You are currently browsing the category archive for the 'Filosofía' category.
Estoy en uno de esos momentos hipomaniacos (los lectores que vuelvan con cierta regularidad podrán reconocer estos episodios por las retahílas de 3-4 posts en línea, un poco erráticos y un tanto incoherentes). Y se me ocurre que habría que cambiar un poco todo.
<– Esta descripción del blog la verdad que ya no me gusta. No siento que refleje bien lo que quiero hacer (pero tampoco sé bien que es eso).
Ayer me pasaron un enlace a un grupo de Facebook donde escolares nice en su racismo se reunían a autocomplacerse de lo chéveres que eran por estar en Facebook. Corroborando una vez más lo que creía Einstein, la diferencia entre la genialidad y la estupidez humana es que la genialidad tiene límites.
A veces uno no puede evitar pensar que hay cosas demasiado mal con el mundo y que no estaría demás tratar de hacer algo para al menos no sea así tanto, ¿no?
Como quien no quiere la cosa.
No importa. La obsesión por hacer las cosas perfectamente nos lleva simplemente a no hacer nada.
¿Eso quiere decir que debemos conformanos con cualquier cosa, no tener estándares ni criterios y lanzar películas malas como si fuérmos Hollywood?
No, sólo quiere decir que deberíamos estar más dispuestos a correr riesgos, a hacer huevadas, con la esperanza de que alguna funcione (definir trends, diría un amigo mío).
Ensayo y error, ensayo y error, corregir, mejorar, siguiente ensayo, siguiente error. Yo prefiero ese método, la verdad, por lo menos me resulta un tanto más divertido. (Pero claro, no puedo ser sino un inconsecuente que con bastante frecuencia olvida lo que pregona y se detiene a esperar la claridad.)
Hace un tiempo con unos amigos empezamos un proyecto bizarro, como todos, que llamamos el Dodecaedro de Estudios Estéticos. El objetivo era, de manera un poco interdisciplinaria (un par de filósofos, un par de historiadores del arte, un psicólogo) profundizar un poco en los problemas del arte y de la estética, desde nuestras diversas perspectivas, un poco al mismo tiempo empapándonos en una serie de conceptos nuevos.
Tuvimos resultados interesantes mientras los tuvimos, incluyendo un poco de Lacan, lecturas del arte como producto cultural en la sociedad de masas, y demás. Pero lamentablemente, el tiempo, las obligaciones, y demás avatares de la vida posmoderna nos obligaron a silenciosamente dejar las cosas a medias.
Ahora el Dodecaedro ha resuscitado, en una nueva encarnación como Dodecaedro de Estudios Artísticos y un modelo más virtual. Aún no me queda claro el modelo, pero igual me resulta divertido. Creo que participar del nuevo Dodecaedro me brindará un espacio para formular una serie de preguntas más específicas en torno a una serie de cosas: conceptos de arte hoy, de reinterpretación y participación por parte de la audiencia, de cómo entender la crítica y la curaduría, en fin, tratar de enmarcar una serie de problemas que surgen hoy en mi línea de interés entendiendo al arte dentro de entramados más amplios de lenguaje y de cultura, o de producción y consumo de signos como diría Baudrillard.
Aún no hay nada que mostrar en el Dodecaedro, pero los invito a visitar, conocer y en la medida de lo posible participar. Para mí todo esto son conceptos nuevos, más aún porque se trata de ideas y categorías que están ahorita, como tantas otras, en plena maleabilidad. Rodrigo Sarmiento, uno de los participantes del proyecto, ha publicado un manifiesto que más o menos delinea algunas de las intenciones que tenemos hasta ahora, y que deja ver muchas de nuestras confusiones también. Por algún lado teníamos que empezar, ¿no?
Hace un par de días me gradué. C’est finis. Y como no me he cansado de repetir, me siento expulsado al “desierto de lo real”, por ponerlo de alguna manera. Obviamente, no se trata sino de la consagración simbólica de algo que fácticamente había ya sucedido mucho antes -la expulsión al mundo real con todos los problemas que eso conlleva- pero también es cierto que, como consagración simbólica, arrastra una carga psicológica mucho mayor al hecho mismo.
Pero la diatriba de hoy no es en torno a mi graduación, al menos no propiamente, sino que va más por el lado de la carga psicológica (y, por supuesto, mis propios conflictos y complejos personales). Mi diatriba va, más bien, por el lado de tratar de entender cuál es mi propio papel en el gran esquema de las cosas, qué rol juego o quiero jugar, y qué tanto lo consigo. Es decir, como busco plantear la pregunta, ¿se supone que soy un académico? Perdónenme si por momentos suena a que peco de pretensión o soberbia, mis preguntas van más bien por el lado de a qué estructura me pliego. Una vez que dejo de ser un estudiante, que soy algo así como un “filósofo” casi profesional, ¿entonces qué se supone que soy? (Y qué quiero ser.)
