Ocho libros fundamentales para entender la sociedad de la información

No son los únicos, pero son ciertamente una base fundamental: les dejo aquí una pequeña selección de ocho libros que me parece son imprescindibles para entender el funcionamiento de la sociedad de la información en la época de los medios digitales. La lista podría ser mucho más amplia, pero quería hacer una breve selección arbitraria de libros recientes que me parecen determinantes por una serie de razones. Sin ningún orden en particular, ocho libros fundamentales para entender la sociedad de la información:

Convergence Culture. El libro más importante de Henry Jenkins (a quién deberías conocer si estás interesado en el tema de los media studies) introduce una serie de conceptos sumamente útiles y novedosos, entre ellos el enfoque de la convergencia mediática para entender el cambio tecnológico no como un proceso de reemplazos y desplazamientos, sino como uno de prácticas sociales en constante reinterpretación. Jenkins habla también aquí de su concepto de transmedia para ilustrar la manera como tanto los contenidos que consumimos, como nosotros mismos como consumidores, no existimos ya bajo experiencias mediáticas aisladas, sino que participamos de múltiples experiencias en paralelo e incluso en simultáneo, lo cual introduce nuevas demandas y expectativas hacia las narrativas con las que nos involucramos.

The Wealth of Networks. He comentado hace poco por qué me parece que este libro de Yochai Benkler es un referente imprescindible: Benkler hace una investigación sumamente detallada sobre las prácticas económicas emergentes en el mundo digital y la manera como estas prácticas están generando una nueva forma de producción. La reducción en los costos de transacción y organización hace viables empresas (en todo el sentido de la palabra) que no están necesariamente motivadas por el lucro, sino que contribuyen a la creación y acumulación de capital social entre las personas que participan de ellas. Benkler analiza las maneras como esta nueva forma de producción tiene un enorme potencial para dinamizar una serie de sectores económicos, pero también evalúa la manera como los actores establecidos están colaborando consciente o inconscientemente para entrampar este nuevo universo productivo en gestación. El texto completo del libro pueden encontrarlo en línea.

Understanding Media. Éste es un poco trampa, porque es el más viejo de la lista. Se trata del texto más importante de Marshall McLuhan, donde se acuñaron expresiones confusas como “el medio es el mensaje” o “la aldea global“. A pesar de ser un texto de 1964, sirve como un adelanto de lo que vendrían a ser las consecuencias de la tecnología electrónica en lo que McLuhan llamaba el “hombre tipográfico”, el hombre propio de una cultura formada a partir de la lógica lineal, secuencial, masiva e industrial de la imprenta y la tipografía. McLuhan es sumamente oscuro en este libro y profundizar en sus ideas es complicado, pero su capacidad para adelantarse a cambios tecnológicos que aún no se hacían presentes es sorprendente. Esto es, quizás, propio además de su concepción de la nueva cultura mediática, una concepción de la tecnología donde los efectos se muestran antes que las causas y donde la linealidad del progreso debe ser abandonada por un entendimiento del cambio mediático como transformaciones cualitativas de nuestro entendimiento del mundo.

La era de la información. El magnum opus de Manuel Castells está compuesto por tres volúmenes que establecieron en los 90s la línea de base a partir de la cual entender la sociedad informacional (que, además, distingue por primera vez de la “sociedad de la información”). Castells se da el trabajo de realizar un análisis social de todas las múltiples dimensiones que se ven afectadas por el cambio en los patrones de conducta en la sociedad de la información, cuando dejamos de únicamente circular información (algo propio de todas las sociedades) y la producción, distribución y transformación de información se convierten, más bien, en la actividad económica y social más importante de nuestra cultura. La política, la economía, la identidad, las relaciones sociales, las relaciones internacionales, las afinidades nacionales, el trabajo, el comercio, los medios de comunicación, son sólo algunas de las categorías que Castells evalúa en la manera como se ven impactadas por este cambio fundamental en nuestra actitud hacia el conocimiento y la información.

