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Supuestamente el sentir que estamos en control de nuestro entorno nos hace medianamente felices.

Eso es lo que pienso todas las mañanas cuando me subo a la 73 en el cruce de Arenales con Javier Prado. Cruzar la Jv. Prado demora sus buenos diez minutos en los que la gente se desespera y empieza a actuar un poco irracionalmente. Gritarle al chofer, al cobrador, pero mi favorito es cuando golpean ruidosamente el techo para que el carro avance.

Pero no va a avanzar, no puede avanzar. No es un tema de voluntad, no es culpa del chofer. El policía no escuchará los golpes. El golpe no cambiará nada. Pero el golpe es la ilusión del control, de que esa exteriorización violenta de la voluntad de alguna manera domestica el entorno y brinda, por un momento, seguridad.

Luego de eso, seguimos esperando.

Benjamin dixit:

Resumiendo todas estas deficiencias en el concepto de aura, podremos decir: en la época de la reproducción técnica de la obra de arte lo que se atrofia es el aura de ésta. El proceso es sintomático; su significación señala por encima del ámbito artístico. Conforme a una formulación general: la técnica reproductiva desvincula lo reproducido del ámbito de la tradición. Al multiplicar las reproducciones pone su presencia masiva en el lugar de una presencia irrepetible.

Y sin embargo:

El medio es el mensaje.

Vía La Batería Fina, me entero que ya está al aire el blog para el IV Simposio de Estudiantes de Filosofía, que se realizará en noviembre en la PUCP, junto con la correspondiente convocatoria:

El Comité Organizador del IV Simposio de Estudiantes de Filosofía de la Pontificia Universidad Católica de Perú invita a los estudiantes de las distintas universidades y especialidades del país a participar del IV Simposio de Estudiantes de Filosofía PUCP, el cual se llevará a cabo los días 11, 12, 13 y 14 de noviembre en el Auditorio de Humanidades de la Pontificia Universidad Católica del Perú.

Este año, las reflexiones del simposio girarán en torno al tema “hombre y naturaleza”. El tema puede abordarse desde distintas perspectivas que quedan a criterio de los participantes.

El tema es lo suficientemente abierto como para que a cualquiera se le pueda ocurrir algo. Ahora, me sorprende que el simposio ya no sea metropolitano, fácil es sólo de nombre o fácil realmente ha dejado de serlo, en fin, últimamente la comunidad filosófica local la veo bastante disgregada, así que no tengo idea cuál será el behind the scenes.

He participado y disfrutado mucho los últimos tres simposios -cuando, en efecto, aún era estudiante :(- y tengo toda la expectativa de participar también en éste, siempre y cuando mi condición ontológica no sea un problema. Me parece que es un excelente lugar para probar cosas nuevas y someterlas a la crítica y destrucción de la respetable concurrencia, y por eso tengo que ponerme a pensar en qué experimento quiero plantear este año, y cómo se la vendo a la comisión organizadora para que no me veten. Veremos qué pasa.

(Por ahí se insinúa una mesa redonda sobre Asimov y las tres leyes de la robótica, que podría ser divertida.)

Sí, soy un fanboy y un geek, lo sé. Estaba leyendo comentarios en Slashdot sobre una noticia de la última película de Star Wars, Clone Wars (que el estudio ha censurado las críticas negativas de la película en Internet, porque todos dicen que es terrible).

Algunas ideas poco procesadas sobre Star Wars, como historia y como franquicia. Primeramente, los tres primeros episodios (I, II y III) son terribles. La primera vez que los vi los disfruté, pero verlos de nuevo simplemente es doloroso. Pero de alguna manera se les puede dar sentido.

Pre-episodio 4, es decir, en todo la parte de la historia de Anakin, el dualismo es bastante claro. La luz, la oscuridad, los Jedi por un lado y los Sith por el otro. Es una cuestión bastante simplista del bien enfrentándose al mal. No sólo eso… el bien es más bien el Bien, una forma platónica de cómo debe el individuo, el filósofo -en este caso el jedi- acercarse al bien. La República Galáctica no es exactamente una República platónica -los jedis no gobiernan propiamente, sino que es el Senado-, y sin embargo la creación del Imperio más bien refleja los cuestionamientos de Platón hacia la democracia. La democracia se asesina a sí misma, se convierte en tiranía, en su propio ejercicio (esto se pierde en el facilismo en el que cae la historia, sobre todo con la sentencia de Amidala, “así es como muere la libertad, con un aplauso estruendoroso”, un vano intento de crítica política fuera de la cuarta pared). En fin. Pero cuando eso ocurre, son los jedi los que saben lo que es mejor para la República, son los filósofos de la luz (cf. la alegoría del sol) los que conocen lo que es mejor para todos los no-filósofos. Los filósofos deben reinar, pero no deben querer reinar. De la misma manera los jedis no quieren gobernar la República, pero sí sienten la obligación de proteger su orden.

Ahora, los jedis mismos. El lado claro de la Fuerza. Su camino al bien es un camino de estoicismo, ellos representan la calmada racionalidad, la supresión de las pasiones, el dominio del intelecto por encima de la impulsividad. Recuerden el entrenamiento de Yoda a Luke: lo que le está enseñando es básicamente a controlar sus emociones, a no sucumbir ante el odio contra su padre. Los jedis son ascetas que confían en la trascendencia a la Fuerza misma antes que en la vida carnal. En contraposición, los Sith son presentados como oscuros, porque se dejan llevar por sus emociones, por sus pasiones. Nadie refleja esto mejor, creo, que Darth Maul: arrogante, iracundo, desafiante, pelea contra los jedis movido por sus pasiones antes que por la racionalidad y serenidad que hace que Qui-Gon Jinn se siente a meditar frente a él. La oposición entre la luz y la oscuridad, entre el bien y el mal, es al mismo tiempo la oposición entre intelecto y emoción. Bastante clásico el dualismo, hasta este punto. Hasta lo reflejan en su ropa.

