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Se me acaba de ocurrir que, si tuviera la intención de hacer alguna especie de remix, documental, crónica, recuento, resumen, interpretación, lo que fuera, digamos, del juicio a Fujimori… ¿De dónde sacaría las imágenes? Canal 7, el canal del Estado, no lo transmite… y eso, asumiendo que sus imágenes fueran de acceso y uso público, que es lo que suena razonable - pero estoy seguro que en la práctica no sería tan fácil.
El único canal que lo transmite en vivo es Canal N, que del grupo El Comercio, es decir que las imágenes son privadas, y se me ocurre que debe ser bastante complicado - o caro - conseguir la autorización para poder usar el material.
Así que, si tuviera la intención de realizar cualquier tipo de interpretación audiovisual de uno de los sucesos políticos más importantes de los últimos años en nuestro país… simplemente no podría. O sólo podrían hacerlo unos pocos con acceso a recursos y contactos suficientes que lo permitieran. Pero no el ciudadano de a pie, a quien el acceso al discurso público le es de esta manera, fácticamente, denegado.
Así que creo que este proyecto dormirá el sueño de los justos hasta que tenga los recursos y los contactos suficientes.
En todo caso vale la pena recordarlo.

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.
Pero a pesar de que hay una tendencia hacia liberar la información en todo sentido, y volver los objetos culturales en el mundo digital gratuitos, esto es más complejo de lo que yo mismo he dicho.
Lo cual se me hizo tanto más obvio después de leer un artículo del blog Web Worker Daily sobre problemas al regalar tu contenido y cómo monetizarlo después, que apuntaba es este artículo de Tim O’Reilly comentando otro de Scott Adams precisamente sobre el mismo tema: gratis es más complicado de lo que parece.
El problema principal radica en el valor simbólico que le asignamos a las cosas -un análisis mucho más interesante podrá surgir, incluso, si incluyéramos el capítulo 1 de El Capital y los conceptos de valor de uso y valor de cambio-. Cuando recibimos algo gratuitamente, el valor simbólico que le asignamos es muchísimo menor que incluso cuando hemos pagado una suma muy reducida. Entonces, al regalar uno su propio contenido, establece para el futuro una expectativa de que el contenido futuro será siempre libre, y la complicación adicional que significaría luego empezar a intentar monetizarlo de alguna manera.
En otras palabras, inadvertidamente al uno regalar su contenido libremente, estaría reduciendo el valor de su trabajo a cero. Con reducidas posibilidades de incrementarlo luego.
Y si el valor asignado al trabajo se reduce virtualmente a nada, ¿cuáles son los incentivos que se generan para que los productores de contenido lo sigan haciendo? Uno podría decir simplemente el mérito y el reconocimiento, pero eso rápidamente se volverá insuficiente cuando el productor deba cubrir costos y mantenerse para poder seguir produciendo contenido de calidad que sea reconocido. Existe también el modelo por publicidad: cobrar a anunciantes por incluir publicidad acompañando el contenido, idealmente publicidad directamente relacionada con el tema del contenido. Pero que esto funcione requiere de enormes cantidades de audiencia para tener una propuesta realmente de valor para un anunciante, e introduce, además, un tema de a quién se dedica entonces uno: a generar buen contenido para el público, o buen contenido en la medida que genere más lectores para un anunciante.
¿Dónde se encuentra el sistema de incentivos en una cultura remix? ¿Por qué uno es llevado a generar más contenido? ¿Hay algo más que simplemente el reconocimiento de una comunidad con intereses similares? Me interesan enormemente estas preguntas porque las veo como un camino tentativo para superar algo como el trabajo enajenado. Quizás. Quizás es muy limitado.
Ahora todo es gratis. O todo puede ser gratis o aparentemente gratis -piensen en libros, en música, en información, en películas, etc.- con ciertos atajos, y es sumamente difícil que aceptemos que deje de ser así. Simplemente, si hemos visto que puede funcionar de esa manera, ¿por qué lo dejaríamos?
Por eso nos vemos forzados a repensar lo que entendemos por propiedad intelectual con propuestas como las licencias Creative Commons. En la economía tradicional, reproducir los objetos es difícil: no puedo simplemente clonar, digamos, un auto con facilidad. Pero en la economía digital, clonar y reproducir son la base del sistema: puedo sacar mil copias de un archivo mp3 y la última es exactamente igual a la primera. ¿Entonces por qué me quieres cobrar más por copias que no te cuesta más producir o distribuir?
