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Este semestre estoy dictando dos cursos que puede que le resulten interesantes a las almas que deambulan por aquí. Especialmente, porque en ambos estoy haciendo un esfuerzo por construir recursos de información paralelos la curso en la web, que terminan siendo un recurso para mí también para seguir trabajando en el futuro.

En la UPC estoy dictando un curso de Sociología de la Comunicación, es decir, básicamente analizar y mapear los cambios sociales que han venido de la mano con el desarrollo de los medios de comunicación, especialmente en el último siglo. Como es comprensible, con un énfasis particular en el cambio de mentalidad que significa el paso hacia una sociedad informacional (como preferiría llamarla Castells) y la manera como ese tránsito nos está obligando a reconceptuar una serie de categorías que hemos solido interpretar de manera casi natural. El curso pretende ser un ejercicio histórico y comparativo, además de que pretende también formular un marco teórico medianamente sólido para poder tener una perspectiva del cambio mediático, el cambio tecnológico y el cambio social que resulte un poco menos ingenua. Lo chévere es que para este curso estoy armando un wiki con las notas de cada sesión, vinculándolas con los textos, agregando recursos como videos, enlaces, bibliografía complementaria, y además utilizándolo como el canal oficial para toda la información vinculada al curso. Es un trabajo bastante interesante de curación de la información que termina, además, dejando un recurso reusable que se va completando y perfeccionando con el tiempo (de hecho, lo vengo ampliando desde que dicté el curso el semestre anterior).

En la PUCP, estoy como jefe de prácticas del curso de Temas de Filosofía Moderna de Víctor Krebs. Con Víctor y el equipo de JPs (Daniel Luna y Raúl Zegarra) hemos rediseñado el curso que ya habíamos dictado hace un tiempo, renovando las lecturas e introduciendo varios autores que antes no habíamos tenido oportunidad de explorar en tanto detalle (autores como Pascal, Hobbes, Rousseau, Locke, por ejemplo) que se suman a los autores que trabajábamos antes, pero que ahora estamos intentando renovar un poco (Descartes, Kant, Marx, Kierkegaard, Nietzsche). El enfoque que queremos darle al curso, además, es intentando no sólo aproximarnos a los problemas, autores, y textos, entendiéndolos en su contexto, pero tratando también de entender cómo esos problemas se reflejan en nuestras construcciones culturales de la actualidad o en problemas que siguen abiertos en la contemporaneidad. Y, la herramienta que estamos usando en este caso es un blog del curso, que utilizamos no sólo para circular información metodológica sino también para ampliar y complementar lo que vamos discutiendo en las clases y las prácticas. Es como un anexo donde agregar más información, complementar con ejemplos y otros recursos, y donde se puede, además, ir armando una conversación permanente con los alumnos interesados. El último fin de semana, por ejemplo, colgué un post sobre el experimento conceptual del cerebro en la batea y la relación que tiene con el argumento cartesiano sobre la existencia de la realidad sensible.

Todo esto es, por supuesto, trabajo en progreso y muy experimental, viendo qué tal funciona el asunto. Pero quizás estos recursos le sean de interés a alguien. Es interesante, además, de que no se necesita ningún tipo de gran infraestructura para habilitar nada parecido – básicamente, cualquier interesado en armar algo así para un curso puede encontrar herramientas perfectamente funcionales y sencillas de usar en la web. Y, además, gratuitas: para el wiki, utilizo PBWorks que me funciona bastante bien (y es más sencillo de usar que MediaWiki), y para el blog utilizamos WordPress.com. Así que es muy fácil replicar experimentos similares.

Últimamente he notado una tendencia un poco confusa. Universidad que, imagino como parte de su estrategia de marketing, empiezan a aparecer en diferentes redes y medios sociales con información institucional. Gran parte de esta información, además, está orientada específicamente al sector de los postulantes, jóvenes en sus últimos años de educación secundaria que empiezan a buscar un poco confundidamente más información sobre la manera como piensan dedicar, por lo menos, los próximos cinco años de su vida (incluso haciéndome el loco de la perversa presión que significa pedirle a alguien de 16 o 17 años que decida lo que quiere hacer el resto de su vida).

He visto tres casos últimamente de esto. El primero es uno que ya comenté hace un tiempo, el sitio de carreras con futuro de la Universidad San Martín de Porres, que pretende brindar información a los jóvenes respecto a las carreras que tendrán mayor valor y demanda en el futuro y delinear el nuevo panorama de tendencias laborales y profesionales. Luego de ello, pasan a ofrecer su colección de carreras bastante tradicionales y con descripciones de sus perfiles que resultan plenamente familiares.

Pero no son los únicos. Hace un rato me enteré, a través del Twitter de la Universidad del Pacífico, que tenían un grupo en Facebook para los postulantes a la UP. El objetivo, según la descripción del grupo, es brindar mayor información sobre la UP y sus actividades a los interesados en postular – el grupo tiene en este momento 395 miembros. Por otro lado, aunque menos orientados a capturar nuevos postulantes, la PUCP también ha abierto su cuenta en Twitter destinada, mayormente, a promocionar noticias institucionales y actividades internas. En general, la interacción de @pucp me parece un poco más fluida y flexible, pero claro, tengo que confesar mi propio sesgo siendo egresado de allí.

Viendo todo esto se me ocurrieron dos cosas. La primera de ellas es preguntarme si esto, realmente, ayuda a los postulantes a tomar mejores decisiones respecto a sus carreras, o si más bien, como parte de la avalancha de información que ya reciben normalmente, esto les complica aún más el proceso de tomar una decisión desmesuradamente relevante. ¿A dónde puede ir el postulante que quiera revisar información que no esté filtrada por la visión de marketing de alguna de estas universidades? ¿Qué recursos están brindando estas mismas universidades para comparar, contrastar, evaluar más profundamente la información que se genera a través de estos medios? Es cierto que uno podría decir que eso iría contra el interés de las mismas universidades, pero es el tipo de recursos que van con toda la “onda 2.0″ que parecen querer transmitir. Para reflejar plenamente esta lógica, sus presencias en la web deberían funcionar menos como un jardín amurallado dentro del cual te bombardeo con información publicitaria, y más como un recurso que verdaderamente me permita, como postulante, evaluar mejor la información y sentirme más cómodo en tomar una decisión que es realmente angustiante. Me parece que, al menos en estos casos, esa opción realmente no existe.

Lo segundo es un poco más de fondo y más amplio, también. Y es que, una vez ingresados a cualquiera de estas universidades, ¿qué se encontrarán los alumnos? De lo que es mi experiencia, aunque la PUCP ha recorrido un camino enorme con una significativa iniciativa institucional para volver más “2.0″, la universidad sigue siendo en gran medida una institución casi medieval, muy tradicional y formalista en su enfoque y gestión. Muchos de los cursos y contenidos siguen este mismo patrón, y lo contrario o lo diferente resulta ser la excepción. Entonces, lo que terminamos teniendo son universidades que se maquillan como muy progres, muy 2.0, muy futuristas, pero que después de la fachada publicitaria son realmente lo mismo que vienen siendo hace ya muchos años.

El problema es grave porque juega con las expectativas de las nuevas generaciones que ingresan al sistema educativo superior para desencantarse, una vez más, y pasar por 5 años de nihilismo para luego trabajar en algo. La universidad ha pasado a ser una experiencia gratificante y personalmente significativa, quizás, en la minoría de los casos, lo cual es terrible. Y el que nuevas generaciones empiecen a llegar a la universidad ya formadas y versadas en el uso de herramientas web para gestionar su propia información significa un desafío enorme para las universidades como instituciones generadores y difusoras del conocimiento. La cosa, me parece, es tan complicada como para preguntarnos cuál es la vigencia o validez de las universidades hoy en día. No porque pretenda demolerlas o volverlas obsoletas; sino porque, como instituciones medievales que son y por la función que cumplen y la manera como lo hacen, bien podrían quedar contradictoriamente reñidas con la lógica social del mundo “2.0″, o mejor dicho, de los cambios culturales que están generando las nuevas tecnologías. Allí donde la universidad depende de cerrar y proteger espacios, el conocimiento en las nuevas tecnologías se beneficia de abrir y ampliar el espectro. No necesariamente ambas cosas deben poder reconciliarse, pero quizás sí sea posible pensar en algún tipo de hibridación entre una forma tradicional y una forma nueva – que es, finalmente, la manera como hemos venido construyendo nuestra cultura durante cientos de años. ¿Qué sería, entonces, esta forma hibridada? ¿Qué sentido y qué consecuencias tiene que estas universidades se quieren vender como tan innovadoramente tecnológicas?

Las diferentes tecnologías de comunicación de los últimos años han generado diversas transformaciones en los costos de transacción tradicionalmente asociados a diferentes interacciones sociales. En otras palabras, se ha vuelto más fácil hacer cosas que antes eran muy difíciles, lo cual es en sí mismo un incentivo para hacerlas más. Doble diagnóstico, a partir de esto: en primer lugar, que una de las cosas que se hacen más fáciles que nunca es compartir información. Este blog es un ejemplo de ello: hace unos años, no habría podido encontrar tan fácilmente un medio suficientemente flexible y abierto como para publicar estas pastruladas y encima, esperar que alguien en el mundo las leyera. Igualmente, podemos compartir información que nos parece interesante a través de redes sociales como Twitter o Facebook, podemos coordinar actividades vía SMS o mensajería instantánea, podemos hacerle seguimiento a fuentes de información con Google Reader y lectores RSS. Nos hemos vuelto, todos, en mayor o menor medida brokers de información, y esta posibilidad de compartir información fácilmente nos hace, a la vez, más fácil mantener activos nuestros vínculos sociales.