Free Culture. Este libro de Lawrence Lessig, disponible libremente (también en su traducción en español como Cultura libre) explora la relación compleja que se establece en la economía digital con la legislación en derechos de autor. Lessig plantea que, a medida que más y más de nuestra cultura pasa por alguna forma mediática y tecnológica, y a medida que nuestro uso de la tecnología nos permite hacer cosas nuevas antes impensables, la legislación que regula nuestro consumo de información y de productos culturales no se ha mantenido igualmente dinámica. El aparato legal existente ha llevado a la sociedad a una posición donde una mayoría se ha vuelto delincuente por hacer algo que parece completamente cotidiano y coherente, y en ese sentido la ley se ha vuelto un obstáculo para el florecimiento de nuevas producciones culturales, en lugar de un incentivo. En este libro Lessig establece los fundamentos sobre los cuales se construirá luego el movimiento Creative Commons.

The Long Tail. Chris Anderson, el editor de la revista Wired, introdujo la idea de la larga cola en un artículo para la misma revista en el 2004 (disponible traducido al español) que luego expandió en un libro del mismo nombre. La idea de la larga cola es simple: la tecnología hace que sea más fácil tanto producir como consumir, y esto es en sí mismo un incentivo para que más personas produzcan más cosas en torno a intereses cada vez más específicos, al mismo tiempo que los consumidores pueden fácilmente encontrar cosas por específicas a sus gustos que sean, dado que Internet (con herramientas como Google) hacen muy sencillo conectar la oferta con la demanda. Lo que esto hace posible, sobre todo respecto a economías de bienes virtuales, es que la larga cola de la distribución de Pareto, o todos aquellos productos que antes fueron comercialmente inviables, se vuelven ahora un espacio de oportunidades por explotar en la medida en que se puede agregar la demanda por ellos. Esto abre la puerta para una nueva generación de emprendimientos digitales de pequeña y mediana escala (o incluso enorme escala, como Amazon).

Inteligencia colectiva. Pierre Lévy subtitula esta obra “Por una antropología del cibersespacio”. Lévy explora la manera como el ciberespacio está transformándonos cognitivamente y replanteando nuestras asociaciones sociales en torno a la resolución de problemas. En la sociedad informacional hay tanta información que procesar que es imposible que ningún individuo emprenda esa tarea por sí mismo, pero incluso aquello que un individuo sí necesita procesar es demasiado para sus propias capacidades. Pero esta nueva imposibilidad viene de la mano con tecnologías que nos permiten compartir, cooperar y colaborar de maneras mucho más sencillas que cualquier otra forma conocida, lo cual hace posible que se construyan así inteligencias colectivas: redes conectadas de individuos donde ningún individuo puede saberlo todo, pero todos pueden saber algo y compartirlo con los demás. Para Lévy, éste s el punto de partida de toda una serie de transformaciones en nuestras organizaciones sociales, pues este nuevo principio subvierte la existencia de jerarquías verticales y transforma el significado de ejercer un rol o una función en una organización o estructura social. El texto completo en español se encuentra disponible en línea gracias a una edición virtual de la OMS.

Everything is Miscellaneous. El tema epistemológico es también el interés de David Weinberger, aunque Weinberger lo trabaja más bien desde el punto de vista de cómo ordenamos los conceptos. Según Weinberger, nuestro entendimiento del ordenamiento de la información en la forma de categorías excluyentes es propio de una sociedad que ordena su información utilizando un espacio físico: como el espacio es finito y tiene una serie de características limitantes para la disposición de las cosas, nos hemos visto obligados a adaptar nuestros esquemas mentales a nuestros esquemas físicos. Nuestras mentes, básicamente, funcionan como archivadores, o como librerías. Pero la web elimina esa condición básica: el espacio se vuelve virtualmente infinito, la cantidad de contenido que almacenar y ordenar también, y no se aplican las mismas limitaciones que tenemos en el espacio físico. De repente nos vemos enfrentados a un mundo en el cual todo puede encajar bajo múltiples categorías al mismo tiempo sin que eso sea un problema, excepto porque se vuelve una inmanejable sobrecarga de información. La solución para Weinberger es contraintuitiva: la solución a la sobrecarga de información es más información, información sobre información, para navegar esta nueva red de conocimiento. La información se vuelve un commodity, y saber navegarla y encontrar lo importante se vuelve la habilidad realmente valiosa. El prólogo y el primer capítulo del libro se encuentran disponibles en su sitio web.

