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Un post en el blog El Estanco me hizo recordar (gracias, Javier) otro post mío de hace un tiempo sobre qué es un mashup, donde ponía como ejemplo el clip de video Read My Lips parodiando la relación Bush-Blair. Naturalmente tuve que volver a verlo, y así como quien no quiere la cosa me encontré con este otro, de allá en la prehistoria de 1992:

El video es considerablemente más largo, pero lo interesante más bien es la discusión que viene después. Esto parece ser un programa político del momento, comentando la campaña presidencial entre Bush padre y Clinton esposo (qué pintoresco tener que hacer esas aclaraciones). Los panelistas que comentan esta forma muy temprana, muy MTV en sus primeros días de mashup están escandalizados, porque consideran que este tipo de comunicación perjudica la base del proceso político por inspirar cinismo en el público, sacar clips fuera de contexto, y ridiculizar a los protagonistas. En última instancia, dice uno, hace que nadie quiera liderar por el temor a ser ridiculizado de esa manera.

En uno de los libros que más me han fascinado, Understanding Media, Marshall McLuhan señala cómo una forma de medio de comunicación se resiste a ser reemplazada por otra, en el sentido más amplio: como todo el sistema cultural que se construye en torno a un medio se resiste y se defiende ante uno completa o parcialmente nuevo que viene a introducirse en un mismo contexto. Finalmente es reemplazado (aunque diría Henry Jenkins, en otro libro que me ha fascinado últimamente, que nunca desaparece, sino que convergen en una suerte de nuevo equilibrio donde ambos se ven transformados).

Fijémonos en el video: vean a los comentaristas, vean su ropa, escuchen su tono de voz, las palabras que utilizan. El formato del programa, la manera como el conductor les hace preguntas. Todo encaja de alguna manera, todo funciona dentro de un sistema sutilmente complejo de asociaciones culturales en los cuales queda claro quiénes saben cosas, quiénes son expertos (los panelistas con credenciales, libros, y buena ropa) y quiénes no deberían tener derecho a opinar porque desprestigian el proceso político (la generación MTV editando videos tendenciosamente).

No quiero que entremos en un juego inútil de ver quién tenía la razón o no, pero avancemos 16 años. Ya he comentado antes sobre el genial video que Will.I.Am preparó para la campaña de Obama (y también hay versión para McCain… o algo por el estilo), y como ése existen cientos de videos de ciudadanos, principalmente jóvenes, que toman la campaña política en sus propias manos, se la apropian, y hacen con ella lo que quieran. Hoy día no lo llamamos perjudicas y desvirtuar el proceso político: hoy lo llamamos el proceso político mismo (al menos algunos de nosotros lo hacemos). Lo llamamos medios participativos, periodismo participativo, etc.

Pero no es sólo política, y no es sólo tampoco la política o la cultura estadounidense. De una manera u otra estamos presenciado procesos similares de apropiación en todas partes, con diferentes tipo de complejidades. En el Perú los bloggers cobran fuerza, empiezan a hacer destapes y a interactuar con el periodismo, digamos, del “establishment”. Las corporaciones empiezan a ver con preocupación primero este proceso, y luego con curiosidad, pues existe potencial en la idea de dejar que los consumidores se apropien de tu marca, y la lleven por lugares no planeados. Pero en ese momento dejan de ser simples consumidores, y son también productores, transformadores.

Lo que nos volvemos, más o menos, rápida o lentamente, es en una cultura de “mashuppers”. En cierta medida siempre lo hemos sido, porque la cultura se construye, finalmente, a partir de pedazos y retazos que tomamos individualmente, sacamos de contexto y reinterpretamos. Sólo que hay es más rápido, en mayor escala, y más visible: tenemos más y mejores herramientas para desarmar cosas que existen y hacer nuevas cosas con eso. Y si nuestra cultura empieza a configurarse así, empezamos a transponer este enfoque a todo: descomponemos el proceso político y lo configuramos en nuestros términos, descomponemos procesos sociales y los rearmamos de maneras nuevas, y así sucesivamente.

Si te estás preguntando si esto es bueno o malo, mejor o peor, estás haciendo la pregunta incorrecta.

Todas las estructuras cambian, pero en el proceso de transición, las formas viejas se resisten a morir defendiéndose por cualquier medio posible frente a las formas nuevas. Está en nuestra naturaleza ser convervadores, porque preferiremos siempre un entorno controlado y predecible a uno en el cual no podemos realmente saber qué es lo que ocurrirá. Aquellos que prefieren ir contra esta norma general los consideraríamos usualmente irracionales por querer aferrarse a lo desconocido, por estar dispuestos a comprometerse con algo que aún no existe.

Esto lo encontramos en todos lados, en todas las grandes y pequeñas transformaciones que encontramos a nuestro alrededor. Los medios de comunicación tradicionales, las grandes organizaciones jerárquicas y centralizadas, se encuentran hoy amenazadas porque surgen formas de organización, acción y participación colectivas que carecen de las mismas reglas y principios por los cuales se han llevado las cosas por décadas. Las generaciones jóvenes crecen sin tener este sentido de las mismas reglas de convivencia, y conforme pasan a formar parte del mundo y participar de sus actividades, inevitablemente surge en choque entre la vieja manera de hacer las cosas, y las nuevas tendencias que no juegan bajo las mismas reglas.