Hay varias cosas que me molestan del discurso académico, y varias otras cosas que me molestan de la filosofía. Hasta ahora, mal que bien, busco la manera de lidiar con ambas cosas, y este blog ha servido mucho para ello. Mi aproximación a la filosofía surgió por un interés muy fuerte por conseguir herramientas que me permitieran mejor plantear una serie de problemas contemporáneos que veía en el aire. En el camino no me encontré, quizás, con mucho espacio en el cual trabajar estos problemas -los problemas que vengo discutiendo en este blog hace ya buen tiempo-, pero sí con mucho espacio potencial por abrir y muchas herramientas útiles e interesantes para hacerlo. Pero al hacerlo suelo encontrarme con problemas muy similares.
En primer lugar, el conflicto interno que surge, y en gran medida inspirado externamente, por creer que aquellas cosas que quiero hacer, o la manera como quiero hacerlas, no son propiamente algo que se llamaría “filosofía”. Además, el saber o creer que muchas de las personas que sí hacen algo de lo que se llamaría “filosofía” (sea como “contemplación intelectual de los grandes problemas que afectan al ser” o cualquiera de sus variaciones) consideran que lo que hago o me interesa rankea en una escala que va de lo inútil a lo peligroso. Pero es que simplemente mi visión personal de lo que la filosofía es, puede o debe ser, parte de una cuestión diferente y con objetivos patentemente diferentes. Y sin embargo, inevitablemente esta forma de consideración entra en juego cuando trato de entender en qué lugar del aparato me encuentro.
En segundo lugar, porque el lenguaje y la conversación que quiero mantener escapa de las fronteras del discurso académico, y es en gran medida uno de mis objetivos el conseguir llevar el discurso filosófico y sus preocupaciones a un publico más amplio, menos técnico, y abrirle para ese público un espacio de participación. Lo cual de nuevo puede rankearse en una escala que va de lo inútil a lo peligroso. El discurso académico se caracteriza por ser un discurso casi hermético, en una sola dirección, con canales claramente definidos y legitimados para el diálogo y la interacción, y las diversas maneras como estos canales se están viendo subvertidos están creando todo tipo de inconsistencias y preocupaciones. Lo divertido es que estas inconsistencias y preocupaciones me parecen chéveres, por mí no hay problema. Y es por eso que busco un lenguaje y un proceso que llegue más lejos, que sea más público y que consiga un interés más amplio que el espectro estrictamente académico.
Entonces, ¿soy un académico? ¿Un académico wannabe, o lo que fuera? ¿Qué diablos se supone que soy ahora?
La naturaleza, o por lo menos mucho de ella, de los temas que me interesan tiene muchos puntos de conexión y de entronque con una preocupación social y política. Es por eso mismo que considero que discutirlos requiere de una apertura más amplia a la participación de gente (1) que participe de tradiciones y comunidades académicas diferentes a la filosofía, y (2) que podría incluso no estar familiarizada con la dimensión teórica, conceptual del debate sobre estos temas. La experiencia de llevar adelante este blog y compartir ideas a través de él ha sido una experiencia sumamente gratificante en ese sentido: porque me ha permitido ponerme en contacto con gente que viene desde otros lugares, desde otros referentes, y buscar la manera de establecer un diálogo con ellos.
Es una experiencia complicada, pero interesante. De hecho, muchas de las personas con las que me he comunicado a partir del blog no son necesariamente de un background filosófico, o de un entorno académico. Pero eso no quita que tengan opiniones relevantes e interesantes que compartir, y son siempre bienvenidas. Justo ahora, que nuestros criterios y conceptos de identidad y de autoridad medio que vienen colapsando, y que las referencias tradicionales que hemos utilizado para demarcar lo que es conocimiento de lo que no se ponen en cuestión, se hace pertinente abrir la discusión a todos los involucrados.
No sólo eso, sino que además, sí considero importante que, desde lo académico, se toma una postura un poco más proactiva hacia la comunicación. Los debates académicos, que frecuentemente son iluminadores y enriquecedores de lo que puede ser nuestra experiencia cotidiana, lamentablemente se suelen quedar dentro de los salones y los claustros universitarios, y el conocimiento y las ideas que allí se generan difícilmente permean hacia sectores más amplios de la población. Un poco el rollo de democratizar el conocimiento va también por ahí, de realizar un esfuerzo por decir las cosas en un lenguaje que no excluya a todos aquellos que no se han formado en la misma tradición académica, y que permita así que más personas, de diferentes comunidades y antecedentes, pueda participar de la discusión. Pero claro, esto sólo tiene sentido en la medida en que abandonemos un paradigma según el cual la autoridad en el conocimiento es algo cerrado, aportado por una dedicación exclusiva de años y la legitimidad que brinda la pertenencia a una comunidad legitimadora.