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Paréntesis metafilosófico, 2

Mi intención original con este paréntesis metafilósofico era soltar una serie de comentarios de un tirón, pero conforme se fue alargando creo que se volvió pertinente separar las ideas en torno a puntos más generales.

Del canon, del dogma y de la escuela. En la primera parte terminé hablando un poco sobre el problema del canon, en la medida en que me parece que cometemos un error si consideramos que la formación filosófica se limita a comunicar información sobre el canon de libros, autores e ideas que un filósofo debería supuestamente conocer. Los posts sobre el fin de la filosofía de Daniel Luna hablan bastante sobre este tema, y sobre los problemas que se generan en el quehacer filosófico y la operación de sus instituciones.

Este problema está directamente relacionado con el del significado de la formación filosófica. Si consideramos que la formación filosófica es formación de historiadores de la filosofía, entonces sólo se trata de formar nuevas generaciones en el manejo, reproducción y alimentación del canon. Pero esto es fundamentalmente antifilosófico, y de hecho, son la gran mayoría de los grandes filósofos los que podrían citarse en contra de esto. Coincido también con Daniel en que este tipo de actividad filosófica erudita y exegética no tiene nada de malo y es sumamente deseable – el problema es quizás cuando se vuelve la aspiración principal, e incluso peor, única, de la gran mayoría de la comunidad filosófica. Generación tras generación vemos a enormes cantidades de filósofos que estarían dispuestos, en la teoría, a suscribir la tesis de que el quehacer filosófico es más que la acumulación de pies de página a las obras de los grandes autores. Sin embargo, en la práctica solemos más bien encontrar lo contrario. Al punto en que es sumamente frecuente encontrar autores y filósofos que se diferencian entre sí no tanto por sus actitudes o ideas particulares, sino más bien por sus lealtades hacia tal o cual autor.

Esto genera inevitablemente un efecto enorme de caja de resonancia. Las mismas personas se juntan para compartir las mismas ideas en torno a los mismos temas. E incluso entre los mismos filósofos, esto se vuelve un jueguito aburrido, rutinario y poco enriquecedor. No voy a tales o cuales presentaciones, no leo tales o cuales libros, porque no son del canon de mi escuela, no refieren a mi autor preferido. Y, además, este grado creciente de especialización nos vuelve incapaces para interactuar y dialogar significativamente entre escuelas y tendencias: así, por ejemplo, la bifurcación entre analíticos y continentales sigue siendo, a pesar de todo lo dicho y de figuras excepcionales, más la norma que la excepción. Dialogamos en mayor o menor medida con gente con la que estamos principalmente de acuerdo, y allí donde no lo estamos es porque no coincidimos en la interpretación específica de un determinado texto, oración o palabra cuyo correcto sentido asumimos ingenuamente cambiará el destino de occidente por los próximos tres mil años.

¿Adivinen qué? A nadie le importa.

El mundo no es freudiano, no es marxista, no está estructurado lógicamente, no es lacaniano, no es voluntad de poder, etc., etc., etc. Ningún autor ha llegado hasta ahora con “la verdad” definitiva y no es probable que lo hagan – y todos los autores que son considerados como habiéndolo hecho odiarían que los endiosen, que los endogmen, que los conviertan en estatuas más allá de las cuales no se puede ver. Sin embargo, actuamos como si así fuera. Formamos filósofos como si así fuera, como si tuvieran que decidir desde lo más temprano posible del lado de quién están para que aprendan a decir que todos los demás son mentira, y puedan introducirse en el universo de la hiperespecialización.

Esta entrada se marca por el aprendizaje de un lenguaje particular. No sólo está la filosofía de por sí llena de jerga especializada, conforme nos adscribimos a uno u otro autor, a una u otra escuela, empezamos a complejizar la especialización de nuestra jerga, al punto que al cabo de un tiempo sólo podemos conversar con un puñado de gente. No solamente perdemos la capacidad de comunicarnos con “el mundo real”, sino que ni siquiera podemos dialogar con los demás filósofos. Desde que empezamos a ver el mundo únicamente a través de los ojos de un sólo autor, nuestra capacidad para entender otros marcos de referencia y de interactuar significativamente con ellos se reduce enormemente. Ésta es la marca medieval de la formación universitaria, y de la formación filosófica: la formación de maestros a aprendices, donde el aprendiz no ha de superar al maestro sino hasta que éste se lo permita.

