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¿Ya visitaron el Laboratorio de Videojuegos de Lima? Aquí un poco de autobombo con algunas de las novedades que han habido por allí en las últimas semanas – siempre pueden visitar la presentación que hice aquí o la autopresentación del propio LVL.
- Jugar a las noticias, videojuegos utilizados para difundir información.
- Fusión de géneros, transgresiones e innovaciones en los géneros de videojuegos.
- LVL en Perú21, vía la columna de Marco Sifuentes.
- El arte del diseño de juegos, sobre el trabajo de Chris Crawford con los videojuegos como nuevas narrativas.
- ¿Es posible ser diseñados de videojuegos?, con comentarios sobre los retos de volverse diseñador de juegos.
- Ciencia, religión y Final Fantasy X, uno de los temas recurrentes de la saga FF.
- Estudios sobre videojuegos en el Perú, buscando referentes en el espacio local.
Con suerte, cuando la carga de trabajo baje un poco, podremos empezar a pensar también en los primeros eventos y reuniones del LVL. Stay tuned.
Sigo con la misma idea de ayer, para que se hagan una idea de lo que se viene en Lima en los próximos meses.
Agosto
Octubre
Noviembre
19 de noviembre. Marquen la fecha.
Después del editorial de Alan García del último fin de semana, se me ocurrió compartir esto. Es un trabajo que escribí para un seminario con Mario Montalbetti, en el que parto del discurso del “perro del hortelano” de García como hilo conductor para buscar el sentido de hacer un análisis cultural al respecto. Al final, la conclusión es que le discurso del perro del hortelano es, claro, una manifestación de deseo sexual reprimido, pero las conclusiones importantes son más bien epistemológicas respecto a la pretensión epistemológica del análisis y del psicoanálisis.
Al final, la explicación que damos es menos importante que el dar una explicación – el hecho de que se pueda trazar un nexo verosímil debería ser suficiente motivo para hacernos pensar que hay algo que no está funcionando. Algo similar intenté argumentar hace poco en un comentario en otra entrada.
Se me ocurrió que podría interesarle a alguien luego de leer la última columna de Fernando Rospigliosi en Espacio Compartido.
En otras palabras: no tengo por qué buscar un partido con el cual coincida en la mayoría de las posiciones con las que estoy de acuerdo, cuando puedo, más bien, articular mis diferentes posiciones y en cambio, vincularme con otros tipos de organizaciones que persiguen objetivos muy similares pero me permiten, básicamente, a disentir en otros temas, al mismo tiempo que ofrecen espacios de participación mucho más dinámicos e interesantes donde no hay que recorrer ni pelearse con la burocracia del partido. Puedo estar a favor del libre mercado y de la cobertura médica universal al mismo tiempo. Puedo abogar por el proteccionismo económico sin querer al mismo tiempo una Estatización a gran escala. Y así sucesivamente. (Nótese, de yapa, como en el camino distinciones polarizantes como izquierda y derecha, liberalismo o estatismo, se vuelven meramente referenciales, cuando extendemos el plano político tridimensionalmente.)
Al dar este giro, la política se vuelve también un universo misceláneo. Se vuelve misceláneo porque no sólo hay una introducción de una enorme cantidad de nuevos temas y posiciones que pueden ser recogidos por múltiples actores, sino que la manera como estos actores están configurados les permite tener una muy alta tolerancia para el fracaso. Construimos así un panorama político donde aparecen y desaparecen grupos y posiciones permanentemente según la capacidad que tienen para articular en torno a sí comunidades de apoyo más grandes y vinculadas, y ojo, aquí lo perturbador: su capacidad para articular estas comunidades no tiene nada que ver, ninguna relación, con lo correcto o lo incorrecto, con el bien y el mal, ni siquiera tiene una relación necesaria con lo que es mejor o peor para el conjunto de la sociedad y las demás comunidades. Cuando reduzco la valla para la participación masiva en el espectro político, la bajo tanto para aquellos con los que estoy de acuerdo como para los que no, y de entrada, existen muy pocas posibilidades efectivas para filtrar qué cosas queremos que aparezcan en el espacio público y qué no. Y no estoy del todo convencido, incluso, de que eso sea deseable: por lo pronto, me parece más importante fortalecer los mecanismo para que podamos, una vez creados, filtrar las peores opciones de las mejores de una manera efectiva. Pero este proceso de filtrado, en última instancia, no puede depender sino, de nuevo, de la acción colectiva de los ciudadanos para defender sus intereses. Si me molesta lo suficiente la publicación de alguna posición o mensaje con el que no estoy de acuerdo, pues está en mis manos organizarme para brindar una opción alternativa. Si no me molesta lo suficiente como para movilizarme, entonces no puedo tampoco esperar que alguien más se encargue de hacerlo.
