Activismo

Lejos de casa por unos días, he tenido oportunidad de ver un poco más -bastante más- de televisión estadounidense, sobre todo las noticias, y es una experiencia diferente. Me sorprende, sobre todo, una contradicción extraña: que uno tras otro, pasan por televisión una serie de líderes políticos y de opinión conservadores quejándose del gobierno, de las políticas y diciendo que todo está mal, e incluso creo que aparecen más que los del otro lado. Pero justamente, el presidente escogido es mucho más liberal de lo que los comentaristas en televisión parecerían indicar. Claro, podría tratarse simplemente de un selectivismo cognitivo: simplemente presto más atención a los conservadores, resaltan más para mí, porque me molestan más.

El asunto viene al caso porque anoche, viendo el programa de Glenn Beck en Fox News -el bastión de la televisión conservadora en EEUU- caí en cuenta de una cuestión extraña. Primero un flashback a la campaña de Obama: mucho de lo que se atribuye de exitosa a la campaña radica en la capacidad que tuvo de movilizar enormes cantidades de gente, sobre todo jóvenes, para tomar un rol mucho más activo en el desarrollo de la política de su país. Esta movilización y este involucramiento tomaron muchísimas formas, desde las más tradicionales como ofrecerse como voluntarios para apoyar la campaña, hasta cosas menos convencionales y más nuevas en el uso de medios y tecnologías para reproducir y difundir más los mensajes de la campaña entre redes sociales. Entonces, lo que la campaña de Obama consiguió, y sigue consiguiendo, es activar e involucrar mucho más a personas que antes se encontraban desconectadas del proceso político, para informarse, expresarse y participar de los procesos, y en ellos radica, quizás, su propuesta más innovadora.

De vuelta a Glenn Beck. En el programa que pude ver anoche, Beck, uno de los conductores de radio y televisión conservadores más importantes por estas latitudes, estaba rodeado de una multitud de personas que habían participado de las fiestas del té organizadas la semana pasada. Para los que no las conocen, estas fiestas fueron eventos organizados por grupos conservadores y respaldadas por medios como Fox News y políticos del Partido Republicano, que hacían referencia simbólica al Boston Tea Party, cuando insurgentes continentales botaron al río el cargamento de té de los barcos ingleses, dando inicio a la Revolución Norteamericana. Estas nuevas “fiestas del té” buscan canalizar y expresar el rechazo de los sectores conservadores de la población a las políticas que está llevando adelante el gobierno de Obama con el respaldo de un congreso controlado por los demócratas, y por eso mismo hay muchos intereses poco claros detrás de ellas. Pero discutir su origen, motivo, intereses y demás no es mi punto aquí. Mi punto es la gente con la que estaba Beck.

Al principio del programa, Beck hace un repaso del grupo. La mayoría religiosa, muchos de ellos poseedores de armas, ex-militares, un grupo en general bastante conservador. El gran denominador que los unía era, sin embargo, no sólo haber participado y en muchos casos organizado estas celebraciones, sino también su desencanto y desencuentro con el propio Partido Republicano que uno habría asumido los representaría. Resultaba ser que no era éste el caso.

Ahora, pongamos este desencanto de los conservadores con la campaña de Obama: la campaña no fue exitosa, ni llevó a Obama a la Casa Blanca, porque estuviera construida sobre una base partidaria particular. Obama logró movilizar mucha gente completamente decepcionada de la política partidaria estadounidense, ofreciéndoles una plataforma de participación que prometía, además, estar más allá de las especificidadesdes del Partido Demócrata. La plataforma del cambio era justamente una que iba en contra de la misma lógica sobre la que había venido funcionando Washington. Es, en otras palabras, el mismo desencanto con la “política tradicional” y su separación de los intereses de los ciudadanos, lo que ayudó, en un caso, a alimentar la maquinaria participativa de la campaña de Obama, y en el otro a movilizar a los grupos conservadores a organizar las fiestas del té.

