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Hace un tiempo con unos amigos empezamos un proyecto bizarro, como todos, que llamamos el Dodecaedro de Estudios Estéticos. El objetivo era, de manera un poco interdisciplinaria (un par de filósofos, un par de historiadores del arte, un psicólogo) profundizar un poco en los problemas del arte y de la estética, desde nuestras diversas perspectivas, un poco al mismo tiempo empapándonos en una serie de conceptos nuevos.

Tuvimos resultados interesantes mientras los tuvimos, incluyendo un poco de Lacan, lecturas del arte como producto cultural en la sociedad de masas, y demás. Pero lamentablemente, el tiempo, las obligaciones, y demás avatares de la vida posmoderna nos obligaron a silenciosamente dejar las cosas a medias.

Ahora el Dodecaedro ha resuscitado, en una nueva encarnación como Dodecaedro de Estudios Artísticos y un modelo más virtual. Aún no me queda claro el modelo, pero igual me resulta divertido. Creo que participar del nuevo Dodecaedro me brindará un espacio para formular una serie de preguntas más específicas en torno a una serie de cosas: conceptos de arte hoy, de reinterpretación y participación por parte de la audiencia, de cómo entender la crítica y la curaduría, en fin, tratar de enmarcar una serie de problemas que surgen hoy en mi línea de interés entendiendo al arte dentro de entramados más amplios de lenguaje y de cultura, o de producción y consumo de signos como diría Baudrillard.

Aún no hay nada que mostrar en el Dodecaedro, pero los invito a visitar, conocer y en la medida de lo posible participar. Para mí todo esto son conceptos nuevos, más aún porque se trata de ideas y categorías que están ahorita, como tantas otras, en plena maleabilidad. Rodrigo Sarmiento, uno de los participantes del proyecto, ha publicado un manifiesto que más o menos delinea algunas de las intenciones que tenemos hasta ahora, y que deja ver muchas de nuestras confusiones también. Por algún lado teníamos que empezar, ¿no?

Un post en el blog El Estanco me hizo recordar (gracias, Javier) otro post mío de hace un tiempo sobre qué es un mashup, donde ponía como ejemplo el clip de video Read My Lips parodiando la relación Bush-Blair. Naturalmente tuve que volver a verlo, y así como quien no quiere la cosa me encontré con este otro, de allá en la prehistoria de 1992:

El video es considerablemente más largo, pero lo interesante más bien es la discusión que viene después. Esto parece ser un programa político del momento, comentando la campaña presidencial entre Bush padre y Clinton esposo (qué pintoresco tener que hacer esas aclaraciones). Los panelistas que comentan esta forma muy temprana, muy MTV en sus primeros días de mashup están escandalizados, porque consideran que este tipo de comunicación perjudica la base del proceso político por inspirar cinismo en el público, sacar clips fuera de contexto, y ridiculizar a los protagonistas. En última instancia, dice uno, hace que nadie quiera liderar por el temor a ser ridiculizado de esa manera.

En uno de los libros que más me han fascinado, Understanding Media, Marshall McLuhan señala cómo una forma de medio de comunicación se resiste a ser reemplazada por otra, en el sentido más amplio: como todo el sistema cultural que se construye en torno a un medio se resiste y se defiende ante uno completa o parcialmente nuevo que viene a introducirse en un mismo contexto. Finalmente es reemplazado (aunque diría Henry Jenkins, en otro libro que me ha fascinado últimamente, que nunca desaparece, sino que convergen en una suerte de nuevo equilibrio donde ambos se ven transformados).

Fijémonos en el video: vean a los comentaristas, vean su ropa, escuchen su tono de voz, las palabras que utilizan. El formato del programa, la manera como el conductor les hace preguntas. Todo encaja de alguna manera, todo funciona dentro de un sistema sutilmente complejo de asociaciones culturales en los cuales queda claro quiénes saben cosas, quiénes son expertos (los panelistas con credenciales, libros, y buena ropa) y quiénes no deberían tener derecho a opinar porque desprestigian el proceso político (la generación MTV editando videos tendenciosamente).

No quiero que entremos en un juego inútil de ver quién tenía la razón o no, pero avancemos 16 años. Ya he comentado antes sobre el genial video que Will.I.Am preparó para la campaña de Obama (y también hay versión para McCain… o algo por el estilo), y como ése existen cientos de videos de ciudadanos, principalmente jóvenes, que toman la campaña política en sus propias manos, se la apropian, y hacen con ella lo que quieran. Hoy día no lo llamamos perjudicas y desvirtuar el proceso político: hoy lo llamamos el proceso político mismo (al menos algunos de nosotros lo hacemos). Lo llamamos medios participativos, periodismo participativo, etc.

Pero no es sólo política, y no es sólo tampoco la política o la cultura estadounidense. De una manera u otra estamos presenciado procesos similares de apropiación en todas partes, con diferentes tipo de complejidades. En el Perú los bloggers cobran fuerza, empiezan a hacer destapes y a interactuar con el periodismo, digamos, del “establishment”. Las corporaciones empiezan a ver con preocupación primero este proceso, y luego con curiosidad, pues existe potencial en la idea de dejar que los consumidores se apropien de tu marca, y la lleven por lugares no planeados. Pero en ese momento dejan de ser simples consumidores, y son también productores, transformadores.

Lo que nos volvemos, más o menos, rápida o lentamente, es en una cultura de “mashuppers”. En cierta medida siempre lo hemos sido, porque la cultura se construye, finalmente, a partir de pedazos y retazos que tomamos individualmente, sacamos de contexto y reinterpretamos. Sólo que hay es más rápido, en mayor escala, y más visible: tenemos más y mejores herramientas para desarmar cosas que existen y hacer nuevas cosas con eso. Y si nuestra cultura empieza a configurarse así, empezamos a transponer este enfoque a todo: descomponemos el proceso político y lo configuramos en nuestros términos, descomponemos procesos sociales y los rearmamos de maneras nuevas, y así sucesivamente.

Si te estás preguntando si esto es bueno o malo, mejor o peor, estás haciendo la pregunta incorrecta.

Todas las estructuras cambian, pero en el proceso de transición, las formas viejas se resisten a morir defendiéndose por cualquier medio posible frente a las formas nuevas. Está en nuestra naturaleza ser convervadores, porque preferiremos siempre un entorno controlado y predecible a uno en el cual no podemos realmente saber qué es lo que ocurrirá. Aquellos que prefieren ir contra esta norma general los consideraríamos usualmente irracionales por querer aferrarse a lo desconocido, por estar dispuestos a comprometerse con algo que aún no existe.

Esto lo encontramos en todos lados, en todas las grandes y pequeñas transformaciones que encontramos a nuestro alrededor. Los medios de comunicación tradicionales, las grandes organizaciones jerárquicas y centralizadas, se encuentran hoy amenazadas porque surgen formas de organización, acción y participación colectivas que carecen de las mismas reglas y principios por los cuales se han llevado las cosas por décadas. Las generaciones jóvenes crecen sin tener este sentido de las mismas reglas de convivencia, y conforme pasan a formar parte del mundo y participar de sus actividades, inevitablemente surge en choque entre la vieja manera de hacer las cosas, y las nuevas tendencias que no juegan bajo las mismas reglas.

Organizaciones y corporaciones como las habían incluso hace tan sólo 15 o 20 años hoy día se ven obligadas a readaptarse, tercamente, para poder seguir siendo competitivas. Instituciones sociales, políticas, se readaptan o simplemente caducan y desaparecen. Y así se repite el proceso a través de la sociedad, y sin embargo, ninguna estructura existente cederá ante una nueva sin una buena pelea.

El periodismo se ha atomizado en los últimos años conforme ya no es necesario que alguien que sea propiamente un “periodista” ejerza el monopolio frente a la información que se puede comunicar. Yo no tengo nada de periodista, y sin embargo por este canal unas 100 personas cada día se topan con lo que tengo que decir y con mi perspectiva de las cosas, para bien o mal. Esto incremente la participación, pero reduce la posibilidad del control: ya no se puede, o se hace mucho más difícil, conseguir que todos los mensajes se reúnan bajo un mismo concepto general, ya no se puede uniformizar y controlar lo que se dice, cuándo, cómo.

Así lo ha descubierto el Comité Olímpico Internacional, pero no por eso dejarán de dar la pelea correspondiente. A los atletas que participen de los Juegos Olímpicos de este año en Beijing, se les permitirá mantener blogs personales sobre las competencias, pero se les prohíbe publicar fotos, videos o audios de los eventos. Si leemos que hay detrás de esto, encontraremos una institución tradicional luchando por adaptarse a los tiempos a la fuerza, y luchando con la idea de que está forzada a ceder el control. Hoy día, los atletas, sobre todo los más jóvenes, estarán acostumbrados a escribir en un blog, incluir videos, fotos de su participación en las competencias, y demás medios en los cuales se han acostumbrado y encuentran natural expresarse. Pero esta forma de expresión libre y abierta choca con las necesidades de control del mensaje de la organización, al mismo tiempo que con su interés de controlar férreamente los intereses comerciales que el flujo de información representa.

La necedad es el motor que lo mueve todo en el mundo.

Un poco de publicidad.

Primero, el comercial pegajoso que me ha tenido hablando de él todo el día.

Sí, ya me enteré de que este comercial parece ser simplemente una copia de uno de otra compañía en otro país.  Eso no es importante ahora. El asunto es que este comercial me llevó a otros dos comerciales que había visto antes, y que me fascinaron absolutamente.

El primero es de Quilmes para la campaña del mundial de fútbol 2006 en Argentina.

El segundo también es de Quilmes, y también para la misma campaña, pero en el 2002.

¿Por qué me importan estos comerciales? Porque hoy que mucha de nuestra cultura… toda nuestra cultura… se construye a través de los medios de comunicación, la publicidad ejerce un rol determinante en este proceso. No sólo la publicidad, sino el hecho mismo del consumo y de las elecciones que hacemos al escoger los productos que compramos y las marcas que utilizamos, ejercen una influencia en la manera como construimos nuestras identidades individuales y colectivas.