Más bien, hoy día nos volvemos expertos en millones de temas de maneras mucho más cotidianas, mucho más accesibles, pero que al mismo tiempo nos brindan las herramientas para participar, compartir, debatir, llegar a acuerdos y demás, sobre muchos temas que nos atañen de un modo personal y directo, sobre todo en los órdenes social y político. Entonces creo que el espacio para lo académico debe también verse modificado, ampliarse, abrirse e incluir un poco más de participación, e incluso hacia adentro reconcebirse para favorecer el intercambio y la colaboración entre sus miembros.
Entonces, en toda esa medida, considero que el discurso académico, la manera cómo trabajamos el desarrollo del conocimiento, y la manera como hacemos y sobre todo comunicamos y presentamos la filosofía, deben transformarse de muchas maneras. No quiero decir que eso signifique reemplazar todas las maneras que usamos ahora -de hecho, muchas de ellas sirven perfectamente bien a su propósito actual-. Sólo digo que podemos ampliar el espectro de esos propósitos, y que tenemos una cierta obligación de hacerlo dadas las condiciones actuales del mundo. Tenemos que desarrollar nuevas herramientas y nuevas maneras de pensar para poder comprender con mediana plenitud los problemas que enfrentamos hoy día. Y eso implica también, antropológicamente, que debemos jugar con la manera como nos comportamos como comunidad académica si queremos realmente formar parte de la discusión sobre estos problemas.
Finalmente, esto no me aclara en ninguna medida a qué tipo de comunidad pertenezco, si lo hago a alguna. Pero me permite mapear con un poco más de claridad las tensiones que siento y reconozco y de las cuales en mayor o menor medida formo parte diariamente, en la medida en que siento que no existen espacios para ciertas cosas, pero existe el potencial para inaugurar la discusión sobre una serie de cosas. Quizás, porque también podría simplemente ser mi obstinación de querer reconciliar cosas irreconciliables.
Algunas ideas sueltas.
Al parecer, una universidad rusa ha sido cerrada por investigar el fraude electoral. Rusia ha venido decayendo más y más en una espiral de totalitarismo durante el gobierno de Putin, controlando medios de comunicación, partidos políticos, elecciones, y ahora también la educación superior. Básicamente, en Rusia ya no existen libertades y el Estado ha centralizado el control y el poder de manera draconiana.
No es tampoco secreto lo que ocurre en EEUU. Bajo la égida de la seguridad nacional, incontables violaciones a los derechos de sus ciudadanos se vienen registrando, incluyendo detenciones injustificadas, interrogatorios con métodos cuestionables, etc. Ahora cualquiera puede ser acusado de terrorismo y desaparecido del mundo sin que nadie pueda protestar, y en gran medida ya no existen tampoco libertades. El Estado ha centralizado el control y el poder de una manera draconiana, y ha dejado de representar los intereses del pueblo para hacerlo con los de los grandes intereses corporativos.
En el Perú, mañana tendremos la “suerte” de leer “El Perro del Hortelano III”, la tercera entrega en la saga del presidente García sobre cómo “sólo la inversión privada salvará al Perú”. Los grandes capitales extranjeros tienen la puerta abierta para hacer lo que quieran, aunque eso signifique atropellar e ignorar los derechos de enormes cantidades de personas. Todos los que se opongan o cuestionen esta receta son perros del hortelano en el mejor de los casos, llegando a ser ignorantes, terroristas, saboteadores, y demás adjetivos. La oposición es incapaz de articular un discurso coherente de resistencia, mientra que la represión se incrementa alrededor del país, sobre todo lejos del ojo público de la capital. Con todo esto, dejan de existir una serie de libertades, y el Estado ha centralizado el control y el poder de una manera draconiana.
¿Soy el único que empieza a notar un patrón?
Ahora, todo esto me preocupa porque no sé qué se puede hacer, o si se puede hacer algo realmente. Los mecanismos de control y supervisión existentes en manos de gobiernos con intenciones totalitarias o totalizantes son virtualmente infinitos e insondables, y es difícil pensar en qué podríamos organizar de modo que pudiera revertirse y eliminarse esta tendencia autoritaria. Todo se hace en nombre de la seguridad, del desarrollo, pero son sólo grandes pretextos para controlar a mayores y mayores segmentos de la población. ¿Por qué? ¿Cuál es el objetivo del control? ¿A quién le favorece, quién lo dirige?
¿Y qué podemos hacer para detenerlo?
Cierto, se necesita una ciudadanía activa, pero en una época en que el Estado no promoverá ninguna ciudadanía por considerarla una amenaza. Al mismo tiempo que los propios ciudadanos no parecen mostrar mayor interés en ser ciudadanos activos, sino que parecen estar contentos delegando funciones, seguridades y libertades a Estados omnipotentes o omnisapientes.