Wikipedia nos da libremente información por la que Britannica nos cobra. El proyecto Guttenberg nos da libre disponibilidad de un enorme catálogo de libros clásicos, sin costo alguno. La frontera entre lo legítimo y lo ilegítimo es, sin embargo, tenue: entre descargar un mp3 con licencia libre de distribución, o entre estar reproduciendo música contra la ley.
Pero el asunto es que, si nuestras prácticas viran colectivamente en una cierta dirección nueva, por mucho que eso socave viejas estructuras, nos obliga a preguntarnos que quizás necesitamos nuevas estructuras para soportarlas. O en otras palabras: si las condiciones materiales han cambiado, tiene sentido que nos planteamos nuevas reglas de juego para lidiar con esas condiciones.
Tuve la oportunidad de escuchar a Lawrence Lessig en una conferencia pública que dio en la PUCP el año pasado. Fue realmente una experiencia iluminadora: no sólo son sus ideas realmente revolucionarias, sino que la manera como las presenta es extraordinaria.
Lessig ha estado en la primera línea en la lucha por un sistema de propiedad intelectual más coherente con las nuevas tecnologías digitales, y por un régimen de creatividad que se construya a partir de los creadores y no de los intereses mercantiles que se montan sobre ellos. En los últimos meses, Lessig ha decidido llevar sus esfuerzos en otra dirección: viendo que las reformas que busca, y tantas otras más sumamente necesarias, encierran como condición de posibilidad una transformación en las maneras como llevamos a cabo la política, se concentra ahora en atacar lo que considera la corrupción de los gobiernos actuales. Corrupción que no es otra cosa que el estar sometidos a los intereses de grandes corporaciones y grupos lobbistas antes que a los de sus propios ciudadanos.
A continuación, una reciente entrevista al propio Lessig, donde explica en sus propios términos la razón de su cambio, y las maneras como considera que Internet y los nuevos medios de comunicación que ha venido defendiendo representan una herramienta central en su nueva lucha:
Antes de la ubicuidad de las computadoras y de Internet, vender discos tenía sentido. Era la única manera de acceder a la música. La piratería era, a gran escala global, un fenómeno no demasiado problemático. Antes del CD, incluso, la pérdida en calidad con cada copia hecha reducía la importancia de la piratería. Pero con la tecnología digital, la enésima copia es igual de fiel al original que la primera. El tamaño de los archivos resultantes permite distribuirlos cómodamente por medios electrónicos. Se vuelve inviable cortar el flujo de la información, y en consecuencia cualquier puedes conseguir la música que quiera, cuando quiera. Sin pagar por ella. Esto se vuelve tan natural, que ni siquiera vemos la necesidad de reflexionar al respecto de si está bien o está mal. Vender discos ya no tiene sentido. Mantener un gigantesco aparato de distribución, para hacer de manera menos eficiente lo mismo que una red p2p puede hacer mejor, ya no tiene sentido. Pero a mucha gente que hacía mucho dinero con eso, le molesta mucho.
Antes, vender libros tenía sentido. Se imprimía un tiraje, más copias para los libros que venderían más, se distribuían a las librerías, se vendían. A veces se perdía, se acumulaban copias sin vender en los almacenes, era parte del negocio. Pero luego hubieron scanners, e Internet, y ya no tenía tanto sentido porque los libros eran reproducidos, incluso traducidos, más rápido que lo que la misma editora podía hacerlo. Los libros podían distribuirse digitalmente, incluso los más interesados bien podían imprimirlos en sus impresoras láser domésticas, quizás hasta por menor costo que el precio de lista. Vender libros masivamente ya no tiene mucho sentido. Pero a mucha gente que hacía mucho dinero con eso, le molesta mucho.
Antes del acceso a Internet masivo, vender software tenía sentido. Uno comprometía enormes cantidades de recursos para el desarrollo, pero al vender las licencias podía recuperar con amplio margen de ganancias. Pero luego apareció el software libre, y luego Internet, y de repente la gente compartía el software, había reemplazos gratuitos igualmente funcionales, la gente empezó a distribuir software incluso a través de la web. Alguien se dio cuenta que pagar $500 por usuario no tenía mucho sentido. Vender software dejó de tener sentido. Los usuarios empezaron a conseguir software libre, que podía utilizarse libremente sin costo, y prescindieron de “extras” que en realidad nunca sirvieron de mucho. Pero a mucha gente que hacía mucho dinero con eso, le molesta mucho.
Cuando el producto es información, pensar en el producto como si fuera una lata de conservas no sirve de nada. Cuando tu costo de producir la segunda unidad es infinitamente menor al de producir la primera, no puedes aplicar la misma lógica que con un paquete de galletas. Cuando el mundo cambia, tu modelo debe cambiar también.