Los costos de participación son lo suficientemente bajos como para que yo pueda, de hecho, organizar una alternativa. Que sea una alternativa viable… eso amerita mayor discusión. Los roles son flexibles, los costos son bajos, el alcance de los medios es alto: es razonable suponer que uno podría vincular una comunidad en torno a un interés en particular o en respuesta a algún tema en particular en el espacio público. Lo que no es tan inmediatamente visible es si uno podría, con la misma facilidad, construir una posición alternativa suficientemente fuerte como para dar la contra, digamos, a una postura hegemónica o respaldada por el gobierno, o por un gobierno. El problema de Bagua sirve para ilustrar este problema: los nuevos medios brindaron un canal alternativo a la información que era difundida por los canales tradicionales u oficiales – no por alternativa más verdadera o completa, pero sí permitía tener una perspectiva más redondeada del asunto. Al mismo tiempo, la gente difundiendo esta información logró establecer circuitos y asociaciones lo suficientemente fuertes como para convertirse en una voz medianamente significativa en este proceso, suficientemente significativa como para que el presidente, en un artículo conceptualmente viciado, básicamente los acuse de ser el perro del hortelano, ellos también. Es decir: no queda tan claro de que, por sí mismo, este intercambio de información y estas redes de colaboración podrían ser capaces de convertirse en posiciones suficientemente consistentes como para hacerle frente al contra-discurso en sus mismos términos. De hecho, creo que queda claro, en la actualidad, esto simplemente no es posible. O lo que es lo mismo: no, por mucho que apoyes causas en Facebook, eso no hace que, al final, el gobierno siga haciendo lo que le dé la gana. Se necesita más, mucho más, en términos de capitalizar este latencia ciudadana y canalizarla hacia acciones colectivas más y mejor estructuradas, que realmente incorporen una alternativa viable. Y claro, bien podría ser que, a esta altura, la figura del partido político empezara a volver a exhibir su utilidad.
Lo que encontramos en casos como el de Bagua, o como Irán, es la capacidad que exhiben ciertos sectores de la ciudadanía para transferir habilidades políticamente inocuas hacia un significado política con una enorme facilidad. Es algo que muchos llaman periodismo ciudadano, pero yo prefiero pensar que se trata de los diferentes roles, no sistemáticos, no exclusivos, que asumimos como parte del proceso mismo de ciudadanía. Ejercer activamente nuestra ciudadanía se vuelve no necesariamente aquella valla inalcanzable según la cual tenemos que estar permanentemente informados, permanentemente involucrados, incluso sacrificando parte de nuestras vidas personales para ello. En una sociedad donde los roles que asumimos son transitorios y que cumplimos muchos de ellos cotidianamente, la función política del ciudadano es también uno de esos roles, que puede adoptar una mayor o menor preponderancia según la manera como están articulados mis intereses, y de la manera como yo me choque o no con la necesidad de adoptar posiciones más fuertes en torno a su defensa. Tanto en Bagua como en Irán, grandes grupos de ciudadanos se encontraron en la necesidad forzosa de utilizar sus habilidades para cumplir con un rol de significado político – no es que nadie haya, realmente, querido hacerlo (en el sentido de que, si en ambos casos hubiéramos podido evitar lo que pasó, tanto mejor), pero ante la necesidad de que así sea tenían las competencias para capturar y transmitir información al mundo sobre lo que estaba pasando.
Esto, de ninguna manera, resuelve todos nuestros problemas. De hecho, creo que los complica. Pero lo que me parece que podemos empezar a identificar es, en primer lugar, que nuestra noción de ciudadanía se ve ampliada para incluir un conjunto de nuevos roles que podemos asumir según el contexto lo requiera. Por otro lado, que muchos de estos roles implican una apropiación mucho más personal y directa del proceso político, en un espectro que va desde el consumo de información hacia su transformación en la organización y participación de acciones colectivas.
