Ocho libros fundamentales para entender la sociedad de la información

No son los únicos, pero son ciertamente una base fundamental: les dejo aquí una pequeña selección de ocho libros que me parece son imprescindibles para entender el funcionamiento de la sociedad de la información en la época de los medios digitales. La lista podría ser mucho más amplia, pero quería hacer una breve selección arbitraria de libros recientes que me parecen determinantes por una serie de razones. Sin ningún orden en particular, ocho libros fundamentales para entender la sociedad de la información:

Convergence Culture. El libro más importante de Henry Jenkins (a quién deberías conocer si estás interesado en el tema de los media studies) introduce una serie de conceptos sumamente útiles y novedosos, entre ellos el enfoque de la convergencia mediática para entender el cambio tecnológico no como un proceso de reemplazos y desplazamientos, sino como uno de prácticas sociales en constante reinterpretación. Jenkins habla también aquí de su concepto de transmedia para ilustrar la manera como tanto los contenidos que consumimos, como nosotros mismos como consumidores, no existimos ya bajo experiencias mediáticas aisladas, sino que participamos de múltiples experiencias en paralelo e incluso en simultáneo, lo cual introduce nuevas demandas y expectativas hacia las narrativas con las que nos involucramos.

The Wealth of Networks. He comentado hace poco por qué me parece que este libro de Yochai Benkler es un referente imprescindible: Benkler hace una investigación sumamente detallada sobre las prácticas económicas emergentes en el mundo digital y la manera como estas prácticas están generando una nueva forma de producción. La reducción en los costos de transacción y organización hace viables empresas (en todo el sentido de la palabra) que no están necesariamente motivadas por el lucro, sino que contribuyen a la creación y acumulación de capital social entre las personas que participan de ellas. Benkler analiza las maneras como esta nueva forma de producción tiene un enorme potencial para dinamizar una serie de sectores económicos, pero también evalúa la manera como los actores establecidos están colaborando consciente o inconscientemente para entrampar este nuevo universo productivo en gestación. El texto completo del libro pueden encontrarlo en línea.

Understanding Media. Éste es un poco trampa, porque es el más viejo de la lista. Se trata del texto más importante de Marshall McLuhan, donde se acuñaron expresiones confusas como “el medio es el mensaje” o “la aldea global“. A pesar de ser un texto de 1964, sirve como un adelanto de lo que vendrían a ser las consecuencias de la tecnología electrónica en lo que McLuhan llamaba el “hombre tipográfico”, el hombre propio de una cultura formada a partir de la lógica lineal, secuencial, masiva e industrial de la imprenta y la tipografía. McLuhan es sumamente oscuro en este libro y profundizar en sus ideas es complicado, pero su capacidad para adelantarse a cambios tecnológicos que aún no se hacían presentes es sorprendente. Esto es, quizás, propio además de su concepción de la nueva cultura mediática, una concepción de la tecnología donde los efectos se muestran antes que las causas y donde la linealidad del progreso debe ser abandonada por un entendimiento del cambio mediático como transformaciones cualitativas de nuestro entendimiento del mundo.

La era de la información. El magnum opus de Manuel Castells está compuesto por tres volúmenes que establecieron en los 90s la línea de base a partir de la cual entender la sociedad informacional (que, además, distingue por primera vez de la “sociedad de la información”). Castells se da el trabajo de realizar un análisis social de todas las múltiples dimensiones que se ven afectadas por el cambio en los patrones de conducta en la sociedad de la información, cuando dejamos de únicamente circular información (algo propio de todas las sociedades) y la producción, distribución y transformación de información se convierten, más bien, en la actividad económica y social más importante de nuestra cultura. La política, la economía, la identidad, las relaciones sociales, las relaciones internacionales, las afinidades nacionales, el trabajo, el comercio, los medios de comunicación, son sólo algunas de las categorías que Castells evalúa en la manera como se ven impactadas por este cambio fundamental en nuestra actitud hacia el conocimiento y la información.

