Ampliando el espectro de las organizaciones

En general, asumimos que las organizaciones son de uno de tres tipos. Sabemos que hay organizaciones del sector privado, es decir, organizaciones que se organizan con fines de lucro, y ese objetivo último articula y le da sentido y cohesión a sus planes de acción. Es decir, básicamente, empresas. Sabemos también que hay, podríamos decir, organizaciones y organismos del sector público – todo lo que ocurre dentro del ámbito de un Estado. Ministerios, direcciones, jefaturas, y demás instancias y agencias que forman parte de la administración pública. Y sabemos, también, que hay organizaciones del sector social, es decir, organizaciones no motivadas principalmente por el lucro pero que tienen objetivos privados, muchas veces con un interés público pero sin ser parte del aparato estatal.

Esta manera de entender los tipos de organizaciones es, en general, la manera usual como lo hemos venido haciendo. O eres una empresa con fines de lucro, o eres parte del estado, o eres una organización social (usualmente definida negativamente, como No Gubernamental, o como Sin Fines de Lucro). Obviamente, estas organizaciones actúan entre sí de diferentes maneras, y existen por diferentes razones y motivaciones. Según la teoría económica clásica, y el liberalismo que suele ir de la mano, el sector privado y sus organizaciones existen porque existen demandas y necesidades de la sociedad suficientemente grandes que justifican la inversión en satisfacerlas. La inversión se ve justificada porque generará retornos que no solamente cubren la inversión, sino que generan beneficios y utilidades para los inversionistas. Si una necesidad no es lo suficientemente relevante para la sociedad como para pagar por ella, no existen los incentivos para que en el sector privado surja una organización que atienda a esta necesidad.

El sector público tiene un mandato más allá de los beneficios particulares. Es decir, hay necesidades sociales que necesitan atención, aunque no generen utilidades. Así que tenemos al Estado para encargarse de eso. Pero, además, hay necesidades existentes que el Estado es incapaz o no tiene el interés de atender – para lo cual surgen organizaciones privadas que buscan responder a estas necesidades de orden público, desde el sector social. Esto no pretende ser una gran deconstrucción organizativa ni un modelo teórico consistente, son sólo algunas percepciones generales de dónde encaja cada cosa.

La cuestión se pone interesante por lo siguiente (y pueden echarle la culpa a Clay Shirky): nuevas tecnologías de la comunicación modifican los costos de transacción que se requieren para organizarnos colectivamente, cualquiera sea nuestro fin o nuestra motivación. Lo cual genera, a su vez, que las interacciones y separaciones tradicionales entre distintos sectores se vuelvan un poco más permeables o porosas. O dicho de otra manera, que los espacios de interacción empiecen a poblarse por nuevos tipos de organizaciones y modelos antes no considerados, que aparecen hoy porque la reducción de costos de organización abre el espacio para experimentar con nuevas posibilidades (simplemente porque es más fácil). Lo cual nos pone en una posición en la cual podemos repensar nuestras concepciones organizacionales para describir un poco mejor el tipo de interacciones que empezamos a encontrar.

Nuestro modelo aparentemente simple empieza complicarse un poco. Aparecen organizaciones sociales que desarrollan modelos de negocios para buscar la sostenibilidad financiera, junto con empresas que fortalecen su lado de inversión social en diferentes ámbitos. Alianzas entre el sector público y empresas por algún interés colectivo, o firmas que interactúan con el Estado para promover intereses del sector privado. O también, organizaciones sociales cuyo objetivo gira en torno a influenciar políticas públicas de alguna manera, grupos de interés para organizar colectivamente intereses particulares, partidos políticos (¿?), think tanks. Y al mismo tiempo, tenemos también organizaciones que no encajan bien propiamente en ningún lugar, o que desafían de una manera muy ornitorrínica nuestras categorizaciones. Los medios de comunicación, por ejemplo, organizaciones (o individuos) privados pero con un objetivo claramente orientado hacia el público y de interés colectivo, o las instituciones educativas, o incluso también los servicios financieras, que aunque son organizaciones privadas terminan siendo de alguna manera el combustible que hace que todo lo demás pueda operar.

