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En verdad, el título es demasiado pomposo y sumamente inexacto. Estoy pensando más en la “institución educativa del futuro”, o más bien, en el “espacio educativo del futuro”, y ni siquiera eso, sino algo como el “espacio de aprendizaje del futuro”, que en verdad es en gran medida “el que deberíamos tener en el presente pero no lo tenemos”.

Osea, finalmente, el título debería ser “el espacio de aprendizaje que deberíamos tener pero no tenemos”, pero recién me di cuenta después de tipearlo, además de que es demasiado largo y muy poco marketero.

Es, además, algo sobre lo que de hecho debo haber escrito antes, porque el tema me interesa mucho. Principalmente porque en esta época estamos viendo la muerte, el colapso, o la transformación profunda de muchas instituciones que hemos asumido como dadas, casi como naturales y eso nos genera un altísimo grado de ansiedad. ¿Y ahora qué hacemos? ¿Ahora quién podrá defendernos? Y claro, con esa ansiedad todo el pánico cultural de que toda nuestra sociedad y los valores se pierden y todo se va directo al hoyo y en fin.

Uno de los lugares donde se están dando muchas de las transformaciones más interesantes es, justamente, en el ámbito de la educación y de la manera en la cual nos organizamos para educar y aprender. Pero muchos de los cambios y nuevas necesidades que empiezan a emerger están pasando un poco desapercibidos y desaprovechados, lo cual es perfectamente comprensible pero al mismo tiempo es una oportunidad desperdiciada. Digo que es perfectamente comprensible porque las instituciones que tenemos para el tema de la educación son instituciones muy antiguas, como los sistemas de educación masiva que heredamos de la Ilustración (alfabetización universal como una consigna que, en la práctica, va también de la mano con una necesidad industrial de una fuerza de trabajo capaz de operar el aparato productivo) o centros de formación y conocimiento como las universidades, que son instituciones heredadas desde la Edad Media.

Pero ahora, hay tanta información circulando de tantas maneras, que en verdad estamos aprendiendo todo el tiempo, y mucho de este aprendizaje no está pasando por estas instituciones formalmente establecidas para canalizar el conocimiento y es, incluso, sistemáticamente excluido de este diseño institucional. Al mismo tiempo, el universo de organizaciones que trabajan y manejan el conocimiento se ha ampliado, de manera que los focos centrales que antes absorbían o monopolizaban esta actividad ya no lo son más, y nunca nadie les preguntó. ¿Qué ocurre con todo el conocimiento y las investigaciones que se realizan desde el sector privado? Enormes cantidades de información que se genera y que, en muchos casos, por generarse con propósitos comerciales o relaciones con intereses comerciales son descartados como “conocimiento válido” por no surgir de un “interés científico”. Pero lo más interesante es, justamente, que cada vez más las organizaciones, incluyendo las empresas, están descubriendo la necesidad fundamental de gestionar mejor su información y su conocimiento interno y apalancarlo de tal manera que se convierta en un recurso de valor para sus actividades. Y cada vez más, también, diversas empresas reconocen que esto puede ocurrir directa o indirectamente: tiene sentido, entonces, financiar líneas de investigación aún cuando puedan no tener una utilidad rentable directa en el corto plazo, por la posibilidad y los beneficios que esto puede generar a largo plazo. Y esta es una práctica que podemos encontrar muchísimo, por ejemplo, con empresas tecnológicas, donde la posibilidad de adelantarse a las siguientes grandes transformaciones tendrá una enorme repercusión estratégica para su planificación.

Y eso es sin siquiera meternos en el enorme conjunto de problema que es pensar, por ejemplo, en los blogs. Enormes cantidades de información, de ideas interesantes, de discusiones a través de comentarios, respuestas, enlaces y demás. Pero para el establishment académico, nada de esto es, propiamente, un espacio de aprendizaje. Es decir, todo muy bonito, pero no está ni debería estar integrado en el proceso formativo, en la currícula, en la metodología, etc.

El asunto es que ahora descubrimos que aprendemos todo el tiempo, de maneras más o menos sistemáticas o estructuradas. Estamos rodeados todo el tiempo de información parcial e incompleta a partir de la cual tenemos que tomar decisiones que funcionarán mejor o peor, registrar los resultados de estas decisiones de manera que nos sirvan como referencia futura si nos encontramos en la misma situación. Así como el aprendizaje cambia también, por extensión, nuestras necesidades de un diseño institucional donde podamos contemplar todos estos más factores. Más aún, ni siquiera eso: un diseño que, simplemente, nos permita agregar y quitar factores relevantes según estos vayan cambiando. Una estructura polimórfica para la manera como nos organizamos para aprender, con la capacidad para interconectarse con otras estructuras similarmente polimórficas para el intercambio de información.

¿Tiene eso algo de sentido? Básicamente, tenemos que reconocer que, de hecho, existen ya espacios de intercambio de conocimiento con dinámicas mucho más flexibles que las que conocemos. Y que, al mismo tiempo, nuestros espacios educativos mantienen en alta estima la rigidez que, justamente, no les permite reconocer el valor de estos espacios. No es gratuito – de hecho, va de la mano con la idea de que hay un conocimiento verdadero, y que hemos confiado en estas instituciones la responsabilidad de protegerlo. Porque, de hecho, eso es lo que hemos hecho hasta ahora.

La pregunta es si estas instituciones – y estoy pensando principalmente en las universidades – serán las únicas, o las más importantes, en seguir haciendo esto en el futuro. La universidad de la era industrial es ciertamente una bestia muy diferente a la medieval: con un rol mucho más enfocado hacia alimentar el aparato productivo de una fuerza de trabajo capaz de administrarlo. Un aparato productivo, por supuesto, en gran medida industrial. Ahora que de a pocos (digo de a pocos porque en el Perú, casi nada) empezamos a movernos hacia un aparato productivo informacional, las necesidades de aprendizaje y educación cambian significativamente. Empezamos a necesitar gente que sea más efectiva en la generación y transformación del conocimiento, capaz de aprender rápidamente, procesar información, tener ideas nuevas, construir nuevos modelos y aplicarlo a casos particulares. Que es todo lo que no hacemos ahora: por ahora, nos satisfacemos con que los que aprenden sean capaces de absorber un conjunto de conocimientos establecido y estandarizado, y reproducirlo de manera exitosa. Es cierto que cada vez hay un mayor énfasis en la participación activa del que aprender, una relación mucho más personal y horizontal con el que enseña, y eso es un gran aporte. Sin embargo, a nivel organizacional, institucional, seguimos manteniendo en gran medida la misma rigidez respecto a todo el proceso de formación.

Sé que todo esto es un poco vago, así que lo dejo un poco abierto y a manera de pregunta. ¿Cómo serán las instituciones educativas del futuro? O mejor dicho, ¿cómo deberían ser los espacios de aprendizaje que deberíamos tener pero no tenemos? ¿Seguirán siendo las universidades, las bibliotecas, los colegios? ¿O será algo completamente nuevo para nosotros? ¿Cómo se conectarán en estos espacios los diferentes actores involucrados en la circulación del conocimiento? No lo sé, pero me parece un problema muy interesante para estar pensando ahora.

