Espacios privados, públicos, sociales, compartidos, etc.

Ayer estuve en el flash mob que se organizó en San Miguel, Mata a un peruano. Experimento interesante en múltiples sentidos: empezando porque la organización era completamente acéfala y espontánea. Es decir, alguien se encargó del trabajo de hacer la convocatoria en línea, y luego dejó la ejecución misma de la intervención a los participantes. Lo sorprendente es que a pesar de la acefalia, haya funciona, aún cuando se haya tratado de un número relativamente pequeño de gente.

Pero lo más interesante, me parece, fue todo lo que tuve oportunidad de observar. Mi rol en el asunto fue de documentar, capturando en video lo que pasaría. Sin embargo, fracasé rotundamente porque la seguridad del lugar intervenido, Plaza San Miguel, empezó básicamente a perseguirme como criminal por intentar capturar imágenes. Aquí empiezan mis reflexiones sobre el asunto, que me llevaron inevitablemente a considerar más de cerca cómo tratamos los espacios públicos en el Perú.

Partiendo por lo obvio: Plaza San Miguel (PSM) NO es un espacio público. Es un espacio privado, con objetivos y regulaciones privadas, básicamente con el derecho de hacer lo que quiera en sus instalaciones (dentro de los límites de lo legal). Nosotros al hacer uso de sus instalaciones básicamente accedemos a regirnos por sus propias reglas y regulaciones, y generalmente eso no trae mayores problemas. Pero aquí el catch: a pesar de que se trata de un espacio privado, en la práctica funciona como si fuera un espacio público. Cualquiera puede entrar, pasear, hacer uso de las instalaciones. A pesar de que el espacio está mediado por el consumo, si, de hecho, yo no consumo nada, igual puedo hacer uso del espacio. De ese tipo de uso surge la categoría de los “mall rats”, la gente que pasa tiempo en los centros comerciales sin, efectivamente, consumir nada – inmortalizados en la película de culto de Kevin Smith del mismo nombre.

Entonces, aunque estrictamente el significado de estos espacios privados está dado por su constitución legal, en la práctica su significado está establecido por el uso que hacemos del espacio, un uso que es en gran medida público. Y esto no se vuelve un problema sino hasta que el uso público que hacemos del espacio choca con la naturaleza privada de sus objetivos: el espacio es público mientras no interfieras son su objetivo primordial de promover el consumo de los objetos que se venden dentro de él.

La intervención de Mata a un peruano fue, dentro de sus límites, un éxito, a mi parecer. No tanto por la magnitud que tuvo, que no fue mucha, pero sí por el hecho de intervenir en el espacio. De transgredir el tejido del uso social normalmente dado a este espacio: en medio de un grupo de gente pasando su tarde de sábado de invierno en un centro comercial, otro grupo utilizó ese espacio para expresar una preocupación por los sucesos de las últimas semanas en la selva y la posición del gobierno. La mecánica fue simple y poco interpretativa: al grito de “mata un peruano”, alrededor de una docena de personas mezcladas entre la gente se tiraron al piso, como muertos, sosteniendo carteles de “policías” y “nativos”. Luego de un par de minutos, cada uno se levantó y se fue por su propio camino, de la misma manera que llegaron.

Pero esos dos minutos se hicieron eternos, porque nadie sabía qué hacer con eso. En sentido lacaniano, les habían destruido el orden simbólico: esto no pasa en centros comerciales, ¿cómo se debe interpretar esta experiencia? Lo más interesante, sin embargo, me parece la manera como el orden simbólico buscó rearticularse a la fuerza. La aparición de los agentes de seguridad de PSM es interesante porque su primera reacción no fue intentar sacar a las personas tiradas en el suelo. Su primera reacción fue despojarlos de los carteles que sostenían, diciendo “policía” o “nativo” indistintamente. La manera como los mecanismos del espacio buscaron suturar la ruptura del orden fue despojando la ruptura de cualquier significado transgresor. En otras palabras, el espacio privado/comercial no podía permitir su transgresión por parte de significados políticos del “mundo real” que pudieran de alguna manera coaccionar las conductas del consumo. Antes que eliminar la transgresión, hay que despojarla de significado para que se vuelva intrascendente. Sin carteles, la intervención se vuelve un grupo de locos en el piso con mucho tiempo libre. El sistema puede proseguir su existencia, el Perú avanza.