Organizaciones y corporaciones como las habían incluso hace tan sólo 15 o 20 años hoy día se ven obligadas a readaptarse, tercamente, para poder seguir siendo competitivas. Instituciones sociales, políticas, se readaptan o simplemente caducan y desaparecen. Y así se repite el proceso a través de la sociedad, y sin embargo, ninguna estructura existente cederá ante una nueva sin una buena pelea.

El periodismo se ha atomizado en los últimos años conforme ya no es necesario que alguien que sea propiamente un “periodista” ejerza el monopolio frente a la información que se puede comunicar. Yo no tengo nada de periodista, y sin embargo por este canal unas 100 personas cada día se topan con lo que tengo que decir y con mi perspectiva de las cosas, para bien o mal. Esto incremente la participación, pero reduce la posibilidad del control: ya no se puede, o se hace mucho más difícil, conseguir que todos los mensajes se reúnan bajo un mismo concepto general, ya no se puede uniformizar y controlar lo que se dice, cuándo, cómo.

Así lo ha descubierto el Comité Olímpico Internacional, pero no por eso dejarán de dar la pelea correspondiente. A los atletas que participen de los Juegos Olímpicos de este año en Beijing, se les permitirá mantener blogs personales sobre las competencias, pero se les prohíbe publicar fotos, videos o audios de los eventos. Si leemos que hay detrás de esto, encontraremos una institución tradicional luchando por adaptarse a los tiempos a la fuerza, y luchando con la idea de que está forzada a ceder el control. Hoy día, los atletas, sobre todo los más jóvenes, estarán acostumbrados a escribir en un blog, incluir videos, fotos de su participación en las competencias, y demás medios en los cuales se han acostumbrado y encuentran natural expresarse. Pero esta forma de expresión libre y abierta choca con las necesidades de control del mensaje de la organización, al mismo tiempo que con su interés de controlar férreamente los intereses comerciales que el flujo de información representa.

La necedad es el motor que lo mueve todo en el mundo.

Esta noche salió una breve nota en América Noticias sobre videojuegos violentos que refleja todo lo que, a mi juicio, está mal respecto a los medios masivos cubriendo el mundo de los videojuegos. No sólo hay una serie de errores factuales garrafales, sino además lo que son una serie de errores de interpretación que enmarcan de pésima manera cualquier interpretación o discusión que pudiera tenerse sobre los videojuegos. Pero claro, es América Noticias y quizás no se pueda esperar mucho más tampoco.

El reportaje se concentraba sobre todo en el juego “San Andrés”, obviamente refiriéndose al controverial Grand Theft Auto: San Andreas -aunque mostrando imágenes, en cambio, de su antecesor, Grand Theft Auto: Vice City-. La nota apelaba al recurso un tanto facilista, archirrecorido a nivel global, de que la violencia en el juego fomenta la violencia en los niños y sugiriendo que los niños se volverán locos y saldrán a la calle a matar policías y ladrones por doquier. Mi problema ni siquiera es el tema o la validez del tema, sino simplemente que el asunto está pésimamente mal planteado y adolesce de una serie de contradicciones e insuficiencias que no nos llevan a ninguna parte.

Es decir, América Noticias publica una preocupada nota sobre la violencia en los videojuegos después de 45 minutos reseñando la violencia en nuestra sociedad en asesinatos, narcotráfico, accidentes, y demás iteraciones de circunstancias violentas que son distribuidas todo el día, todos los días por los medios de comunicación sin mayor tapujo. Al parecer, todas estas otras manifestaciones de violencia están bien, o no representan ningún problema, sólo la violencia en los videojuegos es problemática.

Además de eso, el reportaje ponía énfasis sobre, primero, que los niños acceden a este tipo de diversión por sólo 3 soles, y segundo, que podían acceder fácilmente a estos juegos por medio de una serie de locales donde se alquilan las máquinas. He aquí otro de los lugares donde la complejidad del problema era simplemente ignorada: primero, porque el juego (San Andreas) está calificado como un juego para audiencias mayores de 17 años (según la calificación M de la ESRB), lo cual significa que no debería vendérsele a menores de esa edad. Sólo que nosotros tenemos el problema adicional de la piratería (razón por la cual pueden estar a 3 soles los juegos), que no descalifica el problema, pero sí el marco bajo el cual lo intentamos entender. ¿Es posible, acaso, tener algún control sobre la venta de los juegos en un contexto así? ¿Es realmente deseable tener un control de ese tipo? Lo cual me lleva al segundo punto, que es el acceso de los niños a los lugares de juego, así como a la compra de los juegos mismos, en lo que me parece el punto más importante de todo esto: ¿dónde rayos están los padres? Finalmente ellos son los responsables por educar a los niños -no el Estado, no la sociedad, mucho menos América Noticias-. Aquí el problema se complica porque obviamente existe una brecha generacional que impide a los padres entender con claridad qué es lo que juegan los niños, pero eso no justifica abdicar a la responsabilidad de buscar hacer el intento y por lo menos discutir abiertamente con los niños sobre lo que están jugando, las implicaciones, y sobre todo, cómo distinguir claramente entre la realidad y la ficción. Sin embargo, no vi ningún tipo de discusión sobre la participación de los padres en el asunto -sólo de la Municipalidad (el Estado) interviniendo para “proteger a los niños”-.