Este semestre estoy dictando dos cursos que puede que le resulten interesantes a las almas que deambulan por aquí. Especialmente, porque en ambos estoy haciendo un esfuerzo por construir recursos de información paralelos la curso en la web, que terminan siendo un recurso para mí también para seguir trabajando en el futuro.

En la UPC estoy dictando un curso de Sociología de la Comunicación, es decir, básicamente analizar y mapear los cambios sociales que han venido de la mano con el desarrollo de los medios de comunicación, especialmente en el último siglo. Como es comprensible, con un énfasis particular en el cambio de mentalidad que significa el paso hacia una sociedad informacional (como preferiría llamarla Castells) y la manera como ese tránsito nos está obligando a reconceptuar una serie de categorías que hemos solido interpretar de manera casi natural. El curso pretende ser un ejercicio histórico y comparativo, además de que pretende también formular un marco teórico medianamente sólido para poder tener una perspectiva del cambio mediático, el cambio tecnológico y el cambio social que resulte un poco menos ingenua. Lo chévere es que para este curso estoy armando un wiki con las notas de cada sesión, vinculándolas con los textos, agregando recursos como videos, enlaces, bibliografía complementaria, y además utilizándolo como el canal oficial para toda la información vinculada al curso. Es un trabajo bastante interesante de curación de la información que termina, además, dejando un recurso reusable que se va completando y perfeccionando con el tiempo (de hecho, lo vengo ampliando desde que dicté el curso el semestre anterior).

En la PUCP, estoy como jefe de prácticas del curso de Temas de Filosofía Moderna de Víctor Krebs. Con Víctor y el equipo de JPs (Daniel Luna y Raúl Zegarra) hemos rediseñado el curso que ya habíamos dictado hace un tiempo, renovando las lecturas e introduciendo varios autores que antes no habíamos tenido oportunidad de explorar en tanto detalle (autores como Pascal, Hobbes, Rousseau, Locke, por ejemplo) que se suman a los autores que trabajábamos antes, pero que ahora estamos intentando renovar un poco (Descartes, Kant, Marx, Kierkegaard, Nietzsche). El enfoque que queremos darle al curso, además, es intentando no sólo aproximarnos a los problemas, autores, y textos, entendiéndolos en su contexto, pero tratando también de entender cómo esos problemas se reflejan en nuestras construcciones culturales de la actualidad o en problemas que siguen abiertos en la contemporaneidad. Y, la herramienta que estamos usando en este caso es un blog del curso, que utilizamos no sólo para circular información metodológica sino también para ampliar y complementar lo que vamos discutiendo en las clases y las prácticas. Es como un anexo donde agregar más información, complementar con ejemplos y otros recursos, y donde se puede, además, ir armando una conversación permanente con los alumnos interesados. El último fin de semana, por ejemplo, colgué un post sobre el experimento conceptual del cerebro en la batea y la relación que tiene con el argumento cartesiano sobre la existencia de la realidad sensible.

Todo esto es, por supuesto, trabajo en progreso y muy experimental, viendo qué tal funciona el asunto. Pero quizás estos recursos le sean de interés a alguien. Es interesante, además, de que no se necesita ningún tipo de gran infraestructura para habilitar nada parecido – básicamente, cualquier interesado en armar algo así para un curso puede encontrar herramientas perfectamente funcionales y sencillas de usar en la web. Y, además, gratuitas: para el wiki, utilizo PBWorks que me funciona bastante bien (y es más sencillo de usar que MediaWiki), y para el blog utilizamos WordPress.com. Así que es muy fácil replicar experimentos similares.

Mientras nuestros canales de información era limitados, había una serie de supuestos que estábamos limitados a tener sobre la información. Pero estos supuestos sobre la información, y sobre el conocimiento, se encuentran inevitablemente limitados por la manera en la que hemos ordenado la información la mayor parte de nuestra existencia, que está, a su vez, limitada por el espacio físico.

Categorías

Desde las primeras bibliotecas medievales se encontró la necesidad de ordenar los manuscritos que se tenían de alguna manera que tuviera sentido, y que nos permitiera encontrar la información de la manera más fácil posible. De allí se desprendió que, durante mucho tiempo, se dieran discusiones interminables sobre cómo estaba mejor organizado el árbol del conocimiento: básicamente buscando capturar en él la estructura misma de la realidad, para replicar siguiendo la misma estructura nuestro conocimiento sobre la realidad. Por una cuestión de espacio, una biblioteca no podía tener todos los objetos ordenados de más de una manera, pues eso habría sido poco eficiente: de tal manera que el orden escogido tenía que ser el más verdadero. Las categorías que usáramos en ese orden eran, por extensión, las categorías mismas de la realidad, y asignamos a cada una de esas categorías diferentes guardianes que distingan entre lo válido y lo inválido, lo verdadero y lo falso, lo que era conocimiento y lo que no.

Así, sólo podía existir un sólo ordenamiento verdadero de la realidad. Una sola verdad, a la cual podríamos acceder si seguíamos el método correcto. Pero lo que esta idea velaba era, primero, que optábamos por un sólo ordenamiento por un tema de limitaciones de espacio. Segundo, que ese único ordenamiento no era “natural”, sino que era una construcción humana, falible y por lo mismo, cuestionable y mejorable.

Cuando aplicamos la misma lógica del texto a la manera como operaban medios como la radio y la televisión, reprodujimos la misma estructura básica sobre el ordenamiento del mundo: lo verdadero y lo falso, los acertados y los equivocados. Conforme el alcance de los medios se ampliaba, el poder de los guardianes se hacía también cada vez más grande, así como la percepción de que, por lo mismo, los medios cumplían la función social de informar a sus consumidores respecto a lo que era la información verdadera. Y de hecho, durante mucho tiempo, profesiones como el periodismo han mantenido la idea de que su labor es reportar la verdad, que pueden tener acceso a las cosas como realmente son y comunicar eso, desprejuiciada y objetivamente, a los espectadores que no están bien enterados de lo que está pasando. Parte de esta noción es la que podemos ver en la película Buenas noches y buena suerte:

Pero aquí, podemos ya empezar a atar cabos. Porque, primero, habíamos visto que la idea de un único ordenamiento del mundo – de una única verdad – derivaba de una limitación física para ordenar la información, que además debía ser preservada y protegida. Sin embargo, si como hemos visto, la introducción de la tecnología digital construye un modelo participativo para la construcción de la cultura, ¿dónde queda entonces el ordenamiento único del mundo?

