Facebook, espacios públicos y acciones colectivas

Dándole vueltas a la reciente controversia sobre los términos de uso del Facebook, hice referencia a varias ideas en el blog de Jenna McWilliams al respecto que me pareció ilustraban muy bien el fondo del asunto. Jenna respondió de nuevo con algunas otras cosas y comentando el post en su blog quedaron un par de ideas que quiero elaborar un poco más, y quizás, espero, den para seguirlas comentando en los siguientes días.

La primera de estas ideas es en torno a cómo el ejemplo de Facebook cuadra bien dentro de una cierta nueva concepción de un capitalismo en busca de significados ulteriores. Algo de esto apunté hace poco en torno a la crisis financiera, tratando de pensarla un poco también como una crisis de significados: esperamos hoy más de los productos y servicios que consumimos que simplemente la satisfacción de demandas inmediatas. Ahora, esperamos también que nos brinden el valor simbólico/semántico que queremos incorporar dentro de la narrativa de nuestras identidades. Para que las marcas y sus productos perduren tienen que ir más allá, y deben adherirse emocionalmente a nosotros como consumidores. El asunto es que esta adhesión es un arma de doble filo para las marcas y los productos, porque en este proceso el consumidor inevitable realizará una apropiación de este valor simbólico. Si te voy a permitir incorporarte a mi narrativa de vida, digamos, será un poco en mis términos – no te estoy dando carta blanca para usarme como propaganda andante.

Facebook cambió el acuerdo cuando sugirió que todo lo que los usuarios contribuían al sitio estaba sujeto a la explotación corporativa (…). Sorprendentemente, Facebook cedió a la presión pública. No tenían por qué hacerlo; para este punto, la mayoría de usuarios de Facebook están enganchados y no se irán (…). Podemos asumir, entonces, que Zuckerberg et al. tenían la idea de que los usuarios sentían que el acuerdo había sido violado, y que el resentimiento en torno a esto pudo haber resultado en una pesadilla de relaciones públicas.

No importa, entonces, si los usuarios estaban en lo cierto en su interpretación del cambio en los términos del servicio. Lo que importa es cómo un cambio en los términos del servicio cambia el acuerdo percibido, el acuerdo entre los dueños y los usuarios de un espacio que es representado, en teoría si no necesariamente en la práctica, como uno público perteneciente a las personas que habitan allí. [Traducción mía]

Es decir que en este proceso, no se trata de la simple replicación mecánica de los slogans que el departamento de marketing del producto hayan querido que se repitan ciegamente. Entramos en una suerte de contrato, por medio del cual, la marca, el producto, deben ceder parte del control que tienen sobre sus mensajes y cedérselo al consumidor, que obviamente en este punto ya no es simplemente el consumidor únicamente pasivo que sólo recibe información. Para que esta adhesión se sienta auténtica, debo sentir que puedo ejercer algún grado de control y agencia sobre lo que está pasando. Y eso es un poco lo que ocurrió con el asunto de Facebook: el equilibrio se rompió porque los términos fueron cambiados sin que nosotros, los usuarios, tuviéramos mucha oportunidad de decir nada. El resultado final es que Facebook, un sitio privado con motivaciones estrictamente privadas, termina inevitablemente viéndose en la necesidad de comportarse en función al interés del público. La separación entre privado y público se vuelve una cuestión sumamente borrosa, a medida que los consumidores empiezan a apropiarse del significado que tienen los productos y servicios.

La segunda idea es cómo esta transformación se ve hecha posible, o por lo menos grandemente simplificada, por una reestructuración de los costos de la acción colectiva. Es decir, el capitalismo como proceso cobra significado en la medida en que puedo ejercer y exigir mi derecho a ejercer agencia sobre el valor simbólico que está en juego. Pero para yo poder hacer uso de ese derecho, requiero de una cierta masa crítica que me respaldo, o por lo menos me acompañe. Y ahora disponemos de los medios para simplificar este proceso de agregación. No sólo es más fácil tomar algún tipo de “acción” hacia algo que nos afecta, sino que también es más fácil agregar estas acciones que alguna vez habrían sido cuestiones aisladas, formando una fuerza social que crece geométricamente. Que es, además, una dinámica que se encuentra ya entretejida en nuestras acciones cotidianas. “¿Quieres decir que sólo tengo que bloggear/twittear al respecto para ayudar a que lo cambien? Qué genial, lo iba a hacer de todas maneras”.

Lo que antes habrían sido simplemente consumidores insatisfechos quejándose en privado, se transforma cuando ahora tienen la posibilidad de comunicarse entre sí. Y esto amplifica tanto más sus posibilidades de obtener una respuesta. De nuevo, la línea que separa lo privado de lo público se vuelve un poco borrosa.

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