Registros

Hay muchas cosas que quiero comentar hace tiempo, pero no encuentro el momento. En todo caso, en los últimos días he estado leyendo un libro de Lisa Gitelman, titulado Always Already New: Media, History And The Data Of Culture. Es un libro sobre “medios de inscripción” en los últimos dos siglos: medios que han sido utilizados para registrar cosas. Y tiene dos dimensiones bastante interesante, por un lado explorando la aparición de diferentes tecnologías de inscripción, desde el fonógrafo hasta la web, y la manera como se elaboraron protocolos sociales para su uso en su momento (en un proceso de lo que McLuhan llama “hibridación”); pero por otro lado, explorando también la transformación de nuestra noción de inscripción o de registro – es decir, que a diferentes posibilidades técnicas se corresponden también diferentes nociones historiográficas sobre qué debe ser registrado, cómo debe ser registrado, y qué significa registrar para la posteridad.

Por este libro retrocedí a los orígenes de lo que luego vino a ser esto del “Internet”, y la manera como se fue formando originalmente. Es interesante porque el origen de los protocolos y la estructura básica vino de un grupo bastante heterogéneo de académicos trabajando con contratistas privados armando un proyecto para el Departamento de Defensa de EEUU. Pero eran, también, en esencia una comunidad temprana de hackers. Y en sus dinámicas grupales pueden mapearse, también, muchas de las actitudes que luego quedarían inscritas en los protocolos de uso de ARPAnet, de Internet, y eventualmente también de la web.

Me llamó especialmente la atención su actitud hacia la discusión y la documentación, que quedó capturada en el documento RFC (Request For Comments) 3, de 1969. El grupo de trabajo utilizaba documentos que circulaba entre sus miembros como propuestas sobre las cuales los demás miembros agregaban comentarios, y éstas eran sus reglas sobre qué calificaba como discutible:

The content of a NWG note may be any thought, suggestion, etc. related to
the HOST software or other aspect of the network.  Notes are encouraged to
be timely rather than polished.  Philosophical positions without examples
or other specifics, specific suggestions or implementation techniques
without introductory or background explication, and explicit questions
without any attempted answers are all acceptable.  The minimum length for
a NWG note is one sentence.

Esto – y es además lo que resalta Gitelman – sucede, entre otras razones, porque el medio que estaban construyendo ofrece un conjunto de nuevas posibilidades para la inscripción y el registro de ideas. Esto lo recoge el mismo RFC en su párrafo siguiente:

These standards (or lack of them) are stated explicitly for two reasons.
First, there is a tendency to view a written statement as ipso facto
authoritative, and we hope to promote the exchange and discussion of
considerably less than authoritative ideas.  Second, there is a natural
hesitancy to publish something unpolished, and we hope to ease this
inhibition.

Es decir, querían la mayor apertura posible para lo que se entendía como un trabajo en progreso, donde se requerían nuevas ideas y propuestas más que posturas refinadas y cuidadosamente sustanciadas. Se buscaba fomentar la discusión y la evaluación de posibilidades, más que algún tipo de verdad o modelo definitivo que resuelva el problema.

Publicar las ideas, y luego filtrarlas, en lugar de filtrarlas primero y publicar las sobrevivientes. Lo que termino siendo, en muchos sentidos, el modelo cultural de la publicación en la web.

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Ocho libros fundamentales para entender la sociedad de la información

No son los únicos, pero son ciertamente una base fundamental: les dejo aquí una pequeña selección de ocho libros que me parece son imprescindibles para entender el funcionamiento de la sociedad de la información en la época de los medios digitales. La lista podría ser mucho más amplia, pero quería hacer una breve selección arbitraria de libros recientes que me parecen determinantes por una serie de razones. Sin ningún orden en particular, ocho libros fundamentales para entender la sociedad de la información:

Convergence Culture. El libro más importante de Henry Jenkins (a quién deberías conocer si estás interesado en el tema de los media studies) introduce una serie de conceptos sumamente útiles y novedosos, entre ellos el enfoque de la convergencia mediática para entender el cambio tecnológico no como un proceso de reemplazos y desplazamientos, sino como uno de prácticas sociales en constante reinterpretación. Jenkins habla también aquí de su concepto de transmedia para ilustrar la manera como tanto los contenidos que consumimos, como nosotros mismos como consumidores, no existimos ya bajo experiencias mediáticas aisladas, sino que participamos de múltiples experiencias en paralelo e incluso en simultáneo, lo cual introduce nuevas demandas y expectativas hacia las narrativas con las que nos involucramos.

The Wealth of Networks. He comentado hace poco por qué me parece que este libro de Yochai Benkler es un referente imprescindible: Benkler hace una investigación sumamente detallada sobre las prácticas económicas emergentes en el mundo digital y la manera como estas prácticas están generando una nueva forma de producción. La reducción en los costos de transacción y organización hace viables empresas (en todo el sentido de la palabra) que no están necesariamente motivadas por el lucro, sino que contribuyen a la creación y acumulación de capital social entre las personas que participan de ellas. Benkler analiza las maneras como esta nueva forma de producción tiene un enorme potencial para dinamizar una serie de sectores económicos, pero también evalúa la manera como los actores establecidos están colaborando consciente o inconscientemente para entrampar este nuevo universo productivo en gestación. El texto completo del libro pueden encontrarlo en línea.

