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O la lógica del martirologio.
Se me ocurre que esto debe ser consecuencia del cristianismo en la cultura, pero estoy seguro que va más allá de mi burda generalización.
La martirológica es la herramienta/ciencia/disciplina/ontología regional que nos permite explicar discursos y acciones a partir de sus racionalizaciones martirológicas. Léase, cuando el propio sufrimiento o sacrificio se convierte en causa, motor o motivo para que ocurra algo. Léase, esta horrible idea de que “no pain no gain”, “todo pasa por algo”, y que todo lo que valga la pena en el mundo tiene que costarnos.
Estas ideas, por sí solas, no tienen nada de malo. El problema es cuando se formulan desde la martirológica. Como si fuera condición necesaria, sine qua non, de conseguir algo, el tener que pasar por algún tipo de sufrimiento. Y que, además, el sufrimiento, el sacrificio, es aquello que legitima lo que se consigue – si ya hemos sufrido por esto, tiene que ser porque es lo que realmente queremos.
La verdad, me parece, el mundo es mucho más aleatorio de lo que nos gustaría que lo fuera. Los malos salen ganando al final, los buenos muchas veces no se ven reivindicados. Es una pena, por mucho que Hollywood nos quiera hacer creer lo contrario. Desde ese punto de vista, algunas cosas dejan de ser ciertas: no, este mal momento que estás pasando no es una prueba para que luego te vaya mejor (en algún momento no te podrá ir peor, más bien, y desde ese punto todo parecerá mejor y eso es suficiente). No, toda tu experiencia horrible no te legitima, por sí sola, más o menos que a cualquier otra persona. No, no todos deberían pasar por el mismo sacrificio para poder entenderte. Y sobre todo: no, no es necesario que tengas que pasarla mal para poder ser feliz. Puede que sea así en algunos casos, pero creer que siempre es así es simplemente estúpido.
El problema de la martirológica es que legitima muchas cosas que, a mi modo de ver, no tienen ningún sentido. Legitima, justifica, que soportemos cosas insoportables, que aguantemos cosas que no deberíamos, porque supuestamente responden a un propósito, a un sentido mayor. La martirológica se alimenta a sí misma: no estoy hablando de hacer sacrificios locales para acceder a beneficios globales. Estoy hablando de actos de sacrificio o sufrimiento que se legitiman a sí mismos, son buenos porque son buenos y resultan como causa indirecta en un posible beneficio ulterior. Debo sufrir para luego poder ser recompensado. Y eso es sumamente perverso.
Por fin terminé de escribir las tres partes. Repito, por si no se enteraron aún, que mañana a las 4pm, en el Auditorio de Humanidades de la PUCP, estaré haciendo una presentación en la mesa temática de Watchmen dentro del V Simposio de Estudiantes de Filosofía de la PUCP/UARM. He redactado estas 3, o bueno, 4 partes básicamente para ordenar mis ideas y estructurar mi argumento, pero mañana espero poder presentar algo mucho más visual y fluido que no esté estrictamente limitado por el texto. Sobre todo, espero que se genere una buena discusión después de las tres presentaciones sobre Watchmen que realizaremos (junto con Martín Valdez y Rubén Merino).
Si quieren leer el texto esquemático que más o menos he armado para esto, a continuación sus diferentes partes:
¿Quién vigila a los vigilantes?
Superhéroes, nihilismo y cultura a partir de Watchmen
- Introducción/Sumilla
- (Texto) Un mundo sin superhéroes
- (Meta(Texto)) Una nueva idea de cultura
- (Meta(Meta(Texto))) Un nuevo tipo de lectura
La verdad, por ratos siento que la cosa se proyecta demasiado, pero espero que mañana la pueda aterrizar lo suficiente como para que tenga sentido y se entienda lo que intento decir – sé que funciona en mi cabeza, pero no sé cuán bien funcione fuera de ella.
Espero verlos mañana por allí.