Free Culture. Este libro de Lawrence Lessig, disponible libremente (también en su traducción en español como Cultura libre) explora la relación compleja que se establece en la economía digital con la legislación en derechos de autor. Lessig plantea que, a medida que más y más de nuestra cultura pasa por alguna forma mediática y tecnológica, y a medida que nuestro uso de la tecnología nos permite hacer cosas nuevas antes impensables, la legislación que regula nuestro consumo de información y de productos culturales no se ha mantenido igualmente dinámica. El aparato legal existente ha llevado a la sociedad a una posición donde una mayoría se ha vuelto delincuente por hacer algo que parece completamente cotidiano y coherente, y en ese sentido la ley se ha vuelto un obstáculo para el florecimiento de nuevas producciones culturales, en lugar de un incentivo. En este libro Lessig establece los fundamentos sobre los cuales se construirá luego el movimiento Creative Commons.

The Long Tail. Chris Anderson, el editor de la revista Wired, introdujo la idea de la larga cola en un artículo para la misma revista en el 2004 (disponible traducido al español) que luego expandió en un libro del mismo nombre. La idea de la larga cola es simple: la tecnología hace que sea más fácil tanto producir como consumir, y esto es en sí mismo un incentivo para que más personas produzcan más cosas en torno a intereses cada vez más específicos, al mismo tiempo que los consumidores pueden fácilmente encontrar cosas por específicas a sus gustos que sean, dado que Internet (con herramientas como Google) hacen muy sencillo conectar la oferta con la demanda. Lo que esto hace posible, sobre todo respecto a economías de bienes virtuales, es que la larga cola de la distribución de Pareto, o todos aquellos productos que antes fueron comercialmente inviables, se vuelven ahora un espacio de oportunidades por explotar en la medida en que se puede agregar la demanda por ellos. Esto abre la puerta para una nueva generación de emprendimientos digitales de pequeña y mediana escala (o incluso enorme escala, como Amazon).

Inteligencia colectiva. Pierre Lévy subtitula esta obra “Por una antropología del cibersespacio”. Lévy explora la manera como el ciberespacio está transformándonos cognitivamente y replanteando nuestras asociaciones sociales en torno a la resolución de problemas. En la sociedad informacional hay tanta información que procesar que es imposible que ningún individuo emprenda esa tarea por sí mismo, pero incluso aquello que un individuo sí necesita procesar es demasiado para sus propias capacidades. Pero esta nueva imposibilidad viene de la mano con tecnologías que nos permiten compartir, cooperar y colaborar de maneras mucho más sencillas que cualquier otra forma conocida, lo cual hace posible que se construyan así inteligencias colectivas: redes conectadas de individuos donde ningún individuo puede saberlo todo, pero todos pueden saber algo y compartirlo con los demás. Para Lévy, éste s el punto de partida de toda una serie de transformaciones en nuestras organizaciones sociales, pues este nuevo principio subvierte la existencia de jerarquías verticales y transforma el significado de ejercer un rol o una función en una organización o estructura social. El texto completo en español se encuentra disponible en línea gracias a una edición virtual de la OMS.

Everything is Miscellaneous. El tema epistemológico es también el interés de David Weinberger, aunque Weinberger lo trabaja más bien desde el punto de vista de cómo ordenamos los conceptos. Según Weinberger, nuestro entendimiento del ordenamiento de la información en la forma de categorías excluyentes es propio de una sociedad que ordena su información utilizando un espacio físico: como el espacio es finito y tiene una serie de características limitantes para la disposición de las cosas, nos hemos visto obligados a adaptar nuestros esquemas mentales a nuestros esquemas físicos. Nuestras mentes, básicamente, funcionan como archivadores, o como librerías. Pero la web elimina esa condición básica: el espacio se vuelve virtualmente infinito, la cantidad de contenido que almacenar y ordenar también, y no se aplican las mismas limitaciones que tenemos en el espacio físico. De repente nos vemos enfrentados a un mundo en el cual todo puede encajar bajo múltiples categorías al mismo tiempo sin que eso sea un problema, excepto porque se vuelve una inmanejable sobrecarga de información. La solución para Weinberger es contraintuitiva: la solución a la sobrecarga de información es más información, información sobre información, para navegar esta nueva red de conocimiento. La información se vuelve un commodity, y saber navegarla y encontrar lo importante se vuelve la habilidad realmente valiosa. El prólogo y el primer capítulo del libro se encuentran disponibles en su sitio web.