De todo eso, la figura empieza a poblarse y complicarse considerablemente.

Todo esto es un poco culpa de Yochai Benkler, también.

De entrada, hay algunas preguntas puntuales que me empiezan a interesar. Primero, la pregunta por la manera cómo estamos “remixeando” diferentes tipos de organizaciones para formas tipos completa o parcialmente nuevos, que no habríamos podido realmente concebir hace unos años. Por lo mismo, creo que hay ciertos supuestos sobre esta manera de visualizar las interacciones organizacionales que podríamos reconsiderar. Por ejemplo: ¿el posicionamiento en este espectro es una cuestión discreta, o continua? Es decir, tengo que tener una organización privada, pública o social, o puede ser, digamos, 40% privada, 40% social y 20% pública? ¿Tiene sentido pensar en esos términos? ¿Tiene sentido, quizás, ampliar también el espectro e incluir nuevas categorías?

Por otro lado, tampoco es descabellado pensar en organizaciones, o compuestos organizacionales, que se ubican en múltiples lugares del espectro al mismo tiempo.

No quiero ponerme en un afán loco de crear categorías, simplemente intento entender mejor las interacciones para entender, también, cómo funcionan los nuevos espacios que se abren. Benkler habla en The Wealth of Networks (que estoy leyendo ahorita) de formular una “theory of networked publics”, una teoría de lo público interconectado, o algo así – es un poco difícil de traducir, más aún de explicar. Lo cual tiene mucho que ver con una reformulación de la teoría del espacio público, o del espacio de la sociedad civil, y del espacio organizacional en general, a partir de cómo se ha visto transformado en gran parte (aunque no sólo) por el cambio tecnológico. Hay ciertos costos respecto a lo que podíamos hacer frente a lo que podemos hacer ahora que hace posible que nuevas maneras de organizarnos surjan casi espontáneamente – redes espontáneas pueden surgir en cualquier momento porque existen una infraestructura técnica y social que sirve como el caldo de cultivo para ellas. Redes espontáneas pueden surgir, por ejemplo, para organizar el envío de ayuda a Haití, o los esfuerzos para buscar desaparecidos por las lluvias en Cuzco. Estas redes espontáneas son organizaciones de gente, aunque puedan no estar inscritas en registros públicos, con fines, motivaciones, lógicas métodos propios. Muchas de ellas se desarticulan tan rápidamente como surgieron, sea porque no funcionaron o porque cumplieron sus objetivos. Las expectativas que tenemos sobre estas nuevas formas de organización cambian también.

Y cambia la manera como nosotros mismos formamos parte de estas redes espontáneas y nuevas formas de organización, y el ethos cultural que las rodea.

Me quedan muchas preguntas aún, son algunas ideas sueltas con la esperanza de ir refinando un modelo. ¿Dónde queda, por ejemplo, una organización como Facebook, siendo privada, pero brindando un servicio semi-público de redes sociales que no les “pertenece” del todo? (Recuerden que el contenido publicado en Facebook pertenece a los usuarios que lo crean – allí donde lo hayan creado.) No lo sé. Pero es interesante.

Una nueva lógica de participación

La fragmentación de nuestras identidades responde, en gran medida, a una mayor posibilidad real de expresar un conjunto de intereses más amplio y diverso del que nos era disponible antes. Cuando nuestra experiencia mediática se encontraba mucho más consolidada, el espectro de intereses que podíamos escoger para adherir a nuestras identidades era considerablemente más reducido, con lo cual los patrones predominantes eran considerablemente más predominantes (y de allí que fuera mucho más consistente articular una cultura de masas).

