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Hay algo más en lo que la experiencia del blog me ha ayudado significativamente. En la filosofía, tenemos frecuentemente la tendencia de perdernos en un lenguaje excesivamente técnico, excesivamente complicado, y bastante hermético al acceso de forasteros. Aprender a escribir en un tono y con unos términos que hacen nuestro contenido sumamente difícil: personalmente, creo que esto responde, a su vez, a la creencia de que para lidiar con profundos problemas, uno debe también hablar en un lenguaje profundo que refleje la profundidad de lo profundo y ese tipo de cosas. Quizás en la misma medida en que no considero que la filosofía sea una tarea o un trabajo más digno, más enaltecido que los demás, tampoco creo que tenga por qué hablar en un lenguaje más complicado, sólo para iluminados.

Escribir en un blog, en un entorno más informal, y buscando comunicarse con un público mucho más amplio, ayuda muchísimo en términos de aprender a comunicarse más efectivamente. Uno se ve obligado a buscar construcciones más simples, términos más comunes, y a darse cuenta de que, si no puede decirse en términos sencillos, quizás no vale la pena que se diga.

Este cambio de lenguaje es algo que he tratado de incluir también en mis presentaciones. El estilo académico formal que predomina en congresos, coloquios, simposios y demás, es el de leer un texto, un trabajo de investigación formal y rigurosa, citando las referencias en el camino y toda la parafernalia. Pero en las últimas presentaciones que realicé en el Simposio de Estudiantes en la PUCP, escogí cambiar un poco la fórmula, y el experimento fue interesante. Partí de una premisa muy simple: en los 20 minutos asignados, no iba a tener el tiempo necesario ni para (1) leer la totalidad del trabajo que quería presentar, ni para (2) realmente transmitir el resultado de varias horas de lectura, investigación y preparación. En 20 minutos no es posible que la audiencia llegue a captar la totalidad de lo que sea que se quiere exponer. Entonces, en esos 20 minutos lo mejor a lo que podía aspirar era a, (1) brindar un conjunto básico de ideas en torno al tema trabajado, y (2) buscar despertar el interés del público por el mismo tema. Es cierto: ya no estaba tanto presentando una investigación, como marketeando una idea.

El resultado fueron dos presentaciones concebidas de manera diferente, y ejecutas de la misma manera: escogí no leer, sino exponer oralmente. Escogí utilizar el PowerPoint, pero de manera tal que (creo) apoyaba y no perjudicadaba el contenido de lo que iba exponiendo. Y escogí utilizar un lenguaje y una estructura que fueran lo más accesible posible, de tal manera que realmente pudiera compenetrar al auditorio. La experiencia fue sumamente gratificante: porque, a diferencia de oportunidades en las que he leído un trabajo, sentí mucho más cercanamente la relación con la audiencia, y podía ver directamente si estaban o no siguiendo lo que iba diciendo, y eso me permitía hacer modificaciones sobre la marcha. Por lo que podía percibir, la gente estaba más interesada, cuando menos por lo exótico del experimento. Y eso de por sí ya era, creo, un triunfo.

Claro, de hecho tuvo mucho que ver que el experimento estaba inspirado por la idea de que el medio es el mensaje.

De vez en cuando, muy de vez en cuando, ocurre tal cosa como que parece que hubiera una comunidad filosófica más o menos cercana. A 30 días de terminar mi pregrado, en verdad me habría gustado que hubiera más de algo así. El Simposio de la semana pasada sirvió como oportunidad para que algo así se diera, y el alcohol siempre ayuda además. Restauración de los vínculos éticos sustanciales, diría Hegel.

La comunidad:

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Me habría gustado dedicar más tiempo a saber en qué anda cada uno, pero tampoco seré fatalista asumiendo que ya nunca se podrá. Por alguna razón, no parece nunca haberse articulado bien una comunidad filosófica en la PUCP. Son más bien vínculos dispersos, a menudo además poco sinceros. Pero en fin, siempre hay oportunidad de intentar de nuevo.

Entre otras cosas descubrí también un blog de un grupo de alumnos de la especialidad, La Batería Fina, que parece ser tanto interesante como divertido. Si hubiera alguno otro, avísenme, por lo pronto esté pasa a formar parte de mi poco actualizado blogroll.