Understanding Media. Éste es un poco trampa, porque es el más viejo de la lista. Se trata del texto más importante de Marshall McLuhan, donde se acuñaron expresiones confusas como “el medio es el mensaje” o “la aldea global“. A pesar de ser un texto de 1964, sirve como un adelanto de lo que vendrían a ser las consecuencias de la tecnología electrónica en lo que McLuhan llamaba el “hombre tipográfico”, el hombre propio de una cultura formada a partir de la lógica lineal, secuencial, masiva e industrial de la imprenta y la tipografía. McLuhan es sumamente oscuro en este libro y profundizar en sus ideas es complicado, pero su capacidad para adelantarse a cambios tecnológicos que aún no se hacían presentes es sorprendente. Esto es, quizás, propio además de su concepción de la nueva cultura mediática, una concepción de la tecnología donde los efectos se muestran antes que las causas y donde la linealidad del progreso debe ser abandonada por un entendimiento del cambio mediático como transformaciones cualitativas de nuestro entendimiento del mundo.

La era de la información. El magnum opus de Manuel Castells está compuesto por tres volúmenes que establecieron en los 90s la línea de base a partir de la cual entender la sociedad informacional (que, además, distingue por primera vez de la “sociedad de la información”). Castells se da el trabajo de realizar un análisis social de todas las múltiples dimensiones que se ven afectadas por el cambio en los patrones de conducta en la sociedad de la información, cuando dejamos de únicamente circular información (algo propio de todas las sociedades) y la producción, distribución y transformación de información se convierten, más bien, en la actividad económica y social más importante de nuestra cultura. La política, la economía, la identidad, las relaciones sociales, las relaciones internacionales, las afinidades nacionales, el trabajo, el comercio, los medios de comunicación, son sólo algunas de las categorías que Castells evalúa en la manera como se ven impactadas por este cambio fundamental en nuestra actitud hacia el conocimiento y la información.

Free Culture. Este libro de Lawrence Lessig, disponible libremente (también en su traducción en español como Cultura libre) explora la relación compleja que se establece en la economía digital con la legislación en derechos de autor. Lessig plantea que, a medida que más y más de nuestra cultura pasa por alguna forma mediática y tecnológica, y a medida que nuestro uso de la tecnología nos permite hacer cosas nuevas antes impensables, la legislación que regula nuestro consumo de información y de productos culturales no se ha mantenido igualmente dinámica. El aparato legal existente ha llevado a la sociedad a una posición donde una mayoría se ha vuelto delincuente por hacer algo que parece completamente cotidiano y coherente, y en ese sentido la ley se ha vuelto un obstáculo para el florecimiento de nuevas producciones culturales, en lugar de un incentivo. En este libro Lessig establece los fundamentos sobre los cuales se construirá luego el movimiento Creative Commons.

The Long Tail. Chris Anderson, el editor de la revista Wired, introdujo la idea de la larga cola en un artículo para la misma revista en el 2004 (disponible traducido al español) que luego expandió en un libro del mismo nombre. La idea de la larga cola es simple: la tecnología hace que sea más fácil tanto producir como consumir, y esto es en sí mismo un incentivo para que más personas produzcan más cosas en torno a intereses cada vez más específicos, al mismo tiempo que los consumidores pueden fácilmente encontrar cosas por específicas a sus gustos que sean, dado que Internet (con herramientas como Google) hacen muy sencillo conectar la oferta con la demanda. Lo que esto hace posible, sobre todo respecto a economías de bienes virtuales, es que la larga cola de la distribución de Pareto, o todos aquellos productos que antes fueron comercialmente inviables, se vuelven ahora un espacio de oportunidades por explotar en la medida en que se puede agregar la demanda por ellos. Esto abre la puerta para una nueva generación de emprendimientos digitales de pequeña y mediana escala (o incluso enorme escala, como Amazon).

Inteligencia colectiva. Pierre Lévy subtitula esta obra “Por una antropología del cibersespacio”. Lévy explora la manera como el ciberespacio está transformándonos cognitivamente y replanteando nuestras asociaciones sociales en torno a la resolución de problemas. En la sociedad informacional hay tanta información que procesar que es imposible que ningún individuo emprenda esa tarea por sí mismo, pero incluso aquello que un individuo sí necesita procesar es demasiado para sus propias capacidades. Pero esta nueva imposibilidad viene de la mano con tecnologías que nos permiten compartir, cooperar y colaborar de maneras mucho más sencillas que cualquier otra forma conocida, lo cual hace posible que se construyan así inteligencias colectivas: redes conectadas de individuos donde ningún individuo puede saberlo todo, pero todos pueden saber algo y compartirlo con los demás. Para Lévy, éste s el punto de partida de toda una serie de transformaciones en nuestras organizaciones sociales, pues este nuevo principio subvierte la existencia de jerarquías verticales y transforma el significado de ejercer un rol o una función en una organización o estructura social. El texto completo en español se encuentra disponible en línea gracias a una edición virtual de la OMS.