¿Pero qué más hay? La profecía de aquel que traerá el equilibrio a la Fuerza. Ignoremos por completo el asunto de las midiclorias -hagamos como que nunca pasó, simplemente porque no nos sirve ningún propósito-. Está este chibolo que traerá el balance a la Fuerza, pero luego se termina pasando al lado oscuro, traicionando a su maestro, convirtiéndose en el malo más maloso de la galaxia y trayéndose abajo la orden jedi, la República y demás. Como que no cumplió la profecía, y Anakin se lo echa en cara cuando lo deja agonizando a orillas del río de lava.

Acá hay varias cosas que observar. Primero, que nunca queda claro cuál es el maldito equilibrio de la Fuerza. Tenemos la oposición polar entre razón y pasión (lógos y páthos), y los jedis parecen esperar de Anakin que él traiga el equilibrio eliminando a los Sith. Pero eso no tiene ningún sentido, porque ya no habría dualidad, no habría dos lados. El equilibrio en ese caso se rompería. Entonces no puede ser eso, como tampoco puede ser la reivindicación de la pasión volviéndose Darth Vader y eliminando a los jedis. Entonces el asunto no va por ahí.

Fast Forward a su hijo, Luke. Luke no recibe entrenamiento formal como jedi, porque ya no hay templo y ya no hay orden ni maestros que le enseñen. Recibe entrenamiento informal de Obi Wan Kenobi y de Yoda, pero con ambos su entrenamiento queda incompleto, porque ambos se mueren en el camino. Acá empiezan a aparecer las paradojas. Al principio de Ep.6, Luke aparece ya como un maestro jedi… pero vestido de negro. Y de hecho, Luke como jedi está casi siempre de negro (a diferencia del blanco que viste cuando aún no ha sido entrenado). Además, es reconocido como maestro jedi… no hay orden que lo avale, pero recordemos además que su entrenamiento no ha concluido.

Estos no son detalles. Fast Forward aún más, e intentemos atar los cabos. ¿Cuál es el chongo de todo esto? Escenas finales de Ep. 6, los rebeldes atacan la Estrella de la Muerte mientras Luke conversa con el Emperador. El Emperador lo empuja, lo desafía a desatar sus pasiones, a liberar el páthos y abandonar el camino claro de la Fuera, lo cual Luke hace cuando empieza a rebanar a Vader -además, su padre (pero omitamos por ahora las lecturas psicoanalíticas)- con pura ira. ¿Luke se pasa al lado oscuro? He aquí el punto importante: se detiene. ¡Se detiene! Y no mata a Vader. Luke es capaz de pelear con toda la fuerza de la pasión, pero guiado siempre por la prudencia, la phrónesis, que le permite calmar sus emociones. Éste es el equilibrio de la Fuerza: una nueva línea de jedis que son capaces de ponerse en contacto con su corporalidad, con sus emociones, sin desprenderse del intelecto y la racionalidad. Esto los hace más fuertes, capaces de liberar sus pasiones sin convertirse en bestias irracionales. Éste es el sentido de todas las dos trilogías, el punto donde todo se ata, y no es una sencilla lucha entre el bien y el mal, sino un mensaje existencial más profundo y complejo.

Entonces no era Anakin, sino Luke, el que traería el equilibrio a la Fuerza. Leyeron mal la profecía.

No, no tan rápido, hay algo más. Vale la pena ver la última escena una vez más.

(Como ejercicio, comparen esta pelea con la pelea final de Ep. 3, acartonada a más no poder no sólo por las actuaciones, sino por el simplismo de la oposición entre el bien y el mal, no hay ninguna ambigüedad interesante:

El guión le otorga las líneas más aburridas del universo a este Anakin poco interesante. En fin.)

Porque, finalmente, Luke juguetea con el lado oscuro. Pero es Vader, o mejor dicho Anakin, quien sella el destino. Ante la imagen de su hijo siendo fulminado por el Emperador, se zurra en todo y sacrificándose a sí mismo lo tira al pozo. Anakin ha llegado más lejos: él ha estado en el lado oscuro de la Fuerza y ha regresado, y al regresar y eliminar al emperador, dejando como el único jedi vivo (porque él mismo muere) a su hijo Luke, ha sellado la posibilidad de que los nuevos jedis serán de esta nueva estirpe mixta.

Y esto nos genera un problema de guión. En la edición original y en la versión del 97 de Ep. 6, la última escena de Luke mirando al cielo tiene los espíritus de Yoda, Ben Kenobi y de su padre viejo, redimido como jedi y unido con la fuerza. Estúpidamente, la versión de DVD que sale después de que se lanzó Ep. 2 reemplaza al Anakin viejo por el antipatiquísimo Anakin joven de Hayden Christensen, para supuestamente darle consistencia a todo el asunto. Pero esto destruye todo el mensaje de la película, porque querría decir que Vader sí mató simbólicamente a Anakin, y que Anakin nunca regresó del lado oscuro. El Anakin viejo, en cambio, nos da a entender que consiguió redimirse finalmente con su sacrificio, y por eso se une con la Fuerza y sus amigos jedis.

Por supuesto, no creo que Lucas haya pensado en nada de esto, pero se me hace más interesante la saga cuando la leo así. Lo singular del asunto no está en la oposición entre la luz y la oscuridad, sino la manera en como finalmente se resuelve, en el equilibrio de la fuerza: tanto jedis como siths tenían que desaparecer para que una nueva línea pueda formarse, una línea mestiza que tomara y superara las dos tradiciones. Dialéctica, aufhebung, un nuevo momento de superación, un nuevo comienzo. Así el asunto se pone más complejo y es un poco más interesante.

Aquí una entrevista que me pasaron a Slavoj Zizek en el diario inglés The Guardian. Sus respuestas son demasiado maestras a las típicas preguntas de test de última página de Somos.

What is the most important lesson life has taught you?

That life is a stupid, meaningless thing that has nothing to teach you.

Maestro.

Hace unos días me llegó por correo electrónico la información sobre el I Coloquio Peruano de Filosofía Analítica, que se realizará del 18 al 20 de agosto en la Facultad de Letras de San Marcos. El programa se ve interesante, e incluye invitados, entre otras, de las universidades de Virginia, San Marcos, MIT, PUCP, Oxford, etc.

Me encantaría ir a algunas de las conferencias, pero creo que el tiempo no me lo permitirá. En fin. Estaré allí en espíritu (lo sé, eso es lo mismo que no estar, por obvias razones).

