Los filósofos y el dinero

Ahora va a salir mi lado más sofista, en el sentido tradicional y poco apreciado de la palabra.

Con el tiempo me ha sido imposible dejar de observar la muy particular relación que tienen los filósofos con el dinero. Esta es una relación históricamente muy compleja y que aún hoy, en la cotidianidad filosófica, es bastante complicada de manejar. El origen de la tragedia se remonta, por supuesto, al buen Sócrates, o quizás más bien a Platón. Por Platón sabemos que Sócrates, a diferencia de los sofistas que manejaban un lucrativo negocio y habían creado toda una industria en torno a la transmisión de conocimiento en la Grecia clásica (y al hacerlo se convirtieron en figuras claves para la ilustración griega), Sócrates se rehusaba a cobrar ningún dinero por sus enseñanzas, porque claro, él sólo sabía que nada sabía, y por extensión, que nada podía cobrar. Por Platón, entonces, sabemos de un Sócrates que ancla la tradición filosófica fuertemente en el ascetismo, pues la contemplación del Bien con B mayúscula, y de las Ideas, con I mayúscula, implica casi necesariamente que uno tiene que dejar de ponerle atención a cosas pedestres y banales como las posesiones materiales o, claro, el dinero. A partir de aquí, la idea de cobrar por el conocimiento de los filósofos pasa a ser equiparado con la sofística, una suerte de venderse intelectualmente al mejor postor sin servir a la Verdad y a la Sabiduría, con V y S mayúsculas, respectivamente.

Por supuesto, esto era relativamente fácil de decir para Platón, pues, a diferencia de Sócrates, él era de una de las familias más importantes de Atenas y ciertamente dinero no le faltaba. Platón, entonces, encarnaba un estereotipo que ha durado hasta el día de hoy: podía dedicarse al estudio de la filosofía porque podía darse ese lujo. Ya que todas sus necesidades materiales estaban debidamente satisfechas, por qué no dedicarse, más bien, a la contemplación de los conceptos.

El problema es, claro, que ni todos somos Platón, ni todos tenemos acceso a los mismos beneficios. Pero como todo filósofo contemporáneo podrá decirles, la misma idea viene adherida a la práctica filosófica en la actualidad: junto con el desconocimiento de la idea “productiva” del filósofo, viene la aceptación de que la filosofía es un camino de ascetismo, de renuncia a lo material y que, por lo mismo, ya que un filósofo está desprendido de lo material, no tiene ni razón ni incentivo para recibir mucho dinero o muchas compensaciones materiales. Cualquier otra cosa, sería sofística, en el peor de los sentidos tradicionales de la palabra. De modo que estudiar filosofía hoy es visto, de nuevo, como una forma de lujo: si me estoy dedicando a algo que todo el mundo sabe es tan improductivo y tan poco rentable, pues debe ser porque tengo las condiciones materiales satisfechas como para darme ese lujo. Cuando todo el aparato económico circundante piensa lo mismo, el efecto se retroalimenta: si esta persona se pudo dar el lujo de estudiar filosofía, no tiene sentido que le paguemos mucho, ¿verdad? P entonces Q.

Claro, el problema es que esto no es verdad. Ni es cierto que estudiar filosofía sea un lujo, ni es cierto que todo aquel que estudia filosofía tenga sus necesidades materiales cubiertas, ni es cierto que no tenga sentido que un filósofo reciba una compensación justa. Pero el tema del dinero está tan alejado de la reflexión filosófica, visto casi como una mancha que ensucia el pensamiento puro, que en realidad los filósofos que salimos al mundo, no solamente no tenemos realmente idea de qué haremos, sino que además no tenemos ni la menor idea de cómo pensar en términos de dinero. La consecuencia práctica, inmediata de esto es harto conocida (por los filósofos): o ingresan al mundo laboral académico, donde son francamente maltratados económicamente por un aparato que los ve como eternos subsidiados, o salen al mundo laboral extra-académico donde no tienen idea de cuánto valen sus habilidades y por tanto no tienen ninguna herramienta a la hora de negociar algo como un sueldo o una tarifa. Para un filósofo, por supuesto con excepciones, es tan extraña la idea de que alguien esté dispuesto a ofrecerle un trabajo, que lo terminan viendo más como un acto de caridad que debe ser aceptado, que como una negociación entre dos partes que tienen elementos de valor que intercambiar (habilidades, y dinero).