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La nueva revolución industrial

Hace unas semanas, Chris Anderson, el editor de Wired, publicó en la revista un artículo sobre la nueva revolución industrial y cómo los nuevos avances tecnológicos en el diseño y la manufactura, y la distribución global de cadenas de producción, estaban inaugurando una nueva época de producción industrial de una escala y un dinamismo inconcebibles para las grandes industrias que conocemos.

El argumento es conocido, al menos si suelen pasar por este blog: la tecnología reduce los costos de transacción para todo tipo de operaciones, en este caso incluso las de producción de objetos físicos. Puedo diseñar productos utilizando computadoras de escritorio, enviar los diseños a una fábrica en China que tiene la tecnología para modelar un prototipo o una producción limitada a un costo accesible, y enviar la producción directamente a cualquier lugar del mundo. Cuando se reducen los costos de transacción de esta manera, son muchas más personas las que pueden participar del juego de la producción, pues es mucho más sencillo que reunir los recursos para construir una fábrica y montar toda la operación que una empresa de este tipo habría requerido antes. Ahora, realmente, bajo este esquema, cualquiera puede ser un productor industrial, un fabricante, un diseñador de productos. O bueno, casi cualquiera.

Quiero desprender de esto, por ahora, tres ideas.

La primera es que este tipo de ordenamientos son precisamente los que favorecen y facilitan la aparición de nuevos tipos de organizaciones. Al poder apuntar a sectores del mercado mucho más específicos, y al mismo tiempo sin estar tan limitados por factores como la geografía, la diversidad de objetivos, públicos, mercados y productos que empiezan a aparecer es abrumadora. Es precisamente lo contrario al modelo industrial clásico que nos dio la General Motors o la General Electric: nos alejamos de productos genéricos, indiferenciables, hacia productos específicos que reflejan mucho más cercanamente intereses y gustos particulares. Este tipo de emprendimientos a pequeña escala es, como ha argumentado antes la misma Wired, lo que la economía mundial necesita hoy para reactivarse, en lugar de los grandes salvatajes financieros e industriales de organizaciones que no tienen incentivos para la innovación (y sí tienen, en cambio, incentivos para mantener el status quo).

La segunda idea es que, si vamos un poco más lejos, lo que vemos es también como el cambio tecnológico transforma las bases de un modelo económico, en este caso, cómo se reestructura el capitalismo o el post-capitalismo ante la crisis de sus instituciones y modelos. Es decir, claro, hoy día puede ser mucho más accesible para cualquiera de nosotros convertirse en un productor industrial haciendo uso de estas tecnologías para producir a escalas, de nuevo, accesibles. Que le permiten a uno justificar sus gastos, e incluso derivar una cierta utilidad de todo que haga que toda la empresa justifique la inversión. Pero a esta escala difícilmente podemos reconstruir el aparato productivo y financiero que conocíamos, más que por agregación: es decir, no por el impacto o los resultados de una sola organización, sino de muchas, de miles, actuando al mismo tiempo, en diferentes lugares y en diferentes sentidos, se puede reconstruir el tejido social y económico. Pero las pretensiones de cada una de las células de ese tejido, sus expectativas, son marcadamente diferentes – sus motivaciones también. Algo así como que, ante el colapso de las grandes instituciones, demasiado lentas para adaptarse a mercados que cambian demasiado rápido, surge una economía de pequeños productores. Pierre Levy, en Inteligencia colectiva, refiere cómo serán organizaciones más chicas, basadas en el conocimiento, las que serán capaces de adaptarse al cambio tecnológico bajo una nueva concepción de su propósito:

Conducir a una movilización efectiva de las competencias. Si se quiere movilizar competencias habría que identificarlas. Y para localizarlas hay que reconocerlas en toda su diversidad. Los conocimientos oficialmente validados solo representan hoy una ínfima minoría de los que son activos. Este aspecto del reconocimiento es capital porque no tiene solo por finalidad una mejor administración de las competencias en las empresas y los colectivos en general, posee también una dimensión etico-política. En la edad del conocimiento, no reconocer al otro en su inteligencia, es negar su verdadera identidad social, es alimentar su resentimiento y su hostilidad, es sustentar la humillación, la frustración de la que nace la violencia. Sin embargo, cuando se valoriza al otro, según la gama variada de sus conocimientos se le permite identificarse de un modo nuevo y positivo, se contribuye a movilizarlo, a desarrollar en él, en cambio, sentimientos de reconocimiento que facilitarán como reacción, la implicación subjetiva de otras personas en proyectos colectivos.