Estos comerciales me parecen un ejemplo claro, de marcas y conceptos que no sólo se aprovechan de un sentimiento popular arraigado, sino que lo crean, lo transforman, son parte del propio zeitgeist y por eso no es ilegítimo que lo hagan. Es la misma razón por la cual Wong antes hacía el corso de fiestas patrias, y ya no puede hacerlo: Wong se había ganado la legitimidad de hacerlo, se había vuelto parte de la cultura, y cuando la compañía cambió de manos, los nuevos dueños no habían recibido nuestra confianza colectiva como para poder arrogarse ese derecho.

Últimamente he estado pensando mucho en esto y en desarrollar un poco más a profundidad estas ideas, y la manera como los medios y sus lenguajes están articulándose en la construcción de discursos, de narrativas y en última instancia de identidades. Nuestras identidades son finalmente narraciones de lo que somos y de quienes somos, y por eso en función a la manera como contamos nuestras historias encontraremos también las maneras como armamos nuestras identidades. De allí que debamos volver también a la publicidad para entender, con un poco más de claridad, por qué creemos que somos quienes somos.

Esta noche salió una breve nota en América Noticias sobre videojuegos violentos que refleja todo lo que, a mi juicio, está mal respecto a los medios masivos cubriendo el mundo de los videojuegos. No sólo hay una serie de errores factuales garrafales, sino además lo que son una serie de errores de interpretación que enmarcan de pésima manera cualquier interpretación o discusión que pudiera tenerse sobre los videojuegos. Pero claro, es América Noticias y quizás no se pueda esperar mucho más tampoco.

El reportaje se concentraba sobre todo en el juego “San Andrés”, obviamente refiriéndose al controverial Grand Theft Auto: San Andreas -aunque mostrando imágenes, en cambio, de su antecesor, Grand Theft Auto: Vice City-. La nota apelaba al recurso un tanto facilista, archirrecorido a nivel global, de que la violencia en el juego fomenta la violencia en los niños y sugiriendo que los niños se volverán locos y saldrán a la calle a matar policías y ladrones por doquier. Mi problema ni siquiera es el tema o la validez del tema, sino simplemente que el asunto está pésimamente mal planteado y adolesce de una serie de contradicciones e insuficiencias que no nos llevan a ninguna parte.

Es decir, América Noticias publica una preocupada nota sobre la violencia en los videojuegos después de 45 minutos reseñando la violencia en nuestra sociedad en asesinatos, narcotráfico, accidentes, y demás iteraciones de circunstancias violentas que son distribuidas todo el día, todos los días por los medios de comunicación sin mayor tapujo. Al parecer, todas estas otras manifestaciones de violencia están bien, o no representan ningún problema, sólo la violencia en los videojuegos es problemática.

Además de eso, el reportaje ponía énfasis sobre, primero, que los niños acceden a este tipo de diversión por sólo 3 soles, y segundo, que podían acceder fácilmente a estos juegos por medio de una serie de locales donde se alquilan las máquinas. He aquí otro de los lugares donde la complejidad del problema era simplemente ignorada: primero, porque el juego (San Andreas) está calificado como un juego para audiencias mayores de 17 años (según la calificación M de la ESRB), lo cual significa que no debería vendérsele a menores de esa edad. Sólo que nosotros tenemos el problema adicional de la piratería (razón por la cual pueden estar a 3 soles los juegos), que no descalifica el problema, pero sí el marco bajo el cual lo intentamos entender. ¿Es posible, acaso, tener algún control sobre la venta de los juegos en un contexto así? ¿Es realmente deseable tener un control de ese tipo? Lo cual me lleva al segundo punto, que es el acceso de los niños a los lugares de juego, así como a la compra de los juegos mismos, en lo que me parece el punto más importante de todo esto: ¿dónde rayos están los padres? Finalmente ellos son los responsables por educar a los niños -no el Estado, no la sociedad, mucho menos América Noticias-. Aquí el problema se complica porque obviamente existe una brecha generacional que impide a los padres entender con claridad qué es lo que juegan los niños, pero eso no justifica abdicar a la responsabilidad de buscar hacer el intento y por lo menos discutir abiertamente con los niños sobre lo que están jugando, las implicaciones, y sobre todo, cómo distinguir claramente entre la realidad y la ficción. Sin embargo, no vi ningún tipo de discusión sobre la participación de los padres en el asunto -sólo de la Municipalidad (el Estado) interviniendo para “proteger a los niños”-.

Entonces, el problema se hace aparente en la simplificación excesiva que hace, en este caso, el reportaje de América Noticias sobre el tema. Enfocar los videojuegos como una terrible amenaza, como corruptores de las buenas costumbres, y demás, no hace sino agrandar la brecha de comprensión que puede haber entre la generación que se ha formado jugando videojuegos, y la que sí. Nos encontramos, en cambio, con un fenómeno multidimensional y altamente complejo, en el cual participan variables económicas, sociales y culturales, y la manera como la violencia es tratada aquí no es una particularidad aislada del medio, sino un rasgo que recorre nuestra cultura de manera más o menos preocupante. Por eso es que es importante hacer un esfuerzo por entender mejor los videojuegos, sobre todo porque muchos de nosotros, que crecimos jugándolos, encontramos en ellos una dimensión expresiva y participativa a la cual las personas que hacen reseñas sobre los videojuegos no han tenido acceso. Es decir, que una representación un poco más acertada de este universo no será posible sino hasta que individuos que estén familiarizados nativamente con ellos -y no confundan, por ejemplo, “Hot Coffee” como si fuera un juego en lugar de un mod por sí mismo controversial de otro- empiecen a describir su propia experiencia.

No nos vendría mal extender este esfuerzo en muchas direcciones, dejando de responder al reto que plantean las nuevas maneras de comunicarnos y expresarnos como si fueran a traer el apocalipsis. Pero claro, esta reación es inevitable, y nos es natural seguir creyendo cosas como que el periodismo busca la verdad, o que es posible protegernos de “cosas malas” en la web. Creo que en realidad se trata de que no sabemos bien cómo lidiar con estas experiencias (que finalmente transforman la realidad misma) y por eso nuestro primer impulso es defendernos. Pero nuestros medios tradicionales no nos ayudan, ni nos hacen ningún favor, cuando enmarcan el asunto casi como una lucha entre el bien y el mal, donde nuestra forma de vida se ve inexorablemente amenazada.

Supongo que, finalmente, tampoco podía esperarse mucho más.

Había muchas cosas sobre las que quería comentar hoy para las que no me quedó el tiempo.

Pero quería por lo menos dejar este video al cual llegué por un post en el blog de Chris Garrett sobre el futuro de las narraciones. Lo que estos sujetos han hecho es impresionante, y probablemente sí refleje la manera como las herramientas tecnológicas nos permiten hoy liberar capacidades creativas que antes habrían sido imposibles, por lo menos sin presupuestos millonarios.

Claro, la barrera de entrada sigue siendo alta, no hay que ser ilusos. Lo interesante no está tanto en la complejidad técnica, sino en las implicaciones sociales respecto a quién tiene la posibilidad de expresarse, de narrar historias, y con qué medios cuenta para hacerlo. No todos podemos hacer una recreación del desembarco en Normadía. Aún con ello, en principio, más personas (o menos, según como quieran verlo) pueden hacerlo hoy que hace diez años. De la misma manera que más personas encuentran hoy canales accesibles para expresar el mensaje que mejor les parezca.

Dialéctica del señor y el siervo, si quieren, surgimiento de la autoconciencia, lo que sea. Lo interesante es la manera como esto nos hace repensar las historias que nos contamos a nosotros mismos, de nosotros mismos, y demás. En la medida en que ya no me tienen que contar la historia bajo la cual interpreto mi vida, sino que puedo escribirla, expresarla yo mismo. ¿El auge del microrrelato? No lo sé.

En algún momento, en mi blog anterior, esbocé algunas ideas sobre la relevancia que los videojuegos cobran en nuestra construcción de la cultura. Pero ahora, leyendo un post reciente en el blog de Henry Jenkins, me doy cuenta de cuán esbozos eran esas ideas. Jenkins relata su experiencia respecto a juegos de video y responsabilidad social a partir de una conferencia reciente en Shanghai, y toca una serie de puntos sumamente interesantes que nos permiten profundizar en gran medida la manera como interpretamos los videojuegos.

Hay una serie de elementos sumamente interesantes en la cultura oriental y cómo están asimilando la cultura de los videojuegos: sobre todo en el enfoque en que parecen estar incorporando respecto a lo que significan en términos de responsabilidad social. Por muchas razones, pero quizás las que me resultaron más interesantes fueron dos. En primer lugar, porque en la medida en que los jóvenes pasan más y más tiempo jugando estos juegos, se vuelve importante pensar respecto al contenido que están jugando. Pero, según explica Jenkins, los chinos no ven esto en términos de eliminar el sexo o la violencia de los juegos (preocupaciones exacerbadas de los estadounidenses), sino por el aspecto positivo de cómo reforzar valores y elementos culturales positivos a través de los juegos.

La otra razón interesante es algo sobre lo que esbozadamente he comentado antes: precisamente en la medida en que, por medio de los videojuegos, ejercemos procesos de aculturación, los juegos que jugamos nos acostumbran a una serie de referentes culturales que bien pueden no ser los nuestros. Es más, definitivamente no son los nuestros. Esto preocupa tanto más a la cerrada cultura política china, y su relación amor/odio con Occidente: en la medida en que buscan limitar o paliar la influencia cultural occidental sobre los niños y los jóvenes, existe un impulso para contrarrestar esta influencia creando videojuegos locales con contenidos locales y elementos culturales locales.

Este tipo de reflexiones muestran con claridad la profundidad que podemos alcanzar al detenernos a pensar un poco respecto a una nueva forma cultural y de socialización como son los videojuegos. En el Perú estamos aún muy lejos de esto, y en general en todo el hemisferio, en términos generales, seguimos pensando en el tema de una manera muy limitada: pensando simplemente cosas como adicción a los videojuegos, las influencias negativas de la violencia, y demás lugares comunes que suelen denunciarse en la televisión y artículos periodísticos que sin embargo no hacen más que rozar la superficie. (Vale la pena mencionar aquí uno de los pocos trabajos excepcionales sobre este tema que conozco: Videojuegos, o los compañeros virtuales, una investigación de María Teresa Quiroz y Ana Rosa Tealdo publicada por la Universidad de Lima en 1996 -la ignorancia me impide referir a trabajos locales más recientes.)