Este jueves es mi presentación en el V Simposio de Estudiantes de Filosofía, esta vez organizado conjuntamente por estudiantes de la PUCP y la UARM. La mesa sobre Watchmen se realizará a las 4pm, en el auditorio de la Universidad Antonio Ruiz de Montoya. El programa completo del simposio lo pueden encontrar aquí.
Hace un tiempo publiqué aquí lo que fue la sumilla que presenté para esta presentación. La sumilla cubre buena parte del contexto y la introducción de lo que quiero hablar el jueves, y quiero a manera de ejercicio redondear un poco las ideas antes de la presentación para tener un poco más claro mi propio argumento. En realidad, como suelo hace, quiero hablar de tres puntos que se siguen unos de otros:
- Lo que significa pensar en un mundo sin superhéroes (o un mundo con los superhéroes de Watchmen).
- La idea de cultura que se (puede) desprender de un mundo así concebido.
- El tipo de lectura que puede ayudar a echar luz sobre una idea de cultura así concebida.
O algo así como ir del plano del texto, al plano del metatexto, al plano del metametatexto.
Nada de esto debe tomarse como ideas plenamente determinadas. Son, en el mejor de los casos, indicios y puntos de partida desde los cuales espero poder iniciar una conversación sobre el tema, y en este post quiero empezar con el primer punto. ¿Qué tienen de singulares los personajes de Watchmen como para que nos resulten interesantes?
Alan Moore nos presenta un universo de personajes que difiere significativamente de los superhéroes clásicos que hemos conocidos tradicionalmente, como Superman o Batman – estos ejemplos son particularmente relevantes. Es cierto, ninguno de estos personajes es perfectamente chato o completamente lineal, sino que siempre exhibieron una serie de complejidades. Pero aún dentro de ellas, no exhiben mayormente demasiada complejidad moral: Superman es tan moral y políticamente correcto, que se viste con la bandera estadounidense. Batman está tan del lado del bien, que ayuda a las fuerzas del orden a desarmar el crimen organizado. Aunque no dejan de exhibir ciertos demonios internos, sabemos muy bien para quién trabajan, y dónde están sus lealtades.
Pero, entonces, ¿qué debemos sacar de los superhéroes que, en cambio, nos presenta Moore? Los Watchmen son todo menos moralmente lineales. Son personajes que resaltan precisamente por lo humanos que son, por su radical imperfección. La historia que va entretejiendo las narrativas individuales de todos estos héroes de la del Comediante, un ser profundamente inmoral que, sin embargo, cumple el papel de defensor enmascarado, incluso peleando por su propio país y con el respaldo del gobierno para hacer, en muchos casos, el “trabajo sucio”. A su alrededor, o más bien, alrededor de su muerte, se empieza a reconstruir una historia de traiciones, fracasos, violaciones, mentiras, hijos no reconocidos, parejas disfuncionales, amores perdidos, adulterios, psicosis, y todo tipo de ambigüedades morales que no nos permiten plenamente reconocer en estos personajes a los defensores de la justicia que quisiéramos tener. Porque no lo son, y ésa es justamente la idea: la imagen de defensores de la justicia, moralmente inmaculados de un mundo que se divide tan claramente entre el bien y el mal como la Guerra Fría, es un mundo que no refleja en absoluto lo que tenemos ni lo que podemos tener.
