Contextos creativos

He estado viendo algunas charlas de TED últimamente (el canal de TED en YouTube es, como se dice, un must), y ahora me encontré también con esta extraordinaria charla de Elizabeth Gilbert hablando sobre el origen de la creatividad. La idea (¿propuesta?) de Gilbert es que tenemos mucho que ganar si pensamos en la creatividad no como en la genialidad propia de un individuo iluminado que comparte con el mundo su visión, sino si rescatamos concepciones de la creatividad que existían en la Grecia y Roma clásicas: que la genialidad es, más bien, el atisbo de algo divino que se vale de lo humano como vehículo para hacerse realidad.

La idea del genio en el arte, de la creatividad como un atributo propio de algunos individuos, es una idea que surge con el Renacimiento cuando la fuerza de la voluntad y la razón fueron puestas como maestras de todo. Pareciera justo, entonces, que a medida que abandonamos también una serie de paradigmas de la Modernidad por encontrarlos insuficientes, nuestra imagen de la creatividad se vea ella misma también transformada. Las ideas de Gilbert me gustan no tanto por lo místico que hay detrás de ellas, sino más porque rompen con esta idea moderna de que somos el centro del universo y el elemento más importante en él. Por mucho que nos duela admitirlo, en verdad no somos tan importantes ni tan especiales, y somos, más bien, el resultado aleatorio de una larga cadena de ensayos y errores que se han ido adaptando más exitosamente a su entorno.

De la misma manera podemos pensar en la creatividad en esos términos. Y no lo digo con el propósito de desmitificarla, convertirla en algo mundano, ni nada por el estilo. Sino para entender mejor cuál es el papel que jugamos en este proceso: y es que, me parece, que el aporte que cada uno de nosotros hace individualmente a un proceso creativo es el de estar en el lugar correcto, en el momento correcto. La creatividad, en su expresión más fina, introduce en el mundo de lo conocido algo por completo desconocido: se las arregla para que existe en el mundo algo previamente inconcebible. Pero no sólo eso, sino que lo hace a partir de pedazos conocidos, existentes. El individuo creador al centro de esto tiene éxito cuando está en la confluencia justa de elementos conocidos que le permiten ver, entre ellos, conexiones que apuntan hacia algo que previamente no estaba allí.

Lo cual hace que el que participa de esto no sea especial, sino tan sólo se encuentre en un momento particularmente especial, y su desafío consiste en uno, digamos, de “apertura”: en la capacidad de ver, de reconocer, las conexiones que se forjan a su alrededor en ese momento, y de articularlas de una manera que ofrezcan algo nuevo. Pues lo más probable es que, enfrentados cotidianamente con una situación de este tipo, dejemos pasar la oportunidad de ver algo diferente, bajo la tentación de adscribirlo bajo lo conocido. Porque todo acto de creación incorpora un riesgo importante: implica que el que señala la diferencia, introduce la variación, tiene que estar dispuesto a ir en contra del orden establecido de las cosas, y proporner que veamos el mundo de manera diferente. Lo cual no es poca cosa. Y tampoco quiere decir que cualquier, por el simple hecho de introducir algo singularmente nuevo en el mundo, tendrá éxito. El que una creación sea adoptada o no es otro problema, uno para el cual me gusta mucho la “solución” que puede desprenderse de las ideas de J.L. Austin: que uno es capaz de introducir una nueva convención al lenguaje (y, finalmente, todo esto se trata de moldear el lenguaje) si es capaz de “salirse con la suya” al hacer algo de una manera inesperada.

Lo cual de nuevo, significa que por mucho que nos duela, no somos tanto los personajes centrales de la historia como nos gustaría creer: sino que estamos, todo el tiempo, sometidos a factores y elementos más allá de nuestro control, pero sobre los cuales somos capaces de ejercer algún tipo de influencia. Quizás ya no sea posible que sigamos pensando en la creatividad como un esfuerzo plenamente individual, plenamente voluntarioso: pero eso no quita que seamos capaces de reconocer, primero, los beneficios que tiene los esfuerzos creativos sobre nuestras vidas; y segundo, qué factores suelen estar presentes en entornos donde la creatividad fluye con mayor facilidad. Y quizás, también, podemos acercar lo primero y lo segundo, y encontrar la mejor manera como fomentar la creatividad, de tal manera que beneficie del mejor modo posible nuestras vidas.

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7 Responses to Contextos creativos

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  2. freestyle says:

    Encantado de saludarle.

    Estoy interesado en el intercambio de links. Mi página:

    http://www.retoricas.com

    Un saludo.

  3. erichluna says:

    Me parece interesante como planteas redefinir los términos. Lo que no me queda claro es qué tipo de mérito realmente le celebrarías a la persona, una vez que ya no se piensa la genialidad en los términos “renacentistas”. Porque si resaltas el caractér de contingencia y arbitrariedad del hecho, no sé si es que eso deriva en que todo es un mero champazo, y, si es que es así, aún no creo que estemos preparados a estudiar a meros suertudos o, en todo caso, a aspirar a ser suertudos.

    La pregunta es si es que regresar a pensar en términos “romanos” nos hace pensar más en inspiración (o como se quiera llamr, me interesa resaltar únciamente el hecho de que sea algo que no sea tan voluntario), frente a pensar más en “sudor” (que sería la idea de algo voluntario, fruto de algún tipo de trayectoria o esfuerzo reiterado, asumo).

    Es cierto que no se puede abrir una facultad de creatividad, o una fábrica de creatividad. Pero eso debería llevarnos a pensar que es únicamente “estar justo dónde se debía estar”, como si pudiera haber sido cualquiera.

    ¿Deberíamos dejar de decir o utilizar, despúes de ver algo creativo o impresionante, expresiones como “¡Qué maestro!, para pasar a decir “¡Qué suertudo!””?

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