Conectar a los usuarios del transporte público

Acabo de pelearme, una vez más, con el chofer y el cobrador de un micro, en la Avenida Arequipa. El motivo fue que el susodicho micro decidió no parar en un lugar que, de hecho, era un paradero, para luego dejarme dos cuadras más allá bajo el argumento de que sólo podía parar en los paraderos.

La discusión fue insoportable, más aún porque me di cuenta de que no llegaría a nada. Pero caminando de regreso a mi casa me puse a pensar de que debería haber alguna manera de que los usuarios pudieran hacer algo al respecto. Debería haber no sólo una manera de castigar a las unidades de transporte público que funcionan mal, así como de recompensar a las unidades de transporte público que funcionan muy bien. Porque las hay – de vez en cuando, uno se encuentra con un micro donde el cobrador lo trata a uno con respeto, el chofer no maneja como psicópata y para donde debe, a uno le cobran tarifas razonables e incluso, por la buena onda, uno está dispuesto a pagar. Ese tipo de buen trato debería ser reconocido y recompensado por los usuarios y por la ciudad, y ese reconocimiento junto con un sistema de incentivos debería poder, luego de algunas iteraciones, mejorar la calidad de las unidades y del servicio de transporte público en Lima.

Puede que todo esto esté mal, pero se me ocurrió lo siguiente: un simple número de teléfono al cual se le pueden enviar mensajes de texto. Cuando uno quiere denunciar una unidad por mala calidad del servicio, envía un mensaje con la palabra DENUNCIA y la placa de la unidad a este número. El sistema recibe el mensaje de texto, identifica la unidad (lo cual requiere una base de datos con información de todas las unidades), y registra la denuncia realizada. Debido a que es demasiado sencillo presentar una “denuncia” de esta manera, necesitamos más valores para que sea realmente válida y demuestre, además, un mala calidad sistemática en lugar de sólo un encontronazo con un pasajero o un mal día. De modo que, digamos, una vez que la unidad acumula 10 o 20 denuncias presentadas vía SMS, la unidad recibe una multa fuerte o, incluso, le es retirada la licencia (OK, esto es un poco drástico, digamos que primero recibe una advertencia y luego pierde la licencia). Cuando la sanción es aplicada, todos los denunciantes reciben un mensaje de texto informándoles de la acción que fue tomada.

Pero esto me gusta más aún como un sistema de incentivos. Igual que arriba, un mensaje de texto es enviado a un número indicando algo como la palabra RECONOCE y la placa de la unidad. La base de datos identifica la unidad y mantiene un registro de la fecha y hora del reconocimiento. Una vez que la unidad recibe suficientes muestras de reconocimiento – de nuevo, 10 o 20, quizás – la unidad recibe acceso a algún tipo de beneficios: podría ser un incentivo tributario, un premio en efectivo, acceso a promociones especiales, y sobre todo, reconocimiento del municipio. De nuevo, también, los usuarios que reconocieron la calidad del servicio son informados del incentivo otorgado.

Quizás hayan notado que hablo siempre de “la unidad” – esto es principalmente por mi propio desconocimiento de cómo funciona el sistema, entre compañías de transporte, dueños de unidades, y choferes como diferentes actores, no sé bien hacia dónde debería caer la culpa o el beneficio. Así que lo dejo a mejores mentes que la mía para descifrarlo.

En fin, es una idea para un sistema muy simple, que conseguiría usar una tecnología abiertamente disponible para habilitar a los usuarios mismos a fiscalizar, en alguna medida, el transporte público en la ciudad. Y además le da a los usuarios mismos el circuito de retroalimentación para ver cómo la ciudad recibe sus opiniones y actúa sobre ellas.

Notas tecnológicas para la seguridad ciudadana

Estuve leyendo un par de posts recientes sobre seguridad ciudadana de Hans Rothgiesser (Mildemonios) y de Roberto Bustamante (El Morsa) que intentan desinflar la burbuja de exageración en torno a la ola de violencia que estaría viviendo Lima. De ninguna manera pretenden decir que Lima no sea una ciudad insegura – solamente que el asunto está siendo llevado mediática y políticamente por un camino de exageraciones e imprecisiones que hacen aún más difícil solucionar los problemas de fondo. Como siempre, hay una telaraña compleja de intereses en el asunto, como señala el Morsa:

Como se ha señalado antes, lo que ha aumentado, más bien, es la sensación de inseguridad que no es lo mismo que la inseguridad crezca. Allí, gran responsabilidad la tiene la prensa que nos bombardea con muertes, asesinatos y robos todos los días. Existe una relación, digámoslo así, de simbiosis o “parasitismo mutuo” entre la prensa masiva y la policía nacional: La prensa necesita rating y la sangre trae rating, y la policía nacional necesita limpiar su imagen.

