mismo de sus investigaciones y no solamente como algo externo.

Es, también, parte de cambiar el enfoque del producto, al proceso mismo de investigar, como un acto de continua transformación. Es análogo, si quieren, a la diferencia de demostrar autoridad publicando un artículo o un libro, o publicando un blog: el objeto impreso demuestra la autoridad del autor en tanto producto, mientras que el blog lo hace en tanto proceso, en tanto conversación siempre en movimiento, siempre falible y siempre abierta a crítica. Es el proceso de formación y transformación el que importa, más que el resultado mismo que es, en gran medida, descartable y continuamente superado.

Tenemos que pensar en nuevas formas de investigar, y de aprender a investigar como actos colectivos. Esto tiene muchas implicaciones, desde cómo escogemos temas, cómo los formulamos, cómo los presentamos, cómo los mejoramos. Cómo nos organizamos socialmente para investigar: quizás en pequeños grupos, continuos, constantes, y qué utilizamos para organizarlo ahora que tenemos nuevas herramientas para hacerlo.

Más allá de la torre de marfil

Aprovechando que en el artículo anterior enlacé al blog de Jenna McWilliams, encontré este artículo reciente suyo anunciando y justificando que empezará a compartir abiertamente los productos de su trabajo académico. Todo se sustenta sobre un giro económico en el entendimiento de la oferta educativa:

For better or worse–I think for better–the scarcity model of scholarship and education has been replaced by an abundance model. At least in theory, new technologies make it possible for practically every American to access knowledge and information that was previously protected by the gatekeepers of higher education. These gatekeepers include a k-12 education system that prepares wealthier, whiter kids for a white-collar trajectory while preparing poorer, darker-skinned kids for the working class; a financial aid system that offers scholarships to the wealthiest and the highest-achieving kids and grants to the poorest kids, but almost nothing for everyone in between; and a general educational culture that discriminates against nontraditional students including older learners and parents. At least in theory, new technologies and virtual communities make it possible for everyone to access and make use of knowledge and research from the most prominent universities in the world.

En el mundo de las tecnologías digitales, el conocimiento y la información ya no son bienes escasos, sino que son completamente abundantes. No sólo no necesitamos, sino que no podemos encerrarlos dentro de instituciones educativas. De la misma manera que ya no tiene sentido como antes el que, como investigadores, teóricos y académicos, nos preocupemos sobre todo por encerrar, esconder nuestro propio trabajo. De hecho, es razonable incluso suponer que tenemos individualmente mucho más que ganar por compartir abiertamente nuestras ideas y nuestras investigaciones, que escondiéndolas.

Esto es algo que he querido hacer yo mismo hace un tiempo, pero aún no encuentro la mejor manera de hacerlo. Tengo una serie de ensayos y trabajos que preparé para diferentes cursos y presentaciones que me gustaría compartir abiertamente – no precisamente porque piense que son la gran cosa, sino porque podrían servirle a alguien en algún momento, y porque podría incluso recibir comentarios y sugerencias sobre cómo mejorarlos, convirtiéndolos en trabajos-en-proceso en lugar de productos terminados. De hecho, creo que sería mucho más valioso para mí o para cualquier que estas ideas, por pequeñas que fueran, estén allí afuera para ser aprovechadas por alguien, a que se queden sin ser leídas por nadie en mi disco duro. Esta misma idea me animó en los últimos semestres a utilizar un wiki como material de mi curso de Sociología de la Comunicación en la UPC – el wiki aún está en el aire, aunque probablemente en el futuro cercano empiece a experimentar varios cambios y a convertirse en un repositorio más grande de trabajos e ideas en desarrollo.

Un recurso poco conocido es la página de Tesis PUCP, creada por la Dirección de Informática Académica de la PUCP. Allí se anuncian y publican todas las tesis sustentadas y aprobadas en la PUCP (al menos las que aceptan hacerlo, según tengo entendido) para que estén disponibles al público en general vía web. Me parece una excelente idea para compartir conocimiento y permitir que las ideas del ámbito académico puedan tener un alcance mayor fuera del campus. Uno puede incluso suscribirse vía RSS para recibir notificaciones cuando nuevas tesis son publicadas, y así se termina uno enterando de temas e investigaciones que jamás se habría uno imaginado se hacían en el Perú.

¿Para qué ir a la universidad?