Hay, también, un excelente artículo de Wired de hace unos meses sobre cómo la revolución digital está generando una nueva forma de socialismo en línea – el artículo es bueno, e interesante, pero tiene también muchísimos puntos para discutir.

La tercera idea es, más bien, su aplicación local. Y es que, con todo lo que se dice de que “el Perú avanza” y demás, pues cabría preguntarnos qué estamos haciendo en el marco de tecnologizar, modernizar e innovar nuestra producción, en bienes cuyo valor agregado sea, primordialmente, conocimiento, y no como es hora el caso materias primas para que otros produzcan. ¿Qué es lo que nos falta? El aparato productivo podemos tercerizarlo. ¿Nos falta conocimientos? ¿Ideas? ¿Tecnología? ¿Formación, habilidades? Incluso podríamos suponer que el acceso al capital se ha facilitado en los últimos años. Pero identificar el vacío e invertir en él debería ser una prioridad ahora y por los próximos años, para asegurarnos que estamos entrando a competir en el mercado global del 2020, y no de 1973. Señala Eduardo Ísmodes, en su libro Países sin futuro:

Algunas respuestas en torno al fracaso económico de estos países [que no progresan] se sustentarían en su modo de organización, en su cultura, en su sistema de educación y hasta en sus buena o malas relaciones internacionales.

Entre todas las explicaciones, destaca la siguiente, ya esbozada al inicio del primer capítulo: aquellos países en los que se invierte en educación, así como en investigación, desarrollo e innovación en ciencia y tecnología (I+D+I), crecen de manera regular y sostenida. (…) A pesar de que Irlanda no es uno de los países que más destaca en la inversión en ciencia y tecnología como porcentaje con relación a su PBI, las políticas y las prioridades establecidas al respecto muestran que es posible conseguir incrementos muy significativos en su PBI si continúa con una buena política y con buenos instrumentos de promoción de la ciencia y la tecnología ligadas al desarrollo económico. [Pp. 40-41]

Ísmodes reivindica para este propósito el espacio universitario como la oportunidad para promover la formación de los grupos que podrán generar conocimiento que genere valor agregado en la economía (Ísmodes fue hasta hace unos años decano de la Facultad de Ciencias e Ingeniería de la PUCP).

En los países, regiones o localidades en los que se invierten pocos o nulos recursos para la investigación, el desarrollo y la innovación, las universidades, por lo general, son meras organizaciones dedicadas a recibir y transmitir conocimiento. (…) Las presiones externas y la falta de espacios para la reflexión terminan por convertirlas en fábricas de robots manejadas por robots. (…) Estos canales no formales deben estar asociados a lo que, actualmente, no hace la universidad de un país subdesarrollado: generar conocimiento. [Pp. 156-157]

De alguna manera lo que Ísmodes intenta hacer aquí sigue en la misma línea de lo anterior: aprovechar la manera en la cual la tecnología ha reducido los costos de transacción para organizarnos colectivamente, y explotarlo en el contexto de una organización dedicada al conocimiento como es la universidad (que puede, además, por su agregación de múltiples servicios, reducir aún más los costos). El objetivo va en la misma dirección que el artículo reciente de Anderson: habilitar la plataforma, la infraestructura para que miles de ideas y grupos dispersos puedan, de manerca agregada, reconstruir una economía que necesita desesperadamente innovación y nuevas ideas.

Una nueva lógica de participación

La fragmentación de nuestras identidades responde, en gran medida, a una mayor posibilidad real de expresar un conjunto de intereses más amplio y diverso del que nos era disponible antes. Cuando nuestra experiencia mediática se encontraba mucho más consolidada, el espectro de intereses que podíamos escoger para adherir a nuestras identidades era considerablemente más reducido, con lo cual los patrones predominantes eran considerablemente más predominantes (y de allí que fuera mucho más consistente articular una cultura de masas).