Seres imperfectos, que tienen que tomar decisiones moralmente imperfectas. Incluso el paradigma sobrehumano que es el Dr. Manhattan es fundamentalmente fallado como humano. Claro, ya no podemos considerarlo propiamente como humano sino como algo más cercano a un demiurgo, pero aún así, por alguna razón el Dr. Manhattan pretende tener una relación “matrimonial” con Silk Spectre que es completamente disfuncional. De hecho, para todo lo que sabe el Dr. Manhattan, es bastante claro que no tiene ni la menor idea de cómo lidiar con las emociones propiamente humanas. Pero claro, ¿por qué le importaría? El Dr. Manhattan es precuántico en tanto representa la consagración del ideal positivista de Laplace: en tanto él puede conocer todos los estados futuros y pasados de todas las partículas del universo, puede conocer entonces también el futuro. Es precuántico, entonces, porque no toma en consideración el principio de indeterminación de Heisenberg. Es, justamente, el hombre de la Modernidad: capaz de conseguirlo todo, sí, quizás, pero incapaz de retener a su lado a Silk Spectre, ni mucho menos de tener una relación medianamente normal con ella. Nietzsche estaría aquí fascinado con el ejemplo del hombre moderno (“peluquero de sí mismo”, diría Cortázar), el paradigma del orden racional apolíneo, incapaz de reconocer lo que le queda de su propia humanidad.
Entonces, ¿por qué habríamos de confiarles a ellos el complicado trabajo de defender la justicia y protegernos de los malos? En realidad, no hay ninguna razón, a priori, que permita justificar eso. Nada los hace predeterminadamente especiales, ni predetermina que ellos estén del “lado del bien”. He allí lo realmente perturbador. Rohrschach es un psicópata, que sin embargo está allí afuera combatiendo el crimen brutalmente. El Comediante le sigue los pasos de cerca. ¿Por qué habríamos de permitir que ellos fueran los superhéroes de nuestra sociedad?
Básicamente, porque nadie se molesta en decir lo contrario. En el principio que opera detrás de la lógica del superhéroe, encontramos la idea del individuo que le dice “no” al orden establecido de la sociedad, a sus leyes, a sus instituciones, y se siente por sí mismo lo suficientemente legitimado para realizar su propia voluntad. No puede ser legitimado de antemano: si lo fuera, sería justamente una institución del orden de lo humano, pero no entonces un superhéroe. Aquello que lo hace “súper” es que escapa a nuestra institucionalización, nuestra legitimación: nuestra opinión (como sociedad), realmente no le importa, más allá de sus conflictos por volverse o no una celebridad (cf. Spiderman). En algunos casos esto es hasta más marcado, como en el caso de los homo superioris que son los mutantes en X-Men: ellos son evolutivamente superiores. El hecho de que se preocupen por el bienestar de la humanidad es, en ese sentido, puramente contingente. Es como si tuviéramos suerte de que se preocupen por nosotros, porque nada dice que estos seres supuestamente superiores serán buenos en ninguna medida.
Quiero ilustrarlo de otra manera: en la oposición que existe en el Batman y el Joker, como me parece que queda muy bien reflejada en el comic The Killing Joke, y heredando la misma línea, en la película The Dark Night de Christopher Nolan. En ambos, el Joker le dice a Batman algo sumamente perturbador: que ellos son, en realidad, cada uno el reflejo del otro. Ambos surgen de “una mala noche” en la cual todo sale mal, en la cual sus vidas normales dejan de tener sentido al confrontarse, propiamente, con el hecho de que nada tiene sentido intrínseco y que el sentido que tenemos, no está garantizado por nada. El hecho de que después de la mala noche, uno termine del lado correcto de la línea social de la moralidad es, en realidad, un hecho contingente: no hay nada “bueno” realmente en un sujeto que se disfraza de murciélago y sale por las noches a golpear a los sujetos más excluidos del orden social.
En cierto modo, hay, entonces, aquello que Kierkegaard llama el “salto al vacío”: el compromiso que adopta cada uno de estos individuos no es un compromiso moral, sino uno que se formula más allá del bien y del mal y cuyo sentido (moral) solamente puede determinarse a posterior. Es más, a priori lo más probable es que se trate de un hecho que atenta contra la moral (eso es precisamente lo que lo hace un salto al vacío). Pero es a la luz de sus consecuencias futuras, o mejor dicho, a la luz de la manera como transforma incluso nuestras categorías para evaluarse a sí mismo, que ese salto puede convertirse en resultado que evaluemos como moralmente positivo en el futuro, pero no ahora. Ahora simplemente son locos. Pero a priori, nada garantiza eso. Nada garantiza, antes del salto, que voy a ser Batman o que voy a ser el Joker. Nada me garantiza que los héroes de Watchmen serán realmente defensores de la justicia, o violadores en serio / genocidas como el Comediante, pero que están del lado correcto de la ley. Es decir: aunque es cierto que la temática de los superhéroes fallados existe mucho antes de Watchmen en los comics, hay una razón por la cual el mensaje de Moore es singularmente relevante. Llega en un momento en el cual resuena culturalmente lo suficiente como para volverse un hito transformador para el medio.
