Filosofía y empresa

La relación entre la filosofía y, en general, el dinero es sumamente problemática. Desde Platón ha quedado fuertemente cimentado el ideal del filósofo asceta como Sócrates, alejado de las cuestiones mundanas para contemplar las ideas, y pensando libremente al margen de cualquier favor o recompensa, como en cambio lo hacían los poco queridos sofistas. Con pocos cambios, ésta imagen se quiere mantener en gran medida hoy día.

Pero “hoy día” es un mundo distinto. Y aunque se quiere mantener el ideal, en la práctica esto es sólo una formalidad: los filósofos igual deben ganarse la vida, principalmente en las universidades, y siguen siendo entes participantes del mercado que difícilmente pueden separarse de él. Sus condiciones materiales se ven además modificadas por los flujos del mercado, y así autores, temas o escuelas tendrán mayor espacio según lo que un cierto “mercado” vaya determinando. Si un tema está de moda, quienes lo trabajen tendrán mayor facilidad para acceder a diferentes tipos de recursos. Negar estas cosas es necedad nostálgica, en realidad, aún cuando la mayoría quiere seguir pensando en términos del filósofo asceta como desideratum.

Al mismo tiempo, y con esos problemas de por medio, no se elimina la necesidad de que la filosofía pueda tomar algún tipo de distancia o perspectiva que le permita ser crítica del capitalismo y del mercado, que le permita entender que se trata de construcciones artificiales y que, como tal, es susceptible de ser superada o reemplazada por una forma nueva.

Hace unos días encontré el blog de una iniciativa española sobre filosofía y empresa, atada además a una consultora empresarial del mismo nombre. La filosofía, al parecer, puede en efecto volverse praxis y no sólo theoría, y vincularse con los asuntos del mundo y además, por qué no, proveer al filósofo de las condiciones materiales suficientes para, justamente, poder seguir filosofando. La relación es polémica: el filósofo en el mercado, por sus propias leyes, se ve obligado a articular su pensamiento en función a la demanda. Pero el mercado homogeniza, uniformiza, y obliga a restringir la originalidad o novedad del pensamiento, reduciendo casi todo a lugares comunes.

En otras palabras, se podría pensar que el mercado, al obligar al filósofo a someterse a la demanda, lo obliga también a modificar su pensamiento para que sea aceptado y consumido por el público. Aunque suena terrible, también es cierto que en mayor o menor medida esto siempre ha sido así, de la misma manera como Sócrates fue obligado a beber l cicuta, digamos, porque “no tenía demanda”. Pero también es cierto que en el mundo paretiano de la larga cola del talento, donde la tiranía del gran mercado es menos opresiva, sino que productos nicho encuentran refugio en comunidades vinculadas por intereses compartidos, esto se vuelve menos cierto. El mercado en esta forma parecería valorar menos lo homogéneo y más la autenticidad, lo cual daría refugio a que un pensamiento (más) independiente pudiera forjarse.

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One Response to Filosofía y empresa

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