¿Debería estudiar un posgrado en filosofía?

Creo que este FAQ (Frequently Asked Questions) titulado “Should I Go To Graduate School In Philosophy?” es de lectura imprescindible para todos los que han considerado, están considerando, o están actualmente estudiando un posgrado en filosofía. Está escrito desde adentro, de manera muy cruda y refleja una serie de las complicaciones prácticas que encuentran aquellos que se enfrentan a los estudios de posgrado en filosofía.

Algunas de las secciones más fuertes/interesantes:

Your enjoyment of reading and learning philosophy counts for approximately nil. Nobody will pay you a dime to read things. You will make a good philosophy teacher only if you are good at explaining philosophy to people who know nothing about it and are much less interested in it than you are. You will make a good researcher only if you have lots of new ideas of your own and you like writing about them. If you regularly have to ask your teachers in your classes what you should write about, then you probably do not have enough original ideas to be a good researcher.

Aún así, hay muchos que creen que son distintos a los demás, tan distintos que tienen algo completamente novedoso para ofrecer y que por eso destacarán frente a otros aplicantes:

However smart you may be, when you apply for that coveted position at the University of Colorado, your application will go into a pile of 300 others, of which at least 20 will look about equally good. All 20 of those people will have been the best philosophy students at their colleges. Think about the smartest person you have ever known. Now imagine that there are 20 copies of that person competing with you for a job. That is roughly what it will be like.

Y quizás el más fuerte de todos, respecto a qué tanto puede uno hacerse un espacio en la disciplina filosófica:

Will I influence the field through my insightful articles?

Almost certainly not.

First, it is very difficult to get published in philosophy. The respected journals reject between 90% and 95% of all submissions. No exaggeration. (If you find a journal with a higher acceptance rate than that, it will be one not worth publishing in.) They typically take three months to evaluate your article before rejecting it. Longer delays are not unusual—I once had a journal take two years to evaluate a manuscript of mine. When they finally got back to me, it was to ask me to revise and resubmit the paper. Your prospects are better if you submit to a less prestigious journal, but then virtually no one will read your article. Your ability to get “A”s on your philosophy papers in college does not mean that you will ever be able to write a publishable paper. (See my page on publishing in philosophy.)

Second, consider the sheer quantity of philosophy that is published. As of this writing (2008), the Philosopher’s Index, which indexes almost every academic philosophy publication in any of about 40 different countries, reports 14,000 new records every year. That’s fourteen thousand new philosophy articles and books, per year. Since 1940, about 400,000 philosophy books and articles have appeared. What proportion of those do you suppose the average person in the field has read? Now you can use that guess as an initial estimate of the proportion of philosophers who will read your article.

So when that paper you worked so hard on for so many hours and months finally gets published, it is overwhelmingly likely that almost no one will ever notice, and that the scholarly reaction to your article will be nil.

Es importante matizar que esto, claro, está escrito desde el punto de vista de la academia estadounidense. La verdad, no sé si eso hace las cosas mejores o peores para un estudiante de posgrado en filosofía en el Perú o en América Latina.

Para que lo tengan en consideración si lo están pensando, y si lo están haciendo, pues para que puedan hacer algo al respecto.

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Los filósofos y el dinero

Ahora va a salir mi lado más sofista, en el sentido tradicional y poco apreciado de la palabra.

Con el tiempo me ha sido imposible dejar de observar la muy particular relación que tienen los filósofos con el dinero. Esta es una relación históricamente muy compleja y que aún hoy, en la cotidianidad filosófica, es bastante complicada de manejar. El origen de la tragedia se remonta, por supuesto, al buen Sócrates, o quizás más bien a Platón. Por Platón sabemos que Sócrates, a diferencia de los sofistas que manejaban un lucrativo negocio y habían creado toda una industria en torno a la transmisión de conocimiento en la Grecia clásica (y al hacerlo se convirtieron en figuras claves para la ilustración griega), Sócrates se rehusaba a cobrar ningún dinero por sus enseñanzas, porque claro, él sólo sabía que nada sabía, y por extensión, que nada podía cobrar. Por Platón, entonces, sabemos de un Sócrates que ancla la tradición filosófica fuertemente en el ascetismo, pues la contemplación del Bien con B mayúscula, y de las Ideas, con I mayúscula, implica casi necesariamente que uno tiene que dejar de ponerle atención a cosas pedestres y banales como las posesiones materiales o, claro, el dinero. A partir de aquí, la idea de cobrar por el conocimiento de los filósofos pasa a ser equiparado con la sofística, una suerte de venderse intelectualmente al mejor postor sin servir a la Verdad y a la Sabiduría, con V y S mayúsculas, respectivamente.

