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Este semestre estoy dictando dos cursos que puede que le resulten interesantes a las almas que deambulan por aquí. Especialmente, porque en ambos estoy haciendo un esfuerzo por construir recursos de información paralelos la curso en la web, que terminan siendo un recurso para mí también para seguir trabajando en el futuro.

En la UPC estoy dictando un curso de Sociología de la Comunicación, es decir, básicamente analizar y mapear los cambios sociales que han venido de la mano con el desarrollo de los medios de comunicación, especialmente en el último siglo. Como es comprensible, con un énfasis particular en el cambio de mentalidad que significa el paso hacia una sociedad informacional (como preferiría llamarla Castells) y la manera como ese tránsito nos está obligando a reconceptuar una serie de categorías que hemos solido interpretar de manera casi natural. El curso pretende ser un ejercicio histórico y comparativo, además de que pretende también formular un marco teórico medianamente sólido para poder tener una perspectiva del cambio mediático, el cambio tecnológico y el cambio social que resulte un poco menos ingenua. Lo chévere es que para este curso estoy armando un wiki con las notas de cada sesión, vinculándolas con los textos, agregando recursos como videos, enlaces, bibliografía complementaria, y además utilizándolo como el canal oficial para toda la información vinculada al curso. Es un trabajo bastante interesante de curación de la información que termina, además, dejando un recurso reusable que se va completando y perfeccionando con el tiempo (de hecho, lo vengo ampliando desde que dicté el curso el semestre anterior).

En la PUCP, estoy como jefe de prácticas del curso de Temas de Filosofía Moderna de Víctor Krebs. Con Víctor y el equipo de JPs (Daniel Luna y Raúl Zegarra) hemos rediseñado el curso que ya habíamos dictado hace un tiempo, renovando las lecturas e introduciendo varios autores que antes no habíamos tenido oportunidad de explorar en tanto detalle (autores como Pascal, Hobbes, Rousseau, Locke, por ejemplo) que se suman a los autores que trabajábamos antes, pero que ahora estamos intentando renovar un poco (Descartes, Kant, Marx, Kierkegaard, Nietzsche). El enfoque que queremos darle al curso, además, es intentando no sólo aproximarnos a los problemas, autores, y textos, entendiéndolos en su contexto, pero tratando también de entender cómo esos problemas se reflejan en nuestras construcciones culturales de la actualidad o en problemas que siguen abiertos en la contemporaneidad. Y, la herramienta que estamos usando en este caso es un blog del curso, que utilizamos no sólo para circular información metodológica sino también para ampliar y complementar lo que vamos discutiendo en las clases y las prácticas. Es como un anexo donde agregar más información, complementar con ejemplos y otros recursos, y donde se puede, además, ir armando una conversación permanente con los alumnos interesados. El último fin de semana, por ejemplo, colgué un post sobre el experimento conceptual del cerebro en la batea y la relación que tiene con el argumento cartesiano sobre la existencia de la realidad sensible.

Todo esto es, por supuesto, trabajo en progreso y muy experimental, viendo qué tal funciona el asunto. Pero quizás estos recursos le sean de interés a alguien. Es interesante, además, de que no se necesita ningún tipo de gran infraestructura para habilitar nada parecido – básicamente, cualquier interesado en armar algo así para un curso puede encontrar herramientas perfectamente funcionales y sencillas de usar en la web. Y, además, gratuitas: para el wiki, utilizo PBWorks que me funciona bastante bien (y es más sencillo de usar que MediaWiki), y para el blog utilizamos WordPress.com. Así que es muy fácil replicar experimentos similares.

Las diferentes tecnologías de comunicación de los últimos años han generado diversas transformaciones en los costos de transacción tradicionalmente asociados a diferentes interacciones sociales. En otras palabras, se ha vuelto más fácil hacer cosas que antes eran muy difíciles, lo cual es en sí mismo un incentivo para hacerlas más. Doble diagnóstico, a partir de esto: en primer lugar, que una de las cosas que se hacen más fáciles que nunca es compartir información. Este blog es un ejemplo de ello: hace unos años, no habría podido encontrar tan fácilmente un medio suficientemente flexible y abierto como para publicar estas pastruladas y encima, esperar que alguien en el mundo las leyera. Igualmente, podemos compartir información que nos parece interesante a través de redes sociales como Twitter o Facebook, podemos coordinar actividades vía SMS o mensajería instantánea, podemos hacerle seguimiento a fuentes de información con Google Reader y lectores RSS. Nos hemos vuelto, todos, en mayor o menor medida brokers de información, y esta posibilidad de compartir información fácilmente nos hace, a la vez, más fácil mantener activos nuestros vínculos sociales.

A partir de allí, el segundo diagnóstico: que el siguiente paso que posibilita esta facilidad de compartir información, es actuar sobre ella, y actuar sobre ella de una manera concertada y coordinada. Allí donde tenemos intereses comunes relevantes, está latente la posibilidad de que ese vínculo de interés común pueda convertirse en una forma de acción colectiva, en la medida en que nuestra información compartida se incrementa, se formula un lenguaje común y empiezan a generarse dinámicas adicionales a la capa inicial de información. Sobre cualquier cosa – desde web3.0, pasando por crianza de caballos de paso hasta cocina novoandina y demás, lo importante no es tanto el tema como el mecanismo utilizado para articular individuos con intereses compartidos. Estos es posible por varias razones: en primer lugar, por la misma transformación de los costos de transacción que hace posible coordinar acciones más fácilmente. En segundo lugar, porque la economía de la larga cola hace que sea mucho más fácil para mí encontrar otras personas, grupos o espacios que apuntan a intereses mucho más específicos, y potencialmente mucho más relevantes para mí a nivel personal. En tercer lugar, porque la naturaleza informal a partir de la cual surgen estas colaboraciones nos permite interactuar de manera flexible sin tener que asumir roles definidos o responsabilidades institucionalizadas que nos demanden demasiada atención. Si participo de una comunidad en línea, puedo desaparecer por unos días porque tengo mucho trabajo, luego reintegrarme y más allá de explicar por qué no estuve cuando me lo pregunten, no he incurrido en faltas mayores con la comunidad. La actividad se mantiene aún cuando yo no haya podido estar.