Entonces, el problema se hace aparente en la simplificación excesiva que hace, en este caso, el reportaje de América Noticias sobre el tema. Enfocar los videojuegos como una terrible amenaza, como corruptores de las buenas costumbres, y demás, no hace sino agrandar la brecha de comprensión que puede haber entre la generación que se ha formado jugando videojuegos, y la que sí. Nos encontramos, en cambio, con un fenómeno multidimensional y altamente complejo, en el cual participan variables económicas, sociales y culturales, y la manera como la violencia es tratada aquí no es una particularidad aislada del medio, sino un rasgo que recorre nuestra cultura de manera más o menos preocupante. Por eso es que es importante hacer un esfuerzo por entender mejor los videojuegos, sobre todo porque muchos de nosotros, que crecimos jugándolos, encontramos en ellos una dimensión expresiva y participativa a la cual las personas que hacen reseñas sobre los videojuegos no han tenido acceso. Es decir, que una representación un poco más acertada de este universo no será posible sino hasta que individuos que estén familiarizados nativamente con ellos -y no confundan, por ejemplo, “Hot Coffee” como si fuera un juego en lugar de un mod por sí mismo controversial de otro- empiecen a describir su propia experiencia.

No nos vendría mal extender este esfuerzo en muchas direcciones, dejando de responder al reto que plantean las nuevas maneras de comunicarnos y expresarnos como si fueran a traer el apocalipsis. Pero claro, esta reación es inevitable, y nos es natural seguir creyendo cosas como que el periodismo busca la verdad, o que es posible protegernos de “cosas malas” en la web. Creo que en realidad se trata de que no sabemos bien cómo lidiar con estas experiencias (que finalmente transforman la realidad misma) y por eso nuestro primer impulso es defendernos. Pero nuestros medios tradicionales no nos ayudan, ni nos hacen ningún favor, cuando enmarcan el asunto casi como una lucha entre el bien y el mal, donde nuestra forma de vida se ve inexorablemente amenazada.

Supongo que, finalmente, tampoco podía esperarse mucho más.

Hoy caminaba por Miraflores disfrutando de música en los audífonos cuando se acabó la batería de mi MP3. Fue una pena, porque realmente lo estaba disfrutando, pero por supuesto, al puro estilo heideggeriano caí en cuenta de lo zuhandenheit precisamente en aquel momento en que dejó de funcionar como se esperaba que lo hiciera. Cuando el aparato dejó de ser el aparato pasó a ser otra cosa, aunque no sé exactamente qué.

Si no tienen ni la menor idea de lo que quería decir Heidegger, no se preocupen, porque yo tampoco. Su gran obra, Ser y tiempo, es una que planeo leer completa solamente con calma y dedicación exclusiva, probablemente en algún lugar alejado del mundo. Eso será para otro momento. Pero la muerte de mi batería me llevó a pensar en el sentido que cobra la música cuando podemos tenerla tan accesible. En otras épocas, no había manera de escuchar música si no era tocándola en vivo. La radio cambió todo, más aún la tecnología de grabación. La música repentinamente se volvió disociable del músico en términos de ocurrencia simultánea.

Surgió el álbum como forma artística, como producto integral, como experiencia articulada y diseñada. Pienso en el Dark Side of the Moon, de Pink Floyd: una delicada construcción de 43 minutos donde una canción lleva a la otra y donde cada intermedio es significativo. Nada parece dejado al azar. El álbum como producto-en-sí-mismo cobraba su propia cohesión, su propio sentido, y era mucho más que la suma de sus partes individuales, pues tenía la oportunidad de ser orgánico. No todos la aprovechaban, pero muchos, como Floyd, lo hacían muy bien.

Quizás fue más bien el mercado el que mató al álbum como objeto cultural, y personalmente creo que nunca se le prestó suficiente atención. En la época post-MTV es casi inconcebible pensar en un magnum opus de más de 40 minutos que requiera de cohesión estructural interna y que pueda tener éxito y ser apreciado por un público acostumbrado, más bien, a fragmentos de pocos minutos. Como siempre, no es que sea bueno o malo, simplemente es diferente.  En mi MP3, tengo ahorita unas 594 canciones de unos 226 artistas. Pocos álbumes completos, a pesar de que aprecio enormemente el valor del álbum como objeto integral. Pero de esta manera la música empieza a pensarse distinto. Tanto así, que la música se produce, se piensa desde un principio, para ser reproducida en pequeños audífonos y no ya en grandes equipos de alta fidelidad. Ingeniería de sonido, le llaman.

El asunto es, finalmente, que nuestros diferentes aparatos nos están haciendo escuchar la música de manera diferente, desde su sentido más literal: suena diferente, diferentes frecuencias, diferentes tonos. Pero también diferentes conceptos: y hoy es más raro que un disco, mucho menos una canción, pretenda el trance metafísico que puede esperarse del crescendo que es el DSOTM. ¿Somos por eso una generación menos metafísica? Difícilmente, hay reemplazos, compensaciones sutiles como diría Cortázar. Quizás algunas cosas en el fondo se mantengan imperturbables, o quizás es sólo lo que mi nostalgia quisiera creer. Jugamos con las nuevas formas, hacemos arte con ellas, experimentos, vemos qué pasa, algunas cosas funcionan y la mayoría no. Usualmente queremos creer que hay un aparato mucho más formidable y espeluznante detrás de estas cosas.

La verdad suele ser más bien que se acaban las baterías y uno empieza a divagar a partir de eso.