Pero debe haber alguna posibilidad de algo que pueda hacerse, o por lo menos que pueda intentarse. Algo que se cuele por entre los puntos débiles, por los eslabones menos sólidos de la cadena, y logre difundirse y diseminarse de tal manera que se vuelva un fenómeno cultural. Al mismo tiempo, pareciera ser que el mecanimo que mejor ha servido para este tipo de diseminaciones ha sido el mercado y si enorme capacidad para distribuir ideas y productos. Pero al mismo tiempo, el mercado mismo genera toda esta serie de daños colaterales como una suerte de esfuerzo orgánico por defenderse, preservarse y extenderse.
El mercado, de alguna manera, es el medio que tiene que transmitir su propia muerte (algo sí como al decir “the revolution will not be televised”).
Es decir, no se trata solamente de preguntarnos “¿cómo nos defendemos?”, porque eso es medianamente fácil: simplemente uno evita crear problemas y cruza los dedos. El asunto es, más bien, cómo movilizamos a la ciudadanía para involucrarse activamente e impedir que este tipo de cosas sigan ocurriendo. ¿Cómo difundimos la idea de que esto debe detenerse, de que puede detenerse, e incorporamos a aquellos interesados a adoptar cursos de acción accesibles que nos lleven a tal desenlace?
No tengo idea, pero me está perturbando un montón ahorita.
Desde hace poco más de medio año, vengo trabajando en una asociación internacional de emprendedores sociales, Ashoka. Mi trabajo ha consistido principalmente en habilitar y lanzar el sitio web de Ashoka para Perú, así como de lanzar y actualizar el nuevo blog de Ashoka para Perú. La experiencia ha sido sumamente interesante por todo lo que he podido aprender -no sólo desde un punto de vista técnico, sino también desde un punto de vista conceptual-. Pues dos de los conceptos sumamente valiosos en los cuales he podido profundizar son el emprendimiento y la innovación como categorías de conducta y acción humana que rompen con los patrones de lo conocido e introducen algo fundamentalmente inesperado en el tejido social, y en la misma medida, generan resultados totalmente impredecibles.
Los Emprendedores Sociales de Ashoka son individuos con ideas innovadoras que generan cambios profundos, que transforman integralmente la manera como las personas a su alrededor se comportan frente a problemas sociales apremiantes. Pero la categoría de lo innovador encierra una serie de matices paradójicos: pues en la introducción de lo desconocido en el ámbito de lo conocido, la reacción del cuerpo social inevitablemente será uan de rechazo. El status quo tiene siempre una mayor facilidad para seguir siendo lo que es, y entonces, introducir algo nuevo a la conducta de la gente se vuelve lo que J.L. Austin llamaría “salirse con la suya”.
Desde hace un par de semanas, además, he estado viendo los DVDs de la primera temporada de Heroes. Más allá de que la historia es excelente -pero no me cuenten nada porque aún estoy como a la mitad-, no pude evitar encontrarle un paralelo con todo esto. Las historias de los personajes de Heroes son historias de personajes con ideas descabelladas, fuera de lo común, completamente inaceptables para el cuerpo social ordinario, en condiciones normales. La historia de Peter Petrelli, por ejemplo, es la historia de un individuo que siente o quiere sentir que él está destinado a una misión más importante que una vida ordinaria. Siente una suerte de llamado a hacer algo más, a cumplir con una misión de salvar el mundo. Pero visto desde un punto de vista externo, el sujeto está completamente loco. ¿Quieres salvar el mundo? ¿Sientes una misión, un llamado? Eso no tiene ningún sentido, cuando se le contempla desde el punto de vista ordinario, cotidiano de las cosas. Y sin embargo, podría tener razón, y podría haber algo más detrás de su historia.
Más allá de los emprendedores sociales, o de los héroes, nos enfrentamos con un problema similar cada vez que pensamos en la manera de introducir algo nuevo. Cuando buscamos innovar, cuando buscamos crear, cuando buscamos introducir algo que inevitablemente cambie la manera como son las cosas, nos chocamos con un límite, un velo de la ignorancia, más allá del cual no podemos tener mayor idea de lo que pasará. Es cierto, disponemos de muchas herramientas que nos permiten construir escenarios posibles, visualizar qué es lo más probable que suceda. Pero los efectos reales son inconmensurables. Más aún, la idea de introducir algo nuevo y que funcione, que realmente consiga los resultados esperados, es una idea necesariamente descabellada. Quizás coincidencialmente, un nuevo libro sobre emprendedores sociales recientemente lanzado se titula “The Power of Unreasonable People“, o el poder de la gente irracional, porque para desarrollar el compromiso que un cambio de esta envergadura requiere es necesario que uno esté dispuesto a escapar por un momento de los límites que impone la racionalidad y que le dicen que no se puede hacer. Visto fríamente, las ideas innovadoras no pueden entenderse a partir de los marcos conocidos. Solamente en retrospectiva es que pueden coger sentido, y sólo mirando hacia atrás podremos luego ver si realmente funcionaron o no.
