Gestión del conocimiento para mejores decisiones

Una capacidad colectiva para adquirir y crear conocimiento y darle un uso productivo para el bien común es tan crítico para los esfuerzos del sistema de la ONU como para países individuales. Esto significa, para el sistema de la ONU, acción concertada para profundizar el entendimiento y para gestionar y compartir el conocimiento de manera mejor orientada. A nivel conceptual, por ejemplo, existe una necesidad apremiante para articular comprehensivamente el entendimiento del sistema de los vínculos entre la paz, la seguridad y el desarrollo. En el área misma del desarrollo, las organizaciones del sistema de la ONU necesitan continuar juntas su entendimiento de cómo avanzar un acercamiento verdaderamente holístico al desarrollo económico y social: que refleje enteramente la relación mutuamente reforzada entre perseguir los Objetivos de Desarrollo del Milenio y aquellos incorporados en la más amplia agenda de desarrollo de la ONU; que asegure que los objetivos sociales son integrados efectivamente a la toma de decisiones económicas; y que tome en consideración el desarrollo de atender desigualdades existentes dentro de y entre países. [Traducción mía]

Así define Naciones Unidas la importancia de la gestión del conocimiento para la persecusión de sus objetivos. En una economía de la información, nos pasamos la mayor parte del día generando información y contenido; de hecho, la gran mayoría de nuestras interacciones son intercambios de información en mayor o menor medida relevantes para la vida de una organización. O, en cualquier caso, para nuestras vidas personales. A diario leemos periódicos, vemos noticias por televisión, las escuchamos en la radio; leemos libros, revistas, artículos, páginas web; recibimos y enviamos correos electrónicos, conversamos por mensajería instantánea, o por teléfono; redactamos y entregamos o publicamos reportes, informes, ensayos, trabajos, investigaciones, estudios, análisis, etc.; y encima de todo eso, tenemos encuentros personales, conversaciones, reuniones, discusiones, debates, clases, conferencias, y tantas otras formas de intercambio personal de información.

El problema radica en que, como es propio de la vida moderna, todo este intercambio y flujo de información nos deja poco tiempo o espacio para detenernos por un momento y preguntarnos: “¿Qué significa todo esto?”.

Y es que toda esta información, por sí sola y en conjunto, requiere de una serie de otros procesos e ingredientes para adquirir sentido y significado, para convertirse en conocimiento. De manera inconsciente, articulamos todas estas fuentes de información -quizás en función a nuestros deseos y creencias, sirviendo como molde para esta articulación- y con ellas armamos algo así como un gran panorama, un sistema dinámico bajo cambio continuo (y sobre esto he tenido oportunidad de hablar antes), al cual se agregan y descartan elementos constantemente. A la totalidad de este sistema correspondería quizás llamarlo cosmovisión, o ideología: es la manera como el mundo es significado por y para nosotros.

Hasta ahí todo bien (medianamente). Pero creo que la importancia de un entendimiento más profundo de la manera, precisamente, como llevamos a cabo estos procesos, y más aún, como se articulan unos con otros generando comunidades de conocimiento y redes informales de intercambio dentro de grupos, organizaciones y comunidades, es un factor fundamental para el desarrollo de iniciativas y la persecusión de objetivos en un sentido muy similar al que queda señalado en el documento de la ONU antes mencionado. En general, creo que me atrevería a decir que la gran mayoría de empresas intelectuales del hombre a lo largo de la historia han surgido como producto de una colaboración a gran escala. Mi ejemplo más cercano es la filosofía: durante unos 25 siglos la filosofía se ha desarrollado como un cuerpo teórico abierto y colaborativo, donde unos se paran sobre los hombros de otros para refutarse mutuamente ad infinitum. Un jefe de práctica una vez me lo puso de manera muy ilustrativa, diciéndome que la filosofía había consistido siempre de discusiones, de Descartes con los medievales, de los medievales con Aristóteles, de Aristóteles con Platón, de Platón con los sofistas, de los sofistas con los fisicalistas, y en fin, de los fisicalistas con la naturaleza.

Así como la filosofía se ha construido armando un corpus teórico a partir de las contribuciones de muchas personas, de la misma manera se han generado todas las demás disciplinas. Y en ellas se ha dado un intercambio abierto de elementos de información y conocimiento, y sobre la experiencia previa de la especia humana hemos construido la civilización tal cual la conocemos, para bien o mal. Así con muchas disciplinas, muchos campos de estudio, y así con corpus teóricos y prácticos inabarcables por cualquier individuo humano trabajando solo. Sólo el recorrer los índices de todo lo conocido, leer las tablas de contenido de todos los libros escritos, le tomaría a cualquier hombre individual más de lo que dura su vida. Ahora, con una economía de la información, este imposible se hace tanto más grave: a duras penas puede una misma persona recorrer las enormes cantidades de información que fluyen a su alrededor en un día, mucho menos podrá ponerse a evaluar el recorrido de la humanidad.

Entre toda la maraña de información que circula a nuestro alrededor a diario, entonces, la información es obscurecida, confundida, distorsionada, y más aún cuando intencionalmente se ponen en circulación medias verdades, información tendenciosa, hasta falsa, que nos incita a tomar acciones particulares con propósitos determinados, en la forma de publicidad y propaganda. ¿Ante eso, qué? ¿Cómo tomar decisiones cuando mucha de la información está destinada precisamente a desequilibrar nuestros complejos sistemas de estructuración de información? En la esfera de lo que Hegel o Marx llamaban la sociedad civil, o, en otras palabras, el mercado, donde se intercambian bienes y servicios y se establece una feroz competencia, primero que nada, por los deseos y creencias de los consumidores, por influenciar su comportamiento para que consuman los bienes ofrecidos por uno u otro productor.

Esta estructura de consumo ha terminado también traslapándose al mundo de la política y las relaciones sociales, al mundo de la propaganda y de los eventos de actualidad, y para discernir en uno u otro contexto cuál es la verdad más acertada, o al menos, cuál es la verdad que más se ajusta a nuestros criterios, deseos y creencias, debemos estar en capacidad para de manera eficiente y efectiva evaluar una serie de fuentes de información, estructurarlas, armas un sistema y en poco tiempo poder armanos una imagen de lo que está pasando más allá de lo que una u otra visión del mundo quieran que nos planteemos. Artilugio que, de funcionar, sería sumamente eficiente para contrarrestar los efectos de la propaganda mediática sobre las personas.

En otras palabras, y tratando de ir un poco por la línea de la ONU, la gestión del conocimiento es una herramienta de empoderamiento, esa palabrita tan de moda en círculos de gestión para el desarrollo. Un doble empoderamiento, el del individuo capaz de capitalizar el valor de los recursos de información que lo circundan, y plantearse las estructuras de conocimiento que le permitan defenderse de aparatos complejos de propaganda y publicidad, por un lado. Y por otro, el de grupos y comunidades capaces de articular sus recursos de información y conocimiento para darles un uso extendido que tenga una repercusión más grande en los objetivos colectivos que se planteen: compartiendo el conocimiento y la experiencia individual, serán capaces de optimizar sus recursos para favorecer el cumplimiento de sus objetivos. En general, se trata de darle a los individuos y a los grupos las herramientas necesarias para gestionar el conocimiento de tal manera que puedan tomar mejores decisiones, decisiones bien informadas, menos contaminadas, y más orientadas hacia la satisfacción de sus deseos e intereses.

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