A partir de allí, el segundo diagnóstico: que el siguiente paso que posibilita esta facilidad de compartir información, es actuar sobre ella, y actuar sobre ella de una manera concertada y coordinada. Allí donde tenemos intereses comunes relevantes, está latente la posibilidad de que ese vínculo de interés común pueda convertirse en una forma de acción colectiva, en la medida en que nuestra información compartida se incrementa, se formula un lenguaje común y empiezan a generarse dinámicas adicionales a la capa inicial de información. Sobre cualquier cosa – desde web3.0, pasando por crianza de caballos de paso hasta cocina novoandina y demás, lo importante no es tanto el tema como el mecanismo utilizado para articular individuos con intereses compartidos. Estos es posible por varias razones: en primer lugar, por la misma transformación de los costos de transacción que hace posible coordinar acciones más fácilmente. En segundo lugar, porque la economía de la larga cola hace que sea mucho más fácil para mí encontrar otras personas, grupos o espacios que apuntan a intereses mucho más específicos, y potencialmente mucho más relevantes para mí a nivel personal. En tercer lugar, porque la naturaleza informal a partir de la cual surgen estas colaboraciones nos permite interactuar de manera flexible sin tener que asumir roles definidos o responsabilidades institucionalizadas que nos demanden demasiada atención. Si participo de una comunidad en línea, puedo desaparecer por unos días porque tengo mucho trabajo, luego reintegrarme y más allá de explicar por qué no estuve cuando me lo pregunten, no he incurrido en faltas mayores con la comunidad. La actividad se mantiene aún cuando yo no haya podido estar.

Estas comunidades, a su vez, empiezan a generar nuevos tipos de recursos compartidos que son producto del trabajo colectivo. Algo que puede ser considerado tan simple, por ejemplo, como una colección de enlaces seleccionados relevantes a un tema, representa un enorme valor para el grupo porque es, de cierta manera, una de esas piedras fundacionales sobre las que se articula el lenguaje compartido del grupo. O una lista de preguntas frecuentes, por ejemplo, empiezan no sólo a ser recursos de información, sino documentos históricos que testimonian la formación y el crecimiento de una comunidad. Son artefactos culturales.

Hasta aquí la cosa se ve bonita. El asunto empieza a complicarse de la siguiente manera: cuando empezamos a desarrollarnos dentro de estas comunidades, adoptamos como una cuestión normal y deseable el construir nuevos recursos de información, nuevos contenidos, a partir del trabajo de aquellos que hicieron lo mismo antes que nosotros. Incluso, estrictamente, ésta es la manera como toda nuestra cultura se ha construido, siempre – era Isaac Newton el que decía que nos “parábamos sobre hombros de gigantes”. El trabajo cultural o artístico consiste en tomar elementos existentes de nuestra cultura, cambiar la manera como están presentados, y de esa manera introducir lo inexistente a partir de lo existente. Es un proceso de transformación de lo conocido, por medio del cual podría decirse que todos ganamos: gana el creador original que ve su obra y, por su extensión, su propia identidad, recibir un tributo; gana el nuevo creador que tiene la oportunidad de expresar y articular un nuevo mensaje; y gana el conjunto de la comunidad que se beneficia a partir de la existencia del nuevo producto – todo, claro, de maneras bastante intangibles, pero que en general contribuyen a la estabilidad y cohesión del núcleo social. Hoy día tenemos palabritas más marketeras para este mismo proceso: el remix, o el mashup.

El problema surge porque en el camino trazamos distinciones que no nos han molestado hasta ahora: en gran medida, todo este circuito de intercambio se daba en el ámbito de lo privado y dentro de condiciones limitadas de distribución. Grupos pequeños, en pocas palabras. Mientras que la circulación de información en grupos grandes fue un privilegio limitado a la esfera de lo público, a aquellos con los recursos suficientes como para mover las máquinas necesarias para alcanzar a grandes grupos – la imprenta primero, la radio y la televisión después. El equilibrio de poder se mantenía más o menos imperturbable. Pero cuando se reducen los costos de transacción y estos grupos de colaboración empiezan a desdibujar la separación entre lo privado y lo público, y hacer que sus intercambios se vuelvan materia disponible a cualquiera navegando por la web, las posiciones de aquellas organizaciones que habían dominado el espacio de la comunicación en el ámbito público se vieron amenazadas. En primer lugar, y directamente, porque su trabajo de remix se extendía hacia objetos y productos culturales que no eran de libre disposición, sino protegidos por la ley para que no puedan ser libremente copiados. En segundo lugar, porque en la medida en que reflejaban nuevas estructuras y motivaciones para producir nuevos contenidos (encima, a partir de sus viejos contenidos) generaban una competencia “desleal” que no podía ser tolerada.

El sinsentido de estas acusaciones quedará para otro día. Por ahora, concentrémonos en otra cosa: la manera como estas organizaciones se defendieron de esta nueva tendencia no fue buscando dialogar ni tampoco buscando a las condiciones cambiantes de un mercado. En cambio, escogieron utilizar su enorme masa para empujar al aparato formal para que impidiera que esto pasara. Es decir, movieron a los gobiernos para que introdujeran barreras a estas prácticas y conductas que protegieran, básicamente, sus posibilidades para seguir ganando dinero de la misma manera que siempre lo habían hecho, por encima del interés de los individuos de comunicarse, intercambiar información y formar comunidades de interés (las razones por las cuales esto de por sí beneficia a ciertas formas o ejemplos de gobiernos y Estados quedará obvia en breve, si no lo es ya). Barreras artificiales que impidieran que pudiéramos explorar libremente las posibilidades que este nuevo entorno ofrece. Es en este punto que se hace obvio, entonces, que las prácticas sociales que han crecido en torno a la tecnología han rebasado la capacidad de estructuras existentes, como el sistema legal, para darles cabida. Y claro, tiene todo el sentido: una legislación tipeada en máquinas de escribir obviamente no tiene lugar ni capacidad para describir cómo debemos actuar frente a una computadora, menos aún frente a comunidades de usuarios articulados a partir de una red de computadoras conectadas distribuidamente.

El resultado es que nos encontramos con una inconsistencia entre lo que la tecnología nos permite fácticamente hacer, y lo que el orden formal, legal de nuestra sociedad nos dice que estamos permitidos que hagamos. Y que, además, esta separación obedece a un carácter artificial, que busca mantener con vida modelos que entran en conflicto con todo lo que hemos aprendido en nuestra práctica cotidiana respecto a cómo tiene lugar el proceso a través del cual construimos productos culturales. Aquellas personas que han asimilado la lógica colaborativa de la producción cultural, la simplicidad de compartir información, no pueden quedar sino sorprendidas cuando se les dice que, en verdad, todo el tiempo que hacían lo que hacían probablemente lo hacían al margen de la ley. Exactamente eso pasó para grupos construidos en torno a la música, a las películas, a los libros, a la televisión, y demás objetos que han producido nuestras industrias culturales. ¿Cómo que no puedo fotocopiarlo, si sólo tengo que apretar este botón? ¿Cómo que no puedo enviar este archivo por correo electrónico a mis amigos, si es tan sencillo? ¿Cómo que no puedo descargarme esta película de Internet, si ya no está en cartelera? Y así sucesivamente.

En una economía de la información y el conocimiento, tiene todo el sentido que estos sean los recursos más protegidos. De allí que esta batalla se juegue justamente allí, en las leyes y normas que tenemos para manejar nuestra propiedad y producción intelectual, aquello que, finalmente, hace a las sociedades grandes e influyentes frente a las demás. En la medida en que un aparato cultural consigue internarse en otros, exportarse de una sociedad a otra, es que puede realmente contemplarse y medirse la influencia cultural que tiene una sociedad y una cultura. La cuestión termina reduciéndose, así en términos muy generales, a dos posiciones muy generales: por un lado la de quienes que el orden conocido se mantenga y que todos estos avances sea interrumpidos en la medida en que perjudiquen su modelo económico. En otras palabras, este lado de la discusión quiere reinstaurar la separación entre lo privado y lo público y la separación entre los usuarios, para que no tengan, realmente, otro remedio que seguir acudiendo a ellos como distribuidores si quieren seguir consumiendo productos culturales. Si nos guiamos por lo que algunos piensan, prácticamente nos dejarían sin Internet si tuvieran la oportunidad (aquí una refutación detallada también). El otro polo, con el cual, igual que en casos anteriores, simpatizo mucho más, es que en realidad nos enfrentamos al desafío de adaptarnos a estas transformaciones de la mejor manera posible, procurando rescatar el mayor impacto positivo posible a la vez que intentamos reducir al mínimo el inevitable, pero aún tremendo, impacto negativo que se generará. Tenemos que aprender a vivir con estas nuevas realidades culturales, y estas nuevas prácticas sociales que, aunque siguen siendo hoy privilegio de una limitada fracción de la humanidad, siguen expandiéndose a un ritmo tremendo e incorporando a nuevas masas que lejos de asimilarse a la lógica homogenizante del medio masivo, traen su propia voz, perspectiva y experiencia para introducir nuevos usos y significados a la manera como utilizamos estas herramientas.

De modo que lo que empieza como una “simple” lucha por cambiar la manera como pensamos la propiedad intelectual termina tomando matices muy diferentes – por un lado, se termina convirtiendo prácticamente en una causa de derechos y libertades civiles, en la medida en que empieza a asociarse con las restricciones que se imponen a la manera como escogemos expresarnos. Por la misma línea, en realidad lo que tenemos es una gran batalla cultural en la cual una nueva forma de vida emergente busca afianzar su posición frente a un modelo cultural dominante, no necesariamente para desarmalo ni destronarlo, pero sí para por lo menos hacer sentir su presencia lo suficiente como para ganarse el reconocimiento de su espacio. Cualquier semejanza con la realidad es pura coincidencia.

Pero esta misma lucha, años antes, habría sido imposible. No solamente porque el problema mismo no existía, sino que, aunque hubiera existido algo similar, los costos de transacción que implicaban organizar a grupos tan enormes de gente en torno a este objetivo común estaban simplemente más allá de lo que cualquier individuo o grupo informal podrían haber conseguido entonces. La ventaja estaba totalmente a favor de las instituciones que de hecho defienden este mismo sistema: sólo con esa envergadura era posible administrar y distribuir los recursos suficientes como para librar una batalla cultural de este tipo. Pero con la transformación en los costos de transacción, esta figura cambia: ahora pueden los individuos y los grupos comunicarse entre sí y coordinar acciones de tal manera que es posible concertar una campaña de alcance global en torno a una lucha por la supervivencia como ésta. Esto es posible no porque se hayan preparado durante años para esto, sino porque las mismas habilidades que han desarrollado al compartir información y coordinar acciones en torno a cualquier tema posible son las mismas habilidades que necesitan para compartir información y coordinar acciones cuando se trata de preservar la posibilidad de seguir usando dichas habilidades. Dicho de otro modo – las mismas habilidades que están en juego al discutir y transformar un libro o una película en línea son las que necesito para organizar grupos que transformen la legislación de propiedad intelectual de manera que reconozcan el espacio para estos mismos remixes y mashups.