Pero el desarrollo tecnológico del siglo XX cambió y amplió ese espectro de manera decisiva. He escrito ya sobre esto en más detalle hace unos días, pero quiero volver sobre el tema con una mirada un poco más general. Básicamente, nos enfrentamos a un proceso en el cual la tecnología permitió transformar tres categorías de los costos de transacción social que hicieron posible ampliar el espectro de intereses que se comunicaban públicamente. En primer lugar, se redujeron las barreras a los costos de producción de objetos culturales: en lo que refiere a diferentes formas de expresión, información y conocimiento, nuevas tecnologías pusieron en manos de personas no-profesionales la posibilidad de volverse productores. Desde la fotocopiadora, pasando por las cámaras fotográficas, luego las cámaras digitales, el video digital, las computadoras personales, las impresoras láser, etc. – todas estas tecnologías hacían que uno pudiera ser un músico, un escritor, un videógrafo amateur sin tener necesariamente que hacer enormes inversiones para poder experimentar con la producción de objetos culturales.

En segundo lugar, se dio un cambio en los costos de distribución con la aparición de redes informáticas y la web. No sólo ahora podía, con formatos digitales, producir información más fácilmente, sino que con Internet puedo hacerla llegar fácilmente a un público enorme: puedo subir mis videos a YouTube, puedo incluir mis canciones para que se vendan por iTunes, puedo crear un blog que esté automáticamente en línea, disponible para el que quiera leerlo. Pero esto tuvo que ir de la mano, para funcionar, con que en tercer lugar se vieron modificados los costos de acceso a la información: la aparición de Google hizo posible conectar este enorme universo de nuevas producciones con los intereses particulares de consumidores buscando información.

La culminación de este proceso es lo que Chris Anderson ha llamado “la larga cola”, una reinterpretación de la distribución de Pareto ajustada a las condiciones de la economía digital. Según la distribución de Pareto, el 20% de tus actividades genera el 80% de tus resultados – de modo que el 20% de películas, discos, o libros publicados en un año generará a su vez el 80% de las ganancias. Esta misma distribución se aplica a la circulación de una enorme variedad de objetos. Lo que ha resultado de esto es que hemos construido una cultura y un mercado pensados a partir del hit, de aquel producto que se posicione en ese 20% y genere suficientes resultados como para compensar los de todos sus hermanos que se quedaron en el 80% restante. Cuando el espacio físico introduce limitaciones a la manera como podemos distribuir la información, nos vemos limitados a quedarnos con el 20% que apele a la mayor cantidad de gente posible. Pero al mismo tiempo, mientras mayor sea el público menor será el denominador común que le da significado a estos productos. En otras palabras, mientras signifique algo para más personas, significa siempre menos para mí.

El cambio que he eliminado en los costos de transacción producido por la tecnología le saca un poco la vuelta a este ordenamiento. Estas tres dimensiones transformadas hacen posible que esa larga cola de la distribución de Pareto, ese 80% antes invisible, ahora se vuelva potencialmente visible y relevante. Pues aunque no haya en él, quizás, productos e información que le importen a un enorme número masivo de gente como para justificar la inversión en desarrollarlo, puede significar lo suficiente para un número suficientemente grande de gente para organizarse en torno a ese interés. Es decir, quizás un producto de la larga cola no justifica una inversión millonaria para lanzar un producto al mercado; pero sí puede justificar, en cambio, la organización de un grupo de interés en torno a ese tema, donde se intercambia información, se realizan actividades, y se genera toda una dinámica en torno a ese interés sumamente particular. Lo que el cambio tecnológico ha permitido es doble, si no triple: en primer lugar, hace posible que personas con estos múltiples intereses se encuentren unas a otras al hacer la larga cola visible. En segundo lugar, hace posible que estas personas se organicen se maneras sumamente sencillas y accesibles para la exploración y el desarrollo de sus propios intereses y objetivos.

En tercer lugar, y esto le ve en detalle Anderson, es que también permite inaugurar un nuevo mercado en la medida en que es posible agregar y consolidar una enorme cantidad de estos nichos, a un bajo costo, y aún así generar ganancias significativas. Es el caso de Amazon.com, o de iTunes, cuyos catálogos están compuestos por un enorme número de títulos que son rara vez descargados. Pero la suma agregada de lo que venden todos los títulos del 80%, junto con el costo reducido que significa mantenerlos en un catálogo digital, hace que sean un mercado mucho más que interesante.