Es cierto que se necesita mucha más inversión en el rubro de seguridad, no sólo en Lima, pero también que se necesita una inversión inteligente y que esté amparada en datos actualizados, en indicadores y en un continuo monitoreo de cómo va evolucionando la situación. Algo que, por lo que veo, no sólo no tenemos, sino como señala el Morsa, tenemos más bien mucho de un “pensamiento mágico” a la hora de formular políticas de seguridad. Por este mismo pensamiento mágico es que terminamos implementando iniciativas que no promueven una mejora en la seguridad, sino simplemente en la sensación o ilusión de seguridad: por ejemplo, las cámaras de vigilancia que ahora cubren varios distritos. Que alguien pueda ver por la tele que te están robando, no se traduce por sí solo en que alguien aparecerá más rápido para ayudarte. Y eso que en el Perú ni siquiera tuvimos una discusión sobre cómo esto vulneraba nuestra libertad o privacidad personal, el ser vigilados constantemente: hace mucho tiempo ya que en el debate entre libertad vs. seguridad optamos por la seguridad más allá de cualquier protección de la libertad.

Mildemonios señala, además, en uno de sus posts recientes sobre seguridad ciudadana:

Como comentaba en otro post, no es casualidad que la policía siempre esté proponiendo compras y contrataciones millonarias (que dan lugar a manejos de dinero cuestionables) y nunca gastos simples como acceso a internet para las comisarías.  Ahora último se ha dado una norma por la cual podrán ADEMAS usar dinero de las municipalidades para gastos que tengan que ver con la lucha contra la inseguridad.  Lo cual, como todos podemos ir suponiendo, ya sabemos que no ayudará en nada.  Pero igual se justifica en la idea de que turbas armadas de delincuentes están invadiendo las ciudades y que necesitamos comprar más y más equipo para luchar contra ellos.  Cuando lo que se necesita es reformar la carrera profesional de la gente que compone la institución de la policía.

No quiero discutir aquí el tema de fondo, el de la necesidad de una reforma estructural de la policía como institución y de todo nuestro aparato de seguridad ciudadana. Quiero colgarme solamente de ese pequeño dato: el del acceso a Internet para las comisarías. Y en general, en la inversión tecnológica en la implementación de sistemas que mejoren la calidad de la seguridad ciudadana en Lima y en todo el país. No como grandes inversiones que tengan que realizarse, sino que podrían utilizarse y desarrollarse sistemas relativamente baratos y sencillos de implementar y utilizar, que nos permitan ir no sólo brindando mejores mecanismos para brindar seguridad, sino sobre todo capturar información y alimentar indicadores para tomar mejores decisiones al formular políticas públicas.

No tienen necesariamente que ser sistemas demasiado complejos. Pero partamos de tener acceso a Internet en las comisarías. Luego, que las denuncias policiales se realicen llenando un formulario vía web desde la misma comisaría, en lugar de tomar la denuncia en un cuadernito o tipeándola en una máquina de escribir. Al ingresarse la denuncia al sistema, se envía una copia automáticamente por correo electrónico al denunciante, con un código de seguimiento que puede utilizar para monitorear la evolución de su denuncia en el sistema, desde su casa. Esto tiene dos ventajas. Primero, conveniencia: el hacer una denuncia es mucho más sencillo, y es muy fácil saber qué ocurre después y qué tengo que hacer sin tener que regresar o llamar o nada. Pero sobre todo, se empieza a capturar el agregado de datos en una sola base de datos centralizada que luego puedo comparar con otros lugares, otras fechas y horas, etc. Puedo empezar a representar estos datos para formular una imagen de cómo evolucionan o se comparan las denuncias en diferentes localidades.