El asunto es que ya no lo necesitamos, pues cuando dejamos de hablar de átomos para empezar a hablar de bits, las limitaciones que se aplicaban en el mundo físico dejan de tener validez. Cuando la información está distribuida en bases de datos en lugar de estantes, puedo ordenarla de múltiples maneras sin verme limitado por la cantidad de espacio disponible. La diferencia entre uno y otro modelo es la misma diferencia entre ordenar tu correo electrónico en Hotmail o en Gmail – con carpetas o con etiquetas: bajo la primera figura, puedo guardar un correo bajo una, y sólo una categoría. Si tengo categorías para “familia” y “amigos”, un correo de mi primo con copia a un amigo sólo puede ir en una de las categorías, lo cual no es tan efectivo. Con etiquetas, en cambio, puedo marcar el correo bajo ambas posibilidades y encontrarlo buscando desde cualquiera de los puntos de vista. Y puedo construir taxonomías que respondan a múltiples necesidades y propósitos, en múltiples contextos. En otras palabras, puedo dejar de lado los supuestos que aplicaba a la información en el mundo físico, y entonces, como señala David Weinberger, “todo es misceláneo”:

¿Y ahora quién se encarga de ordenar esto?

El problema es que la consecuencia inevitablemente nos da un poco de miedo. Porque significa, básicamente, reconocer que todo punto de vista se da siempre desde alguna posición, en mayor o menor medida, parcializada. Significa que no podemos confiar nunca en los medios plenamente, ni siquiera cuando dicen reportar la verdad y los hechos, porque la manera como ordenan la información responde a una serie de variables contextuales, sociales, económicas, políticas, culturales, incluso psicológicas, que intervienen desde las categorías mismas en las que procesamos la información. Es la manera como hemos aprendido a aprender, los filtros que hemos construido para que la gran maraña bizarra que es el mundo tenga algún tipo de sentido interpretable. Hemos vivido por mucho tiempo acostumbrados a que alguien más, las personas con acceso a la información, se encarguen de filtrar y darle sentido al mundo por nosotros. Pero hoy día, nosotros mismos podemos tener acceso a múltiples fuentes de información, que muestran múltiples puntos de vista. Entonces, ¿a cuál debemos darle la razón?

La respuesta decepcionante es que, a ninguno. Porque ahora podemos entender una serie de cosas nuevas sobre la información y el conocimiento. Y ninguna de las fuentes tendrá la información completa ni el acceso a una supuesta verdad de los hechos. Si no podemos confiar plenamente en lo que recibimos de los medios, y nosotros mismos tenemos acceso a múltiples fuentes de información, eso nos pone a nosotros en la posición de no ser consumidores pasivos de lo que vemos, sino que somos capaces de filtrar, comparar, y discernir nosotros mismos, qué información es mejor que otra, cómo se comparan las fuentes, y demás. Pero no estamos acostumbrados a hacerlo, y es más, probablemente no lo queremos hacer. Y nadie nos vino a preguntar.

Pero eso no quita, igual, que nos encontremos en esta posición. Nuestro rol como consumidores de información ha cambiado: no somos sólo lectores o espectadores, sino que podemos también responder, podemos procesar, criticar, agregar la información de diferentes maneras para formular y comunicar nuestro propio punto de vista. Ésta es la figura del prosumidor, del productor/consumidor, cuyo consumo es transformador de lo consumido. Asumimos múltiples roles en la manera como nos comportamos frente a las fuentes de información. Alcanzar algún tipo de verdad se vuelve menos importante que el proceso mismo por el cual le damos sentido a la información del mundo que nos rodea.

Y esto alcanza múltiples niveles de la manera como formulamos conocimiento.

Inteligencia colectiva

La autoridad respecto al conocimiento, por todo esto, ya no proviene de las mismas fuentes. Porque lo que podemos entender como conocimiento ha variado: de entenderlo como un producto dotado de ciertas propiedades especiales, a entenderlo como un proceso marcado por una serie de características peculiares. La diferencia entre Britannica y Wikipedia ilustra aún más esta distinción: Britannica se concentra en que cada edición sea lo más acertada y fidedigna que sea posible. Wikipedia, al no tener ediciones, es un recurso en constante evolución donde el conocimiento no sólo está en sus páginas, sino también en sus interacciones y en sus foros de discusión.

Y esto es importante, por lo siguiente: en la inmensa marea informativa que nos abruma cada vez más horriblemente, es imprescindible desarrollar estrategias que nos permitan darle sentido a cantidades de información y conocimiento vastamente mayores que nuestra propia capacidad para procesarla toda. De allí que contextos como Wikipedia sean un ejemplo de la manera como se articulan inteligencias colectivas, o lo que es lo mismo, reconocer que la inteligencia y el conocimiento no son producto de la simple brillantez de una persona, sino que el conocimiento surge de las interacciones.

Cada vez más, y sobre todo en línea, participamos de contextos y comunidades en las que estamos permanentemente intercambiando información, recomendaciones, opiniones, y las referencias de las personas con las que interactúo me sirven como los filtros a partir de los cuales empiezo a moldear la información que consumo e intercambio. Lo cual hace que, también, cada vez más el conocimiento fluya por caminos que no necesariamente son los formales, o los que hemos conocido usualmente, sino que se formula en todos aquello lugares en los que hay interacción entre personas.

Esto plantea un desafío enorme – porque no estamos preparados aún para concebir así el flujo de información. Lo digo en el sentido de que no nos concentramos en desarrollar las habilidades, los criterios, la alfabetización mediática que nos permita asumir las responsabilidades que este proceso prácticamente nos impone. Lo cual quiere decir, también, que mucho de la manera como estamos orientando la educación no va por el mismo camino de la manera como las redes sociales de intercambio de información están desarrollando habilidades, especialmente en los jóvenes:

Este cambio nuclear en la manera como construimos conocimiento, y esta nueva necesidad por nuevas habilidades, tiene ramificaciones por todos lados. Se abre la puerta a la multiplicidad de perspectivas a todo aquello que antes era unitario. Y eso tiene también efectos psicológicos en la manera como construimos nuestras identidades y las presentamos a los demás en diferentes contextos. Así como no manejamos una sola idea de cómo es el mundo, no manejamos una sola idea de quiénes somos nosotros mismos.

Un par de ideas. ¿Qué hacemos cuando empezamos a volvernos cada uno más information brokers, y los que antes cumplían ese rol empiezan a perder la exclusividad?

Dos ideas sobre cuya viabilidad real no tengo ni la más remota noción. ¿Qué productos o servicios se pueden ofrecer cuando el costo de acceder a la información colapsa? ¿Qué puede hacer, digamos, un periodista cuando el modelo que antes lo mantenía, ya no se sostiene?