El resultado neto es el siguiente: por un lado, filósofos que ingresan en el ámbito académico a ser mal pagados, a trabajar muchísimas horas para compensar que son mal pagados, a matarse preparando clases, corrigiendo exámenes, dando asesorías, todo para que al final del día no les quede tiempo para dedicarse a la investigación, a la reflexión, a la discusión, porque siempre tienen que estar haciendo algo más. O, por otro lado, filósofos que no ingresan en lo académico, probablemente siguen estando mal pagados (aunque no tan mal), pero son vistos como los que se salieron, como los que traicionaron el concepto y por tanto terminan encontrándose excluidos de los núcleos donde, supuestamente, sí tiene lugar el pensamiento propiamente filósofico.

En realidad, hay un tercer grupo, que podríamos llamar los platónicos, que aunque son una minoría de todas maneras existen: son los que, de hecho, estudiaron filosofía porque podían darse ese lujo, porque como no tenían mayores preocupaciones materiales decidieron que, bueno, podían dedicarse a la contemplación del concepto sin mayor reparo. Sobre ellos, obviamente, no trata este post (pero igual no crean que no los estimo).

Mi punto con todo esto no es que el filósofo debería salir al mundo con una tabla de precios bajo el brazo, o que las trincheras académicas deberían rebelarse contra el sistema que los explota injustamente. Simplemente quiero decir que deberíamos perderle un poco el miedo al dinero y estar dispuestos a informarnos más sobre cómo funcionan estas cosas. ¿Cuánto debería ganar un filósofo recién egresado, que sale al mercado laboral? ¿Qué condiciones de trabajo son aceptables, y cuáles son una explotación horrible que no debería ser tolerada? ¿A qué beneficios debería tener uno acceso en el mercado laboral, qué expectativas de desarrollo de carrera, qué posibilidades de aprendizaje?

¿Cómo debería ahorrar uno su plata, sea mucha o poca? ¿Cómo debería uno administrar sus fondos cuando tiene trabajo pagado sólo 9 de cada 12 meses del año? ¿Cómo debería uno pensar en invertir su dinero, o cómo podría invertirlo en uno mismo para mejorar sus propias condiciones laborales o materiales? ¿Cómo debería uno negociar un suelo, qué puede pedir, y qué debería rechazar?

Mi problema está en que como nadie nos enseña a hacernos estas preguntas a tiempo, a un montón de gente le meten la rata horrible. Pésimos sueldos, pésimas condiciones laborales, trabajos que no tienen futuro o cuyo techo de crecimiento es muy bajo, trabajos en condiciones completamente informales y muchas veces abiertamente ilegales, y, sobre todo, trabajos que no son realmente gratificantes. Si para “hacer lo que te gusta” tienes que dictar tantas horas de clase a la semana que al final del día no te alcanza el tiempo ni para comer, eso definitivamente no cuenta como lo que llamaríamos “trabajo realizado”. Si terminas teniendo que manejar tres o cuatro cachuelos mal pagados simplemente para tener algún ingreso, eso no sería algo que yo llamaría “trabajo realizado”. Y si te encuentras encerrado en el mismo círculo, sin haber avanzado (y con suerte sin haber retrocedido) después de 5, o 10 años, difícilmente creo que eso sea, de nuevo, “trabajo realizado”.

No me malentiendan – cualquier persona que viva y trabaje así, y sea feliz, y le vaya bien, bienvenido sea. No estoy aquí juzgando a nadie. Mi único punto es que, en términos generales, nos terminamos metiendo tanto en el rollo de la filosofía ascética, desprendida del mundo real, que nos olvidamos que al final del día los filósofos también pagan cuentas de agua, luz y teléfono. Y que si no tuviéramos tanto reparo, incluso tanto miedo de pensar, o de discutir, de temas de dinero, tendríamos muchas mejores posibilidades para hacer lo que nos gusta hacer, podríamos tener muchas más libertades para dedicarnos a leer, investigar, discutir, pensar, lo que sea. Pero no lo hacemos porque no tenemos las herramientas para ella – ni siquiera lo conversamos entre nosotros. Entre filósofos quizás a uno nunca se le ocurriría preguntarle al otro cuánto gana, o cómo genera ingresos o cómo los administra, porque lo vemos como algo impropio, algo hasta sucio, cuando en realidad en muchísimas disciplinas esto es completamente normal, cotidiano, aceptable y hasta recomendable. Si no tienes las referencias de lo que hacen otras personas con más o menos tu misma experiencia, formación, e intereses, ¿qué referencias puedes tener?

Claro, éste es mi lado más sofista, porque creo que en esto los sofistas la vieron mucho más clara. Uno se tiene que construir su propia industria del conocimiento, uno tiene habilidades que son de valor para otras personas, que uno disfruta usar, y por usarlas debería ser debidamente compensado, no explotado por la sociedad porque no tiene las herramientas para defenderse. Hay una historia aquí sobre la cual siempre me gusta volver, que en realidad son las dos historias que se cuentan sobre Tales de Mileto: la más conocida es, por supuesto, aquella en la que Tales, por andar mirando hacia las estrellas, preocupándose por cosas de otro orden y no por el mundo material, cae en un hueco, y la sierva de Tracia se burla de él por esto, porque está tan ensimismado (o fuera de sí) que ni siquiera se da cuenta de por donde camina.