XKCD es demasiado fino.

Un extracto de The Long Tail, de Chris Anderson, traducción mía:

Por un tiempo, la suposición era que para ser músico, la manera correcta de aprender era copiar a los maestros. Así que uno debía tocar covers, leer música, y quizás asistir a un conservatorio. Ésta era la idea de pagar tu derecho de piso: recorre el circuito, toca los estándares, porque eso es lo que la gente quiere (nadie quiere oír tus terribles composiciones originales). Hazlo correctamente.

Pero el rock punk cambió todo el juego. El rock punk dijo: “Bueno, tienes tu guitarra, pero no tienes que hacerlo correctamente. ¡Puedes hacerlo mal! No importa ni un poco si eres un músico talentoso; sólo importa si tienes algo que decir”.

A través del rock punk, tuvimos una serie de voces frescas, sonidos nuevos, y un sentimiento contra el establishment que sólo habría podido venir de fuera del sistema. Era inspirador ver gente allí afuera sin más talento que uno mismo, divirtiéndose, siendo admirados, haciendo algo nuevo. Por ponerlo en términos económicos, el rock punk redujo las barreras de entrada para la creación.

Ahora sustituyan filosofía por rock. DIY.

Zizek on Philosophy

Creo que sólo así puedo darle sentido a la filosofía. Tanto en fondo como en forma, además, aunque debo admitir y advertir que la segunda parte es sumamente perturbadora.

Hace un tiempo con unos amigos empezamos un proyecto bizarro, como todos, que llamamos el Dodecaedro de Estudios Estéticos. El objetivo era, de manera un poco interdisciplinaria (un par de filósofos, un par de historiadores del arte, un psicólogo) profundizar un poco en los problemas del arte y de la estética, desde nuestras diversas perspectivas, un poco al mismo tiempo empapándonos en una serie de conceptos nuevos.

Tuvimos resultados interesantes mientras los tuvimos, incluyendo un poco de Lacan, lecturas del arte como producto cultural en la sociedad de masas, y demás. Pero lamentablemente, el tiempo, las obligaciones, y demás avatares de la vida posmoderna nos obligaron a silenciosamente dejar las cosas a medias.

Ahora el Dodecaedro ha resuscitado, en una nueva encarnación como Dodecaedro de Estudios Artísticos y un modelo más virtual. Aún no me queda claro el modelo, pero igual me resulta divertido. Creo que participar del nuevo Dodecaedro me brindará un espacio para formular una serie de preguntas más específicas en torno a una serie de cosas: conceptos de arte hoy, de reinterpretación y participación por parte de la audiencia, de cómo entender la crítica y la curaduría, en fin, tratar de enmarcar una serie de problemas que surgen hoy en mi línea de interés entendiendo al arte dentro de entramados más amplios de lenguaje y de cultura, o de producción y consumo de signos como diría Baudrillard.

Aún no hay nada que mostrar en el Dodecaedro, pero los invito a visitar, conocer y en la medida de lo posible participar. Para mí todo esto son conceptos nuevos, más aún porque se trata de ideas y categorías que están ahorita, como tantas otras, en plena maleabilidad. Rodrigo Sarmiento, uno de los participantes del proyecto, ha publicado un manifiesto que más o menos delinea algunas de las intenciones que tenemos hasta ahora, y que deja ver muchas de nuestras confusiones también. Por algún lado teníamos que empezar, ¿no?

Hace un par de días me gradué. C’est finis. Y como no me he cansado de repetir, me siento expulsado al “desierto de lo real”, por ponerlo de alguna manera. Obviamente, no se trata sino de la consagración simbólica de algo que fácticamente había ya sucedido mucho antes -la expulsión al mundo real con todos los problemas que eso conlleva- pero también es cierto que, como consagración simbólica, arrastra una carga psicológica mucho mayor al hecho mismo.

Pero la diatriba de hoy no es en torno a mi graduación, al menos no propiamente, sino que va más por el lado de la carga psicológica (y, por supuesto, mis propios conflictos y complejos personales). Mi diatriba va, más bien, por el lado de tratar de entender cuál es mi propio papel en el gran esquema de las cosas, qué rol juego o quiero jugar, y qué tanto lo consigo. Es decir, como busco plantear la pregunta, ¿se supone que soy un académico? Perdónenme si por momentos suena a que peco de pretensión o soberbia, mis preguntas van más bien por el lado de a qué estructura me pliego. Una vez que dejo de ser un estudiante, que soy algo así como un “filósofo” casi profesional, ¿entonces qué se supone que soy? (Y qué quiero ser.)

Hay varias cosas que me molestan del discurso académico, y varias otras cosas que me molestan de la filosofía. Hasta ahora, mal que bien, busco la manera de lidiar con ambas cosas, y este blog ha servido mucho para ello. Mi aproximación a la filosofía surgió por un interés muy fuerte por conseguir herramientas que me permitieran mejor plantear una serie de problemas contemporáneos que veía en el aire. En el camino no me encontré, quizás, con mucho espacio en el cual trabajar estos problemas -los problemas que vengo discutiendo en este blog hace ya buen tiempo-, pero sí con mucho espacio potencial por abrir y muchas herramientas útiles e interesantes para hacerlo. Pero al hacerlo suelo encontrarme con problemas muy similares.

En primer lugar, el conflicto interno que surge, y en gran medida inspirado externamente, por creer que aquellas cosas que quiero hacer, o la manera como quiero hacerlas, no son propiamente algo que se llamaría “filosofía”. Además, el saber o creer que muchas de las personas que sí hacen algo de lo que se llamaría “filosofía” (sea como “contemplación intelectual de los grandes problemas que afectan al ser” o cualquiera de sus variaciones) consideran que lo que hago o me interesa rankea en una escala que va de lo inútil a lo peligroso. Pero es que simplemente mi visión personal de lo que la filosofía es, puede o debe ser, parte de una cuestión diferente y con objetivos patentemente diferentes. Y sin embargo, inevitablemente esta forma de consideración entra en juego cuando trato de entender en qué lugar del aparato me encuentro.