Hay un punto central aquí de lo mencionado por Daniel sobre el que quiero hacer énfasis, y es el tema de la interdisciplinariedad. Daniel lo presenta en dos sentidos. El primero es la necesidad del conocimiento de causa sobre aquello de lo que vamos a hablar. Debería parecer obvio, pero si uno quiere hacer filosofía de la ciencia, debería conocer bastante bien el mundo de la ciencia, así como si uno quiere hacer filosofía política, lógica, filosofía de la mente, filosofía del lenguaje, filosofía del derecho, etc., debería estar medianamente informado de lo que habla. En otras palabras: la filosofía es un interlocutor más dentro de una continuidad de discursos y disciplinas que se pronuncian sobre temas comunes. No es la torre de marfil desde la cual uno puede predicar a diferentes disciplinas todo aquello en lo que se equivocan y que deberían hacer de siguiente manera. En la interacción con otras disciplinas la filosofía debe tener la suficiente apertura no sólo para enseñar, sino también para aprender.

¿Verdad trivial? No. Ésta es otra cosa que la mayoría de filósofos suscribiría en la teoría, pero luego no implementaría en la práctica. Desde la torre de marfil de la filosofía nos jactamos de burlarnos de las demás disciplinas, de descartarlas por su falta de rigurosidad, por su desinterés en “las cosas fundamentales”, por su materialidad o materialismo, o lo que fuera. En la práctica, descartamos otros discursos simplemente porque no son la filosofía, pero esto significa también que la filosofía es descartada por los otros discursos, por ser la filosofía. No es tanto que nosotros seamos superiores como para jugar con los demás – es que solemos ser pedantes, y ellos no quieren jugar con nosotros. ¿Para qué lo harían?

El segundo punto de Daniel sobre la interdisciplinariedad se desprende de lo mismo, pero es enfocado desde un punto de vista más práctico. Pues, de hecho, si valoramos la interdisciplinariedad deberíamos trabajar con otras disciplinas. Algo que hacemos bastante poco durante la formación filosófica, y que no es incentivado en gran medida. Lo cual nos da, además, una visión sesgada del mundo: una vez que uno sale al “mundo real”, se empieza a dar cuenta de que en él uno no está rodeado de filósofos, y uno no tiene realmente ninguna legitimación para sentirse especial, superior o importante. Si nos creemos el rollo de la interdisciplinariedad no es realmente suficiente con afirmarlo, y armar un par de mesas en un coloquio donde tres personas hablan de lo mismo desde diferentes puntos de vista, sino que es un trabajo sostenido, complicado, y que requiere de una serie de soportes institucionales y de mucho entrenamiento para poder hacerlo bien. De lo contrario, no es nada más que un discurso vacío.

Futuro del libro / Futuro de la lectura

Algunas cosas que vale la pena leer en los últimos días a partir del lanzamiento del tan voceado iPad de Apple, su relación con el Kindle y cómo algunas personas creen que salvará a la industria editorial. Hace unos días comentaba sobre la manera como el iPad impulsaba una noción de tecnología que infantiliza al consumidor al limitarlo a un uso unidimensional, corporativamente determinado sobre cómo debe funcionar la tecnología. Rupert Murdoch piensa que este tipo de entornos cerrados salvarán a los periódicos y a los libros. Clay Shirk señala que esto es poco probable.

¿Qué ocurre entonces con los libros? En su columna de TechCrunch, Paul Carr escribe, más bien, que el iPad tendrá inevitablemente tanto éxito que terminará por colapsar la lectura como la conocemos. A medida que su promesa tecnológica se consolide, los usuarios empezarán a consumir más su lectura en un dispositivo que ofrece muchas otras cosas que hacer al mismo tiempo – después de leer unas páginas encontraremos inevitablemente el deseo de revisar el correo electrónico o conversar por alguien vía web, o lo que fuera. Según Carr esto elimina una idea de lectura como inmersión, como desconexión prolongada en la cual uno se introduce en el universo del libro y se separa un poco de la realidad. Pero claro – Carr parte de una visión idealizada de lo que es la lectura, romantizada en gran medida.

