¿Soy un “académico”?

Hace un par de días me gradué. C’est finis. Y como no me he cansado de repetir, me siento expulsado al “desierto de lo real”, por ponerlo de alguna manera. Obviamente, no se trata sino de la consagración simbólica de algo que fácticamente había ya sucedido mucho antes -la expulsión al mundo real con todos los problemas que eso conlleva- pero también es cierto que, como consagración simbólica, arrastra una carga psicológica mucho mayor al hecho mismo.

Pero la diatriba de hoy no es en torno a mi graduación, al menos no propiamente, sino que va más por el lado de la carga psicológica (y, por supuesto, mis propios conflictos y complejos personales). Mi diatriba va, más bien, por el lado de tratar de entender cuál es mi propio papel en el gran esquema de las cosas, qué rol juego o quiero jugar, y qué tanto lo consigo. Es decir, como busco plantear la pregunta, ¿se supone que soy un académico? Perdónenme si por momentos suena a que peco de pretensión o soberbia, mis preguntas van más bien por el lado de a qué estructura me pliego. Una vez que dejo de ser un estudiante, que soy algo así como un “filósofo” casi profesional, ¿entonces qué se supone que soy? (Y qué quiero ser.)

Hay varias cosas que me molestan del discurso académico, y varias otras cosas que me molestan de la filosofía. Hasta ahora, mal que bien, busco la manera de lidiar con ambas cosas, y este blog ha servido mucho para ello. Mi aproximación a la filosofía surgió por un interés muy fuerte por conseguir herramientas que me permitieran mejor plantear una serie de problemas contemporáneos que veía en el aire. En el camino no me encontré, quizás, con mucho espacio en el cual trabajar estos problemas -los problemas que vengo discutiendo en este blog hace ya buen tiempo-, pero sí con mucho espacio potencial por abrir y muchas herramientas útiles e interesantes para hacerlo. Pero al hacerlo suelo encontrarme con problemas muy similares.

En primer lugar, el conflicto interno que surge, y en gran medida inspirado externamente, por creer que aquellas cosas que quiero hacer, o la manera como quiero hacerlas, no son propiamente algo que se llamaría “filosofía”. Además, el saber o creer que muchas de las personas que sí hacen algo de lo que se llamaría “filosofía” (sea como “contemplación intelectual de los grandes problemas que afectan al ser” o cualquiera de sus variaciones) consideran que lo que hago o me interesa rankea en una escala que va de lo inútil a lo peligroso. Pero es que simplemente mi visión personal de lo que la filosofía es, puede o debe ser, parte de una cuestión diferente y con objetivos patentemente diferentes. Y sin embargo, inevitablemente esta forma de consideración entra en juego cuando trato de entender en qué lugar del aparato me encuentro.

En segundo lugar, porque el lenguaje y la conversación que quiero mantener escapa de las fronteras del discurso académico, y es en gran medida uno de mis objetivos el conseguir llevar el discurso filosófico y sus preocupaciones a un publico más amplio, menos técnico, y abrirle para ese público un espacio de participación. Lo cual de nuevo puede rankearse en una escala que va de lo inútil a lo peligroso. El discurso académico se caracteriza por ser un discurso casi hermético, en una sola dirección, con canales claramente definidos y legitimados para el diálogo y la interacción, y las diversas maneras como estos canales se están viendo subvertidos están creando todo tipo de inconsistencias y preocupaciones. Lo divertido es que estas inconsistencias y preocupaciones me parecen chéveres, por mí no hay problema. Y es por eso que busco un lenguaje y un proceso que llegue más lejos, que sea más público y que consiga un interés más amplio que el espectro estrictamente académico.

Entonces, ¿soy un académico? ¿Un académico wannabe, o lo que fuera? ¿Qué diablos se supone que soy ahora?