Todo esto conecta de múltiples maneras, y se hilvana de manera importante con el tema del compromiso, con las ideas y con la identidad. Hoy más temprano publiqué un post en Invasiones Bárbaras sobre la manera como hemos desarrollado una cultura de lo light que limita nuestra capacidad para comprometernos. Y al mismo tiempo, nuestra situación actual en el planeta nos exige soluciones que se nos plantean como saltos en gran medida irracionales. Las soluciones a nuestros problemas están más allá del marco bajo el cual los problemas se formularon, y el salto cualitativo que nos lleva de un punto al otro es un poco inexplicable, es algo así como una condición emergente. Estas supuestas soluciones bien podrían ser contraproducentes, terribles, fallidas, pero son todo lo que tenemos, en la medida en que representan una apuesta por una posibilidad, cuyo resultado es impredecible (o no sería una apuesta). No obstante, si queremos tener la posibilidad de obtener resultados positivos, no podemos sino aceptar un poco fatalistamente la posibilidad de obtener resultados negativos. Es parte de la apuesta.
Principios similares animan el empuje de aquellas personas que lanzan iniciativas, que forman empresas, que atacan problemas sociales, que proponen nuevas ideas, que desafían el canon y el status quo, incluso de aquellos personajes que sueñan con tener una misión de salvar el mundo, o con que pueden volar. Es difícil negar el poder de lo innovador, porque de él hemos visto surgir las grandes novedades que transformaron nuestra cultura. Pero por cada gran transformación hay cuartos llenos de transformaciones fallidas, transformaciones menores, y que al mismo tiempo no pueden ser sino estructuralmente necesarias para que alguna de ellas funciones -además de ser el necesario catálogo de experiencias previas de las que aprendemos-. Aún así, el salto que da un individuo o un grupo, cuando ven algo en el mundo que no los convence, o que podría ser mejor, y se les ocurre la manera como podrían mejorarlo, es un salto que se hace, en mayor o menor medida, más allá de los límites de la racional o perfectamente delimitable. Es, justamente, la lógica de la inversión, la idea de que en cualquier momento dado tenemos la posibilidad de romper con todo lo que consideramos medianamente fijo ante la posibilidad de poder conseguir algo mejor.
Un poco de publicidad.
Primero, el comercial pegajoso que me ha tenido hablando de él todo el día.
Sí, ya me enteré de que este comercial parece ser simplemente una copia de uno de otra compañía en otro país. Eso no es importante ahora. El asunto es que este comercial me llevó a otros dos comerciales que había visto antes, y que me fascinaron absolutamente.
El primero es de Quilmes para la campaña del mundial de fútbol 2006 en Argentina.
El segundo también es de Quilmes, y también para la misma campaña, pero en el 2002.
¿Por qué me importan estos comerciales? Porque hoy que mucha de nuestra cultura… toda nuestra cultura… se construye a través de los medios de comunicación, la publicidad ejerce un rol determinante en este proceso. No sólo la publicidad, sino el hecho mismo del consumo y de las elecciones que hacemos al escoger los productos que compramos y las marcas que utilizamos, ejercen una influencia en la manera como construimos nuestras identidades individuales y colectivas.
Estos comerciales me parecen un ejemplo claro, de marcas y conceptos que no sólo se aprovechan de un sentimiento popular arraigado, sino que lo crean, lo transforman, son parte del propio zeitgeist y por eso no es ilegítimo que lo hagan. Es la misma razón por la cual Wong antes hacía el corso de fiestas patrias, y ya no puede hacerlo: Wong se había ganado la legitimidad de hacerlo, se había vuelto parte de la cultura, y cuando la compañía cambió de manos, los nuevos dueños no habían recibido nuestra confianza colectiva como para poder arrogarse ese derecho.
Últimamente he estado pensando mucho en esto y en desarrollar un poco más a profundidad estas ideas, y la manera como los medios y sus lenguajes están articulándose en la construcción de discursos, de narrativas y en última instancia de identidades. Nuestras identidades son finalmente narraciones de lo que somos y de quienes somos, y por eso en función a la manera como contamos nuestras historias encontraremos también las maneras como armamos nuestras identidades. De allí que debamos volver también a la publicidad para entender, con un poco más de claridad, por qué creemos que somos quienes somos.
Hay múltiples interpretaciones que pueden hacerse de la respuesta última a la vida, el universo, y todo lo que existe -todas las cuales son apócrifas y alejadas de las intenciones de Douglas Adams, pero no por eso menos interesantes. Para los que no lo saben (y si no quieren saberlo, no lean esto), la respuesta es 42 (selecciona el texto para descubrirlo). Claro, la respuesta no tuvo mucho sentido hasta que se supo con mediana claridad cuál era la pregunta: “¿Qué obtienes cuando multiplicas 6 por 9?”. Ahora, el lector acucioso habrá percibido que la respuesta, y la pregunta, no parecen cuadrar. Y en ello radica justamente lo interesante del asunto.
