Cuando las categorías se agotan

Prescindamos del análisis histórico que nos diga dónde estamos parados concretamente. En resumen: pues no tenemos grandes sistemas de la verdad, pues nos batimos, para bien o para mal, a diario con el relativismo en todas sus formas, pues carecemos de grandes guías metafísicas que nos permitan decir con certeza o incluso con convicción categórica si el mundo está bien o mal. Lo que hemos perdido, o dejado atrás es, en pocas palabras, las categorías constitutivas de la realidad.

Luego, está el mundo, y no es una distinción trivial. Hay en esto un problema genético: o el mundo dio lugar a esta anarquía –sobre la cual me reservo aún el juicio valorativo– o ella se dio previamente y dio paso a la anarquía en el mundo, por ponerla de alguna manera. Sin ingenuidades o negligencias: la presencia del sistema económico capitalista, de alguna manera, lo difumina y oscurece todo para el análisis. El enfoque que se adopte para tomar la cuestión no es un asunto trivial, pues la elección perturba lo analizado, de alguna manera como sucede en la medición en la mecánica cuántica, pero tomando esta relación estrictamente como una analogía funcional. Es decir, en ambos casos encontramos comportamientos similares, y a partir de ello inferimos la posibilidad de que se compartan características comunes. Nada más.

Entonces, el enfoque es fundamental, pero volvamos con esa idea al problema del capitalismo. El capitalismo se alimenta de este proceso, requiere de él como condición necesaria para su propia supervivencia, y más que una mano invisible, como tal es suponible que en todos sus subprocesos arrastre implícita la creencia en sus principios. El capitalismo no funciona a partir de cosmovisiones integrales y sistemáticas respecto a lo que es el mundo, a una Weltanschaung, sino a intuiciones fragmentarias y dispersas respecto a lo que ocurre. No funciona a partir de una percepción prolongada y continua del flujo del tiempo, o a una idea más o menos definida respecto al futuro, sino que para funcionar debe permear la creencia en un flujo del tiempo discontinuo, truncado e inmediatista, privilegiando la relación con el presente para fomentar el consumo antes que la contemplación del futuro frente al cual debe suspenderse la inmediatez.

En cada acto de consumo, en cada proceso permeado por el mercado, en cada relación económica capitalista, se arrastra y se arraiga más esta creencia artificial y sumamente problemática en términos de supervivencia de la especie. El capitalismo requiere de implantar entre los consumidores la suspensión de la idea del futuro. Las consecuencias son palpables para todos en la vida cotidiana.

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