Lo cual empieza a generar tensiones. La primera es económica, la segunda cultural. En el primer caso, esta facilidad de producción, distribución y acceso al mercado de consumidores hace que muchos intermediarios previamente existentes se vuelvan medianamente irrelevantes. Para el enorme sector de bandas de música que NO son los Rolling Stones o nada cercano a esa categoría, tienen en muchos casos mucho más que ganar regalando su música en línea para ganarse un público y luego ganar cobrando por merchandising o por entradas a conciertos. Los grandes sellos discográficos muestran su irrelevancia para todo el sector que no pertenece al 20% de los megahits, y potencialmente, con el tiempo puede mostrar su irrelevancia para ellos también (como lo están mostrando grupos como Radiohead o Nine Inch Nails). El esfuerzo de las grandes disqueras por defenderse de los golpes de la nueva tecnología no va sólo por el hecho de que pierden dinero cuando los consumidores pueden acceder gratuitamente a su producto, sino que es considerablemente más grave (para ellos): lo que están defendiendo es, en realidad, un modelo de negocios que ya no tiene sentido cuando los patrones y parámetros del consumo y la distribución han cambiado lo suficiente como para volverlo irrelevante. Y lo mismo está ocurriendo en varias otras industrias.

De ello mismo se desprende una tensión cultural. Y es que, en el ámbito de la larga cola se han venido a posicionar una enorme cantidad de nuevos intereses que han encontrado los medios para verse canalizados, agregados y desarrollados en iniciativas comunitarias y colectivas que, como experiencia, tienen mayor significado personal que la participación de la cultura de los megahits. Ésta es la gran paradoja de la globalización: que conforme más se extienden ciertos valores y patrones homogéneos y uniformes, mayor es nuestra necesidad de diferenciarnos y de enraizarnos en algún tipo de forma de experiencia comunitaria donde podamos sentir un sentido de pertenencia. En el mundo digital, esta experiencia comunitaria se construye sobre la base fundamental de compartir información, de la misma manera como antes señalé que hacíamos uso de “utilerías” para expresar nuestras identidades. Compartir información y construir una base de conocimiento compartido con un grupo de gente es el primer paso para empezar a articular el sentido de una comunidad, agrupada en torno a un interés específico. Clay Shirky lo sentencia muy claramente cuando afirma que “the Internet runs on love” (“Internet se mueve por amor”).

Nuestras prácticas en línea consisten en compartir con personas que nos interesan contenidos que nos parecen relevantes, interesantes, y que ameritan ser compartidos con más personas. El sentido de las aplicaciones web de la última generación de servicios está estructurado casi esencialmente en torno al movimiento de circular y compartir información, de apropiársela y de transformarla en el proceso. La tensión surge porque, técnicamente, este proceso por el cual compartimos, apropiamos y transformamos información y conocimiento se encuentra muchas veces al margen, muchas veces en contra de la ley. El acto normal y transparente de enviarle una canción a un amigo, o de compartir un video con otra persona, se vuelve un acto para el cual no tenemos una licencia. No podemos consumir un enorme universo de contenidos con la misma libertad con la cual queremos construir enlaces sociales con otras personas en línea, y los grandes productores de contenido que se han encargado de que así sea quieren perpetuar este estado de cosas justamente porque el cambio en este estado de cosas socava los modelos de negocios sobre los cuales se han construido. Para mantener este estado de cosas han intentado y siguen intentando todo tipo de métodos tanto tecnológicos (filtrados, bloqueos, encripciones, seguros, chequeos, etc.) como legales (mayores penas, multas, extensión de privilegios, etc.), con mayor o menor éxito.