Todo esto se encuentra en la formidable saga de Douglas Adams, The Hitchhiker’s Guide to the Galaxy, trilogía en cinco partes en la cual se resume toda la sabiduría del universo. A través de la saga, el personaje de Arthur Dent se ve expuesto a circunstancias totalmente absurdas e inverosímiles, desde la primera página cuando el gobierno quiere demoler su casa para constuir una carretera, pasando por la segunda cuando los Vogons quieren destruir la Tierra para construir una carretera intergaláctica, y huyendo del planeta para salvarse con su amigo Ford Prefect, vestido en su bata de noche a través del universo. Es, sin lugar a dudas, uno de los puntos álgidos de la cultura occidental.
Y la pregunta y respuesta al sentido de la vida y del universo no tienen ningún sentido. Creo que ése es justamente el sentido que se puede extraer de ello: que no existe tal cosa como una respuesta a la vida, o un sentido pleno del universo. O que es una de esas cosas por las cuales no tiene sentido preocuparse demasiado:
“Quiero decir, sí, idealismo, sí, la distinción de la investigación pura, sí, la búsqueda de la verdad en todas sus formas, pero uno llega al punto donde me temo que empieza a sospechar que si existe alguna verdad real es que la infinidad multidimensional del Universo entero es administrado por un montón de maniáticos; y si se reduce a escoger entre pasar otros diez millones de años descubriendo eso o, por otro lado, tomar el dinero y correr, pues a mí personalmente me vendría bien el ejercicio.”
Cuando uno hace las paces con la idea de que el universo es fundamentalmente absurdo, empieza a sentir cómo un enorme peso le es retirado de los hombres. Deja de buscar por leyes inexorables, o grandes respuestas o grandes sentidos que le den unidad a todo. El hecho de que los haya o no deja de ser importante, y se vuelve más interesante lo que hacemos en el camino. El poder y el valor del absurdo es algo que subestimamos o despreciamos con frecuencia y con facilidad; pero en realidad, es una de las cosas más interesantes que hay. Según la Guía, el problema radica en que la respuesta a la pregunta y la pregunta no pueden existir al mismo tiempo dentro del mismo universo: existe una teoría que dice que en el momento en que alguien dentro del universo conozca ambas, el universo colapsará sobre sí mismo, desaparecerá y será reemplazado por uno nuevo de mayor complejidad. Existe una segunda teoría que dice que esto ya ha pasado. (Existe una tercera teoría que dice que las primeras dos teorías son invenciones de los distribuidores de la Guía para promover la idea de un universo incierto, elevando sus ventas.)
Lo importante no me es, particularmente, lo que el universo sea, o si podemos llegar a alcanzar sus sentidos últimos, o lo que fuera. Lo más interesante es que no importa: podemos creer que es 42 y vivir con eso tranquilamente (como lo hacemos con muchas otras cosas), porque encerramos la esperanza de que si conociéramos el sentido de la vida eso tendría algún tipo de repercusión importante sobre nuestras vidas cotidianas. Porque, peor aún, suponemos que si la vida tuviera un sentido, resultaría ser algo bastante cercano a la vida como la vivimos (de lo contrario no la viviríamos para empezar). Y así se nos pasa la vida esperando y buscando -lo cual de por sí no tiene nada de malo, hasta que empezamos a suspender el efectivamente vivirla en función a objetivos más allá de esta dimensión-.
La vida no tiene ningún sentido último, y si lo tiene, en realidad tampoco importa. Lo más probable es que se trate en el fondo de una contradicción absurda, algo trivial, irrelevante, estrictamente contingente, como el 42. En realidad es bastante indiferente; algo así como el objeto de deseo que nos mueve, y la manera como puede ser cualquier cosa, y no es que sea cualquier cosa antes de nosotros, sino que la cosa que pasa a ser nuestro objeto de deseo es puesta por nosotros allí. En su búsqueda misma esta su constitución, y de la misma manera con el 42, y las grandes respuestas al universo y la vida y todo lo que existe, son grandes absurdos contingentes que nosotros ponemos allí. Enormemente divertidos, definitivamente, pero precisamente creo que lo mejor es tomarlos con buena onda y divertirse con ellos, en lugar de angustiarse esperando que la revelación de sus verdades hará por fin que todo cuadre en su lugar.
Había muchas cosas sobre las que quería comentar hoy para las que no me quedó el tiempo.
Pero quería por lo menos dejar este video al cual llegué por un post en el blog de Chris Garrett sobre el futuro de las narraciones. Lo que estos sujetos han hecho es impresionante, y probablemente sí refleje la manera como las herramientas tecnológicas nos permiten hoy liberar capacidades creativas que antes habrían sido imposibles, por lo menos sin presupuestos millonarios.
Claro, la barrera de entrada sigue siendo alta, no hay que ser ilusos. Lo interesante no está tanto en la complejidad técnica, sino en las implicaciones sociales respecto a quién tiene la posibilidad de expresarse, de narrar historias, y con qué medios cuenta para hacerlo. No todos podemos hacer una recreación del desembarco en Normadía. Aún con ello, en principio, más personas (o menos, según como quieran verlo) pueden hacerlo hoy que hace diez años. De la misma manera que más personas encuentran hoy canales accesibles para expresar el mensaje que mejor les parezca.