Pero el desarrollo tecnológico del siglo XX cambió y amplió ese espectro de manera decisiva. He escrito ya sobre esto en más detalle hace unos días, pero quiero volver sobre el tema con una mirada un poco más general. Básicamente, nos enfrentamos a un proceso en el cual la tecnología permitió transformar tres categorías de los costos de transacción social que hicieron posible ampliar el espectro de intereses que se comunicaban públicamente. En primer lugar, se redujeron las barreras a los costos de producción de objetos culturales: en lo que refiere a diferentes formas de expresión, información y conocimiento, nuevas tecnologías pusieron en manos de personas no-profesionales la posibilidad de volverse productores. Desde la fotocopiadora, pasando por las cámaras fotográficas, luego las cámaras digitales, el video digital, las computadoras personales, las impresoras láser, etc. – todas estas tecnologías hacían que uno pudiera ser un músico, un escritor, un videógrafo amateur sin tener necesariamente que hacer enormes inversiones para poder experimentar con la producción de objetos culturales.

En segundo lugar, se dio un cambio en los costos de distribución con la aparición de redes informáticas y la web. No sólo ahora podía, con formatos digitales, producir información más fácilmente, sino que con Internet puedo hacerla llegar fácilmente a un público enorme: puedo subir mis videos a YouTube, puedo incluir mis canciones para que se vendan por iTunes, puedo crear un blog que esté automáticamente en línea, disponible para el que quiera leerlo. Pero esto tuvo que ir de la mano, para funcionar, con que en tercer lugar se vieron modificados los costos de acceso a la información: la aparición de Google hizo posible conectar este enorme universo de nuevas producciones con los intereses particulares de consumidores buscando información.

La culminación de este proceso es lo que Chris Anderson ha llamado “la larga cola”, una reinterpretación de la distribución de Pareto ajustada a las condiciones de la economía digital. Según la distribución de Pareto, el 20% de tus actividades genera el 80% de tus resultados – de modo que el 20% de películas, discos, o libros publicados en un año generará a su vez el 80% de las ganancias. Esta misma distribución se aplica a la circulación de una enorme variedad de objetos. Lo que ha resultado de esto es que hemos construido una cultura y un mercado pensados a partir del hit, de aquel producto que se posicione en ese 20% y genere suficientes resultados como para compensar los de todos sus hermanos que se quedaron en el 80% restante. Cuando el espacio físico introduce limitaciones a la manera como podemos distribuir la información, nos vemos limitados a quedarnos con el 20% que apele a la mayor cantidad de gente posible. Pero al mismo tiempo, mientras mayor sea el público menor será el denominador común que le da significado a estos productos. En otras palabras, mientras signifique algo para más personas, significa siempre menos para mí.

El cambio que he eliminado en los costos de transacción producido por la tecnología le saca un poco la vuelta a este ordenamiento. Estas tres dimensiones transformadas hacen posible que esa larga cola de la distribución de Pareto, ese 80% antes invisible, ahora se vuelva potencialmente visible y relevante. Pues aunque no haya en él, quizás, productos e información que le importen a un enorme número masivo de gente como para justificar la inversión en desarrollarlo, puede significar lo suficiente para un número suficientemente grande de gente para organizarse en torno a ese interés. Es decir, quizás un producto de la larga cola no justifica una inversión millonaria para lanzar un producto al mercado; pero sí puede justificar, en cambio, la organización de un grupo de interés en torno a ese tema, donde se intercambia información, se realizan actividades, y se genera toda una dinámica en torno a ese interés sumamente particular. Lo que el cambio tecnológico ha permitido es doble, si no triple: en primer lugar, hace posible que personas con estos múltiples intereses se encuentren unas a otras al hacer la larga cola visible. En segundo lugar, hace posible que estas personas se organicen se maneras sumamente sencillas y accesibles para la exploración y el desarrollo de sus propios intereses y objetivos.

En tercer lugar, y esto le ve en detalle Anderson, es que también permite inaugurar un nuevo mercado en la medida en que es posible agregar y consolidar una enorme cantidad de estos nichos, a un bajo costo, y aún así generar ganancias significativas. Es el caso de Amazon.com, o de iTunes, cuyos catálogos están compuestos por un enorme número de títulos que son rara vez descargados. Pero la suma agregada de lo que venden todos los títulos del 80%, junto con el costo reducido que significa mantenerlos en un catálogo digital, hace que sean un mercado mucho más que interesante.