Primero, pensar fuera de la caja y aceptar nuevos modelos. Idea número uno: aquel que funciona, básicamente, como un broker de información, discriminando, seleccionando, contextualizando y comentando lo que pasa, tiene un producto muy valioso en el valor agregado que le da a la información. Pero ese valor agregado es suficientemente interesante en la medida en que está alineado lo más cercanamente con los intereses de lo que un público quiere saber. Uno puede pensar en periodistas, pero en verdad esto se aplica a cualquier persona que consiga dominar bien el arte de procesar, transformar y comunicar información de una manera efectiva. Existe un mercado de gente cuyo trabajo requiere de mantenerse informados acerca de muchas cosas, pero cuyos requerimientos de información exceden sus posibilidades de dedicarle tiempo a todo ese proceso: entonces pueden tercerizar. Imaginen brindar el servicio de consumir, entender, contextualizar las noticias, y que alguien pague por sesiones altamente personalizadas donde ese contenido me es devuelto, con la capacidad de hacer preguntas y repreguntas y la confianza de que la persona que me informa está en capacidad de responderlas. Algo así como un asesor, un analista personal, pero a un costo mucho menor. Alguien se encarga de interpretar el mundo por mí, de una manera mucho más completa de lo que yo lo podría hacer por mí solo. Ahora, a esa misma mezcla agrégale una cartera de clientes que encuentran esto mismo valioso, escálalo, y tienes un modelo básico con el cual alguien se puede ganar la vida. En la medida en que el broker representa mejores resultados, su status aumenta así como también su valor.

Segunda idea, que me viene a partir de leer la crítica de Malcolm Gladwell al nuevo libro de Chris Anderson (la cual, de por sí, amerita su propia discusión). La cuestión es la siguiente: servicios como YouTube enfrentan una paradoja, porque al abrir la puerta a que cualquiera suba su contenido, la gran mayoría de este contenido es basura, y una enorme cantidad de este contenido, aunque no sea basura, no es rentable: en el sentido de que, los anunciantes que generan los ingresos no quieren ver su publicidad allí. Entonces, YouTube se ve en la necesidad de mejorar el nivel del contenido, licenciando contenidos profesionalmente producidos como series de televisión, películas, y ese tipo de cosas. Pero eso agrega aún más a sus costos. Entonces: ¿qué pasa si YouTube, en lugar de hacer eso, invirtiera considerablemente menos en financiar que productores profesionales de contenidos se dediquen a brindar entrenamiento y asesoría a productores amateur para mejorar el nivel de los contenidos del sitio? La idea es, en vez de licenciar contenido profesional, le pago menos a un profesional para que ayude a desarrollar habilidades y mejores productos de los amateurs que normalmente participan de YouTube. A YT le conviene, a los amateurs también, al entrenador también. Incluso, es concebible que lo mismo pueda hacerse sin YT de por medio: ¿podría funcionar un taller de producción de video orientado no a comunicadores audiovisuales, sino a personas de a pie? Jóvenes aficionados, activistas, gente de diversas especialidades dispuesta a invertir tiempo y dinero a aprender a expresarse en un lenguaje que no saben manejar. De nuevo, agrega varios clientes, varios proyectos, y tienes un modelo con el que se puede concebir a alguien ganándose la vida.

Si el principal activo es la información, y la información es básicamente libre y también gratuita, hay que encontrar las maneras a través de las cuales podemos imprimirle un valor agregado.

Venía por la vía expresa hace poco y vi un cartel enorme de la Universidad San Martín de Porres, promocionando “carreras con futuro”, y apuntando al sitio web www.carrerasconfuturo.com. Me dio demasiada curiosidad entrar a ver qué les estaban vendiendo a los jóvenes que hoy egresan de la secundaria y postulan a la universidad como “carreras con futuro”, así que tuve que entrar a verlo más en detalle. La educación, especialmente la educación superior, y especialmente la educación superior para el futuro son temas que tengo bastante cercanos, así que tenía que ver si había algo interesante.

Y, sí. El sitio está muy bien diseñado, de hecho me da curiosidad saber quién hizo el diseño. Pero mi primera sorpresa fue que, oh coincidencia, TODAS las carreras la USMP eran estas tales “carreras con futuro”. Es decir, que la USMP sigue vendiendo como carreras del futuro opciones como Derecho, Medicina o Ingeniería, las mismas carreras tradicionales que todo el mundo ha recomendado los últimos 100 años y que, por lo mismo, son sectores del mercado que se encuentran saturados. Aún cuando eso no quiere decir de ninguna manera que todo aquel que estudie carreras tradicionales tendrá problemas para encontrar trabajo, sí quiere decir que para una considerable cantidad esto será cierto. Y quizás es algo que no tengan en consideración al escoger la carrera.

Aquí hay dos planos de análisis distintos y relevantes. En primer lugar, que en el presente la oferta educativa no está alineada con el mercado. Generamos muchos profesionales, que por buenos que sean, no necesariamente salen preparados para el “mundo real”. El segundo plano me llama más la atención: que no preparamos realmente profesionales para el futuro, porque claro, nunca nos hemos dedicado realmente a pensar en qué queremos del futuro ni qué profesionales podríamos requerir entonces.

La USMP nos brinda un excelente ejemplo de que somos estructuralmente incapaces de imaginar el futuro de una manera que no sea una versión radical del presente. Para ellos, el 2020 se ve así:

El New York Times señala que las conexiones inalámbricas harán que no existan barreras entre el trabajo y la vida personal, esto impedirá el exceso de trabajo y se consolidará un nuevo formato de día laboral, los empleados trabajarán durante varias horas y las combinarán con sus actividades personales.

Que es más o menos el equivalente laboral de los autos del futuro que prometía Mecánica Popular en los años 50. Por un lado, describen muchas cosas que estamos presenciando hoy, y para las que no estamos preparados, pero que no son una cuestión “futurista”. Por otro lado, no tienen en consideración que el futuro, muy probablemente, será radicalmente diferente de lo que somos capaces de concebir hoy día, y por razones probablemente muy diferentes de las que podríamos pensar. Clay Shirky tiene un muy buen ejemplo para ilustrar esto:

Hay una escena maravillosa en la película de 1968, 2001 (para cuando supuestamente todos debíamos estar viajando al espacio) donde azafatas espaciales en minifaldas rosadas dan la bienvenida al pasajero que llega. Esta es la visión perfecta, empaquetada para los medios, del futuro – la tecnología cambia, la basta se mantiene igual, y la vida sigue como es hoy, excepto que más rápida, más alta, y más brillante. En contraste, la píldora anticonceptiva, como el transistor, parecían ofrecer tan sólo mejores incrementales sobre los métodos existentes. Pero al hacer del control de la fertilidad y una decisión unilateral y, crucialmente, femenina, que no tenía que ser negociada caso por caso, la píldora ha transformado a la sociedad de maneras mucho más importantes que cualquier cosa conseguida por la NASA. [Here Comes Everybody, traducción mía.]

Un poco de lo mismo es lo que encontramos en la descripción del 2020 que hace la USMP. Claro, conexiones inalámbricas, transformarán todo lo que conocemos sobre el trabajo. Pero el trabajo seguirá siendo esencialmente trabajo, produciendo esencialmente lo mismo, bajo el mismo modelo económico, con los mismos objetivos, y demás. Si el incremento de la combinación profesional-personal que describen terminara en que las familias se descomponen y la gente es crecientemente miserable, llevando a la gran revuelta tecnoproletaria del 2017 y a la consiguiente instauración del régimen ludita, sería algo imposible de predecir, e incluso de concebir, desde esta descripción alegre y peregrina de lo que vendrá.