Allí lo que me resultó más interesante del programa de Beck. Una de sus preguntas era sobre cuántos de los asistentes se consideraban, históricamente, “activistas” -y usaba un tono particularmente peyorativo para decir esto-. Y luego, cuántos de ellos, ahora, se consideraban activistas, y también “reluctant activists“, algo así como activistas contra su voluntad. Muchos de ellos levantaron la mano en ambas categorías. He aquí lo interesante: todos ellos se habían vuelto participantes más activos, expresivos, en el proceso político para expresar su rechazo a la política de Obama. Que es, finalmente, lo que la lógica de su campaña y de su plataforma proponen finalmente, la posibilidad y el valor de que los ciudadanos no sean solamente espectadores del proceso político, sino que se involucren activamente en la defensa de sus propios intereses. De una manera extraña, y un tanto perversa, las fiestas del té organizadas en contra de Obama, son justamente ratificaciones de su lógica y de su propuesta. Allí donde antes sólo los grupos de “izquierda” (las comillas son porque la izquierda gringa es una cosa, digamos, “especial”) conseguían movilizarse y movilizar para la organización de campañas, Obama consiguió ampliar este espectro para incluir a una enorme cantidad de gente que no se sentía representada por ningún sector político existente, pero que acostumbrado a la nueva lógica mediática, quizás, encontraba necesario que sus intereses fueran escuchados. Para ello, tenía que construirse un nuevo espacio que no estuviera, al menos del todo, regido por la lógica de los partidos.

Ese primer espectro que se movilizó se amplía, ahora, para incluir a un grupo grande de activistas conservadores, quienes casi por definición no se movilizan. Son un grupo que puede, prácticamente, confiar en que el status quo será mantenido porque, finalmente, eso es lo que hace que el status quo sea lo que es. Pero ahora que esto se ve amenazado o puesto bajo cuestionamiento, ellos también encuentran la necesidad y ven el valor de movilizarse, organizarse, y articularse dentro de la plataforma participativa para que sus intereses se vean atendidos. La lógica no es, punto por punto, la misma, pero es lo suficientemente análoga como para trazar una línea que relacione todo este proceso. Entonces, al final, estos nuevos activistas conservadores se ven movilizados por la misma dinámica del aparato participativo puesto en movimiento por Obama, aunque sea para expresarse en contra de este aparato y de las políticas que está generando. Y este espacio de participación reclama, de alguna manera, espacios ideológicos más flexibles que no estén monopolizados por los partidos políticos.

Una última nota sobre esto. Y es que, muchas veces he escuchado que este tipo de participación y organización encierra un alto riesgo porque socava la democracia de partidos al generar espacios alternativos de expresión y participación política, que no se ven canalizados luego hacia el proceso partidario. El valor sería mayor, se dice, si esta misma energía e iniciativa se volcara al trabajo y la participación dentro de los partidos. El asunto es que creo que este argumento está viciado: no hay una alternativa, no es como que podemos decirle a los jóvenes que participan de estos procesos “muchachos, chévere lo que hacen, pero por favor háganlo dentro de algún partido”, porque entonces simplemente no lo harán. El que esta dinámica tenga lugar es atribuible, me parece, precisamente a que la política partidaria ya no es capaz de brindar espacios suficientemente dinámicos e interesantes como para involucrar a nuevas generaciones que están acostumbradas a que su voz sea escuchada ya, no dentro de 10 años si se toman el trabajo de operar dentro de la maquinaria del partido. No creo que debamos preservar la forma del “partido político” tal como lo conocemos solamente porque nos parece consustancial a la democracia, sino que estamos viendo tanto como los partidos tienen que rediseñarse y reconceptuarse para sobrevivir, al mismo tiempo que surgen nuevos espacios de participación política que les hacen la competencia por la energía y el apoyo de nuevos constituyentes. Así como el nuevo panorama mediático nos obliga a lidiar con un cierto desorden y confusión en la información, el nuevo panorama política nos obliga a enfrentarnos a un esquema en el que las estructuras y los canales no son tan totémicos, y los participantes reclaman nuevas maneras, más interesantes personalmente, de involucrarse.

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