De entrada, hay una gran pregunta, importante, que me queda perturbadoramente abierta. ¿Dónde queda el espacio para la negociación? Si puedo construir mi escenario político a mi imagen y semejanza, si puedo hacer mi selección mediática en función a aquello con lo que estoy de acuerdo, si los partidos políticos ya no son los espacios en los cuales negocio intereses y acepto compromisos, ¿entonces en dónde me enfrento a lo diferente? ¿En qué momento argumento, delibero, comparto opiniones y consigo acuerdo que vayan más allá de simplemente imponer mi propio punto de vista? Si no encontramos el espacio para algo así de importante… ¿dónde lo ponemos? ¿Cómo lo incorporamos?
Lo cual muestra que aún hay mucho, mucho por desarmar.
La semana pasada que escribí sobre la arquitectura de la participación, recibí muy buenos comentarios de parte de Jorge Meneses y Daniel Luna que me han ayudado mucho a esclarecer varios puntos flojos y precisar varios cabos sueltos. Mi experiencia hace un par de días de observar un poco más en la práctica cómo se configura la participación en diferentes espacios y todos los problemas que eso trae también ha sido material interesante, así como muchas de las historias que hemos escuchado en las últimas semanas: Bagua, Irán, Guatemala, y ahora también Honduras, escenarios de tensión política en torno a los cuales hemos visto aparecer, como mediana novedad, la presencia de nuevas tecnologías utilizadas como herramientas para la coordinación espontánea de grupos que adquieren un carácter político.
Revisitando brevemente el argumento como lo formulé antes: la idea básica es que las herramientas tecnológicas, en la medida en que han transformado los costos de transacción asociados a formar diferentes tipo de organizaciones, han inaugurado la posibilidad de que nos sea mucho más fácil que antes vincularnos y agruparnos con otras persona que compartan nuestros mismos intereses, más allá de los límites de nuestra localidad inmediata. La idea, claro, no es mía, sino que es la base de la que parte el buen Clay Shirky en su libro, Here Comes Everybody. Los costos se vuelven tan bajos que podemos hacer espacio para todo tipo de grupos, sin necesidad de priorizar cuáles son los más importantes, lo cual genera una explosión de contenidos; al mismo tiempo, empezamos a asumir roles cada vez más flexibles a medida que vamos saltando de grupo en grupo. Aunque puedo ser el organizador y coordinador en uno, puedo simplemente ser un lector u opinar de vez en cuando en otro, y así sucesivamente. La construcción de nuestra identidad se vuelve un proceso flexible en el que nos adecuamos a diferentes roles, en lugar de llevar una misma identidad a todos los contextos en los que participamos.
La segunda parte del argumento se desprende de lo anterior. Conforme una parte cada vez mayor de nuestras vidas cotidianas se empieza a llevar de esta manera, empezamos a acostumbrarnos a una serie de habilidades y competencias propias del comportamiento en grupos. La instancia más básica de este comportamiento es el compartir, que puede crecer hasta la cooperación y la colaboración. En otras palabras, nos acostumbramos a que sea algo cotidiano velar por los intereses de un grupo en el camino a construir productos, referentes y lenguajes comunes. La parte más interesante es que esta dinámica se traduce fácilmente entre grupos construidos a partir de la misma cultura; es decir, que estas habilidades que desarrollamos son habilidades transferibles que no están limitadas por los conocimientos particulares de una comunidad. Son estas habilidades transferibles las que ayudan a movilizar a individuos aislados y articularlos en torno a todo tipo de grupos, y que, potencialmente, ese convierten en habilidades que pueden también movilizarse con una intención política.
Esto no quiere decir que sean muy buenos candidatos para ser reclutados por un partido, por sus grandes dotes organizacionales. Sus habilidades son potencialmente políticas en la medida en que los intereses que de por sí ya los agrupen, se intersectan con el plano de lo político de tal manera que se convierten en activistas. El caso de la propiedad intelectual es un buen ejemplo: las personas que se encontraron apoyando la causa lo hacían en gran medida porque, en la persecusión de sus propios intereses, se chocaron con una barrera legal y jurídica que requería de un esfuerzo más grande para poder cambiar. De esa manera, encontraron naturalmente que las habilidades que habían desarrollado en el intercambio con sus propias comunidades en línea eran igualmente útiles al aplicarse a la promoción de un contenido diferente.