Me gustaría desarrollar un nuevo concepto. Siempre me gusta jalar elementos de todos lados, de múltiples fuentes, en múltiples formatos. Recuerdo hace un par de años cuando fui a un tributo a Radiohead hecho aquí en Lima, donde un grupo local (Space Bee) intepretó todo el OK Computer de manera genial, a la par que se proyectaban una serie de clips llenos de leit motifs radioheadianos.

El último sábado, Jorge Drexler se presentó en Lima. Su concierto fue formidable, su dominio de escena es excelente y sumamente divertido, y su música es de primera. Este tipo de experiencias me hacen reconsiderar cosas como la distancia entre la exposición de ideas y el espectáculo. Desde lo que me enseñan, desde la filosofía, al presentar uno sus ideas debe hacerlo de manera formal, rigurosa, académicamente seria. Y eso está bien, asegura que el cuerpo del conocimiento de alguna manera tiene cierto asidero, cierta continuidad. Pero personalmente, para mí, hay algo que falta. Y es que no puedo evitar sentir que eso hace que la propuesta se quede un poco corta. Cuando el objetivo es que se me escuche, se me reinterprete y algo quede de lo que digo, pues todo se siente un poco incompleto.

En principio, porque creo que uno no debería engañarse: aún cuando uno lee una ponencia filosófica, uno está vendiendo algo, en un sentido muy amplio. Uno no presenta un texto, un concepto, una idea que ha trabajado con la simple pretensión de ser escuchado y de que se le deje a uno vivir. Presentar algo es comunicar el asombro al cual uno ha llegado al encontrar una serie de conexiones que antes no se habían visto en el mismo lugar. Mucho más que un compartir intelectual, es hacer que el otro forme parte de mi intensa experiencia emocional al aproximarme al tema. Además, no espera ser tomado con neutralidad, o al menos yo particulamente considero que no debería serlo: leer para un auditorio neutralizado es peor que no leer nada. No conseguir reacción alguna, la crucifixión más terrible. Uno busca, o debería buscar, incitar algún tipo de reacción en su público. Cualquiera. Cuando menos, el despertar un nuevo interés que no hubiera estado allí antes. Despertar la curiosidad, el deseo de saber más.

Creo que pretender que un concepto o una idea que a uno le ha tomado buen tiempo desarrollar, sea entendido por un público en 20 o 30 minutos, es un poco iluso. Más bien, creo más efectivo tratar de transmitir la emoción del chispazo inicial, del sentido del descubrimiento, y tratar de llevar al otro por el mismo camino. Si le interesa a algunos pocos, pues bien. Si le interesa a muchos, pues muy bien, tanto mejor. Así se forjan comunidades de gente con las cuales se puede entablar una conversación, en torno al punto que han descubierto comparten.

Por eso quiero desarrollar un nuevo concepto. Que involucra no sólo a la filosofía y al mensaje que se puede querer transmitir, sino que apunta al diseño, a la construcción de toda una experiencia comunicativa. Arte, música, movimiento, imágenes, video, ideas, conceptos, discurso, creo que todo debe más o menos mezclarse en una performance más compleja, pero también más comprometida y comprometedora. Algo que realmente interpele al público y lo obligue a tomar una postura, sea a favor o en contra.

Creo que es por este tipo de cosas que me dicen que soy un sofista… Pero claro, yo nunca he tenido mayor problema con eso.

No lo sé, y yo la estudio.

La pregunta no es tanto por qué nos viene diciendo porque dice muchas cosas, sino más bien por qué nos dice ahora. ¿Qué puede decirnos la filosofía actualmente? Los más crueles dirán que nada, pero si finalmente están leyendo esto algo deben creer que tengo yo que decir y quizás por extensión la filosofía.

Condicionar el pensamiento estrictamente a su utilidad ha sido uno de los peores vicios de la civilización occidental de los últimos años. Que no es lo mismo que decir que el utilitarismo es un vicio de la civilización; por lo demás, me resulta interesantísimo. Pero el juicio de valor que hoy se hace del pensamiento y de las ideas se hace a partir de una concepción sumamente restringida de valor: valor monetario, valor financiero, réditos, rentabilidad.