La naturaleza, o por lo menos mucho de ella, de los temas que me interesan tiene muchos puntos de conexión y de entronque con una preocupación social y política. Es por eso mismo que considero que discutirlos requiere de una apertura más amplia a la participación de gente (1) que participe de tradiciones y comunidades académicas diferentes a la filosofía, y (2) que podría incluso no estar familiarizada con la dimensión teórica, conceptual del debate sobre estos temas. La experiencia de llevar adelante este blog y compartir ideas a través de él ha sido una experiencia sumamente gratificante en ese sentido: porque me ha permitido ponerme en contacto con gente que viene desde otros lugares, desde otros referentes, y buscar la manera de establecer un diálogo con ellos.

Es una experiencia complicada, pero interesante. De hecho, muchas de las personas con las que me he comunicado a partir del blog no son necesariamente de un background filosófico, o de un entorno académico. Pero eso no quita que tengan opiniones relevantes e interesantes que compartir, y son siempre bienvenidas. Justo ahora, que nuestros criterios y conceptos de identidad y de autoridad medio que vienen colapsando, y que las referencias tradicionales que hemos utilizado para demarcar lo que es conocimiento de lo que no se ponen en cuestión, se hace pertinente abrir la discusión a todos los involucrados.

No sólo eso, sino que además, sí considero importante que, desde lo académico, se toma una postura un poco más proactiva hacia la comunicación. Los debates académicos, que frecuentemente son iluminadores y enriquecedores de lo que puede ser nuestra experiencia cotidiana, lamentablemente se suelen quedar dentro de los salones y los claustros universitarios, y el conocimiento y las ideas que allí se generan difícilmente permean hacia sectores más amplios de la población. Un poco el rollo de democratizar el conocimiento va también por ahí, de realizar un esfuerzo por decir las cosas en un lenguaje que no excluya a todos aquellos que no se han formado en la misma tradición académica, y que permita así que más personas, de diferentes comunidades y antecedentes, pueda participar de la discusión. Pero claro, esto sólo tiene sentido en la medida en que abandonemos un paradigma según el cual la autoridad en el conocimiento es algo cerrado, aportado por una dedicación exclusiva de años y la legitimidad que brinda la pertenencia a una comunidad legitimadora.

Más bien, hoy día nos volvemos expertos en millones de temas de maneras mucho más cotidianas, mucho más accesibles, pero que al mismo tiempo nos brindan las herramientas para participar, compartir, debatir, llegar a acuerdos y demás, sobre muchos temas que nos atañen de un modo personal y directo, sobre todo en los órdenes social y político. Entonces creo que el espacio para lo académico debe también verse modificado, ampliarse, abrirse e incluir un poco más de participación, e incluso hacia adentro reconcebirse para favorecer el intercambio y la colaboración entre sus miembros.

Entonces, en toda esa medida, considero que el discurso académico, la manera cómo trabajamos el desarrollo del conocimiento, y la manera como hacemos y sobre todo comunicamos y presentamos la filosofía, deben transformarse de muchas maneras. No quiero decir que eso signifique reemplazar todas las maneras que usamos ahora -de hecho, muchas de ellas sirven perfectamente bien a su propósito actual-. Sólo digo que podemos ampliar el espectro de esos propósitos, y que tenemos una cierta obligación de hacerlo dadas las condiciones actuales del mundo. Tenemos que desarrollar nuevas herramientas y nuevas maneras de pensar para poder comprender con mediana plenitud los problemas que enfrentamos hoy día. Y eso implica también, antropológicamente, que debemos jugar con la manera como nos comportamos como comunidad académica si queremos realmente formar parte de la discusión sobre estos problemas.

Finalmente, esto no me aclara en ninguna medida a qué tipo de comunidad pertenezco, si lo hago a alguna. Pero me permite mapear con un poco más de claridad las tensiones que siento y reconozco y de las cuales en mayor o menor medida formo parte diariamente, en la medida en que siento que no existen espacios para ciertas cosas, pero existe el potencial para inaugurar la discusión sobre una serie de cosas. Quizás, porque también podría simplemente ser mi obstinación de querer reconciliar cosas irreconciliables.

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Un comentario sobre “¿Soy un “académico”?

  1. el participio pasado de “finir” est “fini”, asi, la frase que mencionas al inicio del blog deberia ser “c’est fini” sin la “s”. Me gusto el blog. Saludos

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