Everything is Miscellaneous. El tema epistemológico es también el interés de David Weinberger, aunque Weinberger lo trabaja más bien desde el punto de vista de cómo ordenamos los conceptos. Según Weinberger, nuestro entendimiento del ordenamiento de la información en la forma de categorías excluyentes es propio de una sociedad que ordena su información utilizando un espacio físico: como el espacio es finito y tiene una serie de características limitantes para la disposición de las cosas, nos hemos visto obligados a adaptar nuestros esquemas mentales a nuestros esquemas físicos. Nuestras mentes, básicamente, funcionan como archivadores, o como librerías. Pero la web elimina esa condición básica: el espacio se vuelve virtualmente infinito, la cantidad de contenido que almacenar y ordenar también, y no se aplican las mismas limitaciones que tenemos en el espacio físico. De repente nos vemos enfrentados a un mundo en el cual todo puede encajar bajo múltiples categorías al mismo tiempo sin que eso sea un problema, excepto porque se vuelve una inmanejable sobrecarga de información. La solución para Weinberger es contraintuitiva: la solución a la sobrecarga de información es más información, información sobre información, para navegar esta nueva red de conocimiento. La información se vuelve un commodity, y saber navegarla y encontrar lo importante se vuelve la habilidad realmente valiosa. El prólogo y el primer capítulo del libro se encuentran disponibles en su sitio web.

Cultura participativa

Henry Jenkins explica por qué no es lo mismo hablar de cultura participativa que de “web 2.0”:

The DIY ethos, which emerged as a critique of consumer culture and a celebration of making things ourselves, is being transformed into a new form of consumer culture, a product or service that is sold to us by media companies rather than something that emerged from grassroots practices.

For this reason, I want to hold onto a distinction between participatory cultures, which may or may not engaged with commercial portals, and Web 2.0, which refers specifically to a set of commercial practices that seek to capture and harness the creative energies and collective intelligences of their users. “Web 2.0” is not a theory of pedagogy; it’s a business model. Unlike projects like Wikipedia that have emerged from nonprofit organizations, the Open Courseware movement from educational institutions, and the Free Software movement from voluntary and unpaid affiliations, the Web 2.0 companies follow a commercial imperative, however much they may also wish to facilitate the needs and interests of their consumer base. The more time we spend interacting with Facebook, YouTube, or Live Journal, the clearer it becomes that there are real gaps between the interests of management and consumers. Academic theorists (Terranova,2004; Green and Jenkins, 2009) have offered cogent critiques of what they describe as the “free labor” provided by those who chose to contribute their time and effort to creating content which can be shared through such sites, while consumers and fans have offered their own blistering responses to shifts in the terms of service which devalue their contributions or claim ownership over the content they produced. Many Web 2.0 sites provide far less scaffolding and mentorship than offered by more grassroots forms of participatory culture. Despite a rhetoric of collaboration and community, they often still conceive of their users as autonomous individuals whose primary relationship is to the company that provides them services and not to each other. There is a real danger in mapping the Web 2.0 business model onto educational practices, thus seeing students as “consumers” rather than “participants” within the educational process.

Por si acaso – la web 2.0, propiamente, no existe. Es un término de marketing que ha sido usado para describir una serie de prácticas, plataformas y herramientas de la web, post-crash de las punto.com. Por eso es importante identificar que hay un “más allá” y un “más acá” de la web 2.0 que es social y culturalmente más interesante en términos de prácticas y surgimiento de culturas mediáticas.

El mundo de Rupert

De hecho debo haberles recomendado antes que lean Boing Boing. Es uno de los mejores blogs que conozco. Y realmente se encuentran cosas geniales.

Cory Doctorow opina sobre el iPad desde el punto de vista de lo que significa para los usuarios de tecnología, reduciéndolos al rol unidimensional e incuestionable de “consumidores” en lugar de fomentar la tecnología como un uso crítico y transformador.

The way you improve your iPad isn’t to figure out how it works and making it better. The way you improve the iPad is to buy iApps. Buying an iPad for your kids isn’t a means of jump-starting the realization that the world is yours to take apart and reassemble; it’s a way of telling your offspring that even changing the batteries is something you have to leave to the professionals.

Si pasan por aquí regularmente notarán que esto es un tema que me interesa bastante últimamente. Porque conforme nos vemos cada vez más rodeados de dispositivos, formatos y tecnologías que solamente pueden utilizarse como el productor quiere que se usen, el potencial transformador de la tecnología se pierde. Al mismo tiempo, los actos que pretenden ver la tecnología como algo más, la actitud de desarmar el mundo para entender como funciona, termina volviéndose una actitud criminal, marginalizada. La pretensión de utilizar la tecnología como algo más que dispositivos unidimensionales se vuelve un acto de transgresión y de resistencia.

¿De transgresión y de resistencia a qué? Doctorow lo menciona también en su crítica al iPad, pero otro artículo en Boing Boing apunta además a un texto de Clay Shirky sobre el futuro de los modelos existentes de la producción de contenidos, a la luz de la pretensión de personajes como Rupert Murdoch de regresar al mundo como era antes (y que todos paguemos lo que los productores decidan por consumir lo que ellos decidan que consumamos).