Esto fue, precisamente, lo que ocurrió con el movimiento Creative Commons. Pero he aquí la cerecita del helado. Lo que el movimiento CC demostró no era únicamente el hecho de que existía un enorme interés y apoyo en modificar legislaciones de propiedad intelectual no para destruirla, sino para abrir un espacio al dominio público y la participación de creadores independientes. Lo más interesante de este proceso, me parece, es que demostró la facilidad con la cual las habilidades podían transferirse de un contexto a otro – las habilidades de cooperación y colaboración, de acción colectiva organizada sin un nodo central que lo ordene todo. Lo cual nos podría llevar a pensar que el resultado neto de este proceso es una sociedad movilizada, organizada y articulada en torno a los temas más diversos posibles, desde Harry Potter hasta el tejido a crochet. Y eso no tiene nada de malo. Porque en estos contextos, en apariencia triviales y cotidianos, lo que está ocurriendo es que los jóvenes están descubriendo que la realidad cultural es maleable y que sus aportes a una comunidad son relevantes – que es lo mismo que decir que están redescubriendo el valor de la acción colectiva a partir de la micropolítica. Al mismo tiempo que están construyendo identidad múltiples, estructuradas en torno a múltiples roles en múltiples contextos entre los cuales pueden transferir sus habilidades.

La traducción de todo esto es la siguiente: el resultado neto es que a través de estas actividades estamos formando una nueva generación de individuos con un concepto potencialmente renovado de ciudadanía, entendida como la movilización, la cooperación y la colaboración por la defensa de los intereses particulares (que devienen colectivos). Y que pueden fácilmente readaptarse sobre la marcha para asumir un nuevo rol, en el cual hacen uso de las mismas habilidades que siempre han usado, para fines diferentes. Esto es, creo, lo que le permitió a Lawrence Lessig utilizar el ímpetu con el que venía desde Creative Commons para llevar el asunto más lejos y lanzar el movimiento Change Congress, un movimiento cuya premisa es que el cambio que Creative Commons requiere, presupone de un poder legislativo que no esté coaccionado por la influencia de grandes intereses en la forma de contribuciones monetarias a los legisladores. De nuevo, son las mismas habilidades, los mismos ciudadanos movilizados, que ni siquiera tienen que dedicar todo su tiempo a promover estas ideas y estas causas. La arquitectura de la participación de ha visto transformada.

Es, entonces, por eso que los gobiernos se ven ellos mismos beneficiados cuando las disqueras y las distribuidoras de películas quieren desarticular los individuos organizados que amenazan sus modelos económicos. En el fondo, lo que están consiguiendo es algo siempre bueno para el status quo: mantener a los individuos separados, e incapacitados de comunicarse entre sí, para que no puedan coordinar entre ellos acciones colectiva. Esta arquitectura de la participación transformada es lo que nos está mostrando en estos días algunos de los ejemplos más interesantes de cosas que pueden pasar hoy, que no podían pasar hace 10 años.

En los varios posts de la última serie, he referido en varias ocasiones a la idea del nuevo ecosistema mediático y a las reconfiguraciones que están adoptando los roles que forman parte de él. Quiero cerrar esta serie entrando un poco más en esta idea porque nos permite entender mejor qué lugar ocupa el periodismo reconfigurado dentro de este espacio, y sobre todo, en qué relaciones entra en el nuevo ecosistema. Hemos visto que lo más probable es que el periodismo sobreviva a sus instituciones, pero que el periodismo que sobreviva será radicalmente diferente; al mismo tiempo que los ciudadanos se vuelven un poco más periodistas, aunque parece más completo decir que el ejercicio de la ciudadanía misma está variando.

La idea de la reconfiguración del ecosistema mediático la tomé de un pequeño video que encontré en el blog de la Fundación Knight. Éste es un fragmento del profesor Jeff Jarvis, de la escuela de periodismo de la City University of New York:

Esta idea del nuevo ecosistema me gusta mucho porque parte de una constatación actualmente básica: la complejidad de la situación. Las relaciones que antes habríamos podido asumir de una manera más lineal en la manera como actuaban e interactuaban los medios y los consumidores ahora se vuelven una cuestió mucho más caótica donde no hay, realmente, reglas claramente establecidas. Recapitulemos un poco el background y veamos la tendencia: hace mucho, mucho tiempo, el ecosistema era mucho más simple. La cultura y el conocimiento -principalmente esto último- eran una prerrogativa y un privilegio de muy pocos. Con la aparición del alfabeto, la posibilidad de participar de la difusión del conocimiento era reservada a los pocos que sabían leer, y aún dentro de ellos, a unas pocas castas -las monacales, o las universitarias por ejemplo- con acceso a los pocos recursos disponibles de transmisión del conocimiento.

La imprenta de Guttenberg cambió esto por completo, y los sucesivos desarrollos en la tecnología de impresión tanto más aún: se hizo posible la difusión a gran escala y alcance de cuerpos de conocimiento más o menos uniformes, y la cultura adoptó el carácter de masiva. Se amplió el público, pero no en la misma escala los contenidos o creadores: la barrera de acceso seguía siendo la tenencia de los medios de producción, en este caso de la imprenta. Nuevas tecnología ampliaron más aún el alcance, pero incrementaron también la barrera de acceso: el espectro radiofónico que utiliza la radio y la televisión es limitado, y la inversión necesaria para jugar el juego es bastante alta.

Hago esta breve introducción histórica para sentar el contexto del ecosistema mediático que hemos conocido, que es la base de la cultura de masas: pocos nodos emisores frente a grandes masas consumidoras de contenidos e información. Los medios por los cuales el público consumidor puede participar de los contenidos son sumamente limitados, y frecuentemente ellos mismos controlados por los emisores (por ejemplo, las mediciones de audiencia, o las cartas al editor).

Con la introducción de la tecnología digital, el ordenamiento tradicional de este ecosistema se ve colapsado. La tecnología digital reduce enormemente la barrera de ingreso: es posible, técnicamente, escribir en una computadora personal e imprimir en una impresora doméstica y así generar contenidos publicables. Así también las cámaras digitales y el video digital hacen que estos medios estén al alcance de muchas más personas que antes (aunque, es claro, no de todos aún). Con la articulación de Internet se transforma el otro gran obstáculo cuando se crea un nuevo circuito de distribución de información que hace posible, al menos en potencia, que cualquier persona comunique al mundo sus ideas, y con la aparición de Google se hace posible que la reproducción y difusión de estas ideas se haga de una manera más o menos meritocrática, en función a la valoración que el resto de la web hace de un contenido. Con el desarrollo de las redes sociales, los usuarios -ya no simplemente consumidores- empiezan a encontrar en sus manos las herramientas para ser ellos mismos árbitros de la información que comparten con sus redes de contactos. La información y el conocimiento se vuelven más que nunca un proceso, y más que nunca uno social.

Hablar de un ecosistema mediático me resulta ilustrativo porque refleja la complejidad que resulta de todo este proceso histórico, así como también el hecho de que no estamos hablando de elementos que operen aisladamente. Dentro de este ecosistema, diferentes medios, contenidos y lenguajes forman una continuidad a través de la cual se desenvuelven los discursos y las interacciones. A partir de todo esto quiero coger dos ideas relevantes a este nuevo ecosistema mediático. La primera es en torno a los nuevos personajes que participan de él; la segunda, en torno a los nuevos roles que jugamos nosotros.

He intentado señalar que el rol del periodismo en este ecosistema se ha visto transformado, así como también que los ciudadanos estamos jugando un rol diferente en esta interacción. Pero como bien señala Jarvis, las relaciones son más complejas que ésas: diferentes tipos de actores están participando de este ecosistema. Existen también organizaciones con objetivos específicos y agendas puntuales que están comunicando mensajes para promocionar sus ideas e intereses, y que están consiguiendo también generar los mensajes más interesantes en términos de involucrar a sus audiencias. Existen bloggers individuales y colectivos en torno a una enorme cantidad de temas, muchos más de los que la oferta comercial podría satisfacer -la larga cola de los intereses que cobra dimensiones relevantes a partir de Internet y Google-. Pero el universo de los blogs ya ni siquiera es suficientemente descriptivo de lo que está pasando, cuando redes sociales y demás servicios interactúan todo el tiempo con el contenido.

La cantidad y el tipo de actores que participan de este nuevo ecosistema se sigue ampliando cada vez más. Brian Solís, en el artículo que he venido comentando, habla de lo que llama una “statusphere” (que se traduciría horriblemente como “estadósfera”, pero el término original también suena igualmente horrible, basado en la idea de “actualizaciones de estado” de redes como Twitter o Facebook):

La Estadósfera [Statusphere] es el nuevo ecosistema para compartir, descubrir y publicar actualizaciones y micro-contenidos que revereberan a través de redes sociales y perfiles sindicados, resultando en una formidable efecto de actividad en red. Es la curación digital de contenido relevanto que nos vincula contextualmente a la Estadósfera, donde podemos conectarnos directamente con contactos existentes, llegar a nuevas personas, y también forjar nuevas conexiones a través del efecto de amigos de amigos en el proceso. [Traducción mía]

El término estadósfera es casi casi tan horrible como blogósfera, si no peor, así que no quiero usarlo mucho. Pero me quedaré con la idea del contexto y del ecosistema, y de cómo todos estos nuevos actores están operando: cuando la cantidad de información que tenemos que procesar para darle sentido al mundo es tan grande que es sencillamente imposible que lo hagamos solos, tenemos que buscar referentes en los que podamos confiar que nos ayuden a manejar esta complejidad. De la misma manera en que confiamos en otros para administrar partes de esta complejidad, nosotros mismos podemos hacernos cargos de otras partes y compartir nuestro proceso de filtrado y contextualización con una comunidad más grande.