Ahora, lo realmente perturbador. Las carreras que necesitaremos en el futuro, o desde el otro punto de vista, los trabajos para los cuales necesitaremos formar gente en el futuro, no existen hoy día. Muchos de los trabajos que existen hoy no existían hace 5 años, y no existen descripciones claramente definidas para lo que hacen o el perfil que requieren. Además de que cambian lo suficientemente rápido como para que prácticamente ningún cuerpo de conocimiento pueda mantenerse suficientemente al día: la realidad que uno estudia al empezar una carrera resulta ser significativamente diferente 5 años después, cuando termina. En ese contexto, es realmente irrelevante que mi carrera tenga futuro hoy, pues es bastante probable que cuando termine de estudiarla, o haya dejado de tenerlo, o sea algo para lo que no estoy formalmente preparado, o haya futuros más interesantes en otras áreas. Entonces, cuando un egresado de secundaria hoy lee esto sobre un supuesto 2020:

Puesto que las empresas tendrán que adoptar las innovaciones tecnológicas, prevalecerá el aprendizaje constante y la acción organizativa. Los mandos medios desaparecerán y los trabajadores serán temporales, en este entorno la lealtad estará dirigida al compromiso con el proyecto. Para el portal Strategy-Business, la clave del éxito de las empresas del futuro estará en fusionar la fuerza de trabajo y la tecnología de la información moderna.

¿Qué le estamos dando realmente? Aparte de una visión ingenua del futuro y una desinformada del presente. Según esto, algo así como los cyborgs serán la fuerza laboral del futuro. Entonces mejor ni nos molestemos en estudiar, y dediquémonos a perfeccionar nuestros implantes electrónicos para nuestros trabajos temporales comprometidos con el proyecto, sea lo que sea que eso signifique. Ah, sí. Se llama freelance, vía web. Eso es taaaaan 1998.

Entonces, quizás en este punto no importe tanto, realmente, qué profesión escoja uno. En realidad, en un momento en el cual las fronteras entre disciplinas se vuelven tenues y se reconfiguran las profesiones, quizás lo más inteligente sea optar por la posibilidad menos encasillante, aquella que le permita a uno cómodamente saltar entre diferentes áreas de acción con relativa comodidad. Aquello que, justamente, nuestro sistema educativo no está realmente preparado para preparar.

Lo cual hace tanto más urgente que no pensemos tanto en carreras CON futuro, como en carreras DEL futuro, y lo que esto signifique viene de la mano con el contenido que queramos, desde nuestra perspectiva limitada, darle al futuro. Partiendo, por supuesto, de reconocer que no hay manera de que sepamos bien qué significará esto en unos años, y que tenemos que prepararnos para condiciones cada vez mayores de incertidumbre. Lo cual no quiere decir que no seamos capaces de mapear hoy las tendencias que probablemente se conviertan en los problemas en un futuro cercano. Más que ofrecerles a los egresados de secundaria promesas vacías de certidumbre sobre futuros ilusorios, sería bueno que seamos sinceros con ellos y les digamos que no tenemos mayor idea de lo que estamos pasando, y que ellos tampoco la tendrán, y que tenemos, más bien, que aprender a arreglárnoslas para vivir y ser felices renunciando a la pretensión de entender bien dónde va cada cosa.

Volviendo sobre algunas ideas del último post sobre el desafío a las profesiones, hay dos ejemplos puntuales que me vienen a la mente. El primero es el caso del periodismo, sobre el que ya he escrito bastante antes pues me parece uno de los más interesantes. Shirky habla explícitamente sobre el periodismo y me parece lo más interesante el que lo haga en términos económicos, pues eso resalta particularmente la contingencia histórica de la profesión periodística como la conocemos: no inventamos el periodismo cuando descubrimos que era un componente fundamental de la realidad, sino que vino a existir como parte de un proceso histórico, y como tal, por lo mismo, puede también transformarse y desaparecer. Tenemos una horrible, aunque comprensible, tendencia a naturalizar lo histórico, y asumimos que el mundo tal como es hoy es el mundo como ha sido y será siempre: siempre hubo capitalismo, siempre hubieron mercados, siempre hubo libertad, siempre hubo Estado, y así se mantendrán las cosas en el futuro. Pero aunque nos pueda molestar darnos cuenta, en realidad, todos estos son productos históricos y no forman parte de ningún tejido intrínseco de la realidad. No hemos “descubierto” nada de esto, lo hemos inventado y puesto en el tejido de lo social.

Es más, no sólo no deberíamos asumir que así siempre han sido las cosas, sino que viendo la historia deberíamos ser lo suficientemente humildes e inductivos como para darnos cuenta que, así como prácticamente todo en nuestra historia se ha visto transformado, es igualmente razonable suponer que el ordenamiento del mundo que conocemos se verá, a su vez, superado en el futuro. No necesariamente por algo “mejor”, lamentablemente, o mejor dicho, la valoración moral o cualitativa de este cambio no sólo no nos corresponde, sino que nos es estructuralmente imposible (pues se trata, en pocas palabras, de evaluar lo desconocido a partir de lo conocido, disputa en la cual lo conocido tiene siempre todas las de ganar).

A partir de todo eso, el resultado es un tanto claro: de la misma manera, el periodismo como profesión, siendo un resultado histórico de condiciones económicas y de producción de una época, muy probablemente se vea transformado a medida que esas condiciones cambien. Allí donde se necesitaba de su clase profesional para mediar la escasez de información, allí donde se les necesitaba para minar la sociedad en busca de noticias que de otra manera no podían exhibirse, hoy día aquella necesidad se ve atendida de manera más eficiente (ojo que no digo ni mejor ni peor, que no me parece que venga al caso) por medios tecnológicos. Esto tiene miles de consecuencias, pero en general, podemos reducir las posibles salidas al problema generado a dos grandes posibilidades: o restauramos el valor histórico del periodismo y su función tradicional de mediar entre los ciudadanos y la información, para lo cual hay que, básicamente, limitar artificialmente el uso y desarrollo de la tecnología; o buscamos la manera para transferir a los ciudadanos las habilidades, las competencias y los criterios necesarios para que puedan navegar toda esta nueva información de manera efectiva. No sorprenderá a nadie que haya pasado por aquí antes que yo me inclino más por la segunda posibilidad.