Diller, Brill, and Murdoch seem be stating a simple fact–we will have to pay them–but this fact is not in fact a fact. Instead, it is a choice, one its proponents often decline to spell out in full, because, spelled out in full, it would read something like this:

“Web users will have to pay for what they watch and use, or else we will have to stop making content in the costly and complex way we have grown accustomed to making it. And we don’t know how to do that…”

La posición de Murdoch es vista en diversos lugares de la web como una compleja forma de tecnofobia, como el reclamo de un hombre de negocios de que el mundo cambió y se llevó su modelo de subsistencia. Y aunque es fácil entender esta crítica a Murdoch, lo cierto es que tampoco es claro qué ocurrirá luego de que Murdoch alce las murallas de nuevo y cobre por el acceso a su contenido en línea. Pero es sugerente que Murdoch haya tomado partido por el iPad en esta discusión, pues revela justamente la conexión a la que apunta Doctorow: dispositivos no solo cerrados, sino que además encierran al usuario en un ecosistema controlado centralmente, no son ninguna forma de liberación sino más bien un regreso a modelos de distribución de información que en gran medida estábamos dejando atrás. Y que, a la luz de las nuevas posibilidades, infantilizan al usuario al limitarlo a un rol únicamente habilitado para el consumo.

(re)Cursos

Este semestre estoy dictando dos cursos que puede que le resulten interesantes a las almas que deambulan por aquí. Especialmente, porque en ambos estoy haciendo un esfuerzo por construir recursos de información paralelos la curso en la web, que terminan siendo un recurso para mí también para seguir trabajando en el futuro.

En la UPC estoy dictando un curso de Sociología de la Comunicación, es decir, básicamente analizar y mapear los cambios sociales que han venido de la mano con el desarrollo de los medios de comunicación, especialmente en el último siglo. Como es comprensible, con un énfasis particular en el cambio de mentalidad que significa el paso hacia una sociedad informacional (como preferiría llamarla Castells) y la manera como ese tránsito nos está obligando a reconceptuar una serie de categorías que hemos solido interpretar de manera casi natural. El curso pretende ser un ejercicio histórico y comparativo, además de que pretende también formular un marco teórico medianamente sólido para poder tener una perspectiva del cambio mediático, el cambio tecnológico y el cambio social que resulte un poco menos ingenua. Lo chévere es que para este curso estoy armando un wiki con las notas de cada sesión, vinculándolas con los textos, agregando recursos como videos, enlaces, bibliografía complementaria, y además utilizándolo como el canal oficial para toda la información vinculada al curso. Es un trabajo bastante interesante de curación de la información que termina, además, dejando un recurso reusable que se va completando y perfeccionando con el tiempo (de hecho, lo vengo ampliando desde que dicté el curso el semestre anterior).

En la PUCP, estoy como jefe de prácticas del curso de Temas de Filosofía Moderna de Víctor Krebs. Con Víctor y el equipo de JPs (Daniel Luna y Raúl Zegarra) hemos rediseñado el curso que ya habíamos dictado hace un tiempo, renovando las lecturas e introduciendo varios autores que antes no habíamos tenido oportunidad de explorar en tanto detalle (autores como Pascal, Hobbes, Rousseau, Locke, por ejemplo) que se suman a los autores que trabajábamos antes, pero que ahora estamos intentando renovar un poco (Descartes, Kant, Marx, Kierkegaard, Nietzsche). El enfoque que queremos darle al curso, además, es intentando no sólo aproximarnos a los problemas, autores, y textos, entendiéndolos en su contexto, pero tratando también de entender cómo esos problemas se reflejan en nuestras construcciones culturales de la actualidad o en problemas que siguen abiertos en la contemporaneidad. Y, la herramienta que estamos usando en este caso es un blog del curso, que utilizamos no sólo para circular información metodológica sino también para ampliar y complementar lo que vamos discutiendo en las clases y las prácticas. Es como un anexo donde agregar más información, complementar con ejemplos y otros recursos, y donde se puede, además, ir armando una conversación permanente con los alumnos interesados. El último fin de semana, por ejemplo, colgué un post sobre el experimento conceptual del cerebro en la batea y la relación que tiene con el argumento cartesiano sobre la existencia de la realidad sensible.

Todo esto es, por supuesto, trabajo en progreso y muy experimental, viendo qué tal funciona el asunto. Pero quizás estos recursos le sean de interés a alguien. Es interesante, además, de que no se necesita ningún tipo de gran infraestructura para habilitar nada parecido – básicamente, cualquier interesado en armar algo así para un curso puede encontrar herramientas perfectamente funcionales y sencillas de usar en la web. Y, además, gratuitas: para el wiki, utilizo PBWorks que me funciona bastante bien (y es más sencillo de usar que MediaWiki), y para el blog utilizamos WordPress.com. Así que es muy fácil replicar experimentos similares.

Personalidades múltiples

Dentro de la mutación cultural de la era contemporánea, las identidades que construimos no han quedado fuera del proceso. De la misma manera como grandes unidades se desarticulan o fragmentan, las identidades que podíamos antes considerar como cohesionadas y consistentes se descomponen dando lugar a una concepción mucho más performativa de la identidad. Interpretamos diferentes roles frente a los demás, roles que varían de acuerdo al contexto y al propósito que tengamos en nuestra comunicación con los otros.