Estas comunidades, a su vez, empiezan a generar nuevos tipos de recursos compartidos que son producto del trabajo colectivo. Algo que puede ser considerado tan simple, por ejemplo, como una colección de enlaces seleccionados relevantes a un tema, representa un enorme valor para el grupo porque es, de cierta manera, una de esas piedras fundacionales sobre las que se articula el lenguaje compartido del grupo. O una lista de preguntas frecuentes, por ejemplo, empiezan no sólo a ser recursos de información, sino documentos históricos que testimonian la formación y el crecimiento de una comunidad. Son artefactos culturales.

Hasta aquí la cosa se ve bonita. El asunto empieza a complicarse de la siguiente manera: cuando empezamos a desarrollarnos dentro de estas comunidades, adoptamos como una cuestión normal y deseable el construir nuevos recursos de información, nuevos contenidos, a partir del trabajo de aquellos que hicieron lo mismo antes que nosotros. Incluso, estrictamente, ésta es la manera como toda nuestra cultura se ha construido, siempre – era Isaac Newton el que decía que nos “parábamos sobre hombros de gigantes”. El trabajo cultural o artístico consiste en tomar elementos existentes de nuestra cultura, cambiar la manera como están presentados, y de esa manera introducir lo inexistente a partir de lo existente. Es un proceso de transformación de lo conocido, por medio del cual podría decirse que todos ganamos: gana el creador original que ve su obra y, por su extensión, su propia identidad, recibir un tributo; gana el nuevo creador que tiene la oportunidad de expresar y articular un nuevo mensaje; y gana el conjunto de la comunidad que se beneficia a partir de la existencia del nuevo producto – todo, claro, de maneras bastante intangibles, pero que en general contribuyen a la estabilidad y cohesión del núcleo social. Hoy día tenemos palabritas más marketeras para este mismo proceso: el remix, o el mashup.

El problema surge porque en el camino trazamos distinciones que no nos han molestado hasta ahora: en gran medida, todo este circuito de intercambio se daba en el ámbito de lo privado y dentro de condiciones limitadas de distribución. Grupos pequeños, en pocas palabras. Mientras que la circulación de información en grupos grandes fue un privilegio limitado a la esfera de lo público, a aquellos con los recursos suficientes como para mover las máquinas necesarias para alcanzar a grandes grupos – la imprenta primero, la radio y la televisión después. El equilibrio de poder se mantenía más o menos imperturbable. Pero cuando se reducen los costos de transacción y estos grupos de colaboración empiezan a desdibujar la separación entre lo privado y lo público, y hacer que sus intercambios se vuelvan materia disponible a cualquiera navegando por la web, las posiciones de aquellas organizaciones que habían dominado el espacio de la comunicación en el ámbito público se vieron amenazadas. En primer lugar, y directamente, porque su trabajo de remix se extendía hacia objetos y productos culturales que no eran de libre disposición, sino protegidos por la ley para que no puedan ser libremente copiados. En segundo lugar, porque en la medida en que reflejaban nuevas estructuras y motivaciones para producir nuevos contenidos (encima, a partir de sus viejos contenidos) generaban una competencia “desleal” que no podía ser tolerada.

El sinsentido de estas acusaciones quedará para otro día. Por ahora, concentrémonos en otra cosa: la manera como estas organizaciones se defendieron de esta nueva tendencia no fue buscando dialogar ni tampoco buscando a las condiciones cambiantes de un mercado. En cambio, escogieron utilizar su enorme masa para empujar al aparato formal para que impidiera que esto pasara. Es decir, movieron a los gobiernos para que introdujeran barreras a estas prácticas y conductas que protegieran, básicamente, sus posibilidades para seguir ganando dinero de la misma manera que siempre lo habían hecho, por encima del interés de los individuos de comunicarse, intercambiar información y formar comunidades de interés (las razones por las cuales esto de por sí beneficia a ciertas formas o ejemplos de gobiernos y Estados quedará obvia en breve, si no lo es ya). Barreras artificiales que impidieran que pudiéramos explorar libremente las posibilidades que este nuevo entorno ofrece. Es en este punto que se hace obvio, entonces, que las prácticas sociales que han crecido en torno a la tecnología han rebasado la capacidad de estructuras existentes, como el sistema legal, para darles cabida. Y claro, tiene todo el sentido: una legislación tipeada en máquinas de escribir obviamente no tiene lugar ni capacidad para describir cómo debemos actuar frente a una computadora, menos aún frente a comunidades de usuarios articulados a partir de una red de computadoras conectadas distribuidamente.

El resultado es que nos encontramos con una inconsistencia entre lo que la tecnología nos permite fácticamente hacer, y lo que el orden formal, legal de nuestra sociedad nos dice que estamos permitidos que hagamos. Y que, además, esta separación obedece a un carácter artificial, que busca mantener con vida modelos que entran en conflicto con todo lo que hemos aprendido en nuestra práctica cotidiana respecto a cómo tiene lugar el proceso a través del cual construimos productos culturales. Aquellas personas que han asimilado la lógica colaborativa de la producción cultural, la simplicidad de compartir información, no pueden quedar sino sorprendidas cuando se les dice que, en verdad, todo el tiempo que hacían lo que hacían probablemente lo hacían al margen de la ley. Exactamente eso pasó para grupos construidos en torno a la música, a las películas, a los libros, a la televisión, y demás objetos que han producido nuestras industrias culturales. ¿Cómo que no puedo fotocopiarlo, si sólo tengo que apretar este botón? ¿Cómo que no puedo enviar este archivo por correo electrónico a mis amigos, si es tan sencillo? ¿Cómo que no puedo descargarme esta película de Internet, si ya no está en cartelera? Y así sucesivamente.