La filosofía puede decirnos mucho de muchas cosas. Incluso puede ayudarnos a entender mejor una empresa, y existen interesantes experiencias en esa línea, aunque muchos piensen que la cosa no debe ir por ahí. Pero he aquí una idea loca, por lo demás filosófica: ¿qué tal si NO depredamos el mundo con nuestras actividades de consumo y producción, y así NO nos convertimos en una especie inviable en un planeta muerto? Lo dejo como sugerencia en el aire. En fin, con esto nos es más o menos claro que la filosofía, en realidad, puede meterse en muchos lugares, frecuentemente sin ser invitada y frecuentemente también para quedarse.

¿Qué más nos puede decir la filosofía? Pues hoy los dejo con una intuición de los últimos días: la gratuidad. La posibilidad de pensar sin estar atado a ningún marco, método u objetivo específico, sino de poder especular un poco libremente y a partir de ello trazar una serie de asociaciones coherentes. ¿Por qué sería esto importante? Pues porque si no, no hay de dónde pueda surgir la innovación. Si nos limitamos a utilizar las herramientas conocidas sobre problemas conocidos, no hay mucho nuevo bajo el sol. La filosofía nos da un conjunto de herramientas conceptuales para lidiar con problemas que, según la perspectiva, pueden tomarse como problemas filosóficos, a menudo cuando ya se considera que no tienen una solución.  Pero más que eso, nos da la posibilidad de hacer filosofía sin usar esas herramientas, o usando las herramientas sobre las herramientas, o en fin, simplemente jugando libremente para ver qué pasa.

Claro, esto se hace desde un contexto, dentro de una tradición y demás salvedades. Pero saben a lo que me refiero. La filosofía puede hacerse, según una metáfora que escuché el otro día, como una licuadora. Uno mete una serie de cosas, enciende y prueba a ver qué pasa. Si algo nos dice la filosofía desde hace 2500 años, y esto no debería ser dejado de lado, es que esta forma (medianamente) desinteresada de pensar es algo bueno y valioso, que no debería ser dejado de lado porque así lo considere la moda de turno (por más que el turno venga durando unos 200 años).

Una capacidad colectiva para adquirir y crear conocimiento y darle un uso productivo para el bien común es tan crítico para los esfuerzos del sistema de la ONU como para países individuales. Esto significa, para el sistema de la ONU, acción concertada para profundizar el entendimiento y para gestionar y compartir el conocimiento de manera mejor orientada. A nivel conceptual, por ejemplo, existe una necesidad apremiante para articular comprehensivamente el entendimiento del sistema de los vínculos entre la paz, la seguridad y el desarrollo. En el área misma del desarrollo, las organizaciones del sistema de la ONU necesitan continuar juntas su entendimiento de cómo avanzar un acercamiento verdaderamente holístico al desarrollo económico y social: que refleje enteramente la relación mutuamente reforzada entre perseguir los Objetivos de Desarrollo del Milenio y aquellos incorporados en la más amplia agenda de desarrollo de la ONU; que asegure que los objetivos sociales son integrados efectivamente a la toma de decisiones económicas; y que tome en consideración el desarrollo de atender desigualdades existentes dentro de y entre países. [Traducción mía]

Así define Naciones Unidas la importancia de la gestión del conocimiento para la persecusión de sus objetivos. En una economía de la información, nos pasamos la mayor parte del día generando información y contenido; de hecho, la gran mayoría de nuestras interacciones son intercambios de información en mayor o menor medida relevantes para la vida de una organización. O, en cualquier caso, para nuestras vidas personales. A diario leemos periódicos, vemos noticias por televisión, las escuchamos en la radio; leemos libros, revistas, artículos, páginas web; recibimos y enviamos correos electrónicos, conversamos por mensajería instantánea, o por teléfono; redactamos y entregamos o publicamos reportes, informes, ensayos, trabajos, investigaciones, estudios, análisis, etc.; y encima de todo eso, tenemos encuentros personales, conversaciones, reuniones, discusiones, debates, clases, conferencias, y tantas otras formas de intercambio personal de información.