Pregunta abierta. Pregunta horrible. ¿Para qué va uno a la universidad? Es horrible porque esconde la posibilidad de que uno no sepa bien por qué lo hace (o por qué lo hizo).

Pero, me parece, una pregunta legítima, porque no es tan claro. Porque no es suficiente decir que uno va para aprender, porque, razonablemente, uno podría hacer eso en otra parte. ¿Se trata de adquirir conocimiento? Eso era un requerimiento necesario cuando el conocimiento y la información estaban circunscritos a ciertas instituciones que se dedicaban a cultivarlo y transmitirlo. Cuando una universidad es el único canal viable a través del cual adquirir un conjunto de habilidades y conocimientos, pues tiene todo el sentido del mundo que uno vaya allí para eso.

¿Qué ocurre si deja de serlo? ¿Si, más bien, la información se vuelve un commodity? La pregunta es relevante porque ir a la universidad significa una enorme inversión en tiempo y recursos materiales – no solamente por el costo que uno paga, sino por el costo de lo que uno deja de ganar si se dedicara a cualquier otra cosa. ¿Qué justifica la inversión? Solemos decir o pensar que sólo con una carrera universitaria uno puede tener acceso mejores oportunidades laborales y profesionales – lo cual de entrada parece justo, pues uno dedica una mayor inversión esperando un mayor retorno. ¿Pero qué justifica ese mayor retorno, si el conocimiento puedo adquirirlo en otro lado?

Tomar, por ejemplo, una carrera de filosofía – el único ejemplo que propiamente conozco, y que además se presta bien a mi punto porque lo principal que se intercambia durante muchos años es información. Asumiendo que uno tiene acceso a ciertos recursos, todo el contenido de una carrera de filosofía puede conseguirlo en un lugar que no es una universidad. Los textos que se leen pueden conseguirse en librerías, en la web, o incluso pueden facilitarse reproduciéndolos de bibliotecas. La currícula, la selección discriminada de cosas que uno debería enfocar o revisar, puede conseguirse también en línea: puedo, por ejemplo, ver el plan de estudios de las carreras de filosofía de las mejores universidades y seguirlo por mi cuenta, o utilizar plataformas como el OpenCourseware del MIT para utilizar los materiales en línea, libremente disponibles, de sus cursos de filosofía.

Inmediatamente surgen tres objeciones posibles. La primera es que bajo este utopismo autodidacta, uno no tiene acceso a uno de los principales recursos de valor en una formación universitaria: los profesores. Totalmente cierto. Sin embargo, a uno no le es negado del todo este acceso. De hecho, es mi experiencia personal que cuando uno intenta contactar profesores, aún cuando no sean de la universidad o incluso del mismo país, suele recibir respuestas favorables de gente dispuesta a ayudarlo a uno con sus dudas y preguntas, ofreciendo recomendaciones y sugerencias y dispuestas a mantener una discusión sobre el tema. No ocurre siempre, y ciertamente no digo que esto sea un sustituto, pero se tiene cierto grado de acceso a este importantísimo recurso. De hecho, frente a este argumento uno podría preguntarse si es, entonces, válido involucrarse en toda la inversión que significa una carrera universitaria de cinco años, o si no podría, más bien, vincularse de manera particular con un profesor, de la misma formación (incluso de la misma universidad), por una inversión mucho menor pero para un intercambio mucho más personalizado (de nuevo, regreso a la pregunta por lo que uno está pagando cuando invierte en una formación universitaria).

La segunda objeción es que mucha gente no tiene la facilidad para seguir este tipo de planes de estudios por su cuenta, y participa de la formalidad que ofrece una universidad lo obliga a seguir cierta estructura, cumplir con requerimientos, presentar exámenes y trabajos y recibir notas. La universidad en este sentido es entendida como orden y seguimiento del estudiante. Pero, ¿es por eso por lo que uno invierte? Y si así lo hiciera, ¿consideraría justificada la inversión? En todo caso, podemos decir que mientras exista este público -que probablemente lo haga siempre, porque todos lo necesitamos en alguna medida- la universidad tiene garantizado un público objetivo. Pero creo que cabe preguntarnos si para eso tenemos universidades.