Por supuesto, esto era relativamente fácil de decir para Platón, pues, a diferencia de Sócrates, él era de una de las familias más importantes de Atenas y ciertamente dinero no le faltaba. Platón, entonces, encarnaba un estereotipo que ha durado hasta el día de hoy: podía dedicarse al estudio de la filosofía porque podía darse ese lujo. Ya que todas sus necesidades materiales estaban debidamente satisfechas, por qué no dedicarse, más bien, a la contemplación de los conceptos.

El problema es, claro, que ni todos somos Platón, ni todos tenemos acceso a los mismos beneficios. Pero como todo filósofo contemporáneo podrá decirles, la misma idea viene adherida a la práctica filosófica en la actualidad: junto con el desconocimiento de la idea “productiva” del filósofo, viene la aceptación de que la filosofía es un camino de ascetismo, de renuncia a lo material y que, por lo mismo, ya que un filósofo está desprendido de lo material, no tiene ni razón ni incentivo para recibir mucho dinero o muchas compensaciones materiales. Cualquier otra cosa, sería sofística, en el peor de los sentidos tradicionales de la palabra. De modo que estudiar filosofía hoy es visto, de nuevo, como una forma de lujo: si me estoy dedicando a algo que todo el mundo sabe es tan improductivo y tan poco rentable, pues debe ser porque tengo las condiciones materiales satisfechas como para darme ese lujo. Cuando todo el aparato económico circundante piensa lo mismo, el efecto se retroalimenta: si esta persona se pudo dar el lujo de estudiar filosofía, no tiene sentido que le paguemos mucho, ¿verdad? P entonces Q.

Claro, el problema es que esto no es verdad. Ni es cierto que estudiar filosofía sea un lujo, ni es cierto que todo aquel que estudia filosofía tenga sus necesidades materiales cubiertas, ni es cierto que no tenga sentido que un filósofo reciba una compensación justa. Pero el tema del dinero está tan alejado de la reflexión filosófica, visto casi como una mancha que ensucia el pensamiento puro, que en realidad los filósofos que salimos al mundo, no solamente no tenemos realmente idea de qué haremos, sino que además no tenemos ni la menor idea de cómo pensar en términos de dinero. La consecuencia práctica, inmediata de esto es harto conocida (por los filósofos): o ingresan al mundo laboral académico, donde son francamente maltratados económicamente por un aparato que los ve como eternos subsidiados, o salen al mundo laboral extra-académico donde no tienen idea de cuánto valen sus habilidades y por tanto no tienen ninguna herramienta a la hora de negociar algo como un sueldo o una tarifa. Para un filósofo, por supuesto con excepciones, es tan extraña la idea de que alguien esté dispuesto a ofrecerle un trabajo, que lo terminan viendo más como un acto de caridad que debe ser aceptado, que como una negociación entre dos partes que tienen elementos de valor que intercambiar (habilidades, y dinero).

El resultado neto es el siguiente: por un lado, filósofos que ingresan en el ámbito académico a ser mal pagados, a trabajar muchísimas horas para compensar que son mal pagados, a matarse preparando clases, corrigiendo exámenes, dando asesorías, todo para que al final del día no les quede tiempo para dedicarse a la investigación, a la reflexión, a la discusión, porque siempre tienen que estar haciendo algo más. O, por otro lado, filósofos que no ingresan en lo académico, probablemente siguen estando mal pagados (aunque no tan mal), pero son vistos como los que se salieron, como los que traicionaron el concepto y por tanto terminan encontrándose excluidos de los núcleos donde, supuestamente, sí tiene lugar el pensamiento propiamente filósofico.

En realidad, hay un tercer grupo, que podríamos llamar los platónicos, que aunque son una minoría de todas maneras existen: son los que, de hecho, estudiaron filosofía porque podían darse ese lujo, porque como no tenían mayores preocupaciones materiales decidieron que, bueno, podían dedicarse a la contemplación del concepto sin mayor reparo. Sobre ellos, obviamente, no trata este post (pero igual no crean que no los estimo).