The iPad is emphatically not a serious readers’ device: the only people who would genuinely consider it a Kindle killer are those for whom the idea of reading for pleasure died years ago; if it was ever alive. The people who will spout bullshit like “I read on screen all day” when what they really mean is “I read the first three paragraphs of the New York Times article I saw linked on Twitter before retweeting it; and then I repeat that process for the next eight hours while pretending to work.” That’s reading in the way that rubbing against women on the subway is sex.

El blog IF:Book, en cambio, postula que podemos pensar en el iPad como una evolución del libro más que una evolución de la computadora. En ese sentido, es un dispositivo que replica el entorno cerrado de un libro más que el entorno abierto de una PC, y que debería entendérsele más como una evolución en ese sentido que en otro. Esto me resulta quizás un poco más difícil de digerir, porque es casi como negarle al iPad ninguna transformación cualitativa. Es como decir que hace lo mismo que el libro, pero considerablemente mejor. Lo cual no me parece tan cierto. Si Carr tiene razón en algo central es que un dispositivo tan enmarcado en torno a la lectura, como el iPad, inevitablemente transformará nuestra noción de lo que significa leer o respecto a lo que es el libro.

Otra respuesta desde el mismo TechCrunch me dejó pensando aún más. Cody Brown considera, más bien, que los libros deberían pasar a ser aplicaciones para entornos como el iPhone o el iPad. Claro, obviamente entonces ya no son libros, sino aplicaciones, pero eso no deja de ser interesante – ¿qué podría buscar o conseguir un autor que difundiera sus ideas de esa manera? Es una manera muy diferente para pensar el contenido.

Once you start thinking of your book as an app you run into all kinds of bizarre questions. Like, do I need to have all of my book accessible at any given time? Why not make it like a game so that in order to get to the next ‘chapter’ you need to pass a test? Does the content of the book even need to be created entirely by me? Can I leave some parts of it open to edit by those who buy it and read it? Do I need to charge $9.99, or can I charge $99.99? Start thinking about how each and everyone one of the iPad’s features can be a tool for an author to more lucidly express whatever it is they want to express and you’ll see that reading isn’t ‘dead’, it’s just getting more sophisticated.

Claro, no quiere decir que no hayamos visto ya un poco de esto con la explosión de contenido que ha permitido la web. Sólo que ahora se vuelve portátil, e integrada con varias dimensiones de nuestra vida en línea en dispositivos como el iPad. Brown dice, en pocas palabras, que Carr tiene razón, pero en otro sentido: no estamos siendo lo suficientemente radicales. No es sólo que la lectura como la conocemos desaparece, sino que tenemos que llevar su reinterpretación a sus consecuencias más extremas. Si leer ya no va a significar lo mismo como actividad cultural, entonces tenemos que ensayar todas las posibles reinterpretaciones para ver cuál es la que nos funciona mejor.

Pensar la tecnología

En gran parte lo que hago aquí es filosofía de la tecnología, en gran parte no porque es necesario ir más allá de la filosofía y más allá de la tecnología. La razón la encontré hace poco en uno de los pasajes bloggeados del libro de Kevin Kelly, New Rules For The New Economy, que también me recuerda mucho a lo que hace unos meses dijera en su visita a Lima Godfrey Reggio sobre la tecnología:

La tecnología ya no está afuera, ya no es extraña, ya no está en la periferia. Está en el centro de nuestras vidas. “La tecnología es la fogata alrededor de la cual nos reunimos”, dice la músico/artista Laurie Anderson. Por décadas, la alta tecnología tenía una presencia marginal. De repente–parpadeamos–está en todas partes y es lo más importante.

