¿Filosofía? ¿Qué te pasa?

A lo largo de los años me he ganado con múltiples historias de terror de las reacciones que recibe la gente cuando decide estudiar filosofía. Yo he sido uno de los “afortunados”, en el sentido de que en general la tuve fácil: mi familia aceptó y estuvo en paz con la decisión y no tuve mayores obstáculos para hacerlo. Pero en cambio conozco a varias personas que no la tuvieron así de fácil, que tuvieron enfrentamiento y discusiones familiares, o que simplemente no contaron con ningún apoyo y se vieron en la necesidad de financiarse a sí mismos el estudio de una carrera que no es precisamente lucrativa.

Decidir estudiar filosofía significa escoger un camino en la vida que está marcado por el siguiente diálogo, una y otra vez, ad infinitum, hasta el fin de los tiempos:

– ¿Y tú qué estudias(te)?
– Filosofía.
– Ahhhh…
(Silencio incómodo)
– ¿Y a qué se dedica un filósofo, ah?

Cuando uno es abogado, médico, administrador, ingeniero, arquitecto, etc., etc., etc., no se ve obligado a sobrevivir a esta pregunta cada vez que uno conversa con alguien nuevo. Si esto fuera una, dos, diez veces, bueno, pero no, este mismo diálogo se repite exactamente sin ningún tipo de fin, con el agravante de que cuando uno está estudiando aún la pregunta fatídica viene acompañada de un gesto, una mirada que en pocas palabras quiere decir “¿qué te pasa?”. Con el tiempo, los filósofos desarrollamos cada uno diferentes mecanismos de defensa para la pregunta: guiones ensayados, respuestas humorosas o reacciones indignadas, según las preferencias de cada uno. Estas preguntas se vuelven particularmente incómodas en el contexto de reuniones familiares donde vienen acompañadas de una batería de preguntas respecto a lo que uno quiere hacer con su futuro, a qué se piensa dedicar, pero cómo piensa uno ganarse la vida, etc.

Tomar la decisión de dedicarse a la filosofía es implícitamente la decisión de que uno no dedicará su vida a las ganancias materiales que vienen, por ejemplo, con una carrera en la banca de inversión – pero al tema del dinero y la filosofía le dedicaré un espacio más explayado en el futuro cercano. Cuando uno estudia filosofía, lo hace sabiendo más o menos bien que eso significa decirle no a una vida de lujos y derroches materiales, a cambio de una vida comprometida principalmente con el concepto y con la teoría en alguna de sus formas.

Para propósitos prácticos (propósitos que, además, le suelen ser esquivos al filósofo), es pertinente distinguir aquí entre qué significa hacer filosofía, y qué puede hacer un filósofo.

La primera pregunta no se responde, o si se intenta responder, se responde filosóficamente, de múltiples maneras, con crisis existenciales de por medio y, en el mejor de los casos, con una considerable cantidad de alcohol de por medio porque, como todos sabemos, in vino veritas.

La segunda pregunta, en cambio, es la que termina siendo relevante para jóvenes filósofos que tratan de entender qué rayos quieren hacer con su vida, sobre todo cuando empieza a hacerse claro que el mundo académico es laboralmente muy complejo. En esa frontera extraña y confusa entre que uno acaba la universidad y pone sus pies en el mundo real, empieza a descubrir que, por mucho que uno pueda entender el tránsito del espíritu objetivo al espíritu absoluto en la descripción de la fenomenología del espíritu de Hegel, para cuestiones más pedestres y cotidianas uno termina siendo un completo ignorante.

Sin embargo, debo decir, luego de haber observado esto un buen tiempo, que la cosa no es tan complicada como parece, siempre y cuando el joven filósofo se muestre abierto y dispuesto a deshacerse del ideal de la torre de marfil y del mito de la caverna con su luz exterior reveladora de verdad, visible sólo para filósofos. Como me gusta decir continuamente, en realidad un filósofo podrá encontrar múltiples oportunidades de varios tipos, haciendo uso de una serie de superpoderes que tiene, pero que probablemente no sabe que tiene. Superpoderes que están cercanamente ligados, por supuesto, a la capacidad analítica y crítica y a la rigurosidad que suelen acompañar a los estudios de filosofía.

