Paseando por librerías

Hoy me pasé un buen rato paseando por varias librerías, y empecé a caer en cuenta de lo complicado que esto se ha vuelto para mí últimamente.

Cada vez hay más cosas que me interesan, y me es más difícil encontrarlas. Hubo una época, hace mucho tiempo, en que llegar a cualquier librería significaba ir directamente a la sección de filosofía y empezar a pasearme entre autores y títulos más o menos conocidos, buscando piezas faltantes en la colección o viendo qué novedades interesantes habían. Terminada la sección filosofía, en realidad prácticamente estaba terminada la visita a la librería.

Pero ahora, inevitablemente debo pasar también por la sección de sociología, dar un ojo a las de antropología y psicología, lingüística, estudios culturales o comunicaciones si las hay. En algunos casos, si tengo mucha suerte, encontraré una sección de tecnología, o de sociedad de la información, a menudo perdida y confundida junto a manuales de programación y cursos para aprender a usar Office. Luego, si quiero buscar algo sobre diseño, debo buscar en la sección de arte, a veces, o quizás en la de arquitectura, pero casi siempre se tratará de libros sobre diseño gráfico y no tanto sobre el diseño como proceso conceptual.

Esto es sólo un ejemplo, la cosa fácilmente puede ponerse peor, según la manera como cada librería en particular decida ordenar sus libros. Lo cual quiere decir que entrar a una librería es primero descifrar la lógica utilizada para ordenar los libros – pensar temáticamente en realidad no es suficiente, porque mucho de lo que me interesa en realidad se encuentra cruzando diversas fronteras de temas o disciplinas, lo cual hace más complicada la búsqueda. Y, por supuesto, significa que debo revisar múltiples categorías para poder ver si hay cosas que puedan interesarme.

Obviamente, esto es una limitación de la librería como espacio físico – cuando compro libros por Amazon mi problema es que no dejo de encontrar cosas que me interesan, y mi presupuesto sufre enormemente por ello. Pero también, me parece, es un testimonio de espacios interdisciplinarios que se ponen cada vez más complejos y se vuelve igualmente complejo descubrirlos, navegarlos, e intentar introducirse en ellos, porque no hay indicadores claros de por dónde comenzar o cómo encontrarlos. (Agreguemos a las librerías al circuito lógico-económico-político de los problemas de la interdisciplinariedad.)

En todo caso, dejo como recomendación ir más allá de la sección a la cual llegan por naturaleza en una librería, si no lo hacen ella – pues, a pesar de que sus vidas se volverán más complicadas y difíciles de navegar, los beneficios de lo que irán descubriendo lo compensan con creces.

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El diseño de las cosas cotidianas, 3

Este tercer y último fragmento de The Design of Everyday Things, de Donald Norman, es, sobre todo, divertido, porque intenta proyectarse a qué ocurrirá con la introducción del hipertexto en nuestra manera de aproximarnos a la escritura y la presentación lineal de información. Guarda, por supuesto, una estrecha relación con el primer y el segundo pasaje que compartí antes.

So, what do you think of hypertext? Imagine trying to write something using it. The extra freedom also poses extra requirements. If hypertext really becomes available, especially in the fancy version now being talked about – where words, sounds, video, computer graphics, simulations, and more are all available at the touch of the screen – well, it is hard to imagine anyone capable of preparing the material. It will take teams of people. I predict that there will be much experimentation, and much failure, before the dimensions of this new technology are fully explored and understood.

One thing that does bother me, however,is the belief that hypertext will save the author from having to put material in linear order. Wrong. To think this is to allow for sloppiness in writing and presentation. It is hard work to organize material, but that effort on the part of the writer is essential for the ease of the reader. Take away the need for this discipline and I fear that you pass the burden on to the reader, who may not be able to cope, and may not care to try. The advent of hypertext is apt to make writing much more difficult, not easier. Good writing, that is.

Pero tengo que decir que estoy en desacuerdo con su último punto. Me parece interesante que señale que la carga productiva ya no puede recaer en una sola persona, si no en equipos, pero no creo que la demanda de una estructura lineal se mantenga.