Esto hace, sin embargo, evidente otra cosa: y es que hemos llegado un punto en el cual la tecnología, y la manera como usamos la tecnología, nos permiten hacer más cosas que las que nuestras legislaciones están en capacidad de reconocer, explicar, y censurar o promover. Las categorías de nuestro ordenamiento legal y político simplemente no están en la capacidad de abarcar todo este nuevo universo de fenómenos que no existían cuando fueron formulados. Y ocurre aquí con la legalidad algo parecido a lo que vimos al hablar de las patologías de la identidad: en algún punto tenemos, cuando menos, que ponernos a pensar que si una enorme cantidad de personas se comportan cotidianamente de una manera que los pone al margen de la ley, quizás no se trate tanto que tenemos un incremento en la criminalidad como que deberíamos repensar nuestra legislación. Esto no quiere decir, en absoluto, que por defecto el nuevo patrón de conducta esté “bien” ni nada por el estilo, simplemente quiero decir que si estamos en un punto en el cual criminalizamos cosas que tienen sentido para el sentido común, como diría Lawrence Lessig, quizás es un buen punto para preguntarnos si estamos pensando bien las cosas.

Lo que está aquí en juego, sin embargo, no es solamente el hecho de poder descargar música o películas libremente por Internet. Pues lo que se tiene aquí de fondo es una nueva dinámica de participación colectiva y de organización de comunidades. Indirectamente, cuando los productores de contenido se apoyan en el Estado para generar obstáculos a lo que pueden hacer los individuos que participan de estas comunidades, están introduciendo barreras a la participación que se traducen en múltiples ámbitos. Y es que lo interesante de que las personas empiecen a participar de estas comunidades es que los hábitos de información que se desarrollan, las habilidades que uno adquiere mediante este tipo de participación en el desarrollo de sus propios intereses, son habilidades transferibles que pueden aplicarse en múltiples contextos y no dependen, estrictamente, del interés en torno al cual se hayan desarrollado. Las prácticas que aprendemos – compartir información, comentarla, criticarla, agregarla colectivamente, intercambiar opiniones, manejar discusiones, manejar relaciones grupales, organizar iniciativas, etc. – son prácticas que podemos fácilmente imaginarlas aplicadas a un club de fanáticos del anime como a un grupo que promueve la despenalización del aborto. Lo cual quiere decir, entonces, que cuando introducimos obstáculos para lo que uno puede hacer legítimamente, estamos al mismo tiempo introduciendo obstáculos para lo que puede hacer el otro.

El resultado de todo esto es sumamente interesante, y amerita un análisis mucho más detallado a la vez que crítico, pues hay muchos procesos incompletos e inconclusos, y conclusiones poco claras frente a las que hay que hilar fino. Pero gruesamente, este es el proceso por el cual se ha configurado una arquitectura de la participación que ha transformado nuestro sentido de lo que significa la participación y ha ampliado nuestro sentido de lo que es participar de política y de maneras de intervenir en lo público. Como en otras dimensiones por las que hemos pasado brevemente, la transformación en los costos que enfrentamos para realizar diversas acciones ha inaugurado nuevas posibilidades de acción antes no conocidas – así, por ejemplo, la participación en la esfera política ya no tiene que ir necesariamente mediada por una institución como los partidos políticos.

Ahora, muchas otras preguntas se desprenden que son sumamente relevantes. Primero, aunque todo suena muy bonito, ¿qué hacemos los miles de millones de personas de plano excluidas de esta nueva arquitectura de participación? ¿Qué legitimidad tiene, en ese sentido, cualquier resultado al que podamos llegar por esta vía? ¿Y qué tanto corremos el riesgo de que esta facilidad de articular nuestra propia configuración del mundo no nos encierre sobre nosotros mismos, aislándonos de todo aquello diferente a nuestro punto de vista? De nuevo es importante tener en consideración que lo que el cambio mediático permite, también en esta dimensión, es una serie de amputaciones y extensiones que tenemos la posibilidad de evaluar más cercanamente para entender cómo nuestra cultura está siendo afectada.

Espacios privados, públicos, sociales, compartidos, etc.

Ayer estuve en el flash mob que se organizó en San Miguel, Mata a un peruano. Experimento interesante en múltiples sentidos: empezando porque la organización era completamente acéfala y espontánea. Es decir, alguien se encargó del trabajo de hacer la convocatoria en línea, y luego dejó la ejecución misma de la intervención a los participantes. Lo sorprendente es que a pesar de la acefalia, haya funciona, aún cuando se haya tratado de un número relativamente pequeño de gente.