En una economía de la información y el conocimiento, tiene todo el sentido que estos sean los recursos más protegidos. De allí que esta batalla se juegue justamente allí, en las leyes y normas que tenemos para manejar nuestra propiedad y producción intelectual, aquello que, finalmente, hace a las sociedades grandes e influyentes frente a las demás. En la medida en que un aparato cultural consigue internarse en otros, exportarse de una sociedad a otra, es que puede realmente contemplarse y medirse la influencia cultural que tiene una sociedad y una cultura. La cuestión termina reduciéndose, así en términos muy generales, a dos posiciones muy generales: por un lado la de quienes que el orden conocido se mantenga y que todos estos avances sea interrumpidos en la medida en que perjudiquen su modelo económico. En otras palabras, este lado de la discusión quiere reinstaurar la separación entre lo privado y lo público y la separación entre los usuarios, para que no tengan, realmente, otro remedio que seguir acudiendo a ellos como distribuidores si quieren seguir consumiendo productos culturales. Si nos guiamos por lo que algunos piensan, prácticamente nos dejarían sin Internet si tuvieran la oportunidad (aquí una refutación detallada también). El otro polo, con el cual, igual que en casos anteriores, simpatizo mucho más, es que en realidad nos enfrentamos al desafío de adaptarnos a estas transformaciones de la mejor manera posible, procurando rescatar el mayor impacto positivo posible a la vez que intentamos reducir al mínimo el inevitable, pero aún tremendo, impacto negativo que se generará. Tenemos que aprender a vivir con estas nuevas realidades culturales, y estas nuevas prácticas sociales que, aunque siguen siendo hoy privilegio de una limitada fracción de la humanidad, siguen expandiéndose a un ritmo tremendo e incorporando a nuevas masas que lejos de asimilarse a la lógica homogenizante del medio masivo, traen su propia voz, perspectiva y experiencia para introducir nuevos usos y significados a la manera como utilizamos estas herramientas.

De modo que lo que empieza como una “simple” lucha por cambiar la manera como pensamos la propiedad intelectual termina tomando matices muy diferentes – por un lado, se termina convirtiendo prácticamente en una causa de derechos y libertades civiles, en la medida en que empieza a asociarse con las restricciones que se imponen a la manera como escogemos expresarnos. Por la misma línea, en realidad lo que tenemos es una gran batalla cultural en la cual una nueva forma de vida emergente busca afianzar su posición frente a un modelo cultural dominante, no necesariamente para desarmalo ni destronarlo, pero sí para por lo menos hacer sentir su presencia lo suficiente como para ganarse el reconocimiento de su espacio. Cualquier semejanza con la realidad es pura coincidencia.

Pero esta misma lucha, años antes, habría sido imposible. No solamente porque el problema mismo no existía, sino que, aunque hubiera existido algo similar, los costos de transacción que implicaban organizar a grupos tan enormes de gente en torno a este objetivo común estaban simplemente más allá de lo que cualquier individuo o grupo informal podrían haber conseguido entonces. La ventaja estaba totalmente a favor de las instituciones que de hecho defienden este mismo sistema: sólo con esa envergadura era posible administrar y distribuir los recursos suficientes como para librar una batalla cultural de este tipo. Pero con la transformación en los costos de transacción, esta figura cambia: ahora pueden los individuos y los grupos comunicarse entre sí y coordinar acciones de tal manera que es posible concertar una campaña de alcance global en torno a una lucha por la supervivencia como ésta. Esto es posible no porque se hayan preparado durante años para esto, sino porque las mismas habilidades que han desarrollado al compartir información y coordinar acciones en torno a cualquier tema posible son las mismas habilidades que necesitan para compartir información y coordinar acciones cuando se trata de preservar la posibilidad de seguir usando dichas habilidades. Dicho de otro modo – las mismas habilidades que están en juego al discutir y transformar un libro o una película en línea son las que necesito para organizar grupos que transformen la legislación de propiedad intelectual de manera que reconozcan el espacio para estos mismos remixes y mashups.

Esto fue, precisamente, lo que ocurrió con el movimiento Creative Commons. Pero he aquí la cerecita del helado. Lo que el movimiento CC demostró no era únicamente el hecho de que existía un enorme interés y apoyo en modificar legislaciones de propiedad intelectual no para destruirla, sino para abrir un espacio al dominio público y la participación de creadores independientes. Lo más interesante de este proceso, me parece, es que demostró la facilidad con la cual las habilidades podían transferirse de un contexto a otro – las habilidades de cooperación y colaboración, de acción colectiva organizada sin un nodo central que lo ordene todo. Lo cual nos podría llevar a pensar que el resultado neto de este proceso es una sociedad movilizada, organizada y articulada en torno a los temas más diversos posibles, desde Harry Potter hasta el tejido a crochet. Y eso no tiene nada de malo. Porque en estos contextos, en apariencia triviales y cotidianos, lo que está ocurriendo es que los jóvenes están descubriendo que la realidad cultural es maleable y que sus aportes a una comunidad son relevantes – que es lo mismo que decir que están redescubriendo el valor de la acción colectiva a partir de la micropolítica. Al mismo tiempo que están construyendo identidad múltiples, estructuradas en torno a múltiples roles en múltiples contextos entre los cuales pueden transferir sus habilidades.

La traducción de todo esto es la siguiente: el resultado neto es que a través de estas actividades estamos formando una nueva generación de individuos con un concepto potencialmente renovado de ciudadanía, entendida como la movilización, la cooperación y la colaboración por la defensa de los intereses particulares (que devienen colectivos). Y que pueden fácilmente readaptarse sobre la marcha para asumir un nuevo rol, en el cual hacen uso de las mismas habilidades que siempre han usado, para fines diferentes. Esto es, creo, lo que le permitió a Lawrence Lessig utilizar el ímpetu con el que venía desde Creative Commons para llevar el asunto más lejos y lanzar el movimiento Change Congress, un movimiento cuya premisa es que el cambio que Creative Commons requiere, presupone de un poder legislativo que no esté coaccionado por la influencia de grandes intereses en la forma de contribuciones monetarias a los legisladores. De nuevo, son las mismas habilidades, los mismos ciudadanos movilizados, que ni siquiera tienen que dedicar todo su tiempo a promover estas ideas y estas causas. La arquitectura de la participación de ha visto transformada.