En segundo lugar, porque el lenguaje y la conversación que quiero mantener escapa de las fronteras del discurso académico, y es en gran medida uno de mis objetivos el conseguir llevar el discurso filosófico y sus preocupaciones a un publico más amplio, menos técnico, y abrirle para ese público un espacio de participación. Lo cual de nuevo puede rankearse en una escala que va de lo inútil a lo peligroso. El discurso académico se caracteriza por ser un discurso casi hermético, en una sola dirección, con canales claramente definidos y legitimados para el diálogo y la interacción, y las diversas maneras como estos canales se están viendo subvertidos están creando todo tipo de inconsistencias y preocupaciones. Lo divertido es que estas inconsistencias y preocupaciones me parecen chéveres, por mí no hay problema. Y es por eso que busco un lenguaje y un proceso que llegue más lejos, que sea más público y que consiga un interés más amplio que el espectro estrictamente académico.

Entonces, ¿soy un académico? ¿Un académico wannabe, o lo que fuera? ¿Qué diablos se supone que soy ahora?

La naturaleza, o por lo menos mucho de ella, de los temas que me interesan tiene muchos puntos de conexión y de entronque con una preocupación social y política. Es por eso mismo que considero que discutirlos requiere de una apertura más amplia a la participación de gente (1) que participe de tradiciones y comunidades académicas diferentes a la filosofía, y (2) que podría incluso no estar familiarizada con la dimensión teórica, conceptual del debate sobre estos temas. La experiencia de llevar adelante este blog y compartir ideas a través de él ha sido una experiencia sumamente gratificante en ese sentido: porque me ha permitido ponerme en contacto con gente que viene desde otros lugares, desde otros referentes, y buscar la manera de establecer un diálogo con ellos.

Es una experiencia complicada, pero interesante. De hecho, muchas de las personas con las que me he comunicado a partir del blog no son necesariamente de un background filosófico, o de un entorno académico. Pero eso no quita que tengan opiniones relevantes e interesantes que compartir, y son siempre bienvenidas. Justo ahora, que nuestros criterios y conceptos de identidad y de autoridad medio que vienen colapsando, y que las referencias tradicionales que hemos utilizado para demarcar lo que es conocimiento de lo que no se ponen en cuestión, se hace pertinente abrir la discusión a todos los involucrados.

No sólo eso, sino que además, sí considero importante que, desde lo académico, se toma una postura un poco más proactiva hacia la comunicación. Los debates académicos, que frecuentemente son iluminadores y enriquecedores de lo que puede ser nuestra experiencia cotidiana, lamentablemente se suelen quedar dentro de los salones y los claustros universitarios, y el conocimiento y las ideas que allí se generan difícilmente permean hacia sectores más amplios de la población. Un poco el rollo de democratizar el conocimiento va también por ahí, de realizar un esfuerzo por decir las cosas en un lenguaje que no excluya a todos aquellos que no se han formado en la misma tradición académica, y que permita así que más personas, de diferentes comunidades y antecedentes, pueda participar de la discusión. Pero claro, esto sólo tiene sentido en la medida en que abandonemos un paradigma según el cual la autoridad en el conocimiento es algo cerrado, aportado por una dedicación exclusiva de años y la legitimidad que brinda la pertenencia a una comunidad legitimadora.

Más bien, hoy día nos volvemos expertos en millones de temas de maneras mucho más cotidianas, mucho más accesibles, pero que al mismo tiempo nos brindan las herramientas para participar, compartir, debatir, llegar a acuerdos y demás, sobre muchos temas que nos atañen de un modo personal y directo, sobre todo en los órdenes social y político. Entonces creo que el espacio para lo académico debe también verse modificado, ampliarse, abrirse e incluir un poco más de participación, e incluso hacia adentro reconcebirse para favorecer el intercambio y la colaboración entre sus miembros.

Entonces, en toda esa medida, considero que el discurso académico, la manera cómo trabajamos el desarrollo del conocimiento, y la manera como hacemos y sobre todo comunicamos y presentamos la filosofía, deben transformarse de muchas maneras. No quiero decir que eso signifique reemplazar todas las maneras que usamos ahora -de hecho, muchas de ellas sirven perfectamente bien a su propósito actual-. Sólo digo que podemos ampliar el espectro de esos propósitos, y que tenemos una cierta obligación de hacerlo dadas las condiciones actuales del mundo. Tenemos que desarrollar nuevas herramientas y nuevas maneras de pensar para poder comprender con mediana plenitud los problemas que enfrentamos hoy día. Y eso implica también, antropológicamente, que debemos jugar con la manera como nos comportamos como comunidad académica si queremos realmente formar parte de la discusión sobre estos problemas.

Finalmente, esto no me aclara en ninguna medida a qué tipo de comunidad pertenezco, si lo hago a alguna. Pero me permite mapear con un poco más de claridad las tensiones que siento y reconozco y de las cuales en mayor o menor medida formo parte diariamente, en la medida en que siento que no existen espacios para ciertas cosas, pero existe el potencial para inaugurar la discusión sobre una serie de cosas. Quizás, porque también podría simplemente ser mi obstinación de querer reconciliar cosas irreconciliables.

Hay múltiples interpretaciones que pueden hacerse de la respuesta última a la vida, el universo,  y todo lo que existe -todas las cuales son apócrifas y alejadas de las intenciones de Douglas Adams, pero no por eso menos interesantes. Para los que no lo saben (y si no quieren saberlo, no lean esto), la respuesta es 42 (selecciona el texto para descubrirlo). Claro, la respuesta no tuvo mucho sentido hasta que se supo con mediana claridad cuál era la pregunta: “¿Qué obtienes cuando multiplicas 6 por 9?”. Ahora, el lector acucioso habrá percibido que la respuesta, y la pregunta, no parecen cuadrar. Y en ello radica justamente lo interesante del asunto.