Pero no se trata simplemente de decir que escondemos nuestra personalidad detrás de diferentes máscaras, sino que las máscaras son nuestra personalidad. Siempre nos presentamos en algún contexto, y siempre estamos construyendo personajes que responden a diferentes expectativas. Estamos permanentemente contando una historia sobre quiénes somos, que va más allá de simples descripciones definidas.

Narrativas cotidianas

Básicamente, nuestros roles son negociados según el contexto. Y en esa negociación entran a tallar tanto nuestros deseos y expectativas respecto a lo que queremos ser, como los deseos y expectativas de los demás respecto a lo que quieren que seamos. No es que necesariamente prime lo uno o lo otro, sino que nos encontramos en el medio: de esa manera, la percepción que la “audiencia” tiene de mi performance es un elemento igualmente constitutivo de quien soy como aquello que yo quiero proyectar.

Esto quiere decir, además, que somos mucho más tolerantes con la posibilidad de cumplir diferentes funciones según el contexto. Lo cual está directamente relacionado con nuestro consumo de información: por momentos puedo ser consumidor, por otros creador, en otros momentos crítico o quizás en otros curador. Los roles son muy cercanos entre sí y se traslapan considerablemente, y por ello mismo puedo desplazarme entre múltiples roles sin tener que comprometerme absolutamente con uno que resulta exclusivo. Esto, me parece, refleja de una manera más clara la manera como nos comportamos cotidianamente, cuando no asumimos una misma perspectiva que mantenemos imperturbable todo el tiempo.

La construcción de estas narrativas se vale de una serie de recursos – lo que podríamos ver como una performance que se vale de diferentes utilerías. Y es que, como vivimos en un mundo de significados compartidos, podemos valernos de esos significados culturales para sintetizar la información que queremos comunicar sobre nosotros. El tipo de ropa, de zapatos, de accesorios, los gustos, las preferencias, todas esas elecciones comunican algo sobre mí que puede ser más o menos fácilmente percibido por las personas con las que interactúo. Lo cual transforma el consumo de objetos y lo convierte en consumo de valores simbólicos, de significados y discursos: las identidades de los mismos objetos son ellas mismas negociadas en el espacio compartido.

De allí la importancia en la actualidad de que el marketing se preocupe por adherir historias a sus productos más allá de simples objetos de consumo. Las marcas tienen cada vez más valor por sí mismas, por su contenido simbólico, que por lo que pueden valor como productos, y las marcas más valiosas son las que tienen identidades más establecidas. Coca-Cola, por ejemplo, es una de las marcas con identidades mejor establecidas a nivel global:

Pero el proceso de incorporar estos productos a nuestras historias personales no es gratuito ni directo – finalmente, estamos realizando inversiones emocionales significativas cuando hacemos esto. Lo cual quiere decir que la marca nos pertenece tanto a nosotros que le damos valor, como al dueño que la ofreció como un significado compartido: nos apropiamos del valor simbólico de la marca al integrarla en nuestra propia narrativa. Y esto mismo se da no solamente con marcas, sino con todo tipo de utilerías: creencias, filosofías, religiones, ideas, conceptos, asociaciones, afiliaciones, y demás elementos de contenido altamente sintetizado que nos ayuda a comunicar algo sobre las performances que construimos.

Quizás uno de los ejemplos más claros de cómo se articulan estas narrativas sean los perfiles que construimos en redes sociales como Facebook: en ellos, no solamente lo que nosotros decimos, sino lo que los demás dicen de nosotros, determina la manera como seremos percibidos. A su vez, disponemos de un enorme arsenal de elementos que podemos usar para expresar identidades: los libros que nos gustan, la música, las películas, las fotos, las aplicaciones, los grupos, las páginas de las que somos fans, las causas, todas ellas contribuyen a comunicar un significado sobre quién y cómo soy. Ninguno de esos elementos agota mi identidad – pero todos aportan elementos a la historia que intento desplegar por medio de mi perfil.

Patologías

Aquí, sin embargo, empezamos también a ver cómo las separaciones entre lo privado y lo público empiezan a diluirse, y cómo cambia nuestra dinámica social cuando se vuelve muy fácil para nosotros publicar información privada, así como acceder a la información privada de los demás. Servicios en línea como YouTube, MySpace o Facebook sirven como plataforma para que millones de personas empiecen a transmitir sus propios reality shows, llevando la idea de construir una narrativa personal mucho más allá. Incluso empezamos a encontrarnos manifestaciones y tendencias donde esto alcanza niveles que normalmente encontraríamos perturbadores:

De hecho, esta facilidad de acceso hace que patrones de conducta como el voyeurismo y el exhibicionismo se vuelvan moneda común, y sobre todo con personas más jóvenes, más integradas a estos medios, se vuelve mucho más difícil trazar claramente la línea divisoria donde dejar de comunicar información privada – lo cual puede tener consecuencias muy serias.

Pero conforme estas manifestaciones se vuelen tendencias cada vez más generalizadas, es pertinente preguntarnos también en qué momento dejamos de considerar que se trata de conductas patológicas y se vuelven parte de la normalidad. Las redes sociales brindan cada vez más opciones para publicar los detalles minuciosos de nuestra vida cotidiana – Twitter es un buen ejemplo de ello – y conforme más y más personas participan de este intercambio, deja de resultar algo tan excepcional y sorprendente. Pero nos sigue costando mucho trabajo borrar la línea divisoria a la que estamos acostumbrados, separando nuestra vida privada de nuestra vida pública.