Watchmen capturó algo en su momento, en su desmontaje de la imagen de los superhéroes, que tenía sentido para su momento en 1986. No hay grandes garantías de moralidad detrás de estas figuras que hemos asumido siempre que estaban dedicadas a protegernos. En la misma época, el mundo de los comics empezaría a asesinar a otros ídolos: el mismo Moore mataría a Superman por esos años en Whatever Happened To The Man Of Tomorrow?, mientras que otro asesino, Frank Miller, nos traería la visión oscura y perversa de Batman que veríamos en The Dark Knight Returns. De un momento a otro, se volvió culturalmente relevante para el comic exhibir las complejidades morales y las escalas de grises que sus personajes habían venido reprimiendo por tanto tiempo. La pregunta prácticamente entonces salta del texto: ¿qué está pasando con nuestra cultura para que dejemos de necesitar la figura de los superhéroes morales que nos protegen de los malos?
En verdad, el título es demasiado pomposo y sumamente inexacto. Estoy pensando más en la “institución educativa del futuro”, o más bien, en el “espacio educativo del futuro”, y ni siquiera eso, sino algo como el “espacio de aprendizaje del futuro”, que en verdad es en gran medida “el que deberíamos tener en el presente pero no lo tenemos”.
Osea, finalmente, el título debería ser “el espacio de aprendizaje que deberíamos tener pero no tenemos”, pero recién me di cuenta después de tipearlo, además de que es demasiado largo y muy poco marketero.
Es, además, algo sobre lo que de hecho debo haber escrito antes, porque el tema me interesa mucho. Principalmente porque en esta época estamos viendo la muerte, el colapso, o la transformación profunda de muchas instituciones que hemos asumido como dadas, casi como naturales y eso nos genera un altísimo grado de ansiedad. ¿Y ahora qué hacemos? ¿Ahora quién podrá defendernos? Y claro, con esa ansiedad todo el pánico cultural de que toda nuestra sociedad y los valores se pierden y todo se va directo al hoyo y en fin.
Uno de los lugares donde se están dando muchas de las transformaciones más interesantes es, justamente, en el ámbito de la educación y de la manera en la cual nos organizamos para educar y aprender. Pero muchos de los cambios y nuevas necesidades que empiezan a emerger están pasando un poco desapercibidos y desaprovechados, lo cual es perfectamente comprensible pero al mismo tiempo es una oportunidad desperdiciada. Digo que es perfectamente comprensible porque las instituciones que tenemos para el tema de la educación son instituciones muy antiguas, como los sistemas de educación masiva que heredamos de la Ilustración (alfabetización universal como una consigna que, en la práctica, va también de la mano con una necesidad industrial de una fuerza de trabajo capaz de operar el aparato productivo) o centros de formación y conocimiento como las universidades, que son instituciones heredadas desde la Edad Media.