Mi punto con todo esto no es que el filósofo debería salir al mundo con una tabla de precios bajo el brazo, o que las trincheras académicas deberían rebelarse contra el sistema que los explota injustamente. Simplemente quiero decir que deberíamos perderle un poco el miedo al dinero y estar dispuestos a informarnos más sobre cómo funcionan estas cosas. ¿Cuánto debería ganar un filósofo recién egresado, que sale al mercado laboral? ¿Qué condiciones de trabajo son aceptables, y cuáles son una explotación horrible que no debería ser tolerada? ¿A qué beneficios debería tener uno acceso en el mercado laboral, qué expectativas de desarrollo de carrera, qué posibilidades de aprendizaje?

¿Cómo debería ahorrar uno su plata, sea mucha o poca? ¿Cómo debería uno administrar sus fondos cuando tiene trabajo pagado sólo 9 de cada 12 meses del año? ¿Cómo debería uno pensar en invertir su dinero, o cómo podría invertirlo en uno mismo para mejorar sus propias condiciones laborales o materiales? ¿Cómo debería uno negociar un suelo, qué puede pedir, y qué debería rechazar?

Mi problema está en que como nadie nos enseña a hacernos estas preguntas a tiempo, a un montón de gente le meten la rata horrible. Pésimos sueldos, pésimas condiciones laborales, trabajos que no tienen futuro o cuyo techo de crecimiento es muy bajo, trabajos en condiciones completamente informales y muchas veces abiertamente ilegales, y, sobre todo, trabajos que no son realmente gratificantes. Si para “hacer lo que te gusta” tienes que dictar tantas horas de clase a la semana que al final del día no te alcanza el tiempo ni para comer, eso definitivamente no cuenta como lo que llamaríamos “trabajo realizado”. Si terminas teniendo que manejar tres o cuatro cachuelos mal pagados simplemente para tener algún ingreso, eso no sería algo que yo llamaría “trabajo realizado”. Y si te encuentras encerrado en el mismo círculo, sin haber avanzado (y con suerte sin haber retrocedido) después de 5, o 10 años, difícilmente creo que eso sea, de nuevo, “trabajo realizado”.

No me malentiendan – cualquier persona que viva y trabaje así, y sea feliz, y le vaya bien, bienvenido sea. No estoy aquí juzgando a nadie. Mi único punto es que, en términos generales, nos terminamos metiendo tanto en el rollo de la filosofía ascética, desprendida del mundo real, que nos olvidamos que al final del día los filósofos también pagan cuentas de agua, luz y teléfono. Y que si no tuviéramos tanto reparo, incluso tanto miedo de pensar, o de discutir, de temas de dinero, tendríamos muchas mejores posibilidades para hacer lo que nos gusta hacer, podríamos tener muchas más libertades para dedicarnos a leer, investigar, discutir, pensar, lo que sea. Pero no lo hacemos porque no tenemos las herramientas para ella – ni siquiera lo conversamos entre nosotros. Entre filósofos quizás a uno nunca se le ocurriría preguntarle al otro cuánto gana, o cómo genera ingresos o cómo los administra, porque lo vemos como algo impropio, algo hasta sucio, cuando en realidad en muchísimas disciplinas esto es completamente normal, cotidiano, aceptable y hasta recomendable. Si no tienes las referencias de lo que hacen otras personas con más o menos tu misma experiencia, formación, e intereses, ¿qué referencias puedes tener?

Claro, éste es mi lado más sofista, porque creo que en esto los sofistas la vieron mucho más clara. Uno se tiene que construir su propia industria del conocimiento, uno tiene habilidades que son de valor para otras personas, que uno disfruta usar, y por usarlas debería ser debidamente compensado, no explotado por la sociedad porque no tiene las herramientas para defenderse. Hay una historia aquí sobre la cual siempre me gusta volver, que en realidad son las dos historias que se cuentan sobre Tales de Mileto: la más conocida es, por supuesto, aquella en la que Tales, por andar mirando hacia las estrellas, preocupándose por cosas de otro orden y no por el mundo material, cae en un hueco, y la sierva de Tracia se burla de él por esto, porque está tan ensimismado (o fuera de sí) que ni siquiera se da cuenta de por donde camina.

La otra, menos conocida, que es la que podemos llamar la venganza de Tales, es aquella en la que Tales, a partir de sus observaciones del movimiento de los astros, adquiere la capacidad para predecir los cambios climáticos, y utiliza ese conocimiento para comprar todos los molinos de grano de Mileto. De modo que cuando el clima cambia según sus predicciones, y sale la cosecha, él tenía el monopolio de los molinos para procesar el grano, y Tales se volvió, para efectos de la época, una especia de Mark Zuckerberg de la Grecia clásica.