Anoche vi la película de George Clooney, “Good Night, And Good Luck”, en la que cuenta la historia de la confrontación entre el periodista de la CBS, Edward R. Murrow, y el senador estadounidense Joseph McArthy. McArthy es, por supuesto, famoso por una de las cacerías de brujas más grandes de la historia, cuando desde la comisión de actividades “antiamericanas” persiguió a una serie de personalidades reconocidas, sobre todo del mundo del espectáculo, acusándolos de tener vínculos con el comunismo. Todo esto ocurría, por supuesto, en medio de la década de los cincuentas, cuando la Guerra Fría apenas empezaba y los estadounidenses le tenían un pánico irracional a la amenaza comunista (que para todo efecto práctico aún mantienen).

La película es interesante por la reflexión que plantea en torno al rol y el poder de los medios de comunicación en las sociedades contemporáneas (la temática escogida y desarrollada por Clooney no es casual, y resuena repetidamente como un tema sumamente actual). ¿Los medios de comunicación solamente informan, con mediana objetividad, cuestiones de hecho? ¿O están llamados, más bien, a tomar posturas por una u otra perspectiva, y a defender aquello que consideran como la mejor opción? Más aún, frente a lo que se puede considerar incluso como una injusticia, ¿tienen los medios responsabilidad, obligación de intervenir? ¿Tienen alguna legitimidad para hacerlo?

Todas estas preguntas de por sí complicadas se ven agravadas por los medios masivos en la sociedad de masas. Cuando los emisores son pocos, y su alcance enorme, los mensajes y contenidos que transmiten tienen toda la capacidad para configurar, digamos, por sí solos todo el espectro de la “opinión pública”. La televisión es el ejemplo por antonomasia, perpetuamente comentado: la caja idiota que brilla en millones de hogares a ciertas horas comunes, repartiendo los mismos contenidos, homogenizando las opiniones y enmarcando las discusiones, estableciendo la agenda pública.

Al mismo tiempo, este mismo alcance, que por supuesto se traduce en poder, no puede sino convertirse en una enorme responsabilidad. Podemos recordar las famosas palabras de Ben Parker (el tío de Peter Parker, alias Spider-Man): “con gran poder viene gran responsabilidad”. Pues si se tiene tanto alcance, tanta capacidad de llegada, entonces obviamente parecería inmediato decir que los medios masivos deberían difundir mensajes positivos, o mensajes que favorezcan la sociedad, o lo que fuera. Aquí está la tensión de la película: el mensaje que quieren transmitir Murrow y su equipo de periodistas es que McArthy está excediendo su legitimidad y está quebrantando límites constitucionales. Hasta allí todo bien, pero al hacerlo inevitablementen tendrán que tomar una posición en el debate en cuestión. No se puede hacer tal cosa pretendiendo, al mismo tiempo, ser una posición neutral y objetiva.

He aquí el problema, desde un punto de vista filosófico. Pues no parece haber realmente asidero para tal posición neutral y objetiva. Nadie tiene o puede tener acceso a una cierta posición de contemplación de la realidad tal que la vea como ella es en sí misma. Así deja de tener sentido incluso hablar de la realidad misma, como árbitro que nos permita dirimir respecto a quién tiene razón y quién no: lo único que encontramos son realidades tal como son vistas por una o por otra persona, desde una u otra posición. Diferentes discursos no pueden ser, entonces, sino visiones parcializadas, intrínsecamente incompletas, sobre las mismas cosas. Y por lo tanto, no es posible que los periodistas o los medios de comunicación o nadie pretendan tener y brindar un enfoque neutral, equilibrado y objetivo de las cosas, porque inevitablemente tendrán que hacerlo desde alguna posición inicial, con un conjunto de creencias y valores básicos que prefiguran la manera como ellos asimilan y procesan la información, y como la retransmiten.

Por ello mismo, todo el problema sobre la objetividad de los medios de comunicación siempre me ha parecido un pseudoproblema, precisamente porque no veo cómo es que podrían intentar ser objetivos, mucho menos conseguirlo. Para mí, el problema es totalmente otro: es la ficción de la supuesta objetividad, que lo que hace en la práctica es enmascarar uno u otro prejuicio. La audiencia termina recibiendo información parcializada hacia uno u otro lado, pero creyendo, por el contrario, que está recibiendo la Verdad, objetiva, pura, absoluta. Esto nos da la falsa seguridad de que tenemos las cosas claras, los asuntos más allá del debate y la discusión, y da pie a versiones más o menos radicales de fundamentalismos varios.

Por el contrario, creo más bien que no hay tal referente último para las cosas, y que ante tal falta de objetividad (pueden verlo como una condena o una liberación, me da igual), lo principalmente importante es reconocer nuestra posición, nuestra perspectiva limitada, antes que pretender excederla con pseudouniversalidades. En otras palabras: es preferible reconocer de entrada que tenemos tales o cuales prejuicios, que hablamos desde cierta parcialidad particular, antes que pretender objetividades absolutas que no nos son permitidas.

No tengo ningún problema con una pluralidad de parcialidades. Creo que así vistas las cosas, tendríamos menos problemas (aunque indudablemente surgirían otros tantos de diferente naturaleza), sobre todo porque seríamos capaces de reconocer el alcance real de la información que encontramos en diferentes medios. De lo contrario, sólo estamos engañándonos, creyendo que una u otra perspectiva, narración de los hechos tal como supuestamente son, es la Verdad que hemos estado persiguiendo.