Pero ahora, hay tanta información circulando de tantas maneras, que en verdad estamos aprendiendo todo el tiempo, y mucho de este aprendizaje no está pasando por estas instituciones formalmente establecidas para canalizar el conocimiento y es, incluso, sistemáticamente excluido de este diseño institucional. Al mismo tiempo, el universo de organizaciones que trabajan y manejan el conocimiento se ha ampliado, de manera que los focos centrales que antes absorbían o monopolizaban esta actividad ya no lo son más, y nunca nadie les preguntó. ¿Qué ocurre con todo el conocimiento y las investigaciones que se realizan desde el sector privado? Enormes cantidades de información que se genera y que, en muchos casos, por generarse con propósitos comerciales o relaciones con intereses comerciales son descartados como “conocimiento válido” por no surgir de un “interés científico”. Pero lo más interesante es, justamente, que cada vez más las organizaciones, incluyendo las empresas, están descubriendo la necesidad fundamental de gestionar mejor su información y su conocimiento interno y apalancarlo de tal manera que se convierta en un recurso de valor para sus actividades. Y cada vez más, también, diversas empresas reconocen que esto puede ocurrir directa o indirectamente: tiene sentido, entonces, financiar líneas de investigación aún cuando puedan no tener una utilidad rentable directa en el corto plazo, por la posibilidad y los beneficios que esto puede generar a largo plazo. Y esta es una práctica que podemos encontrar muchísimo, por ejemplo, con empresas tecnológicas, donde la posibilidad de adelantarse a las siguientes grandes transformaciones tendrá una enorme repercusión estratégica para su planificación.
Y eso es sin siquiera meternos en el enorme conjunto de problema que es pensar, por ejemplo, en los blogs. Enormes cantidades de información, de ideas interesantes, de discusiones a través de comentarios, respuestas, enlaces y demás. Pero para el establishment académico, nada de esto es, propiamente, un espacio de aprendizaje. Es decir, todo muy bonito, pero no está ni debería estar integrado en el proceso formativo, en la currícula, en la metodología, etc.
El asunto es que ahora descubrimos que aprendemos todo el tiempo, de maneras más o menos sistemáticas o estructuradas. Estamos rodeados todo el tiempo de información parcial e incompleta a partir de la cual tenemos que tomar decisiones que funcionarán mejor o peor, registrar los resultados de estas decisiones de manera que nos sirvan como referencia futura si nos encontramos en la misma situación. Así como el aprendizaje cambia también, por extensión, nuestras necesidades de un diseño institucional donde podamos contemplar todos estos más factores. Más aún, ni siquiera eso: un diseño que, simplemente, nos permita agregar y quitar factores relevantes según estos vayan cambiando. Una estructura polimórfica para la manera como nos organizamos para aprender, con la capacidad para interconectarse con otras estructuras similarmente polimórficas para el intercambio de información.
¿Tiene eso algo de sentido? Básicamente, tenemos que reconocer que, de hecho, existen ya espacios de intercambio de conocimiento con dinámicas mucho más flexibles que las que conocemos. Y que, al mismo tiempo, nuestros espacios educativos mantienen en alta estima la rigidez que, justamente, no les permite reconocer el valor de estos espacios. No es gratuito – de hecho, va de la mano con la idea de que hay un conocimiento verdadero, y que hemos confiado en estas instituciones la responsabilidad de protegerlo. Porque, de hecho, eso es lo que hemos hecho hasta ahora.
La pregunta es si estas instituciones – y estoy pensando principalmente en las universidades – serán las únicas, o las más importantes, en seguir haciendo esto en el futuro. La universidad de la era industrial es ciertamente una bestia muy diferente a la medieval: con un rol mucho más enfocado hacia alimentar el aparato productivo de una fuerza de trabajo capaz de administrarlo. Un aparato productivo, por supuesto, en gran medida industrial. Ahora que de a pocos (digo de a pocos porque en el Perú, casi nada) empezamos a movernos hacia un aparato productivo informacional, las necesidades de aprendizaje y educación cambian significativamente. Empezamos a necesitar gente que sea más efectiva en la generación y transformación del conocimiento, capaz de aprender rápidamente, procesar información, tener ideas nuevas, construir nuevos modelos y aplicarlo a casos particulares. Que es todo lo que no hacemos ahora: por ahora, nos satisfacemos con que los que aprenden sean capaces de absorber un conjunto de conocimientos establecido y estandarizado, y reproducirlo de manera exitosa. Es cierto que cada vez hay un mayor énfasis en la participación activa del que aprender, una relación mucho más personal y horizontal con el que enseña, y eso es un gran aporte. Sin embargo, a nivel organizacional, institucional, seguimos manteniendo en gran medida la misma rigidez respecto a todo el proceso de formación.