Pero lo más interesante, me parece, fue todo lo que tuve oportunidad de observar. Mi rol en el asunto fue de documentar, capturando en video lo que pasaría. Sin embargo, fracasé rotundamente porque la seguridad del lugar intervenido, Plaza San Miguel, empezó básicamente a perseguirme como criminal por intentar capturar imágenes. Aquí empiezan mis reflexiones sobre el asunto, que me llevaron inevitablemente a considerar más de cerca cómo tratamos los espacios públicos en el Perú.

Partiendo por lo obvio: Plaza San Miguel (PSM) NO es un espacio público. Es un espacio privado, con objetivos y regulaciones privadas, básicamente con el derecho de hacer lo que quiera en sus instalaciones (dentro de los límites de lo legal). Nosotros al hacer uso de sus instalaciones básicamente accedemos a regirnos por sus propias reglas y regulaciones, y generalmente eso no trae mayores problemas. Pero aquí el catch: a pesar de que se trata de un espacio privado, en la práctica funciona como si fuera un espacio público. Cualquiera puede entrar, pasear, hacer uso de las instalaciones. A pesar de que el espacio está mediado por el consumo, si, de hecho, yo no consumo nada, igual puedo hacer uso del espacio. De ese tipo de uso surge la categoría de los “mall rats”, la gente que pasa tiempo en los centros comerciales sin, efectivamente, consumir nada – inmortalizados en la película de culto de Kevin Smith del mismo nombre.

Entonces, aunque estrictamente el significado de estos espacios privados está dado por su constitución legal, en la práctica su significado está establecido por el uso que hacemos del espacio, un uso que es en gran medida público. Y esto no se vuelve un problema sino hasta que el uso público que hacemos del espacio choca con la naturaleza privada de sus objetivos: el espacio es público mientras no interfieras son su objetivo primordial de promover el consumo de los objetos que se venden dentro de él.

La intervención de Mata a un peruano fue, dentro de sus límites, un éxito, a mi parecer. No tanto por la magnitud que tuvo, que no fue mucha, pero sí por el hecho de intervenir en el espacio. De transgredir el tejido del uso social normalmente dado a este espacio: en medio de un grupo de gente pasando su tarde de sábado de invierno en un centro comercial, otro grupo utilizó ese espacio para expresar una preocupación por los sucesos de las últimas semanas en la selva y la posición del gobierno. La mecánica fue simple y poco interpretativa: al grito de “mata un peruano”, alrededor de una docena de personas mezcladas entre la gente se tiraron al piso, como muertos, sosteniendo carteles de “policías” y “nativos”. Luego de un par de minutos, cada uno se levantó y se fue por su propio camino, de la misma manera que llegaron.

Pero esos dos minutos se hicieron eternos, porque nadie sabía qué hacer con eso. En sentido lacaniano, les habían destruido el orden simbólico: esto no pasa en centros comerciales, ¿cómo se debe interpretar esta experiencia? Lo más interesante, sin embargo, me parece la manera como el orden simbólico buscó rearticularse a la fuerza. La aparición de los agentes de seguridad de PSM es interesante porque su primera reacción no fue intentar sacar a las personas tiradas en el suelo. Su primera reacción fue despojarlos de los carteles que sostenían, diciendo “policía” o “nativo” indistintamente. La manera como los mecanismos del espacio buscaron suturar la ruptura del orden fue despojando la ruptura de cualquier significado transgresor. En otras palabras, el espacio privado/comercial no podía permitir su transgresión por parte de significados políticos del “mundo real” que pudieran de alguna manera coaccionar las conductas del consumo. Antes que eliminar la transgresión, hay que despojarla de significado para que se vuelva intrascendente. Sin carteles, la intervención se vuelve un grupo de locos en el piso con mucho tiempo libre. El sistema puede proseguir su existencia, el Perú avanza.

