La crisis, la crisis

No soy especialista en el tema económico. Obviamente, eso no me detendrá de opinar al respecto.

Me pasaron el enlace a este artículo de la Reviste Ñ del diario Clarín en Argentina, sobre la renovada popularidad que tiene la obra de Marx en tiempos de crisis. Primero que nada: mucho se habla de Marx, se dice de Marx, se dice que dijo Marx, pero en realidad son pocos los que realmente se toman la molestia de leerlo, o algo más que sus interpretaciones panfletario-setenteras. No está de más tomarse la molestia, sobre todo porque leerlo realmente es fascinante y es una de las mejores maneras de entender el capitalismo (y, por supuesto, sus problemas). Hace poco tuve la suerte de poder conseguirme la edición completa de El Capital publicada por Siglo XXI en 8 tomos, una edición crítica que es, hasta donde sé, la mejor traducción que hay disponible en español.

Tengo varias ideas sueltas sobre este asunto. Pero en general, el asunto gira en torno a cómo, ya que contemplamos estas muertes cíclicas y periódicas del sistema que supuestamente lo mueve todo, más o menos nos vamos dando cuenta que el problema es un poco más profundo de lo que parece. La mano invisible resultó tener síndrome de túnel carpiano. ¿Ahora cómo salimos de ésta?

Ésta es una idea medio pastrulona, pero creo que mucho de la crisis financiera tiene mucho que ver con una crisis de significado. En esto, es altamente probable, cerca del 90%, que esté equivocado. Es tan probable porque si mañana se acabara la crisis y todos felices y contentos, no habría ninguna crisis de significado. Pero mientras dure, el problema de la crisis termina traduciéndose en un problema de que ya no sabemos bien dónde poner nuestra confianza. Si estas grandes instituciones del mercado han colapsado tan colosalmente, si ellos que supuestamente sabían lo que hacían, en verdad no sabían nada, ¿ahora qué hacemos? Y en esta casi-desesperación, casi-angustia, se empieza a hacer patentemente obvio (cuando más duele), que antes tampoco nada tuvo mucho sentido. Que el capitalismo nunca tuvo realmente sentido para nosotros, sino al revés, en la medida en que nosotros le permitíamos al sistema seguir funcionando.

Hasta ahí todo suena horriblemene paranoide, y no quiero sonar tan psicofántico todavía. El asunto es que ahora, de una manera u otra, y no es de hoy ni de la crisis sino de los últimos años, empezamos a reclamarle al capitalismo algo que no tiene, que es sentido. Y él hace su mejor esfuerzo, hay que admitirlo, pero digo que el capitalismo no lo tiene porque la solución al problema del sentido es contraintuitiva (dentro del capitalismo mismo). Implica cosas como preocuparse por las personas, ayudarlas a conseguir la felicidad, a sentirse (realmente) mejor y cosas por el estilo, cosas que no pueden realmente reducirse mucho a variables financieras, lo cual termina siendo un problema. Ahora que hemos desarrollado una armadura tan pesada para los embates psicológicos del mercado – que no funciona, pero igual – le demandamos que realmente nos dé emociones interesantes si es que quiere que le hagamos caso.

Un par de ejemplos de las últimas dos semanas, que encontré de casualidad. La misma compañía, dos reacciones completamente diferentes. Por un lado, un grupo de Facebook con una misión, a mi juicio, ciertamente noble: que no se venda más Barena en el Sargento Pimienta de Barranco. 338 personas (yo incluido) han encontrado este asunto lo suficientemente importante como para sumarse a la causa. ¿Por qué, por qué nos obligarían a tomar una cerveza que nadie, o virtualmente nadie, quiere tomar? ¿Por qué nos haces esto, capitalismo, por qué? Al mismo tiempo, otro grupo de Facebook se dedica a una misión diametralmente inversa: 905 personas se han vuelto fanáticas de la Cusqueña de Trigo. Están dispuestos a afirmárselo al mundo, y a recomendarla públicamente como una muy buena cerveza. Me parece, personalmente, que realmente es una muy buena cerveza. Y ésa es una historia que vale la pena que yo la comparta con las personas a mi alrededor.

