¿Quién vigila a los vigilantes?

Acabo de enviar a la comisión organizadora del V Simposio de Estudiantes de Filosofía, este año organizado entre la PUCP y la UARM, la sumilla de la presentación que quiero realizar en la mesa temática que estamos armando sobre Watchmen, con Martín y Rubén. He podido tomar como punto de partida una presentación que hice hace unos meses sobre Death Note en la que también hablé bastante sobre Watchmen (invitado por el Bunka Yugo Club de la PUCP), y ahora quiero recoger algunas de esas ideas y desarrollarlas un poco más.

Asumiendo que mi propuesta sea aprobada, esto será lo que trabajaré en el simposio (que será del 20 al 23 de octubre, entre la PUCP y la UARM). Tengo también la esperanza de presentar otro trabajo, asumiendo que me alcance el tiempo.

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¿Quién vigila a los vigilantes?
Superhéroes, nihilismo y cultura a partir de Watchmen

¿En qué momento dejamos de necesitar a los superhéroes? En 1986, Alan Moore y Dave  Gibbons se encargaron de implosionar nuestra concepción sobre justicieros enmascarados de una manera que cambió por completo nuestra percepción de la figura de los superhéroes e, incluso, del medio del cómic en general. Moore nos presentó un universo de superhéroes muy distinto de aquel al que estábamos acostumbrados: caracteres fallados, moralmente cuestionables, personalidades llenas de complejos que, sin embargo, pretenden defender un mundo supuestamente moral y justo.

Watchmen tuvo un significado singular en la historia de los comics, pues significó un doble salto hacia la “madurez”. Por un lado, al reinterpretar tan fundamentalmente una institución tan central como el ideal de los superhéroes, significó el acceso a una dimensión completamente nueva de complejidad y profundidad en la construcción de personajes e historias. Por otro lado, y por lo mismo, llevó a un nuevo grado de complejidad el calibre de los temas que podían trabajarse a partir del cómic: el trabajo de Moore, junto con otros trabajos de la época, empezaron a mostrar que el medio del cómic podía ser utilizado para expresar temáticas y problemáticas “serias” que se contraponían a los clásicos comics usualmente entendidos como historias para niños y jóvenes (y, en ese sentido, fueron también un paso decisivo para la aceptación del cómic como una forma de expresión artística).

En la formación de la cultura occidental contemporánea, sobre todo a partir del influjo de la industria cultural estadounidense, la figura del superhéroe ha tenido un lugar central como símbolo cultural. De allí que resulte forzosa la pregunta: ¿por qué Moore y Gibbons encontraron pertinente, si no necesario, atomizar esta imagen en su momento? ¿Por qué surge en esa época una tendencia hacia el cuestionamiento de la función que cumple el superhéroe, y la manera como la cumple?

En el presente trabajo espero responder a varios temas que se desprenden de estas preguntas. En primer lugar, quiero utilizar Watchmen como el hilo conductor para entender qué está pasando en nuestra cultura para que pueda tener lugar una historia como ésta (e historias similares) y resultarnos interesante. Partiendo de esta manifestación particular quiero extrapolar una serie de explicaciones y conclusiones posibles de por qué es posible que pensemos, hoy, en un mundo sin los superhéroes de antaño.

En segundo lugar, quiero preguntar por lo que queda, entonces, en su lugar. ¿Desaparecen los superhéroes de nuestra cultura, o es más bien su rol reinterpretado? ¿Qué nueva narrativa cultural puede extraerse a partir de los superhéroes de Watchmen? ¿Qué implicaciones tienen sus historias personales para la construcción de una narrativa cultural más amplia de la cual participamos nosotros los lectores? Quiero sugerir que la historia que se construye en Watchmen es también una metáfora de cómo nos encontramos en medio de la transición hacia otro – o varios otros – modelos sobre cómo construimos nuestra cultura, que tienen implicancias directas y personales para todos nosotros.

Finalmente, habiendo intentado trazar el hilo de esta narrativa cultural, quiero dar un paso atrás para preguntar por el sentido y el valor que me parece que tiene realizar esta lectura. Partiendo de poner en cuestión una cada vez menos útil separación entre la “cultura popular” y la “cultura ilustrada”, pero reconociendo que ésta no es ni puede ser una explicación de facto de cómo opera nuestra dinámica cultural, intentaré sugerir que el cómic ofrece una vía de entrada original a la interpretación de nuestra cultura y pensamiento por la singularidad de su formato. Es, en otras palabras, uno de los nuevos terrenos donde ha pasado a jugarse la construcción de nuestra cultura, y de los cuales la lectura filosófica no puede abdicar si desea no sólo mantener su actualidad, sino, principalmente, cuestionarse a sí misma permanentemente en la búsqueda de posibilidades y modelos interesantes.