Parte de ello se debe a que, como consecuencia del proceso de fragmentación de la cultura de masas, hemos buscado las maneras de reintroducirnos en dinámicas comunitarias que nos reafirmen algún sentido de pertenencia. Después de la masificación homogénea, nos devolvemos a la especificidad de comunidades locales dentro de las cuales las interacciones tengan mayor sentido personal, y las relaciones comporten más significado. Así, la posmodernidad ha significado también una explosión de subculturas e identidades locales, incluso dentro de los mismos contextos urbanos masificados, dentro de los cuales hacemos un esfuerzo especial por encontrar nuestro lugar y, de alguna manera, vivir nuestra vida privada de manera social.

Estas vidas comunitarias, de nuevo, se articulan mediante el uso de diferentes utilerías a través de las cuales intentamos comunicar nuestra pertenencia. Esto se enmarca, además, en viejas tradiciones de clanes y ejércitos llevando estandartes y distintivos, pasando por pandillas en tiempos más actuales y llegando a casos contemporáneos como, en este video, los punks, los emos, y los hare krishna.

Tribalización

Esta reasimilación en grupos y comunidades tiene mucho que ver con el proceso de globalización y con el que es su proceso complementario, el de tribalización. Frente al riesgo de la pérdida de identidades particulares frente a una misma plantilla identitaria homogénea, el valor y la cohesión de las identidades grupales se incrementa por ofrecer un espacio donde se tiene una cantidad mucho más alta de significado. Me importa más, me vincula más, y puedo ejercer mayor agencia dentro de estos grupos, que siendo absorbido por las dinámicas homogenizantes de la globalización.

Lo cual lleva, también, muchas de estas problemáticas al ámbito de lo colectivo y lo político. Porque también las identidades de los grupos se negocian frente a las identidades de los demás grupos, y en el proceso de globalización, eso está llevando a que comunidades tradicionales que ven sus formas de vida amenazadas busquen la manera de atrincherarse en una defensa de la tradición. Esto es también lo que ocurre, por ejemplo, con los grupos conservadores religiosos que se afianzan en una defensa de la tradición para preservar su forma de vida frente a lo que ven como el triunfo del mal en el mundo.

Es también lo que ocurre en conflictos culturales como los que vimos en Bagua hace unos días – donde el conflicto es, a gran escala, entre una visión globalizante y homogenizadora del desarrollo de la sociedad, frente al derecho y la necesidad de comunidades de protegerse y negociar su identidad en el espacio público. Estas comunidades están, también, reconfigurando los términos del espacio político y ofreciendo nuevas dinámicas de participación que, en muchos casos, se muestran como más apelativas para aquellos que buscan alternativas mucho más vinculantes y personales.

Qué lugar queda a todos los demás en el nuevo ecosistema mediático

En los varios posts de la última serie, he referido en varias ocasiones a la idea del nuevo ecosistema mediático y a las reconfiguraciones que están adoptando los roles que forman parte de él. Quiero cerrar esta serie entrando un poco más en esta idea porque nos permite entender mejor qué lugar ocupa el periodismo reconfigurado dentro de este espacio, y sobre todo, en qué relaciones entra en el nuevo ecosistema. Hemos visto que lo más probable es que el periodismo sobreviva a sus instituciones, pero que el periodismo que sobreviva será radicalmente diferente; al mismo tiempo que los ciudadanos se vuelven un poco más periodistas, aunque parece más completo decir que el ejercicio de la ciudadanía misma está variando.

La idea de la reconfiguración del ecosistema mediático la tomé de un pequeño video que encontré en el blog de la Fundación Knight. Éste es un fragmento del profesor Jeff Jarvis, de la escuela de periodismo de la City University of New York:

Vodpod videos no longer available.

Esta idea del nuevo ecosistema me gusta mucho porque parte de una constatación actualmente básica: la complejidad de la situación. Las relaciones que antes habríamos podido asumir de una manera más lineal en la manera como actuaban e interactuaban los medios y los consumidores ahora se vuelven una cuestió mucho más caótica donde no hay, realmente, reglas claramente establecidas. Recapitulemos un poco el background y veamos la tendencia: hace mucho, mucho tiempo, el ecosistema era mucho más simple. La cultura y el conocimiento -principalmente esto último- eran una prerrogativa y un privilegio de muy pocos. Con la aparición del alfabeto, la posibilidad de participar de la difusión del conocimiento era reservada a los pocos que sabían leer, y aún dentro de ellos, a unas pocas castas -las monacales, o las universitarias por ejemplo- con acceso a los pocos recursos disponibles de transmisión del conocimiento.

La imprenta de Guttenberg cambió esto por completo, y los sucesivos desarrollos en la tecnología de impresión tanto más aún: se hizo posible la difusión a gran escala y alcance de cuerpos de conocimiento más o menos uniformes, y la cultura adoptó el carácter de masiva. Se amplió el público, pero no en la misma escala los contenidos o creadores: la barrera de acceso seguía siendo la tenencia de los medios de producción, en este caso de la imprenta. Nuevas tecnología ampliaron más aún el alcance, pero incrementaron también la barrera de acceso: el espectro radiofónico que utiliza la radio y la televisión es limitado, y la inversión necesaria para jugar el juego es bastante alta.

