Aquarela do Brasil

La primera vez que vine a Brasil fue hace alrededor de un año. En el camino aquí, la película que me tocó ver en el avión fue Slumdog Millionaire, el drama pseudo-bollywoodense de Danny Boyle que lo hizo acreedor de un Oscar a mejor película, que sigue las vidas de dos chicos de las barriadas indias a medida que van creciendo y la India va creciendo alrededor de ellos. La película es buena, pero el contexto me hizo notarla aún más: Brasil no es la India, pero es parte del bloque conocido como BRIC: Brasil, Rusia, India y China, las nuevas economías que se están volviendo las más importantes del siglo veintiuno por su tamaño y por su ritmo de crecimiento – así como también por el hecho de que su crecimiento está marcado por una serie de conflictos sociales antes, durante y después del crecimiento.

Brasil me dejó sorprendido por la escala en la cual suceden aquí las cosas. Todo es más grande, pero es tanto más grande que termina siendo diferente. No es sólo que Perú juegue en las ligas menores – Brasil juega por completo otro deporte. Lo cual hace tanto más interesante explorarlo, porque aquí se está construyendo una forma distinta de sociedad – no es solamente la forma clásica de democracia liberal que llega al tercer mundo, ni es tampoco una reintepretación del Estado de bienestar, ni nada por el estilo. Es otra cosa, una mezcla pareja de experimentos conscientes y consecuencias no anticipadas.

Desde entonces supe que debía volver para entender mejor lo que aquí estaba pasando, y eso es lo que hice esta vez. Quería entender mejor, encontrar patrones, aprender una serie de cosas de este universo paralelo. Así que esta vez regresé con ese propósito explícito, con la intención de conocer más de cerca experiencias, en particular experiencias tecnológicas que estén ayudando a responder a una serie de conflictos y demandas sociales. Más aún, de qué maneras pueden utilizarse las tecnologías con mayor “promesa” de participación social – la web, las redes sociales y la tecnología móvil – en contextos donde la infraestructura técnica y social es limitada, con poblaciones de bajos ingresos y poco acceso a recursos educativos.

La primera parada en este recorrido fue Río de Janeiro, ciudad que actualmente se encuentra completamente marcada por el prospecto tanto de la Copa del Mundo del 2014, como de las Olimpiadas del 2016. Todo en Río puede rastrearse por uno u otro lado de regreso hasta la preparación para estos eventos: desde la enorme oportunidad de negocios que muchas empresas están anticipando, hasta los conflictos de una ciudad-estado que busca mostrar su mejor cara y maquillar las cicatrices y marcas de la pobreza y la desigualdad: la autopista que lleva del centro de la ciudad al aeropuerto internacional está flanqueada por unos murales altos de plástico, que cumplen el doble propósito de impedir que la gente cruce imprudentemente, pero también de esconder a la vista las favelas que se extienden a ambos lados, a lo largo del camino a través de la zona del puerto.

Escribo esto desde la puerta 22 del aeropuerto internacional Antonio Carlos Jobim – “Galeão” – la mitad del cual se encuentra cerrada, bajo remodelación para estar lista para la avalancha de turistas que llegarán el 2014 y el 2016. En unos minutos debo abordar un vuelo hacia otra megalópolis contemporánea que desborda mi comprensión: Sao Paulo, otra ciudad-estado cuya magnitud y escala están más allá de nuestros conceptos modernos o contemporáneos. A medida que he venido teniendo una serie de conversaciones y entrevistas en Río, y seguramente a través de varias de las que tendré en Sao Paulo, se me hace cada vez más claro que no estamos aquí frente a más de lo mismo, pero en tamaño XL, sino que estamos ante algo diferente. Es una fusión interesante y difícil de discernir, porque hay muchas cosas mezcladas: es difícil recorrer Brasil, por ejemplo, y no captar la influencia aún presente del pensamiento positivista del siglo XIX que fue tan importante en la formación del país. De allí que la bandera brasilera incluya como frase “Ordem e Progresso” – el orden y el progreso enarbolados, justamente, por el positivismo comtiano que encontró gran acogida en Brasil. En su novela La guerra del fin del mundo, Mario Vargas Llosa recoge esta influencia en la presencia en Brasil del frenólogo escocés Galileo Gall, personaje que rinde además un homenaje espiritual a uno de los padres fundadores de la frenología.

Este mismo positivismo está en todas partes: en las gigantescas obras del gobierno federal, en el trazado incesante de las autopistas, en la espectacular empresa de construir una ciudad de la nada, diseñada para servir a la administración del Estado – la capital, Brasilia. Pero este mismo positivismo de alguna manera entra en discusión, cuando no en abierto conflicto, con una cultura de samba, de carnaval, de mucha energía y diversidad que se puede sentir en la manera como la gente no conversa, sino que se grita por las calles.

Por eso era importante para mí venir a ver un poco más, y hasta ahora ha valido totalmente la pena. Porque, además, en este otro deporte al que juega Brasil y al que nosotros aspiramos a jugar algún día, tenemos muchísimo por aprender y, felizmente para nosotros, ellos tienen muchísimas ganas para enseñar. De modo que en los últimos días he recogido una serie de ideas y conceptos sumamente útiles para entender la creación y el uso de tecnología en nuestra región, así como para visualizar con mayor claridad el espectro de posibilidades y oportunidades que tenemos disponibles.

Mientras tanto, ahora me toca subirme a otro avión.

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