Es, entonces, por eso que los gobiernos se ven ellos mismos beneficiados cuando las disqueras y las distribuidoras de películas quieren desarticular los individuos organizados que amenazan sus modelos económicos. En el fondo, lo que están consiguiendo es algo siempre bueno para el status quo: mantener a los individuos separados, e incapacitados de comunicarse entre sí, para que no puedan coordinar entre ellos acciones colectiva. Esta arquitectura de la participación transformada es lo que nos está mostrando en estos días algunos de los ejemplos más interesantes de cosas que pueden pasar hoy, que no podían pasar hace 10 años.

Sin embargo, había mencionado que quería hablar de dos ejemplos. El primero era el caso del periodismo; el segundo me es un tanto más cercano, y es el caso de la filosofía. Y esto me permite volver sobre un tema recurrente que además he estado conversando en los últimos días, que es sobre el sentido del quehacer filosófico en la actualidad. Éste es un tema que me ha obsesionado por mucho tiempo por la simple razón de que en la formación filosófica no encontré lo que esperaba -encontré muchas cosas que aprecio enormemente, pero simplemente no encontré el espacio que esperaba encontrar para desarrollar ideas-.

Lo cual me ha hecho pensar mucho sobre el significado que tiene la filosofía, particularmente como profesión. Igual que en el caso anterior, del periodismo, creo que el primer paso importante es entender que la filosofía no es algo que ponga a nadie en el plano de los dioses o los demiurgos, sino que es, ella misma, un producto histórico, un resultado de nuestra actividad cultural, y que su longevidad de más de 2500 años no se debe a que sea más verdadera o más real, sino a que ha sabido exitosamente adaptarse y responder a diferentes necesidades a través de las épocas. Ya en esto choco fuertemente con muchos filósofos que conozco, que muy por el contrario, sí ven en la filosofía una suerte de búsqueda privilegiada por el fundamento, un acercamiento más íntimo a la verdad y la realidad y por tanto, hasta cierto punto, una cierta búsqueda por encima del flujo de la historia.

Este problema de fondo termina reflejándose en una serie de problemas “superficiales”, o mejor dicho, en problemas directamente vinculados con la práctica filosófica, y lo que se considera legítimo o no afirmar desde el discurso filosófico. Me gustaría tener la habilidad de Shirky para hacer una lectura convincente en los mismo términos económicos en los que él interpretó la profesión periodística, pues me parece que sería igualmente efectiva, pero no sé por dónde comenzar: sí creo, particularmente, que la filosofía responde a una necesidad social, por poco explícita que sea -si no lo hiciera, no creo que la tendríamos-. Pero creo que presenciamos un movimiento muy similar al del periodismo en la filosofía: de alguna manera, el sentido económico de la clase “filosófica” como conjunto profesional era que alguien tenía que dedicar buena parte de su vida al manejo pormenorizado de los “grandes problemas” que no tenían propiamente una respuesta, pero cuyos intentos de respuesta que esbozábamos decían ellos mismos mucho sobre el tipo de época en la que vivíamos. De modo que, no era tanto que hubiera un conjunto de problemas filosóficos eternos para todas las épocas, como que lo interesante radica en ver qué escoge cada época como sus problemas filosóficos como una manera sugerente y reveladora de caracterizar una época a través de sus preocupaciones conceptuales.

En este sentido, entonces, los filósofos funcionaban en la práctica, igual que en el caso del periodismo respecto a la información, como una suerte de guardianes: el alto costo que demandaba su formación (en la medida en que debían dedicarse a manejar un amplio conjunto de conocimientos altamente complejos) les brindaba la posibilidad de articularse como “clase”, como conjunto profesional, cuya función social era trabajar los conceptos de una época y cristalizar en ellos las preocupaciones de una sociedad, para luego devolverlos. El cimiento de su justificación económica radicaba, precisamente, en que el conocimiento era difícil de acceder, y más aún de manejar, y al mismo tiempo, de que por lo mismo el acceso a una red de especialistas con los cuales colaborar era a su vez complicado de desarrollar. De allí que la filosofía se viera un poco forzada a crecer siempre de la mano de las universidades, como uno de los pocos nodos de acumulación de conocimiento que existieron históricamente.

Pero ojo -y he aquí otra interpretación problemática- que la filosofía no era, originalmente, una preocupación propiamente académica. Primero que nada, porque no había academia. El poco legado textual que ha permanecido de las primeras épocas de la filosofía es, me parece, un gran indicador de esto: la filosofía surge, sí, como una búsqueda de principios, pero motivada a partir de preocupaciones personales sobre la manera como funciona el mundo. Y en varios casos, como por ejemplo el de Sócrates (aunque las interpretaciones varían), con un objetivo no tanto de desarrollar conocimiento como de hacer al hombre una mejor persona. Pareciera, si se puede decirlo, que la filosofía surge más como una preocupación existencial que como una preocupación cognitiva. Lo cual es, además, el mismo sentido que empiezan a rescatar, mucho más tarde, filósofos como Kierkegaard y Nietzsche.