Estos superpoderes hacen que un filósofo tenga una predisposición y una capacidad exacerbada hacia el aprendizaje – la posibilidad de rápida y efectivamente aproximarse hacia un cuerpo desconocido de conocimiento para entender su complejidad interna, sus problemas, sus preguntas y sus ideas principales. Dadas las condiciones actuales en las que se maneja la economía, eso representa una habilidad transferible sumamente importante, pues hace posible que el filósofo pueda cómodamente moverse a través de una serie de campos con una base teórica y conceptual muy firme para entender el sentido de esos tránsitos y movimientos.

¿Qué quiere decir esto? Que aunque un filósofo sabe hacer muy poco, tiene la capacidad para aprender a hacer casi cualquier cosa, muy bien y muy rápido. Y aprender, además, de tal manera que pueda formular críticas y descubrir problemas en lo que aprender conforme lo hace. Pues en eso consiste, esencialmente, la educación filosófica. Y esta es una habilidad sumamente valiosa en múltiples sectores e industrias hoy día, cuando la competitividad y la productividad dependen, sobre todo, de la capacidad para generar valor agregado y diferenciado frente al público: en otras palabras, las mejores soluciones a los problemas más interesantes en la actualidad requieren de gente que pueda pensar “fuera de la caja”, más allá de los marcos conceptuales en los cuales están formulados los problemas (que son problemas de todo tipo: políticos, sociales, económicos, comerciales, financieros, culturales, etc.). Eso es, precisamente, aquello en lo que destaca el filósofo porque está acostumbrado a moverse entre múltiples sistemas conceptuales en un arsenal de herramientas de las que puede escoger según la naturaleza del problema.

Un filósofo destacará en aquellos contextos donde pueda ver las cosas de manera estratégica, más que táctica. Donde tenga la oportunidad de dar un paso atrás para ver el panorama completo, más que involucrado en la ejecución minuciosa de actividades mecánicas. El problema está en que estos contextos no son precisamente aquello que uno encuentra tan pronto termina de estudiar y se enfrenta al mundo, sino que es más bien algo a lo que uno llega con el tiempo. De modo que uno inevitablemente se encuentra con la necesidad de adquirir y dominar una serie de habilidades y conocimientos complementarios en el camino.

Aún así, me doy cuenta de que este post está escrito en un tono y sentido muy defensivos. Como si tuviéramos la necesidad de justificar lo que hacemos, y por qué lo hacemos, porque nos enfrentamos al escrutinio y al juicio de familiares entrometidos que no entienden nada de lo que nos gusta pero creen que por alguna razón ellos sí entienden el espectro complejo de la complejidad de los asuntos humanos y pueden tomar decisiones mejores que nosotros. Así que creo que lo pertinente también sería, y espero hacerlo eventualmente (pronto), voltear la cuestión y explicar, más bien, por qué debería uno estudiar filosofía.

Ahora, ¿por qué estoy escribiendo esto ahora? Revisando las estadísticas de ingreso a mi blog encontré que había más de una persona que había llegado aquí preguntando por el campo laboral de la filosofía, o por qué hace un filósofo. Con lo cual recordé muchas de las historias que había escuchado de amigos y gente cercana, muchas de las dudas cuando estaba estudiando yo mismo, o que sigo teniendo, y demás. Se me ocurrió que, quizás, haya futuros estudiantes, estudiantes actuales, padres de familia o demás interesados en qué puede hacer un filósofo, porque no conocen bien las oportunidades, el espacio, el campo, las habilidades, y las mismas dudas y problemas. Así que se me ocurrió que, quizás, algo podría aportar a partir de mi experiencia particular, que no es además la típica experiencia en filosofía: estudié filosofía, y he teniendo experiencia académica dictando prácticas en cursos de lógica y temas históricos en filosofía, pero mi trabajo principalmente se ha orientado al estudio y al desarrollo de nuevas tecnologías y herramientas. Mi experiencia ha sido de que con las herramientas que a uno le da la filosofía, uno puede dedicarse a muchísimas cosas e incluso encontrar nuevas ideas y herramientas con las cuales volver sobre la filosofía para explorar nuevos temas y nuevas cosas.

Así que espero que estos comentarios le puedan ser útiles a alguien, en alguna parte, que esté pasando por este tipo de dudas.