Entonces, si el nuevo ecosistema mediático está marcado tanto por la transformación del papel que jugaban los viejos personajes, como por una apertura hacia todo un nuevo conjunto de actores participantes se que comunican e interactúan entre sí y con un público que deja de ser consumidor pasivo, es razonable suponer que los roles que se juegan dentro de este ecosistema también han cambiado. De nuevo, me remito a la analogía que usé antes sobre la diferencia entre organizarnos en “carpetas” o en “etiquetas”: de manera similar, hemos abandonado un esquema en el cual los actores en este ecosistema cumplen un solo rol determinado, por uno en el que muchas personas cumplen muchos roles al mismo tiempo, que se sobreponen unos con otros.

Un reporte de Forrester Research del año 2007 exploró un poco más lo que denominó las “tecnográficas sociales“, los patrones de comportamiento que adoptaban los usuarios de diferentes tipos de redes sociales. El resumen ejecutivo del reporte señala:

Muchas compañías enfocan la computación social como una lista de tecnologías que deben implementarse según son necesarias -un blog aquí, un podcast allá- para conseguir un objetivo de marketing. Pero un enfoque más coherente es empezar con un público objetivo y determinar qué tipo de relación quiere crear con ellos, basándose en aquello para lo que están preparados. Forreste categoriza los comportamientos de computación social en una escalera de seis niveles de participación; utilizamos el término “tecnográficas sociales” para describir el análisis de una población según su participación en estos niveles. Marcas, sitios web, y cualquier otra compañía aplicando tecnologías sociales debería analizar las tecnográficas sociales de sus clientes primero, para luego crear una estrategia basada en ese perfil. [Traducción mía]

Los seis tipos de comportamiento identificados por el reporte son: creadores, críticos, coleccionistas, seguidores, espectadores e inactivos. Los nombres son bastante autoexplicativos, y lo interesante es que reflejan una escala según el nivel de participación: desde usuarios que no se involucran, hasta usuarios que se involucran tanto como para empezar a generar sus propios contenidos y volverse creadores. Pero la manera incorrecta de leer esta categorización sería asumir que estas categorías son roles excluyentes unos de otros: de hecho, lo que parece más exacto es que uno pertenece en diferentes grados a varias de estas categorías al mismo tiempo. No nos involucramos de la misma manera con todas las cosas, como tampoco tenemos solamente un interés al cual le prestamos atención, con lo cual es razonable suponer que tenemos diferentes grados de participación frente a diferentes temas o en diferentes contextos.

La otra conclusión interesante que podemos desprender de esto es que lo que entendemos por participar de comunidades en línea es, también, una idea compleja. La manera como los usuarios están ejerciendo, digamos, este “periodismo ciudadano”, o el tipo de funciones que están cumpliendo en el manejo de la información y el conocimiento puede adoptar diferentes formas. Es cierto que algunos se dedicarán a generar nuevos contenidos, pero para que ese contenido llegue a alguna parte deberá caer en las manos de otras personas que lo comente, lo comparta, lo recomiende, lo critique, o simplemente escoja publicar el link. Al mismo tiempo, aparecen nuevas herramientas que funcionan para estos diferentes grados de involucramiento: desde la posibilidad de Retweetear en Twitter, hasta el botón para “marcar esta página” en Delicious, y demás alternativas. Y todos jugamos estos diferentes roles en el proceso cotidiano de manejar la información que nos rodea para introducirla en algún tipo de contexto que nos permita darle sentido al mundo. Este proceso de darle sentido al mundo es, entonces, una función eminentemente social. Y es en este proceso en el cual el periodismo se introduce hoy, dentro de este nuevo ecosistema. De vuelta a Solís:

La humanización y socialización del periodismo creará una plataforma viable para una vinculación significativa que construya una nueva era de confianza, lealtad y comunidad en torno a la marca mediática, una persona a la vez. Al mismo tiempo, establece una vía vibrante y colaborativa para descubrir y compartir historias de la gente, y para que la gente dé forma a historias que importan más allá de la mesa de asignaciones. Los consumidores están entonces involucrados en los medios y llevan un sentido de pertenencia y orgullo de haberse ganado la oportunidad de ayudar a dar forma a su curso. [Traducción mía]

He hecho, con todo esto, un recorrido bastante largo y estoy un poco cansado. Estas ideas no son de ninguna manera finales, sino que son sólo esbozos que espero poder tomar como base para ir puliendo y ampliando y discutiendo y comentando. Pero me parece que de todo esto se desprenden una serie de consecuencias sumamente interesantes, que no alcanzan solamente al periodismo sino que llegan a tocar toda la manera como estamos entendiendo nuestra cultura hoy en día. Por un lado escuchamos mucho de que nuestros fundamentos están en peligro, y escuchamos también que eso se evidencia en el colapso de nuestras instituciones más, supuestamente, fundamentales. Pero dentro de ello se abren nuevos espacios y nuevas oportunidades para aprovechar ese movimiento. Sobre todo, da la coincidencia, alegre o no, de que con nuestra participación cotidiana en espacios ahora cotidianos, recorriendo la web, leyendo noticias, invirtiendo tiempo en redes como Facebook, siguiendo gente en Twitter, estamos inevitablemente participando de todos estos procesos en mayor o menor medida. Y estamos distribuyendo socialmente procesos que antes eran más bien individuales: nuestras relaciones de confianza, nuestro manejo de información, incluso la construcción de nuestra identidad individual hoy día pasa por un proceso socializado y mediado tecnológicamente. Dadas todas esas coincidencias, creo que cae por su propio peso que nos veríamos beneficiados de considerar un poco más profundamente lo que está en juego en estos cambios: como señalaría McLuhan, preguntarnos por las amputaciones y las extensiones que el cambio mediático está generando.

Ahora, después de haber considerado (1) que el periodismo y las organizaciones que lo han albergado hasta ahora no son lo mismo, y (2) que el influjo del periodismo ciudadano presenta un desafío de importancia al periodismo para recuperar su especificidad, quiero volver al artículo de Brian Solís que dio inicio a toda esta discusión. Y con ello, volver a otra de las preguntas centrales: entonces, ¿cómo se puede re-configurar el periodismo para funcionar en el nuevo ecosistema mediático?

Creo que lo que digo es que en un momento cuando los caminos tradicionales hacia carreras en el periodismo están siendo cuestionados, periodistas excepcionales pueden crear su propio destino. Su futuro está en sus libretas de notas (o en sus laptops), listo para escapar del papel al mundo en línea y al mundo real.

(…) Personalidad, motivación, determinación, y la habilidad para aceptar el riesgo y lanzarse hacia territorios desconocidos e impredecibles es la única manera de empujar el cambio e influir en la dirección de las aventuras profesionales. [Traducción mía]

De acuerdo, quizás hasta ahí la cosa no queda demasiado clara, pero el asunto mejora.

La hipótesis central de Solís en este sentido es que aunque las organizaciones de noticias pueden colapsar, lo que no desaparecerá aún en tiempos de crisis es la demanda por parte de lectores de contenidos interesantes y de calidad, con los cuales puedan vincularse personalmente. De esto se sigue que, en la medida en que los periodistas consigan conectar con esta demanda, podrán generar emprendimientos noticiosos/informativos que reconstruyan el panorama de la oferta mediática más allá de instituciones colapsadas como los periódicos. Creo que en este punto Solís pone demasiado énfasis en el peso del contenido por sí solo -como si tradujera la lógica de la palabra impresa y la traspusiera al medio digital- pero plantea suficientes puntos interesantes como para seguir el hilo de su argumento.

Entonces, siguiendo este hilo, lo que es posible que encontremos es que existen alternativas profesionales en el futuro periodístico para aquellos periodistas (y uso aquí el término en sentido amplio) que mejor consigan engancharse con un público: para los que consigan conectar de un modo personal mucho más cercano con sus lectores o con su audiencia de tal manera que consigan articular lo que Seth Godin llamaría una “tribu”:

Es suficiente si la tribu que lideras te conoce y le importas y quiere seguirte. Es suficiente si tu liderazgo cambia cosas, sorprende a la audiencia y pone al status quo bajo presión. Y es suficiente si el liderazgo que brindas hace una diferencia.

Recorre la lista de historia de éxito en línea. Los grandes ganadores son organizaciones que brindan a tribus de gente una plataforma para conectarse. [Traducción mía]

El problema es, claro, que los periodistas tradicionalmente no están formados, acostumbrados, ni realmente buscan/esperan/quieren tener que liderar ningún tipo de tribu. El periodismo profesional entendido tradicionalmente cumple una función bastante lineal: recoger información, procesar información, transmitir información. Todas las funciones accesorias o periféricas corresponden a otras personas dentro de la organización. Pero, un momento. La organización ya no existe, o está en vías de colapso. Por lo tanto, las funciones mismas que cumple el periodista tendrán que ampliarse también: ya no se trata simplemente de crear el filtro de información entre los que saben y los que no (algo que hemos visto, además, ya no es exclusividad del periodista), sino que el verdadero valor del periodista recaerá más en su capacidad de crear una conexión con el público, y entre el público mismo.

¿Qué quiere decir esto, y con qué se come? Por un lado, que el periodismo reconfigurado requiere de un conjunto de nuevas habilidades propiamente “periodísticas”. Eso, me parece, está ya mejor cubierto en otro lado. La novedad que creo se puede introducir en este punto con Solís concierne más bien a este nuevo rol abstracto de articulador que compete a los periodistas detrás de estas nuevas iniciativas periodísticas, un rol de articulación que, me parece, involucra tres competencias diferentes pero profundamente vinculadas entre sí: (1) la capacidad para construir un efectivo branding personal, (2) la capacidad para articular de manera auténtica una comunidad, y (3) la capacidad para llevar adelante algo-así-como una empresa unipersonal (o casi unipersonal).