¿Qué ocurre, entonces, cuando siguiendo el mismo patrón, el acceso al conocimiento se vuelve una cuestión virtualmente transparente? Cuando incluso el medio académico como lo hemos venido conociendo desde el medioevo se ve socavado por la rápida difusión de información, y por consiguiente la práctica académica misma se ve cuestionada, por extensión la filosofía como academicismo debe hacerlo también. Es cierto que uno podría argumentar, de nuevo, que este es el camino equivocado para la sociedad, que le abandono del academicismo nos sumirá en una especie de nuevo oscurantismo. Pero también es cierto que el academicismo y la formación académica tradicional poco están haciendo por cambiar esto: su estrategia de resistencia básicamente se resume en “hagamos lo mismo de siempre y hay que morir lentamente”. Lo cual no brinda alternativas muy persuasivas a panoramas educativos como estos:

Al mismo tiempo, la academia que conocimos se ha articulado de tal manera que se contrapone a actividades sociales en las cuales realizamos gran parte de nuestro aprendizaje: por ejemplo, la contraposición industrial entre el trabajo y el juego. El trabajo académico es serio, y por tanto se diferencia de lo divertido y lo lúdico, aún cuando es en lo lúdico que exhibimos gran parte de nuestra creatividad. Pero es que, claro, el sistema académico que hemos construido, junto con la filosofía que ha crecido dentro de él, no son sistemas que valoren ni promuevan la creatividad ni la originalidad: son sistemas estructurados en torno a la búsqueda de la verdad, y la verdad no es ni divertida ni inmediatamente accesible a los comunes mortales, sino que es algo reservado a los elegidos, a los genios, a los privilegiados con el acceso a lo divino, prácticamente.

En la otra esquina, no solamente el conocimiento se vuelve mucho más accesible y los filtros e intermediarios a él mucho más diversos, sino que como consecuencia, quizás, de ello, la cultura popular y cotidiana se vuelve filosóficamente mucho más interesante. Además de mucho más diversa: el imperio del texto (el único en el cual la filosofía, en gran medida, se ha movido) se ve desafiado por la aparición de una enorme variedad de medios de comunicación que compiten por la atención de aquellas mismas personas que en un futuro no muy lejano podrán escoger o no una formación filosófica, y lo harán a partir de una formación diferente con preocupaciones diferentes. El desafío que se plantea a la profesión filósofica -nótese la importancia de que hablamos aquí del constructo económico que existe actualmente- radica en que los incentivos económicos existentes para garantizar su estabilidad como clase se han visto desplazados. No sólo no son ya los guardianes de un conocimiento poco accesible y que requiere de una dedicación específica, sino que ahora el acceso a los mismos problemas que antes protegían por encargo de la sociedad ahora puede hacerse de maneras mucho más sencillas y que generan un involucramiento mucho más profundo por parte de los individuos “de a pie”. En otras palabras, podría utilizarse la misma etiqueta del “filósofo ciudadano” con los mismos problemas que encontramos antes para el periodismo ciudadano, para describir aquel espacio donde personas sin formación filosófica formal pueden formularse problemas desde un punto de vista filosófico como una de las múltiples actividades en la que incurren en el transcurso de su vida cotidiana. Pop, light, lo que quieran: pero esto, efectivamente, cuestiona la necesidad social por la cual mantener una clase de filósofos cuya función sea mostrar verdades sobre grandes problemas que preocupan al hombre.

Las alternativas son similares: o buscar la manera de forzar la perpetuidad del orden existente, o empezar a pensar en la adaptación. De nuevo, ya se darán cuenta a esta altura de que me inclino por lo segundo. Porque lo primero que se necesita es disociar a la filosofía, al menos como exclusividad, del peso del academicismo, lo cual abre la puerta para que se realicen mucho más experimentos originales. Como con cualquier proceso similar, la mayoría de ellos no funcionarán, pero volviendo a Shirky, pasamos de un modelo donde filtramos antes de publicar, a uno donde publicamos y luego filtramos, porque los costos de transacción nos permiten esto. Sin embargo, pasar de un modelo a otro tiene enormes implicaciones respecto a lo que entendemos por genialidad, creatividad y originalidad – básicamente, nuestros conceptos existentes se diluyen. Pero eso también quiere decir que hacen falta, entonces, nuevos conceptos, nuevas herramientas conceptuales con las cuales poder poner todo esto en su contexto. Pero, felizmente, el mercado de la creación de nuevos conceptos siempre ha sido uno en el cual los filósofos han sabido moverse bien. Las condiciones del mercado han cambiado, lo cual significa que también han cambiado muchas de las reglas de juego.

Quizás lo hayan notado, pero me gusta mucho hablar de estos espacios que creo compulsivamente en la web como laboratorios. En realidad, siento que faltan espacios.

Lo digo en el sentido de, habiendo probado más de un espacio académico, y habiendo encontrado más de uno bastante frustrante, creo que hay un vacío que espera ser llenado. La academia tradicional, claro, tiene sus pros y sus contras con los cuales nunca me he llevado del todo bien. Pero creo, también, que para muchas cosas que quiero trabajar hoy no hay, propiamente, los espacios que me gustaría que hubiera.

Hace poco hablé del ciclo de vida de las ideas. Es una de las cosas que me parece que falta. No en el sentido de decir “creo que la formación académica debería ir en esta o aquella dirección”. No, que los espacios que existan sigan haciendo lo que saben hacer bien. Nuestro experimento debe venir de afuera, debe experimentar con el ciclo de vida, acompañar una idea desde que nace hasta que sale al mundo, hasta que se ve transformada por su propia práctica.

Espero, quizás, tener un piloto de esta idea suelta en el futuro cercano. Un espacio externo, no regido por las convenciones y los formalismos de la academia profesional, pero sí marcado por su rigurosidad, su profundidad, su diversidad. Un laboratorio, donde se pueda experimentar con nuevas cosas sin que los temas y patrones estén delimitados de entrada. Pocas personas, experiencias diversas, intereses comunes. Ideas, pilotos, productos. Muchos lenguajes, muchos medios, muchas tecnologías.

¿Cómo se vería una cosa así?

Este tema surgió durante la conversación del almuerzo, y que también vengo teniendo en la cabeza en los últimos días a partir de tanto darle vueltas a los diferentes proyectos en los que estoy metido. Una idea no es sólo una idea, creo, o en todo caso, encierra el potencial para ser también varias otras cosas.