Lo cual empieza a generar tensiones. La primera es económica, la segunda cultural. En el primer caso, esta facilidad de producción, distribución y acceso al mercado de consumidores hace que muchos intermediarios previamente existentes se vuelvan medianamente irrelevantes. Para el enorme sector de bandas de música que NO son los Rolling Stones o nada cercano a esa categoría, tienen en muchos casos mucho más que ganar regalando su música en línea para ganarse un público y luego ganar cobrando por merchandising o por entradas a conciertos. Los grandes sellos discográficos muestran su irrelevancia para todo el sector que no pertenece al 20% de los megahits, y potencialmente, con el tiempo puede mostrar su irrelevancia para ellos también (como lo están mostrando grupos como Radiohead o Nine Inch Nails). El esfuerzo de las grandes disqueras por defenderse de los golpes de la nueva tecnología no va sólo por el hecho de que pierden dinero cuando los consumidores pueden acceder gratuitamente a su producto, sino que es considerablemente más grave (para ellos): lo que están defendiendo es, en realidad, un modelo de negocios que ya no tiene sentido cuando los patrones y parámetros del consumo y la distribución han cambiado lo suficiente como para volverlo irrelevante. Y lo mismo está ocurriendo en varias otras industrias.

De ello mismo se desprende una tensión cultural. Y es que, en el ámbito de la larga cola se han venido a posicionar una enorme cantidad de nuevos intereses que han encontrado los medios para verse canalizados, agregados y desarrollados en iniciativas comunitarias y colectivas que, como experiencia, tienen mayor significado personal que la participación de la cultura de los megahits. Ésta es la gran paradoja de la globalización: que conforme más se extienden ciertos valores y patrones homogéneos y uniformes, mayor es nuestra necesidad de diferenciarnos y de enraizarnos en algún tipo de forma de experiencia comunitaria donde podamos sentir un sentido de pertenencia. En el mundo digital, esta experiencia comunitaria se construye sobre la base fundamental de compartir información, de la misma manera como antes señalé que hacíamos uso de “utilerías” para expresar nuestras identidades. Compartir información y construir una base de conocimiento compartido con un grupo de gente es el primer paso para empezar a articular el sentido de una comunidad, agrupada en torno a un interés específico. Clay Shirky lo sentencia muy claramente cuando afirma que “the Internet runs on love” (“Internet se mueve por amor”).

Nuestras prácticas en línea consisten en compartir con personas que nos interesan contenidos que nos parecen relevantes, interesantes, y que ameritan ser compartidos con más personas. El sentido de las aplicaciones web de la última generación de servicios está estructurado casi esencialmente en torno al movimiento de circular y compartir información, de apropiársela y de transformarla en el proceso. La tensión surge porque, técnicamente, este proceso por el cual compartimos, apropiamos y transformamos información y conocimiento se encuentra muchas veces al margen, muchas veces en contra de la ley. El acto normal y transparente de enviarle una canción a un amigo, o de compartir un video con otra persona, se vuelve un acto para el cual no tenemos una licencia. No podemos consumir un enorme universo de contenidos con la misma libertad con la cual queremos construir enlaces sociales con otras personas en línea, y los grandes productores de contenido que se han encargado de que así sea quieren perpetuar este estado de cosas justamente porque el cambio en este estado de cosas socava los modelos de negocios sobre los cuales se han construido. Para mantener este estado de cosas han intentado y siguen intentando todo tipo de métodos tanto tecnológicos (filtrados, bloqueos, encripciones, seguros, chequeos, etc.) como legales (mayores penas, multas, extensión de privilegios, etc.), con mayor o menor éxito.

Esto hace, sin embargo, evidente otra cosa: y es que hemos llegado un punto en el cual la tecnología, y la manera como usamos la tecnología, nos permiten hacer más cosas que las que nuestras legislaciones están en capacidad de reconocer, explicar, y censurar o promover. Las categorías de nuestro ordenamiento legal y político simplemente no están en la capacidad de abarcar todo este nuevo universo de fenómenos que no existían cuando fueron formulados. Y ocurre aquí con la legalidad algo parecido a lo que vimos al hablar de las patologías de la identidad: en algún punto tenemos, cuando menos, que ponernos a pensar que si una enorme cantidad de personas se comportan cotidianamente de una manera que los pone al margen de la ley, quizás no se trate tanto que tenemos un incremento en la criminalidad como que deberíamos repensar nuestra legislación. Esto no quiere decir, en absoluto, que por defecto el nuevo patrón de conducta esté “bien” ni nada por el estilo, simplemente quiero decir que si estamos en un punto en el cual criminalizamos cosas que tienen sentido para el sentido común, como diría Lawrence Lessig, quizás es un buen punto para preguntarnos si estamos pensando bien las cosas.