Por un lado, porque en el mundo del hipertexto el contenido ya no es lineal, sino interconectado: la carga para el autor no es en cómo devolverle linealidad al contenido, sino cómo orientar a un lector que puede llegar desde cualquier parte, y seguir hacia cualquier lugar. No tengo que brindar una sola linealidad a través del contenido, sino múltiples que se entrecruzan.

Segundo, porque totalmente la carga pasa al lector. El lector es ahora quien configura su camino a través del contenido, y en realidad el autor no puede detenerlo No veo esto como algo malo, sino como el empoderamiento del lector que no nace siquiera con el hipertexto (pensemos nomás en Rayuela, de Cortázar). Totalmente podemos esperar esto y lo veo más como una ganancia que como una pérdida, en la transformación del papel que juega el lector en la configuración del sentido del contenido.

El diseño de las cosas cotidianas, 2

Un segundo pasaje de The Design of Everyday Things, de Donald Norman, que sigue una línea similar al pasaje anterior en la medida en que cambios en nuestro diseño tecnológico cambian aquello que priorizamos o en lo que podemos enfocarnos al realizar una misma tarea, pero en este caso enfocado principalmente en la tarea de la escritura. Es, en cierto sentido, mcluhaniano.

With changes in writing tools, the speed of writing increases. In handwriting, thought runs ahead, posing special demands on memory and encouraging slower, more thoughtful writing. With the typewriter keyboard, the skilled typist can almost keep up with thought. With the advent of dictation, the output and the thought seem reasonably well matched.

Even greater changes have come about with the popularity of dictation. Here the tool can have a dramatic effect, for there is no external record of what has been spoken; the author has to keep everything in memory. As a result, dictated letters often have a long, rambling style. They are more colloquial and less structured – the former because they are based on speech, the latter because the writer can’t easily keep track of what has been said. Style may change further when we get voice typewriters, where our spoken words will appear on the page as they are spoken. This will relieve the memory burden. The colloquial nature may remain and even be enhanced, but – because the printed record of the speech is immediately visible – perhaps the organization will improve.

The widespread availability of computer text editors has produced other changes in writing. On the one hand, it is satisfying to be able to type your thoughts without worrying about minor typographical errors or spelling. On the other hand, you may spend less time thinking and planning. Computer text editors affect structure through their limited real estate. With a paper manuscript, you can spread the pages upon the desk, couch, wall or floor. Large sections of the text can be examinated at one time, to be reorganized and structured. If you use only the computer, then the working area (or real estate) is limited to what shows on the screen. The conventional screen displays about twenty-four lines of text. Even the largest screens now available can display no more than about two full printed pages of text. The result is that corrections tend to be made locally, on what is visible. Large-scale restructuring of the material is more difficult to do, and therefore seldom gets done. Sometimes the same text appears in different parts of the manuscript, without being discovered by the writer. (To the writer, everything seems familiar.)

Vale la pena mencionar que las pantallas de las que habla son los monitores entre los años ochenta y los noventas (en la época en que fue publicado el libro), no las pantallas gigantes con interfaces gráficas a las que estamos acostumbrados ahoras.

El diseño de las cosas cotidianas, 1

Anoche terminé de leer The Design of Everyday Things, un clásico sobre diseño centrado en el usuario para diferentes productos y tecnologías, de Donald Norman. Es un gran libro que resalta una serie de cosas que no son obvias y deberían serlo sobre la manera como el mundo a nuestro alrededor está diseñado, pero es también curioso por la manera como este libro de los años ochenta hace proyecciones o predicciones sobre cómo funcionará la tecnología en el futuro (muchas de las cuales podemos ver realizadas en productos que aparecen en los últimos años).

Quería compartir algunos fragmentos que me llamaron la atención de la última parte del libro, que es la dedicada justamente al diseño centrado en el usuario y a la manera como el diseño de nuevas tecnologías tiene un fuerte impacto en nuestra conducta cotidiana y nuestros patrones sociales, así que este es el primer fragmento de dos o tres que quiero publicar aquí.