Todo esto se encuentra en la formidable saga de Douglas Adams, The Hitchhiker’s Guide to the Galaxy, trilogía en cinco partes en la cual se resume toda la sabiduría del universo. A través de la saga, el personaje de Arthur Dent se ve expuesto a circunstancias totalmente absurdas e inverosímiles, desde la primera página cuando el gobierno quiere demoler su casa para constuir una carretera, pasando por la segunda cuando los Vogons quieren destruir la Tierra para construir una carretera intergaláctica, y huyendo del planeta para salvarse con su amigo Ford Prefect, vestido en su bata de noche a través del universo. Es, sin lugar a dudas, uno de los puntos álgidos de la cultura occidental.

Y la pregunta y respuesta al sentido de la vida y del universo no tienen ningún sentido. Creo que ése es justamente el sentido que se puede extraer de ello: que no existe tal cosa como una respuesta a la vida, o un sentido pleno del universo. O que es una de esas cosas por las cuales no tiene sentido preocuparse demasiado:

“Quiero decir, sí, idealismo, sí, la distinción de la investigación pura, sí, la búsqueda de la verdad en todas sus formas, pero uno llega al punto donde me temo que empieza a sospechar que si existe alguna verdad real es que la infinidad multidimensional del Universo entero es administrado por un montón de maniáticos; y si se reduce a escoger entre pasar otros diez millones de años descubriendo eso o, por otro lado, tomar el dinero y correr, pues a mí personalmente me vendría bien el ejercicio.”

Cuando uno hace las paces con la idea de que el universo es fundamentalmente absurdo, empieza a sentir cómo un enorme peso le es retirado de los hombres. Deja de buscar por leyes inexorables, o grandes respuestas o grandes sentidos que le den unidad a todo. El hecho de que los haya o no deja de ser importante, y se vuelve más interesante lo que hacemos en el camino. El poder y el valor del absurdo es algo que subestimamos o despreciamos con frecuencia y con facilidad; pero en realidad, es una de las cosas más interesantes que hay. Según la Guía, el problema radica en que la respuesta a la pregunta y la pregunta no pueden existir al mismo tiempo dentro del mismo universo: existe una teoría que dice que en el momento en que alguien dentro del universo conozca ambas, el universo colapsará sobre sí mismo, desaparecerá y será reemplazado por uno nuevo de mayor complejidad. Existe una segunda teoría que dice que esto ya ha pasado. (Existe una tercera teoría que dice que las primeras dos teorías son invenciones de los distribuidores de la Guía para promover la idea de un universo incierto, elevando sus ventas.)

Lo importante no me es, particularmente, lo que el universo sea, o si podemos llegar a alcanzar sus sentidos últimos, o lo que fuera. Lo más interesante es que no importa: podemos creer que es 42 y vivir con eso tranquilamente (como lo hacemos con muchas otras cosas), porque encerramos la esperanza de que si conociéramos el sentido de la vida eso tendría algún tipo de repercusión importante sobre nuestras vidas cotidianas. Porque, peor aún, suponemos que si la vida tuviera un sentido, resultaría ser algo bastante cercano a la vida como la vivimos (de lo contrario no la viviríamos para empezar). Y así se nos pasa la vida esperando y buscando -lo cual de por sí no tiene nada de malo, hasta que empezamos a suspender el efectivamente vivirla en función a objetivos más allá de esta dimensión-.

La vida no tiene ningún sentido último, y si lo tiene, en realidad tampoco importa. Lo más probable es que se trate en el fondo de una contradicción absurda, algo trivial, irrelevante, estrictamente contingente, como el 42. En realidad es bastante indiferente; algo así como el objeto de deseo que nos mueve, y la manera como puede ser cualquier cosa, y no es que sea cualquier cosa antes de nosotros, sino que la cosa que pasa a ser nuestro objeto de deseo es puesta por nosotros allí. En su búsqueda misma esta su constitución, y de la misma manera con el 42, y las grandes respuestas al universo y la vida y todo lo que existe, son grandes absurdos contingentes que nosotros ponemos allí. Enormemente divertidos, definitivamente, pero precisamente creo que lo mejor es tomarlos con buena onda y divertirse con ellos, en lugar de angustiarse esperando que la revelación de sus verdades hará por fin que todo cuadre en su lugar.

Hay algo más en lo que la experiencia del blog me ha ayudado significativamente. En la filosofía, tenemos frecuentemente la tendencia de perdernos en un lenguaje excesivamente técnico, excesivamente complicado, y bastante hermético al acceso de forasteros. Aprender a escribir en un tono y con unos términos que hacen nuestro contenido sumamente difícil: personalmente, creo que esto responde, a su vez, a la creencia de que para lidiar con profundos problemas, uno debe también hablar en un lenguaje profundo que refleje la profundidad de lo profundo y ese tipo de cosas. Quizás en la misma medida en que no considero que la filosofía sea una tarea o un trabajo más digno, más enaltecido que los demás, tampoco creo que tenga por qué hablar en un lenguaje más complicado, sólo para iluminados.

Escribir en un blog, en un entorno más informal, y buscando comunicarse con un público mucho más amplio, ayuda muchísimo en términos de aprender a comunicarse más efectivamente. Uno se ve obligado a buscar construcciones más simples, términos más comunes, y a darse cuenta de que, si no puede decirse en términos sencillos, quizás no vale la pena que se diga.

Este cambio de lenguaje es algo que he tratado de incluir también en mis presentaciones. El estilo académico formal que predomina en congresos, coloquios, simposios y demás, es el de leer un texto, un trabajo de investigación formal y rigurosa, citando las referencias en el camino y toda la parafernalia. Pero en las últimas presentaciones que realicé en el Simposio de Estudiantes en la PUCP, escogí cambiar un poco la fórmula, y el experimento fue interesante. Partí de una premisa muy simple: en los 20 minutos asignados, no iba a tener el tiempo necesario ni para (1) leer la totalidad del trabajo que quería presentar, ni para (2) realmente transmitir el resultado de varias horas de lectura, investigación y preparación. En 20 minutos no es posible que la audiencia llegue a captar la totalidad de lo que sea que se quiere exponer. Entonces, en esos 20 minutos lo mejor a lo que podía aspirar era a, (1) brindar un conjunto básico de ideas en torno al tema trabajado, y (2) buscar despertar el interés del público por el mismo tema. Es cierto: ya no estaba tanto presentando una investigación, como marketeando una idea.

