Paréntesis metafilosófico, 4

De la filosofía como laboratorio. Quiero finalizar, brevemente, considerando algunas de las características que tiene esta reconcepción del quehacer filosófico, tanto teórica como prácticamente. Me gustaría esbozar una idea posible de hacer filosofía que responda a algunos de los problemas que he mencionado, a partir de las ideas de Daniel Luna. ¿Cómo podemos reintroducir en la formación filosófica la importancia de la originalidad y la creatividad? ¿Cortar con la depenencia de ciertos cánones y con la adscripción hiperespecializada a autores y escuelas? Que, además, sea capaz de dialogar consigo misma y con otras disciplinas productivamente.

Me gusta la idea de una filosofía como laboratorio. Me gusta porque creo que reivindica uno de los componentes principales que hemos intentado censurar, que es la importancia del fracaso como constituyente del proceso formativo. Estamos aterrados del fracaso, y por extensión aterrados de tomar riesgos. Nos enseñan miles de formas posibles de evitar los riesgos: no afirmar más de lo que podemos respaldar con otros autores, inundarnos de notas al pie de página y bibliografía para que nuestros lectores hipotéticos crean en lo que decimos, mantenernos siempre dentro de ciertos parámetros que no desafíen mucho los límites de lo establecido. Mientras no amenaces a nadie, te irá bien. Y lo aprendemos excelentemente. Y vamos a un simposio de estudiantes y podremos ver lo excelentemente bien que lo aprendemos y lo aplicamos.

Pero eso hace que no nos atrevamos a postular la hipótesis sugerente, la reinterpretación interesante, o el desafío punzante que sabemos causará una polémica dolorosa, que nos atacarán por eso, haremos el ridículo públicamente y seremos recordados eternamente por eso. Por hemos construido un sistema en torno al inmenso costo del éxito: no se supone que nos vaya bien desde temprano. Se supone que debemos acumular y acumular trabajo de hormiga durante muchos años, para que después de decir muchas cosas de poca envergadura nos ganemos el derecho de que nos hagan algo de caso cuando digamos algo bastante más pesado. Lo que no te dicen es que para cuando tengas ese derecho ganado, probablemente las ganas de soltar las tesis arriesgadas ya se te hayan ido por completo.

Del mundo de la informática he aprendido dos ideas que me parece se aplican excelentemente bien a esta nueva forma de entender la filosofía. Una es la manera como Google entiende sus procesos de desarrollo de software: “release early, release often, iterate”. No esperar a la perfección, sino que una vez que uno tiene un modelo funcional, lo lanza al mundo tan pronto como puede, precisamente para que sea destruido, criticado, ampliado, extendido, mejorado, colapsado. A partir de eso uno puede revisar su modelo, mejorarlo en todo lo posible, y lanzarlo de nuevo. En lugar de apuntar hacia un éxito sumamente caro, es la estrategia que apuesta por un fracaso sumamente barato: se anticipa que el producto fallará, por tanto cuando lo hace, nadie se sorprende ni se ofende, sino que es el inicio del ciclo de mejoramiento del modelo.

Ésta idea va sumamente de la mano con la idea detrás de “rapid prototyping”. Como su nombre lo indica, consiste en reducir al mínimo posible el tiempo entre la idea original y la construcción de un prototipo. En lugar de esperar a tener el concepto y el diseño perfectos, pulidos totalmente, y luego mandarlos a producción, se trata de coger la idea embrionaria y construirla lo antes posible, para luego, de nuevo, irla mejorando. El primer prototipo, muy probablemente, será nefasto, pero no importa, pues ése es su objetivo.

¿Qué pasaría si hiciéramos lo mismo con la filosofía? Tendríamos un escenario en el cual la gente no entiende los productos filosóficos – una tesis, un artículo, una conferencia, un libro, etc. – solamente como productos, como el resultado de un largo y dedicado proceso en solitario de investigación detallada y pormenorizada, sino como un proceso abierto y siempre cambiante. Compartir y discutir ideas todo el tiempo, e irlas mejorando permanentemente. Estar constantemente en discusión con los demás, con otros lenguaje y otras perspectivas, para ir mejorando mi modelo y mis ideas, para irlas haciendo más sólidas.