Así que he venido jugando con la idea de que hay un ciclo de vida para las ideas: nacen como ideas, y en su crecimiento se vuelven proyectos cuando las ideas empiezan a encontrar algún tipo de aplicación tentativa, aunque sea para agrupar más personas en torno a suyo que comparten el mismo interés. Los proyectos se desarrollan, y en el camino, con un poco de suerte también, resultan en un piloto, algún tipo de experiencia de prueba que se puede llevar al mundo real para probar y refinar el concepto y su aplicación. Los pilotos exitosos, refinados y mejorados, encuentran quizás el camino para convertirse en productos – una suerte de versión final, lanzada al mercado, lista para su consumo.

Sé que esto parece muy parcializado al comercialismo, pero no quiero llevarlo por ese camino. Es, más bien, una radiografía de cómo se implementan las ideas, que finalmente se realizan en el mundo de alguna manera: sea a través de prácticas, conductas, artefactos, objetos, o lo que fuera, alguna forma de producto. Me molesta un poco la linealidad del proceso, pero fácil no es realmente un proceso lineal: la existencia del producto, aunque profundamente vinculada a la idea, no es lo mismo, ni es su reemplazo ni desplazamiento. Quizás las etapas coexistan pacíficamente en simultáneo. Al mismo tiempo que un mismo proyecto puede llevar a muchos pilotos, y así sucesivamente.

Lo que más me gusta: a partir de esta radiografía, me parece más fácil preguntar cómo podríamos típicamente describir los rasgos de cada etapa. Y si podemos hacer eso, también podemos, quizás, describir los rasgos típicos de los movimientos entre cada etapa. En otras palabras: identificar qué es lo necesario, lo que hace falta, para llevar una idea de una etapa a la siguiente. Y esto es lo que más me interesa porque, como también salió el tema durante el almuerzo, quizás en la implementación de varias ideas, los proyectos que vengo trabajando se encuentran en el limbo entre la etapa de proyecto y la de piloto.

Tengo muchas ideas en la cabeza por culpa del café que no sé bien cómo separar. Haré mi mejor esfuerzo: todo comenzó con este artículo de Brian Solis en TechCrunch sobre si los blogs están perdiendo autoridad. Lo que sugiere Solis es que nuestros criterios de medición parecen sugerir que la “blogósfera” está perdiendo peso en término de influencia, pero que en realidad deberíamos estar llevados a pensar que son nuestras herramientas de medición disponibles las que no nos permiten contemplar el panorama completo.

Es fascinante, porque de lo imperfectas que ya eran estas herramientas, nos encontramos con que, unos pocos años después, ya no son capaces de abarcar un espectro suficientemente amplio como para darnos una idea medianamente clara de lo que ocurre en el panorama de los nuevos medios. Todo esto me recordó a un post de hace un tiempo donde me preguntaba por el futuro de los blogs, y ahora me veo obligado a revisar en gran medida lo que antes pensaba. Ampliarlo, corregirlo. El panorama cambia sumamente rápido, y el horizonte que antes configuraban primordialmente los blogs ahora viene a ser acompañado por las comunidades en línea, las redes sociales, los servicios de microblogging, y el sinfín de interacciones que existen entre todos estos mundos.

Es decir: 

Todo se remonta a la definición de autoridad. Los enlaces de los blogs ya no son lo único que se puede medir. Enlaces potencialmente valiosos son cada vez con más frecuencia compartidos en microcomunidades y redes sociales como Twitter, Facebook y FriendFeed y están desviando la atención y el tiempo de las respuestas formales en los blogs.

(…) Estamos aprendiendo a publicar y reaccionar al contenido en “tiempo de Twitter” y yo diría que muchos de nosotros pasamos menos tiempo bloggeando, comentando directamente en blogs, o escribiendo en blogs como respuesta a otros blogs debido a nuestra participación activa en microcomunidades. [Traducción mía]

Comunidades virtuales como el Facebook se están volviendo cada vez de mayor importancia – llegando incluso a suscitar levantamientos populares con sus propias conclusiones interesantes. Pero la tendencia es sugerente: los blogs de por sí colapsaron la valla de lo que significaba tener una voz en un cierto “espacio público”, porque cualquiera podía tener un blog y publicar lo que quisiera (obviamente dentro de ciertos límites, p.ej. aquellos con una computadora con acceso a Internet). Hasta ahí muy bien, pero aunque millones lo hicieron, no fueron millones los que continuaron haciéndolo (la gran mayoría de blogs son abandonados al poco tiempo) y, en general, hay una valla de entrada más o menos alta para comprometerse a publicar en un blog. Finalmente, uno tiene que dedicarse a escribir, con una cierta regularidad, a responder a comentarios, y si uno realmente quiere dedicarse, también a seguir otros blogs y comentar en ellos e insertarse en una comunidad. Cuando los costos se computan de esa manera, aunque en general siguen siendo bajos, ya no son tantos los que están tan dispuestos a meterse en el submundo de los blogs.

Luego, servicios de microblogging como Twitter vuelven a alterar esa ecuación. Reducen la valla aún más. ¿Quieres compartir algo? Puedes hacerlo en 140 caracteres. Enlaces, ideas, comentarios, lo que fuera. El costo de transacción de 140 caracteres vs. un artículo de un blog es drásticamente menor, e incluso, entonces, es hasta más accesible – lo cual hace sorprendente que la mayoría de personas a quienes les explico el sentido del Twitter lo encuentren bastante inútil. Si no tienes tiempo de bloggear, ciertamente tienes tiempo de actualizar tu feed de Twitter con cosas interesantes que vas encontrando a lo largo del día. Con la última actualización al Facebook esta premisa es ahora también central allí: actualizaciones pequeñas, constantes. Microcontenido.