El resultado fueron dos presentaciones concebidas de manera diferente, y ejecutas de la misma manera: escogí no leer, sino exponer oralmente. Escogí utilizar el PowerPoint, pero de manera tal que (creo) apoyaba y no perjudicadaba el contenido de lo que iba exponiendo. Y escogí utilizar un lenguaje y una estructura que fueran lo más accesible posible, de tal manera que realmente pudiera compenetrar al auditorio. La experiencia fue sumamente gratificante: porque, a diferencia de oportunidades en las que he leído un trabajo, sentí mucho más cercanamente la relación con la audiencia, y podía ver directamente si estaban o no siguiendo lo que iba diciendo, y eso me permitía hacer modificaciones sobre la marcha. Por lo que podía percibir, la gente estaba más interesada, cuando menos por lo exótico del experimento. Y eso de por sí ya era, creo, un triunfo.

Claro, de hecho tuvo mucho que ver que el experimento estaba inspirado por la idea de que el medio es el mensaje.

Días confusos los últimos. Después de cinco años, mi periplo de pregrado ha terminado. Lo cual es un momento ambiguo: por un lado, estoy feliz de terminar, también porque ya estaba harto de muchas cosas. Por el otro, asusta, y también entristece un poco, el hecho de que se acabe. Es todo complicado, porque el panorama no se hace claro, las cosas se vienen por montones y es todo un poco abrumador. Los aburriré ahora un poco con detalles sobre esto.

Desde hace tiempo, viendo venir estos momentos vengo pensando bastante sobre el tema de la empleabilidad de la filosofía.  Es un tema complicado, lleno de mitos y problemas de interpretación, y verdades a medias: que los filósofos no tienen oportunidades de trabajo, que sólo pueden contar con carreras académicas, que no están capacitados para hacer nada. Todo esto me ha sido un problema importante porque no sólo quiero “hacer cosas”, sino que la carrera académica nunca ha sido mi principal interés. Desde que me interesó la filosofía me interesó por su capacidad para relacionarse con múltiples temas y problemas, y tener algo interesante que aportar.

A uno le ofrecen o le venden caminos preestablecidos, más o menos. Siguiendo siempre más o menos los mismos parámetros, que no es que estén mal, sino que simplemente no resuenan del todo conmigo. Que uno termina, y debe seguir estudiando, y debe considerar de entrada seguir una maestría. Esto lo aceptamos, sin detenernos a pensar con mayor detenimiento en precisamente por qué queremos un posgrado. Es cierto que los parámetros que los estudiantes de carreras de humanidades seguimos son diferentes a otras ramas del conocimiento: el por qué parece medio trivial, pues el conocimiento es casi un fin en sí mismo. No nos atormenta tanto esa pregunta; pero no debería ser menos importante. ¿Para qué queremos una maestría, o un doctorado? ¿Porque sí? ¿Por satisfacer nuestro ego? ¿Por desarrollar el conocimiento de la humanidad? Yo personalmente no la tengo del todo clara. Pero sé que seguir estudiando brinda una sensación de seguridad directa: le permite a uno continuar con una cierta burbuja de seguridad con las condiciones más o menos controladas, y posponer el enfrentamiento con algo así como el “mundo real”.

Mis observaciones iniciales van justamente porque seguimos este camino más o menos dado simplemente porque está ahí, y porque no conocemos mucho de otras alternativas. Pero la decisión de optar por un posgrado debería ser una decisión basada no tanto en algo negativo (no conocer otras opciones), sino en algo vinculado a los objetivos e intereses que uno espere perseguir con el posgrado (el blog de Penelope Trunk es interesante, aunque bastante discutible respecto a muchas de estas cosas). Eso me complica tanto más la idea de qué buscar, pero en fin. Creo que así visto vale más la pena: no estudiar dos (o más) años más sólo porque es lo que el camino requiere de uno, sino más bien porque tal o cual posgrado le brindará a uno tales o cuales herramientas particulares para cumplir con tales o cuales objetivos. Todo se entrecruza complicadamente con cuestiones como que uno maneje un cierto nivel de planificación respecto a lo que quiere hacer, y allí todo empieza a ponerse difícil: objetivos, planes, ideales, etc., pero idealmente así uno invertirá mejor su tiempo y dinero, en lugar de sólo estudiar más por alguna razón que uno mismo desconoce.

Es, claro, mi visión personal del asunto. Pero son el tipo de preguntas que me aquejan y acompleja en estos días, cuando las horas están un poco más vacías de cosas que hacer y uno tiene más tiempo para preguntarse sobre el futuro. Como suele ser el caso, el vacío es intimidante. Y asusta un poco. Aún así, creo que es mejor todo eso en lugar de simplemente pasar por la vida sin preguntarse bien qué quiere hacer uno o si simplemente está flotando en alguna dirección desconocida.

De vez en cuando, muy de vez en cuando, ocurre tal cosa como que parece que hubiera una comunidad filosófica más o menos cercana. A 30 días de terminar mi pregrado, en verdad me habría gustado que hubiera más de algo así. El Simposio de la semana pasada sirvió como oportunidad para que algo así se diera, y el alcohol siempre ayuda además. Restauración de los vínculos éticos sustanciales, diría Hegel.

La comunidad:

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Me habría gustado dedicar más tiempo a saber en qué anda cada uno, pero tampoco seré fatalista asumiendo que ya nunca se podrá. Por alguna razón, no parece nunca haberse articulado bien una comunidad filosófica en la PUCP. Son más bien vínculos dispersos, a menudo además poco sinceros. Pero en fin, siempre hay oportunidad de intentar de nuevo.

Entre otras cosas descubrí también un blog de un grupo de alumnos de la especialidad, La Batería Fina, que parece ser tanto interesante como divertido. Si hubiera alguno otro, avísenme, por lo pronto esté pasa a formar parte de mi poco actualizado blogroll.

La otra presentación que tuve oportunidad de hacer en el III SMEF fue en torno a un tema particularmente espinoso: la vinculación que existe entre filosofía y empleabilidad. ¿Hay trabajo para filósofos? ¿Hay espacio dentro de lo académico? ¿Hay algo que pueda hacer fuera de lo académico, en lo cual no termine sintiéndose miserable, sino, más bien, realizado? Fueron algunas de las preguntas para las cuales intenté esbozar alguna respuesta.