Hago esta breve introducción histórica para sentar el contexto del ecosistema mediático que hemos conocido, que es la base de la cultura de masas: pocos nodos emisores frente a grandes masas consumidoras de contenidos e información. Los medios por los cuales el público consumidor puede participar de los contenidos son sumamente limitados, y frecuentemente ellos mismos controlados por los emisores (por ejemplo, las mediciones de audiencia, o las cartas al editor).

Con la introducción de la tecnología digital, el ordenamiento tradicional de este ecosistema se ve colapsado. La tecnología digital reduce enormemente la barrera de ingreso: es posible, técnicamente, escribir en una computadora personal e imprimir en una impresora doméstica y así generar contenidos publicables. Así también las cámaras digitales y el video digital hacen que estos medios estén al alcance de muchas más personas que antes (aunque, es claro, no de todos aún). Con la articulación de Internet se transforma el otro gran obstáculo cuando se crea un nuevo circuito de distribución de información que hace posible, al menos en potencia, que cualquier persona comunique al mundo sus ideas, y con la aparición de Google se hace posible que la reproducción y difusión de estas ideas se haga de una manera más o menos meritocrática, en función a la valoración que el resto de la web hace de un contenido. Con el desarrollo de las redes sociales, los usuarios -ya no simplemente consumidores- empiezan a encontrar en sus manos las herramientas para ser ellos mismos árbitros de la información que comparten con sus redes de contactos. La información y el conocimiento se vuelven más que nunca un proceso, y más que nunca uno social.

Hablar de un ecosistema mediático me resulta ilustrativo porque refleja la complejidad que resulta de todo este proceso histórico, así como también el hecho de que no estamos hablando de elementos que operen aisladamente. Dentro de este ecosistema, diferentes medios, contenidos y lenguajes forman una continuidad a través de la cual se desenvuelven los discursos y las interacciones. A partir de todo esto quiero coger dos ideas relevantes a este nuevo ecosistema mediático. La primera es en torno a los nuevos personajes que participan de él; la segunda, en torno a los nuevos roles que jugamos nosotros.

He intentado señalar que el rol del periodismo en este ecosistema se ha visto transformado, así como también que los ciudadanos estamos jugando un rol diferente en esta interacción. Pero como bien señala Jarvis, las relaciones son más complejas que ésas: diferentes tipos de actores están participando de este ecosistema. Existen también organizaciones con objetivos específicos y agendas puntuales que están comunicando mensajes para promocionar sus ideas e intereses, y que están consiguiendo también generar los mensajes más interesantes en términos de involucrar a sus audiencias. Existen bloggers individuales y colectivos en torno a una enorme cantidad de temas, muchos más de los que la oferta comercial podría satisfacer -la larga cola de los intereses que cobra dimensiones relevantes a partir de Internet y Google-. Pero el universo de los blogs ya ni siquiera es suficientemente descriptivo de lo que está pasando, cuando redes sociales y demás servicios interactúan todo el tiempo con el contenido.

La cantidad y el tipo de actores que participan de este nuevo ecosistema se sigue ampliando cada vez más. Brian Solís, en el artículo que he venido comentando, habla de lo que llama una “statusphere” (que se traduciría horriblemente como “estadósfera”, pero el término original también suena igualmente horrible, basado en la idea de “actualizaciones de estado” de redes como Twitter o Facebook):

La Estadósfera [Statusphere] es el nuevo ecosistema para compartir, descubrir y publicar actualizaciones y micro-contenidos que revereberan a través de redes sociales y perfiles sindicados, resultando en una formidable efecto de actividad en red. Es la curación digital de contenido relevanto que nos vincula contextualmente a la Estadósfera, donde podemos conectarnos directamente con contactos existentes, llegar a nuevas personas, y también forjar nuevas conexiones a través del efecto de amigos de amigos en el proceso. [Traducción mía]

El término estadósfera es casi casi tan horrible como blogósfera, si no peor, así que no quiero usarlo mucho. Pero me quedaré con la idea del contexto y del ecosistema, y de cómo todos estos nuevos actores están operando: cuando la cantidad de información que tenemos que procesar para darle sentido al mundo es tan grande que es sencillamente imposible que lo hagamos solos, tenemos que buscar referentes en los que podamos confiar que nos ayuden a manejar esta complejidad. De la misma manera en que confiamos en otros para administrar partes de esta complejidad, nosotros mismos podemos hacernos cargos de otras partes y compartir nuestro proceso de filtrado y contextualización con una comunidad más grande.

Entonces, si el nuevo ecosistema mediático está marcado tanto por la transformación del papel que jugaban los viejos personajes, como por una apertura hacia todo un nuevo conjunto de actores participantes se que comunican e interactúan entre sí y con un público que deja de ser consumidor pasivo, es razonable suponer que los roles que se juegan dentro de este ecosistema también han cambiado. De nuevo, me remito a la analogía que usé antes sobre la diferencia entre organizarnos en “carpetas” o en “etiquetas”: de manera similar, hemos abandonado un esquema en el cual los actores en este ecosistema cumplen un solo rol determinado, por uno en el que muchas personas cumplen muchos roles al mismo tiempo, que se sobreponen unos con otros.