Sé que todo esto es un poco vago, así que lo dejo un poco abierto y a manera de pregunta. ¿Cómo serán las instituciones educativas del futuro? O mejor dicho, ¿cómo deberían ser los espacios de aprendizaje que deberíamos tener pero no tenemos? ¿Seguirán siendo las universidades, las bibliotecas, los colegios? ¿O será algo completamente nuevo para nosotros? ¿Cómo se conectarán en estos espacios los diferentes actores involucrados en la circulación del conocimiento? No lo sé, pero me parece un problema muy interesante para estar pensando ahora.
Este semestre estoy dictando dos cursos que puede que le resulten interesantes a las almas que deambulan por aquí. Especialmente, porque en ambos estoy haciendo un esfuerzo por construir recursos de información paralelos la curso en la web, que terminan siendo un recurso para mí también para seguir trabajando en el futuro.
En la UPC estoy dictando un curso de Sociología de la Comunicación, es decir, básicamente analizar y mapear los cambios sociales que han venido de la mano con el desarrollo de los medios de comunicación, especialmente en el último siglo. Como es comprensible, con un énfasis particular en el cambio de mentalidad que significa el paso hacia una sociedad informacional (como preferiría llamarla Castells) y la manera como ese tránsito nos está obligando a reconceptuar una serie de categorías que hemos solido interpretar de manera casi natural. El curso pretende ser un ejercicio histórico y comparativo, además de que pretende también formular un marco teórico medianamente sólido para poder tener una perspectiva del cambio mediático, el cambio tecnológico y el cambio social que resulte un poco menos ingenua. Lo chévere es que para este curso estoy armando un wiki con las notas de cada sesión, vinculándolas con los textos, agregando recursos como videos, enlaces, bibliografía complementaria, y además utilizándolo como el canal oficial para toda la información vinculada al curso. Es un trabajo bastante interesante de curación de la información que termina, además, dejando un recurso reusable que se va completando y perfeccionando con el tiempo (de hecho, lo vengo ampliando desde que dicté el curso el semestre anterior).
En la PUCP, estoy como jefe de prácticas del curso de Temas de Filosofía Moderna de Víctor Krebs. Con Víctor y el equipo de JPs (Daniel Luna y Raúl Zegarra) hemos rediseñado el curso que ya habíamos dictado hace un tiempo, renovando las lecturas e introduciendo varios autores que antes no habíamos tenido oportunidad de explorar en tanto detalle (autores como Pascal, Hobbes, Rousseau, Locke, por ejemplo) que se suman a los autores que trabajábamos antes, pero que ahora estamos intentando renovar un poco (Descartes, Kant, Marx, Kierkegaard, Nietzsche). El enfoque que queremos darle al curso, además, es intentando no sólo aproximarnos a los problemas, autores, y textos, entendiéndolos en su contexto, pero tratando también de entender cómo esos problemas se reflejan en nuestras construcciones culturales de la actualidad o en problemas que siguen abiertos en la contemporaneidad. Y, la herramienta que estamos usando en este caso es un blog del curso, que utilizamos no sólo para circular información metodológica sino también para ampliar y complementar lo que vamos discutiendo en las clases y las prácticas. Es como un anexo donde agregar más información, complementar con ejemplos y otros recursos, y donde se puede, además, ir armando una conversación permanente con los alumnos interesados. El último fin de semana, por ejemplo, colgué un post sobre el experimento conceptual del cerebro en la batea y la relación que tiene con el argumento cartesiano sobre la existencia de la realidad sensible.