Quizás los discos sirvan otro propósito, y en lugar de exprimirlos por regalías deban ser sólo material de promoción para que un artista se gane la vida a partir de presentaciones en vivo que brindan un mayor valor diferencial por la imposibilidad de reproducir la experiencia. Claro, esto pone en jaque a las disqueras, pero libera a los músicos. Que la industria musical muera es algo muy distinto a que la música desaparezca -hubo música mucho antes de que hubieran disqueras-.
Quizás los libros se enfoquen ya no tanto hacia públicos megamasivos, sino que se genere un mercado para contenidos focalizados. La tecnología de impresión por demanda hace viable la publicación de libros con tirajes reducidos, altamento personalizados. El libro, como formato, creo que es difícil que desaparezca. Pero la relación del autor con el lector se volverá más cercana en tanto empiece a necesitar cada vez menos de intermediarios para difundir su obra, llegando más directamente a los nichos interesados.
Quizás el software deba dejar de ser pensado como un producto cualquier, dado que puede reproducirse y distribuirse libremente. Pero el software requerirá soporte, capacitaciones, configuraciones, y todo un conjunto de servicios adicionales que requerirán emplear personas para realizarlos. Así, aún el software libre dinamiza la economía redistribuyendo los empleos antes concentrados en lo que son potencialmente empresas locales sirviendo necesidades locales. Podría ser más inteligente regalar el producto, si con eso uno puede asegurarse contratos de servicio por un periodo más largo, y por más ganancias.
Todas las reglas de juego cambian cuando no es uno el que le habla a muchos, sino todos hablando al mismo tiempo con todos.
Interesante entrevista hoy en El Dominical a Nelson Manrique sobre la sociedad de la información y las industrias culturales.
En un principio, los individuos trabajaban y producían en el marco de sus hogares. La actividad productiva, orientada tanto a satisfacer necesidades como a la producción de objetos bellos o útiles -la téchne griega, luego ars, arte, técnica o artesanía- era un componente que tenía lugar en el taller que formaba parte de la propia vivienda, e involucraba en mayor medida a la familia. La producción de objetos culturales, de objetos en los cuales el individuo vertía su identidad y a través de los cuales construía un mundo capaz de sobrevivir su propia existencia, era un mundo mayoritariamente anónimo y no regido por relaciones de intercambio en el sentido de un mercado. En otras palabras, la gente compartía libremente objetos de su propia producción a través de intercambios sociales significativos.
La producción industrial cambió por completo la dinámica no sólo de la producción cultural, sino también política. Así como el hombre trabajaba y producía en casa, salía de ella para interactuar con los demás, para ser un zoon politikon y participar de los asuntos de la comunidad. Este orden cambió paulatinamente (sobre todo con la aparición del cristianismo y su idea de virtud como algo privado vs. la virtud pública de la época clásica), pero el cambio se vio consolidado con el surgimiento de la época industrial, y la inversión efectiva de los ámbitos. Lo público, lo externo al hogar, se volvía el trabajo, la producción, mientras que la dimensión política y la participación de los individuos en los asuntos públicos virtualmente desaparecía (este tránsito es descrito de manera sumamente sugerente por Hannah Arendt en La condición humana, capítulo 2). La producción cultural, a su vez, se vio absorbida por la producción en general, y determinada por la lógica del mercado y sus procesos de producción en serie. Se perdía la dinámica del producto como expresión de la identidad de un hombre, a la par que surgía el trabajo enajenado (cf. Marx, Manuscritos de economía y filosofía, primer manuscrito).
El estado de la cuestión se mantiene en transformación, como siempre. Nuestra sociedad postindustrial pone un mayor énfasis en una economía basada en el conocimiento que en una economía de líneas de producción. La propiedad intelectual alcanza hoy el grado de fetiche, desde que empezó a ser valorada con el industrialismo; las relaciones de intercambio cultural de antaño están mediadas al extremo por el mercado. Pero al mismo tiempo el modelo de producción fordiano empieza a colapsar, en tanto los trabajadores ya no están presentes en líneas de producción cumpliendo tareas altamente especializadas (cf. la entrevista a Manrique). El desarrollo de los medios de comunicación empieza a difuminar la necesidad, incluso, de que los trabajadores se encuentren reunidos en un mismo espacio. Surge el fenómeno del telecommuting, la capacidad de los trabajadores en la época digital de cumplir con sus labores productivas desde cualquier lugar del mundo. La manera como las personas conciben lo que es el trabajo ha cambiado profundamente a partir del surgimiento de las posibilidades de comunicación que ofrece Internet.
