Dialéctica del café o el momento histórico del Starbucks

Una idea interesante que recogí en los últimos días: la importancia que tuvieron para las revoluciones europeas de antaño los cafés en las avenidas y los boulevares. En efecto, durante los periodos turbulentos, los cafés sirvieron como punto de reunión y de discusión, lugares donde cuajaron y tomaron forma ideas y planteamientos políticos, donde se dieron enfrentamientos y alianzas. Los cafés sirvieron como la forma por excelencia de espacios públicos, de espacios donde los ciudadanos podían ir a sentirse realizados, a participar de los asuntos de la comunidad y, en última instancia, a ponerse de acuerdo en torno a las acciones particulares que debían llevarse a cabo.

Siguiendo por esa línea, el triste descubrimiento de que nosotros en la cultura peruana nunca hemos tenido una muy sólida tradición de cafés en los cuales tener dicho debate público. De hecho, tampoco hemos tenido dicho debate público, al menos no mucho del cual podamos jactarnos. Hemos tenido alternativas, como la cantina, pero que tampoco nos han sido de mucho éxito. Sin embargo, el fin de semana leí también un artículo, no recuerdo la fuente, donde se resaltaba un cierto boom en los últimos meses en el crecimiento de la oferta y demanda por cafés como una tendencia al alza en el mercado limeño, al menos.

Ahora, eso no significa que mágicamente empezaremos a tener espacios públicos y que todo mejorará. Por un lado, hay ciertamente un factor económico, una relativa estabilidad que le permite a personas de ciertos sectores tomarse una libertad que no podían antes, la de detenerse por un momento y sentarse a tomar un café y conversar tranquilamente. Obviamente, el café en los cafés siempre es un accesorio, a lo que realmente importa, un ambiente agradable, una buena compañía y con suerte una interesante conversación. La pregunta es, si estos pequeños momentos de libertad que muchos pueden ahora darse, son, digamos, momentos de interioridad, de reflexión, en un sentido amplio y no condicionante, o si son, por otro lado, prolongaciones de un entretenimiento y, por lo tanto, los café no nos son en realidad un espacio público.

Finalmente, los cafés son poco importantes. Lo que importa es esto último, es si estamos construyendo una cultura pública, una cultura con espacios de diálogo, o si estamos institucionalizando en unos pocos canales tal función (p.ej., en medios de comunicación cuya consigna no es en absoluto aquella) y dejando eso para que “alguien más se encargue”. Nuestra lenta y tardía entrada en la modernidad está reforzando de a pocos nuestras subjetividades individuales pero al mismo tiempo forzándonos a formar parte de una economía post-industrial, y esto se ha repetido muchas veces. Es decir, nuestros cafés apenas si están buscando su identidad, mientras que Starbucks nos está exigiendo profesionales independientes y autosuficientes que recojan su latté todas las mañanas antes de ir al trabajo. En algún lugar entre ambos extremos, 25 millones de peruanos desconcertados.

Lo que trato de decir es que de alguna manera, en nuestras costumbres cafeteras, ciertamente heredadas de fuera, están entrando a tallar motivos sociales, culturales, económicos y políticos. El tipo de cafés que generamos responde al tipo de profesionales o que tenemos, o que queremos, y ciertamente no son ya, nostálgicamente, lugares donde se geste la revolución, al menos no en el viejo sentido. Pero sí siguen siendo hervideros de ideas, donde se junte gente con iniciativa a planear un negocio, donde se refugia un escritor independiente a escribir su primer libro y demás tipos de estereotipos que podríamos imaginar en los silloncitos cómodos de un Starbucks. Es decir, que de una u otra manera, habilitar estos espacios públicos es habilitar infraestructura, canales de comunicación a través de las cuales las ideas de unos se vinculan con las de otros, y de la interacción surgen más y mejores proyectos, y las ideas toman cuerpo y se realizan.

Todo es un círculo vicioso, o virtuoso. Estabilidad económica, genera libertad para ciertos pequeños “lujos”, genera demanda por cafés, genera espacios públicos que generan intercambio de ideas que generan iniciativas que generan valor que genera riqueza que genera estabilidad económica. O algo por el estilo.