En este fragmento, Norman habla sobre la manera como la aparición de nuevas tecnologías para la automatización de tareas mecánicas libera nuestros cerebros para encargarse de tareas más complejas y potencialmente más interesantes, algo que recientemente Clay Shirky ha explorado en su libro Cognitive Surplus.

Don’t these so-called advances also cause us to lose valuable mental skills? Each technological advance that provides a mental aid also brings along critics who decry the loss of the human skill that has been made less valuable. Fine, I say: if the skill is easily automated, it wasn’t essential.

I prefer to remember things by writing them on a pad of paper rather than spending hours of study on the art of memory. I prefer using a pocket calculator to spending hours of pencil pushing and grinding, usually only to make an arithmetic mistake and not discover it until after the harm has been done. I prefer prerecorded music to no music, even if I risk becoming complacent about the power and beauty of the rare performance. And I prefer writing on a text editor or word processor so that I can concentrate on the ideas and the style, not on making marks on the paper. Then I can go back later and correct ideas, redo the grammar. And with the aid of my all-important spelling correction program, I can be confident of my presentation.

Do I fear that I will lose my ability to spell as a result of overrealiance on this technological crutch? What ability? Actually, my spelling is improving through the use of this spelling corrector that continually points out my errors and suggests the correction, but won’t make a change unless I approve. It is certainly a lot more patient than my teachers used to be. And it is always there when I need it, day or night. So I get continual feedback about my errors, plus useful advice. My typing does seem to be deteriorating because I can now type even more sloppily, confident that my mistakes will be detected and corrected.

In general, I welcome any technological advance that reduces my need for mental work but still gives me the control and enjoyment of the task. That way I can exert my mental efforts on the core of the task, the thing to be remembered, the purpose of the arithmetic or the music. I want to use my mental powers for the important things, not fritter them away on the mechanics.

El futuro del libro según IDEO

IDEO, una de las firmas de diseño más importantes del mundo, publica este video con tres re-imaginaciones posibles del futuro del libro.

Pensadas en un mundo donde pantallas y dispositivos portátiles son ubicuos e interconectados permanentemente. Quizás lo más interesante: desagrega la experiencia de los libros, desmontando una supuesta unicidad para revelar que diferentes tipos de lectura son posibles, como experiencias, incluso dentro de un mismo formato. No todos los libros se leen de la misma manera, y no todas las experiencias de lectura se traducen o extienden de manera digital siguiendo el mismo esquema.

Registros

Hay muchas cosas que quiero comentar hace tiempo, pero no encuentro el momento. En todo caso, en los últimos días he estado leyendo un libro de Lisa Gitelman, titulado Always Already New: Media, History And The Data Of Culture. Es un libro sobre “medios de inscripción” en los últimos dos siglos: medios que han sido utilizados para registrar cosas. Y tiene dos dimensiones bastante interesante, por un lado explorando la aparición de diferentes tecnologías de inscripción, desde el fonógrafo hasta la web, y la manera como se elaboraron protocolos sociales para su uso en su momento (en un proceso de lo que McLuhan llama “hibridación”); pero por otro lado, explorando también la transformación de nuestra noción de inscripción o de registro – es decir, que a diferentes posibilidades técnicas se corresponden también diferentes nociones historiográficas sobre qué debe ser registrado, cómo debe ser registrado, y qué significa registrar para la posteridad.

Por este libro retrocedí a los orígenes de lo que luego vino a ser esto del “Internet”, y la manera como se fue formando originalmente. Es interesante porque el origen de los protocolos y la estructura básica vino de un grupo bastante heterogéneo de académicos trabajando con contratistas privados armando un proyecto para el Departamento de Defensa de EEUU. Pero eran, también, en esencia una comunidad temprana de hackers. Y en sus dinámicas grupales pueden mapearse, también, muchas de las actitudes que luego quedarían inscritas en los protocolos de uso de ARPAnet, de Internet, y eventualmente también de la web.

