Poniéndole orden a las emociones

La investigación más importante y de mayor envergadura que estoy por empezar gira en torno a la influencia de las emociones en los procesos de toma de decisión racional. Aún está en borrado y en abstracto, y no tengo propiamente una hipótesis definida.

El asunto viene bajo un título algo así como de “la economía de las pasiones”, y busca evaluar a partir de qué decidimos las cosas que decidimos. Creo que más que una cuestión racional, es más bien una cuestión emocional. Más o menos por lo siguiente: siguiendo a Jon Elster, afirmaría que no deseamos lo que deseamos a partir de nuestras creencias, sino que creemos lo que creemos a partir de nuestros deseos, lo cual es una afirmación sumamente controversial.

El asunto es que la racionalidad o la razón nos permite, en función a los objetivos desiderativos que nos planteamos, encontrar el mejor camino posible, en función a la información disponible, para alcanzar el objetivo planteado. Pero el objetivo no es propiamente racional, sino, más bien, los medios para alcanzarlo. De allí la noción de una economía de las pasiones: pues, a menudo, nuestros objetivos o deseos estarán en conflicto o se obstaculizarán unos a otros, y en esos casos habremos de realizar una jerarquización de nuestros fines que nos permita tomar una decisión. Esta jerarquización bien podría ascender hasta alcanzar aquel fin último que es el motivador principal de nuestra vida, y no en un sentido aristotélico-metafísico, sino más bien existencial. Aquella idea que nos motiva a tal grado que le da sentido y coherencia a todas nuestras acciones y creencias.

Mi idea es, entonces, armar una suerte de modelo explicativo del papel de las emociones en las decisiones racionales, un poco siguiendo a Damasio en considerar que las emociones no son otra cosa que procesos de toma de decisión racional altamente condensados. En otras palabras, sintetizamos nuestras experiencias previas en reacciones emocionales para resumir nuestro tiempo de reacción ante fenómenos similares que se repiten. Las emociones son así disposiciones directas a la acción, en contraposición a una tendencia irrestricta de la racionalidad hacia su propia perfección. Es decir, la razón no tiene razón para asumirse imperfecta por defecto, y como tal buscará la mejor decisión posible, la cual implica disponer de toda la información relevante a una decisión, pero su recolección resultaría imposible. Así, la razón tiende por defecto a la hiperracionalidad, y requeriría de la emoción, como proceso condensado, para romper con ese ciclo y poder, efectivamente, llegar a un resultado, planteando un objetivo en función al cual se actúa.

Algo así como una forma complicada de decir que la razón es esclava de las pasiones.

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