La tercera objeción posible me parece la más determinante, hablando desde mi experiencia personal. Se trata de que la experiencia universitaria es más que la simple transferencia de conocimiento – al menos, más que su transferencia en sentido estrictamente formal. En otras palabras, el acceso a las personas con las que uno estudia, al mismo tiempo y en el mismo lugar, con las que discute, hace preguntas, colabora, se burla de la vida, comparte traumas y demás cosas, es probablemente lo más valioso del entorno universitario. Es quizás en ese contexto donde, al menos como yo lo veo, uno puede tener las conversaciones más gratificantes y las discusiones que realmente lo llevan a uno a descubrir las cosas que uno mismo piensa y quiere hacer (que no siempre suele coincidir, y no debería, con lo que los profesores piensan y quieren que uno haga). Pero si me amparo en que esto es, quizás, lo más irreemplazable (no por eso lo único) de la experiencia universitaria, entonces quizás el significado de ir a la universidad no sea propiamente adquirir conocimiento, pues eso lo puede hacer uno de muchas maneras cuando el acceso a la información se ve simplificado.

¿Entonces para qué vamos? ¿Para interactuar? ¿No podemos pensar en maneras más eficientes, en términos económicos, de generar esas interacciones a través de diferentes tipos de redes de aprendizaje y de intercambio de conocimiento?

¿Y por qué le hemos dado tanto valor a esta formación? Cuando, además, suele ser el caso que uno sale al mundo real y se encuentra con que de todo lo que aprendió, una enorme parte no se aplica, y otra enorme parte uno sólo puede realmente aprenderla experiencialmente. ¿Por qué no nos dedicamos a adquirir ese conocimiento experiencial desde mucho antes?

Permítanme aclarar que soy el primero en considerar que ir a la universidad es una experiencia valiosa (pero mi juicio al respecto está obviamente parcializado). Pero creo, al mismo tiempo, que no sabemos bien por qué vamos, o qué queremos sacar de ello, o qué hacemos allí. Las cosas funcionan más o menos porque así han funcionado siempre, a pesar de que el mundo fuera de las universidades se mueve por completo a otro ritmo. Quizás sea el caso de que uno no pueda plenamente reemplazar una educación universitaria con una conexión a la web y un enlace directo a Wikipedia. De hecho, creo que ése es el caso. Mi pregunta va en otra dirección: si hay una porción que de hecho se puede reemplazar, ¿cuál es el valor del saldo, del valor agregado que resta? Ese valor agregado, ¿justifica la inversión que de hecho hacemos, o deberíamos tener otras expectativas de ese espacio para que la inversión sea realmente justificada? Si no vamos para lo que creemos que vamos, sino que vamos por otra cosa, ¿no deberíamos estar reconsiderando el valor de la inversión que hacemos?

Jugando con YouTube

Me tomé un poco en serio las recomendaciones que dejé el otro día y estuve jugando un poco más con mi cuenta en YouTube. YT tiene varias opciones que son frecuentemente desaprovechadas, porque quizás son un poco más complicadas de utilizar o de encontrar. Pero son las opciones que permiten realizar la promesa de “broadcast yourself” – transmítete a ti mismo, que es el verdadero potencial de YouTube: no solamente ver videos, sino realmente convertirse uno mismo, usando su plataforma, en una especie de broadcaster en miniatura.

Es muy sencillo de hacer, y uno ni siquiera tiene que producir su propio contenido en video (aunque nunca estaría de más). En realidad, uno puede realizar una contribución enorme simplemente dedicándose a ordenar y seleccionar los millones de videos que están en YT, y darles una cierta coherencia. Es, en realidad, un trabajo de curaduría, que puede publicarse de dos maneras.

La primera es usando canales. Todo usuario de YouTube tiene un canal, que normalmente no se molesta en configurar mucho. Pero un canal puede ser configurado para que, por ejemplo, cada vez que agregue un video a mis favoritos, éste sea mostrado en mi canal, automáticamente. De esta manera, simplemente marcando los videos que me gustan ya voy actualizando y alimentando un canal de videos sobre el tema que me interese. Luego puedo promocionar ese canal en cualquier lugar de la web (éste es mi canal en YouTube, por ejemplo), y otros usuarios de YT pueden suscribirse a mi canal para recibir actualizaciones cada vez que haya alguna novedad.

Pero si quiero tener aún más control sobre cómo organizo y publico los videos que me gustan, puedo utilizar listas de reproducción (playlists). Creando playlists, puedo hacer selecciones temáticas de videos, y puedo tener tantas listas como temas me interese ir seleccionando. Luego, conforme voy viendo nuevos videos en YT, puedo escoger agregar dichos videos a alguna de las listas que haya creado. Las listas también forman parte de mi canal en YT, e incluso pueden ser el contenido central del canal. Pero, también puedo introducir esas listas en otros sitios web para que se reproduzcan allí.