Temo que mis ejemplos parecerán un tanto triviales, pero me parece que reflejan claramente el tipo de reacciones que objetos del mercado suscitan en la gente que van más allá de lo económico estrictamente. No es simplemente que no me gusta, ergo no tomo Barena o no voy al Sargento. Quiero ir al Sargento, y en algún nivel espero que por esa afinidad el Sargento me debe algo a mí también, un cierto respeto al no servirme Barena. O al mismo tiempo, valoro suficiente la Cusqueña de Trigo que me parece algo que quiero compartir con los demás, no es suficiente con el simple hecho de seguirla comprando. Nuestras relaciones de significado terminan escapando a explicaciones que se basen sólo en lo económico (aquí, por supuesto, Marx estaría sumamente en desacuerdo conmigo).

Si la crisis entonces está haciendo más evidente el proceso por el cual una crisis de significado se hacía lentamente obvia, es también una oportunidad de re-significar, de rearticular el sentido de por qué hacemos las cosas que hacemos de una manera y no de otra. Primero que nada, preguntándonos una pregunta que en su simplicidad es bastante coherente: ¿realmente queremos que las cosas sean como son? ¿O podrían ser de otra manera, no sé, mejor? ¿Más bonita? Lo que fuera. El problema es que si la crisis se acaba mañana, ya no tendremos un incentivo para formularnos esta pregunta con una cierta urgencia – es algo así como la paradoja de que el petróleo caro sea un incentivo para el desarrollo de tecnologías energéticas alternativas.

Lo interesante me parece aquí que gran parte del paquete de estímulo a la economía estadounidense que ha propuesto Obama está orientado hacia ese nuevo horizonte – en gran medida, emulando aquello que fuera el “New Deal” de Roosevelt en los años 30 para salir de la Gran Depresión. La solución de Obama apunta a no ser solamente una cuestión de gasto, sino una de inversión en la nueva infraestructura que será necesaria para sacar adelante la economía una vez que la crisis pase. Es una cuestión complicada porque los retornos no se podrán percibir en el corto plazo – quizás nunca, si el asunto no funciona – pero es una decisión que se toma con un horizonte a largo plazo. La idea de New Deal, de un nuevo trato, es aquí pertinente: gigantes como Chrysler y General Motors están dependiendo de fondos federales para mantener funcionando operaciones que ya no tienen mucho sentido en este mundo. La rearticulación de un nuevo sentido vendrá no de ver cómo se salvan estos grandes dinosaurios, sino cómo surgen nuevas pequeñas especies que sepan mejor adaptarse a la situación. Y no, por si acaso no me estoy poniendo darwinista social, simplemente me parece una buena analogía.

Éste es un tema que me parece interesante porque no debería resultarnos ajeno. Hace un tiempo escribí, en otro blog al que no le presto suficiente atención, sobre cómo deberíamos de una u otra manera pensar nuestro país para prepararlo para una nueva economía. Es algo que pocas veces – nunca – hemos hecho, proyectarnos hacia un futuro deseable en el cual no somos solamente proveedores de materias primas o mano de obra barata, sino en el que realmente podemos ser participantes, competidores y protagonistas de lo que está pasando. No debería sernos ajeno a la imaginación, por mucho que en la realidad por lo pronto nos eluda un poco. Nosotros mismos escuchamos hablar de planes anticrisis y de fomentar la inversión en infraestructura, y aunque es cierto que tenemos un retraso formidable en la infraestructura necesaria para ejercer cualquier tipo de cambio, me parece que nos quedamos un poco cortos si sólo pretendemos tapar con concreto el problema.

Nuestra inversión en investigación, en ciencia y tecnología, en recursos que nos permitan tener una economía para el final de la crisis y no para el principio, siguen siendo ínfimas. Y es una pena, porque es una gran oportunidad para rearticular el sentido que le damos a la cuestión. Para ponernos en una posición en la cual podemos demandarle cosas al capitalismo y al sistema global, porque ya perdieron todos y entonces ya no hay mucho que nadie pueda decirle a nadie. Es decir, es ahora cuando más deberíamos estarle buscando el sentido a las cosas, y pensando en grande y en las grandes oportunidades de inversión que serán necesarias en 5, 10, 15 años para un nuevo contexto económico.

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3 Responses to La crisis, la crisis

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