A estas alturas, a nadie le será difícil darse cuenta de cuál es mi historia favorita de Tales.

¿Filosofía? ¿Qué te pasa?

A lo largo de los años me he ganado con múltiples historias de terror de las reacciones que recibe la gente cuando decide estudiar filosofía. Yo he sido uno de los “afortunados”, en el sentido de que en general la tuve fácil: mi familia aceptó y estuvo en paz con la decisión y no tuve mayores obstáculos para hacerlo. Pero en cambio conozco a varias personas que no la tuvieron así de fácil, que tuvieron enfrentamiento y discusiones familiares, o que simplemente no contaron con ningún apoyo y se vieron en la necesidad de financiarse a sí mismos el estudio de una carrera que no es precisamente lucrativa.

Decidir estudiar filosofía significa escoger un camino en la vida que está marcado por el siguiente diálogo, una y otra vez, ad infinitum, hasta el fin de los tiempos:

– ¿Y tú qué estudias(te)?
– Filosofía.
– Ahhhh…
(Silencio incómodo)
– ¿Y a qué se dedica un filósofo, ah?

Cuando uno es abogado, médico, administrador, ingeniero, arquitecto, etc., etc., etc., no se ve obligado a sobrevivir a esta pregunta cada vez que uno conversa con alguien nuevo. Si esto fuera una, dos, diez veces, bueno, pero no, este mismo diálogo se repite exactamente sin ningún tipo de fin, con el agravante de que cuando uno está estudiando aún la pregunta fatídica viene acompañada de un gesto, una mirada que en pocas palabras quiere decir “¿qué te pasa?”. Con el tiempo, los filósofos desarrollamos cada uno diferentes mecanismos de defensa para la pregunta: guiones ensayados, respuestas humorosas o reacciones indignadas, según las preferencias de cada uno. Estas preguntas se vuelven particularmente incómodas en el contexto de reuniones familiares donde vienen acompañadas de una batería de preguntas respecto a lo que uno quiere hacer con su futuro, a qué se piensa dedicar, pero cómo piensa uno ganarse la vida, etc.

Tomar la decisión de dedicarse a la filosofía es implícitamente la decisión de que uno no dedicará su vida a las ganancias materiales que vienen, por ejemplo, con una carrera en la banca de inversión – pero al tema del dinero y la filosofía le dedicaré un espacio más explayado en el futuro cercano. Cuando uno estudia filosofía, lo hace sabiendo más o menos bien que eso significa decirle no a una vida de lujos y derroches materiales, a cambio de una vida comprometida principalmente con el concepto y con la teoría en alguna de sus formas.

Para propósitos prácticos (propósitos que, además, le suelen ser esquivos al filósofo), es pertinente distinguir aquí entre qué significa hacer filosofía, y qué puede hacer un filósofo.

La primera pregunta no se responde, o si se intenta responder, se responde filosóficamente, de múltiples maneras, con crisis existenciales de por medio y, en el mejor de los casos, con una considerable cantidad de alcohol de por medio porque, como todos sabemos, in vino veritas.

La segunda pregunta, en cambio, es la que termina siendo relevante para jóvenes filósofos que tratan de entender qué rayos quieren hacer con su vida, sobre todo cuando empieza a hacerse claro que el mundo académico es laboralmente muy complejo. En esa frontera extraña y confusa entre que uno acaba la universidad y pone sus pies en el mundo real, empieza a descubrir que, por mucho que uno pueda entender el tránsito del espíritu objetivo al espíritu absoluto en la descripción de la fenomenología del espíritu de Hegel, para cuestiones más pedestres y cotidianas uno termina siendo un completo ignorante.

Sin embargo, debo decir, luego de haber observado esto un buen tiempo, que la cosa no es tan complicada como parece, siempre y cuando el joven filósofo se muestre abierto y dispuesto a deshacerse del ideal de la torre de marfil y del mito de la caverna con su luz exterior reveladora de verdad, visible sólo para filósofos. Como me gusta decir continuamente, en realidad un filósofo podrá encontrar múltiples oportunidades de varios tipos, haciendo uso de una serie de superpoderes que tiene, pero que probablemente no sabe que tiene. Superpoderes que están cercanamente ligados, por supuesto, a la capacidad analítica y crítica y a la rigurosidad que suelen acompañar a los estudios de filosofía.