La importancia que pueden cobrar los videojuegos está lentamente siendo reconocida en sus dimensiones reales, más allá del velo de ignorancia sobre el cual suelen estar sumidas las reflexiones sobre el tema. El factor más interesante que puede encontrarse en ellos como medio es el hecho de que involucran directamente al jugador: en lugar de convertirlo en el simple espectador de una historia, incapaz de ejercer mayor influencia en la manera como se desenvuelve, los videojuegos permiten al jugador ser un espectador activo, un personaje, un protagonista. Las dimensiones psicológicas que esto introduce se traducen en un alto grado de vinculación o involucramiento. Donde unos ven a niños o jóvenes ensimismados, estupidizados, otros encuentran el potencial para un medio con tal grado de involucramiento para reforzar procesos formativos y educativos. En la medida en que los jóvenes se vinculan con el medio de manera transparente, interiorizan con mucho mayor facilidad y profundidad sus contenidos; al mismo tiempo, el hecho mismo de jugar introduce una nueva dinámica en la manera como se interpreta el aprendizaje, poniéndolo a uno en la posición de tener que resolver problemas, jugar con diferentes configuraciones, y de esta manera desarrollando habilidades importantes.

La iniciativa Changemakers de Ashoka tiene una experiencia interesante en esta dirección, cuando buscó explorar la manera como los juegos de video pueden ser utilizados en la promoción de la salud. Una de las propuestas ganadoras de la competencia desarrolló un juego de video para teléfonos celulares para ser distribuido en África, cuyo propósito era difundir una cultura de prevención contra el VIH/SIDA. El eje central detrás de este tipo de ideas es, justamente, el hecho de que son medios más accesibles para la juventud, y de esta manera se pueden transmitir con mayor facilidad, alcance y sobre todo, profundidad, mensajes con un alto grado de involucramiento. (Changemakers tiene también una librería con una gran cantidad de recursos sobre videojuegos serios disponibles, incluyendo un artículo del propio Henry Jenkins et al., “Confronting the Challenges of Participatory Culture: Media Education for the 21st Century” [enlace PDF], artículo fundamental para entender qué sentido tiene todo esto.)

En resumen, aunque parece ser un tanto complicado, creo que es importante detenernos a pensar con mayor seriedad y profundidad sobre las implicancias de las transformaciones culturales, en apariencia casi triviales, que nos rodean. Los videojuegos ejercen influencias en la manera como procesamos la cultura que son diferentes a las maneras como lo hemos hecho antes, y son diferentes de maneras no-triviales. En esa misma medida, se nos presenta la oportunidad de doblegarnos ante el desafío y seguir interpretando lo nuevo bajo las categorías de lo viejo, o como muestran estos testimonios de China, o como muestra el esfuerzo de Changemakers, tenemos la oportunidad de explorar las nuevas posibilidades para generar nuevas oportunidades, quizás hasta para lidiar con viejos problemas. (Espero que eso último no haya sonado demasiado cursi.)

La fecha límite para presentar respuesta para la pregunta Davos del 2008 es mañana. Davos es, por supuesto, la ciudad en Suiza donde se lleva a cabo el Foro Económico Mundial, una reunión anual de líderes mundiales -políticos, económicos, sociales, culturales, etc.- donde se discuten las grandes problemáticas que afectan al mundo.

Este año, han planteado la pregunta Davos por medio de un canal en YouTube. La pregunta es: ¿Qué crees que tienen que hacer los países, las empresas o los individuos para conseguir un mundo mejor en 2008? Hay un bonito video que han preparado para presentar la pregunta, apelando a diversas figuras reconocidas en la comunidad de YT:

El hecho de que el Foro en Davos esté planteando así abiertamente la pregunta es interesante por muchos lados. El objetivo es que el público que visite el canal en YT vote las mejores respuestas, éstas sean proyectadas a los asistentes al FEM en Davos la próxima semana, y los líderes mundiales graben sus propias respuestas y las suban a YT. Uno estaría tentado a decir, de entrada, que esto es un ejemplo de cómo el liderazgo mundial se abre a una comunidad más amplia, y los ciudadanos a pie reciben una oportunidad de que su voz sea escuchada, como pudo haber pasado en los nuevos formatos de debate en la campaña presidencial de EEUU.

Pero creo que así visto hay muchos ángulos que perdemos. Por un lado, sí, es cierto y es importante reconocer que el hecho de que el FEM haya encontrado pertinente o necesario abrir este canal, es un fuerte indicador de que diferentes estructuras se encuentran a sí mismas sacudidas. Lo más interesante es como particularmente YouTube ha pasado a convertirse en un eje central, un participante clave en las diferentes dinámicas políticas y los procesos sociales. Desde el FEM, las campañas presidenciales en EEUU, hasta la transmisión de la clausurada RCTV en Venezuela, el sitio más importante de videos de la web (por el cual Google pagó la módica suma de $1600 millones) se ha convertido en el foro a través del cual todos quieren -y al parecer sienten que pueden- participar.

Sin embargo, ¿cuán importante es esto realmente? ¿Realmente los “líderes mundiales” en Davos detendrán sus agendas, escucharán los mensajes grabados y responderán de una manera tal que las ideas aportadas sean incorporadas en los procesos de discusión? Nadie ha dicho que las contribuciones en YouTube establecerán la agenda de los temas a discutir, nadie ha dicho que se abrirán las sesiones a la participación permanente de los ciudadanos de a pie. Se ha dado la oportunidad solamente a que se proyecten unos cuantos videos, la gente aplauda, dé una respuesta probablemente ensayada, y todo el mundo quede contento con la idea de que el Foro Económico Mundial se abre a la participación de los ciudadanos del mundo. No hay que negar el valor de un primer paso en esta dirección; pero hay que reconocer que bien pueden estarnos dando gato por liebre: la ficción de participación para que nos quedemos tranquilos mientras todo sigue igual.

Lo cual me lleva a un segundo punto. Y es que bien podría ser también el caso que el hecho de que abriéndose de esta manera el FEM en Davos, incorporando supuestamente la participación de la comunidad mundial, se le brinde excesiva legitimidad a lo que los “líderes mundiales” hacen allí. Claro, no hay que ser ingenuos: son en la práctica ellos los que toman todas aquellas decisiones que terminan rigiendo hasta en los detalles mínimos nuestras vidas cotidianas. Es horrible, pero cierto. Pero al mismo tiempo, la apertura un tanto paternalista del Foro de “darnos una oportunidad” a los ciudadanos del mundo para expresarnos parece simplemente dejar bien claro quién está en qué posición: nosotros, los líderes, dedicaremos cinco minutos a escucharlos a ustedes, los liderados. No estamos hablando aquí de grandes incorporaciones, grandes diálogos multilaterales, grandes procesos de cambio en los cuales se nos ofrezca a todos la posibilidad de participar. Davos cree que por dejarnos expresar nuestra opinión -algo que podríamos hacer de todas maneras- muestra al mundo que es abierto y comprensivo a las necesidades y los deseos de los ciudadanos mundiales.

El sistema, la estructura, en el fondo, es la misma. Los cambios se perciben únicamente en la superficie. Pero por alguna parte tenemos que empezar, supongo.

Actualmente, “The Daily Show” con Jon Stewart me parece uno de los mejores a) programas cómicos de la televisión, y b) programas políticos de la televisión. Lo cual, si se detienen a pensarlo por un momento, es una combinación interesante.

Con Stewart está sucediendo algo similar a lo que ocurre con la campaña presidencial de Barack Obama, en EEUU. Está inventando un nuevo lenguaje que apela con mucha mayor facilidad a un público joven -el mismo público joven que resalta por su apatía política-. Es ya casi aburrido escuchar como, una y otra vez, se repiten los mismos lugares comunes sobre los jóvenes y la política: que ya no tienen el interés, el compromiso de antes, que ya nada les importa, etc. Claro, para todo efecto práctico son ciertos. Pero si lo pensamos por un momento: primero, que las comparaciones suelen hacerse con una suerte de Arcadia dorada y nostálgica que fueron los movimientos políticos de los setentas, panfletarios, activistas, altamente comprometidos. En el Perú, muchos jóvenes se creyeron el rollo que les ofrecían los movimientos socialistoides de la época de construir un mundo mejor, y armados de idealismo y buena voluntad salieron a reclamarlo a las calles, y ese tipo de cosas (mayo del 68 en París siendo el ejemplo más claro de esto).

Todo esto es muy bonito, y ciertamente inspirador, pero nos vemos forzados a reconocer hoy que ya no funciona. Los mismos lenguajes, las mismas consignas, los mismos objetivos están gastados, y simplemente ya no calan en una juventud que hereda la cultura de los 80s, de los 90s, y de principios del nuevo siglo. Las jóvenes ya no pueden ser hippies porque sólo tienen que ver Forrest Gump para, en 3 horas, ver cómo los hippies pasaron de sexo, drogas y rocanrol a la época disco, a la cocaína y finalmente a la placentera vida clasemediera en la cual terminaron instalándose. Entonces, más allá de nostalgia y experimento con psicotrópicos poco puede sacarse por allí.

Ahora, con todo, creo que sueno como un absoluto descreído. Pero quisiera pensar que no lo soy. Solamente apunto a que los mismos métodos que supuestamente funcionaron en la Arcadia dorada del pasado no funcionarán hoy día, y tratar de hacer política bajo los mismos criterios es un despropósito histórico. Tenemos que buscar nuevas formas y nuevas articulaciones, tal como las buscaron en esa época. Y así completo el círculo: Jon Stewar y Barack Obama están creando un nuevo lenguaje, nuevos canales a través de los cuales los jóvenes pueden vincularse con su propia versión de lo que es el proceso político. Por supuesto, para muchos esto es señal de alerta, señal de alarma: ¿Cómo es posible que enormes cantidades de personas (alrededor del mundo, incluso) reciban su principal fuente de noticias por medio de un programa cómico?