Me llamó especialmente la atención su actitud hacia la discusión y la documentación, que quedó capturada en el documento RFC (Request For Comments) 3, de 1969. El grupo de trabajo utilizaba documentos que circulaba entre sus miembros como propuestas sobre las cuales los demás miembros agregaban comentarios, y éstas eran sus reglas sobre qué calificaba como discutible:

The content of a NWG note may be any thought, suggestion, etc. related to
the HOST software or other aspect of the network.  Notes are encouraged to
be timely rather than polished.  Philosophical positions without examples
or other specifics, specific suggestions or implementation techniques
without introductory or background explication, and explicit questions
without any attempted answers are all acceptable.  The minimum length for
a NWG note is one sentence.

Esto – y es además lo que resalta Gitelman – sucede, entre otras razones, porque el medio que estaban construyendo ofrece un conjunto de nuevas posibilidades para la inscripción y el registro de ideas. Esto lo recoge el mismo RFC en su párrafo siguiente:

These standards (or lack of them) are stated explicitly for two reasons.
First, there is a tendency to view a written statement as ipso facto
authoritative, and we hope to promote the exchange and discussion of
considerably less than authoritative ideas.  Second, there is a natural
hesitancy to publish something unpolished, and we hope to ease this
inhibition.

Es decir, querían la mayor apertura posible para lo que se entendía como un trabajo en progreso, donde se requerían nuevas ideas y propuestas más que posturas refinadas y cuidadosamente sustanciadas. Se buscaba fomentar la discusión y la evaluación de posibilidades, más que algún tipo de verdad o modelo definitivo que resuelva el problema.

Publicar las ideas, y luego filtrarlas, en lugar de filtrarlas primero y publicar las sobrevivientes. Lo que termino siendo, en muchos sentidos, el modelo cultural de la publicación en la web.

“Me llamo Kohfam”: aproximaciones a la identidad hacker

Hacker in the darkness por powtac

En mi escapada norteña de la semana pasada, empecé y terminé un libro del antropólogo español Pau Contreras, titulado Me llamo Kohfam: identidad hacker, una aproximación antropológica [Gedisa, Barcelona, 2004]. Encontré este libro hace un tiempo y me llamó la atención por ser uno de los pocos que he encontrado directamente relacionados con el tema de la identidad y la ética hacker, un tema que me interesa mucho. Pero la verdad, el libro no me resultó tan interesante como lo esperaba, y creo aún que uno puede hacerse de un mejor entendimiento sobre la ética (y la estética) hacker si vuelve sobre algunos de sus documentos fundacionales (los cuales, además, me parece que el libro de Contreras no incorpora o trabaja lo suficiente). Lo interesante por explorar aquí, además, y en esto el libro sí elabora algunas ideas, es la manera como esta configuración ética y estética han servido como la plantilla básica impregnada en todos los desarrollos de la cultura digital, y pueden rastrearse en mayor o menor medida a todo tipo de comunidades en línea que podemos encontrar hoy.

Sin embargo, allí donde sí aporta algo particularmente interesante el libro es en su propuesta central: se trata no de un análisis textual, sino de una aproximación antropológica/etnográfica al asunto. El libro gira en torno a la descripción directa de las prácticas de una comunidad hacker en particular, la que se dedica al hackeo de tarjetas de TV digital en España, y el núcleo de su argumento gira en torno a lo encontrado con ellos a lo largo de varios meses. Aunque aún en ello creo que el libro es confuso en su formulación: el clímax anunciado largamente, la aparición del hacker conocido como Kohfam, termina siendo una presentación corta con pocos detalles.

Aún así, hay algunos pasajes, sobre todo de las conclusiones, que me parece interesante y pertinente rescatar para la formulación de una consideración ética sobre la cultura hacker, así como de la manera como las comunidades en línea comparten conocimientos y construyen identidades. El objetivo de las comunidades de hackers, por ejemplo, lo plantea Contreras de esta manera:

Es decir, el proyecto no tiene como objetivo último construir objetos, sino resolver problemas de la comunidad. A lo largo del proyecto se diseñan y construyen una gran variedad de objetos; ahora bien, todos ellos tienen una finalidad meramente heurística: son el medio para conseguir una meta final que se concibe como un bien público. [137, cursivas del original]

Esto es interesante porque nos lleva por el camino de que la naturaleza misma del objeto sobre el cual se enfoca el grupo es secundaria. Puede ser el hackeo de tarjetas de TV como puede ser el desarrollo de mejores técnicas de tejido a crochet: el objetivo explícito de un grupo se ofrece prácticamente como un pretexto para la existencia misma del grupo. El objetivo implícito, sin embargo, es el grupo mismo, su persistencia a través del tiempo, que se prolonga en la medida en que el objetivo se mantenga siempre insatisfecho, que el grupo siempre tenga problemas nuevos que resolver. La resolución real de sus problemas significaría, más bien, la desaparición de la necesidad de la existencia del grupo mismo.