Observación importante: esto no quiere decir que empecemos a hablar de periodismo ciudadano. El “periodismo ciudadano” es una categoría engañosa que explica algunas cosas del proceso en el que estamos pero cuyo principal problema es que explica lo nuevo en términos de lo viejo. Presenciamos, sí, la aparición de nuevas formas de ejercer la ciudadanía en la sociedad de la información. Pero eso no nos hace a todos periodistas, y además, no tendría por qué hacerlo. Esta etiqueta tiene la problemática consecuencia de que si los ciudadanos son periodistas entonces deben adscribirse a sus criterios profesionales y si no lo hacen están mal, o de que si los periodistas son ciudadanos hay que otorgarles ciertas prerrogativas, privilegios o protecciones especiales cuyo alcance y delimitación es imposible de aclarar porque no pasamos a asumir un sólo rol predominante, sino que nos movemos todo el tiempo cumpliendo con varios roles. No se da que yo “me vuelva un periodista ciudadano”, sino que resulta que, por momentos, hago cosas que se asemejan a lo que tradicionalmente hemos asociado al periodismo. Hablar de periodismo ciudadano prácticamente perpetúa la metafísica esencialista del aristotelismo, por ponerlo de alguna manera.

En otras palabras, si el periodismo quiere tener alguna alternativa, desde mi modesto punto de vista este tiene que ser no esencialista y no metafísico. Es decir, no puede ser tratar de preservarse como un valor intrínseco a la sociedad y la realidad. Pero la otra alternativa que mencioné brilla por el hecho de que no menciona al periodismo. Y es que, claro, como resultado histórico no tiene roles históricamente predeterminados. Estamos descubriendo esto sobre la marcha, y lo que sea que resulte del periodismo resultará del recálculo de los costos de transacción que tienen los individuos, los ciudadanos, en el procesamiento de información cada vez más orientado hacia la organización de la acción colectiva, o por lo menos hacia la movilización y no hacia la simple y neutralizada información. Hoy día ya no buscamos tanto informarnos como buscamos inspirarnos: desde el hecho de buscar noticias a partir de nuestro marco ideológico para verlo reforzado. Esto es difícil de digerir, pero no necesariamente es malo: es hacia donde vamos, y más que preguntar cómo cambiamos el curso, creo que podemos preguntarnos cómo llegamos antes para ir poniendo los globos y la decoración para sacarle lo mejor al proceso. Difícilmente tenemos menos, sino que por el contrario tenemos hoy día más necesidades de información, sólo que están estructuradas de manera diferente y con diferentes motivaciones a las que teníamos antes. El paso número uno para repensar el periodismo es el violento descubrimiento de que ya no tienen el monopolio de la información y que, muy probablemente, no lo volverán a tener: de la actitud hacia este violento descubrimiento dependerá la extinción o la adaptación.

Este tema surgió durante la conversación del almuerzo, y que también vengo teniendo en la cabeza en los últimos días a partir de tanto darle vueltas a los diferentes proyectos en los que estoy metido. Una idea no es sólo una idea, creo, o en todo caso, encierra el potencial para ser también varias otras cosas.

Así que he venido jugando con la idea de que hay un ciclo de vida para las ideas: nacen como ideas, y en su crecimiento se vuelven proyectos cuando las ideas empiezan a encontrar algún tipo de aplicación tentativa, aunque sea para agrupar más personas en torno a suyo que comparten el mismo interés. Los proyectos se desarrollan, y en el camino, con un poco de suerte también, resultan en un piloto, algún tipo de experiencia de prueba que se puede llevar al mundo real para probar y refinar el concepto y su aplicación. Los pilotos exitosos, refinados y mejorados, encuentran quizás el camino para convertirse en productos – una suerte de versión final, lanzada al mercado, lista para su consumo.

Sé que esto parece muy parcializado al comercialismo, pero no quiero llevarlo por ese camino. Es, más bien, una radiografía de cómo se implementan las ideas, que finalmente se realizan en el mundo de alguna manera: sea a través de prácticas, conductas, artefactos, objetos, o lo que fuera, alguna forma de producto. Me molesta un poco la linealidad del proceso, pero fácil no es realmente un proceso lineal: la existencia del producto, aunque profundamente vinculada a la idea, no es lo mismo, ni es su reemplazo ni desplazamiento. Quizás las etapas coexistan pacíficamente en simultáneo. Al mismo tiempo que un mismo proyecto puede llevar a muchos pilotos, y así sucesivamente.

Lo que más me gusta: a partir de esta radiografía, me parece más fácil preguntar cómo podríamos típicamente describir los rasgos de cada etapa. Y si podemos hacer eso, también podemos, quizás, describir los rasgos típicos de los movimientos entre cada etapa. En otras palabras: identificar qué es lo necesario, lo que hace falta, para llevar una idea de una etapa a la siguiente. Y esto es lo que más me interesa porque, como también salió el tema durante el almuerzo, quizás en la implementación de varias ideas, los proyectos que vengo trabajando se encuentran en el limbo entre la etapa de proyecto y la de piloto.

En los varios posts de la última serie, he referido en varias ocasiones a la idea del nuevo ecosistema mediático y a las reconfiguraciones que están adoptando los roles que forman parte de él. Quiero cerrar esta serie entrando un poco más en esta idea porque nos permite entender mejor qué lugar ocupa el periodismo reconfigurado dentro de este espacio, y sobre todo, en qué relaciones entra en el nuevo ecosistema. Hemos visto que lo más probable es que el periodismo sobreviva a sus instituciones, pero que el periodismo que sobreviva será radicalmente diferente; al mismo tiempo que los ciudadanos se vuelven un poco más periodistas, aunque parece más completo decir que el ejercicio de la ciudadanía misma está variando.

La idea de la reconfiguración del ecosistema mediático la tomé de un pequeño video que encontré en el blog de la Fundación Knight. Éste es un fragmento del profesor Jeff Jarvis, de la escuela de periodismo de la City University of New York:

Esta idea del nuevo ecosistema me gusta mucho porque parte de una constatación actualmente básica: la complejidad de la situación. Las relaciones que antes habríamos podido asumir de una manera más lineal en la manera como actuaban e interactuaban los medios y los consumidores ahora se vuelven una cuestió mucho más caótica donde no hay, realmente, reglas claramente establecidas. Recapitulemos un poco el background y veamos la tendencia: hace mucho, mucho tiempo, el ecosistema era mucho más simple. La cultura y el conocimiento -principalmente esto último- eran una prerrogativa y un privilegio de muy pocos. Con la aparición del alfabeto, la posibilidad de participar de la difusión del conocimiento era reservada a los pocos que sabían leer, y aún dentro de ellos, a unas pocas castas -las monacales, o las universitarias por ejemplo- con acceso a los pocos recursos disponibles de transmisión del conocimiento.

La imprenta de Guttenberg cambió esto por completo, y los sucesivos desarrollos en la tecnología de impresión tanto más aún: se hizo posible la difusión a gran escala y alcance de cuerpos de conocimiento más o menos uniformes, y la cultura adoptó el carácter de masiva. Se amplió el público, pero no en la misma escala los contenidos o creadores: la barrera de acceso seguía siendo la tenencia de los medios de producción, en este caso de la imprenta. Nuevas tecnología ampliaron más aún el alcance, pero incrementaron también la barrera de acceso: el espectro radiofónico que utiliza la radio y la televisión es limitado, y la inversión necesaria para jugar el juego es bastante alta.