Esto me lleva inevitablemente a la pregunta: ¿tienen derecho estas personas a interrumpir la tranquila existencia de las personas en PSM un sábado por la tarde, con un mensaje de significado político? Si realmente no me interesa el problema de la selva y quiero pasar la tarde con mi enamorada, ¿tiene alguien más derecho a irrumpir en esta elección con un mensaje más allá de mi interés? Y es una pregunta sumamente complicada.

En primer lugar, es complicada porque ni siquiera nos hacemos este cuestionamiento cuando se trata de la publicidad. La legitimidad de cualquier marca para irrumpir en mi cotidianidad plantea el mismo problema, y sin embargo en ese caso ni siquiera nos detenemos a tematizarlo.

En segundo lugar, y este me parece el argumento más importante, porque el funcionamiento del espacio público está más allá de mis umbrales de comodidad. En otras palabras – tampoco es cómodo para los nativos de la selva cuando sus tierras son destinadas a la explotación de hidrocarburos, cuando comunidades son reubicadas para explotar los recursos de su subsuelo, y cosas por el estilo. Las cuestiones públicas irrumpen en nuestra cotidianidad más allá de lo que nos gustaría, nos transgreden y nos desafían, pero nos hemos hecho un poco ciegos a esta idea. Nos hemos hecho un poco ciegos a esto porque, de la misma manera como en la práctica un espacio como PSM funciona como un espacio público, hemos modelado nuestros espacios públicos a partir de la idea de espacios compartidos pero neutrales como un centro comercial. Es decir: nuestro espacio público funciona igual que un espacio privado, al punto que en él esperamos la misma ausencia de transgresiones que en el espacio privado. Hemos traducido la misma aversión a todo aquello que perturbe la lógica del consumo, en el espacio público. Aunque no haya, propiamente, consumo.

Aún, podemos complicar un poco más la ecuación cuando introducimos, además, la lógica del flash mob. Un grupo que se organiza espontáneamente, sin coordinación central, aprovechando herramientas que pone a su disposición la tecnología en línea. La convocatoria se hizo y difundió por Facebook, por medio de algunos blogs y usando Twitter. Lo singular de esto es que se trata de herramientas donde la distinción entre lo privado y lo público es, por decir lo menos, poco clara: en un espacio como Facebook, donde se ventila sin mayor reparo la intimidad, se construye también un discurso colectivo sobre asuntos públicos. Aunque no está demás preguntarse cuánto espacio queda aquí para la transgresión – es, finalmente, el mundo de Facebook con reglas claramente establecidas para su uso – parte del contrato implícito (además del explícito) de usarlo de una manera auténtica es que nuestras vidas personales incluyen la participación en temas y problemas más grandes que nosotros.

En otras palabras, si Facebook quiere que lo usemos para expresar nuestras vidas personales, tiene forzosamente que hacer un lugar para expresar cosas vinculadas a asuntos de orden público que también forman parte de nuestras vidas personales. Esto, discutible por supuesto, no es sin embargo lo más interesante. Lo que me resulta más interesante es que, si de hecho hacemos más tenue la separación entre lo privado y lo público en nuestro uso de herramientas en línea, tiene sentido que traduzcamos esa misma ambigüedad a la estructuración y el uso de los espacios en el mundo físico. Porque, finalmente, no hay una separación radical entre ambos sino que se establece una suerte de continuidad.

De allí que una generación que crece con estas condiciones plásticas, remezclables, de los espacios en los que participa, traduzca esa misma plasticidad a los espacios en el mundo físico. Esta traducción, como toda traducción, implica un radical cambio de significado: participar no significa propiamente lo mismo, y mucho menos participar significa lo mismo que lo que significaba en un contexto público/social como el de hace algunos años. Nuestra variable de participación se mide de manera diferente a como se hacía en las épocas de organizaciones y grandes convocatorias, de la misma manera como se reconfigura el espacio político y de expresión y negociación de intereses.

Pero, esto es para irlo tomando por partes. Así que paciencia :).