Estos son problemas interesantes, me parece, que caen dentro de un concepto más o menos nuevo (para mí, sobre todo) que es la alfabetización mediática (media literacy), un elemento central para la formación de las nuevas generaciones que se forman crecientemente en y a través de los medios de comunicación (como si alguna no lo hubiera hecho antes).

La transformación de la política acompaña la de los medios de comunicación. Hace poco mencioné el experimento que significó el nuevo formato de debates, en la campaña presidencial para el 2008, que en EEUU han probado CNN y YouTube. El experimento fue en muchos sentidos exitoso, pero con problemas: a pesar de que fue sumamente bueno involucrar preguntas enviadas por ciudadanos de a pie por medio de YouTube, el hecho es que las preguntas presentadas siguieron siendo pre-seleccionadas por editores de CNN: 30 preguntas de entre un total de alrededor de 5000, seleccionadas en base a criterios no divulgados. Lo cual pone en cuestión todo el experimento, en cierta medida -aunque no deja de ser interesante-.

Ayer lunes, otro experimento tuvo lugar: el formato presentado esta vez por MTV y MySpace. Este debate en formato cabildo abierto recibió preguntas en tiempo real enviadas por los televidentes por mensajes de texto y chat, al mismo tiempo que permitía votar a través de la web sobre las respuestas del candidato, en este caso John McCain. Y el resultado, según reporta Wired, parece haber sido enormemente positivo, tanto así que el formato se muestra muy superior al de CNN-YouTube.

Todavía seguimos viendo los resultados de estos experimentos, pero lo interesante es lo que empiezan a ofrecer: un nuevo grado de compromiso e involucramiento por parte de ciudadanos (particularmente jóvenes, formados dentro de un diferente contexto y bajo diferentes medios), nuevas formas de acción política que se muestran como una mejor alternativa a un sistema que es globalmente percibido como inaccesible. En otras palabras: nuevos medios ofrecen la esperanza de que uno, desde su esfuerzo individual, pueda ejercer cambio en las cosas, cambio perceptible, que lo hagan sentir que todo el enorme aparato funciona para algo.

Mi relación con la política es conflictiva, pero quizás eso no se haya podido dar mucho a entender por lo que comento sobre ella en este blog. Hace un tiempo vengo considerando con algunas personas iniciar un nuevo proyecto de blog donde comentemos, desde múltiples perspectivas, diversos problemas de política, desde un ángulo (que queremos considerar original, quizás no lo es) que compartimos: el agotamiento de una serie de conceptos, categorías y estructuras, y una dinámica de cambio en múltiples niveles que genera nuevas formas para lo que significa hacer y participar de la política. Lo he insinuado antes, en la forma de que el cambio mediático, el cambio tecnológico generan cambio cultural y reclaman nuevas formas de considerar la política: así, la política en la época de YouTube es algo enormemente diferente a otras cosas que hayamos conocido antes.

Mientras ese proyecto sigue como idea, yo comento algunas cosas, pero no tantas ni con tanta fuerza como me gustaría. Antes tenía mucha mayor voluntad para comerme el pleito: para participar, involucrarme en proyectos, iniciativas, discusiones, y fue una experiencia sumamente enriquecedora, pero contradictoria. Mi participación de la Federación de Estudiantes de la PUCP me dio algunos de mis peores momentos pero mejores lecciones, y entre otras cosas me hizo entender, al menos a nivel micro, mucho más de cerca cómo funciona el submundo de lo político y lo politiquero. Y terminó por parecerme todo una gran pérdida de tiempo, que me hizo pensar aún con más fuerza cómo replantear medios y canales de participación para que no lo sea.

Todo esto viene a colación a partir de un largo artículo sobre la situación actual de Venezuela, al cual llegué por medio de un post en el blog de Martín Tanaka, que me hizo volver a pensar sobre mucha de estas cosas. La situación en Venezuela me parece, grosso modo, trágica, por muchas razones, a pesar de que me gustaría saber más sobre ella para estar bien informado y opinar con mayor conocimiento de causa. Justamente ese proceso de conocer y opinar es lo que siento que me falta.

McLuhan considera que con diferentes formas de medios de comunicación, en tanto engendran un mayor grado de involucramiento por parte de emisores y receptores, se genera una forma de “retribalización”, lo que yo entiendo más fácilmente como una reconstitución, en sentido hegeliano, de los vínculos éticos sustanciales que nos relacionan a todos. En otras palabras, a través de diferentes medios pasamos a sentirnos de nuevo involucrados personalmente en los procesos, al menos en aquellos procesos cuya temática o propósito sentimos nos afectan personalmente.

Re-replanteo. Desde fines del siglo XX hacia aquí, creo que experimentamos un acelerado colapso de la cultura de masas, desde diferentes frentes. Los medios de comunicación masivos dejan, de a pocos, de marcar la tonada. Los partidos de masas ya no convocan masas, sino que sus mensajes cobran cada vez mayor separación del grueso poblacional. La producción masiva que llevó a su paroxismo Henry Ford hoy se vuelve un modelo socavable y menos pertinente frente a nuevas técnicas, frente al contenido intangible y además frente a la diversificación de los intereses y los gustos y preferencias de los consumidores. Y así sucesivamente. En todo esto, la constitución de la identidad se vuelve algo más complejos, más aún cuando no sólo empezamos a movernos en contextos crecientemente diversos, sino porque interactuamos con gente de todos lados del mundo que comparten en mayor o menor medida preocupaciones e intereses similares a los nuestros.