La tecnología ha podido infiltrar nuestras vidas al grado al que lo ha hecho porque se ha vuelto más como nosotros. Se ha vuelto orgánica en su estructura. Dado que la tecnología en red se comporta más como un organismo que como una máquina, las metáforas biológicas son mucho más útiles que las mecánicas para entender cómo funciona la economía en red. [Traducción mía]

Siguiendo la misma línea, que también está presente en autores como Marshall McLuhan, es que intento darle algún sentido al fenómeno tecnológico. Últimamente he estado buscando la manera o explorando la idea de empezar a compilar recursos que ayuden en este sentido – textos, autores, discusiones, videos, y demás. Aunque no tengo del todo claro cómo construir esta base, se me ocurrió que sería buena idea empezar a incluir algunas referencias desde la filosofía que me han servido de una u otra manera. La distinción es arbitraria, porque realmente no creo que tenga mucho sentido en la práctica trazar una división entre lo filosófico y lo ni filosófico, pero puede ser de utilidad para ver cómo la tradición filosófica ha venido pensando el problema de la tecnología, de manera directa o indirecta.

  • Karl Marx. La tecnología tiene un rol central y liberador en Marx. Particularmente útiles son La ideología alemana y su magnum opus, El capital. [Recomiendo también las notas de Daniel sobre traducciones de El Capital al español.]
  • G.W.F. Hegel. Aunque en Hegel el tema no es propiamente central, muchos de sus conceptos, tanto antecedentes a Marx como consecuencias de su filosofía del derecho, sirven para explicar mucho de las dinámicas de comunidades que se forman a partir de la tecnología. Aquí vale, justamente, su Filosofía del derecho.
  • Martin Heidegger. Nunca me ha convencido mucho Heidegger hablando sobre tecnología. Pero igual tiene varias ideas que desde el “olvido del ser” tienen bastante valor y relevancia. Recomendaciones: El fin de la filosofía y la tarea del pensar, y La pregunta por la técnica.
  • Walter Benjamin. Con Benjamin la cosa se pone bastante interesante. Aquí todo se juega en La obra de arte en la época de la reproducción técnica, un excelente ensayo sobre cómo reconceptuamos (o no) la experiencia estética.
  • Theodor Adorno y Max Horkheimer. Aunque tienen muy buenas contribuciones individualmente, los pongo aquí juntos porque me refiero, por supuesto, a Dialéctica de la ilustración. La sección que habla de la ilustración como engaño de masas por medio de las industrias culturales es fundamental.
  • Thomas Kuhn. La estructura de las revoluciones científicas es también un muy buen camino para no interpretar ingenuamente las transformaciones que implica el cambio tecnológico y el cambio mediático.
  • Jacques Derrida. Dentro de su cripticismo, Firma, acontecimiento y contexto es un buen puente entre una reflexión que involucra la tecnología y la deconstrucción, en particular en torno al alfabeto y la imprenta.
  • Marshall McLuhan. Comprender los medios de comunicación es un punto de referencia fundamental. La idea de que “el medio es el mensaje” no sólo condensa muchos de los giros filosóficos del siglo XX, sino que también inaugura todo un nuevo espectro para estudiar y analizar los medios de comunicación.
  • Jürgen Habermas. Heredero de la Escuela de Frankfurt, tiene muy buenos trabajos sobre comunicación y opinión pública. Especialmente importantes, Teoría de la acción comunicativa, su magnum opus, y también Historia y crítica de la opinión pública (título mal traducido de lo que debió ser La transformación estructural de la esfera pública).
  • Noam Chomsky. Otra persona que, como Habermas, lo saben todo y lo han leído todo y son casi invencibles. El trabajo Manufacturing Consent de Chomsky con Edward Herman es excelente para entender la influencia de los medios en la política.

(No he revisado los textos enlazados, así que no puedo tener por seguro que sean buenas ediciones o traducciones. Tómenlo como información referencial. Incluí enlaces allí donde pude encontrarlos, faltan un montón y un montón de autores también.)

Y en realidad, según por dónde queramos aproximar el tema, pueden trazarse muchas más conexiones. Quiero empezar a compilar este tipo de cosas pero no sé cómo, ni dónde, ni si vale del todo la pena. Ésta es una lista bien preliminar de referencias dentro de la “filosofía”, que llega, incluso, solamente a los 60s-70s, así que hay muchas más referencias que vincular.

Si alguien tiene alguna idea o sugerencia de cómo empezar a armar un recurso colaborativo más grande, me avisa.