Reducir el costo social del fracaso quiere decir, también, que hay mucho más espacio para tomar riesgos respecto a las ideas que planteamos. Porque ya no estamos poniendo en juego el trabajo de meses, o años, de investigación que podrían ser tirados por la borda, sino que mucho más rápidamente podemos evaluar el mérito, el potencial y el interés de una idea si estamos dispuestos a compartirla desde temprano, antes de decidirnos a alimentarla. Esto también cambia nuestra actitud hacia los productos y las ideas de otras personas: si empezamos a asumir que todos estos productos están siempre en su versión “beta”, la crítica y la discusión se vuelven la norma y no la excepción, pero ya no con el significado ácido de destruir el trabajo del otro (porque finalmente es un trabajo en beta), sino simplemente por un tema de interés.

Creo que recién estamos empezando a ver los primeros esbozos de esto – creo, también, que es bastante significativo que esta discusión surja y circule a través de diferentes posts en blogs de filosofía. Empezar a publicar en un blog implica reconocer, en primer lugar, que se publica para discutir, y al mismo tiempo que se publican ideas en borrador, que van mejorando constantemente. Y eso está bien: significa que hay mayor espacio para la experimentación, para el descubrimiento y para la interacción. Durante tres años y medio yo he tratado este blog como mi propio laboratorio personal – donde publico ideas que utilizo luego en clases, en presentaciones, en ponencias, etc. Cada artículo individual de este blog no es quizás tan interesante, pero para mí, a título personal, me permite volver sobre una historia de tres años y medio donde puedo revisar cómo mis propias ideas han ido evolucionando, en discusión y en referencia a otros autores e ideas que existen también en la web.

No intento decir ni por asomo que el nuevo quehacer filosófico es filosofía en blogs. Eso sería tonto e incompleto. Pero es un esbozo, una característica, un ejemplo. ¿Qué más se puede armar a partir de aquí? El costo de asociarnos está en el piso. Formar grupos de lectura, grupos de trabajo interdisciplinarios es más fácil que nunca, y no tienen por qué girar, como ilustra Alejandro León, únicamente en torno a la figura de la lectura colectiva de un texto. Un grupo de trabajo puede producir constantemente – puede publicar actas, artículos, discusiones, videos, opiniones, lo que fuera. Puede publicar un blog, puede crear una página en Facebook, puede imprimir y fotocopiar un fanzine de filosofía, ¿por qué no? Editen un libro colectivo – 10 personas, 10 artículos, 10 copias cada uno son 100 copias, repártanlas por el mundo y discútanlas, impriman más a pedido. Pueden armar grupos de discusión, filmarlos y colgarlos en YouTube. O escriban los artículos y organicen simposios, de ingreso libre, con artículos escritos en un lenguaje accesible, y empiecen a invitar gente. Empiecen a hacerlo regularmente y vayan ajustando la mecánica según los resultados que obtengan. Todo esto es fácil de hacer cuando lo enfocamos como diferentes formas de experimentos, no como instanciaciones del espíritu absoluto haciendo su paso por el mundo.

Sí, todo esto suena bastante poco académico, pero eso no me preocupa mucho, porque no me suena poco filosófico. Finalmente, se discuten y debaten ideas, se hacen y comparten propuestas, y una de las cosas más interesantes: se presentan ante un público que no necesariamente es especializado. Creo que esto es sumamente valioso porque rompe con el encierro académico que marca a la filosofía, el mismo encierro académico que hacía que botaran a Pitufo Filósofo de todos los episodios de los Pitufos. Era insoportable, diciéndole a los demás cómo debían hacer las cosas. Si no queremos ser expulsados de la polis de la misma manera, no debemos pretender educar, sino conversar con los demás, romper con ese encierro académico.

No es ni sería la única forma de hacer filosofía, ni tendría por qué serlo. Es la manera como yo me imagino hacer filosofía y la encuentro, al mismo tiempo, divertidad: porque así como no pienso que la filosofía sea una magna tarea, especial entre todas las demás, tampoco creo que tenga que ser una obra de sufrimiento intelectual, de sacrificio por el avance de la humanidad. La filosofía también debería ser una actividad divertida, interesante y gratificante para quienes se sienten en la libertad de ejercerla, que no necesariamente tiene que ser algo limitado por los parámetros que conocemos del mundo académico. Hacer filosofía no es, ni debería ser, sinónimo de conocer la historia de la filosofía.

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