¿Qué significa esto en la esfera de la política? Significa cosas como el debate, en EEUU, organizado por CNN y YouTube para los candidatos presidenciales, tanto demócratas como republicanos. Las preguntas fueron presentadas en diferentes clips por medio de YouTube a los diferentes candidatos, por ciudadanos de a pie, de manera totalmente diferente a cómo se hubiera hecho antes (como la de un sujeto que compuso una canción sobre sus impuestos, o la pregunta de un hombre de nieve sobre el calentamiento global). El formato está aún en su infancia y avanza con reparos -las preguntas finales son escogidas por editores de CNN- pero el consenso es que generó un formato de debate fresco, innovador, original, y que brindó a los televidentes material mucho más interesante para decidir que un debate basado en el formato conocido.

Pero esto implica repensar una serie de cosas, como la manera en que se constituyen las ideologías políticas, como se organizan los grupos de acción, como se articula la acción colectiva, y demás. Es mi intuición, sin embargo, justamente que las formas cambian y nuestros conceptos y aparatos teóricos deben cambiar con ellas. Esto viene de la mano con una serie de fenómenos de amplio alcance: el socavamiento de los Estados-nación alrededor del mundo, la globalización, el capitalismo trasnacional, la renovada importancia de la sociedad civil y el sector ciudadano, y la cada vez más marcada mediatización de nuestra cultura en general.

Quizás, por lo tanto, las formas previas se van volviendo obsoletas. El discurso moralista de gran parte, de casi toda, la izquierda tradicional cala poco, y tiene poco efecto como plataforma en un mundo como éste. La izquierda misma, sea lo que sea que esta categoría englobe hoy, debe replantearse y entender a partir de sus condiciones locales de existencia y a partir de lo que está pasando ahora. De manera similar con muchos otros movimientos de reivindicaciones importantes que han surgido en los últimos 100 años. La misma retórica que funcionaba en los setentas hoy funciona sólo con algunos en virtud de que es romanticona e idealista, y hasta ahí todo bien, pero en la medida en que pretenda conseguir transformaciones amplias en el tejido de la sociedad, la cuestión deja de funcionar tan efectivamente.

Gran parte de este moralismo radica en la creencia, a mi juicio obsoleta, de que simplemente en virtud de que se tiene una ideología “buena”, ideas que brillan por sí mismas, que revelan las contradicciones y los problemas, la gente vendrá y la seguirá. Y que si no lo han hecho aún es o porque no han tenido oportunidad de conocerla, o porque están cegados a entenderla. Gran parte del discurso que escucho va por esta línea casi cultista y dogmática de cómo deben entenderse las cosas, la misma línea de Chávez y su revolución bolivariana para quienes la ven e imperialismo para quienes no la ven, y la misma línea de García y su perro del hortelano para quienes no ven que el capitalismo salvaje es el camino hacia adelante.

Sólo tengo intuiciones que me son más o menos interesantes, pero que me llevan por el camino de la necesidad de replantear los discursos, sus presupuestos y sus pretensiones. Al menos los discursos bajo los cuales yo me quiera identificar: porque lo que me resulta imposible de aceptar de buenas a primeras, hoy, es la legitimación de un discurso que por fundamentos metafisicos o epistemológicamente cuestionables se quiera imponer al otro. Y me resulta inadmisible por la simple razón de que no estaría dispuesto a que me lo hagan a mí.

En la práctica, creo que se trata de convencer a los demás de que hay mejores opciones (o que uno cree que las hay). Si les gusta, bien, y si no, también.

En el último Simposio Metropolitano de Estudiantes de Filosofía, tuve oportunidad de presentar dos trabajos. El primero de ellos llevaba el mismo título que este post; surgió a partir de un trabajo que preparé el ciclo pasado para un seminario sobre Kierkegaard y el pensamiento del cine.

Presentarlo fue en gran parte un experimento. Por un lado, opté por no basarme en un texto, como suele ser el caso, y en cambio presentar en todo el sentido de la palabra. Utilicé una presentación hecha en Powerpoint con todos los riesgos que ello conlleva, pero hice todo lo posible para no causar una “muerte por Powerpoint” y en cambio comunicar efectivamente un mensaje. Creo que el resultado fue en general positivo: no estar sentado detrás de una mesa, leyendo un texto, ofrece una oportunidad de vincularse de manera mucho más cercana con el público, y creo también de comunicarse más clara y efectivamente. Pero como todo, son cosas que tienen que irse puliendo.

Ésta fue la presentación que utilicé en esa ocasión:

El texto original a partir del cual realicé la presentación pueden también descargarlo aquí.  Comentarios son siempre bienvenidos.

Me gustaría desarrollar un nuevo concepto. Siempre me gusta jalar elementos de todos lados, de múltiples fuentes, en múltiples formatos. Recuerdo hace un par de años cuando fui a un tributo a Radiohead hecho aquí en Lima, donde un grupo local (Space Bee) intepretó todo el OK Computer de manera genial, a la par que se proyectaban una serie de clips llenos de leit motifs radioheadianos.