Exacto. ¿Cómo es posible? En primer lugar, porque para ese enorme número de personas, las fuentes tradicionales de información no sirven, y el proceso político y afines son motivo de burla. El consumo del medio es él mismo una afirmación política: “esto tiene tan poco sentido que sólo puedo reírme”. En segundo lugar, porque a pesar de todo, hay un interés de participar. La cultura mediática de hoy engendra una cultura participativa que antes no era posible. Pero al mismo tiempo, los aparatos tradicionales no se adaptan a esta nueva cultura. Las asambleas partidarias, el diseño de políticas públicas, y demás, no son realmente procesos participativos donde uno puede aportar realmente. En consecuencia, hay un éxodo masivo de aquellos espacios donde no se puede participar, a aquellos en los que sí.

Por ejemplo, la campaña presidencial en EEUU de Barack Obama. Una campaña que ha cambiado el tono del mensaje, se ha abierto al diálogo, ha creado nuevos espacios de participación política (Facebook, MySpace, por ejemplo).  Claro, Obama acaba de perder las primarias en Nevada contra Hillary Clinton. Lo cual (a) destruye la fuerza de mi argumento, o (b) desinfla las expectativas y esperanzas de un enorme grupo de jóvenes interesado en incorporarse al proceso político, en sus propios términos.

Hay algo más en lo que la experiencia del blog me ha ayudado significativamente. En la filosofía, tenemos frecuentemente la tendencia de perdernos en un lenguaje excesivamente técnico, excesivamente complicado, y bastante hermético al acceso de forasteros. Aprender a escribir en un tono y con unos términos que hacen nuestro contenido sumamente difícil: personalmente, creo que esto responde, a su vez, a la creencia de que para lidiar con profundos problemas, uno debe también hablar en un lenguaje profundo que refleje la profundidad de lo profundo y ese tipo de cosas. Quizás en la misma medida en que no considero que la filosofía sea una tarea o un trabajo más digno, más enaltecido que los demás, tampoco creo que tenga por qué hablar en un lenguaje más complicado, sólo para iluminados.

Escribir en un blog, en un entorno más informal, y buscando comunicarse con un público mucho más amplio, ayuda muchísimo en términos de aprender a comunicarse más efectivamente. Uno se ve obligado a buscar construcciones más simples, términos más comunes, y a darse cuenta de que, si no puede decirse en términos sencillos, quizás no vale la pena que se diga.

Este cambio de lenguaje es algo que he tratado de incluir también en mis presentaciones. El estilo académico formal que predomina en congresos, coloquios, simposios y demás, es el de leer un texto, un trabajo de investigación formal y rigurosa, citando las referencias en el camino y toda la parafernalia. Pero en las últimas presentaciones que realicé en el Simposio de Estudiantes en la PUCP, escogí cambiar un poco la fórmula, y el experimento fue interesante. Partí de una premisa muy simple: en los 20 minutos asignados, no iba a tener el tiempo necesario ni para (1) leer la totalidad del trabajo que quería presentar, ni para (2) realmente transmitir el resultado de varias horas de lectura, investigación y preparación. En 20 minutos no es posible que la audiencia llegue a captar la totalidad de lo que sea que se quiere exponer. Entonces, en esos 20 minutos lo mejor a lo que podía aspirar era a, (1) brindar un conjunto básico de ideas en torno al tema trabajado, y (2) buscar despertar el interés del público por el mismo tema. Es cierto: ya no estaba tanto presentando una investigación, como marketeando una idea.

El resultado fueron dos presentaciones concebidas de manera diferente, y ejecutas de la misma manera: escogí no leer, sino exponer oralmente. Escogí utilizar el PowerPoint, pero de manera tal que (creo) apoyaba y no perjudicadaba el contenido de lo que iba exponiendo. Y escogí utilizar un lenguaje y una estructura que fueran lo más accesible posible, de tal manera que realmente pudiera compenetrar al auditorio. La experiencia fue sumamente gratificante: porque, a diferencia de oportunidades en las que he leído un trabajo, sentí mucho más cercanamente la relación con la audiencia, y podía ver directamente si estaban o no siguiendo lo que iba diciendo, y eso me permitía hacer modificaciones sobre la marcha. Por lo que podía percibir, la gente estaba más interesada, cuando menos por lo exótico del experimento. Y eso de por sí ya era, creo, un triunfo.

Claro, de hecho tuvo mucho que ver que el experimento estaba inspirado por la idea de que el medio es el mensaje.

Hoy caminaba por Miraflores disfrutando de música en los audífonos cuando se acabó la batería de mi MP3. Fue una pena, porque realmente lo estaba disfrutando, pero por supuesto, al puro estilo heideggeriano caí en cuenta de lo zuhandenheit precisamente en aquel momento en que dejó de funcionar como se esperaba que lo hiciera. Cuando el aparato dejó de ser el aparato pasó a ser otra cosa, aunque no sé exactamente qué.

Si no tienen ni la menor idea de lo que quería decir Heidegger, no se preocupen, porque yo tampoco. Su gran obra, Ser y tiempo, es una que planeo leer completa solamente con calma y dedicación exclusiva, probablemente en algún lugar alejado del mundo. Eso será para otro momento. Pero la muerte de mi batería me llevó a pensar en el sentido que cobra la música cuando podemos tenerla tan accesible. En otras épocas, no había manera de escuchar música si no era tocándola en vivo. La radio cambió todo, más aún la tecnología de grabación. La música repentinamente se volvió disociable del músico en términos de ocurrencia simultánea.

Surgió el álbum como forma artística, como producto integral, como experiencia articulada y diseñada. Pienso en el Dark Side of the Moon, de Pink Floyd: una delicada construcción de 43 minutos donde una canción lleva a la otra y donde cada intermedio es significativo. Nada parece dejado al azar. El álbum como producto-en-sí-mismo cobraba su propia cohesión, su propio sentido, y era mucho más que la suma de sus partes individuales, pues tenía la oportunidad de ser orgánico. No todos la aprovechaban, pero muchos, como Floyd, lo hacían muy bien.

Quizás fue más bien el mercado el que mató al álbum como objeto cultural, y personalmente creo que nunca se le prestó suficiente atención. En la época post-MTV es casi inconcebible pensar en un magnum opus de más de 40 minutos que requiera de cohesión estructural interna y que pueda tener éxito y ser apreciado por un público acostumbrado, más bien, a fragmentos de pocos minutos. Como siempre, no es que sea bueno o malo, simplemente es diferente.  En mi MP3, tengo ahorita unas 594 canciones de unos 226 artistas. Pocos álbumes completos, a pesar de que aprecio enormemente el valor del álbum como objeto integral. Pero de esta manera la música empieza a pensarse distinto. Tanto así, que la música se produce, se piensa desde un principio, para ser reproducida en pequeños audífonos y no ya en grandes equipos de alta fidelidad. Ingeniería de sonido, le llaman.

El asunto es, finalmente, que nuestros diferentes aparatos nos están haciendo escuchar la música de manera diferente, desde su sentido más literal: suena diferente, diferentes frecuencias, diferentes tonos. Pero también diferentes conceptos: y hoy es más raro que un disco, mucho menos una canción, pretenda el trance metafísico que puede esperarse del crescendo que es el DSOTM. ¿Somos por eso una generación menos metafísica? Difícilmente, hay reemplazos, compensaciones sutiles como diría Cortázar. Quizás algunas cosas en el fondo se mantengan imperturbables, o quizás es sólo lo que mi nostalgia quisiera creer. Jugamos con las nuevas formas, hacemos arte con ellas, experimentos, vemos qué pasa, algunas cosas funcionan y la mayoría no. Usualmente queremos creer que hay un aparato mucho más formidable y espeluznante detrás de estas cosas.

La verdad suele ser más bien que se acaban las baterías y uno empieza a divagar a partir de eso.

Anoche vi la película de George Clooney, “Good Night, And Good Luck”, en la que cuenta la historia de la confrontación entre el periodista de la CBS, Edward R. Murrow, y el senador estadounidense Joseph McArthy. McArthy es, por supuesto, famoso por una de las cacerías de brujas más grandes de la historia, cuando desde la comisión de actividades “antiamericanas” persiguió a una serie de personalidades reconocidas, sobre todo del mundo del espectáculo, acusándolos de tener vínculos con el comunismo. Todo esto ocurría, por supuesto, en medio de la década de los cincuentas, cuando la Guerra Fría apenas empezaba y los estadounidenses le tenían un pánico irracional a la amenaza comunista (que para todo efecto práctico aún mantienen).

La película es interesante por la reflexión que plantea en torno al rol y el poder de los medios de comunicación en las sociedades contemporáneas (la temática escogida y desarrollada por Clooney no es casual, y resuena repetidamente como un tema sumamente actual). ¿Los medios de comunicación solamente informan, con mediana objetividad, cuestiones de hecho? ¿O están llamados, más bien, a tomar posturas por una u otra perspectiva, y a defender aquello que consideran como la mejor opción? Más aún, frente a lo que se puede considerar incluso como una injusticia, ¿tienen los medios responsabilidad, obligación de intervenir? ¿Tienen alguna legitimidad para hacerlo?

Todas estas preguntas de por sí complicadas se ven agravadas por los medios masivos en la sociedad de masas. Cuando los emisores son pocos, y su alcance enorme, los mensajes y contenidos que transmiten tienen toda la capacidad para configurar, digamos, por sí solos todo el espectro de la “opinión pública”. La televisión es el ejemplo por antonomasia, perpetuamente comentado: la caja idiota que brilla en millones de hogares a ciertas horas comunes, repartiendo los mismos contenidos, homogenizando las opiniones y enmarcando las discusiones, estableciendo la agenda pública.

