La burocratización del mundo

No son pocos los autores que denuncian, desde principios del siglo XX, los peligros de la burocratización como un principio que empieza a volverse ubicuo y dominante en nuestras sociedades. Conforme la complejidad de nuestros aparatos institucionales y organizacionales va en aumento (por ejemplo, conforme las necesidades de un imperio para administrar sus territorios de ultramar se van volviendo cada más complicadas de manejar), surge la necesidad administrativa de crear capas y procedimientos que permitan mantener los asuntos más o menos uniformes, de aportar cierto orden. La burocracia aparece como el remedio frente al caos que enfrentamos cuando las operaciones adquieren una escala difícil de manejar: los burócratas se vuelven los agentes del orden en el sentido de que brindan articulación y coherencia a un aparato que, de otra manera, sería caótico y vulnerable.

Con el tiempo, lo hemos burocratizado todo. Procedimientos, procesos, reglamentos, códigos, responsables designados, y demás principios y herramientas que hemos utilizado para, de nuevo, mantener un cierto orden y coherencia: sólo por medio de estos procesos, por ejemplo, un Estado puede operar de la misma manera tanto en el norte como en el sur de su territorio, aún cuando ambos puedan ser realidades muy diferentes.

Pero el principio organizativo de la burocracia esconde dos amenazas. La primera es aquella de la que advierten autores como Adorno, Horkheimer o Hannah Arendt, notablemente frente al ascenso, la consolidación y luego la caída del Tercer Reich: la burocratización esconde la semilla del totalitarismo, porque en la burocratización del poder político, o del poder en general, se esconde la capacidad para eliminar la responsabilidad por las acciones. En la burocracia, como señalaba Arendt, se tiene el gobierno de nadie, porque nadie es propiamente responsable por ninguna acción: lo único que se tiene son burócratas que mantienen el status quo, perpetúan las cosas como son cumpliendo los procedimientos sin nunca detenerse para preguntar si lo que hacen está bien o está mal. La burocratización fragmenta acciones en partes tan minúsculas que ser responsable por cualquiera de ellas no lo hace a uno responsable por ninguna parte significativa de la cadena. Y allí donde algo falle, el responsable siempre puede echarle la culpa al procedimiento, a la norma, y escudarse en el conocido argumento de que uno sólo seguía la regla establecida, cumplía el rol de la burocracia, y nadie es, entonces, realmente culpable.

La segunda amenaza me parece que se puede encontrar en las ideas de Seth Godin (entre otras cosas, filósofo y marketero). Se desprende, además, de la idea anterior: no solamente la burocracia diluye la responsabilidad y sirve sólo como aparato reproductor del status quo, sino que, por lo mismo, la burocratización del mundo elimina todos los incentivos para la innovación y para la creación de nuevas ideas. La burocracia no es creativa, y no puede serlo, porque sería atentar contra sí misma. En la medida en que aquellos sujetos a sus procedimientos se limiten a reproducirlos una y otra vez, nunca dedicarán tiempo a cuestionar si el procedimiento es correcto, si el orden establecido no podría ser mejor, no podría hacer felices a las personas en lugar de sólo servir a su propia estabilidad y reproducción. En un mundo burocratizado, las ideas nuevas son peligrosas, porque amenazan a la propia burocracia.

Este delirio kafkiano puede sonar primordialmente limitado al ámbito de lo político, pero no es así. Lo hemos burocratizado todo. La educación, el comercio, la economía. Incluso aquellos sectores que deberían ser más innovadores han conseguido entramparse en tantas capas de burocracia que terminan por eliminar todos aquellos incentivos que son, precisamente, lo que las hace esferas interesantes y relevantes para la vida humana.

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