Estos superpoderes hacen que un filósofo tenga una predisposición y una capacidad exacerbada hacia el aprendizaje – la posibilidad de rápida y efectivamente aproximarse hacia un cuerpo desconocido de conocimiento para entender su complejidad interna, sus problemas, sus preguntas y sus ideas principales. Dadas las condiciones actuales en las que se maneja la economía, eso representa una habilidad transferible sumamente importante, pues hace posible que el filósofo pueda cómodamente moverse a través de una serie de campos con una base teórica y conceptual muy firme para entender el sentido de esos tránsitos y movimientos.

¿Qué quiere decir esto? Que aunque un filósofo sabe hacer muy poco, tiene la capacidad para aprender a hacer casi cualquier cosa, muy bien y muy rápido. Y aprender, además, de tal manera que pueda formular críticas y descubrir problemas en lo que aprender conforme lo hace. Pues en eso consiste, esencialmente, la educación filosófica. Y esta es una habilidad sumamente valiosa en múltiples sectores e industrias hoy día, cuando la competitividad y la productividad dependen, sobre todo, de la capacidad para generar valor agregado y diferenciado frente al público: en otras palabras, las mejores soluciones a los problemas más interesantes en la actualidad requieren de gente que pueda pensar “fuera de la caja”, más allá de los marcos conceptuales en los cuales están formulados los problemas (que son problemas de todo tipo: políticos, sociales, económicos, comerciales, financieros, culturales, etc.). Eso es, precisamente, aquello en lo que destaca el filósofo porque está acostumbrado a moverse entre múltiples sistemas conceptuales en un arsenal de herramientas de las que puede escoger según la naturaleza del problema.

Un filósofo destacará en aquellos contextos donde pueda ver las cosas de manera estratégica, más que táctica. Donde tenga la oportunidad de dar un paso atrás para ver el panorama completo, más que involucrado en la ejecución minuciosa de actividades mecánicas. El problema está en que estos contextos no son precisamente aquello que uno encuentra tan pronto termina de estudiar y se enfrenta al mundo, sino que es más bien algo a lo que uno llega con el tiempo. De modo que uno inevitablemente se encuentra con la necesidad de adquirir y dominar una serie de habilidades y conocimientos complementarios en el camino.

Aún así, me doy cuenta de que este post está escrito en un tono y sentido muy defensivos. Como si tuviéramos la necesidad de justificar lo que hacemos, y por qué lo hacemos, porque nos enfrentamos al escrutinio y al juicio de familiares entrometidos que no entienden nada de lo que nos gusta pero creen que por alguna razón ellos sí entienden el espectro complejo de la complejidad de los asuntos humanos y pueden tomar decisiones mejores que nosotros. Así que creo que lo pertinente también sería, y espero hacerlo eventualmente (pronto), voltear la cuestión y explicar, más bien, por qué debería uno estudiar filosofía.

Ahora, ¿por qué estoy escribiendo esto ahora? Revisando las estadísticas de ingreso a mi blog encontré que había más de una persona que había llegado aquí preguntando por el campo laboral de la filosofía, o por qué hace un filósofo. Con lo cual recordé muchas de las historias que había escuchado de amigos y gente cercana, muchas de las dudas cuando estaba estudiando yo mismo, o que sigo teniendo, y demás. Se me ocurrió que, quizás, haya futuros estudiantes, estudiantes actuales, padres de familia o demás interesados en qué puede hacer un filósofo, porque no conocen bien las oportunidades, el espacio, el campo, las habilidades, y las mismas dudas y problemas. Así que se me ocurrió que, quizás, algo podría aportar a partir de mi experiencia particular, que no es además la típica experiencia en filosofía: estudié filosofía, y he teniendo experiencia académica dictando prácticas en cursos de lógica y temas históricos en filosofía, pero mi trabajo principalmente se ha orientado al estudio y al desarrollo de nuevas tecnologías y herramientas. Mi experiencia ha sido de que con las herramientas que a uno le da la filosofía, uno puede dedicarse a muchísimas cosas e incluso encontrar nuevas ideas y herramientas con las cuales volver sobre la filosofía para explorar nuevos temas y nuevas cosas.

Así que espero que estos comentarios le puedan ser útiles a alguien, en alguna parte, que esté pasando por este tipo de dudas.