Esto me lleva inevitablemente a la pregunta: ¿tienen derecho estas personas a interrumpir la tranquila existencia de las personas en PSM un sábado por la tarde, con un mensaje de significado político? Si realmente no me interesa el problema de la selva y quiero pasar la tarde con mi enamorada, ¿tiene alguien más derecho a irrumpir en esta elección con un mensaje más allá de mi interés? Y es una pregunta sumamente complicada.

En primer lugar, es complicada porque ni siquiera nos hacemos este cuestionamiento cuando se trata de la publicidad. La legitimidad de cualquier marca para irrumpir en mi cotidianidad plantea el mismo problema, y sin embargo en ese caso ni siquiera nos detenemos a tematizarlo.

En segundo lugar, y este me parece el argumento más importante, porque el funcionamiento del espacio público está más allá de mis umbrales de comodidad. En otras palabras – tampoco es cómodo para los nativos de la selva cuando sus tierras son destinadas a la explotación de hidrocarburos, cuando comunidades son reubicadas para explotar los recursos de su subsuelo, y cosas por el estilo. Las cuestiones públicas irrumpen en nuestra cotidianidad más allá de lo que nos gustaría, nos transgreden y nos desafían, pero nos hemos hecho un poco ciegos a esta idea. Nos hemos hecho un poco ciegos a esto porque, de la misma manera como en la práctica un espacio como PSM funciona como un espacio público, hemos modelado nuestros espacios públicos a partir de la idea de espacios compartidos pero neutrales como un centro comercial. Es decir: nuestro espacio público funciona igual que un espacio privado, al punto que en él esperamos la misma ausencia de transgresiones que en el espacio privado. Hemos traducido la misma aversión a todo aquello que perturbe la lógica del consumo, en el espacio público. Aunque no haya, propiamente, consumo.

Aún, podemos complicar un poco más la ecuación cuando introducimos, además, la lógica del flash mob. Un grupo que se organiza espontáneamente, sin coordinación central, aprovechando herramientas que pone a su disposición la tecnología en línea. La convocatoria se hizo y difundió por Facebook, por medio de algunos blogs y usando Twitter. Lo singular de esto es que se trata de herramientas donde la distinción entre lo privado y lo público es, por decir lo menos, poco clara: en un espacio como Facebook, donde se ventila sin mayor reparo la intimidad, se construye también un discurso colectivo sobre asuntos públicos. Aunque no está demás preguntarse cuánto espacio queda aquí para la transgresión – es, finalmente, el mundo de Facebook con reglas claramente establecidas para su uso – parte del contrato implícito (además del explícito) de usarlo de una manera auténtica es que nuestras vidas personales incluyen la participación en temas y problemas más grandes que nosotros.

En otras palabras, si Facebook quiere que lo usemos para expresar nuestras vidas personales, tiene forzosamente que hacer un lugar para expresar cosas vinculadas a asuntos de orden público que también forman parte de nuestras vidas personales. Esto, discutible por supuesto, no es sin embargo lo más interesante. Lo que me resulta más interesante es que, si de hecho hacemos más tenue la separación entre lo privado y lo público en nuestro uso de herramientas en línea, tiene sentido que traduzcamos esa misma ambigüedad a la estructuración y el uso de los espacios en el mundo físico. Porque, finalmente, no hay una separación radical entre ambos sino que se establece una suerte de continuidad.

De allí que una generación que crece con estas condiciones plásticas, remezclables, de los espacios en los que participa, traduzca esa misma plasticidad a los espacios en el mundo físico. Esta traducción, como toda traducción, implica un radical cambio de significado: participar no significa propiamente lo mismo, y mucho menos participar significa lo mismo que lo que significaba en un contexto público/social como el de hace algunos años. Nuestra variable de participación se mide de manera diferente a como se hacía en las épocas de organizaciones y grandes convocatorias, de la misma manera como se reconfigura el espacio político y de expresión y negociación de intereses.

Pero, esto es para irlo tomando por partes. Así que paciencia :).