La educación del futuro

En verdad, el título es demasiado pomposo y sumamente inexacto. Estoy pensando más en la “institución educativa del futuro”, o más bien, en el “espacio educativo del futuro”, y ni siquiera eso, sino algo como el “espacio de aprendizaje del futuro”, que en verdad es en gran medida “el que deberíamos tener en el presente pero no lo tenemos”.

Osea, finalmente, el título debería ser “el espacio de aprendizaje que deberíamos tener pero no tenemos”, pero recién me di cuenta después de tipearlo, además de que es demasiado largo y muy poco marketero.

Es, además, algo sobre lo que de hecho debo haber escrito antes, porque el tema me interesa mucho. Principalmente porque en esta época estamos viendo la muerte, el colapso, o la transformación profunda de muchas instituciones que hemos asumido como dadas, casi como naturales y eso nos genera un altísimo grado de ansiedad. ¿Y ahora qué hacemos? ¿Ahora quién podrá defendernos? Y claro, con esa ansiedad todo el pánico cultural de que toda nuestra sociedad y los valores se pierden y todo se va directo al hoyo y en fin.

Uno de los lugares donde se están dando muchas de las transformaciones más interesantes es, justamente, en el ámbito de la educación y de la manera en la cual nos organizamos para educar y aprender. Pero muchos de los cambios y nuevas necesidades que empiezan a emerger están pasando un poco desapercibidos y desaprovechados, lo cual es perfectamente comprensible pero al mismo tiempo es una oportunidad desperdiciada. Digo que es perfectamente comprensible porque las instituciones que tenemos para el tema de la educación son instituciones muy antiguas, como los sistemas de educación masiva que heredamos de la Ilustración (alfabetización universal como una consigna que, en la práctica, va también de la mano con una necesidad industrial de una fuerza de trabajo capaz de operar el aparato productivo) o centros de formación y conocimiento como las universidades, que son instituciones heredadas desde la Edad Media.

Pero ahora, hay tanta información circulando de tantas maneras, que en verdad estamos aprendiendo todo el tiempo, y mucho de este aprendizaje no está pasando por estas instituciones formalmente establecidas para canalizar el conocimiento y es, incluso, sistemáticamente excluido de este diseño institucional. Al mismo tiempo, el universo de organizaciones que trabajan y manejan el conocimiento se ha ampliado, de manera que los focos centrales que antes absorbían o monopolizaban esta actividad ya no lo son más, y nunca nadie les preguntó. ¿Qué ocurre con todo el conocimiento y las investigaciones que se realizan desde el sector privado? Enormes cantidades de información que se genera y que, en muchos casos, por generarse con propósitos comerciales o relaciones con intereses comerciales son descartados como “conocimiento válido” por no surgir de un “interés científico”. Pero lo más interesante es, justamente, que cada vez más las organizaciones, incluyendo las empresas, están descubriendo la necesidad fundamental de gestionar mejor su información y su conocimiento interno y apalancarlo de tal manera que se convierta en un recurso de valor para sus actividades. Y cada vez más, también, diversas empresas reconocen que esto puede ocurrir directa o indirectamente: tiene sentido, entonces, financiar líneas de investigación aún cuando puedan no tener una utilidad rentable directa en el corto plazo, por la posibilidad y los beneficios que esto puede generar a largo plazo. Y esta es una práctica que podemos encontrar muchísimo, por ejemplo, con empresas tecnológicas, donde la posibilidad de adelantarse a las siguientes grandes transformaciones tendrá una enorme repercusión estratégica para su planificación.

Y eso es sin siquiera meternos en el enorme conjunto de problema que es pensar, por ejemplo, en los blogs. Enormes cantidades de información, de ideas interesantes, de discusiones a través de comentarios, respuestas, enlaces y demás. Pero para el establishment académico, nada de esto es, propiamente, un espacio de aprendizaje. Es decir, todo muy bonito, pero no está ni debería estar integrado en el proceso formativo, en la currícula, en la metodología, etc.

El asunto es que ahora descubrimos que aprendemos todo el tiempo, de maneras más o menos sistemáticas o estructuradas. Estamos rodeados todo el tiempo de información parcial e incompleta a partir de la cual tenemos que tomar decisiones que funcionarán mejor o peor, registrar los resultados de estas decisiones de manera que nos sirvan como referencia futura si nos encontramos en la misma situación. Así como el aprendizaje cambia también, por extensión, nuestras necesidades de un diseño institucional donde podamos contemplar todos estos más factores. Más aún, ni siquiera eso: un diseño que, simplemente, nos permita agregar y quitar factores relevantes según estos vayan cambiando. Una estructura polimórfica para la manera como nos organizamos para aprender, con la capacidad para interconectarse con otras estructuras similarmente polimórficas para el intercambio de información.

¿Tiene eso algo de sentido? Básicamente, tenemos que reconocer que, de hecho, existen ya espacios de intercambio de conocimiento con dinámicas mucho más flexibles que las que conocemos. Y que, al mismo tiempo, nuestros espacios educativos mantienen en alta estima la rigidez que, justamente, no les permite reconocer el valor de estos espacios. No es gratuito – de hecho, va de la mano con la idea de que hay un conocimiento verdadero, y que hemos confiado en estas instituciones la responsabilidad de protegerlo. Porque, de hecho, eso es lo que hemos hecho hasta ahora.

La pregunta es si estas instituciones – y estoy pensando principalmente en las universidades – serán las únicas, o las más importantes, en seguir haciendo esto en el futuro. La universidad de la era industrial es ciertamente una bestia muy diferente a la medieval: con un rol mucho más enfocado hacia alimentar el aparato productivo de una fuerza de trabajo capaz de administrarlo. Un aparato productivo, por supuesto, en gran medida industrial. Ahora que de a pocos (digo de a pocos porque en el Perú, casi nada) empezamos a movernos hacia un aparato productivo informacional, las necesidades de aprendizaje y educación cambian significativamente. Empezamos a necesitar gente que sea más efectiva en la generación y transformación del conocimiento, capaz de aprender rápidamente, procesar información, tener ideas nuevas, construir nuevos modelos y aplicarlo a casos particulares. Que es todo lo que no hacemos ahora: por ahora, nos satisfacemos con que los que aprenden sean capaces de absorber un conjunto de conocimientos establecido y estandarizado, y reproducirlo de manera exitosa. Es cierto que cada vez hay un mayor énfasis en la participación activa del que aprender, una relación mucho más personal y horizontal con el que enseña, y eso es un gran aporte. Sin embargo, a nivel organizacional, institucional, seguimos manteniendo en gran medida la misma rigidez respecto a todo el proceso de formación.

Sé que todo esto es un poco vago, así que lo dejo un poco abierto y a manera de pregunta. ¿Cómo serán las instituciones educativas del futuro? O mejor dicho, ¿cómo deberían ser los espacios de aprendizaje que deberíamos tener pero no tenemos? ¿Seguirán siendo las universidades, las bibliotecas, los colegios? ¿O será algo completamente nuevo para nosotros? ¿Cómo se conectarán en estos espacios los diferentes actores involucrados en la circulación del conocimiento? No lo sé, pero me parece un problema muy interesante para estar pensando ahora.

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