Conferencias públicas del LSE

Hace poco, no recuerdo bien por qué, me dieron ganas de aprender más sobre economía. Por culpa de la filosofía, esto para mí significa regresar hasta La riqueza de las naciones, de Adam Smith, y empezar desde allí hacia adelante (estoy seguro que los más extremos estarían dispuestos a volver a la Economía de Aristóteles, o que al menos se atribuye a Aristóteles). Pero como esto sería una empresa, más bien, sumamente difícil de empezar y bastante imposible de terminar, escogí moderarme un poco y buscar otros recursos que me permitieran ampliar un poco más mis conocimientos sobre el tema. Me puse a buscar sobre todo dentro de la librería de iTunes U, un catálogo de charlas, conferencias y cursos de diferentes universidades del mundo, libremente disponibles para descargar a través del programa iTunes de Apple.

Lo primero que encontré de interés fue una conferencia en el MIT del premio Nobel de economía, Robert Merton, muy didáctica y clara donde explica sus investigaciones e ideas sobre una serie de problemas económicos contemporáneos (me gustaría incrustar aquí el video, pero wordpress.com se pone pesado con videos de plataformas no comunes). Merton trabaja en problemas del tipo, cómo calcular, en el presente, la manera como debemos invertir los ahorros de personas que están trabajando hoy, para que cuando estas personas se retiren, el dinero haya rendido frutos como para mantener su estilo y calidad de vida de sus últimos años laborales, sin poder saber hoy día con claridad cuál será ese estilo y calidad de vida, o en qué trabajará esta persona en el futuro. Luego recibe preguntas pintorescas del tipo cómo resolver la crisis financiera o arreglar la seguridad social en EEUU.

Buscando un poco más, encontré que el London School of Economics and Political Sciences, el LSE, publica una enorme cantidad, si no todas, sus conferencias públicas en línea. No solamente a través de iTunes U, sino también a través de su sitio web, en formato mp3 para poderlas descargas y escucharlas, y en muchos casos disponibles también en video.

Me he bajado varias y escuchado algunas y son muy, muy buenas. No deja de sorprenderme que tengamos ahora las facilidades de escuchar charlas de primer nivel de las mejores universidades del mundo, virtualmente gratis.

Dejo aquí una pequeña selección, del enorme catálogo disponible, de algunas de las conferencias que me parecen interesantes. Si visitan los links pueden encontrar más información y descargar el archivo de audio correspondiente, en formato mp3.

Y hay mucho más de donde eso vino. Diviértanse.

Aprender a hackear

Siempre he estado fascinado por la idea de hacer cosas. Mi formación en filosofía nunca me enseñó, al menos formalmente, a hacer cosas, sino más bien a pensar cosas, o estudiar cosas, pero no hacerlas (eventualmente he caído en cuenta de que uno sí aprender a hacer ciertas cosas cuando estudia filosofía, pero parece ser que sólo se entiende esto retrospectivamente). Un artículo en The Atlantic explora los nuevos espacios que están surgiendo, para-académicos, donde niños y jóvenes están aprendiendo diferentes maneras de hacer cosas, jugar y transformar objetos a su voluntad:

The ideal educational environment for kids, observes Peter Gray, a professor of psychology at Boston College who studies the way children learn, is one that includes “the opportunity to mess around with objects of all sorts, and to try to build things.” Countless experiments have shown that young children are far more interested in objects they can control than in those they cannot control—a behavioral tendency that persists. In her review of research on project-based learning (a hands-on, experience-based approach to education), Diane McGrath, former editor of the Journal of Computer Science Education, reports that project-based students do as well as (and sometimes better than) traditionally educated students on standardized tests, and that they “learn research skills, understand the subject matter at a deeper level than do their traditional counterparts, and are more deeply engaged in their work.”

Estos espacios son externos o ajenos a los espacios de educación formal o tradicional porque operan bajo lógicas que nuestro sistema educativo es actualmente incapaz de incorporar. Pero justamente siguiendo una lógica propia de la ética hacker, las personas que encuentran este interés están hackeando su propio espacio para hackear, creándose su propio espacio educativo:

Unfortunately, says Gray, our schools don’t teach kids how to make things, but instead train them to become scholars, “in the narrowest sense of the word, meaning someone who spends their time reading and writing. Of course, most people are not scholars. We survive by doing things.”

So it makes sense that members of the DIY movement see education itself as a field that’s ripe for hands-on improvement. Instead of taking on the dull job of petitioning schools to change their obstinate ways, DIYers are building their own versions of schools, in the form of summer camps, workshops, clubs, and Web sites.