La otra, menos conocida, que es la que podemos llamar la venganza de Tales, es aquella en la que Tales, a partir de sus observaciones del movimiento de los astros, adquiere la capacidad para predecir los cambios climáticos, y utiliza ese conocimiento para comprar todos los molinos de grano de Mileto. De modo que cuando el clima cambia según sus predicciones, y sale la cosecha, él tenía el monopolio de los molinos para procesar el grano, y Tales se volvió, para efectos de la época, una especia de Mark Zuckerberg de la Grecia clásica.

A estas alturas, a nadie le será difícil darse cuenta de cuál es mi historia favorita de Tales.

La crisis, la crisis

No soy especialista en el tema económico. Obviamente, eso no me detendrá de opinar al respecto.

Me pasaron el enlace a este artículo de la Reviste Ñ del diario Clarín en Argentina, sobre la renovada popularidad que tiene la obra de Marx en tiempos de crisis. Primero que nada: mucho se habla de Marx, se dice de Marx, se dice que dijo Marx, pero en realidad son pocos los que realmente se toman la molestia de leerlo, o algo más que sus interpretaciones panfletario-setenteras. No está de más tomarse la molestia, sobre todo porque leerlo realmente es fascinante y es una de las mejores maneras de entender el capitalismo (y, por supuesto, sus problemas). Hace poco tuve la suerte de poder conseguirme la edición completa de El Capital publicada por Siglo XXI en 8 tomos, una edición crítica que es, hasta donde sé, la mejor traducción que hay disponible en español.

Tengo varias ideas sueltas sobre este asunto. Pero en general, el asunto gira en torno a cómo, ya que contemplamos estas muertes cíclicas y periódicas del sistema que supuestamente lo mueve todo, más o menos nos vamos dando cuenta que el problema es un poco más profundo de lo que parece. La mano invisible resultó tener síndrome de túnel carpiano. ¿Ahora cómo salimos de ésta?

Ésta es una idea medio pastrulona, pero creo que mucho de la crisis financiera tiene mucho que ver con una crisis de significado. En esto, es altamente probable, cerca del 90%, que esté equivocado. Es tan probable porque si mañana se acabara la crisis y todos felices y contentos, no habría ninguna crisis de significado. Pero mientras dure, el problema de la crisis termina traduciéndose en un problema de que ya no sabemos bien dónde poner nuestra confianza. Si estas grandes instituciones del mercado han colapsado tan colosalmente, si ellos que supuestamente sabían lo que hacían, en verdad no sabían nada, ¿ahora qué hacemos? Y en esta casi-desesperación, casi-angustia, se empieza a hacer patentemente obvio (cuando más duele), que antes tampoco nada tuvo mucho sentido. Que el capitalismo nunca tuvo realmente sentido para nosotros, sino al revés, en la medida en que nosotros le permitíamos al sistema seguir funcionando.

Hasta ahí todo suena horriblemene paranoide, y no quiero sonar tan psicofántico todavía. El asunto es que ahora, de una manera u otra, y no es de hoy ni de la crisis sino de los últimos años, empezamos a reclamarle al capitalismo algo que no tiene, que es sentido. Y él hace su mejor esfuerzo, hay que admitirlo, pero digo que el capitalismo no lo tiene porque la solución al problema del sentido es contraintuitiva (dentro del capitalismo mismo). Implica cosas como preocuparse por las personas, ayudarlas a conseguir la felicidad, a sentirse (realmente) mejor y cosas por el estilo, cosas que no pueden realmente reducirse mucho a variables financieras, lo cual termina siendo un problema. Ahora que hemos desarrollado una armadura tan pesada para los embates psicológicos del mercado – que no funciona, pero igual – le demandamos que realmente nos dé emociones interesantes si es que quiere que le hagamos caso.

Un par de ejemplos de las últimas dos semanas, que encontré de casualidad. La misma compañía, dos reacciones completamente diferentes. Por un lado, un grupo de Facebook con una misión, a mi juicio, ciertamente noble: que no se venda más Barena en el Sargento Pimienta de Barranco. 338 personas (yo incluido) han encontrado este asunto lo suficientemente importante como para sumarse a la causa. ¿Por qué, por qué nos obligarían a tomar una cerveza que nadie, o virtualmente nadie, quiere tomar? ¿Por qué nos haces esto, capitalismo, por qué? Al mismo tiempo, otro grupo de Facebook se dedica a una misión diametralmente inversa: 905 personas se han vuelto fanáticas de la Cusqueña de Trigo. Están dispuestos a afirmárselo al mundo, y a recomendarla públicamente como una muy buena cerveza. Me parece, personalmente, que realmente es una muy buena cerveza. Y ésa es una historia que vale la pena que yo la comparta con las personas a mi alrededor.