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Atando cabos

En los últimos días he venido publicando en partes un gran resumen de varias ideas que he tenido oportunidad de trabajar en las últimas semanas en clase. Son ideas muy sueltas y esquemáticas y que ameritan mucha mayor discusión y elaboración, pero quería hacer algún tipo de sistematización para poder empezar a trazar más conexiones. Se trata de un muy rápido catálogo de las diferentes transformaciones que están operando sobre nuestros procesos sociales a partir del rápido cambio tecnológico que experimentamos desde el siglo XX, y que estamos experimentando desde la manera como concebimos al mundo hasta cómo organizamos la economía y la política. A manera de resumen, aquí un pequeño “índice” de la cuestión:

  1. Extensiones de nuestros sentidos. Una introducción para dar un poco de marco al asunto a partir de Marshall McLuhan.
  2. La construcción de la cultura. Un breve repaso a los cambios en la cultura de masas a partir de la tecnología del siglo XX.
  3. Reordenando el mundo. Epistemologías para el mundo digital, o repensar cómo pensamos.
  4. Personalidades múltiples. La expresión de la identidad en la vida globalizada.
  5. Una nueva lógica de participación. La nueva economía y los nuevos espacios de organización de la acción colectiva.
  6. Atando cabos (este post). Algunas conclusiones generales.

No es, de ninguna manera, un recuento exhaustivo de todo lo que se podría decir. Es, en el mejor de los casos, un punto de partida que busca rescatar, sobre todo, que para entender mejor estos problemas debemos hacer un esfuerzo particular por no pensar lo nuevo a partir de las categorías de lo viejo, y eso es mucho más complicado de lo que suena. Dice Clay Shirky que es recién cuando la tecnología se vuelve tecnológicamente aburrida que se empieza a poner socialmente interesante: que un montón de chicos universitarios empiecen a experimentar con redes sociales no tiene nada de espectacular, pero cuando el público de crecimiento más rápido empiezan a ser los adultos por encima de los 40 años la dinámica social se vuelve mucho más compleja. Es decir que los efectos sociales de las tecnologías que estamos viviendo hoy aún deben asentarse en nuestro imaginario para poder entenderlos plenamente.

Pero una idea central que hay que rescatar aquí es la idea del desafío que esto nos plantea como cultura. No estamos, y eso resulta ya bastante claro, en una posición en la cual podemos decir “no, gracias” a toda esta transformación y volver a la manera como nos organizábamos y comportábamos antes. Simplemente ya no es una opción. Y al mismo tiempo empiezan a surgir preguntas bizarras: ¿a qué edad es pertinente que un niño tenga un perfil en Facebook? ¿A qué edad y quién y cómo les enseñamos a hacer un mejor uso de todas estas tecnología sociales? ¿Queremos formarlos como consumidores, como productores, tiene sentido incluso hacer la referencia? ¿Cómo es transformador, en el sentido más amplio, formar una nueva generación consciente de su capacidad de producir y de las implicancias de esa capacidad?

Este desafío es, también, que tenemos que recorrer la delgada línea que separa la fe ciega en la tecnología de la resistencia necia hacia sus efectos, sabiendo que ni uno ni otro polo tendrá un modelo que nos sea efectivo. La tecnología no se va a ir; pero tampoco está aquí para solucionar todos nuestros problemas. De hecho, en el camino va a causarnos varios problemas más, y se me ocurren dos que son enormes. Primero, que toda esta gran promesa tecnológica ha venido de la mano de un costo enorme para nuesta supervivencia como especie: el producir todo este mundo de plástico ha significado que no es reciclable, y que la misma lógica que nos ha permitido hacer todo lo que ahora podemos hacer, es la misma lógica que nos está llevando cada vez más rápido al camino de la extinción.

El segundo problema está relacionado. Y es que, al mismo tiempo, toda esta gran promesa tecnológica ha dejado excluido a un enorme porcentaje de la población de este planeta – y además, en gran medida, su crecimiento depende de que este enorme sector excluido se lleve la peor parte del uso y el consumo de aparatos y procesos que nunca aprenderán a utilizar y de los que nunca conocerán beneficios. El gran “desarrollo” de la humanidad ha venido con el costo de considerar “prescindible” a buena parte de la misma. Al mismo tiempo, la brecha que separa a los excluidos de los incluidos se sigue ensanchando cada vez más: a la separación de la alfabetización, ahora se agrega no sólo la alfabetización informática, sino en la era de los medios participativos también la alfabetización mediática, y nuevos subconjuntos de alfabetización siguen apareciendo todo el tiempo para los cuales ni siquiera tenemos idea cómo responder.