Varias cosas vale la pena rescatar. En primer lugar, que hace varios años tuve la idea/intención de formar una especie de “academia de hackeo” donde la gente pudiera reunirse para, bueno, aprender a hackear. El concepto era simple, armar una especie de “currícula básica”, una lista de actividades con las cuales introducirse en la idea de hackear (incluyendo, por supuesto, la exploración filosófica de la ética hacker), y que luego un grupo de manera colaborativa se encargara de explorar los temas y compartir experiencias y proyectos.

Lo otro es que esto me remite a un libro que aún no me he conseguido, pero es especialmente relevante: un trabajo de varios autores titulado Hanging Out, Messing Around and Geeking Out, que profundiza sobre las maneras colaborativas en las que los jóvenes están actualmente aprendiendo en espacios que no tienen reconocimiento dentro de la educación formal. Lo que la evidencia cada vez nos está mostrando más claramente, es que no vamos a un lugar en el que aprendemos (el colegio, o la universidad), para luego salir de él y dejar de aprender. Aprendemos de todo el tiempo, y una buena parte de lo que aprendemos lo aprendemos en contextos de socialización externos a la educación formal en salones y con pizarras (o con proyectores y powerpoints). Pero en la medida en que nuestro entendimiento de la educación no reconoce estos aprendizajes informales, poco estructurados, no es capaz de maximizar su valor e importancia ni articularlos con lo que se aprende dentro de los salones y con las pizarras.

Finalmente, hay aquí una enorme oportunidad. La tecnología reduce los costos de transacción para diferentes tipos de actividades y de formas de organización social. Coordinar cosas es más fácil que nunca, así como difundir ideas. De modo que, en lo que respecta a la educación, uno podría argumentar que el aparato burocrático para organizar la actividad educativa deja de ser tan necesario, y que así como surgen estos espacios, uno podría perfectamente organizar el suyo propio. Y podría hacerlo con un enfoque completamente diferente, con costos muchísimo más bajos. Encontré hoy también este curso virtual sobre  “Periodismo abierto y la web abierta” en la P2PU, una comunidad en línea que le permite virtualmente a cualquier persona dictar un curso en línea sobre cualquier tema, con la intención de que sean cursos cortos de nivel universitario.

Debidamente organizado, esto podría ser la manera como alguien se gane la vida: una persona especializada podría dictar directamente varios de estos cursos/espacios virtuales de aprendizaje al mismo tiempo, y de acuerdo a la especialización, calidad y reconocimiento de su contenido, podría perfectamente cobrar a los participantes por la posibilidad de ser miembros de la comunidad. Pero lo mejor es que podría fácilmente manejar todo el aparato por sí solo, estableciendo una suerte de empresa unipersonal: así, aunque quizás el techo de las ganancias no es tan alto, en realidad el margen de utilidad regresa casi en su totalidad para la persona que maneja la operación.

Este tipo de empresas unipersonales es una de las figuras más interesantes que me parece habilita la nueva economía digital, que no solamente posibilita sino que incluso reclama una reinterpretación del modelo clásico del capitalismo. Quizás puede ser también un elemento en la configuración de una nueva concepción de Ilustración. Hay, además, una oportunidad de mercado y un modelo de negocios aquí.

Universidad ubicua

Algo así como la computación ubicua. La computación ubicua es un concepto viejo, quizás hasta desfasado, al menos tal como fue pensado en los noventas. De la página de ubiquitous computing del Xerox PARC:

Ubiquitous computing names the third wave in computing, just now beginning. First were mainframes, each shared by lots of people. Now we are in the personal computing era, person and machine staring uneasily at each other across the desktop. Next comes ubiquitous computing, or the age of calm technology, when technology recedes into the background of our lives. Alan Kay of Apple calls this “Third Paradigm” computing.

En otras palabras, la computación ubicua es la tecnología en todas partes – un poco lo que estamos empezando a ver con el desarrollo acelerado de la tecnología móvil y la computación en la nube. Ya no estamos limitados, tecnológicamente, por computadoras de escritorio, sino que nuestra información está disponible desde cualquier terminal con conexión a Internet, y los terminales se vuelven cada vez más pequeños, portátiles y funcionales – con dispositivos como el iPhone, el iPad o los smartphones. Si sumamos las piezas, toda nuestra información está disponible con nosotros todo el tiempo para que la utilicemos – computación ubicua.