Referencias

  • Adorno, Theodor y Max Horkheimer. Dialéctica de la Ilustración. Trotta, Madrid, 1998.
  • Benjamin, Walter. La obra de arte en la época de la reproducibilidad técnica. En: Benjamin, Walter. Discursos interrumpidos I, Taurus, Buenos Aires, 1989.
  • Jenkins, Henry. Convergence Culture: Where Old And New Media Collide. New York University Press, New York, 2006.
  • Johnson, Steven. Everything Bad Is Good For You: How Today’s Popular Culture Is Actually Making Us Smarter. Riverhead Books, New York, 2006.
  • Kierkegaard, Soren. Migajas filosóficas, o un poco de filosofía. Trotta, Madrid, 1999.
  • Kierkegaard, Soren. Temor y temblor. Alianza Editorial, Madrid, 2001.
  • McCloud, Scott. Understanding Comics: The Invisible Art. Harper Collins, New York, 1994.
  • McLuhan, Marshall. Understanding Media: The Extensions of Man. Routledge, London, 2002 (1964).
  • Millar, Mark y Dave Johnson. Superman: Red Son. DC Comics, New York, 2003.
  • Miller, Frank. Batman: The Dark Knight Returns. DC Comics, New York, 1986.
  • Moore, Allan y Brian Bolland. Batman: The Killing Joke. DC Comics, New York, 1988.
  • Moore, Alan y Dave Gibbons. Watchmen. DC Comics, New York, 1987.
  • Moore, Alan y Curt Swan. Whatever Happened To The Man Of Tomorrow? DC Comics, New York, 2009 (1986).
  • Nietzsche, Friedrich. Más allá del bien y del mal. Alianza Editorial, Madrid, 2001.
  • Nolan, Christopher (dir). The Dark Knight. DC Comics/Warner Bros., 2008.
  • Wittgenstein, Ludwig. Investigaciones filosóficas. Editorial Crítica, Barcelona, 2008.

Revelaciones

Ayer mientras me hundía irremediablemente en el inmanejable torrente que es mi Google Reader, encontré un enlace a este PPT que me abrió por completo los ojos. ¿Qué significa, en términos reales, concretos y cotidianos, trabajar con medios sociales? Una buena respuesta de Chrystie Corns, Social Media Marketing Manager de Where.com.

En resumen: me hizo entender de manera infinitamente más clara mi propio trabajo y cómo mejor organizarlo y distribuirlo e integrarlo. He descubierto un mundo nuevo.

Cambiando de lenguaje

Hay algo más en lo que la experiencia del blog me ha ayudado significativamente. En la filosofía, tenemos frecuentemente la tendencia de perdernos en un lenguaje excesivamente técnico, excesivamente complicado, y bastante hermético al acceso de forasteros. Aprender a escribir en un tono y con unos términos que hacen nuestro contenido sumamente difícil: personalmente, creo que esto responde, a su vez, a la creencia de que para lidiar con profundos problemas, uno debe también hablar en un lenguaje profundo que refleje la profundidad de lo profundo y ese tipo de cosas. Quizás en la misma medida en que no considero que la filosofía sea una tarea o un trabajo más digno, más enaltecido que los demás, tampoco creo que tenga por qué hablar en un lenguaje más complicado, sólo para iluminados.

Escribir en un blog, en un entorno más informal, y buscando comunicarse con un público mucho más amplio, ayuda muchísimo en términos de aprender a comunicarse más efectivamente. Uno se ve obligado a buscar construcciones más simples, términos más comunes, y a darse cuenta de que, si no puede decirse en términos sencillos, quizás no vale la pena que se diga.

Este cambio de lenguaje es algo que he tratado de incluir también en mis presentaciones. El estilo académico formal que predomina en congresos, coloquios, simposios y demás, es el de leer un texto, un trabajo de investigación formal y rigurosa, citando las referencias en el camino y toda la parafernalia. Pero en las últimas presentaciones que realicé en el Simposio de Estudiantes en la PUCP, escogí cambiar un poco la fórmula, y el experimento fue interesante. Partí de una premisa muy simple: en los 20 minutos asignados, no iba a tener el tiempo necesario ni para (1) leer la totalidad del trabajo que quería presentar, ni para (2) realmente transmitir el resultado de varias horas de lectura, investigación y preparación. En 20 minutos no es posible que la audiencia llegue a captar la totalidad de lo que sea que se quiere exponer. Entonces, en esos 20 minutos lo mejor a lo que podía aspirar era a, (1) brindar un conjunto básico de ideas en torno al tema trabajado, y (2) buscar despertar el interés del público por el mismo tema. Es cierto: ya no estaba tanto presentando una investigación, como marketeando una idea.