Un reporte de Forrester Research del año 2007 exploró un poco más lo que denominó las “tecnográficas sociales“, los patrones de comportamiento que adoptaban los usuarios de diferentes tipos de redes sociales. El resumen ejecutivo del reporte señala:

Muchas compañías enfocan la computación social como una lista de tecnologías que deben implementarse según son necesarias -un blog aquí, un podcast allá- para conseguir un objetivo de marketing. Pero un enfoque más coherente es empezar con un público objetivo y determinar qué tipo de relación quiere crear con ellos, basándose en aquello para lo que están preparados. Forreste categoriza los comportamientos de computación social en una escalera de seis niveles de participación; utilizamos el término “tecnográficas sociales” para describir el análisis de una población según su participación en estos niveles. Marcas, sitios web, y cualquier otra compañía aplicando tecnologías sociales debería analizar las tecnográficas sociales de sus clientes primero, para luego crear una estrategia basada en ese perfil. [Traducción mía]

Los seis tipos de comportamiento identificados por el reporte son: creadores, críticos, coleccionistas, seguidores, espectadores e inactivos. Los nombres son bastante autoexplicativos, y lo interesante es que reflejan una escala según el nivel de participación: desde usuarios que no se involucran, hasta usuarios que se involucran tanto como para empezar a generar sus propios contenidos y volverse creadores. Pero la manera incorrecta de leer esta categorización sería asumir que estas categorías son roles excluyentes unos de otros: de hecho, lo que parece más exacto es que uno pertenece en diferentes grados a varias de estas categorías al mismo tiempo. No nos involucramos de la misma manera con todas las cosas, como tampoco tenemos solamente un interés al cual le prestamos atención, con lo cual es razonable suponer que tenemos diferentes grados de participación frente a diferentes temas o en diferentes contextos.

La otra conclusión interesante que podemos desprender de esto es que lo que entendemos por participar de comunidades en línea es, también, una idea compleja. La manera como los usuarios están ejerciendo, digamos, este “periodismo ciudadano”, o el tipo de funciones que están cumpliendo en el manejo de la información y el conocimiento puede adoptar diferentes formas. Es cierto que algunos se dedicarán a generar nuevos contenidos, pero para que ese contenido llegue a alguna parte deberá caer en las manos de otras personas que lo comente, lo comparta, lo recomiende, lo critique, o simplemente escoja publicar el link. Al mismo tiempo, aparecen nuevas herramientas que funcionan para estos diferentes grados de involucramiento: desde la posibilidad de Retweetear en Twitter, hasta el botón para “marcar esta página” en Delicious, y demás alternativas. Y todos jugamos estos diferentes roles en el proceso cotidiano de manejar la información que nos rodea para introducirla en algún tipo de contexto que nos permita darle sentido al mundo. Este proceso de darle sentido al mundo es, entonces, una función eminentemente social. Y es en este proceso en el cual el periodismo se introduce hoy, dentro de este nuevo ecosistema. De vuelta a Solís:

La humanización y socialización del periodismo creará una plataforma viable para una vinculación significativa que construya una nueva era de confianza, lealtad y comunidad en torno a la marca mediática, una persona a la vez. Al mismo tiempo, establece una vía vibrante y colaborativa para descubrir y compartir historias de la gente, y para que la gente dé forma a historias que importan más allá de la mesa de asignaciones. Los consumidores están entonces involucrados en los medios y llevan un sentido de pertenencia y orgullo de haberse ganado la oportunidad de ayudar a dar forma a su curso. [Traducción mía]

He hecho, con todo esto, un recorrido bastante largo y estoy un poco cansado. Estas ideas no son de ninguna manera finales, sino que son sólo esbozos que espero poder tomar como base para ir puliendo y ampliando y discutiendo y comentando. Pero me parece que de todo esto se desprenden una serie de consecuencias sumamente interesantes, que no alcanzan solamente al periodismo sino que llegan a tocar toda la manera como estamos entendiendo nuestra cultura hoy en día. Por un lado escuchamos mucho de que nuestros fundamentos están en peligro, y escuchamos también que eso se evidencia en el colapso de nuestras instituciones más, supuestamente, fundamentales. Pero dentro de ello se abren nuevos espacios y nuevas oportunidades para aprovechar ese movimiento. Sobre todo, da la coincidencia, alegre o no, de que con nuestra participación cotidiana en espacios ahora cotidianos, recorriendo la web, leyendo noticias, invirtiendo tiempo en redes como Facebook, siguiendo gente en Twitter, estamos inevitablemente participando de todos estos procesos en mayor o menor medida. Y estamos distribuyendo socialmente procesos que antes eran más bien individuales: nuestras relaciones de confianza, nuestro manejo de información, incluso la construcción de nuestra identidad individual hoy día pasa por un proceso socializado y mediado tecnológicamente. Dadas todas esas coincidencias, creo que cae por su propio peso que nos veríamos beneficiados de considerar un poco más profundamente lo que está en juego en estos cambios: como señalaría McLuhan, preguntarnos por las amputaciones y las extensiones que el cambio mediático está generando.