Por ilustrarlo utilizando otro ejemplo, que ha sido muy estudiado en los últimos meses: la manera como la campaña de Barack Obama aprovechó los medios sociales para difundir su mensaje y movilizar, sobre todo a los jóvenes, a votar. Recuerdo haber mencionado después de las elecciones que era un error pensar que Obama supo juntar sus antecedentes como organizador de comunidades con la tecnología social: era, más bien, que lo primero justamente explicaba y daba pie a lo segundo. El gran logro de la campaña – cuyo antecedente conceptual importante es la campaña demócrata de Howard Dean en el 2004 – fue que simplificó enormemente el costo de transacción que implicaba reorientar las mismas habilidades transferibles a los objetivos de la campaña. Y aunque uno estaría tentado a pensar que esto sólo ocurre desde un lado del espectro político, creo que el gran logro de la campaña de Obama es que su movilización de la ciudadanía subvierte la ideologización tradicional: la significación de su campaña ha hecho que incluso sus opositores encuentren necesario volverse, forzosamente, hasta cierto punto activistas para defender sus intereses en el nuevo panorama político. Lo que empieza a aparecer no es tanto que las masas están, efectivamente, movilizadas políticamente. Lo singular del fenómeno es que cada vez más personas se encuentran en la posición en que pueden, de maneras mucho más sencillas, vincularse a acciones colectivas e incluso iniciarlas allí donde sienten que deben defender, respaldar o promover sus propios intereses.
Hasta aquí, en realidad, la “breve” recapitulación del argumento sobre la arquitectura de la participación: ésta es la estructura sobre la cual se está reconfigurando la actividad política y la acción colectiva. Pero entonces, consecuentemente, el panorama político pasa a significarse de manera diferente, también.
En primer lugar, porque el espectro de los intereses se ha ampliado considerablemente. Aquí tenemos, de nuevo, la economía de la larga cola de la que habla Chris Anderson: cuando antes, por las limitaciones estructurales de los contenidos que podían difundirse masivamente, sólo podíamos tener acceso a un subconjunto restringido de intereses políticos – canalizados y agrupados por partidos de masas -, el cambio en esa misma estructura hace que no estemos necesariamente limitados en nuestros intereses por aquellos que dominan la agenda pública porque involucran a más gente. Es decir, no sólo pueden interesarme más temas que aquellos que son explícitamente tratados, sino que pueden interesarme más posiciones que las que son explícitamente reconocidas. De nuevo, el ejemplo de la problemática de propiedad intelectual es ilustrativo: lejos de ser un tema que convoque el interés de grandes mayorías, es, sin embargo, un tema de gran importancia para una comunidad muy articulada y organizada a nivel global. Los intereses posibles con crecientemente más específicos y granulares: aunque se trate de un tema que sólo es relevante para unos pocos cientos o decenas de personas, es lo suficientemente relevante para ellos que encuentran la necesidad y el incentivo (y el medio) para organizarse.
El resultado neto de este giro es que la unidad granular en torno a la cual se juega la política, cambia. La política ya no se centraliza en torno a las posiciones articuladas de partidos políticos que agrupan diferentes paquetes de intereses dentro de una cierta consistencia interna para negociarlos a gran escala con otros partidos que hacen lo mismo. El rol que cumplen los partidos se ve cuestionado, porque la articulación de las energías de los ciudadanos se concentra en torno a temas que son personalmente mucho más relevantes, aunque colectivamente resulten menos negociables. La política, como tantas otras dimensiones de nuestra vida social, se buffetiza. Es decir, ya no tengo que estar de acuerdo con todo lo que diga el partido A o el partido B, o mejor dicho, no tengo que resignarme a dar mi apoyo a uno u otro partido a pesar de las desavenencias en uno u otro tema, sino que puedo, más bien, configurar mis preferencias políticas de la manera que mejor se ajuste a mis preferencias. En ese contexto, los partidos políticos pierden aún más legitimidad – los clásicos partidos catch-all propios de la cultura de masas simplemente se vuelven incapaces de brindar la misma relevancia que otras formas de organización política ofrecen.