Todo esto es, por supuesto, trabajo en progreso y muy experimental, viendo qué tal funciona el asunto. Pero quizás estos recursos le sean de interés a alguien. Es interesante, además, de que no se necesita ningún tipo de gran infraestructura para habilitar nada parecido – básicamente, cualquier interesado en armar algo así para un curso puede encontrar herramientas perfectamente funcionales y sencillas de usar en la web. Y, además, gratuitas: para el wiki, utilizo PBWorks que me funciona bastante bien (y es más sencillo de usar que MediaWiki), y para el blog utilizamos WordPress.com. Así que es muy fácil replicar experimentos similares.
No tuve tiempo de anunciarlo ni promocionarlo – el tiempo es cruel últimamente – pero hoy por la tarde tuve oportunidad de participar de un nuevo conversatorio organizado por el Bunka Yugo Club, un grupo de estudiantes de la PUCP. (Hace unos meses tuve también oportunidad de participar en un conversatorio sobre el anime Death Note desde una perspectiva filosófica.) Esta vez participé de un conversatorio en torno a una comparación entre la animación occidental y la animación oriental, compartiendo una mesa con Melvin Ledgard y Hernán y Héctor Sotomayor.
No soy especialista en el tema ni por asomo, incluso mucho menos de lo que me gustaría, pero lo que intenté hacer fue formular una especie de interpretación filosófico-cultural de por qué habían surgido estas dos tradiciones con significados diferentes, y sobre todo considerando que son tradiciones que se encuentran cada vez más hibridadas. Empezando por el hecho de que ambas tienen una relación muy diferente con el flujo del tiempo (y a esto le debo mucho al genial Understanding Comics de Scott McCloud) y cómo esa relación muy distinta con el manejo del tiempo abre la puerta para todo un universo de interpretaciones diferentes. La animación japonesa tiene una mucho mayor facilidad para dilatar el tiempo, para extender una escena y convertirla en un monólogo interior en el que se profundiza sobre los motivos y los objetivos de los personajes. Largos planos que se desplazan lentamente, imágenes panorámicas que duran mucho, periodos prolongados en los cuales los personajes permanecen en las mismas posturas o realizando las mismas acciones. El viento, el movimiento de las hojas. Y, también, en gran medida, el uso del silencio como un recurso que permite también dilatar esta experiencia subjetiva del tiempo.
Este capítulo de Neon Genesis Evangelion, “El dilema del erizo”, me parece un excelente ejemplo de la manera como la animación japonesa puede realizar un excelente uso de esta dilatación del tiempo (observen, por ejemplo, la escena del tren):
En cambio, la tradición de animación occidental, especialmente la estadounidense (y, como bien puntualizó Melvin Ledgard, en especial la tradición televisiva a partir de los años sesenta), se concentró más bien en rellenar lo más posible el segmento de tiempo disponible con cosas que pasaban en la pantalla, sin dejar ningún tipo de espacio abierto, de tiempo dilatado en el cual el usuario pudiera introducirse para extraer sus propias interpretaciones de lo que estaba observando. Esto va de la mano con otra característica que me pareció resaltante, que es la claridad moral de la tradición occidental: pensando, por ejemplo, en los sumamente mercantilizados dibujos animados para niños de los ochentas, como G.I. Joe, He-Man, Transformers, o Thundercats, entre muchos otros, es en términos morales sumamente claro quiénes son los buenos y quiénes son los malos. Está determinado de antemano a favor de quién deben estar los niños, y por extensión el juguete de qué personaje debe ser ligeramente más caro. Pero esto hace que todos estos dibujos animados terminen siendo, realmente, poco interesantes en términos morales, porque no hay ningún tipo de ambigüedad que negociar, no hay áreas grises como las que sí, por ejemplo, se empezaron a negociar cada vez más en el ámbito del cómic. Me parece, como hipótesis sumamente suelta, que al mismo tiempo el dibujo animado empieza a quedar desfasado de un contexto cultural que se vuelve cada vez más moralmente problemático en términos de escalas de grises vs. blancos y negros, lo cual hace que la figura del dibujo animado hacia finales de los ochentas empiece a parecer un tanto gastada y obsoleta, incapaz de reinventarse a sí misma.