Al mismo tiempo, este mismo alcance, que por supuesto se traduce en poder, no puede sino convertirse en una enorme responsabilidad. Podemos recordar las famosas palabras de Ben Parker (el tío de Peter Parker, alias Spider-Man): “con gran poder viene gran responsabilidad”. Pues si se tiene tanto alcance, tanta capacidad de llegada, entonces obviamente parecería inmediato decir que los medios masivos deberían difundir mensajes positivos, o mensajes que favorezcan la sociedad, o lo que fuera. Aquí está la tensión de la película: el mensaje que quieren transmitir Murrow y su equipo de periodistas es que McArthy está excediendo su legitimidad y está quebrantando límites constitucionales. Hasta allí todo bien, pero al hacerlo inevitablementen tendrán que tomar una posición en el debate en cuestión. No se puede hacer tal cosa pretendiendo, al mismo tiempo, ser una posición neutral y objetiva.

He aquí el problema, desde un punto de vista filosófico. Pues no parece haber realmente asidero para tal posición neutral y objetiva. Nadie tiene o puede tener acceso a una cierta posición de contemplación de la realidad tal que la vea como ella es en sí misma. Así deja de tener sentido incluso hablar de la realidad misma, como árbitro que nos permita dirimir respecto a quién tiene razón y quién no: lo único que encontramos son realidades tal como son vistas por una o por otra persona, desde una u otra posición. Diferentes discursos no pueden ser, entonces, sino visiones parcializadas, intrínsecamente incompletas, sobre las mismas cosas. Y por lo tanto, no es posible que los periodistas o los medios de comunicación o nadie pretendan tener y brindar un enfoque neutral, equilibrado y objetivo de las cosas, porque inevitablemente tendrán que hacerlo desde alguna posición inicial, con un conjunto de creencias y valores básicos que prefiguran la manera como ellos asimilan y procesan la información, y como la retransmiten.

Por ello mismo, todo el problema sobre la objetividad de los medios de comunicación siempre me ha parecido un pseudoproblema, precisamente porque no veo cómo es que podrían intentar ser objetivos, mucho menos conseguirlo. Para mí, el problema es totalmente otro: es la ficción de la supuesta objetividad, que lo que hace en la práctica es enmascarar uno u otro prejuicio. La audiencia termina recibiendo información parcializada hacia uno u otro lado, pero creyendo, por el contrario, que está recibiendo la Verdad, objetiva, pura, absoluta. Esto nos da la falsa seguridad de que tenemos las cosas claras, los asuntos más allá del debate y la discusión, y da pie a versiones más o menos radicales de fundamentalismos varios.

Por el contrario, creo más bien que no hay tal referente último para las cosas, y que ante tal falta de objetividad (pueden verlo como una condena o una liberación, me da igual), lo principalmente importante es reconocer nuestra posición, nuestra perspectiva limitada, antes que pretender excederla con pseudouniversalidades. En otras palabras: es preferible reconocer de entrada que tenemos tales o cuales prejuicios, que hablamos desde cierta parcialidad particular, antes que pretender objetividades absolutas que no nos son permitidas.

No tengo ningún problema con una pluralidad de parcialidades. Creo que así vistas las cosas, tendríamos menos problemas (aunque indudablemente surgirían otros tantos de diferente naturaleza), sobre todo porque seríamos capaces de reconocer el alcance real de la información que encontramos en diferentes medios. De lo contrario, sólo estamos engañándonos, creyendo que una u otra perspectiva, narración de los hechos tal como supuestamente son, es la Verdad que hemos estado persiguiendo.

Estos son problemas interesantes, me parece, que caen dentro de un concepto más o menos nuevo (para mí, sobre todo) que es la alfabetización mediática (media literacy), un elemento central para la formación de las nuevas generaciones que se forman crecientemente en y a través de los medios de comunicación (como si alguna no lo hubiera hecho antes).

La transformación de la política acompaña la de los medios de comunicación. Hace poco mencioné el experimento que significó el nuevo formato de debates, en la campaña presidencial para el 2008, que en EEUU han probado CNN y YouTube. El experimento fue en muchos sentidos exitoso, pero con problemas: a pesar de que fue sumamente bueno involucrar preguntas enviadas por ciudadanos de a pie por medio de YouTube, el hecho es que las preguntas presentadas siguieron siendo pre-seleccionadas por editores de CNN: 30 preguntas de entre un total de alrededor de 5000, seleccionadas en base a criterios no divulgados. Lo cual pone en cuestión todo el experimento, en cierta medida -aunque no deja de ser interesante-.

Ayer lunes, otro experimento tuvo lugar: el formato presentado esta vez por MTV y MySpace. Este debate en formato cabildo abierto recibió preguntas en tiempo real enviadas por los televidentes por mensajes de texto y chat, al mismo tiempo que permitía votar a través de la web sobre las respuestas del candidato, en este caso John McCain. Y el resultado, según reporta Wired, parece haber sido enormemente positivo, tanto así que el formato se muestra muy superior al de CNN-YouTube.

Todavía seguimos viendo los resultados de estos experimentos, pero lo interesante es lo que empiezan a ofrecer: un nuevo grado de compromiso e involucramiento por parte de ciudadanos (particularmente jóvenes, formados dentro de un diferente contexto y bajo diferentes medios), nuevas formas de acción política que se muestran como una mejor alternativa a un sistema que es globalmente percibido como inaccesible. En otras palabras: nuevos medios ofrecen la esperanza de que uno, desde su esfuerzo individual, pueda ejercer cambio en las cosas, cambio perceptible, que lo hagan sentir que todo el enorme aparato funciona para algo.

Mi relación con la política es conflictiva, pero quizás eso no se haya podido dar mucho a entender por lo que comento sobre ella en este blog. Hace un tiempo vengo considerando con algunas personas iniciar un nuevo proyecto de blog donde comentemos, desde múltiples perspectivas, diversos problemas de política, desde un ángulo (que queremos considerar original, quizás no lo es) que compartimos: el agotamiento de una serie de conceptos, categorías y estructuras, y una dinámica de cambio en múltiples niveles que genera nuevas formas para lo que significa hacer y participar de la política. Lo he insinuado antes, en la forma de que el cambio mediático, el cambio tecnológico generan cambio cultural y reclaman nuevas formas de considerar la política: así, la política en la época de YouTube es algo enormemente diferente a otras cosas que hayamos conocido antes.

Mientras ese proyecto sigue como idea, yo comento algunas cosas, pero no tantas ni con tanta fuerza como me gustaría. Antes tenía mucha mayor voluntad para comerme el pleito: para participar, involucrarme en proyectos, iniciativas, discusiones, y fue una experiencia sumamente enriquecedora, pero contradictoria. Mi participación de la Federación de Estudiantes de la PUCP me dio algunos de mis peores momentos pero mejores lecciones, y entre otras cosas me hizo entender, al menos a nivel micro, mucho más de cerca cómo funciona el submundo de lo político y lo politiquero. Y terminó por parecerme todo una gran pérdida de tiempo, que me hizo pensar aún con más fuerza cómo replantear medios y canales de participación para que no lo sea.

Todo esto viene a colación a partir de un largo artículo sobre la situación actual de Venezuela, al cual llegué por medio de un post en el blog de Martín Tanaka, que me hizo volver a pensar sobre mucha de estas cosas. La situación en Venezuela me parece, grosso modo, trágica, por muchas razones, a pesar de que me gustaría saber más sobre ella para estar bien informado y opinar con mayor conocimiento de causa. Justamente ese proceso de conocer y opinar es lo que siento que me falta.

McLuhan considera que con diferentes formas de medios de comunicación, en tanto engendran un mayor grado de involucramiento por parte de emisores y receptores, se genera una forma de “retribalización”, lo que yo entiendo más fácilmente como una reconstitución, en sentido hegeliano, de los vínculos éticos sustanciales que nos relacionan a todos. En otras palabras, a través de diferentes medios pasamos a sentirnos de nuevo involucrados personalmente en los procesos, al menos en aquellos procesos cuya temática o propósito sentimos nos afectan personalmente.

Re-replanteo. Desde fines del siglo XX hacia aquí, creo que experimentamos un acelerado colapso de la cultura de masas, desde diferentes frentes. Los medios de comunicación masivos dejan, de a pocos, de marcar la tonada. Los partidos de masas ya no convocan masas, sino que sus mensajes cobran cada vez mayor separación del grueso poblacional. La producción masiva que llevó a su paroxismo Henry Ford hoy se vuelve un modelo socavable y menos pertinente frente a nuevas técnicas, frente al contenido intangible y además frente a la diversificación de los intereses y los gustos y preferencias de los consumidores. Y así sucesivamente. En todo esto, la constitución de la identidad se vuelve algo más complejos, más aún cuando no sólo empezamos a movernos en contextos crecientemente diversos, sino porque interactuamos con gente de todos lados del mundo que comparten en mayor o menor medida preocupaciones e intereses similares a los nuestros.

¿Qué significa esto en la esfera de la política? Significa cosas como el debate, en EEUU, organizado por CNN y YouTube para los candidatos presidenciales, tanto demócratas como republicanos. Las preguntas fueron presentadas en diferentes clips por medio de YouTube a los diferentes candidatos, por ciudadanos de a pie, de manera totalmente diferente a cómo se hubiera hecho antes (como la de un sujeto que compuso una canción sobre sus impuestos, o la pregunta de un hombre de nieve sobre el calentamiento global). El formato está aún en su infancia y avanza con reparos -las preguntas finales son escogidas por editores de CNN- pero el consenso es que generó un formato de debate fresco, innovador, original, y que brindó a los televidentes material mucho más interesante para decidir que un debate basado en el formato conocido.

Pero esto implica repensar una serie de cosas, como la manera en que se constituyen las ideologías políticas, como se organizan los grupos de acción, como se articula la acción colectiva, y demás. Es mi intuición, sin embargo, justamente que las formas cambian y nuestros conceptos y aparatos teóricos deben cambiar con ellas. Esto viene de la mano con una serie de fenómenos de amplio alcance: el socavamiento de los Estados-nación alrededor del mundo, la globalización, el capitalismo trasnacional, la renovada importancia de la sociedad civil y el sector ciudadano, y la cada vez más marcada mediatización de nuestra cultura en general.