El problema radica en que, como es propio de la vida moderna, todo este intercambio y flujo de información nos deja poco tiempo o espacio para detenernos por un momento y preguntarnos: “¿Qué significa todo esto?”.

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Uno de los muchos proyectos de verano en los que estoy trabajando es un nuevo wiki. Para lo que no lo saben, un wiki es una plataforma de trabajo colaborativo a través de la web, que permite a múltiples autores trabajar en un mismo proyecto, y que potencia tales maravillas modernas como Wikipedia, a la cual hago referencia constantemente.

El wiki en el que estoy trabajando es un proyecto de vinculación tecnológica, es decir, busco desarrollar un acercamiento tecnológico a un área y problema usualmente no-tecnológica, que es la filosofía. La idea es desarrollar una plataforma de trabajo colaborativo para publicar una herramienta de gestión y desarrollo de conocimiento, donde los interesados puedan informarse respecto a un tema, aclarar dudas, y en hacerlo contribuir a la construcción colectiva del conocimiento. Lo haremos a través de la lectura y análisis de uno de los textos filosóficos más complicados que he encontrado: Ideas para una fenomenología pura y una filosofía fenomenológica, de Edmund Husserl. Estamos trabajando con la Dra. Rosemary Rizo-Patrón, especialista de primer orden en la filosofía husserliana en la PUCP, para crear una versión digital de su lectura de la obra, según la cual dicta además el curso de Teoría del Conocimiento en el pregrado en filosofía. A partir de ahí, junto con ella, ir elaborando los contenidos del libro para poco a poco tratar de esclarecer el complicado lenguaje y concepto detrás de un libro de singular importancia para la filosofía fenomenológica.

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He mencionado ya en algún momento mi interés en este campo abstracto, extraño y en realidad inexistente que llamo “filosofía de lo que está pasando ahora”. De hecho es un problema en sí mismo definir con mediana precisión qué es lo que pasa ahora, tanto más filosofar -lo que sea que eso signifique- al respecto. Y en esa línea he buscado orientar algunas ideas, algunas de las cuales también he venido publicando aquí. ¿Cómo pensar la filosofía misma en el marco del mundo contemporáneo, y de sus propios problemas? ¿Cómo pensar siquiera en la posibilidad de una filosofía en un mundo en el cual hay MTV?

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Hace unos días tuve una conversación muy interesante con unos amigos, respecto sobre todo a nuestras expectativas personales con respecto a estudiar filosofía, habida cuenta que de hecho no tenemos menor ni mayor idea de precisamente por qué lo hacemos o cómo pensamos orientarlo, habida cuenta mayor de que las típicas presiones consumistas y mundorrealistas suelen también aquejarlo y presionarlo a uno para pensar al respecto.

Recibí muy buenas ideas y además la conversación me permitió estructurar un poco mejor varias otras, sobre el quehacer filosófico, sobre recursos disponibles o potenciales, capitales no explotados, etc. En general, es tanto más difícil -o desafiante, para los que quieran la interpretación positiva- ponerse a pensar en estudiar filosofía viviendo y pretendiendo en líneas generales quedarse en el tercer mundo. No sólo por las obvias limitaciones materiales, que de hecho ya son de por sí un grave problema. Sino por las pretensiones a las cuales uno puede aspirar: en un ambiente, irónicamente, dominado por un rampante eurocentrismo y una marcada germanofilia, ¿qué puede uno pretender ofrecerle al mundo/país/mercado/sociedad cuando obviamente se encuentra en el extremo en desventaja de la cuestión?

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Bienvenido

Este blog busca preguntarse por el sentido de la filosofía en el mundo contemporáneo. Desde qué sentido tiene, hasta qué problemas encuentra y cómo los enfoca, pasando por lo que eso significa para los filósofos, se me ocurren una serie de respuestas experimentales a partir de mi experiencia personal. Si te gustan o no, me encantaría saber tu opinión sobre ellas.

Comenta cualquiera de los artículos y procuraré responderte, o puedes enviarme un correo electrónico si tienes enlaces o información relevantes, o simplemente quieres opinar. Si quieres leer más, sugiero empieces por la partida. Allí verás el tipo de problemas en los que me he enfocado, y cómo puedes participar de ellos.

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