Bueno, pero de eso no me quería encargar hoy día, sino de la idea de “universidad ubicua”, o incluso mejor aún, “educación ubicua” en general (OK, sé que en español quizás no suena tan buen usar tanto la palabra “ubicua”). Un artículo en Read/WriteWeb examina el crecimiento en el uso de clases en video en las universidades, tanto por parte de los profesores como de los alumnos, y la manera en la que esto influye en el desempeño. Lo cual lleva a la pregunta: ¿Qué tanto importan las universidades como lugares?

Sobre todo en el consumo de la televisión, hemos visto la aparición tanto del timeshifting primero, como del placeshifting después. El timeshifting fue una práctica introducida por tecnologías como el Betamax o el VHS, la capacidad de poder almacenar el contenido transmitido para poder verlo en otro momento. El placeshifting es introducido por las tecnologías móviles – la capacidad no sólo de poder verlo en otro momento, sino también de poder verlo en cualquier lugar, incluso en cualquier dispositivo. YouTube es el paradigma ejemplar del contenido audiovisual “on demand”, o por demanda: lo veo cuando yo quiera, desde cualquier computadora con conexión a Internet. Amazon, Apple, Netflix son diferentes implementaciones comerciales de la misma idea de fondo, que transforma por completo nuestros conceptos de programación televisiva (no hay tal cosa como “prime time” cuando cada uno ve televisión en horarios diferentes – o como lo ilustraron perfectamente bien en un capítulo de Gossip Girl, “nobody watches TV on TV anymore”).

Pero hasta ahora, la programación educativa o universitaria no ha sufrido mayores efectos ni del timeshifting ni del placeshifting, o más bien, muy pocos. La educación virtual es un movimiento, si se le puede llamar así, cada vez más fuerte, y del e-learning se habla con creciente frecuencia, con mayor o menor ingenuidad (no, el e-learning no lo solucionará todo, nunca). Si la mayoría de alumnos van a una clase para sentarse, no decir nada, tomar notas en silencio, sin formular preguntas, ¿qué diferencia hace que vayan o no? Es cierto, siempre hay gente que discute, participa, pero son los menos. Para el 90% de los participantes de una clase, estar en clase es en la práctica lo mismo que ver una película sin la posibilidad de poder poner pausa, avanzar o retroceder. Más allá de la obligación que implica la asistencia a clases (del tipo, “así me aseguro que estoy obligado a ir”), no parece haber mayor diferencia funcional – uno puede hablar quizás de diferencia emocionales, psicológicas, contextuales, el feeling, lo que sea. En términos generales, creo que mi punto se mantiene.

Con el uso creciente de herramientas como videos, tecnologías móviles, podcasts, foros, redes sociales, plataformas colaborativas, ¿cuál es el sentido de la rigidez del horario de clase, y del contenido universitario?

Modelo tentativo, como para que discutamos. En lugar de hacer a los alumnos ir a escuchar una conferencia, el profesor circula un podcast o un video, una, quizás dos veces por semana, en la cual explica en 30-45 minutos el tema de la semana, deja algunos hilos abiertos y lo vincula con los textos o demás materiales de referencia del tema. Los alumnos revisan todo esto por su cuenta, cuando mejor les convenga según sus propias necesidades/capacidades (“no entendí, voy a retroceder para escuchar de nuevo”), y la sesión presencial de la semana es exclusivamente para discusión de los temas, de los hilos abiertos, para resolver dudas sobre el podcast o los materiales, y para revisar los trabajos de proyecto en los que los alumnos están trabajando permanentemente en el semestre. El profesor, virtualmente, funciona todo el tiempo como un curador y como un coach de los alumnos, brindando asesoría permanente por correo electrónico, o quizás conectando con ellos vía Skype o alguna otra herramienta de conferencias, programando independientemente con el alumno o los grupos según los trabajos o proyectos que están realizando.

La universidad, o lo que sea, deja de pensarse en este modelo como un lugar, y a entender más como una red, como un concepto lógico, un marco que agrupa y reúne personas con diferentes intereses en la producción y transformación de conocimiento. Es cierto, esto de por sí requiere una serie de infraestructuras e instituciones para estar bien administrado. Pero creo que, por lo pronto, la idea principal de lo que quiero decir es clara: es posible pensar en maneras más dinámicas de ajustar la educación universitaria a contextos dinámicos como aquellos en los que convivimos cotidianamente.