Ampliando el espectro de las organizaciones

En general, asumimos que las organizaciones son de uno de tres tipos. Sabemos que hay organizaciones del sector privado, es decir, organizaciones que se organizan con fines de lucro, y ese objetivo último articula y le da sentido y cohesión a sus planes de acción. Es decir, básicamente, empresas. Sabemos también que hay, podríamos decir, organizaciones y organismos del sector público – todo lo que ocurre dentro del ámbito de un Estado. Ministerios, direcciones, jefaturas, y demás instancias y agencias que forman parte de la administración pública. Y sabemos, también, que hay organizaciones del sector social, es decir, organizaciones no motivadas principalmente por el lucro pero que tienen objetivos privados, muchas veces con un interés público pero sin ser parte del aparato estatal.

Esta manera de entender los tipos de organizaciones es, en general, la manera usual como lo hemos venido haciendo. O eres una empresa con fines de lucro, o eres parte del estado, o eres una organización social (usualmente definida negativamente, como No Gubernamental, o como Sin Fines de Lucro). Obviamente, estas organizaciones actúan entre sí de diferentes maneras, y existen por diferentes razones y motivaciones. Según la teoría económica clásica, y el liberalismo que suele ir de la mano, el sector privado y sus organizaciones existen porque existen demandas y necesidades de la sociedad suficientemente grandes que justifican la inversión en satisfacerlas. La inversión se ve justificada porque generará retornos que no solamente cubren la inversión, sino que generan beneficios y utilidades para los inversionistas. Si una necesidad no es lo suficientemente relevante para la sociedad como para pagar por ella, no existen los incentivos para que en el sector privado surja una organización que atienda a esta necesidad.

El sector público tiene un mandato más allá de los beneficios particulares. Es decir, hay necesidades sociales que necesitan atención, aunque no generen utilidades. Así que tenemos al Estado para encargarse de eso. Pero, además, hay necesidades existentes que el Estado es incapaz o no tiene el interés de atender – para lo cual surgen organizaciones privadas que buscan responder a estas necesidades de orden público, desde el sector social. Esto no pretende ser una gran deconstrucción organizativa ni un modelo teórico consistente, son sólo algunas percepciones generales de dónde encaja cada cosa.

La cuestión se pone interesante por lo siguiente (y pueden echarle la culpa a Clay Shirky): nuevas tecnologías de la comunicación modifican los costos de transacción que se requieren para organizarnos colectivamente, cualquiera sea nuestro fin o nuestra motivación. Lo cual genera, a su vez, que las interacciones y separaciones tradicionales entre distintos sectores se vuelvan un poco más permeables o porosas. O dicho de otra manera, que los espacios de interacción empiecen a poblarse por nuevos tipos de organizaciones y modelos antes no considerados, que aparecen hoy porque la reducción de costos de organización abre el espacio para experimentar con nuevas posibilidades (simplemente porque es más fácil). Lo cual nos pone en una posición en la cual podemos repensar nuestras concepciones organizacionales para describir un poco mejor el tipo de interacciones que empezamos a encontrar.

Nuestro modelo aparentemente simple empieza complicarse un poco. Aparecen organizaciones sociales que desarrollan modelos de negocios para buscar la sostenibilidad financiera, junto con empresas que fortalecen su lado de inversión social en diferentes ámbitos. Alianzas entre el sector público y empresas por algún interés colectivo, o firmas que interactúan con el Estado para promover intereses del sector privado. O también, organizaciones sociales cuyo objetivo gira en torno a influenciar políticas públicas de alguna manera, grupos de interés para organizar colectivamente intereses particulares, partidos políticos (¿?), think tanks. Y al mismo tiempo, tenemos también organizaciones que no encajan bien propiamente en ningún lugar, o que desafían de una manera muy ornitorrínica nuestras categorizaciones. Los medios de comunicación, por ejemplo, organizaciones (o individuos) privados pero con un objetivo claramente orientado hacia el público y de interés colectivo, o las instituciones educativas, o incluso también los servicios financieras, que aunque son organizaciones privadas terminan siendo de alguna manera el combustible que hace que todo lo demás pueda operar.

De todo eso, la figura empieza a poblarse y complicarse considerablemente.

Todo esto es un poco culpa de Yochai Benkler, también.

De entrada, hay algunas preguntas puntuales que me empiezan a interesar. Primero, la pregunta por la manera cómo estamos “remixeando” diferentes tipos de organizaciones para formas tipos completa o parcialmente nuevos, que no habríamos podido realmente concebir hace unos años. Por lo mismo, creo que hay ciertos supuestos sobre esta manera de visualizar las interacciones organizacionales que podríamos reconsiderar. Por ejemplo: ¿el posicionamiento en este espectro es una cuestión discreta, o continua? Es decir, tengo que tener una organización privada, pública o social, o puede ser, digamos, 40% privada, 40% social y 20% pública? ¿Tiene sentido pensar en esos términos? ¿Tiene sentido, quizás, ampliar también el espectro e incluir nuevas categorías?

Por otro lado, tampoco es descabellado pensar en organizaciones, o compuestos organizacionales, que se ubican en múltiples lugares del espectro al mismo tiempo.

No quiero ponerme en un afán loco de crear categorías, simplemente intento entender mejor las interacciones para entender, también, cómo funcionan los nuevos espacios que se abren. Benkler habla en The Wealth of Networks (que estoy leyendo ahorita) de formular una “theory of networked publics”, una teoría de lo público interconectado, o algo así – es un poco difícil de traducir, más aún de explicar. Lo cual tiene mucho que ver con una reformulación de la teoría del espacio público, o del espacio de la sociedad civil, y del espacio organizacional en general, a partir de cómo se ha visto transformado en gran parte (aunque no sólo) por el cambio tecnológico. Hay ciertos costos respecto a lo que podíamos hacer frente a lo que podemos hacer ahora que hace posible que nuevas maneras de organizarnos surjan casi espontáneamente – redes espontáneas pueden surgir en cualquier momento porque existen una infraestructura técnica y social que sirve como el caldo de cultivo para ellas. Redes espontáneas pueden surgir, por ejemplo, para organizar el envío de ayuda a Haití, o los esfuerzos para buscar desaparecidos por las lluvias en Cuzco. Estas redes espontáneas son organizaciones de gente, aunque puedan no estar inscritas en registros públicos, con fines, motivaciones, lógicas métodos propios. Muchas de ellas se desarticulan tan rápidamente como surgieron, sea porque no funcionaron o porque cumplieron sus objetivos. Las expectativas que tenemos sobre estas nuevas formas de organización cambian también.

Y cambia la manera como nosotros mismos formamos parte de estas redes espontáneas y nuevas formas de organización, y el ethos cultural que las rodea.

Me quedan muchas preguntas aún, son algunas ideas sueltas con la esperanza de ir refinando un modelo. ¿Dónde queda, por ejemplo, una organización como Facebook, siendo privada, pero brindando un servicio semi-público de redes sociales que no les “pertenece” del todo? (Recuerden que el contenido publicado en Facebook pertenece a los usuarios que lo crean – allí donde lo hayan creado.) No lo sé. Pero es interesante.

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2 comentarios sobre “Ampliando el espectro de las organizaciones

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