La manera como se mantiene la cohesión del grupo es a través del intercambio – no un intercambio monetario, sino del intercambio de un “capital social” que toma la forma de conocimiento distribuido entre los miembros:

Ese conjunto de procesos sociales de creación y distribución de conocimiento configura lo que llamo una inteligencia-red. En ésta el conocimiento juega un rol fundamental, puesto que las actividades sociales del grupo se articulan sobre la base de su creación y distribución continua. Creo que se trata de una particular forma de construcción social de conocimiento, configurando una especie de “amplificador operacional” en el que el conocimiento es a la vez el origen y el destino de las transformaciones.

La comunidad que configura una inteligencia-red se nutre de conocimiento y genera conocimiento. En el proceso, se produce una realimentación positiva del conocimiento generado y una aceleración del proceso por efecto de la atracción de nuevos miembros a la comunidad. [138, cursivas del original]

La “inteligencia-red” de la que habla Contreras puede perfectamente compararse con la “inteligencia colectiva” de Pierre Levy o con las descripciones del conocimiento en el mundo virtual que hacen autores como Manuel Castells o David Weinberger. La explicación de los incentivos que hacen que este modelo funcione, sin embargo, requieren de una respuesta más antropológica, vinculada a las nociones de la cultura del don y de la reciprocidad:

De manera que el estatus es de base tecnomeritocrática, pero con un fuerte componente de cultura del don (gift culture), en el que el bien fundamental que circula es el conocimiento. Los lazos sociales del grupo se establecen, por tanto, sobre la base de una circulación de favores. Los favores consisten en conocimiento que, al ser entregado, actúa como un regalo y crea unos fuertes vínculos basados en la reciprocidad y en el altruismo. (…)

Los favores generan también fuertes lazos emocionales entre los miembros de la comunidad, lazos de solidaridad que, pese a ser inestables y estar en proceso de redefinición continua, constituyen uno de los rasgos más importantes de la sociabilidad hacker. El intercambio de conocimiento es, en definitiva, el elemento cohesionador que contrarresta la naturaleza inestable y centrífuga de la comunidad configurada como una inteligencia-red. [141, cursivas del original]

Finalmente, esta dinámica de intercambio, reciprocidad, reconocimiento y construcción social se vuelve central al proceso de formación de identidades complejas, múltiples e interconectadas, en los roles que asumen los miembros de estas comunidades hacia adentro y hacia afuera. Se articula aquí una identidad que Contrerar llama “identidad-red”:

Las identidades virtuales pasan a formar parte del bagaje y la experiencia global del individuo, que deviene un sistema identitario complejo compuesto por una red distribuida de nodos en que es el contexto el que determina qué identidad tiene más importancia en cada momento. Todo ello supone un nuevo modelo de concepción psicológica de la identidad a la que denomino identidad-red.

El movimiento social hacker no puede ser entendido sin este componente de construcción social de la identidad, al igual que otros (nuevos) movimientos sociales. [160, cursivas del original]

Esta última parte es quizás la más interesante y es clave, porque es la que nos da el pase a buscar patrones similares a estos en otras comunidades virtuales que siguen un modelo parecido al de las comunidades de hackers tal como empezaron a articularse desde los años 80. Aunque Me llamo Kohfam tiene, a mi juicio, una serie de problemas estructurales y de presentación, no deja de tener una serie de ideas repartidas a través del libro que vale la pena recoger y articular con otras que van en la misma dirección, para entender un poco más toda la extensión en la que los hackers han configurado proceso sociales que los trascienden.