Hago esta breve introducción histórica para sentar el contexto del ecosistema mediático que hemos conocido, que es la base de la cultura de masas: pocos nodos emisores frente a grandes masas consumidoras de contenidos e información. Los medios por los cuales el público consumidor puede participar de los contenidos son sumamente limitados, y frecuentemente ellos mismos controlados por los emisores (por ejemplo, las mediciones de audiencia, o las cartas al editor).

Con la introducción de la tecnología digital, el ordenamiento tradicional de este ecosistema se ve colapsado. La tecnología digital reduce enormemente la barrera de ingreso: es posible, técnicamente, escribir en una computadora personal e imprimir en una impresora doméstica y así generar contenidos publicables. Así también las cámaras digitales y el video digital hacen que estos medios estén al alcance de muchas más personas que antes (aunque, es claro, no de todos aún). Con la articulación de Internet se transforma el otro gran obstáculo cuando se crea un nuevo circuito de distribución de información que hace posible, al menos en potencia, que cualquier persona comunique al mundo sus ideas, y con la aparición de Google se hace posible que la reproducción y difusión de estas ideas se haga de una manera más o menos meritocrática, en función a la valoración que el resto de la web hace de un contenido. Con el desarrollo de las redes sociales, los usuarios -ya no simplemente consumidores- empiezan a encontrar en sus manos las herramientas para ser ellos mismos árbitros de la información que comparten con sus redes de contactos. La información y el conocimiento se vuelven más que nunca un proceso, y más que nunca uno social.

Hablar de un ecosistema mediático me resulta ilustrativo porque refleja la complejidad que resulta de todo este proceso histórico, así como también el hecho de que no estamos hablando de elementos que operen aisladamente. Dentro de este ecosistema, diferentes medios, contenidos y lenguajes forman una continuidad a través de la cual se desenvuelven los discursos y las interacciones. A partir de todo esto quiero coger dos ideas relevantes a este nuevo ecosistema mediático. La primera es en torno a los nuevos personajes que participan de él; la segunda, en torno a los nuevos roles que jugamos nosotros.

He intentado señalar que el rol del periodismo en este ecosistema se ha visto transformado, así como también que los ciudadanos estamos jugando un rol diferente en esta interacción. Pero como bien señala Jarvis, las relaciones son más complejas que ésas: diferentes tipos de actores están participando de este ecosistema. Existen también organizaciones con objetivos específicos y agendas puntuales que están comunicando mensajes para promocionar sus ideas e intereses, y que están consiguiendo también generar los mensajes más interesantes en términos de involucrar a sus audiencias. Existen bloggers individuales y colectivos en torno a una enorme cantidad de temas, muchos más de los que la oferta comercial podría satisfacer -la larga cola de los intereses que cobra dimensiones relevantes a partir de Internet y Google-. Pero el universo de los blogs ya ni siquiera es suficientemente descriptivo de lo que está pasando, cuando redes sociales y demás servicios interactúan todo el tiempo con el contenido.

La cantidad y el tipo de actores que participan de este nuevo ecosistema se sigue ampliando cada vez más. Brian Solís, en el artículo que he venido comentando, habla de lo que llama una “statusphere” (que se traduciría horriblemente como “estadósfera”, pero el término original también suena igualmente horrible, basado en la idea de “actualizaciones de estado” de redes como Twitter o Facebook):

La Estadósfera [Statusphere] es el nuevo ecosistema para compartir, descubrir y publicar actualizaciones y micro-contenidos que revereberan a través de redes sociales y perfiles sindicados, resultando en una formidable efecto de actividad en red. Es la curación digital de contenido relevanto que nos vincula contextualmente a la Estadósfera, donde podemos conectarnos directamente con contactos existentes, llegar a nuevas personas, y también forjar nuevas conexiones a través del efecto de amigos de amigos en el proceso. [Traducción mía]

El término estadósfera es casi casi tan horrible como blogósfera, si no peor, así que no quiero usarlo mucho. Pero me quedaré con la idea del contexto y del ecosistema, y de cómo todos estos nuevos actores están operando: cuando la cantidad de información que tenemos que procesar para darle sentido al mundo es tan grande que es sencillamente imposible que lo hagamos solos, tenemos que buscar referentes en los que podamos confiar que nos ayuden a manejar esta complejidad. De la misma manera en que confiamos en otros para administrar partes de esta complejidad, nosotros mismos podemos hacernos cargos de otras partes y compartir nuestro proceso de filtrado y contextualización con una comunidad más grande.

Entonces, si el nuevo ecosistema mediático está marcado tanto por la transformación del papel que jugaban los viejos personajes, como por una apertura hacia todo un nuevo conjunto de actores participantes se que comunican e interactúan entre sí y con un público que deja de ser consumidor pasivo, es razonable suponer que los roles que se juegan dentro de este ecosistema también han cambiado. De nuevo, me remito a la analogía que usé antes sobre la diferencia entre organizarnos en “carpetas” o en “etiquetas”: de manera similar, hemos abandonado un esquema en el cual los actores en este ecosistema cumplen un solo rol determinado, por uno en el que muchas personas cumplen muchos roles al mismo tiempo, que se sobreponen unos con otros.

Un reporte de Forrester Research del año 2007 exploró un poco más lo que denominó las “tecnográficas sociales“, los patrones de comportamiento que adoptaban los usuarios de diferentes tipos de redes sociales. El resumen ejecutivo del reporte señala:

Muchas compañías enfocan la computación social como una lista de tecnologías que deben implementarse según son necesarias -un blog aquí, un podcast allá- para conseguir un objetivo de marketing. Pero un enfoque más coherente es empezar con un público objetivo y determinar qué tipo de relación quiere crear con ellos, basándose en aquello para lo que están preparados. Forreste categoriza los comportamientos de computación social en una escalera de seis niveles de participación; utilizamos el término “tecnográficas sociales” para describir el análisis de una población según su participación en estos niveles. Marcas, sitios web, y cualquier otra compañía aplicando tecnologías sociales debería analizar las tecnográficas sociales de sus clientes primero, para luego crear una estrategia basada en ese perfil. [Traducción mía]

Los seis tipos de comportamiento identificados por el reporte son: creadores, críticos, coleccionistas, seguidores, espectadores e inactivos. Los nombres son bastante autoexplicativos, y lo interesante es que reflejan una escala según el nivel de participación: desde usuarios que no se involucran, hasta usuarios que se involucran tanto como para empezar a generar sus propios contenidos y volverse creadores. Pero la manera incorrecta de leer esta categorización sería asumir que estas categorías son roles excluyentes unos de otros: de hecho, lo que parece más exacto es que uno pertenece en diferentes grados a varias de estas categorías al mismo tiempo. No nos involucramos de la misma manera con todas las cosas, como tampoco tenemos solamente un interés al cual le prestamos atención, con lo cual es razonable suponer que tenemos diferentes grados de participación frente a diferentes temas o en diferentes contextos.