Lo que esto quiere decir es muy simple: lo primero es que, en la crisis, los periodistas tienen también que aprender a ser emprendedores y a generarse sus propias alternativas. Esto no es nuevo, porque lo mismo o algo muy similar podría decirse de casi cualquier otra actividad económica en estos tiempos. Y sí, es cierto, y hay que admitir, que quizás ésta no sea una solución adecuada para cualquier persona por diferentes razones, pero mi argumento aquí más que una columna de autoayuda es que ésta podría ser la forma de iniciativas periodísticas en el futuro cercano. Dentro de estos nuevos emprendimientos, el valor principal se ve derivado de la narrativa que el periodista sea capaz de articular: el contenido, la historia, la consistencia, el núcleo en torno al cual se construye todo lo demás. De nuevo, quizás no se trate necesariamente de historias que resalten por su objetividad, por su neutralidad, sino que quizás sean justamente lo contrario: historias auténticas que no tengan miedo de tomar partido abiertamente (no por eso volverse fundamentalistas) y de esa manera conectar de una manera mucho más cercana con su público objetivo. Paul Swider tiene un buen comentario en este sentido sobre por qué esto es valioso:

Las organizaciones de noticias podrían y deberían estar a la vanguardia de esto [llevar a los ciudadanos de discutir a resolver problemas] porque trae contexto a la experiencia del usuario, lo cual moviliza audiencias que es lo que hará que la gente quiera pagar, por cualquier medio. La primera organización de noticias que ayude a la gente a dar un significado real y sobre el que se pueda actuar a la avalancha de información en sus vidas tendrá una ventaja sobre un éxito de negocios clave. Pero para hacer eso, la organización debe deshacerse de “los dos lados” y la falsa objetividad. El HuffPost consiguió esta última parte y puede que esté en camino a la siguiente. [Traducción mía]

Swider hace una mención al HuffPost que me resulta relevante porque el HuffPost, que no pretende esgrimir ningún tipo de objetividad en ningún momento, está ahora también abriéndose camino dentro del periodismo de investigación, el tradicional bastión de las organizaciones de noticias tradicionales y uno de los principales argumentos detrás de la defensa de los periódicos como instituciones de la democracia. Las premisas no son irreconciliables: el periodismo de investigación bien puede estar comprometido con objetivos o alineaciones específicas, y esto no tendría por qué ser problemático mientras se tenga transparentemente para todos cuáles son estos objetivos y alineaciones. De nuevo, preservar la objetividad como algo a lo que aferrarse no es una premisa del todo útil, porque sigue pareciéndome que sólo nos engañamos a nosotros mismos, cuando sería mucho más beneficioso para la sociedad enfocarnos en fortalecer las capacidades de los consumidores de información.

Si la capacidad de articular un branding personal, una cierta narrativa que sea capaz de movilizar a una audiencia a involucrarse con un tema en particular, el segundo componente es el valor agregado: si la idea es vincular, conectar a la audiencia y movilizarlos, entonces hay que brindarles también la plataforma a través de la cual estas conexiones tendrán lugar. Porque los usuarios, los lectores, los consumidores, primero que nada, ya no son simples consumidores, y segundo, en el mundo en línea, cada vez más los usuarios distribuyen su tiempo a través de una variedad de servicios y espacios. Para llamar su atención, y más importante aún, para conectar con ellos, hay que estar donde ellos están y brindarles todos los medios posibles para que ellos mismos puedan interactuar con las historias y con las personas detrás de ellas.

Éste es un aspecto importante porque es aquí donde la cosa empieza a diversificarse, y la función del periodista a ampliarse más allá del rol de producción de contenido al de promoción, al de vinculación, al de articulación de comunidades. Pero es importante entender que esto mismo es parte de la lógica propia de los nuevos medios, y de la articulación de lo que se llaman “narrativas transmediáticas“: que una historia no se desarrolla ya en un solo medio, sino que traza un camino a través de una serie de medios, formatos y lenguajes, a través de los cuales la historia es apropiada y transformada. Los medios digitales y tradicionales forman una continuidad a través de la cual los contenidos se desplazan, reconfigurándose en el camino. En esta continuidad es que tienen lugar conversaciones dentro de la cuales las historias se introducen y se reproducen en las manos de los lectores, o como lo pone Solís, la comunidad que debe articular el periodista:

Es la supervivencia del más fuerte determinada por aquello en lo que te afirmas y cuán hambriento estás por construir y mantener una comunidad en torno a ti y tu trabajo. Lo que tiene lugar ahora es una increíble oportunidad para que los buenos periodistas humanicen sus historias y proyecten hacia afuera una extensión de sus personas para conectarse con lectores existentes y potenciales en el punto de apertura de su atención, la ventana de oportunidad para conectarse con alguien en sus propios términos y en su propio tiempo. Y no es diferentes de las tácticas usadas por bloggers innovadores, emprendedores y determinados que aspiran a crear una congregación en torno a su perspectiva. [Traducción mía]

El tercer componente -el de la empresa unipersonal- viene del hecho de que no se necesitan grandes recursos para montar una operación de este tipo. Es, incluso, algo que una sola persona puede llevar a cabo por sí solo hasta coger la tracción suficiente como para necesitar y poder contar con manos adicionales. Lo importante de este componente, sin embargo, es que implica la importante toma de conciencia de que el papel del periodista, desde esta perspectiva, termina incorporando también funciones administrativas y de soporte que previamente pueden no haber sido de su competencia o interés. Algunos están más dispuestos que otros a involucrarse en este sentido. Pero indudablemente, las condiciones del sector en la actualidad probablemente empujen con mayor fuerza a ver las cosas con apertura y a considerar todas las alternativas para poder generar oportunidades y diversificar el espectro de enclaves mediáticos existentes en nuestro ecosistema. La posibilidad abstracta y abstrusa que aquí está esbozada no es la única -algunos otros modelos posibles e interesantes he mencionado antes- para la supervivencia y reconfiguración del periodismo, pero sí es una perspectiva interesante del tipo de transformaciones que podemos esperar.

Ahora que he hablado más de una vez del tema del ecosistema mediático, quizás sería un buen momento para regresar sobre esa idea y elaborarla un poco más. Y, sobre todo, qué espacio en ese ecosistema ocupan diferentes roles -periodistas, organizaciones, ciudadanos, y demás-.

A las ideas que he soltado sobre el problema del periodismo ciudadano incorporo aquí algunos complementos a la discusión, que he encontrado después y que vale la pena considerar. El primero es un fragmento largo de Henry Jenkins, publicado en el blog del Centro de Medios Cívicos Futuros de MIT (Center for Future Civic Media). Creo que ayuda a reforzar la idea de que el periodismo ciudadano no es una solución mágica ni un fin-en-sí-mismo, sino un desarrollo que encaja en un ecosistema más amplio:

Diseñando Medios Cívicos: A medida que la crisis económica se profundiza, los periódicos estadounidenses empiezan a replegarse, los medios noticiosos ajustan sus presupuestos y reducen su cobertura, y los periodistas pierden sus trabajos. Mientras que algunos han argumentado que nos estamos moviendo de una era de ciudadanos informados a una basada más en un modelo de monitoreo, todas estas discusiones de participación ciudadana dependen de tener una fuente confiable y significativa de información que pueda forma la base de nuestras deliberaciones y acciones colectivas. La de idea de que los periodistas profesionales serán reemplazados por un ejército voluntario de “periodistas ciudadanos” es profundamente confusa, aún si los ciudadanos pueden implementar nuevas tecnologías para servir otras necesidades informacionales de su sociedad. Hablar de “periodistas ciudadanos” es como hablar de “carruajes sin caballos”, un intento de entender un sistema emergente mapeándolo a tecnologías heredadas. El Centro de Medios Sociales de American University, el Centro Norman Lear en la University of Southern California, el Centro Berkman en Harvard, y el Centro de Medios Cívicos Futuros de MIT, entre otros, están explorando sistemas alternativos para la producción y distribución de recursos documentales alternativos que apoyen la construcción de la comunidad y el compartir información, y juegos de herramientas alternativos que permitan a los ciudadanos transformar su sociedad. El estudio de Huma Yosuf sobre el uso de medios cívicos en Pakistán durante la reciente emergencia nacional sugiere que los ciudadanos pueden usar estas herramientas para evadir la censura, organizarse frente a regímenes opresivos, y alertar al mundo exterior sobre lo que está pasando en su país. Sin embargo, en muchos casos, estas prácticas alternativas aún dependen de la materia prima brindada por la cobertura noticiosa profesional y por tanto todos debemos preocuparnos por la salud y la independencia de los medios de noticias. [Traducción mía]

Al mismo tiempo, creo que también refuerza la idea que visité antes en el sentido de que el colapso de las instituciones noticiosas no es el colapso de las noticias (en la misma medida que el colapso de la industria musical no es el colapso de la música). El periodismo, como sea que queramos reinterpretarlo, sigue ejerciendo una función importante en la sociedad, pero los términos bajo los cuales lo hace se han visto inevitablemente cambiados frente a la muerte de sus instituciones.

Otro fragmento de Jenkins de la misma fuente me permite profundizar sobre la manera en la cual el periodismo ciudadano es menos interesante en tanto tal, y más interesante como una forma ampliada del ejercicio de la ciudadanía a través de la participación en la circulación y creación de información y conocimiento. En mi post, señalé que no era tanto la cuestión material en estas prácticas la que me resultaba interesante, sino la manera como el ejercicio de estas prácticas ayuda a desarrollar habilidades que fácilmente (mas no necesariamente) pueden transferirse a otros asuntos de la agenda pública. Jenkins enmarca mejor el problema de una manera más concreta:

Pensar globalmente: El surgimiento de nuevas plataformas para compartir medios y las redes sociales representan modelos alternativos para pensar sobre las políticas de la globalización. A través de los años Bush, cuando la superpotencia estadounidense adoptó una perspectiva unilateral hacia los asuntos mundiales, un número creciente de jóvenes estadounidenses estaban consumiendo medios producidos fuera de nuestras fronteras nacionales, a menudo usando canales ilegales o semi-legales de distribución que los conectaban directamente con fans de otras partes del mundo. Activistas que en el futuro podrían estar involucrados con las políticas en torno a la pobreza, el Sida, el ambientalismo, la energía, o los Derechos Humanos, podrían haberse conectado primero a través del intercambio de anime, películas de Bollywood, telenovelas, o dramas-K [dramas coreanos]. Las prácticas en torno a la circulación de estos materiales pueden ser reveladoras a medida que los participantes descubren las políticas proteccionistas y las prácticas que bloquean el acceso sencillo a los medios internacionales. [Traducción mía]

En otras palabras: aunque pueda parecernos trivial el tipo de habilidades que se desarrollan en la participación en redes sociales y en el intercambio de información y de medios, en virtud al contenido de estos intercambios, las habilidades formales que se desarrollan bien pueden traducirse para servir diversos tipos de intereses. Una vez más, el medio es el mensaje (y por ello mismo, no necesariamente estas mismas prácticas podrán, quizás, replicarse tan fácilmente para adaptarse a cualquier tipo de contenido, sino sólo aquellos que compartan cierta lógica subyacente).