Por ejemplo, ésta es una lista que armé, en pocos minutos, de videos de filosofía a partir de videos que tenía marcados entre mis favoritos.

Y ya que estaba en el tema, decidí armar también una lista de videos relacionados con videojuegos (que probablemente ampliaré para incluir en el LVL).

O puede ser algo incluso más simple, mi canal de selecciones musicales.

En fin, esto sólo por poner algunos ejemplos. Hay muchas razones por las cuales es interesante (y divertido) trabajar con video, pero suele entenderse como que es mucho trabajo. Pero con herramientas como éstas, incluso sin tener que crear tu propio contenido, puedes crear capas de intermediación o de filtro que son relevantes para otras personas y aportan una enorme utilidad a gente que está interesada en los mismos temas.

La nueva revolución industrial

Hace unas semanas, Chris Anderson, el editor de Wired, publicó en la revista un artículo sobre la nueva revolución industrial y cómo los nuevos avances tecnológicos en el diseño y la manufactura, y la distribución global de cadenas de producción, estaban inaugurando una nueva época de producción industrial de una escala y un dinamismo inconcebibles para las grandes industrias que conocemos.

El argumento es conocido, al menos si suelen pasar por este blog: la tecnología reduce los costos de transacción para todo tipo de operaciones, en este caso incluso las de producción de objetos físicos. Puedo diseñar productos utilizando computadoras de escritorio, enviar los diseños a una fábrica en China que tiene la tecnología para modelar un prototipo o una producción limitada a un costo accesible, y enviar la producción directamente a cualquier lugar del mundo. Cuando se reducen los costos de transacción de esta manera, son muchas más personas las que pueden participar del juego de la producción, pues es mucho más sencillo que reunir los recursos para construir una fábrica y montar toda la operación que una empresa de este tipo habría requerido antes. Ahora, realmente, bajo este esquema, cualquiera puede ser un productor industrial, un fabricante, un diseñador de productos. O bueno, casi cualquiera.

Quiero desprender de esto, por ahora, tres ideas.

La primera es que este tipo de ordenamientos son precisamente los que favorecen y facilitan la aparición de nuevos tipos de organizaciones. Al poder apuntar a sectores del mercado mucho más específicos, y al mismo tiempo sin estar tan limitados por factores como la geografía, la diversidad de objetivos, públicos, mercados y productos que empiezan a aparecer es abrumadora. Es precisamente lo contrario al modelo industrial clásico que nos dio la General Motors o la General Electric: nos alejamos de productos genéricos, indiferenciables, hacia productos específicos que reflejan mucho más cercanamente intereses y gustos particulares. Este tipo de emprendimientos a pequeña escala es, como ha argumentado antes la misma Wired, lo que la economía mundial necesita hoy para reactivarse, en lugar de los grandes salvatajes financieros e industriales de organizaciones que no tienen incentivos para la innovación (y sí tienen, en cambio, incentivos para mantener el status quo).

La segunda idea es que, si vamos un poco más lejos, lo que vemos es también como el cambio tecnológico transforma las bases de un modelo económico, en este caso, cómo se reestructura el capitalismo o el post-capitalismo ante la crisis de sus instituciones y modelos. Es decir, claro, hoy día puede ser mucho más accesible para cualquiera de nosotros convertirse en un productor industrial haciendo uso de estas tecnologías para producir a escalas, de nuevo, accesibles. Que le permiten a uno justificar sus gastos, e incluso derivar una cierta utilidad de todo que haga que toda la empresa justifique la inversión. Pero a esta escala difícilmente podemos reconstruir el aparato productivo y financiero que conocíamos, más que por agregación: es decir, no por el impacto o los resultados de una sola organización, sino de muchas, de miles, actuando al mismo tiempo, en diferentes lugares y en diferentes sentidos, se puede reconstruir el tejido social y económico. Pero las pretensiones de cada una de las células de ese tejido, sus expectativas, son marcadamente diferentes – sus motivaciones también. Algo así como que, ante el colapso de las grandes instituciones, demasiado lentas para adaptarse a mercados que cambian demasiado rápido, surge una economía de pequeños productores. Pierre Levy, en Inteligencia colectiva, refiere cómo serán organizaciones más chicas, basadas en el conocimiento, las que serán capaces de adaptarse al cambio tecnológico bajo una nueva concepción de su propósito:

Conducir a una movilización efectiva de las competencias. Si se quiere movilizar competencias habría que identificarlas. Y para localizarlas hay que reconocerlas en toda su diversidad. Los conocimientos oficialmente validados solo representan hoy una ínfima minoría de los que son activos. Este aspecto del reconocimiento es capital porque no tiene solo por finalidad una mejor administración de las competencias en las empresas y los colectivos en general, posee también una dimensión etico-política. En la edad del conocimiento, no reconocer al otro en su inteligencia, es negar su verdadera identidad social, es alimentar su resentimiento y su hostilidad, es sustentar la humillación, la frustración de la que nace la violencia. Sin embargo, cuando se valoriza al otro, según la gama variada de sus conocimientos se le permite identificarse de un modo nuevo y positivo, se contribuye a movilizarlo, a desarrollar en él, en cambio, sentimientos de reconocimiento que facilitarán como reacción, la implicación subjetiva de otras personas en proyectos colectivos.

Hay, también, un excelente artículo de Wired de hace unos meses sobre cómo la revolución digital está generando una nueva forma de socialismo en línea – el artículo es bueno, e interesante, pero tiene también muchísimos puntos para discutir.

La tercera idea es, más bien, su aplicación local. Y es que, con todo lo que se dice de que “el Perú avanza” y demás, pues cabría preguntarnos qué estamos haciendo en el marco de tecnologizar, modernizar e innovar nuestra producción, en bienes cuyo valor agregado sea, primordialmente, conocimiento, y no como es hora el caso materias primas para que otros produzcan. ¿Qué es lo que nos falta? El aparato productivo podemos tercerizarlo. ¿Nos falta conocimientos? ¿Ideas? ¿Tecnología? ¿Formación, habilidades? Incluso podríamos suponer que el acceso al capital se ha facilitado en los últimos años. Pero identificar el vacío e invertir en él debería ser una prioridad ahora y por los próximos años, para asegurarnos que estamos entrando a competir en el mercado global del 2020, y no de 1973. Señala Eduardo Ísmodes, en su libro Países sin futuro:

Algunas respuestas en torno al fracaso económico de estos países [que no progresan] se sustentarían en su modo de organización, en su cultura, en su sistema de educación y hasta en sus buena o malas relaciones internacionales.

Entre todas las explicaciones, destaca la siguiente, ya esbozada al inicio del primer capítulo: aquellos países en los que se invierte en educación, así como en investigación, desarrollo e innovación en ciencia y tecnología (I+D+I), crecen de manera regular y sostenida. (…) A pesar de que Irlanda no es uno de los países que más destaca en la inversión en ciencia y tecnología como porcentaje con relación a su PBI, las políticas y las prioridades establecidas al respecto muestran que es posible conseguir incrementos muy significativos en su PBI si continúa con una buena política y con buenos instrumentos de promoción de la ciencia y la tecnología ligadas al desarrollo económico. [Pp. 40-41]

Ísmodes reivindica para este propósito el espacio universitario como la oportunidad para promover la formación de los grupos que podrán generar conocimiento que genere valor agregado en la economía (Ísmodes fue hasta hace unos años decano de la Facultad de Ciencias e Ingeniería de la PUCP).

En los países, regiones o localidades en los que se invierten pocos o nulos recursos para la investigación, el desarrollo y la innovación, las universidades, por lo general, son meras organizaciones dedicadas a recibir y transmitir conocimiento. (…) Las presiones externas y la falta de espacios para la reflexión terminan por convertirlas en fábricas de robots manejadas por robots. (…) Estos canales no formales deben estar asociados a lo que, actualmente, no hace la universidad de un país subdesarrollado: generar conocimiento. [Pp. 156-157]

De alguna manera lo que Ísmodes intenta hacer aquí sigue en la misma línea de lo anterior: aprovechar la manera en la cual la tecnología ha reducido los costos de transacción para organizarnos colectivamente, y explotarlo en el contexto de una organización dedicada al conocimiento como es la universidad (que puede, además, por su agregación de múltiples servicios, reducir aún más los costos). El objetivo va en la misma dirección que el artículo reciente de Anderson: habilitar la plataforma, la infraestructura para que miles de ideas y grupos dispersos puedan, de manerca agregada, reconstruir una economía que necesita desesperadamente innovación y nuevas ideas.