Visto gruesamente, si alguna idea general quiero desprender de todo esto es que necesitamos de una nueva lógica para comprender el proceso tecnológico en su dimensión más amplia, como un proceso social a través del cual estamos virtiendo nuestra cultura. La tecnología ya no es más, solamente, aparatos que están allí afuera para responder a nuestra voluntad, sino que son en gran medida la forma de nuestra voluntad, la delimitación del espectro posible de lo que podemos querer. Nuestra capacidad para responder efectivamente a este desafío sin extinguirnos pasará por nuestra capacidad para aprender a coexistir con estas extensiones de nosotros mismos de una manera no ingenua, de una manera que reconozca las singularidades de la época en la que vivimos sin entenderlas como versiones radicales de aquello que ya hemos conocido. Sirva, quizás, esto como un segundo apunte de que tenemos que pensar un poco más en alguna forma de tecnoexistencialismo: la comprensión de nuestra existencia que derivamos a través de y en la tecnología, como la posibilidad de imaginarnos futuros posibles y plantearnos la manera como llegar a ellos.

Reordenando el mundo

Mientras nuestros canales de información era limitados, había una serie de supuestos que estábamos limitados a tener sobre la información. Pero estos supuestos sobre la información, y sobre el conocimiento, se encuentran inevitablemente limitados por la manera en la que hemos ordenado la información la mayor parte de nuestra existencia, que está, a su vez, limitada por el espacio físico.

Categorías

Desde las primeras bibliotecas medievales se encontró la necesidad de ordenar los manuscritos que se tenían de alguna manera que tuviera sentido, y que nos permitiera encontrar la información de la manera más fácil posible. De allí se desprendió que, durante mucho tiempo, se dieran discusiones interminables sobre cómo estaba mejor organizado el árbol del conocimiento: básicamente buscando capturar en él la estructura misma de la realidad, para replicar siguiendo la misma estructura nuestro conocimiento sobre la realidad. Por una cuestión de espacio, una biblioteca no podía tener todos los objetos ordenados de más de una manera, pues eso habría sido poco eficiente: de tal manera que el orden escogido tenía que ser el más verdadero. Las categorías que usáramos en ese orden eran, por extensión, las categorías mismas de la realidad, y asignamos a cada una de esas categorías diferentes guardianes que distingan entre lo válido y lo inválido, lo verdadero y lo falso, lo que era conocimiento y lo que no.

Así, sólo podía existir un sólo ordenamiento verdadero de la realidad. Una sola verdad, a la cual podríamos acceder si seguíamos el método correcto. Pero lo que esta idea velaba era, primero, que optábamos por un sólo ordenamiento por un tema de limitaciones de espacio. Segundo, que ese único ordenamiento no era “natural”, sino que era una construcción humana, falible y por lo mismo, cuestionable y mejorable.

Cuando aplicamos la misma lógica del texto a la manera como operaban medios como la radio y la televisión, reprodujimos la misma estructura básica sobre el ordenamiento del mundo: lo verdadero y lo falso, los acertados y los equivocados. Conforme el alcance de los medios se ampliaba, el poder de los guardianes se hacía también cada vez más grande, así como la percepción de que, por lo mismo, los medios cumplían la función social de informar a sus consumidores respecto a lo que era la información verdadera. Y de hecho, durante mucho tiempo, profesiones como el periodismo han mantenido la idea de que su labor es reportar la verdad, que pueden tener acceso a las cosas como realmente son y comunicar eso, desprejuiciada y objetivamente, a los espectadores que no están bien enterados de lo que está pasando. Parte de esta noción es la que podemos ver en la película Buenas noches y buena suerte:

Pero aquí, podemos ya empezar a atar cabos. Porque, primero, habíamos visto que la idea de un único ordenamiento del mundo – de una única verdad – derivaba de una limitación física para ordenar la información, que además debía ser preservada y protegida. Sin embargo, si como hemos visto, la introducción de la tecnología digital construye un modelo participativo para la construcción de la cultura, ¿dónde queda entonces el ordenamiento único del mundo?

El asunto es que ya no lo necesitamos, pues cuando dejamos de hablar de átomos para empezar a hablar de bits, las limitaciones que se aplicaban en el mundo físico dejan de tener validez. Cuando la información está distribuida en bases de datos en lugar de estantes, puedo ordenarla de múltiples maneras sin verme limitado por la cantidad de espacio disponible. La diferencia entre uno y otro modelo es la misma diferencia entre ordenar tu correo electrónico en Hotmail o en Gmail – con carpetas o con etiquetas: bajo la primera figura, puedo guardar un correo bajo una, y sólo una categoría. Si tengo categorías para “familia” y “amigos”, un correo de mi primo con copia a un amigo sólo puede ir en una de las categorías, lo cual no es tan efectivo. Con etiquetas, en cambio, puedo marcar el correo bajo ambas posibilidades y encontrarlo buscando desde cualquiera de los puntos de vista. Y puedo construir taxonomías que respondan a múltiples necesidades y propósitos, en múltiples contextos. En otras palabras, puedo dejar de lado los supuestos que aplicaba a la información en el mundo físico, y entonces, como señala David Weinberger, “todo es misceláneo”:

¿Y ahora quién se encarga de ordenar esto?