Quizás, por lo tanto, las formas previas se van volviendo obsoletas. El discurso moralista de gran parte, de casi toda, la izquierda tradicional cala poco, y tiene poco efecto como plataforma en un mundo como éste. La izquierda misma, sea lo que sea que esta categoría englobe hoy, debe replantearse y entender a partir de sus condiciones locales de existencia y a partir de lo que está pasando ahora. De manera similar con muchos otros movimientos de reivindicaciones importantes que han surgido en los últimos 100 años. La misma retórica que funcionaba en los setentas hoy funciona sólo con algunos en virtud de que es romanticona e idealista, y hasta ahí todo bien, pero en la medida en que pretenda conseguir transformaciones amplias en el tejido de la sociedad, la cuestión deja de funcionar tan efectivamente.

Gran parte de este moralismo radica en la creencia, a mi juicio obsoleta, de que simplemente en virtud de que se tiene una ideología “buena”, ideas que brillan por sí mismas, que revelan las contradicciones y los problemas, la gente vendrá y la seguirá. Y que si no lo han hecho aún es o porque no han tenido oportunidad de conocerla, o porque están cegados a entenderla. Gran parte del discurso que escucho va por esta línea casi cultista y dogmática de cómo deben entenderse las cosas, la misma línea de Chávez y su revolución bolivariana para quienes la ven e imperialismo para quienes no la ven, y la misma línea de García y su perro del hortelano para quienes no ven que el capitalismo salvaje es el camino hacia adelante.

Sólo tengo intuiciones que me son más o menos interesantes, pero que me llevan por el camino de la necesidad de replantear los discursos, sus presupuestos y sus pretensiones. Al menos los discursos bajo los cuales yo me quiera identificar: porque lo que me resulta imposible de aceptar de buenas a primeras, hoy, es la legitimación de un discurso que por fundamentos metafisicos o epistemológicamente cuestionables se quiera imponer al otro. Y me resulta inadmisible por la simple razón de que no estaría dispuesto a que me lo hagan a mí.

En la práctica, creo que se trata de convencer a los demás de que hay mejores opciones (o que uno cree que las hay). Si les gusta, bien, y si no, también.

En el Foro sobre el gobierno de Internet de la ONU en Brasil, se acordó una base de principios comunes que deberá contemplar una carta de derechos en Internet, que es un gran avance en términos de compromiso internacional (particularmente por parte de Brasil e Italia, países que ya se comprometieron con implementar el acuerdo) respecto a cuestiones sobre la normatividad y los derechos de los navegantes en entornos digitales.

La Carta reconoce una serie de principios que son, a mi juicio, fundamentales para el desarrollo saludable de Internet en los próximos años: privacidad, protección de datos, libertad de expresión, accesibilidad universal, neutralidad de la red, interoperabilidad, uso de formatos y estándares abiertos, libre acceso a la información y el conocimiento, derecho a la innovación, un mercado justo y competitivo y protección del consumidor.

La medida fue impulsada por el Ministro de Cultura de Brasil, Gilberto Gil, quien ha sido además un vocero y apoyo importante para las comunidades del software libre y de Creative Commons en Brasil y el resto del mundo (aquí un artículo de Wired sobre los programas que Gil está impulsando desde su cartera). Tengo la esperanza de que una iniciativa en esta dirección permita un desarrollo libre de Internet en el que pueda seguir siendo de nadie, protegiéndola de las pretensiones, en los últimos años, de privatizarla en diferentes niveles, siguiendo las pretensiones financieras de un conjunto de empresas de telecomunicaciones.

Esto no será fácil, pues me imagino que ahora vendrá el lobby salvaje, y con lo polarizado que está el tema en EEUU no me sorprendería que ese lobby llegue, por ese canal, a los foros de la ONU. En cualquier caso, creo que este acuerdo es un buen primer paso en la dirección correcta.

Es ya noticia vieja, pero igual vale… Nick Haley, un estudiante inglés, estaba tan contento con su nuevo iPod Touch que le rindió tributo editando el siguiente clip promocional, que colgó en YouTube.

A Apple le gustó suficiente su trabajo amateur como para llamarlo y llevarlo hasta Los Angeles para producir su clip en alta definición, para ser el nuevo comercial del iPod Touch.

Todo lo hizo con su MacBook, utilizando Final Cut Pro, un track de un grupo brasilero (CSS) e imágenes que consiguió en la web de Apple.

Cultura de remezcla.

OK, soy consciente de que si sigo repitiendo que todo está bajo profundas transformaciones, empiezo a sonar aburrido.

Mejor al menos elaborar un poco del asunto. Todo este asunto de la época 2.0 se traduce en un fuerte espíritu de colaboración. Por alguna razón, en nuestra época gozamos de un espíritu mucho más dispuesto y abierto hacia colaborar de maneras más o menos gratuitas. Esto viene, además, asociado a que hoy disponemos de tecnologías que nos permiten comunicarnos, compartir y colaborar de maneras mucho más sencillas a las antes conocidas.

Hoy es sumamente fácil articular a un grupo de gente en torno a intereses o preocupaciones comunes, intercambiar información y experiencias, generar una base común de conocimiento y de ella derivar cursos de acción que se puedan desarrollar en conjunto. Esto lo hemos venido viendo surgir en diversos ámbitos de nuestra cultura.

La ciudadanía y el gobierno no es diferente, y de la misma manera, se está viendo transformado por los nuevos requerimientos que le plantea este espíritu. Cuando hay muchos más ojos concentrados en vigilar, es mucho más difícil que alguien pueda esconder algo debajo de la mesa. Cuando es más fácil expresarse y participar, el proceso político empieza a transformarse en algo mucho más integrador.

Detrás de esto hay un fuerte componente tecnológico y mediático, conforme estas herramientas posibilitan formas crecientemente complejas de colaboración, interacción y acción conjunta. Detrás de esto está, también, una forma o un modelo como compartimos la información y generamos bases colectivas de conocimiento. La regla general de este espíritu sigue siendo una de confianza: canales abiertos, información transparente, participación colectiva.

Todo suena muy bonito.  Pero aún más bonito lo pone Tara Hunt en esta presentación (a la cual llegué por el blog de Luis Suárez).

Los efectos de todo esto recién empiezan a sentirse, y no debemos tampoco ser presas de una fe ciega que vea solución a todos nuestros problemas sin crear otros tantos en el camino.

Me gustaría desarrollar un nuevo concepto. Siempre me gusta jalar elementos de todos lados, de múltiples fuentes, en múltiples formatos. Recuerdo hace un par de años cuando fui a un tributo a Radiohead hecho aquí en Lima, donde un grupo local (Space Bee) intepretó todo el OK Computer de manera genial, a la par que se proyectaban una serie de clips llenos de leit motifs radioheadianos.

El último sábado, Jorge Drexler se presentó en Lima. Su concierto fue formidable, su dominio de escena es excelente y sumamente divertido, y su música es de primera. Este tipo de experiencias me hacen reconsiderar cosas como la distancia entre la exposición de ideas y el espectáculo. Desde lo que me enseñan, desde la filosofía, al presentar uno sus ideas debe hacerlo de manera formal, rigurosa, académicamente seria. Y eso está bien, asegura que el cuerpo del conocimiento de alguna manera tiene cierto asidero, cierta continuidad. Pero personalmente, para mí, hay algo que falta. Y es que no puedo evitar sentir que eso hace que la propuesta se quede un poco corta. Cuando el objetivo es que se me escuche, se me reinterprete y algo quede de lo que digo, pues todo se siente un poco incompleto.

En principio, porque creo que uno no debería engañarse: aún cuando uno lee una ponencia filosófica, uno está vendiendo algo, en un sentido muy amplio. Uno no presenta un texto, un concepto, una idea que ha trabajado con la simple pretensión de ser escuchado y de que se le deje a uno vivir. Presentar algo es comunicar el asombro al cual uno ha llegado al encontrar una serie de conexiones que antes no se habían visto en el mismo lugar. Mucho más que un compartir intelectual, es hacer que el otro forme parte de mi intensa experiencia emocional al aproximarme al tema. Además, no espera ser tomado con neutralidad, o al menos yo particulamente considero que no debería serlo: leer para un auditorio neutralizado es peor que no leer nada. No conseguir reacción alguna, la crucifixión más terrible. Uno busca, o debería buscar, incitar algún tipo de reacción en su público. Cualquiera. Cuando menos, el despertar un nuevo interés que no hubiera estado allí antes. Despertar la curiosidad, el deseo de saber más.

Creo que pretender que un concepto o una idea que a uno le ha tomado buen tiempo desarrollar, sea entendido por un público en 20 o 30 minutos, es un poco iluso. Más bien, creo más efectivo tratar de transmitir la emoción del chispazo inicial, del sentido del descubrimiento, y tratar de llevar al otro por el mismo camino. Si le interesa a algunos pocos, pues bien. Si le interesa a muchos, pues muy bien, tanto mejor. Así se forjan comunidades de gente con las cuales se puede entablar una conversación, en torno al punto que han descubierto comparten.

Por eso quiero desarrollar un nuevo concepto. Que involucra no sólo a la filosofía y al mensaje que se puede querer transmitir, sino que apunta al diseño, a la construcción de toda una experiencia comunicativa. Arte, música, movimiento, imágenes, video, ideas, conceptos, discurso, creo que todo debe más o menos mezclarse en una performance más compleja, pero también más comprometida y comprometedora. Algo que realmente interpele al público y lo obligue a tomar una postura, sea a favor o en contra.

Creo que es por este tipo de cosas que me dicen que soy un sofista… Pero claro, yo nunca he tenido mayor problema con eso.

El trabajo del profesor de antropología Michael Wesch y su taller de etnografía digital se ha vuelto sumamente popular, particularmente en YouTube y en general en la web, en los últimos meses. Hace ya tiempo incluí uno de sus clips en un post sobre aprendizaje y nuevas tecnologías, y hoy he encontrado un par de clips nuevos que ameritan exposición y comentario. Esto porque en ellos se evidencia una tensión latente y creciente pero que nos está costando mucho entender: los medios a través de los cuales nos expresamos y nos comunicamos están cambiando, y con ellos la manera como nos relacionamos con los contenidos y con los demás. El cambio es abrupto y radical, y las viejas estructuras no se adaptan con la misma velocidad que el cambio.