Dialéctica del señor y el siervo, si quieren, surgimiento de la autoconciencia, lo que sea. Lo interesante es la manera como esto nos hace repensar las historias que nos contamos a nosotros mismos, de nosotros mismos, y demás. En la medida en que ya no me tienen que contar la historia bajo la cual interpreto mi vida, sino que puedo escribirla, expresarla yo mismo. ¿El auge del microrrelato? No lo sé.
En algún momento, en mi blog anterior, esbocé algunas ideas sobre la relevancia que los videojuegos cobran en nuestra construcción de la cultura. Pero ahora, leyendo un post reciente en el blog de Henry Jenkins, me doy cuenta de cuán esbozos eran esas ideas. Jenkins relata su experiencia respecto a juegos de video y responsabilidad social a partir de una conferencia reciente en Shanghai, y toca una serie de puntos sumamente interesantes que nos permiten profundizar en gran medida la manera como interpretamos los videojuegos.
Hay una serie de elementos sumamente interesantes en la cultura oriental y cómo están asimilando la cultura de los videojuegos: sobre todo en el enfoque en que parecen estar incorporando respecto a lo que significan en términos de responsabilidad social. Por muchas razones, pero quizás las que me resultaron más interesantes fueron dos. En primer lugar, porque en la medida en que los jóvenes pasan más y más tiempo jugando estos juegos, se vuelve importante pensar respecto al contenido que están jugando. Pero, según explica Jenkins, los chinos no ven esto en términos de eliminar el sexo o la violencia de los juegos (preocupaciones exacerbadas de los estadounidenses), sino por el aspecto positivo de cómo reforzar valores y elementos culturales positivos a través de los juegos.
La otra razón interesante es algo sobre lo que esbozadamente he comentado antes: precisamente en la medida en que, por medio de los videojuegos, ejercemos procesos de aculturación, los juegos que jugamos nos acostumbran a una serie de referentes culturales que bien pueden no ser los nuestros. Es más, definitivamente no son los nuestros. Esto preocupa tanto más a la cerrada cultura política china, y su relación amor/odio con Occidente: en la medida en que buscan limitar o paliar la influencia cultural occidental sobre los niños y los jóvenes, existe un impulso para contrarrestar esta influencia creando videojuegos locales con contenidos locales y elementos culturales locales.
Este tipo de reflexiones muestran con claridad la profundidad que podemos alcanzar al detenernos a pensar un poco respecto a una nueva forma cultural y de socialización como son los videojuegos. En el Perú estamos aún muy lejos de esto, y en general en todo el hemisferio, en términos generales, seguimos pensando en el tema de una manera muy limitada: pensando simplemente cosas como adicción a los videojuegos, las influencias negativas de la violencia, y demás lugares comunes que suelen denunciarse en la televisión y artículos periodísticos que sin embargo no hacen más que rozar la superficie. (Vale la pena mencionar aquí uno de los pocos trabajos excepcionales sobre este tema que conozco: Videojuegos, o los compañeros virtuales, una investigación de María Teresa Quiroz y Ana Rosa Tealdo publicada por la Universidad de Lima en 1996 -la ignorancia me impide referir a trabajos locales más recientes.)
La importancia que pueden cobrar los videojuegos está lentamente siendo reconocida en sus dimensiones reales, más allá del velo de ignorancia sobre el cual suelen estar sumidas las reflexiones sobre el tema. El factor más interesante que puede encontrarse en ellos como medio es el hecho de que involucran directamente al jugador: en lugar de convertirlo en el simple espectador de una historia, incapaz de ejercer mayor influencia en la manera como se desenvuelve, los videojuegos permiten al jugador ser un espectador activo, un personaje, un protagonista. Las dimensiones psicológicas que esto introduce se traducen en un alto grado de vinculación o involucramiento. Donde unos ven a niños o jóvenes ensimismados, estupidizados, otros encuentran el potencial para un medio con tal grado de involucramiento para reforzar procesos formativos y educativos. En la medida en que los jóvenes se vinculan con el medio de manera transparente, interiorizan con mucho mayor facilidad y profundidad sus contenidos; al mismo tiempo, el hecho mismo de jugar introduce una nueva dinámica en la manera como se interpreta el aprendizaje, poniéndolo a uno en la posición de tener que resolver problemas, jugar con diferentes configuraciones, y de esta manera desarrollando habilidades importantes.