El problema es que la consecuencia inevitablemente nos da un poco de miedo. Porque significa, básicamente, reconocer que todo punto de vista se da siempre desde alguna posición, en mayor o menor medida, parcializada. Significa que no podemos confiar nunca en los medios plenamente, ni siquiera cuando dicen reportar la verdad y los hechos, porque la manera como ordenan la información responde a una serie de variables contextuales, sociales, económicas, políticas, culturales, incluso psicológicas, que intervienen desde las categorías mismas en las que procesamos la información. Es la manera como hemos aprendido a aprender, los filtros que hemos construido para que la gran maraña bizarra que es el mundo tenga algún tipo de sentido interpretable. Hemos vivido por mucho tiempo acostumbrados a que alguien más, las personas con acceso a la información, se encarguen de filtrar y darle sentido al mundo por nosotros. Pero hoy día, nosotros mismos podemos tener acceso a múltiples fuentes de información, que muestran múltiples puntos de vista. Entonces, ¿a cuál debemos darle la razón?

La respuesta decepcionante es que, a ninguno. Porque ahora podemos entender una serie de cosas nuevas sobre la información y el conocimiento. Y ninguna de las fuentes tendrá la información completa ni el acceso a una supuesta verdad de los hechos. Si no podemos confiar plenamente en lo que recibimos de los medios, y nosotros mismos tenemos acceso a múltiples fuentes de información, eso nos pone a nosotros en la posición de no ser consumidores pasivos de lo que vemos, sino que somos capaces de filtrar, comparar, y discernir nosotros mismos, qué información es mejor que otra, cómo se comparan las fuentes, y demás. Pero no estamos acostumbrados a hacerlo, y es más, probablemente no lo queremos hacer. Y nadie nos vino a preguntar.

Pero eso no quita, igual, que nos encontremos en esta posición. Nuestro rol como consumidores de información ha cambiado: no somos sólo lectores o espectadores, sino que podemos también responder, podemos procesar, criticar, agregar la información de diferentes maneras para formular y comunicar nuestro propio punto de vista. Ésta es la figura del prosumidor, del productor/consumidor, cuyo consumo es transformador de lo consumido. Asumimos múltiples roles en la manera como nos comportamos frente a las fuentes de información. Alcanzar algún tipo de verdad se vuelve menos importante que el proceso mismo por el cual le damos sentido a la información del mundo que nos rodea.

Y esto alcanza múltiples niveles de la manera como formulamos conocimiento.

Inteligencia colectiva

La autoridad respecto al conocimiento, por todo esto, ya no proviene de las mismas fuentes. Porque lo que podemos entender como conocimiento ha variado: de entenderlo como un producto dotado de ciertas propiedades especiales, a entenderlo como un proceso marcado por una serie de características peculiares. La diferencia entre Britannica y Wikipedia ilustra aún más esta distinción: Britannica se concentra en que cada edición sea lo más acertada y fidedigna que sea posible. Wikipedia, al no tener ediciones, es un recurso en constante evolución donde el conocimiento no sólo está en sus páginas, sino también en sus interacciones y en sus foros de discusión.

Y esto es importante, por lo siguiente: en la inmensa marea informativa que nos abruma cada vez más horriblemente, es imprescindible desarrollar estrategias que nos permitan darle sentido a cantidades de información y conocimiento vastamente mayores que nuestra propia capacidad para procesarla toda. De allí que contextos como Wikipedia sean un ejemplo de la manera como se articulan inteligencias colectivas, o lo que es lo mismo, reconocer que la inteligencia y el conocimiento no son producto de la simple brillantez de una persona, sino que el conocimiento surge de las interacciones.

Cada vez más, y sobre todo en línea, participamos de contextos y comunidades en las que estamos permanentemente intercambiando información, recomendaciones, opiniones, y las referencias de las personas con las que interactúo me sirven como los filtros a partir de los cuales empiezo a moldear la información que consumo e intercambio. Lo cual hace que, también, cada vez más el conocimiento fluya por caminos que no necesariamente son los formales, o los que hemos conocido usualmente, sino que se formula en todos aquello lugares en los que hay interacción entre personas.