Algunos más elementos para la discusión: en ALT1040 encontramos que el periodismo ciudadano no existe. En Ventanazul que los blogs están matando al buen contenido. En eCuaderno una entrevista sobre el periodismo y los ciudadanos. Y en un tono inusual en estos días, una propuesta para un Observatorio del Renacimiento del Periodismo.

Una saludable dosis de escepticismo me vino de parte del Morsa hace unos días en una nota a su viernes digital:

Nota: ¿No cansa ya ese término de “periodismo ciudadano” o “periodismo digital”? Es simplemente periodismo con otros medios (a mi gusto, más estremecedores y potentes). Pablo Mancini Rodrigo Orihuela en un post reciente va por el mismo sentido: “El periodismo es periodismo y punto. Mejor hablar de cobertura digital de las noticias, y lo que se necesita ahí a corto, mediano o largo plazo es dejar de ser un añadido del papel que sirve sólo para el último momento.”

¿De qué estamos hablando cuando decimos “periodismo ciudadano”? Primero intenté establecer que el colapso de las organizaciones de noticias no era lo mismo que el del periodismo, pero eso no quita que el periodismo mismo esté bajo transformación, en particular por el incremento de la participación de los “ciudadanos de a pie” en este espacio. La nota me hizo pensarlo un poco más. El principal problema que yo encuentro, en general, con la categoría de “periodismo”, es esta barrera divisoria que existe entre los que saben y los que no. Los que tienen acceso al conocimiento del arte del periodista, legitimados para informar y comunicar los devenires diarios de este nuestro mundo, y los demás, que por lo tanto nos vemos automáticamente asignados al espacio del consumidor de información. Si queremos podemos conversar de las noticias en nuestro foro privado, con nuestras familias y amigos; podemos incluso enviar una carta al editor, el cual, si lo considera pertinente, la imprimirá con el diario. En un mundo donde los nodos transmisores son pocos, esto tiene sentido: cuando el espectro radiofónico es limitado, cuando no cualquiera puede implementar una prensa de árboles muertos, entonces tiene sentido que especialicemos a un grupo de gente para que maneje más adeptamente la tarea de sintetizar, sistematizar y transmitir la información de una manera efectiva.

Cuando estas restricciones técnicas desaparecen, sin embargo, la distinción deja de ser tan clara. ¿Por qué, entonces, si ahora cualquiera puede publicar, tiene sentido que sigamos distinguiendo a unos como “periodistas” frente a los demás? Sobre todo ahora que ya no somos, por defecto, simplemente consumidores de información. La primera respuesta que suele venir en este punto es que los periodistas son aquellos que reciben formación en el tratamiento y el manejo de la información: buscar fuentes, cruzarlas, corroborarlas, guiarse por ciertos criterios de objetividad, de veracidad, y en los casos más extremos, por tal cosa como que el periodismo busca la verdad. Y, por supuesto, la única manera, en principio, de acceder a este conocimiento, es siendo formado dentro del periodismo. Pero esta limitación es triplemente cuestionable: es cuestionable, en primer lugar, porque aunque es un bonito wishful thinking, no necesariamente refleja la práctica efectiva del periodismo cotidianamente -bien puede ser lo que muchos hagan, y les agradezco el hacerlo enormemente, pero no pareciera ser la práctica generalizada-. En segundo lugar, es cuestionable porque quizás ya no sea éste el tipo de información del que derivamos valor: información objetiva y veraz en la cual ya no sentimos que podamos realmente confiar como tal. En tercer lugar, es cuestionable porque los mismos criterios de objetividad y veracidad son, epistemológicamente, bastante menos claros hoy día de lo que lo fuerona hace 150 años cuando estos cánones empezaron a cobrar forma.

La categoría de periodismo se vuelve así una categoría bastante difusa: porque su especificidad no está del todo definida, y porque lo que antes la hacía especial, en la explosión mediática de la era digital, se vuelve algo accesible casi a cualquiera.  Y surge allí la figura del “periodismo ciudadano”, junto con un cierto pánico de que los códigos morales y profesionales del oficio empiezan a colapsar. Me apoyo aquí una vez más en Jenna McWilliams:

Si pensamos en el periodismo como una profesión, una en la que la tarea del reportaje riguroso recae sobre periodistas de élite en los enclaves mediáticos más respetados, una para la cual existen estándares y códigos de ética que pueden y deben ser transmitidos de maestros a aprendices, entonces sí, el periodismo está en medio de un preocupante declive. Pero si pensamos en el periodismo como, para apropiarme del lenguaje de Clay Shirky, un comportamiento temporal más que una identidad profesional, entonces podemos ver cómo el periodismo está en auge. En lugar de unos cuantos periodistas estacionados estratégicamente alrededor del mundo, ahora tenemos personas estacionadas literalmente en cualquier lugar donde haya personas habitando, cualquiera de las cuales puede tener acceso y, si hacemos bien esto de la revolución cultural, la capacidad para revelar la primicia de la siguiente gran historia. [Traducción mía]

La figura del periodismo ciudadano viene de la mano con una nueva manera para entender las categorías en las que ordenamos la sociedad. Esta nueva manera puede casi entenderse en el sentido de entender una sociedad organizada a partir de carpetas, frente a una sociedad organizada en base a etiquetas -algo que será comprensible a cualquier usuario de Gmail-. Una sociedad organizada en carpetas asume que hay un solo lugar, una sola función, que puede ocupar una persona. Uno cae dentro de la carpeta “periodista”, cumple con el rol de periodista siguiendo los criterios que están establecidos para todos aquellos dentro de la carpeta “periodista”. De manera similar para las demás profesiones, y siguiendo esta lógica se ha articulado y diseñado todo nuestro sistema educativo y de formación profesional. En una sociedad basada en etiquetas, sin embargo, la figura cambia: no se trata de que yo sea periodista porque tengo el título de periodista o la formación de periodista (es decir, no porque me encuentr dentro de la “carpeta” “periodista”). Una persona puede caer bajo varias etiquetas al mismo tiempo, sin que ninguna defina por completo ni agote las posibilidades de lo que una persona pueda hacer. Bajo esta lógica se entiende el problema del periodismo ciudadano: no es que cualquiera sea periodista, sino que cualquiera puede, en la práctica, actuar como periodista, recoger información y compartirla, evaluarla y criticarla. Luego de hacerlo, volver a lo que hace normalmente, o a cualquier otra cosa, sin que su estatuto ontológico se vea íntimamente modificado. Uno es “periodista” por la simple razón de que se ha comportado como tal: no hay una barrera de conocimiento que separe a los periodistas de los no-periodistas, sino simplemente una cuestión de qué rol está cumpliendo uno en un momento dado.

Ahora, más allá de esta socioepistemología de medianoche, quiero volver a la pregunta del Morsa. Todo esto está bien, y es muy bonito, pero, ¿por qué nos empeñamos en llamarlo periodismo? ¿Qué sentido tiene seguirlo llamando periodismo? ¿Por qué no reconocer que estamos simplemente en presencia de otra cosa, y dejar al periodismo ser lo que es? Creo que sí, y creo que no, y aquí incurriré inevitablemente en una contradicción flagrante que espero me perdonen por el momento.

Creo que sí tiene sentido poner énfasis en la figura del periodismo ciudadano por una cuestión desmitificante: porque ayuda a cimentar la idea de que la barrera tradicionalmente asumida entre periodistas y el resto del mundo ha colapsado, y que, en todo caso, lo que hace especial al periodismo no es que sean ni abanderados de la verdad, ni los únicos legitimados para comunicar la información de lo que está pasando. La figura del periodismo ciudadano refleja que, en la práctica, cualquiera puede en el mundo de hoy cumplir las funciones de un periodista, y que esto será un cambio que muy probablemente no desaparecerá. Si no desaparecerá, eso también significa que debemos hacer algo al respecto: o nos esforzamos por “profesionalizar” a los amateurs, con lo cual destruimos todo el sentido de la amateurización; o nos esforzamos por desarrollar mejores capacidades en los consumidores de información, con lo cual entramos en el terreno de la alfabetización mediática.

Pero, al mismo tiempo, creo que no porque estamos efectivamente en presencia de otra cosa. O, en todo caso, tenemos la posibilidad de estar en presencia de un fenómeno mucho más grande: que este reinterpretación del rol que cumple el ciudadano de a pie frente a la información que lo rodea es efectivamente el vehículo que lo lleva de ser consumidor de la información a ser un emisor el mismo, un productor de contenidos, un creador. Un creador que, por supuesto, no es un hongo, sino que se introduce dentro de todo un ecosistema de información que fluye por múltiples medios y redes al mismo tiempo. El potencial que me resulta aquí interesante no es que estemos en presencia de una nueva ramificación de lo que hemos entendido o queremos seguir entendiendo por periodismo: me resulta más interesante pensar que estamos frente a una reinterpretación del rol y el comportamiento del ciudadano, propiamente hablando. Ahora que los medios para involucrarse en una discusión más amplia sobre los asuntos públicos son mucho más accesibles, el rol del ciudadano adquiere también esta dimensión de filtro y crítico de la información que consume y que comparte con los demás.