Dos cosas ocurren aquí que me resultan interesantes. La primera es el espacio de interpretación de la animación como una forma de arte, de expresividad. Yo creo, al igual que con el cómic, que negarle esta posibilidad es simplemente una obstinación basada en la costumbre de que algunas cosas son arte, y alguna no. Y creo, además, que se pierde mucho espacio de interpretación y valoración del contenido y el estilo de muchas de estas obras cuando les negamos, de entrada, la posibilidad de ser también formas de expresión artística en sus propios términos y cánones. El juego con el tiempo que hace la animación oriental no me parece poca cosa aquí, porque creo que es justamente allí donde se introducen esos espacios para que, valga la redundancia, el espectador pueda introducirse y apropiarse de la obra y del texto. No digo que, sin eso, no se pueda, o que introduciendo eso automáticamente esto ocurra, pero creo que la animación oriental ha tenido una mayor afinidad hacia la transgresión de la comodidad del espectador que la animación occidental, que probablemente se encontró, en su mayoría, condicionada por cuestiones comerciales antes que creativas. La polémica, sin embargo, parece haberse dado sólo, o principalmente, con la animación occidental, pues en Japón la comprensión de la animación como una experiencia expresiva más compleja parece haber acompañado el desarrollo del formato del anime.
Lo segundo es que, alrededor de la misma época, se empieza a dar una influencia cada vez más grande de la animación oriental sobre la occidental, y una mayor cantidad de puntos de encuentro. Un público cada vez más amplio empieza a consumir animación oriental conforme Internet empieza a hacer posible acceder a recursos, información y contenidos de esa tradición, de una manera que antes no era posible. Al mismo tiempo, creadores y productores empiezan a encontrar en los elementos de la tradición oriental todo aquello que no encontraban en los dibujos animados que tenían a la mano, y a partir de allí se empiezan a realizar todo tipo de intercambios e influencias entre ambas tradiciones, generando una nueva camada de dibujos animados que resalta no sólo por su diferencia estilística frente a la generación anterior, sino también por su nueva diversidad temática y por su interesante complejidad o ambigüedad moral. No necesariamente porque los personajes se vuelvan amorales o moralmente problemáticos, sino porque la simple distinción entre bien y mal de manera llana se empieza a desvanecer. O lo que fue mi conclusión favorita: Bob Esponja está más allá del bien y del mal.
Creo que la obra de Genndy Tartakovsky es un muy buen ejemplo de esta línea híbrida. No sólo porque estilísticamente su estilo está muy claramente influenciado por la animación japonesa (como en Samurai Jack, o en Clone Wars), sino también porque los diferentes dibujos animados con los que está involucrado reflejan un salto conceptual muy distinto a generaciones anteriores, y son quizás algunos de los que encuentro más conceptualmente interesantes. Entre ellos están, por ejemplo, Dos perros tontos, Las chicas superpoderosas, o El laboratorio de Dexter (además, por supuesto, de los ya mencionados Samurai Jack y Clone Wars). Este clip de Clone Wars, por ejemplo, me parece que resulta ilustrativo del estilo híbrido de Tartakovsky:
Difícilmente se agota aquí el asunto, y es más, ni siquiera creo haber terminado de explicar plenamente algunas de las ideas que quise introducir esta tarde. Incluso es pertinente, también, complicar bastante el panorama por el lado de la tradición de animación occidental que puede analizarse de maneras sumamente interesantes. Pero, sirva esto como referencia para seguir conversando, sobre todo en lo que respecta a la complejidad y ambigüedad moral, pues es algo sobre lo que quiero volver para mi ponencia sobre Watchmen en el simposio de filosofía que se viene.






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