El último sábado, Jorge Drexler se presentó en Lima. Su concierto fue formidable, su dominio de escena es excelente y sumamente divertido, y su música es de primera. Este tipo de experiencias me hacen reconsiderar cosas como la distancia entre la exposición de ideas y el espectáculo. Desde lo que me enseñan, desde la filosofía, al presentar uno sus ideas debe hacerlo de manera formal, rigurosa, académicamente seria. Y eso está bien, asegura que el cuerpo del conocimiento de alguna manera tiene cierto asidero, cierta continuidad. Pero personalmente, para mí, hay algo que falta. Y es que no puedo evitar sentir que eso hace que la propuesta se quede un poco corta. Cuando el objetivo es que se me escuche, se me reinterprete y algo quede de lo que digo, pues todo se siente un poco incompleto.

En principio, porque creo que uno no debería engañarse: aún cuando uno lee una ponencia filosófica, uno está vendiendo algo, en un sentido muy amplio. Uno no presenta un texto, un concepto, una idea que ha trabajado con la simple pretensión de ser escuchado y de que se le deje a uno vivir. Presentar algo es comunicar el asombro al cual uno ha llegado al encontrar una serie de conexiones que antes no se habían visto en el mismo lugar. Mucho más que un compartir intelectual, es hacer que el otro forme parte de mi intensa experiencia emocional al aproximarme al tema. Además, no espera ser tomado con neutralidad, o al menos yo particulamente considero que no debería serlo: leer para un auditorio neutralizado es peor que no leer nada. No conseguir reacción alguna, la crucifixión más terrible. Uno busca, o debería buscar, incitar algún tipo de reacción en su público. Cualquiera. Cuando menos, el despertar un nuevo interés que no hubiera estado allí antes. Despertar la curiosidad, el deseo de saber más.

Creo que pretender que un concepto o una idea que a uno le ha tomado buen tiempo desarrollar, sea entendido por un público en 20 o 30 minutos, es un poco iluso. Más bien, creo más efectivo tratar de transmitir la emoción del chispazo inicial, del sentido del descubrimiento, y tratar de llevar al otro por el mismo camino. Si le interesa a algunos pocos, pues bien. Si le interesa a muchos, pues muy bien, tanto mejor. Así se forjan comunidades de gente con las cuales se puede entablar una conversación, en torno al punto que han descubierto comparten.

Por eso quiero desarrollar un nuevo concepto. Que involucra no sólo a la filosofía y al mensaje que se puede querer transmitir, sino que apunta al diseño, a la construcción de toda una experiencia comunicativa. Arte, música, movimiento, imágenes, video, ideas, conceptos, discurso, creo que todo debe más o menos mezclarse en una performance más compleja, pero también más comprometida y comprometedora. Algo que realmente interpele al público y lo obligue a tomar una postura, sea a favor o en contra.

Creo que es por este tipo de cosas que me dicen que soy un sofista… Pero claro, yo nunca he tenido mayor problema con eso.

El trabajo del profesor de antropología Michael Wesch y su taller de etnografía digital se ha vuelto sumamente popular, particularmente en YouTube y en general en la web, en los últimos meses. Hace ya tiempo incluí uno de sus clips en un post sobre aprendizaje y nuevas tecnologías, y hoy he encontrado un par de clips nuevos que ameritan exposición y comentario. Esto porque en ellos se evidencia una tensión latente y creciente pero que nos está costando mucho entender: los medios a través de los cuales nos expresamos y nos comunicamos están cambiando, y con ellos la manera como nos relacionamos con los contenidos y con los demás. El cambio es abrupto y radical, y las viejas estructuras no se adaptan con la misma velocidad que el cambio.

El resultado es claro en el caso de la educación, donde se hace crecientemente difícil conectar el contenido con los alumnos acostumbrados a algo… diferente. Desde que empecé a dictar clases de prácticas esto se me ha hecho más notable: es difícil hacer que un alumno con un “MTV attention span” se concentre en leer a Kant por dos horas. Hay que encontrar la manera de relacionarse con el contenido, de volverlo más cercano, de ponerlo en un lenguaje común. Esto no debería ser demasiado difícil, visto que aún sigo siendo estudiante. Pero aún así, el contenido mismo, y sobre todo la fuerza de la costumbre en la que uno es formado, hacen que no sea una tarea tan fácil.

Uno de los clips que encontré hoy enfoca justamente esta problemática, desde el punto de vista de los alumnos: ¿cómo aprendemos? ¿Cómo estructuramos el contenido? ¿Cómo debería entonces enseñarse? Conforme pasa el tiempo, se vuelve cada vez más claro que las formas conocidas de transmitir conocimiento funcionan cada vez menos.

El otro de los clips va en la misma dirección, y está directamente relacionado. ¿Cómo conocemos hoy? Antes, nuestras estructuras de conocimiento reflejaban en mayor o menor medida la manera como almacenamos la información. Archivadores, categorías, índices alfabéticas y cosas así. Pero hoy eso ya no tiene sentido. Estamos en la era de la búsqueda, cuando Google y las bases de datos relacionales, junto con la velocidad de computación creciente, hacen que la búsqueda de información sea trivial. La información misma se vuelve trivial, una vez que es tan fácilmente accesible. ¿Qué hace el usuario? Tiene que aportar algo nuevo, algo personal, algo que no esté en la simple data, para poder justificar su existencia. Saber la información se vuelve trivial. Entenderla, procesarla, agregarla, interpretarla, se vuelven los verdaderos elementos diferenciales.