Lo que está aquí en juego, sin embargo, no es solamente el hecho de poder descargar música o películas libremente por Internet. Pues lo que se tiene aquí de fondo es una nueva dinámica de participación colectiva y de organización de comunidades. Indirectamente, cuando los productores de contenido se apoyan en el Estado para generar obstáculos a lo que pueden hacer los individuos que participan de estas comunidades, están introduciendo barreras a la participación que se traducen en múltiples ámbitos. Y es que lo interesante de que las personas empiecen a participar de estas comunidades es que los hábitos de información que se desarrollan, las habilidades que uno adquiere mediante este tipo de participación en el desarrollo de sus propios intereses, son habilidades transferibles que pueden aplicarse en múltiples contextos y no dependen, estrictamente, del interés en torno al cual se hayan desarrollado. Las prácticas que aprendemos – compartir información, comentarla, criticarla, agregarla colectivamente, intercambiar opiniones, manejar discusiones, manejar relaciones grupales, organizar iniciativas, etc. – son prácticas que podemos fácilmente imaginarlas aplicadas a un club de fanáticos del anime como a un grupo que promueve la despenalización del aborto. Lo cual quiere decir, entonces, que cuando introducimos obstáculos para lo que uno puede hacer legítimamente, estamos al mismo tiempo introduciendo obstáculos para lo que puede hacer el otro.

El resultado de todo esto es sumamente interesante, y amerita un análisis mucho más detallado a la vez que crítico, pues hay muchos procesos incompletos e inconclusos, y conclusiones poco claras frente a las que hay que hilar fino. Pero gruesamente, este es el proceso por el cual se ha configurado una arquitectura de la participación que ha transformado nuestro sentido de lo que significa la participación y ha ampliado nuestro sentido de lo que es participar de política y de maneras de intervenir en lo público. Como en otras dimensiones por las que hemos pasado brevemente, la transformación en los costos que enfrentamos para realizar diversas acciones ha inaugurado nuevas posibilidades de acción antes no conocidas – así, por ejemplo, la participación en la esfera política ya no tiene que ir necesariamente mediada por una institución como los partidos políticos.

Ahora, muchas otras preguntas se desprenden que son sumamente relevantes. Primero, aunque todo suena muy bonito, ¿qué hacemos los miles de millones de personas de plano excluidas de esta nueva arquitectura de participación? ¿Qué legitimidad tiene, en ese sentido, cualquier resultado al que podamos llegar por esta vía? ¿Y qué tanto corremos el riesgo de que esta facilidad de articular nuestra propia configuración del mundo no nos encierre sobre nosotros mismos, aislándonos de todo aquello diferente a nuestro punto de vista? De nuevo es importante tener en consideración que lo que el cambio mediático permite, también en esta dimensión, es una serie de amputaciones y extensiones que tenemos la posibilidad de evaluar más cercanamente para entender cómo nuestra cultura está siendo afectada.

Filosofía punk

Un extracto de The Long Tail, de Chris Anderson, traducción mía:

Por un tiempo, la suposición era que para ser músico, la manera correcta de aprender era copiar a los maestros. Así que uno debía tocar covers, leer música, y quizás asistir a un conservatorio. Ésta era la idea de pagar tu derecho de piso: recorre el circuito, toca los estándares, porque eso es lo que la gente quiere (nadie quiere oír tus terribles composiciones originales). Hazlo correctamente.

Pero el rock punk cambió todo el juego. El rock punk dijo: “Bueno, tienes tu guitarra, pero no tienes que hacerlo correctamente. ¡Puedes hacerlo mal! No importa ni un poco si eres un músico talentoso; sólo importa si tienes algo que decir”.

A través del rock punk, tuvimos una serie de voces frescas, sonidos nuevos, y un sentimiento contra el establishment que sólo habría podido venir de fuera del sistema. Era inspirador ver gente allí afuera sin más talento que uno mismo, divirtiéndose, siendo admirados, haciendo algo nuevo. Por ponerlo en términos económicos, el rock punk redujo las barreras de entrada para la creación.

Ahora sustituyan filosofía por rock. DIY.