¿Cómo se articula una comunidad?

Entonces la consigna es cambiar el mundo, pero ésa es una tarea mucho más grande que la vida de cualquier individuo. Si entendemos la sociedad como una interacción compleja entre sistemas complejos y dinámicos, abordar los problemas nucleares en nuestras concepciones es un esfuerzo al mismo tiempo periférico y fundacional, un ataque que debe hacerse desde múltiples frentes.

Repetidamente, casi hasta el cliché, se repite que la vida contemporánea ha olvidado el sentido de la existencia, que el ritmo de vida acelerado y la entrega al consumismo nos han hecho olvidar las dimensiones del valor de la vida y aquello que realmente vale la pena. En realidad, es bastante cierto, pero es un problema complicado de formular: la magnitud del mundo se ha hecho tan extensa, que ahora nos resulta incluso complicado sentirnos vinculados con él. Cuando nos enteramos de lo que pasa en Siberia, es más complicado mantenerse al tanto de lo que ocurre en la puerta de al lado. Allí las cosas empiezan a dejar de tener sentido, al mismo tiempo que el aparato de producción debe fomentar este desarraigo porque empezará a prometer soluciones a cambio de cómodas cuotas mensuales.

Lo francamente fascinante de las últimas tecnologías de comunicación es cómo están, paradójicamente, reduciendo la extensión del mundo a la par que la amplían. Donde los medios masivos antes homogenizaban la cultura, los medios participativos de hoy brindan un espacio al individuo para manifestarse como tal -aunque sea en los comentarios a un video en YouTube-. Esta posibilidad de ser un emisor es al mismo tiempo la posibilidad de no tener que compartir los gustos e intereses de una mayoría vinculada por un mínimo denominador común, sino que le permiten formar parte de minorías significativas en torno a intereses vinculantes.

Internet ha traído la explosión de los nichos, lo que ha sido llamado la larga cola del talento. En esencia, esto significa que tengo la posibilidad de ignorar las señales no específicamente configuradas en función a mis intereses, porque hay tantas señales que por simple probabilística, alguna debe resultarme más cercana y personal que las demás. Esa señal representa valor personal para mí, al mismo tiempo que me brinda la posibilidad de devolver algo, de participar.  En torno a esa señal se empieza a articular una comunidad reunida por un interés común, comprometida, interesada. Quizás no haya tantos como yo en mi entorno inmediato; pero habrá dos en otra ciudad, quince en otro país, ochenta en otro continente, y entre todos podemos compartir impresiones y experiencias y contribuir mutuamente al cultivo de nuestros intereses.

Así, como quien no quiere la cosa, empezamos a reunirnos, a articularnos, a reencontrarnos más auténticamente con nosotros mismos cuando nos encontramos legitimados para tener deseos que la mayoría no comparte. Así, de a pocos, la existencia empieza a tener un poco más de sentido.

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