Venía por la vía expresa hace poco y vi un cartel enorme de la Universidad San Martín de Porres, promocionando “carreras con futuro”, y apuntando al sitio web www.carrerasconfuturo.com. Me dio demasiada curiosidad entrar a ver qué les estaban vendiendo a los jóvenes que hoy egresan de la secundaria y postulan a la universidad como “carreras con futuro”, así que tuve que entrar a verlo más en detalle. La educación, especialmente la educación superior, y especialmente la educación superior para el futuro son temas que tengo bastante cercanos, así que tenía que ver si había algo interesante.
Y, sí. El sitio está muy bien diseñado, de hecho me da curiosidad saber quién hizo el diseño. Pero mi primera sorpresa fue que, oh coincidencia, TODAS las carreras la USMP eran estas tales “carreras con futuro”. Es decir, que la USMP sigue vendiendo como carreras del futuro opciones como Derecho, Medicina o Ingeniería, las mismas carreras tradicionales que todo el mundo ha recomendado los últimos 100 años y que, por lo mismo, son sectores del mercado que se encuentran saturados. Aún cuando eso no quiere decir de ninguna manera que todo aquel que estudie carreras tradicionales tendrá problemas para encontrar trabajo, sí quiere decir que para una considerable cantidad esto será cierto. Y quizás es algo que no tengan en consideración al escoger la carrera.
Aquí hay dos planos de análisis distintos y relevantes. En primer lugar, que en el presente la oferta educativa no está alineada con el mercado. Generamos muchos profesionales, que por buenos que sean, no necesariamente salen preparados para el “mundo real”. El segundo plano me llama más la atención: que no preparamos realmente profesionales para el futuro, porque claro, nunca nos hemos dedicado realmente a pensar en qué queremos del futuro ni qué profesionales podríamos requerir entonces.
La USMP nos brinda un excelente ejemplo de que somos estructuralmente incapaces de imaginar el futuro de una manera que no sea una versión radical del presente. Para ellos, el 2020 se ve así:
El New York Times señala que las conexiones inalámbricas harán que no existan barreras entre el trabajo y la vida personal, esto impedirá el exceso de trabajo y se consolidará un nuevo formato de día laboral, los empleados trabajarán durante varias horas y las combinarán con sus actividades personales.
Que es más o menos el equivalente laboral de los autos del futuro que prometía Mecánica Popular en los años 50. Por un lado, describen muchas cosas que estamos presenciando hoy, y para las que no estamos preparados, pero que no son una cuestión “futurista”. Por otro lado, no tienen en consideración que el futuro, muy probablemente, será radicalmente diferente de lo que somos capaces de concebir hoy día, y por razones probablemente muy diferentes de las que podríamos pensar. Clay Shirky tiene un muy buen ejemplo para ilustrar esto:
Hay una escena maravillosa en la película de 1968, 2001 (para cuando supuestamente todos debíamos estar viajando al espacio) donde azafatas espaciales en minifaldas rosadas dan la bienvenida al pasajero que llega. Esta es la visión perfecta, empaquetada para los medios, del futuro – la tecnología cambia, la basta se mantiene igual, y la vida sigue como es hoy, excepto que más rápida, más alta, y más brillante. En contraste, la píldora anticonceptiva, como el transistor, parecían ofrecer tan sólo mejores incrementales sobre los métodos existentes. Pero al hacer del control de la fertilidad y una decisión unilateral y, crucialmente, femenina, que no tenía que ser negociada caso por caso, la píldora ha transformado a la sociedad de maneras mucho más importantes que cualquier cosa conseguida por la NASA. [Here Comes Everybody, traducción mía.]
Un poco de lo mismo es lo que encontramos en la descripción del 2020 que hace la USMP. Claro, conexiones inalámbricas, transformarán todo lo que conocemos sobre el trabajo. Pero el trabajo seguirá siendo esencialmente trabajo, produciendo esencialmente lo mismo, bajo el mismo modelo económico, con los mismos objetivos, y demás. Si el incremento de la combinación profesional-personal que describen terminara en que las familias se descomponen y la gente es crecientemente miserable, llevando a la gran revuelta tecnoproletaria del 2017 y a la consiguiente instauración del régimen ludita, sería algo imposible de predecir, e incluso de concebir, desde esta descripción alegre y peregrina de lo que vendrá.