La otra conclusión interesante que podemos desprender de esto es que lo que entendemos por participar de comunidades en línea es, también, una idea compleja. La manera como los usuarios están ejerciendo, digamos, este “periodismo ciudadano”, o el tipo de funciones que están cumpliendo en el manejo de la información y el conocimiento puede adoptar diferentes formas. Es cierto que algunos se dedicarán a generar nuevos contenidos, pero para que ese contenido llegue a alguna parte deberá caer en las manos de otras personas que lo comente, lo comparta, lo recomiende, lo critique, o simplemente escoja publicar el link. Al mismo tiempo, aparecen nuevas herramientas que funcionan para estos diferentes grados de involucramiento: desde la posibilidad de Retweetear en Twitter, hasta el botón para “marcar esta página” en Delicious, y demás alternativas. Y todos jugamos estos diferentes roles en el proceso cotidiano de manejar la información que nos rodea para introducirla en algún tipo de contexto que nos permita darle sentido al mundo. Este proceso de darle sentido al mundo es, entonces, una función eminentemente social. Y es en este proceso en el cual el periodismo se introduce hoy, dentro de este nuevo ecosistema. De vuelta a Solís:

La humanización y socialización del periodismo creará una plataforma viable para una vinculación significativa que construya una nueva era de confianza, lealtad y comunidad en torno a la marca mediática, una persona a la vez. Al mismo tiempo, establece una vía vibrante y colaborativa para descubrir y compartir historias de la gente, y para que la gente dé forma a historias que importan más allá de la mesa de asignaciones. Los consumidores están entonces involucrados en los medios y llevan un sentido de pertenencia y orgullo de haberse ganado la oportunidad de ayudar a dar forma a su curso. [Traducción mía]

He hecho, con todo esto, un recorrido bastante largo y estoy un poco cansado. Estas ideas no son de ninguna manera finales, sino que son sólo esbozos que espero poder tomar como base para ir puliendo y ampliando y discutiendo y comentando. Pero me parece que de todo esto se desprenden una serie de consecuencias sumamente interesantes, que no alcanzan solamente al periodismo sino que llegan a tocar toda la manera como estamos entendiendo nuestra cultura hoy en día. Por un lado escuchamos mucho de que nuestros fundamentos están en peligro, y escuchamos también que eso se evidencia en el colapso de nuestras instituciones más, supuestamente, fundamentales. Pero dentro de ello se abren nuevos espacios y nuevas oportunidades para aprovechar ese movimiento. Sobre todo, da la coincidencia, alegre o no, de que con nuestra participación cotidiana en espacios ahora cotidianos, recorriendo la web, leyendo noticias, invirtiendo tiempo en redes como Facebook, siguiendo gente en Twitter, estamos inevitablemente participando de todos estos procesos en mayor o menor medida. Y estamos distribuyendo socialmente procesos que antes eran más bien individuales: nuestras relaciones de confianza, nuestro manejo de información, incluso la construcción de nuestra identidad individual hoy día pasa por un proceso socializado y mediado tecnológicamente. Dadas todas esas coincidencias, creo que cae por su propio peso que nos veríamos beneficiados de considerar un poco más profundamente lo que está en juego en estos cambios: como señalaría McLuhan, preguntarnos por las amputaciones y las extensiones que el cambio mediático está generando.

Tratado tercero, 12:

A partir de ahora, señores filósofos, guardémonos mejor, por tanto, de la peligrosa y vieja patraña conceptual que ha creado un “sujeto puro del conocimiento, sujeto ajeno a la voluntad, al dolor, al tiempo”, guardémonos de los tentáculos de conceptos contradictorios, tales como “razón pura”, “espiritualidad absoluta”, “conocimiento en sí”: -aquí se nos pide siempre pensar un ojo carente en absoluto de toda orientación, en el cual debieran estar entorpecidas y ausentes las fuerzas activas e interpretativas, que son, sin embargo, las que hacen que ver sea ver-algo, aquí se nos pide siempre, por tanto, un contrasentido y un no-concepto de ojo. Existe únicamente un ver perspectivista, únicamente un “conocer” perspectivista; y cuanto mayor sea el número de afectos a los que permitamos decir su palabra sobre una cosa, cuanto mayor sea el número de ojos, de ojos distintos que sepamos emplear para ver una misma cosa, tanto más completo será nuestro “concepto” de ella, tanto más completa será nuestra “objetividad”. Pero eliminar en absoluto la voluntad, dejar en suspenso la totalidad de los afectos, suponiendo que pudiéramos hacerlo: ¿cómo?, ¿es que no significaría eso castrar el intelecto?…

Más ojos viendo, mejores resultados. Nietzsche, precursor del a filosofía del open-source.

Estoy jugando con Twine. Está de moda, parece, buscar darle orden al caos. Y claro, tiene todo el sentido del mundo: demasiada información, demasiada, ahhhhhhh demasiada. ¿Cómo les va a ustedes? Yo tengo más de 1000 elementos por leer en mi Google Reader, suscrito a 138 fuentes RSS. Mi bandeja de entrada no tiene correos sin leer, pero sí varios sobre los cuales tengo que actuar, y agrego 3 diferentes cuentas de correo a través de mi Gmail – otras tantas las reviso independientemente. Luego están las redes sociales, Facebook principalmente, LinkedIn de cuando en cuando, y demás miles de experimentos en los que me suscribo. Otros servicios como last.fm y YouTube y etcétera etcétera etcétera.

El chongo es que nada de esto tiene sentido. Osea, es imposible que procese todo esto y encima lleve una vida semiproductiva, medianamente. Es demasiada información, y por supuesto, crece continuamente y la gran mayoría es ruido y no señal. Nada que me aporte realmente valor. Entonces necesito cada vez más y mejores filtros para descubrir cosas nuevas que me sean relevantes. Encima, todo este consumo ni siquiera me deja tiempo para yo mismo poder producir mi propia información.

Entonces, Twine es uno de muchos agregadores que existen ahora que quieren darle orden al caos. Jalando información de todos lados, creando capas de etiquetas encima del contenido, y además aprovechando aún más capas de redes sociales encima de las capas de etiquetas, la idea es aprovechar la capacidad computacional del colectivo social para darle sentido a la maraña de información. Dicho de otra manera, uno se ahorra tiempo de procesamiento apoyándose en el tiempo y los recursos ya invertidos por los demás, y con el propio tiempo invertido por uno devuelve al colectivo. Es todo muy Borg, pero muy persuasivo.

Sigue siendo un poco confuso y no sé bien cómo utilizarlo, pero tiene todo el sentido, sobre todo en la medida en que se comunique con todo lo demás que existe. Lo bueno de algo como Twine es que no sólo permite conocer recursos, sino también gente asociada a los recursos, y en fin, ofrece una serie de recursos para que los usuarios compartan colectivamente y trabajen en grupo para organizar y compartir conocimiento.

Parece divertido.

@piscosour

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