(Dicho sea de paso – los sitios web de agencias del Estado no tienen por qué ser desastrosos. El sector público tiene mucho de aprender de todo lo desarrollado por el sector privado en temas de comunicación en la web. El Departamento de Salud de EEUU, por ejemplo, recientemente lanzó un portal sobre opciones en seguros de salud para información del público, que ha recibido muy buenas críticas por la manera como ha conseguido eficientemente comunicar de manera simple información que puede ser muy compleja. Además, por la manera como han desarrollado un sitio web a través de todo un proceso integral de diseño y retroalimentación de los usuarios, en lugar de un producto estático lanzado al aire y abandonado, como suele ser el caso. ¿Por qué no podrían los sitios web de las comisarías ser desarrollados también de esta manera? Ojo que el costo no es por cada comisaría – un mismo diseño y desarrollo puede luego implementarse en todas las comisarías a nivel nacional, utilizando infraestructura centralizando y mejorando así, además, la capacidad para capturar información de manera agregada y centralizada.)

Llevado un poco más lejos, encontramos iniciativas como quenoteroben.pe, que en realidad es un concepto muy simple. Un formulario, y un mapa, para denunciar un robo y marcarlo geográficamente. Listo. Si tomamos la aplicación del párrafo anterior y empezamos a correlacionar la data con información geográfica, empezamos a tener un mapa bastante más claro de dónde ocurre la actividad delincuencial en la ciudad. Al mismo tiempo, porque reducimos la fricción social que implica formular una denuncia, generamos incentivos a que la gente quiera denunciar. Y de yapa, el hecho de brindar herramientas para el seguimiento, un mecanismo para que el ciudadano pueda sentirse involucrado y sienta cierto grado de control sobre el proceso (porque puede hacer, desde su casa, seguimiento al estado de su denuncia) genera una sensación mayor de seguridad y mejora la imagen de la policía al brindar una solución tecnológica simple para que los ciudadanos estén involucrados.

Y éstas son sólo dos posibles aplicaciones. Tecnología de localización es una gran oportunidad, y especialmente la tecnología móvil tiene un enorme potencial para ayudar en la mejora de la seguridad ciudadana. La posibilidad de reportar delitos no sólo desde tu propia casa, sino quizás incluso desde cualquier lugar (asumiendo, claro, que no te robaron el celular). E, internamente, la posibilidad de administrar mejor los recursos de seguridad cuando se tiene un flujo actualizado y en tiempo real de dónde se está dando actividad problemática. Son aplicaciones que, sin ser demasiado complejas ni demasiado costosas, podrían brindar una significativa mejora en la calidad de la seguridad ciudadana en la ciudad, y no solamente mejorar una cierta ilusión de que estamos más seguros.

Selva de concreto

Esta mañana encontré varios blogs que hablaban sobre el aniversario de Lima, y bueno, la mayoría de ellos coinciden en lo débil e insuficiente de la gestión de Luis Castañeda (lo cual contrasta perturbadoramente con el nivel de aprobación pública de su gestión).

Personalmente, la gestión de Castañeda me parece un desastre por lo desperdiciado de las oportunidades, por lo lineal de las soluciones, por la ausencia de total de soluciones innovadoras y sistemáticas. El actual alcalde parcha la ciudad allí donde hay problema, y la parcha siempre de la misma manera, es decir, tirando concreto sobre el problema en la forma de pistas, obras viales, escaleras, y demás. No me malentiendan: entiendo perfectamente la necesidad, y probablemente urgencia, de todas estas cosas. Pero son soluciones que, si las pensamos un poco, no resuelven propiamente los problemas de fondo.

De hecho, evidencian varias cosas. En primer lugar, que no escapamos a los remanentes del positivismo en nuestra sociedad, y Castañeda menos aún. El público exige progreso, desarrollo, y eso es sinónimo, en términos materiales, de concreto, de asfalto. El cemento es ampliamente asociado con un indicador de progreso, de que las cosas se están edificando y son sólidas. De allí que el primer instinto que vemos suele ser el de arrojar concreto a los problemas pues lo entendemos como si algo estuviera mejorando. Es interesante que, en zonas de la ciudad más económicamente privilegiadas donde la valla del concreto fue superada hace tiempo, la lógica del progreso y el desarrollo ha sido reemplazada por otro elemento material directo: los adoquines. Los alcaldes de, por ejemplo, San Isidro o Miraflores, ahora tienen la obsesión de levantar pistas completamente funcionales para decorarlas con adoquines que, aunque menos funcionales, se ven mejor. Son el siguiente paso. Es algo así como una forma de demostrarle al resto de la ciudad que, aunque todos pueden estar tirando concreto, ellos pueden darse el lujo de levantar el concreto y poner adoquines. Porque sí, porque les da la gana.