Ahora, lo realmente perturbador. Las carreras que necesitaremos en el futuro, o desde el otro punto de vista, los trabajos para los cuales necesitaremos formar gente en el futuro, no existen hoy día. Muchos de los trabajos que existen hoy no existían hace 5 años, y no existen descripciones claramente definidas para lo que hacen o el perfil que requieren. Además de que cambian lo suficientemente rápido como para que prácticamente ningún cuerpo de conocimiento pueda mantenerse suficientemente al día: la realidad que uno estudia al empezar una carrera resulta ser significativamente diferente 5 años después, cuando termina. En ese contexto, es realmente irrelevante que mi carrera tenga futuro hoy, pues es bastante probable que cuando termine de estudiarla, o haya dejado de tenerlo, o sea algo para lo que no estoy formalmente preparado, o haya futuros más interesantes en otras áreas. Entonces, cuando un egresado de secundaria hoy lee esto sobre un supuesto 2020:
Puesto que las empresas tendrán que adoptar las innovaciones tecnológicas, prevalecerá el aprendizaje constante y la acción organizativa. Los mandos medios desaparecerán y los trabajadores serán temporales, en este entorno la lealtad estará dirigida al compromiso con el proyecto. Para el portal Strategy-Business, la clave del éxito de las empresas del futuro estará en fusionar la fuerza de trabajo y la tecnología de la información moderna.
¿Qué le estamos dando realmente? Aparte de una visión ingenua del futuro y una desinformada del presente. Según esto, algo así como los cyborgs serán la fuerza laboral del futuro. Entonces mejor ni nos molestemos en estudiar, y dediquémonos a perfeccionar nuestros implantes electrónicos para nuestros trabajos temporales comprometidos con el proyecto, sea lo que sea que eso signifique. Ah, sí. Se llama freelance, vía web. Eso es taaaaan 1998.
Entonces, quizás en este punto no importe tanto, realmente, qué profesión escoja uno. En realidad, en un momento en el cual las fronteras entre disciplinas se vuelven tenues y se reconfiguran las profesiones, quizás lo más inteligente sea optar por la posibilidad menos encasillante, aquella que le permita a uno cómodamente saltar entre diferentes áreas de acción con relativa comodidad. Aquello que, justamente, nuestro sistema educativo no está realmente preparado para preparar.
Lo cual hace tanto más urgente que no pensemos tanto en carreras CON futuro, como en carreras DEL futuro, y lo que esto signifique viene de la mano con el contenido que queramos, desde nuestra perspectiva limitada, darle al futuro. Partiendo, por supuesto, de reconocer que no hay manera de que sepamos bien qué significará esto en unos años, y que tenemos que prepararnos para condiciones cada vez mayores de incertidumbre. Lo cual no quiere decir que no seamos capaces de mapear hoy las tendencias que probablemente se conviertan en los problemas en un futuro cercano. Más que ofrecerles a los egresados de secundaria promesas vacías de certidumbre sobre futuros ilusorios, sería bueno que seamos sinceros con ellos y les digamos que no tenemos mayor idea de lo que estamos pasando, y que ellos tampoco la tendrán, y que tenemos, más bien, que aprender a arreglárnoslas para vivir y ser felices renunciando a la pretensión de entender bien dónde va cada cosa.
El video que circula por las Intarwebz de la celebración del cumpleaños de Keiko Fujimori me perturba no sólo por las razones obvias -como Carlos Raffo cantando a todo pulmón, o las preguntas sobre de dónde salió la plata-. Me perturba porque refleja el núcleo del fujimorismo.
Los que están bailando son los congresistas de la bancada. Nuestros representantes en el parlamento, nada más y nada menos. Ojo – nunca Keiko ha bailado para el show de cumpleaños de ninguno de ellos. Y sin embargo, llegada la hora, ellos están más que dispuestos a ponerse el traje y hacer las piruetas para la Gran Lideresa. El fujimorismo es tan poco consistente con la democracia que esto se les trepa hasta en las celebraciones de cumpleaños: los congresistas no están todos al mismo nivel, viendo las actuaciones. No. Está bastante claro que aquí la lógica es casi de servidumbre: es responsabilidad, casi obligación, de los súbditos a la corona montar un espectáculo para complacer sus deseos.
Eso es lo que más me perturba – la lógica de la pleitesía.