Quiero volver más adelante sobre el sentido que esto tiene dentro del “ecosistema mediático” del que vengo hablando. Pero por ahora quiero adelantarme a una primera crítica – y sí, es cierto que todas estas herramientas podrían llevar a una ciudadanía mejor articulada, pero en la práctica los blogs y las redes sociales están llenas de contenido que nada tiene que ver con los “asuntos públicos” o con una ciudadanía fortalecida. Respondo preliminarmente dos cosas. La primera es evidente: una objeción de este tipo presupone lo que son los asuntos públicos, es decir, sigue viniendo desde una perspectiva que pretende estar por encima y más allá de lo que interesa a las personas (de la forma “yo sé lo que es importante más que ellos”). Terreno peligroso: jugamos con la línea de asumir que los asuntos públicos se deberían regir democráticamente, aún cuando sabemos que lo que serían, entonces, asuntos públicos, no serían lo que queremos que sean. Pero un punto válido para tener en cuenta. La segunda es un poco más estructural: y es que, en realidad, la cuestión material de lo que ciudadanos discutan utilizando estos medios (ejerciendo una forma de “periodismo ciudadano”, si se quiere) no me es lo más interesante. Lo más interesante es el ejercicio formal de introducirse en estas discusiones en foros públicos (en otras palabras, “el medio es el mensaje”). Porque en el transcurso de este ejercicio, lo que estamos fomentando es el desarrollo de un conjunto de habilidades formales que pueden fácilmente traducirse a otros ámbitos de la discusión pública. No, no necesariamente se traducirán: pero el simple hecho de tener una mayor cantidad de personas acostumbradas a la discusión y participación pública en torno a asuntos que les interesan, hace tanto más posible que una cantidad de ellas escoja, también, participar de otros foros, espacios y discusiones similares.

En el punto en el que nos encontramos, no me siento en un posición como para entender cuál es el rol o sentido que tiene, entonces, hablar de “periodismo ciudadano”. Pero por lo pronto veo que es una bisagra útil para cumplir una doble función: por un lado, para desmitificar y ampliar el espectro de lo que se puede hacer con y desde el periodismo. Por otro, porque amplía también el espectro de funciones y roles que estamos encontrando que pueden cumplir los ciudadanos que adoptan un rol participativo y activo en torno a los asuntos que les son de interés particular.

Ahora, si el influjo de “periodismo ciudadano” está desafiando la especificidad de la función periodística, la siguiente pregunta que se nos abre es, dentro del contexto de instituciones noticias que colapsan y formas de periodismo cambiantes, cuál será la nueva configuración que adoptará el rol del periodista.

Madrugada un tanto sobrecargada de información a la que intentaré dar sentido. Primero un poco de contexto: en un post que disfruté mucho escribiendo hace unos días, partía de un artículo de Brian Solís en TechCrunch para explorar la continuidad del discurso que se da entre diversos medios digitales (y como felizmente señaló en un comentario Daniel, continuidad que se prolonga y entrecruza con medios no-digitales). Luego, en las últimas semanas todo aquel interesado en las transformaciones en los medios de comunicación no puede dejar de observar lo que está ocurriendo con los periódicos – y yo mismo disfruté mucho preguntando cuál sería el futuro de las noticias. Este pequeño ejercicio de ego introductorio sólo busca contextualizar un poco de entrada algunas ideas sueltas que quiero tratar de articular esta noche, que han surgido a partir de nuevos artículos que he encontrado en el camino y nuevas discusiones que me gustaría incorporar en este universo.

En particular, un nuevo artículo de Brian Solís en TechCrunch me ha generado toda una nueva batería de preguntas, en tanto vincula claramente un tema con el otro: buscando la conexión entre el nuevo ecosistema mediático y el declive de la industria de los diarios en EEUU. Solís empieza su artículo a partir de la siguiente pregunta, que me parece un buen hilo conductor para empezar la discusión:

“¿Vale la pena salvar a los periódicos?” Walt [Mossberg] no lo pensó más de dos segundos y respondió asertivamente: “Es la pregunta incorrecta. La verdadera pregunta que deberíamos hacernos es si podemos o no salvar al buen periodismo”. Continuó: “Piénsalo. De los cientos, miles de periódicos en el país, hay sólo unos cuantos que importan. El buen periodismo y los buenos periodistas, por otro lado, merecen ser salvados”. [Traducción mía]

Todo esto me ha llevado a tener algunas ideas en borrador que quiero compartir. Por una cuestión de orden, quiero desarrollarlas en cuatro partes (porque son, grosso modo, cuatro ideas):

  1. Salvar a los periódicos vs. salvar al periodismo
  2. El problema de hablar de periodismo ciudadano
  3. Qué podría significar una nueva forma de periodismo
  4. Qué lugar queda a todos los demás en el nuevo ecosistema mediático

Entonces, creo que el mejor primer paso es empezar considerando la pregunta que plantea Solís. ¿Vale la pena salvar a los periódicos?

Indudablemente, el contexto no nos deja ver las cosas con la claridad debida. En medio de la crisis financiera, del gobierno estadounidense financiando rescates millonarios de las industria financiera, la automovilística y demás, e incluso el gobierno peruano tentando la idea de salvar empresas mineras para evitar problemas sociales, el colapso de la industria de periódicos pareciera encajar dentro de un contexto más amplio de modelos de negocios golpeados por la crisis. Pero también estamos un poco obligados a plantearnos la misma pregunta en todos los casos: ¿por qué queremos salvar estos modelos de negocios colapsados? En el caso de la industria financiera, la respuesta parece ser que se trata de un subsistema lamentablemente necesario para que todos los demás funcionen. En el caso de la automovilística, sin embargo, la cosa no es tan clara: se trata de una industria que muchos consideran debería dejarse morir, por estar desprovista de innovación e ideas frescas para el futuro.

Entonces, ¿por qué queremos salvar a los periódicos? Pareciera tratarse también de una industria -al menos en el caso de la industria estadounidense, la más afectada por este tema hasta el momento- que hace tiempo dejó de buscar innovación y de desafiar los límites de lo que podían hacer con su medio (Jenna McWilliams señala cómo este fenómeno puede rastrearse por los menos hasta los años 70). Pero está harto difundida la idea de que la industria de los periódicos es prácticamente consustancial con cualquier forma de vida democrática: hemos sido llevados a pensar que no es posible tener una sociedad democrática sin una prensa libre que fiscalice a los poderes de turno y sirva, efectivamente, como un cuarto poder.

El problema está, sin embargo, en que parece que hace tiempo que los propios periódicos -por no decir la industria periodística en general (y ojo aquí que estoy hablando en términos de industria como generalización claramente injusta, que no necesariamente se aplica al trabajo de todos los periodistas)- han claudicado a esta supuesta función social. Como en el proceso que señala McWilliams con la consolidación corporativa de las propiedas mediáticas, hace tiempo que los periódicos dejaron de responder a intereses fiscalizadores de los poderes de turno y a responder, más bien, a los intereses de sus matrices corporativas, de los manejos políticos de sus operadores o de las presiones de sus anunciantes. No tenemos que ir muy lejos, tampoco: podemos observar, por ejemplo, el manejo mediático que se ha hecho de la sentencia a Fujimori en los últimos días, y cómo se trata de una manera, digamos, cuestionable de presentar la información.

Pero aún cuando la industria periodística ha claudicado en este papel histórico -de por sí, además, discutible (no que haya tenido relevancia histórica, sino esta “consustancialidad”)- eso no quiere decir que todo el periodismo y todos los periodistas lo hayan hecho. De hecho, sigue habiendo allí afuera muy buen periodismo y muy buenas investigaciones que merecen ser rescatadas. De hecho, muchas de ellas entran en conflicto con los intereses de la industria periodística que las alberga. En este punto, Solís introduce una comparación que me parece ilustra sumamente bien el tipo de problema que estamos enfrentando:

No es diferente al tipo de renacimiento que actualmente tiene lugar en la industria de la música. Los artistas están descubriendo que tienen un canal directo-al-consumidor (D2c, Direct-to-Consumer) para llegar a sus fans y cultivas relaciones. Aquellos en contacto con la tecnología y con las culturas de las sociedades en línea pueden pasar por alto completamente la producción y distribución tradicional de música. [Traducción mía]

Una de las falacias que frecuentemente esgrime la industria discográfica al hablar de piratería y de la distribución de música en línea (sea legal o ilegal) es que si no se preserva el modelo de negocios que les ha servido por tantos años, lo que está en juego es la existencia misma de música. Pero esto no tiene sentido: existió música mucho antes de que hubiera una industria de la música, y la seguirá habiendo mucho después también. Simplemente hemos llegado a un punto en el cual el desarrollo de nuestro aparato tecnológico hace innecesaria, realmente, la función de este intermediario antes imprescindible. Hoy una banda puede alcanzar un público enorme sin necesidad de que Sony Musica o EMI le firmen un contrato de distribución (ensayos que no son ajenos a grupos de música en el Perú). En un esfuerzo por sobrevivir, la industria musical se está aferrando a artilugios legales y a contrasentidos tecnológicos para retrasar la que inevitablemente será su desaparición, por la simple razón de que no están dispuestos a reinventarse para funcionar bajo una nueva lógica.

Si seguimos la analogía, entonces podemos pensar que los periódicos fueron el vehículo necesario, dentro de un cierto contexto, para que el periodismo tuviera lugar como lo hemos conocido. Pero eso no significa que los periódicos sean eternos, sino que en la misma medida, cuando el contexto cambie, surgirán nuevas formas a través de las cuales consumiremos información. Pretender hoy salvar a los periódicos, tal como los conocemos, es una necedad un tanto ingenua que se asemeja a los manotazos de ahogado de la industria discográfica: significa pensar que la forma perfecta ha sido alcanzada, y que más allá de ella no seremos capaces de distribuir información y generar el periodismo de calidad que necesitamos (o al menos, que parece que necesitamos) para llevar adelante una sociedad democrática (asumiendo, además, de paso, que una sociedad democrática es lo que deseamos).

Entonces, un primer punto al cual quisiera llegar es el siguiente: tengamos mucho cuidado de creer que preservar la libertad de prensa necesaria para una cultura democrática es lo mismo que preservar la industria editorial que conocemos hoy día. Si bien hace unos años hablar de “prensa libre” era una cuestión bastante literal -los dueños de las prensas donde se imprimían los diarios debían ser capaces de hacerlo con libertad- hoy no es ni tan cierto que las prensas sean tan libres, ni que sólo las prensas antes conocidas sean capaces de cumplir con esta tarea. En la explosión mediática que estamos viviendo hoy día, ya no es cierto que solamente los periódicos y las organizaciones en torno a ellos sean las únicas o las mejores capaces de satisfacer nuestra necesidad de información, de cobertura y de información, así como de fiscalización a los poderes de turno. Es cierto que la primera preocupación que viene a la mente es la siguiente: ¿entonces qué? ¿Los blogs? Si son sólo un compilado de opiniones desarticuladas, parcializadas, con fuentes no corroboradas y sin ningún tipo de estándar editorial.