Es un tema complicado de tocar, pero en general una experiencia positiva, que contó además con la perspectiva de Pepi Patrón a partir de su propia experiencia, por lo demás amplia y variada. Incluyo aquí también la presentación que utilicé para esta sesión.

Sobre el mismo tema he vuelto varias veces, desde diferentes ángulos. Quizás la serie que he venido publicando en Invasiones Bárbaras sobre cómo sobrevivir en el mundo real tenga también ideas interesantes para quienes pudieran estar interesados.

En el último Simposio Metropolitano de Estudiantes de Filosofía, tuve oportunidad de presentar dos trabajos. El primero de ellos llevaba el mismo título que este post; surgió a partir de un trabajo que preparé el ciclo pasado para un seminario sobre Kierkegaard y el pensamiento del cine.

Presentarlo fue en gran parte un experimento. Por un lado, opté por no basarme en un texto, como suele ser el caso, y en cambio presentar en todo el sentido de la palabra. Utilicé una presentación hecha en Powerpoint con todos los riesgos que ello conlleva, pero hice todo lo posible para no causar una “muerte por Powerpoint” y en cambio comunicar efectivamente un mensaje. Creo que el resultado fue en general positivo: no estar sentado detrás de una mesa, leyendo un texto, ofrece una oportunidad de vincularse de manera mucho más cercana con el público, y creo también de comunicarse más clara y efectivamente. Pero como todo, son cosas que tienen que irse puliendo.

Ésta fue la presentación que utilicé en esa ocasión:

El texto original a partir del cual realicé la presentación pueden también descargarlo aquí.  Comentarios son siempre bienvenidos.

Hoy por la noche empieza el III SMEF en la PUCP con la conferencia magistral de Federico Camino sobre “Heidegger y el problema de la metafísica”, a las 6pm en el Auditorio de Humanidades de la PUCP.

El título que se le ha dado al simposio es “Filosofía y futuro”. El programa completo pueden encontrarlo en el blog del Simposio.

Por lo pronto, yo me estaré presentando, en principio, este miércoles 14 a las 2pm en la mesa “Filosofía del futuro”. La sumilla de mi ponencia es la siguiente:

2.EDUARDO MARISCA
Pontificia Universidad Católica del Perú
“In medias res: medios, mensajes y compromiso”
El trabajo explora la relevanvia de la relación entre medio y mensaje, forma y contenido, para el discurso, en función al compromiso o vinculación que diversos medios exigen a los interlocutores, en términos existenciales. La preocupación central gira en torno al compromiso que pueden generar diversas formas de comunicación, como el texto frente a la imagen en movimiento.

Además, el jueves 15 a las 6pm participaré junto a Pepi Patrón de una mesa especial titulada “Futuro para filósofos”, en torno al tema de empleabilidad de filósofos -un tema complicado del cual probablemente salga mal parado, pero no por eso menos interesante-. Allí presentaré:

1. EDUARDO MARISCA
Pontificia Universidad Católica del Perú
“Despertar del sueño dogmático: Perspectivas sobre filosofía y empleabilidad”
¿Es posible vivir de la filosofía y no morir en el intento? La presentación buscará explorar mitos y realidades en torno a la filosofía y la empleabilidad. El objetivo será buscar alternativas a los caminos tradicionalmente explorados que permitan aplicar la filosofía a diversos ámbitos, y plantear estrategias de ingreso que posibiliten a un filósofo abrirse campo en ellos.

Quedan todos cordialmente invitados. En su momento publicaré los materiales que usaré para ambas presentaciones aquí en el blog.

ACTUALIZADO. Publiqué ya los contenidos de las dos presentaciones que realicé: In medias res y Despertar del sueño dogmático. Espero que sean de utilidad para alguien.

Me gustaría desarrollar un nuevo concepto. Siempre me gusta jalar elementos de todos lados, de múltiples fuentes, en múltiples formatos. Recuerdo hace un par de años cuando fui a un tributo a Radiohead hecho aquí en Lima, donde un grupo local (Space Bee) intepretó todo el OK Computer de manera genial, a la par que se proyectaban una serie de clips llenos de leit motifs radioheadianos.

El último sábado, Jorge Drexler se presentó en Lima. Su concierto fue formidable, su dominio de escena es excelente y sumamente divertido, y su música es de primera. Este tipo de experiencias me hacen reconsiderar cosas como la distancia entre la exposición de ideas y el espectáculo. Desde lo que me enseñan, desde la filosofía, al presentar uno sus ideas debe hacerlo de manera formal, rigurosa, académicamente seria. Y eso está bien, asegura que el cuerpo del conocimiento de alguna manera tiene cierto asidero, cierta continuidad. Pero personalmente, para mí, hay algo que falta. Y es que no puedo evitar sentir que eso hace que la propuesta se quede un poco corta. Cuando el objetivo es que se me escuche, se me reinterprete y algo quede de lo que digo, pues todo se siente un poco incompleto.

En principio, porque creo que uno no debería engañarse: aún cuando uno lee una ponencia filosófica, uno está vendiendo algo, en un sentido muy amplio. Uno no presenta un texto, un concepto, una idea que ha trabajado con la simple pretensión de ser escuchado y de que se le deje a uno vivir. Presentar algo es comunicar el asombro al cual uno ha llegado al encontrar una serie de conexiones que antes no se habían visto en el mismo lugar. Mucho más que un compartir intelectual, es hacer que el otro forme parte de mi intensa experiencia emocional al aproximarme al tema. Además, no espera ser tomado con neutralidad, o al menos yo particulamente considero que no debería serlo: leer para un auditorio neutralizado es peor que no leer nada. No conseguir reacción alguna, la crucifixión más terrible. Uno busca, o debería buscar, incitar algún tipo de reacción en su público. Cualquiera. Cuando menos, el despertar un nuevo interés que no hubiera estado allí antes. Despertar la curiosidad, el deseo de saber más.