Mencioné hace un par de posts, de pasada, el lanzamiento del Laboratorio de Videojuegos de Lima (LVL) que habíamos hecho con unos amigos. Es uno de mis proyectos favoritos en los últimos días, y quería hablar un poco más de él. Uno de los grandes obstáculos para el estudio y la investigación sobre videojuegos en la actualidad es que lo primero que uno tiene que enfrentar es una alta dosis de escepticismo para lo que es percibido cmo una trivialidad, una mera extensión del mundo de los juguetes que algunas personas olvidaron dejar atrás cuando pasaron los años. Así que supongo que lo primero que hay que comentar es porqué encontramos necesario e interesante crear este laboratorio.
Primer dato interesante: en EEUU, más gente juega videojuegos que va al cine. Lo cual es simplemente testimonio de la magnitud económica y cultural que ha alcanzado la industria de los videojuegos. Una industria que ha adquirido tamaña magnitud está, inevitablemente, ejerciendo también una serie de influencias enormes en la manera como estamos configurando nuestra imagen de la realidad. Pero no nos estamos deteniendo lo suficiente para pensar en esta transición. Así como mi propia experiencia, muchas personas que se formaron jugando videojuegos hace años hoy día empiezan a “salir al mundo” de diferentes maneras, y al hacerlo, ¿cómo vemos la realidad de manera diferente a las personas que no se formaron jugando videojuegos?
Segundo, y esto me encanta decirlo, el medio es el mensaje (cf. McLuhan). Es decir: los videojuegos no son solamente una extensión más de algo que ya conocemos, no son solamente juguetes más vistosos, sino que brindan una nueva experiencia de interacción con los medios y los contenidos. La experiencia de los videojuegos es específica y particular, diferente a la experiencia del cine, de la televisión o del uso de las computadoras. De allí que amerite ser estudiada como una experiencia en sí misma – aunque, indudablemente, siempre se encuentra enmarcada y contextualizada por las experiencias de los demás medios al mismo tiempo (hibridación en McLuhan, convergencia en Jenkins).
Tercero, porque por lo mismo que esto es una industria enorme, y es una industria, además, de productos culturales, no está demás preguntarnos por los efectos del consumo de estos medios que son, casi en su totalidad, exportados. Los videojuegos llegan a nosotros con suposiciones y categorías que de alguna manera impactan nuestra cultura, y además del hecho de preguntarnos por este impacto, podemos también preguntarnos: ¿qué mensajes estamos igualmente desarrollando y comunicando nosotros al mundo? Hay toda una serie de plataformas y variables que hacen que sea también relevante preguntarnos por el futuro del desarrollo de los videojuegos en el Perú.
Cuarto, porque aún están por descubrirse todos los usos que podemos hacer de este, aún nuevo, medio. Como, por ejemplo, el hecho de que los videojuegos estimulen la corteza prefrontal del cerebro puede ser un recurso interesante para paliar los efectos de la pobreza en los niños. O que los videojuegos puedan utilizarse como medios de rápida difusión y alta efectividad para cosas como promover el acceso a la información y los servicios de salud. Los alcances en términos de usos potenciales que se tienen del medio son fronteras que recién están siendo exploradas por nuevos desarrolladores.
Hay mucho más que podría decir, pero este no es el lugar. Es una discusión, o varias discusiones, que esperamos se puedan abrir en el LVL, poco a poco.Principalmente, hacemos esto porque nos gusta, porque encontramos que los videojuegos han tenido un impacto profundo en nosotros y porque vemos que, hasta donde tenemos conocimiento, en nuestro medio y en nuestro contexto no se están brindando ni desarrollando ideas interesantes al respecto. Usualmente se escuchan opiniones de educadores, psicólogos, periodistas, que no sólo quizás nunca han jugado juegos sino que muestran un patente desconocimiento de los temas. La desinformación ha generado que se hayan generalizado una serie de concepciones erróneas sobre los videojuegos sobre las cuales, esperamos, se pueda echar algo de luz. Y, poco a poco, esperamos ir haciendo cosas cada vez más interesantes.
A todos los interesados, los invito a visitar el nuevo laboratorio e involucrarse, en principio participando de las discusiones, y con el tiempo espero que vayamos ideando nuevas maneras de participar.





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