Ojo – acá hay que tener cuidado de no entrar en el terreno del “pánico de reemplazo” (“replacement panic“), una expresión sumamente útil que encontré en A.K.M. Adam (curiosamente, teólogo y tecnologista). El pánico de reemplazo según Adam consiste en “el miedo – a menudo una reacción espontánea a las evaluaciones positivas de la tecnología en línea – de que los medios digitales suplantarán las interacciones físicas” [traducción mía]. A esto yo agregaría algo así como un “pánico de desplazamiento” (algo así como un “displacement panic”) – una suerte de miedo de que todo nuevo medio, sólo en virtud de ser nuevo desplazará al anterior. Creo que esta lógica lineal y pseudoevolutiva es demasiado simplista como para permitirnos entender lo que está pasando. Más bien, una idea de la convergencia mediática como de la que habla Henry Jenkins parece tener un poco más de sentido:

Por convergencia, me refiero al flujo de contenido a través de múltiples plataformas mediáticas, la cooperación entre múltiples industrias de medios, y el comportamiento migratorio de audiencias mediáticas que irían casi a cualquier lugar en busca del tipo de experiencias de entretenimiento que desean. Convergencia es una palabra que se las arregla para describir cambios tecnológicos, industriales, culturales y sociales, dependiendo de quién está hablando y de lo que cree que está hablando. [Traducción mía, pasaje de la introducción a su libro Convergence Culture: Where Old and New Media Collide - que, dicho sea de paso, hace poco descubrí está ya disponible en traducción al español.]

Bajo un concepto como el de convergencia nuestro panorama es sumamente más complejo, pero nuestro análisis, también, consigue ser mucho más completo. Me parece útil la idea de convergencia aquí y creo que viene vinculado a lo que venía diciendo – el movimiento de la atención desde los blogs a las microcomunidades y al microcontenido – y al título de este post, la idea de continuidad, por una cuestión en la que he venido pensando últimamente leyendo a Wittgenstein, y una idea tentativa y tentadora de que entre diferentes formas o juegos del lenguaje se articula una suerte de continuidad, de la misma manera que nuestra experiencia del mundo es continua y sólo arbitrariamente (y en función a objetivos específicos siempre) es que puede la experiencia volverse discreta para permitir su análisis. 

Continuidad. ¿Qué tiene que ver la continuidad en el lenguaje con los blogs, Twitter y Facebook? Que de la misma manera, nuestra experiencia como usuarios de todos estos medios se nos articula como una forma de continuidad en la cual nos vemos introducidos. El problema al cual apunta el artículo de Solis del que partí es que nuestras herramientas de medición no son capaces de abarcar la totalidad de este espectro, ni son capaces de establecer con claridad en qué puntos de quiebre deben establecerse las discontinuidades, como para configurarnos una imagen de cómo funciona este proceso. En el uso de estas herramientas, no nos detenemos a pensar cómo es que funciona la continuidad de cada uno de estos espacios al otro, simplemente los utilizamos para servir diferentes propósitos comunicativos.

Así, Twitter y Facebook reducen grandemente la barrera de entrada. Tomemos por ejemplo el fenómeno del RT o del retweet, en Twitter: consiste simplemente en copiar un mensaje de alguien más que encontramos interesante, pegarlo y distribuirlo entre nuestros seguidores, haciendo referencia al autor original. La amplificación de este fenómeno es potencialmente exponencial: RTs siguen a RTs que siguen a RTs, y en cuestión de segundos un mismo mensaje puede llegar a miles de personas. Dos notas: 1) esto hace que el hecho de participar sea muy simple, pues con un acto tan simple como la repetición puedo, ya, estar introducido en el flujo de los discursos (podría incluso ser considerado un gran retweetero, ¿por qué no?). 2) No partamos de creer que esto es ningún tipo de forma inferior. Ni tampoco caigamos en creer aquello que escribí hace dos oraciones, que esto es “simple repetición”. No podemos dejar de lado que en todas estas formas aparentemente simples opera siempre algún tipo de forma o medida de procesos de apropiación: aún el usuario que retweetea ha tenido primero que escoger a qué otros usuarios sigue, luego ha tenido que escoger cuál de sus mensajes retweetear. Aquel que sea considerado un “gran retweetero” destacará por su habilidad de combinar y equilibrar exitosamente, cuando menos, ambas estas variables.

Desde y hacia estos puntos de entrada fluyen los diferentes contenidos, transformándose en el camino. Yo mismo he tenido esta experiencia últimamente. Descubrí la posibilidad de enlazar mi fuente de favoritos del Google Reader con mi perfil de Facebook, y ahora puedo “recomendar” enlaces directamente desde el primero hacia mi red en el segundo. Esto me sirve, entre otras cosas, para promocionar enlaces hacia este blog – y, de hecho, revisando las estadísticas recientes encuentro que un número considerable de visitantes llegan hasta aquí desde el Facebook. De la misma manera descubro enlaces recomendades y recomiendo otros a través del Twitter, que a menudo me redirigen hacia artículos en blogs, a los que luego me suscribiré y luego recomendaré, o que podré utilizar para referir en otros artículos, y en fin, la cadena continúa. Nuestras interacciones están dispersas entre diversos espacios virtuales y no virtuales también, y hoy están articuladas las interacciones que permiten que el discurso y nuestra experiencia fluya de manera más o menos continua de un espacio a otro.

Así, me veo en la necesidad de revisar aquello hacia lo que antes iba, que los blogs de alguna manera iban a empezar a consolidarse en proveedores de contenido más complejos (o al menos creo que antes iba a eso), para empezar a fijarme, más bien, que el soporte de estos contenidos (lo que viene de una lógica muy blog) termina cediendo al flujo y la continuidad del desplazamiento de estos contenidos entre diferentes soportes. Convergencia y continuidad: mi experiencia de consumo de contenidos en diferentes medios, que además está cada vez más entretejida con mi experiencia de apropiación y creación en cada uno de estos, se vuelva una experiencia continua, cuyos pliegues son, por ahora, difíciles de distinguir.

Ayer mientras me hundía irremediablemente en el inmanejable torrente que es mi Google Reader, encontré un enlace a este PPT que me abrió por completo los ojos. ¿Qué significa, en términos reales, concretos y cotidianos, trabajar con medios sociales? Una buena respuesta de Chrystie Corns, Social Media Marketing Manager de Where.com.