Creo que pretender que un concepto o una idea que a uno le ha tomado buen tiempo desarrollar, sea entendido por un público en 20 o 30 minutos, es un poco iluso. Más bien, creo más efectivo tratar de transmitir la emoción del chispazo inicial, del sentido del descubrimiento, y tratar de llevar al otro por el mismo camino. Si le interesa a algunos pocos, pues bien. Si le interesa a muchos, pues muy bien, tanto mejor. Así se forjan comunidades de gente con las cuales se puede entablar una conversación, en torno al punto que han descubierto comparten.

Por eso quiero desarrollar un nuevo concepto. Que involucra no sólo a la filosofía y al mensaje que se puede querer transmitir, sino que apunta al diseño, a la construcción de toda una experiencia comunicativa. Arte, música, movimiento, imágenes, video, ideas, conceptos, discurso, creo que todo debe más o menos mezclarse en una performance más compleja, pero también más comprometida y comprometedora. Algo que realmente interpele al público y lo obligue a tomar una postura, sea a favor o en contra.

Creo que es por este tipo de cosas que me dicen que soy un sofista… Pero claro, yo nunca he tenido mayor problema con eso.

En su nuevo proyecto (del cual hablé ya antes), Lawrence Lessig deja su cruzada por una reforma de la propiedad intelectual en EEUU por una campaña mucho más compleja en contra de la corrupción en el sistema político. Corrupción que por supuesto tiene muchos ángulos, pero él se piensa enfocar, por los próximos diez años, en el problema que significa la influencia distorsionadora del dinero en el proceso político, en sus diversos elementos. Su análisis y plan de investigación y acción son sumamente interesantes, enfocándose no en las reformas tradicionales que pueden hacerse, sino en las nuevas posibilidades que inaugura la tecnología como medio de vinculación y acción con propósitos políticos.

El proyecto de Lessig me ha ayudado a darle forma a mi propia investigación en torno a la influencia de las emociones sobre las decisiones racionales, aunque aún está lejos de tornarse claro el panorama. Nuestra racionalidad humana debería llevarnos a pensar más allá de lo inmediato, y ofrecernos la opción de preocuparnos por lo que ocurrirá mañana. Ante esa idea, deberíamos ser capaces de optar racionalmente por sacrificios hoy a cambio de beneficios mañana. Sin embargo, bajo otra noción de lo racional, son racionales nuestras acciones si cumplen nuestros deseos a partir de nuestras creencias. Tengo aquí dos nociones en conflicto de lo racional. ¿La capacidad para pensar en el mañana o la de cumplir más eficientemente con el ahora?

¿Y cuál es la racionalidad propia del capitalismo? Por un lado, es al mismo tiempo la exaltación inmediatista del consumo. Por el otro, es el desplazamiento permanente del objeto del deseo hacia el futuro al punto que se vuelve aún más inconseguible de lo que es. ¿Capitalismo y futuro son, entonces, antagónicos o complementarios? ¿Es el capitalismo la suspensión del presente por un bien mayor en el futuro (o la promesa perpetua del “chorreo” y demás Arcadias y Utopías de libre mercado)? ¿O es en cambio la suspensión del futuro para no detener los engranajes de la producción y del consumo?

En esta perspectiva poco clara, quiero introducir el tema de las emociones. Pero las introduzco bajo la idea de que son aquello que nos restaura el vínculo con el futuro, y aquello que, por encima o de lado de nuestra racionalidad, aporta consistencia a nuestras acciones. La acción por sí sola, racional o lo que fuera, desprovista de un componente emocional, simplemente atina al cumplimiento ciego de objetivos inmediatos fuera de cualquier tipo de pensamiento o consideración prospectiva. Las emociones nos ponen en vinculación con algo que nos trasciende a nosotros mismos en el tiempo presente, nominalmente la figuración o simulación de nosotros mismos en el futuro, y enfrentándonos a esa imagen nos hace pensar si lo que vemos es realmente lo que queremos para nosotros mismos. Las emociones aportan un yo ideal que nos juzga desde un lugar imaginario.

Hoy día, nuestra problemática cultura da de a pocos pasos en una dirección diferente a aquella que nos ha venido guiando. O al menos, así lo pareciera. Valores post-materiales, lo he escuchado llamar en algún momento. Pero es quizás paralelo junto con el abandono del proyecto moderno de la razón, conforme va calando más y más en la cultura, y relegitima la valoración de las emociones y al mismo tiempo, la capacidad para vincularse con el futuro. Quizás un componente de esta índole es aquello que pueda servirnos para explicar por qué hoy somos un poquito más capaces de ver los problemas más allá del velo que tiende el dinero frente a nosotros, y la racionalidad de nuestras acciones se ve complementada en función a objetivos de plazo más largo que aquellos ofrecidos por la lógica del consumo.

¿Racionalidad? ¿Emociones? ¿Capitalismo, dinero? ¿Cómo se relacionan todas estas categorías? ¿Son elementos que deban ser tomados en cuenta, o que sean tomados en cuenta, en alguna medida, cuando tomamos decisiones todos los días? Eso es algo que estoy tratando de descifrar. Pero Lessig explica mejor que yo el problema, desde su nuevo punto de vista:

Esto del “mundo real” no deja de ser un problema para mí. Como filósofo, sobre todo, encontrar la manera de adaptarme es por lo demás complicado. Supongo que uno se las arregla, forzosamente, para encontrar la manera de sacarle provecho a la situación.

En el otro blog/webzine que vengo editando hace un tiempo, Invasiones Bárbaras, desde hace unos días vengo publicando una serie de artículos, bajo el título de “Sobrevivir en el mundo real para dummies”. El objetivo es introducir una serie de consejos o sugerencias para desadaptados de mi misma calaña (filósofos y demás humanistas o marginados del mundo “productivo”) respecto a cómo lidiar con cosas reales como el mundo laboral, el éxito profesional y demás cuestiones a las que solemos tenerles miedo, pero que más bien deberíamos acercar a nuestro lenguaje. Aunque a veces terminan sonando a manual de autoayuda, no pretenden en ninguna medida ser algo así. Son más bien mis anotaciones sobre cómo lidiar con el mundo para tratar de darle un poco de sentido. Con un poco de suerte, quizás podrán servirle a alguien más.

Incluyo aquí los enlaces a las cuatros partes publicadas:

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