El resultado fueron dos presentaciones concebidas de manera diferente, y ejecutas de la misma manera: escogí no leer, sino exponer oralmente. Escogí utilizar el PowerPoint, pero de manera tal que (creo) apoyaba y no perjudicadaba el contenido de lo que iba exponiendo. Y escogí utilizar un lenguaje y una estructura que fueran lo más accesible posible, de tal manera que realmente pudiera compenetrar al auditorio. La experiencia fue sumamente gratificante: porque, a diferencia de oportunidades en las que he leído un trabajo, sentí mucho más cercanamente la relación con la audiencia, y podía ver directamente si estaban o no siguiendo lo que iba diciendo, y eso me permitía hacer modificaciones sobre la marcha. Por lo que podía percibir, la gente estaba más interesada, cuando menos por lo exótico del experimento. Y eso de por sí ya era, creo, un triunfo.

Claro, de hecho tuvo mucho que ver que el experimento estaba inspirado por la idea de que el medio es el mensaje.

Nuevos conceptos

Me gustaría desarrollar un nuevo concepto. Siempre me gusta jalar elementos de todos lados, de múltiples fuentes, en múltiples formatos. Recuerdo hace un par de años cuando fui a un tributo a Radiohead hecho aquí en Lima, donde un grupo local (Space Bee) intepretó todo el OK Computer de manera genial, a la par que se proyectaban una serie de clips llenos de leit motifs radioheadianos.

El último sábado, Jorge Drexler se presentó en Lima. Su concierto fue formidable, su dominio de escena es excelente y sumamente divertido, y su música es de primera. Este tipo de experiencias me hacen reconsiderar cosas como la distancia entre la exposición de ideas y el espectáculo. Desde lo que me enseñan, desde la filosofía, al presentar uno sus ideas debe hacerlo de manera formal, rigurosa, académicamente seria. Y eso está bien, asegura que el cuerpo del conocimiento de alguna manera tiene cierto asidero, cierta continuidad. Pero personalmente, para mí, hay algo que falta. Y es que no puedo evitar sentir que eso hace que la propuesta se quede un poco corta. Cuando el objetivo es que se me escuche, se me reinterprete y algo quede de lo que digo, pues todo se siente un poco incompleto.

En principio, porque creo que uno no debería engañarse: aún cuando uno lee una ponencia filosófica, uno está vendiendo algo, en un sentido muy amplio. Uno no presenta un texto, un concepto, una idea que ha trabajado con la simple pretensión de ser escuchado y de que se le deje a uno vivir. Presentar algo es comunicar el asombro al cual uno ha llegado al encontrar una serie de conexiones que antes no se habían visto en el mismo lugar. Mucho más que un compartir intelectual, es hacer que el otro forme parte de mi intensa experiencia emocional al aproximarme al tema. Además, no espera ser tomado con neutralidad, o al menos yo particulamente considero que no debería serlo: leer para un auditorio neutralizado es peor que no leer nada. No conseguir reacción alguna, la crucifixión más terrible. Uno busca, o debería buscar, incitar algún tipo de reacción en su público. Cualquiera. Cuando menos, el despertar un nuevo interés que no hubiera estado allí antes. Despertar la curiosidad, el deseo de saber más.

Creo que pretender que un concepto o una idea que a uno le ha tomado buen tiempo desarrollar, sea entendido por un público en 20 o 30 minutos, es un poco iluso. Más bien, creo más efectivo tratar de transmitir la emoción del chispazo inicial, del sentido del descubrimiento, y tratar de llevar al otro por el mismo camino. Si le interesa a algunos pocos, pues bien. Si le interesa a muchos, pues muy bien, tanto mejor. Así se forjan comunidades de gente con las cuales se puede entablar una conversación, en torno al punto que han descubierto comparten.

Por eso quiero desarrollar un nuevo concepto. Que involucra no sólo a la filosofía y al mensaje que se puede querer transmitir, sino que apunta al diseño, a la construcción de toda una experiencia comunicativa. Arte, música, movimiento, imágenes, video, ideas, conceptos, discurso, creo que todo debe más o menos mezclarse en una performance más compleja, pero también más comprometida y comprometedora. Algo que realmente interpele al público y lo obligue a tomar una postura, sea a favor o en contra.

Creo que es por este tipo de cosas que me dicen que soy un sofista… Pero claro, yo nunca he tenido mayor problema con eso.