Esto plantea un desafío enorme – porque no estamos preparados aún para concebir así el flujo de información. Lo digo en el sentido de que no nos concentramos en desarrollar las habilidades, los criterios, la alfabetización mediática que nos permita asumir las responsabilidades que este proceso prácticamente nos impone. Lo cual quiere decir, también, que mucho de la manera como estamos orientando la educación no va por el mismo camino de la manera como las redes sociales de intercambio de información están desarrollando habilidades, especialmente en los jóvenes:

Este cambio nuclear en la manera como construimos conocimiento, y esta nueva necesidad por nuevas habilidades, tiene ramificaciones por todos lados. Se abre la puerta a la multiplicidad de perspectivas a todo aquello que antes era unitario. Y eso tiene también efectos psicológicos en la manera como construimos nuestras identidades y las presentamos a los demás en diferentes contextos. Así como no manejamos una sola idea de cómo es el mundo, no manejamos una sola idea de quiénes somos nosotros mismos.

Creciendo con videojuegos

Un artículo en el blog de Arturo Goga me llevó a encontrar esto: una galería de carátulas photoshoppeadas de videojuegos clásicos. La modificación consiste en que el título del juego es cambiado por habilidades del mundo real, a las que el juego podría considerarse contribuye a formar. No todas son igualmente interesantes – ésta es una de mis favoritas, eso sí:

¿Y esto qué tiene de interesante? ¿Qué podría uno aprender de Mega Man? Quizás no resulte inmediatamente obvio, como muchas otras cosas que se nos vuelven transparentes hoy en día, pero si uno lo analiza un poco, la figura cambia. Mega Man tiene varios mensajes un tanto “subliminales”: la idea de que uno va adquiriendo un conjunto de habilidades cada vez más complejos conforme va superando retos, e incluso más interesante aún, el que uno debe encontrar la herramienta adecuada para enfrentar diferentes tipos de problemas. ¿Sobreinterpretación? Por supuesto, pero no por eso menos interesante.

Conforme más y más generaciones crecen rodeadas de los videojuegos como algo cotidiano, se vuelve inevitable preguntarnos por las maneras como el acceso a estos medios transformará su relación unos con otros y con el mundo conforme vayan creciendo. Las consecuencias no resultarán triviales – de la misma manera como personas que crecieron con televisión a blanco y negro tienen sueños monocromáticos, el espacio de desarrollo de la vida psíquica de los jóvenes hoy tendrá consecuencias en sus vidas pasado mañana por las cuales vale la pena preguntarnos ahora. El asunto viene cogiendo suficiente envergadura como para ya no poder ser dejado de lado: un estudio reciente del Pew Internet & American Life Project arrojó que un 97% de los jóvenes estadounidenses entre los 12 y los 17 años jugaba algún tipo de videojuego (portátiles, consolas, en computadora o por Internet). Ya no puede decirse hoy que los videojuegos son algo secundario, de unos pocos: tanto así que incluso la campaña de Barack Obama ha colocado avisos en videojuegos como parte de su estrategia de medios.

De manera similar, un artículo reciente del Washington Post señala la relevancia académica que viene cobrando el estudio de los videojuegos – no sólo el estudio de cómo hacer videojuegos, sino estudiarlos ellos mismos como manifestaciones culturales, incluso como expresiones artísticas. Los estudios de videojuegos son algo bastante nuevo, un campo que recién empieza a encontrarse y entenderse, pero que a medida que más personas crezcan en una cultura así construida – es decir, ahora – se hará tanto más fundamental entender el marco conceptual que estos medios nos formulan. En ese universo, como con muchas otras cosas, habrá que preguntarnos también: ¿Cómo competirá, o mejor, participará el Perú de este nuevo espacio de producción cultural? Latinoamérica en general, incluso, refleja en este respecto carencias muy similares a las que tiene en muchos otros ámbitos productivos, con una desventaja fundamental: mientras todo esto ocurre, en general nosotros seguimos tratando de ponernos al día con la lógica de la industrialización. Los videojuegos en el Perú, como mercado interno, casi no existen, así como tampoco existen circuitos fuertes de producción y comercialización de software. Así como en muchos otros rubros, entonces, tenemos que enfrentar el problemático escenario de que, por un buen tiempo, sigamos siendo consumidores de estos productos culturales, y qué medidas podrías tomar para incrementar nuestro nivel de participación.