Lo otro que evidencia, en la misma línea, es la absoluta linealidad de las soluciones. Es decir, los problemas urbanos en Lima, particularmente hablando de la gestión de Castañeda, se entienden como simples relaciones de causa y efecto. Hay un problema, digamos, el tráfico en una zona de la ciudad. Si aplicamos una obra vial aquí, el problema desaparecerá. Es tierno, pero ingenuo e impreciso. La misma lógica cuasipositivista del concreto y los bypasses y las vías expresas se reflejan en la ausencia de una concepción orgánica, sistémica de la ciudad. Entender la ciudad prácticamente como un organismo, donde todo está conectado y los cambios en un lugar significan siempre cambios muchas veces imprevistos en otro lugar. Lo que muchas veces se expresa cuando decimos que no hay un plan para Lima, que no hay una política urbana. Bueno, viene más o menos de lo mismo: antes que una política urbana, falta una lógica y una concepción de lo que Lima significa, integradamente, como ciudad.

De allí se desprenden una serie de oportunidades desperdiciadas, o nuevos problemas generados. Seguimos tendiendo pistas y caminos para autos, a pesar de que no renovamos el parque automotor ni proponemos alternativas al transporte público. Esto no es coincidencia: es construir una sociedad como la estadounidense, de individuos atomizados con poca interacción entre ellos. Salgo de mi casa, subo a mi auto, voy al trabajo, salgo del trabajo, subo a mi auto, voy a mi casa. Nunca me veo obligado a enfrentarme, a relacionarme con los demás. Aunque compartimos el espacio, no estamos dentro de él juntos, sino tan sólo en simultáneo (que no es lo mismo).

Pero las obras viales son fáciles, la gente las entiende rápido y proveen beneficios electorales. Pero eso quiere decir que más autos son necesarios para usarlas, porque no hay alternativas. Lo cual, además de las consecuencias culturales del aislacionismo y la exacerbación del individualismo, quiere decir también un pasivo ambiental. Es testimonio supremo de la desconexión de Castañeda con la realidad que, en una época donde la preocupación ambiental y climática es tan central, él siga tendiendo pistas para autos cuya contaminación agregada significa agravar un problema que nos afecta directamente.

¿Y qué alternativas existen? Bueno, ninguna, realmente. El Metropolitano se construye siguiendo la misma lógica lineal, que no entiende la ciudad en su conjunto. Vivimos en una ciudad de casi 10 millones de personas, que requiere de transporte público masivo y accesible, una solución difícil y de largo alcance como un metro, pero que requiere de pensar el problema distinto. Igualmente, si han tenido oportunidad de circular por la ciudad en bicicleta, o caminando, se habrán dado cuenta de la enorme falta de infraestructura para esto. Las veredas, los cruces, los puentes, simplemente no favorecen la idea de que alguien camine por la ciudad (con contadas excepciones), lo cual es una enorme oportunidad desperdiciada. Aquí entra a tallar, además, el problema de la seguridad ciudadana. Con lo cual, de nuevo, todo obliga al ciudadano a pensar en autos, en transporte urbano entendido desde una única dimensión, sin mayores alternativas.

Hace tiempo, en el blog del curso de Filosofía Moderna que dictamos el semestre pasado en la PUCP, escribí un post sobre la relación entre los ideales de la modernidad y nuestra concepción de la ciudades. La cuestión va más o menos por la misma dirección: una ciudad de estas dimensiones, en esta época, requiere de una lógica y una concepción diferente a la concepción lineal, acumulativa, progresiva que aprendimos con la modernidad. No, no es que necesitemos una ciudad posmoderna (que en muchos sentidos uno podría decir que es lo que tenemos), sino que tenemos que pensar la ciudad de manera distinta. Lo cual, además, no es tanto por un imperativo moral, sino porque nos conviene, sobre todo en este momento, pues nos permitiría hacer de Lima algo radicalmente diferente.

Feliz cumpleaños, Lima.

Novedades del LVL

¿Ya visitaron el Laboratorio de Videojuegos de Lima? Aquí un poco de autobombo con algunas de las novedades que han habido por allí en las últimas semanas – siempre pueden visitar la presentación que hice aquí o la autopresentación del propio LVL.

Con suerte, cuando la carga de trabajo baje un poco, podremos empezar a pensar también en los primeros eventos y reuniones del LVL. Stay tuned.