En resumen: me hizo entender de manera infinitamente más clara mi propio trabajo y cómo mejor organizarlo y distribuirlo e integrarlo. He descubierto un mundo nuevo.

Seth Godin escribió en su blog hace unos días sobre una creciente brecha de productividad. Traduzo la lista de preguntas que presenta:

  • ¿Puedes capturar algo en tu pantalla y pegarlo en Word o PowerPoint?
  • ¿Tienes un blog?
  • ¿Puedes abrir un enlace que recibiste en un correo electrónico?
  • ¿Lees más de cinco blogs al día?
  • ¿Tienes una firma en tu correo electrónico saliente?
  • ¿Tienes un lector RSS?
  • ¿Sabes generar un documento PDF a partir de un archivo de Word en el que estás trabajando?
  • ¿Sabes armar y compartir una hoja de cálculos simple usando Google Docs?
  • ¿Tienes un acceso directo para enviar correo electrónico a los cinco compañeros de trabajo a los que les escribes con mayor frecuencia?
  • ¿Sabes descargar un archivo de Internet?
  • ¿Guardas copias de seguridad de tu trabajo?
  • ¿Haces seguimiento a tus contactos con alguna herramienta digital?
  • ¿Usas software antivirus?
  • ¿Caes en engaños por Internet y has reenviado cosas a amigos para luego arrepentirte?
  • ¿Alguna vez has comprado algo ofrecido por spam?

Parecen, muchas de ellas, cosas obvias, pero en realidad no lo son. Me he sorprendido y me sigo sorprendiendo del nivel de manejo e involucramiento tecnológico que gente de mi edad, e incluso menores, pueden tener. Estos pequeños detalles pueden aún hoy parecer un poco extraños, lejanos, pero en unos años estos pequeños detalles realmente podrán ser la diferencia entre quién consigue un trabajo y quién no.

Vale la pena tenerlo en consideración.

Estoy jugando con Twine. Está de moda, parece, buscar darle orden al caos. Y claro, tiene todo el sentido del mundo: demasiada información, demasiada, ahhhhhhh demasiada. ¿Cómo les va a ustedes? Yo tengo más de 1000 elementos por leer en mi Google Reader, suscrito a 138 fuentes RSS. Mi bandeja de entrada no tiene correos sin leer, pero sí varios sobre los cuales tengo que actuar, y agrego 3 diferentes cuentas de correo a través de mi Gmail – otras tantas las reviso independientemente. Luego están las redes sociales, Facebook principalmente, LinkedIn de cuando en cuando, y demás miles de experimentos en los que me suscribo. Otros servicios como last.fm y YouTube y etcétera etcétera etcétera.

El chongo es que nada de esto tiene sentido. Osea, es imposible que procese todo esto y encima lleve una vida semiproductiva, medianamente. Es demasiada información, y por supuesto, crece continuamente y la gran mayoría es ruido y no señal. Nada que me aporte realmente valor. Entonces necesito cada vez más y mejores filtros para descubrir cosas nuevas que me sean relevantes. Encima, todo este consumo ni siquiera me deja tiempo para yo mismo poder producir mi propia información.

Entonces, Twine es uno de muchos agregadores que existen ahora que quieren darle orden al caos. Jalando información de todos lados, creando capas de etiquetas encima del contenido, y además aprovechando aún más capas de redes sociales encima de las capas de etiquetas, la idea es aprovechar la capacidad computacional del colectivo social para darle sentido a la maraña de información. Dicho de otra manera, uno se ahorra tiempo de procesamiento apoyándose en el tiempo y los recursos ya invertidos por los demás, y con el propio tiempo invertido por uno devuelve al colectivo. Es todo muy Borg, pero muy persuasivo.

Sigue siendo un poco confuso y no sé bien cómo utilizarlo, pero tiene todo el sentido, sobre todo en la medida en que se comunique con todo lo demás que existe. Lo bueno de algo como Twine es que no sólo permite conocer recursos, sino también gente asociada a los recursos, y en fin, ofrece una serie de recursos para que los usuarios compartan colectivamente y trabajen en grupo para organizar y compartir conocimiento.

Parece divertido.

No, no es un tema idiomático.

No sé si llegué a mencionar esto, pero hace un tiempo fui a una conferencia en el Goethe Institut, sobre la filosofía de Ludwig Wittgenstein. El formato de por sí fue medio experimental y un experimento interesante, pero lo que más llamó mi atención fueron algunos comentarios sobre la razón por la cual Wittgenstein escribía en aforismos.

Me llamó la atención por una cuestión bien proyectada. Me recordó a Twitter, un servicio que existe de microblogging que le permite uno solamente postear entradas que no excedan los 140 caracteres. Estas entradas pueden actualizarse en cualquier momento, por la web, por mensaje instantáneo o incluso por mensaje de texto.

En otras palabras, Twitter nos obliga a pensar y comunicarnos con aforismos.

Claro, estoy exagerando. En realidad está pensado para cosas muy mundanas como “estoy desayunando” y otras de ese orden, y parece ser una herramienta sumamente útil -asumiendo que tus amigos lo usen- para mantener a la gente actualizada en lo que estás haciendo. Pero claro, como toda herramienta, ofrece el potencial no sólo de ser usado para otros fines más diversos, sino sobre todo, de que la herramienta misma transforme la percepción del usuario por medio de su propio uso. Es decir, al llevarnos por el camino del SMS, del mensaje corto de 140 caracteres, enfatiza la importancia de comunicación corta, rápida, pero al mismo tiempo abre también todo un universo de sutilezas.

Es el tipo de pastruladas que uno puede preguntarse cuando junta Twitter con filosofía.

Por supuesto, creé mi propio twitter, y aunque no lo uso tanto como me gustaría (ni tengo idea de para qué lo uso), soy fanático.

@piscosour

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