Al infinito y más allá

Dos cosas podemos comentar sobre las posibilidades de la nueva revolución industrial: primero, que pone a disponibilidad de diferentes sociedades plataformas tecnológicas de producción que reducen las inversiones necesarias para desarrollar e innovar tecnología; segundo, que el uso de esas plataformas para formular y desarrollar esas nuevas tecnologías se convierte en un elemento fundamental para el desarrollo de economías en las sociedades informacionales.

A pesar de eso, la inversión en ciencia y desarrollo tecnológico suele ser vista como poco rentable o justificada, sobre todo a la luz de otras prioridades sociales. Si hay hambre, desempleo, o falta de acceso a servicios de salud en una sociedad, se argumenta -de manera completamente razonable- que deberían primero atenderse esas necesidades fundamentales antes de pensar en problemas de ciencia y tecnología. La paradoja se hace evidente cuando caemos en cuenta de que para romper el círculo de la pobreza y alcanzar niveles más altos de productividad, se hace necesario realizar tales inversiones que generan, a largo plazo, retornos mucho mayores.

Hace unos días, el gobierno boliviano anunció la creación de una nueva Agencia Espacial Boliviana que tendrá a su cargo la ejecución del proyecto de lanzamiento del primer satélite boliviano, Túpac Katari. El proyecto se realizará en 36 meses y a un costo de US$300 millones, con colaboración del gobierno chino para la construcción y lanzamiento del satélite, y la transferencia tecnológica necesaria para su monitoreo y administración desde La Paz. Con esto Bolivia planea reducir a la mitad su costo anual en uso de infraestructura satelital (según cálculos simples, un ahorro de al menos US$75 millones a través de los 15 años considerados en el proyecto), pero ciertamente lo más interesante del asunto terminará siendo el ecosistema tecnológico que esto genera: por un lado, la posibilidad de brindar esos mismos servicios a otros países u organizaciones, y más aún, las tecnologías, los productos y los servicios que pueden desarrollarse a partir de esta transferencia de conocimiento.

El impacto de este tipo de inversiones es sistémico. No estamos hablando solamente aquí del ahorro que puede generar tener un satélite propio -si el proyecto me cuesta 300 millones para ahorrarme 75, ése no puede ser todo su sentido- sino de las posibilidades que introduce en términos de tecnologías adquiridas, trabajadores y especialistas capacitados, productos de conocimiento desarrollados, información recogida, etc. Tener una agencia espacial no quiere decir necesariamente que uno está pensando en cómo pondrá personas en la luna, o en Marte, sino simplemente que está pensando en las posibilidades que aporta el espacio, como por ejemplo para las telecomunicaciones. Estas posibilidades no son triviales ni son simplemente marketing, como lo atestiguan la creación, en los últimos años, de aparatos aeroespaciales significativos tanto en India como en China, y la creciente importancia que la industria privada está teniendo en proyecto espaciales tanto en Estados Unidos como en Rusia.

De hecho, ayer Barack Obama delineó lo que será su nueva política para la exploración espacial. Difícilmente una revolución absoluta, pero inyecta energía en un sector y una agencia -la NASA- que han perdido terreno y relevancia en los últimos años. Con la pronta desactivación del programa del transbordador espacial, el futuro de los Estados Unidos en el espacio resultaba aún más una incógnita, hasta el anuncio de ayer del presidente Obama se una serie de inversiones, a partir de un incremento de US$6 mil millones de dólares en el presupuesto de NASA, para nuevas tecnologías que permitan llevar cargas pesadas fuera de la atmósfera terrestre a un bajo costo, así como futuras misiones a asteroides cercanos a la Tierra y, eventualmente, a Marte.

El comentario de Phil Plait a la nueva política anunciada tiene dos pequeños pasajes que llamaron mi atención. El primero es sobre el tiempo que han tomado en hacer efecto las malas decisiones:

Another complaint with little or no merit […] is that once the Shuttle is over, we need to borrow a lift from the Russians to get to space. As much as I’d like to see us with our own, independent, and healthy space program, I don’t see riding with the Russians as entirely a bad thing. It’s cheaper than the Shuttle, by a large amount. The bad political decisions involving NASA for the past forty years have put us in this predicament, not anything Obama has done over the past 15 months.

Y el segundo es sobre la relación con las iniciativas aeroespaciales del sector privado:

As far as relying on private space, I have been clear about that: NASA should not be doing the routine, like going to low Earth orbit. Let private companies do that now that the technology has become attainable by them. NASA needs to innovate. And I’ll note that NASA has relied on private space venture — Boeing, Lockheed, and many others — for decades. This is hardly new.

Esto segundo pareciera contraintuitivo. Pues uno pensaría, más bien, que sería el sector privado el que innovaría, como lo ha hecho, por ejemplo, con iniciativas como el X Prize. El problema aquí parecería ser, sin embargo, que por la presión en los últimos años por investigaciones científicas y tecnológicas en el sector privado que generen retornos rápidos y cuantiosos, que las tecnologías y plataformas de alcance amplio necesarias no pueden venir por esta vía. No porque estén imposibilitadas de hacerlo, sino porque las organizaciones no están invirtiendo de esta manera – como señala Plait, realizando inversiones que contemplen marcos de tiempo de 40 o 50 años. La mayoría de inversiones en productos tecnológicos, hoy, se realizan para generar retornos quizás en 5 o 10 años. Cualquier otra cosa es vista como demasiado abstracta como para recibir financiamiento privado.

No es un defecto intrínseco a la inversión privada en ciencia y tecnología, simplemente un rasgo que ha aparecido en los últimos años. Un comentario en la discusión en Slashdot hace poco respecto a la nueva ciudad científica planeada por el gobierno ruso echa un poco más de luz sobre esto:

Bell back in the regulated monopoly days was with out a doubt mature and financially stable. They could do research that might not pay off for 30 years because they knew they would be around in 30 years to benefit from it. They also built infrastructure that would last for decades even if it cost more for that same reason.

IBM still produces a lot of basic science for that same reason. They believe that they will be around for another 100 years. GE, DuPont, and Dow chemical used to and probably still do a lot of basic research for that same reason. They are mature and frankly a lot of their profitability is based on science so they benefit from research.

En otras palabras: hoy día entendemos innovación tecnológica en términos de un nuevo modelo de iPhone. Pero no tenemos, o virtualmente no tenemos, organizaciones con la libertad para realizar inversiones en investigación cuyos frutos recién aparecerán en 40 o 50 años, aquellas tecnologías que significarán cambios realmente revolucionarios en nuestras vidas cotidianas. De hecho, muchas de las innovaciones que reconocemos hoy cotidianamente son posibles, justamente, como resultado de innovaciones producto de investigaciones de hace 40 o 50 años.

La moraleja de todo esto es que se vuelve importante recuperar una cierta capacidad para proyectarnos e imaginar futuros posibles, aunque puedan parecer absolutamente inverosímiles en la actualidad. Preguntas que parecen caricaturescas, como cómo nos defenderemos de un asteroide que choque contra la Tierra, cómo lanzará el Perú si primer satélite al espacio (cuando ni siquiera puede lanzar bien el Metropolitano), cómo nos estableceremos en la luna, y así sucesivamente, son preguntas grandes sobre las que vale la pena pensar porque se convertirán en el horizonte que dirige nuestra investigación presente.

P.D.: Terminé de escribir el post y encontré que, inevitablemente, XKCD lo resumió todo mucho mejor que yo.

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