Temo que mis ejemplos parecerán un tanto triviales, pero me parece que reflejan claramente el tipo de reacciones que objetos del mercado suscitan en la gente que van más allá de lo económico estrictamente. No es simplemente que no me gusta, ergo no tomo Barena o no voy al Sargento. Quiero ir al Sargento, y en algún nivel espero que por esa afinidad el Sargento me debe algo a mí también, un cierto respeto al no servirme Barena. O al mismo tiempo, valoro suficiente la Cusqueña de Trigo que me parece algo que quiero compartir con los demás, no es suficiente con el simple hecho de seguirla comprando. Nuestras relaciones de significado terminan escapando a explicaciones que se basen sólo en lo económico (aquí, por supuesto, Marx estaría sumamente en desacuerdo conmigo).

Si la crisis entonces está haciendo más evidente el proceso por el cual una crisis de significado se hacía lentamente obvia, es también una oportunidad de re-significar, de rearticular el sentido de por qué hacemos las cosas que hacemos de una manera y no de otra. Primero que nada, preguntándonos una pregunta que en su simplicidad es bastante coherente: ¿realmente queremos que las cosas sean como son? ¿O podrían ser de otra manera, no sé, mejor? ¿Más bonita? Lo que fuera. El problema es que si la crisis se acaba mañana, ya no tendremos un incentivo para formularnos esta pregunta con una cierta urgencia – es algo así como la paradoja de que el petróleo caro sea un incentivo para el desarrollo de tecnologías energéticas alternativas.

Lo interesante me parece aquí que gran parte del paquete de estímulo a la economía estadounidense que ha propuesto Obama está orientado hacia ese nuevo horizonte – en gran medida, emulando aquello que fuera el “New Deal” de Roosevelt en los años 30 para salir de la Gran Depresión. La solución de Obama apunta a no ser solamente una cuestión de gasto, sino una de inversión en la nueva infraestructura que será necesaria para sacar adelante la economía una vez que la crisis pase. Es una cuestión complicada porque los retornos no se podrán percibir en el corto plazo – quizás nunca, si el asunto no funciona – pero es una decisión que se toma con un horizonte a largo plazo. La idea de New Deal, de un nuevo trato, es aquí pertinente: gigantes como Chrysler y General Motors están dependiendo de fondos federales para mantener funcionando operaciones que ya no tienen mucho sentido en este mundo. La rearticulación de un nuevo sentido vendrá no de ver cómo se salvan estos grandes dinosaurios, sino cómo surgen nuevas pequeñas especies que sepan mejor adaptarse a la situación. Y no, por si acaso no me estoy poniendo darwinista social, simplemente me parece una buena analogía.

Éste es un tema que me parece interesante porque no debería resultarnos ajeno. Hace un tiempo escribí, en otro blog al que no le presto suficiente atención, sobre cómo deberíamos de una u otra manera pensar nuestro país para prepararlo para una nueva economía. Es algo que pocas veces – nunca – hemos hecho, proyectarnos hacia un futuro deseable en el cual no somos solamente proveedores de materias primas o mano de obra barata, sino en el que realmente podemos ser participantes, competidores y protagonistas de lo que está pasando. No debería sernos ajeno a la imaginación, por mucho que en la realidad por lo pronto nos eluda un poco. Nosotros mismos escuchamos hablar de planes anticrisis y de fomentar la inversión en infraestructura, y aunque es cierto que tenemos un retraso formidable en la infraestructura necesaria para ejercer cualquier tipo de cambio, me parece que nos quedamos un poco cortos si sólo pretendemos tapar con concreto el problema.

Nuestra inversión en investigación, en ciencia y tecnología, en recursos que nos permitan tener una economía para el final de la crisis y no para el principio, siguen siendo ínfimas. Y es una pena, porque es una gran oportunidad para rearticular el sentido que le damos a la cuestión. Para ponernos en una posición en la cual podemos demandarle cosas al capitalismo y al sistema global, porque ya perdieron todos y entonces ya no hay mucho que nadie pueda decirle a nadie. Es decir, es ahora cuando más deberíamos estarle buscando el sentido a las cosas, y pensando en grande y en las grandes oportunidades de inversión que serán necesarias en 5, 10, 15 años para un nuevo contexto económico.