Así, a inicios del siglo XXI, sobre todo en el mundo desarrollado empieza a manifestarse una tendencia hacia trabajadores que priorizan la autorrealización antes que la simple generación de dinero. En EEUU, la generación de los baby boomers está dejando o dejará en los próximos años alrededor de 80 millones de empleos al llegar a la edad de jubilación; los 50 millones de profesionales de la generación X no son suficientes para cubrir el vacío que dejan detrás. Detrás de ellos, los miembros de la generación Y altamente capacitados se encuentran a sí mismos en alta demanda; pero al mismo tiempo, se enfrentan a todo lo que vieron sufrir a sus padres baby boomers trabajando en las estructuras corporativas jerárquicas y tradicionales, y no lo quieren. De esta manera están radicalmente transformando la estructura misma de las corporaciones, que se ven obligadas a cambiar para poder mantenerse competitivas contratando a los mejores talentos.
Mientras tanto, más y más personas buscan independizarse de las estructuras corporativas aprisionantes, y más y más profesionales regresan a trabajar en sus hogares en busca de mayor flexibilidad y espacio personal. La actividad productiva parece, por sectores y momentos, volver a ser un componente de la vida doméstica, en cierta medida. A la vez, recupera un elemento de realización en contraposición al trabajo enajenado al que nos hemos venido a acostumbrar. Un primigenio espacio público de participación en los asuntos de la comunidad empieza a reconstruirse a partir de la interacción a través de medios digitales (a la par que la formación de comunidades aumenta y se construyen lazos sociales significativos por encima de su banalización en sociedades de masas).
Todo este largo proceso (y una también larga descripción, lo siento) ha dado, finalmente, lugar a que estos lazos sociales significativos que se construyen reintroduzcan la dimensión del intercambio no mediado por el mercado. Como ejemplos tenemos al sistema operativo Linux y la comunidad del software libre; o los sistemas de intercambio de contenido como YouTube. Las personas intercambian libremente el contenido con los demás sin motivaciones económicas sino simplemente en busca del reconocimiento de la comunidad a la que pertenecen, o incluso por motivaciones aparentemente altruistas. Surgen nuevas estructuras sociales basadas en meritocracias y redes de intercambio informales. No es que el mercado haya sido excluido del proceso; en cambio, se trata de devolverle sentido a nuestras relaciones, y sustancia y sustento a nuestros vínculos y procesos sociales.
Acabo de leer un post en el blog de Lawrence Lessig de hace algunos días donde cuenta que se emitió el informe final del Gower Review, un informe en el Reino Unido respecto de la extensión de los plazos de registro de la propiedad intelectual, si no me equivoco, únicamente respecto a grabaciones. Lessig resalta principalmente una conclusión muy sugerente y, además, muy de sentido común: los plazos de propiedad intelectual (que ya se encuentran en el RU para grabaciones en 50 años) deberían extenderse sólo siempre y cuando el titular así lo solicite; de lo contrario, la grabación pasa al dominio público.
A pesar de que esto pareciera estrictamente coherente, pues, finalmente, si alguien tiene después de 50 años algún interés particular, comercial o de otro tipo, en mantener los derechos sobre la grabación, sólo tiene que solicitar una extensión; a pesar de eso, digo, un pliego de unos 4000 artistas firmaron una carta-petición publicada en el Financial Times pidiendo se apruebe una extensión del plazo de duración de 50 a 95 años. No quieren ni siquiera tener que tomarse la molestia de pedir nada, sino que quieren que la renovación sea, para todos, automática, lo cual es un terrible, terrible golpe a la idea de un dominio público de creaciones intelectuales por al menos dos generaciones. Tanto más irónico cuando, como señala Lessig, muchos de los artistas firmando dicha petición están muertos.
Y no tiene ningún sentido: si quieren su dinero, sólo tendrían que pedir la extensión, de lo contrario, toda la sociedad se ve beneficiada de que las obras pasen a un dominio público. Por no mencionar de que una grabación de hace 50 años tiene muy pocas probabilidades de estar generando muchos ingreso al artista (y digo al artista, no a la compañía disquera) hoy día. ¿Entonces por qué tanta alharaca? Hay una cuestión de principio detrás del asunto, quizás, de que sencillamente no pueden ceder tregua alguna a cualquier iniciativa que en cualquier medida posible perjudique sus posibilidades de ingresos, por pequeños que sean. Mientras tanto, nosotros tenemos cada vez menos acceso a la cultura.





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