El resultado es claro en el caso de la educación, donde se hace crecientemente difícil conectar el contenido con los alumnos acostumbrados a algo… diferente. Desde que empecé a dictar clases de prácticas esto se me ha hecho más notable: es difícil hacer que un alumno con un “MTV attention span” se concentre en leer a Kant por dos horas. Hay que encontrar la manera de relacionarse con el contenido, de volverlo más cercano, de ponerlo en un lenguaje común. Esto no debería ser demasiado difícil, visto que aún sigo siendo estudiante. Pero aún así, el contenido mismo, y sobre todo la fuerza de la costumbre en la que uno es formado, hacen que no sea una tarea tan fácil.

Uno de los clips que encontré hoy enfoca justamente esta problemática, desde el punto de vista de los alumnos: ¿cómo aprendemos? ¿Cómo estructuramos el contenido? ¿Cómo debería entonces enseñarse? Conforme pasa el tiempo, se vuelve cada vez más claro que las formas conocidas de transmitir conocimiento funcionan cada vez menos.

El otro de los clips va en la misma dirección, y está directamente relacionado. ¿Cómo conocemos hoy? Antes, nuestras estructuras de conocimiento reflejaban en mayor o menor medida la manera como almacenamos la información. Archivadores, categorías, índices alfabéticas y cosas así. Pero hoy eso ya no tiene sentido. Estamos en la era de la búsqueda, cuando Google y las bases de datos relacionales, junto con la velocidad de computación creciente, hacen que la búsqueda de información sea trivial. La información misma se vuelve trivial, una vez que es tan fácilmente accesible. ¿Qué hace el usuario? Tiene que aportar algo nuevo, algo personal, algo que no esté en la simple data, para poder justificar su existencia. Saber la información se vuelve trivial. Entenderla, procesarla, agregarla, interpretarla, se vuelven los verdaderos elementos diferenciales.

La medida en que estos cambios lo están transformando todo es difícil aún de discernir. Marshall McLuhan señaló hace buen tiempo ya que el medio es el mensaje: que el medio reconstituye su contenido, y no es, como podría creerse tradicionalmente, un simple vehículo de contenido. Hay algo más que la forma aporta, algo determinante, y determinante a su vez en relación con el sujeto que consume información, que consume medios.

Y es éste un problema que me viene fascinando cada vez más. ¿Cómo aprendemos y cómo educamos hoy? Los métodos tradicionales brillan por su falibilidad, pero al mismo tiempo, hay ciertas cosas del establishment académico que podríamos querer mantener. No se trata simplemente de cambiarse a la moda y tirar todo por la ventana. Pero sí se trata de reprocesar, de reinterpretar el aprendizaje y preguntarnos qué se puede esperar de un alumno aprender. Regurgitar datos se vuelve una función trivial que una computadora puede hacer por sí sola. La idea misma de erudición se vuelve relativa.

¿Entonces?

La educación se vuelve un proceso más complejo, donde se debe enseñar con mayor profundidad las vicisitudes de consumir y producir información, y de hacerlo, además, de manera responsable. A todas las formas de alfabetismo y analfabetismo que conocíamos, ahora agregamos el alfabetismo mediático como elemento central en la formación actual de ciudadanos y consumidores responsables e involucrados. En muchas medidas y dimensiones esto se hilvana con otra serie de fenómenos que se vienen dando en paralelo, y por eso, hoy no podemos más que repensar, replantear, probar y ver qué pasa: política, economía, negocios, cultura, sociedad, medios, arte, producción, consumo, familia, redes sociales, comunidades, etc.

El medio está transformando todos los mensajes.

La semana pasada pude por fin ver el famoso documental de Al Gore, Una Verdad Incómoda. Al que no lo haya visto le recomiendo sinceramente que lo vea… pronto. Ya. Ahora mismo. ¿Por qué no lo estás buscando?

La cruzada de Gore, que es por lo demás un esfuerzo global de millones de personas, es quizás una de las empresas más importantes en la historia de la humanidad. Es, también, uno de los puntos centrales en torno a los cuales articulo mi investigación sobre las decisiones racionales. A la luz de toda la evidencia que muestra patentemente los problemas generados por el calentamiento global, simplemente no estamos tomando a nivel colectivo acciones con el alcance suficiente como para contrarrestar aquellos efectos que bien podrían llevarnos a la extinción de la especie. No lo hacemos porque hay intereses enormes dedicados a que nuestros patrones de comportamiento no cambien para resolver el problema: intereses como el de las grandes petroleras, que si vieran introducidas regulaciones al consumo de hidrocarburos verían enormemente reducidas sus ganancias. Aún así, a nivel global empezamos a ver una tendencia entre los gobiernos para atacar este problema, con un notable ausente: Estados Unidos, el principal responsable del problema para empezar.

Espero estar transmitiendo debidamente el alcance de lo que digo: un puñado de sujetos con mucho dinero están empeñados en perpetuar las condiciones que están destruyendo a la humanidad para poder hacer más dinero. Un puñado de sujetos responsables por el bienestar general de poblaciones enormes están empeñados en ignorar este bienestar para promover los intereses particulares de un puñado de sujetos con mucho dinero (probablemente, a su vez a cambio de mucho dinero). Mientras tanto, los niveles de contaminación se siguen incrementando y los problemas aumentan.

El Perú experimenta hoy un crecimiento económico y un incremento en los niveles de actividad productiva como no se han visto en muchos años. Pero la coyuntura exige mucho más de nosotros. ¿Creceremos responsablemente? Recientemente, La Oroya fue declarada uno de los lugares más contaminados del mundo. La minería a gran escala contamina y destruye nuestros recursos naturales, y nuestro crecimiento económico es desorganizado, y abre las puertas sin restricciones al capital. Al mismo tiempo, nuestra inversión en ciencia y tecnología es casi nula, mucho más aún en el desarrollo de sistemas de producción sostenibles.

El Perú crece, pero no crece responsablemente. Crece con una miopía al futuro, con la idea de que sólo importa el PBI, de que nuestros recursos estarán allí para siempre. Y claro, uno empieza a hablar de ambientalismo y lo tildan de reaccionario en contra del desarrollo, y así no podemos realmente llegar a ninguna parte.

He aquí una idea loca. La tendencia global está yendo crecientemente en la dirección de una conservación y utilización responsable del medio ambiente, y el desarrollo de prácticas empresariales responsables y sostenibles. El Perú está en pleno proceso de crecimiento, pero con la necesidad de renovar sus sectores productivos. En términos macro, hay dinero. ¿Y si invirtiéramos ese dinero en el desarrollo de tecnologías alternativas sostenibles? Generaríamos los productos que el mundo está empezando a requerir, y podríamos convertirnos en un bastión futurista del desarrollo sostenible. Cuando llegue el momento, tendremos la tecnología y el conocimiento para satisfacer las demandas de recursos del mundo. Al mismo tiempo que transformamos nuestra propia dinámica y lógica para un desarrollo propio del futuro, no de principio del siglo XX. Ésa es mi idea loca. Pero cumplirla requiere de compromisos que vayan más allá del futuro inmediato. Implica detenernos a pensar a dónde queremos y podemos llegar a mediano y largo plazo, pensar en cómo será el mundo entonces, y cómo queremos insertarnos en él.

Hace pocos días, Al Gore ganó el premio Nobel de la Paz, junto con los miembros del panel de la ONU sobre el cambio climático global. El mensaje que este premio envía es claro, y ya muchos grupos que quieren mantener las cosas como están han empezado a distorsionar su significado y relevancia. Aún con toda la resistencia, parece clara la tendencia hacia una presencia humana sobre la Tierra que sea más equilibrada. De lo contrario, es altamente probable que desaparezcamos.

Ante ese panorama, la opción por el desarrollo sostenible y responsable debería ser la opción más obvia que podríamos tomar.

Hoy día, todos conversamos sobre ello.

Tuve la oportunidad de escuchar a Lawrence Lessig en una conferencia pública que dio en la PUCP el año pasado. Fue realmente una experiencia iluminadora: no sólo son sus ideas realmente revolucionarias, sino que la manera como las presenta es extraordinaria.

Lessig ha estado en la primera línea en la lucha por un sistema de propiedad intelectual más coherente con las nuevas tecnologías digitales, y por un régimen de creatividad que se construya a partir de los creadores y no de los intereses mercantiles que se montan sobre ellos. En los últimos meses, Lessig ha decidido llevar sus esfuerzos en otra dirección: viendo que las reformas que busca, y tantas otras más sumamente necesarias, encierran como condición de posibilidad una transformación en las maneras como llevamos a cabo la política, se concentra ahora en atacar lo que considera la corrupción de los gobiernos actuales. Corrupción que no es otra cosa que el estar sometidos a los intereses de grandes corporaciones y grupos lobbistas antes que a los de sus propios ciudadanos.

A continuación, una reciente entrevista al propio Lessig, donde explica en sus propios términos la razón de su cambio, y las maneras como considera que Internet y los nuevos medios de comunicación que ha venido defendiendo representan una herramienta central en su nueva lucha:

… no existe.

La tecnología transforma nuestras formas de socialización y es difícil adaptarse. Como sociedad, esto nos causa resistencia porque no sabemos qué hay al otro lado. Y atrapados en el medio están los niños: ellos ya están al otro lado, pero sus padres no, y eso genera una sensación de tenerlos fuera de control.

No hay tal cosa como navegación segura, ni debería haber esta preocupación draconiana por proteger a los niños de lo que pueden ver en Internet. No comprendo, me desafía esta noción de escudarlos de “palabras clave” que puedan ser dañinas para su formación. Filtrar que no puedan buscar en Google la palabra “sexo” es estúpido. Si el niño la está buscando, es porque quiere ver sexo, o porno, o algo similar, y si realmente quiere verlo, encontrará una manera no contemplada en el filtro.