Y aunque eso es discutible, mi primera respuesta sería, ¿y los periódicos de hoy no son lo mismo? Historias parcializadas, fuentes poco corroboradas, información tendenciosa – los valores que asociamos con esta forma mítica del periodismo escrito parecen ser una cuestión idílica. No se trata de rescatar valores de objetividades perdidas que en verdad nunca tuvimos. Se trata de encontrar la manera mediante la cual podemos encontrar la mejor calidad dentro de estas organizaciones, el mejor trabajo de investigación (el que es, quizás, el más capaz de movilizar a los consumidores pasivos a ser ciudadanos que toman acción), y asegurarnos que no perdamos eso.

En el camino, empiezan a surgir propuestas alternativas. Como David Cohn y Spot.us, una nueva iniciativa que espera salvar el periodismo local distribuyendo los costos entre las comunidades afectadas por sus historias.

El mensaje final de Cohn es muy ilustrativo: el periodismo sobrevivirá a la muerte de sus instituciones. Sin embargo, tampoco debemos, por eso, dejarnos engañar: lo que sobrevivirá del periodismo tendrá que ser también transformado. Señala Lisa Williams:

Si tu carrera está en el Titanic, no tienes mucha más opción que sentarte y dejar que otros se encarguen de tu seguridad y definan tu rumbo. Con tu carrera en un kayak, puedes y debes definir tu propia dirección y aprneder las habilidades para mantenerte a salvo. Descubrirás lo que miles de miles de trabajadores tecnológicos descubrieron: puedes hacer un gran trabajo fuera de un contexto institucional, corporativo, y puedes ganarte la vida haciéndolo. La compañías tecnológicas no eran dueñas de la innovación; los innovadores lo eran. Las organizaciones de noticias no son dueñas del periodismo: los periodistas lo son. [Traducción mía]

Y en una época cuando nuestras fronteras son cada vez más difusas, cuando todos nos creemos un poco periodistas y cuando distinguir a otros por cumplir ciertas tareas parece un poco caprichoso, tenemos también que plantearnos la pregunta de qué vamos a entender dentro de esta categoría.

En los últimos días se ha venido diciendo muchísimo sobre la crisis que están enfrentando los periódicos a nivel global. Lo que empezamos a encontrar por doquier, como en tantos otros casos, es la manera como un modelo de negocios se ve colapsado cuando las condiciones de su entorno cambian. Morsa le da una explicación del tipo La ideología alemana meets Manuel Castells que resume bien el asunto:

De hecho, aquí ha habido un doble factor. Primero, el desarrollo de las nuevas tecnologías de la información y comunicación que ha desplazado a los diarios, al formato impreso, y segundo, la aparición del prosumer (en gran medida, como una forma de los medios masivos y de las nuevas empresas como Google para salvar el negocio en medio de una recesión que ya lleva casi una década). Dos factores entrelazados y dependientes. Una crisis que llevó a la promoción de un negocio que terminó matando una industria, durante la prolongación de la crisis. Como dicen, parte del desarrollo de las fuerzas productivas que entran en contradicción con las relaciones sociales de producción, basado en el informacionalismo como paradigma

Dos cosas. Primero, contexto; segundo, y ahora qué. En EEUU, la publicidad en los periódicos ha caído 16.6% y no parece dejar de caer. La circulación ha colapsado y ha obligado a más de un periódico a cerrar sus operaciones o transformarlas radicalmente: sea fusionándose con otros diarios, sea convirtiéndose en operaciones basadas sólo en la web. Al problema que la industria enfrentaba ya, como señala Morsa, debido a cambios tecnológicos y a la “desprofesionalización” del mundo de la publicación, se agrega ahora el enorme problema de la crisis financiera y el colapso del mercado de anuncios de bienes raíces. Los grandes diarios han acumulado deudas gigantescas que ya no están en posición de afrontar. Y todo esto lleva a que nos hagamos la incómoda pregunta: ¿por qué, entonces, es que sigue existiendo este modelo? ¿Por qué seguimos o queremos seguir manteniendo los diarios en circulación, cuando pareciera que su modelo ya no funciona? Ésta es la pregunta que se hizo hace uno días Clay Shirky en una larga columna que ha hecho temblar a más de uno en el mundo editorial.

Varias de estas noticias tuve oportunidad de comentarlas hace unos días en el blog de Ashoka Perú, hablando de transformaciones en los medios. Y es que desde el programa de Medios & Conocimiento de Ashoka también hemos lanzado la pregunta, ¿y ahora qué se puede hacer con los periódicos? ¿Cuál será el nuevo modelo que funcionará para publicar las noticias?

Es indudable que cualquiera que sea este nuevo modelo, la publicación en línea será un componente central en su formulación. No queda tan claro qué pasará con los árboles muertos que se siguen imprimiendo, pero el hecho es que la web y el diario impreso están cada vez más integrados, por decir lo menos, pero este mismo acercamiento radicalmente transforma lo que entendemos o esperamos del “periodista” (el link va a Invasiones Bárbaras, blog homónimo de mi otro blog que descubrí en los últimos días y que es muy interesante). Además de que son los periodistas en línea los que ven con mayor optimismo el futuro de sus medios, con mayor o menor razón. De toda esta maraña confusa de lo que está pasando, muchas cosas están en juego: primero, que los valores tradicionalmente asociados con el periodismo están siendo puestos en cuestionamiento: cuando se desprofesionaliza la publicación de noticias, se hace más difícil tener algún tipo de expectativa sobre la supuesta “búsqueda de la verdad” y los “hechos objetivos” que el periodismo dice buscar. Francamente, hasta ahí no encuentro problema, porque me parece que eso es más engañarnos a nosotros mismos si creemos que es posible. Pero lo que sí me parece problemático es que los estándares de calidad y de rigurosidad que podamos esperar de la publicación de noticias se vean puestos bajo cuestión.

En este punto me parece que el problema radica justamente en que hayamos creído que los medios nos brindaban visiones objetivas del mundo, cuando siempre la figura ha sido sumamente más compleja. De allí que la solución no es, creo, pretender que podamos recuperar estándarse de objetividad y veracidad que muy probablemente nunca tuvimos, sino más bien que sepamos educarnos nosotros mismos para evaluar la información de manera crítica. Es decir, el nuevo panorama mediático pone sobre el tapete la importancia central de una alfabetización mediática que acompañe a todas esas otras alfabetizaciones que nos faltan.

La cosa, sin embargo, va más allá todavía. Y es que, dentro de todo, los medios tradicionales, y en particular los diarios, cumplen (a veces mejor, a veces peor) una función social importante al dedicar recursos para la investigación de historias de interés público que de otra manera no recibirían mayor atención. En otras palabras: en la ausencia de los diarios, ¿quién financiará los reportajes de investigación cuyo trabajo continuo requiera un esfuerzo que va más allá del interés de un blogger? ¿Cómo saldrán estas historias a la luz sin algún tipo de soporte que va desde la protección legal hasta el financiamiento logístico? 

Es aquí donde empiezan a configurarse las imágenes de lo que, posiblemente, emerja como las raíces de un nuevo paradigma. Una propuesta en el Senado estadounidense se basa en la idea de convertir a las organizaciones de noticias en organizaciones sin fines de lucro, para que no paguen impuestos y sean elegibles para una serie de beneficios legales y tributarios. Aunque pueda ser una idea interesante, no es una idea que no venga acompañada de problemas. Pero también es cierto que uno de los modelos de generación de contenidos que está emergiendo es el de grupos con intereses particulares -a menudo think tanks, u organizaciones del sector social- que están acoplando a sus actividades usuales la función de generar noticias, reportes, y todo tipo de contenidos asociados con su tema en particular.

No es, claro, la única posibilidad. Otras alternativas también están en bandeja: el Huffington Post, por ejemplo, acaba de anunciar un fondo para financiar periodismo de investigación para historias en torno a la economía estadounidense. El anuncio del propio HuffPost dice lo siguiente:

El popular sitio web está colaborando con The Atlantic Philanthropies y otros donantes para lanzar el Fondo de Investigación del Huffington Post con un presupuesto inicial de $1.75 millones. Eso debería ser suficiente para un equipo de 10 periodistas que coordinarán historias principalmente con freelancers, dijo Ariana Huffington, co-fundadora y editora principal del Huffington Post.

El asunto sigue siendo muy confuso y oscuro por ahora, a medida que vemos las tensiones que se generan entre viejos medios en transformación y nuevos medios en crecimiento, pero creo que no deberíamos ser tan ingenuos como para pensar ni que los diarios desaparecerán por completo, ni que debemos aferrarnos al paradigma conocido de supuesta veracidad y objetividad. En algún punto más allá de ambas posibilidades tenderemos hacia una suerte de convergencia donde cada medio encontrará su lugar frente a los demás, cumpliendo diferentes funciones sociales. Nuestro gran desafío ahora es que estamos acostumbrados a enfrentar este tipo de problemas desde un punto de vista institucional: cuando encontramos este tipo de crisis, buscamos la manera organizacional de encontrarle algún tipo de solución. Pero quizás el nuevo panorama nos exige pensar el problema de una manera diferente. Y esto me viene a la mente porque, ya que últimamente he estado muy afanado viendo charlas de TED, es el tipo de cambio de modelo conceptual que he escuchado, justamente, de Clay Shirky:

Alardear aleatoriamente sobre vidas poco significativas. Como para no perder la perspectiva de algunas cosas.

Por supuesto que lo encontré vía Twitter. La ironía mueve el mundo.

@piscosour

  • Poniéndole orden al caos. Domingo de arreglar el espacio de vida para llegar a fin de año. 9 hours ago
  • December project: home file & media server running Linux, networked to PC and Mac boxes, auto-backups, web access, the works. Cool. 2 days ago
  • Pensando en armar mi propio servidor de archivos / medios para casa... hmmmm linux box.... 2 days ago

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