La medida en que estos cambios lo están transformando todo es difícil aún de discernir. Marshall McLuhan señaló hace buen tiempo ya que el medio es el mensaje: que el medio reconstituye su contenido, y no es, como podría creerse tradicionalmente, un simple vehículo de contenido. Hay algo más que la forma aporta, algo determinante, y determinante a su vez en relación con el sujeto que consume información, que consume medios.

Y es éste un problema que me viene fascinando cada vez más. ¿Cómo aprendemos y cómo educamos hoy? Los métodos tradicionales brillan por su falibilidad, pero al mismo tiempo, hay ciertas cosas del establishment académico que podríamos querer mantener. No se trata simplemente de cambiarse a la moda y tirar todo por la ventana. Pero sí se trata de reprocesar, de reinterpretar el aprendizaje y preguntarnos qué se puede esperar de un alumno aprender. Regurgitar datos se vuelve una función trivial que una computadora puede hacer por sí sola. La idea misma de erudición se vuelve relativa.

¿Entonces?

La educación se vuelve un proceso más complejo, donde se debe enseñar con mayor profundidad las vicisitudes de consumir y producir información, y de hacerlo, además, de manera responsable. A todas las formas de alfabetismo y analfabetismo que conocíamos, ahora agregamos el alfabetismo mediático como elemento central en la formación actual de ciudadanos y consumidores responsables e involucrados. En muchas medidas y dimensiones esto se hilvana con otra serie de fenómenos que se vienen dando en paralelo, y por eso, hoy no podemos más que repensar, replantear, probar y ver qué pasa: política, economía, negocios, cultura, sociedad, medios, arte, producción, consumo, familia, redes sociales, comunidades, etc.

El medio está transformando todos los mensajes.

… no existe.

La tecnología transforma nuestras formas de socialización y es difícil adaptarse. Como sociedad, esto nos causa resistencia porque no sabemos qué hay al otro lado. Y atrapados en el medio están los niños: ellos ya están al otro lado, pero sus padres no, y eso genera una sensación de tenerlos fuera de control.

No hay tal cosa como navegación segura, ni debería haber esta preocupación draconiana por proteger a los niños de lo que pueden ver en Internet. No comprendo, me desafía esta noción de escudarlos de “palabras clave” que puedan ser dañinas para su formación. Filtrar que no puedan buscar en Google la palabra “sexo” es estúpido. Si el niño la está buscando, es porque quiere ver sexo, o porno, o algo similar, y si realmente quiere verlo, encontrará una manera no contemplada en el filtro.

Por lo demás, un recordatorio: el mundo no es color de rosa. Hay cosas “feas” y que no pueden gustarnos, y el niño tiene que verlas igual. En Internet es igual, pero a la enésima potencia. De la misma manera que no deberíamos enseñarle a los niños que hay cosas “prohibidas” de las que no se puede hablar, deberíamos hacer un esfuerzo por explicarles cómo comprender estos fenómenos extraños, ponerlos en contexto y quitarles así la mística que los hace, justamente, tan apelativos.

No hay un “buen uso de Internet” porque nadie es capaz de definir lo bueno, ni mucho menos de convertirlo en filtros de contenido. Filtrar el sexo implica filtrar la educación sexual. Por lo demás, es el único ejemplo del que se habla: el objetivo principal de estos programas es que los niños nunca descubran que son criaturas potencialmente sexuales, y que existe una dimensión del cuerpo que en algún momento descubrirán de todas maneras, pero con menos herramientas para comprenderla.

¿Pero acaso no debería enseñarse nada en torno al uso de nuevos medios de comunicación? Claro que sí. Un uso responsable de los medios, que entienda las causas y los efectos de lo que hacen.

Enseñarles que hay gente allí afuera empeñada en hacerles daño, en engañarlos, y enseñarles cómo pueden protegerse de ellos.

Que aquello que publican en la web tiene consecuencias y un alcance mucho mayor del que pueden imaginar, y que deben hacerse responsables por la información que ellos mismos comunican. La web no es ya un sitio de consumo de contenidos, es un sitio de creación y expresión, y debemos aprender a hacernos responsables por nuestros aportes.

Que hay contenidos que deben entenderse juiciosa y críticamente, que deben corroborar los datos, ponerlos en contexto, identificar las fuentes. Es importante enseñarles que en Internet hay menos referentes para determinar la relevancia y certeza de la información, y que deben basarse en ella con precaución.

En resumen, los niños no serán, sino que son ya, consumidores y productores de información, en niveles que sus padres no pueden empezar a comprender, lamentablemente. Ya que lo son, educarlos en el uso de los medios no significa poner filtros para prohibir cosas y podamos permanecer tranquilos: si quieren encontrar algo, lo harán. Al margen de cualquier filtro. La educación mediática consiste en que se pregunten por sus prácticas de consumo y producción de información, por la manera como socializan en la web, y estén conscientes de los riesgos que existen y de las consecuencias que tendrán sus propios actos.

Pero la responsabilidad de educar no puede delegarse en una “Zona Segura Speedy”. Que un filtro prohíba que busque en Google “sexo” no puede ni remotamente ser un sustito para el educador explicando el sentido de lo que encuentra el niño en Internet como lo encuentra en el mundo. Al menos en Internet hay alguien a su lado que puede ayudarlo a contextualizar la información. Pero al parecer, queremos desperdiciar esa oportunidad.

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