Por lo demás, un recordatorio: el mundo no es color de rosa. Hay cosas “feas” y que no pueden gustarnos, y el niño tiene que verlas igual. En Internet es igual, pero a la enésima potencia. De la misma manera que no deberíamos enseñarle a los niños que hay cosas “prohibidas” de las que no se puede hablar, deberíamos hacer un esfuerzo por explicarles cómo comprender estos fenómenos extraños, ponerlos en contexto y quitarles así la mística que los hace, justamente, tan apelativos.

No hay un “buen uso de Internet” porque nadie es capaz de definir lo bueno, ni mucho menos de convertirlo en filtros de contenido. Filtrar el sexo implica filtrar la educación sexual. Por lo demás, es el único ejemplo del que se habla: el objetivo principal de estos programas es que los niños nunca descubran que son criaturas potencialmente sexuales, y que existe una dimensión del cuerpo que en algún momento descubrirán de todas maneras, pero con menos herramientas para comprenderla.

¿Pero acaso no debería enseñarse nada en torno al uso de nuevos medios de comunicación? Claro que sí. Un uso responsable de los medios, que entienda las causas y los efectos de lo que hacen.

Enseñarles que hay gente allí afuera empeñada en hacerles daño, en engañarlos, y enseñarles cómo pueden protegerse de ellos.

Que aquello que publican en la web tiene consecuencias y un alcance mucho mayor del que pueden imaginar, y que deben hacerse responsables por la información que ellos mismos comunican. La web no es ya un sitio de consumo de contenidos, es un sitio de creación y expresión, y debemos aprender a hacernos responsables por nuestros aportes.

Que hay contenidos que deben entenderse juiciosa y críticamente, que deben corroborar los datos, ponerlos en contexto, identificar las fuentes. Es importante enseñarles que en Internet hay menos referentes para determinar la relevancia y certeza de la información, y que deben basarse en ella con precaución.

En resumen, los niños no serán, sino que son ya, consumidores y productores de información, en niveles que sus padres no pueden empezar a comprender, lamentablemente. Ya que lo son, educarlos en el uso de los medios no significa poner filtros para prohibir cosas y podamos permanecer tranquilos: si quieren encontrar algo, lo harán. Al margen de cualquier filtro. La educación mediática consiste en que se pregunten por sus prácticas de consumo y producción de información, por la manera como socializan en la web, y estén conscientes de los riesgos que existen y de las consecuencias que tendrán sus propios actos.

Pero la responsabilidad de educar no puede delegarse en una “Zona Segura Speedy”. Que un filtro prohíba que busque en Google “sexo” no puede ni remotamente ser un sustito para el educador explicando el sentido de lo que encuentra el niño en Internet como lo encuentra en el mundo. Al menos en Internet hay alguien a su lado que puede ayudarlo a contextualizar la información. Pero al parecer, queremos desperdiciar esa oportunidad.

Antes de la ubicuidad de las computadoras y de Internet, vender discos tenía sentido. Era la única manera de acceder a la música. La piratería era, a gran escala global, un fenómeno no demasiado problemático. Antes del CD, incluso, la pérdida en calidad con cada copia hecha reducía la importancia de la piratería. Pero con la tecnología digital, la enésima copia es igual de fiel al original que la primera. El tamaño de los archivos resultantes permite distribuirlos cómodamente por medios electrónicos. Se vuelve inviable cortar el flujo de la información, y en consecuencia cualquier puedes conseguir la música que quiera, cuando quiera. Sin pagar por ella. Esto se vuelve tan natural, que ni siquiera vemos la necesidad de reflexionar al respecto de si está bien o está mal. Vender discos ya no tiene sentido. Mantener un gigantesco aparato de distribución, para hacer de manera menos eficiente lo mismo que una red p2p puede hacer mejor, ya no tiene sentido. Pero a mucha gente que hacía mucho dinero con eso, le molesta mucho.

Antes, vender libros tenía sentido. Se imprimía un tiraje, más copias para los libros que venderían más, se distribuían a las librerías, se vendían. A veces se perdía, se acumulaban copias sin vender en los almacenes, era parte del negocio. Pero luego hubieron scanners, e Internet, y ya no tenía tanto sentido porque los libros eran reproducidos, incluso traducidos, más rápido que lo que la misma editora podía hacerlo. Los libros podían distribuirse digitalmente, incluso los más interesados bien podían imprimirlos en sus impresoras láser domésticas, quizás hasta por menor costo que el precio de lista. Vender libros masivamente ya no tiene mucho sentido. Pero a mucha gente que hacía mucho dinero con eso, le molesta mucho.

Antes del acceso a Internet masivo, vender software tenía sentido. Uno comprometía enormes cantidades de recursos para el desarrollo, pero al vender las licencias podía recuperar con amplio margen de ganancias. Pero luego apareció el software libre, y luego Internet, y de repente la gente compartía el software, había reemplazos gratuitos igualmente funcionales, la gente empezó a distribuir software incluso a través de la web. Alguien se dio cuenta que pagar $500 por usuario no tenía mucho sentido. Vender software dejó de tener sentido. Los usuarios empezaron a conseguir software libre, que podía utilizarse libremente sin costo, y prescindieron de “extras” que en realidad nunca sirvieron de mucho. Pero a mucha gente que hacía mucho dinero con eso, le molesta mucho.

Cuando el producto es información, pensar en el producto como si fuera una lata de conservas no sirve de nada. Cuando tu costo de producir la segunda unidad es infinitamente menor al de producir la primera, no puedes aplicar la misma lógica que con un paquete de galletas. Cuando el mundo cambia, tu modelo debe cambiar también.

Quizás los discos sirvan otro propósito, y en lugar de exprimirlos por regalías deban ser sólo material de promoción para que un artista se gane la vida a partir de presentaciones en vivo que brindan un mayor valor diferencial por la imposibilidad de reproducir la experiencia. Claro, esto pone en jaque a las disqueras, pero libera a los músicos. Que la industria musical muera es algo muy distinto a que la música desaparezca -hubo música mucho antes de que hubieran disqueras-.

Quizás los libros se enfoquen ya no tanto hacia públicos megamasivos, sino que se genere un mercado para contenidos focalizados. La tecnología de impresión por demanda hace viable la publicación de libros con tirajes reducidos, altamento personalizados. El libro, como formato, creo que es difícil que desaparezca. Pero la relación del autor con el lector se volverá más cercana en tanto empiece a necesitar cada vez menos de intermediarios para difundir su obra, llegando más directamente a los nichos interesados.

Quizás el software deba dejar de ser pensado como un producto cualquier, dado que puede reproducirse y distribuirse libremente. Pero el software requerirá soporte, capacitaciones, configuraciones, y todo un conjunto de servicios adicionales que requerirán emplear personas para realizarlos. Así, aún el software libre dinamiza la economía redistribuyendo los empleos antes concentrados en lo que son potencialmente empresas locales sirviendo necesidades locales. Podría ser más inteligente regalar el producto, si con eso uno puede asegurarse contratos de servicio por un periodo más largo, y por más ganancias.

Todas las reglas de juego cambian cuando no es uno el que le habla a muchos, sino todos hablando al mismo tiempo con todos.

Una de muchas hipótesis que requieren de mayor sustento y consideración.

Me preocupa un poco empezar a repetirme a mí mismo, pero es lo que pasa cuando uno empieza a meterse en algo. En otras palabras: viendo que nuestro ordenamiento usual del mundo es hoy menos efectivo, y que en las condiciones actuales somos incapaces de tomar todas las decisiones necesarias, surge la pregunta por qué hacemos entonces, el problema filosófico de cómo nos manejamos frente al mundo y la incertidumbre.

¿Cómo recogemos y procesamos toda esa información que necesitamos para cumplir con nuestra porción de creación de conocimiento, más aún con la de los demás?

En realidad, la tarea se muestra como inviable, y no por eso podemos darnos el lujo de descartarla. Pero entonces debemos sintetizar procesos, resumir y reducir costos de transacción (quizás, sí, a expensas de la profundidad con la cual procesamos la información). La hipótesis extraña que se me ocurre es que este resumen lo realizamos “tercerizando” funciones cognitivas a través del ámbito emocional. Con mayor precisión: emociones y conocimiento no han estado nunca desligados. Pero para lidiar de manera más efectiva con la sobrecarga de información, utilizamos las emociones como árbitro para discriminar el contenido.

De allí, también, que la confianza sea una de las virtudes más apreciadas hoy en día. La confianza que tiene, por ejemplo, una fuente, un referente, un elemento de contenido, que brinda algún tipo de garantía sobre aquello de lo que habla y, como tal, merece sobrevivir a los filtros rígidos de discriminación que aplicamos. Lo que sobrevive al filtro para un análisis ulterior, entonces, no es realmente aquella información mejor evaluada y procesada, sino aquella que sobrevive a un filtro inicial de confiabilidad y relevancia. De esta manera nos vinculamos con el contenido, estableciendo vínculos más bien emocionales donde entran a tallar nuestros deseos e intereses concretos.

Esto arrastra implicaciones a la manera como aprendemos y enseñamos. El procesamiento profundo del contenido no vendrá por su exposición argumentativa y comprehensiva. Por el contrario, para que la audiencia realmente procese el contenido, debe ser dispuesta en el marco emocional adecuado para recibirla. Y debe formar con el contenido no un vínculo de asimilación conceptual, sino uno emocional, de vinculación personal con el contenido. Esto, por supuesto, no suena nuevo, pero nunca está demás redescubrirlo, pues nuestros prejuicios históricos son lo bastante fuertes como para hacernos olvidarlo.

Enseñar, y aprender, en general relacionarse con conocimiento, implica un trabajo emocional de llevar a quien aprende a la disposición emocional adecuada, a generar un interés legítimo por el tema que incite a la curiosidad y a una vinculación más profunda con el contenido. El contenido mismo, entonces, es inseparable de su forma, y así el medio es el mensaje, y la manera como lo expresamos será transformativa de lo expresado y determinante en términos de su supervivencia en las mentes de quien lo recibe.