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6 comentarios sobre “Dialéctica del café o el momento histórico del Starbucks

  1. Starbucks difícilmente es el mejor ejemplo de nada, el asunto de los campesinos etíopes creo que lo muestra claramente.

    Sobre lo otro, también es cierto que esta cultura efervescente pareciera una ventanita de modelaje, pero no veo cómo eso respondería al argumento. Aunque lo fuera, el punto es que están funcionando como algún tipo de proto-espacio-público, y de que están creando condiciones sociales propias de una economía que aún no manejamos -profesionales independientes de la economía de la información-.

    Si la gente quiere modelar mientras lo hace, lo cual considero muy posible, no creo que le quite mérito al hecho social, digamos. ¿O es que deberían ser actividades que se realicen sólo en privado? ¿O, por otro lado, son actividades que no deben ser exhibidas a través de una vitrinita de modelaje?

  2. Creo que el problema del postulado está en que el café no vino primero. Es decir, en un momento dado de la historia un grupo de intelectuales no muy queridos en sus respectivos hogares necesitaba un espacio dónde reunirse a compartir sus ideas y dialogar al respecto. Como buenos bohemios no dormían mucho por sus largas cavilaciones en las madrugadas y por tanto tenían sueño durante el día. El resulatdo: un inteligente capitalista aprovechó que un grupo de gente necesitaba de un espacio dónde conversar y de mucha cafeína para lograr que la conversación durará un par de horas sin que uno se durmiera (pensemos además en sus temas de discusión, no quiero tener que imaginar la densidad de muchos de esos asuntos). Entonces, considero que si bien es un buen espacio público para la discusión, no es necesariamente la demanda por un café la que terminó generando un espacio para la discusión, muy por el contrario en un primer momento fue la demanda por un espacio público dónde discutir la que generó al café. Por ejemplo en La Paz, donde existe una sociedad muy politizada que demanda espacios dónde discutir, encontró dicho espacio en un principio en las plazas u otros y recién ahora en los cafés. Su multiplación reciente no tuvo nada que ver con Starbucks incursionando en su mercado, por el contrario todos los cafés allá son “nacionales” (en estos momentos no encuentro una mejor palabra que seguramente existe). En todo caso, me sumo a tu esperanza de que los cafés generen esta cultura pública, esta cultura con vocación de diálogo y que, en el entre tiempo, me suplan mi dosis de cafeína necesaria para sobrevivir a la universidad.

  3. Según Hugo Neira esa es la razón por la cuál los peruanos no tenemos cultura de discutir.

    ó_O

    A lo que voy es que no creo que exista una relación determinante entre el grano de café y la vida pública de una sociedad. Pero sin duda si hay una relación importante entre “espacios públicos” y discusión pública.

    Si es que copiando modas gringas -léase llendo a Starbucks- se van a construir estos “espacios públicos” pués chévere.

  4. El café es totalmente circunstancial. Sin duda plazas, parques, bares, cantinas, restaurantes, micros, taxis (los mil temas que pueden conversarse con un taxista), y etcétera, pueden perfectamente funcionar.

    Pero en nuestra realidad muchos de estos canales realmente no funcionan, o pareciera no funcionar. Aunque más que eso, mi punto iba orientado a señalar la profunda interrelación entre relativa estabilidad económica, tiempo libre del cual disponer, cafés (o demás actividades o no-actividades de ocio) y la propensión a que surja una cultura de discusión pública. Aunque también, si ésta fuera muy rígida, no surgiría discusión pública en situaciones económicas inestables, lo cual es patentemente falso.

    O una reformulación cafeínica del argumento marxista de que las relaciones económicas determinan las relaciones políticas. El café es totalmente accesorio, pero a pesar de eso uno de mis mejores amigos.

    (Nótese aún así que el café sigue siendo una actividad estrictamente privada, más aún en el Perú. El otro día fui a un café que tenía, entre otras, una gran mesa compartida, con un hombre sentado a un extremo. Yo, reticentemente, me senté en el otro extremo. Sin embargo, nunca en todo el tiempo que estuvimos allí intercambiamos una sola palabra. Con lo cual, espacio y discusión pública, bueno, ni tanto . . .)

  5. me gusta mucho starbucks desde que se hizo en España, especialmente en Valencia. Normalmente voy todos los viernes y siempre stoy mis amigos. bueno eso era adios hasta otra

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