La iniciativa Changemakers de Ashoka tiene una experiencia interesante en esta dirección, cuando buscó explorar la manera como los juegos de video pueden ser utilizados en la promoción de la salud. Una de las propuestas ganadoras de la competencia desarrolló un juego de video para teléfonos celulares para ser distribuido en África, cuyo propósito era difundir una cultura de prevención contra el VIH/SIDA. El eje central detrás de este tipo de ideas es, justamente, el hecho de que son medios más accesibles para la juventud, y de esta manera se pueden transmitir con mayor facilidad, alcance y sobre todo, profundidad, mensajes con un alto grado de involucramiento. (Changemakers tiene también una librería con una gran cantidad de recursos sobre videojuegos serios disponibles, incluyendo un artículo del propio Henry Jenkins et al., “Confronting the Challenges of Participatory Culture: Media Education for the 21st Century” [enlace PDF], artículo fundamental para entender qué sentido tiene todo esto.)
En resumen, aunque parece ser un tanto complicado, creo que es importante detenernos a pensar con mayor seriedad y profundidad sobre las implicancias de las transformaciones culturales, en apariencia casi triviales, que nos rodean. Los videojuegos ejercen influencias en la manera como procesamos la cultura que son diferentes a las maneras como lo hemos hecho antes, y son diferentes de maneras no-triviales. En esa misma medida, se nos presenta la oportunidad de doblegarnos ante el desafío y seguir interpretando lo nuevo bajo las categorías de lo viejo, o como muestran estos testimonios de China, o como muestra el esfuerzo de Changemakers, tenemos la oportunidad de explorar las nuevas posibilidades para generar nuevas oportunidades, quizás hasta para lidiar con viejos problemas. (Espero que eso último no haya sonado demasiado cursi.)
Hay algo más en lo que la experiencia del blog me ha ayudado significativamente. En la filosofía, tenemos frecuentemente la tendencia de perdernos en un lenguaje excesivamente técnico, excesivamente complicado, y bastante hermético al acceso de forasteros. Aprender a escribir en un tono y con unos términos que hacen nuestro contenido sumamente difícil: personalmente, creo que esto responde, a su vez, a la creencia de que para lidiar con profundos problemas, uno debe también hablar en un lenguaje profundo que refleje la profundidad de lo profundo y ese tipo de cosas. Quizás en la misma medida en que no considero que la filosofía sea una tarea o un trabajo más digno, más enaltecido que los demás, tampoco creo que tenga por qué hablar en un lenguaje más complicado, sólo para iluminados.
Escribir en un blog, en un entorno más informal, y buscando comunicarse con un público mucho más amplio, ayuda muchísimo en términos de aprender a comunicarse más efectivamente. Uno se ve obligado a buscar construcciones más simples, términos más comunes, y a darse cuenta de que, si no puede decirse en términos sencillos, quizás no vale la pena que se diga.
Este cambio de lenguaje es algo que he tratado de incluir también en mis presentaciones. El estilo académico formal que predomina en congresos, coloquios, simposios y demás, es el de leer un texto, un trabajo de investigación formal y rigurosa, citando las referencias en el camino y toda la parafernalia. Pero en las últimas presentaciones que realicé en el Simposio de Estudiantes en la PUCP, escogí cambiar un poco la fórmula, y el experimento fue interesante. Partí de una premisa muy simple: en los 20 minutos asignados, no iba a tener el tiempo necesario ni para (1) leer la totalidad del trabajo que quería presentar, ni para (2) realmente transmitir el resultado de varias horas de lectura, investigación y preparación. En 20 minutos no es posible que la audiencia llegue a captar la totalidad de lo que sea que se quiere exponer. Entonces, en esos 20 minutos lo mejor a lo que podía aspirar era a, (1) brindar un conjunto básico de ideas en torno al tema trabajado, y (2) buscar despertar el interés del público por el mismo tema. Es cierto: ya no estaba tanto presentando una investigación, como marketeando una idea.
El resultado fueron dos presentaciones concebidas de manera diferente, y ejecutas de la misma manera: escogí no leer, sino exponer oralmente. Escogí utilizar el PowerPoint, pero de manera tal que (creo) apoyaba y no perjudicadaba el contenido de lo que iba exponiendo. Y escogí utilizar un lenguaje y una estructura que fueran lo más accesible posible, de tal manera que realmente pudiera compenetrar al auditorio. La experiencia fue sumamente gratificante: porque, a diferencia de oportunidades en las que he leído un trabajo, sentí mucho más cercanamente la relación con la audiencia, y podía ver directamente si estaban o no siguiendo lo que iba diciendo, y eso me permitía hacer modificaciones sobre la marcha. Por lo que podía percibir, la gente estaba más interesada, cuando menos por lo exótico del experimento. Y eso de por sí ya era, creo, un triunfo.
Claro, de hecho tuvo mucho que ver que el experimento estaba inspirado por la idea de que el medio es el mensaje.
Días confusos los últimos. Después de cinco años, mi periplo de pregrado ha terminado. Lo cual es un momento ambiguo: por un lado, estoy feliz de terminar, también porque ya estaba harto de muchas cosas. Por el otro, asusta, y también entristece un poco, el hecho de que se acabe. Es todo complicado, porque el panorama no se hace claro, las cosas se vienen por montones y es todo un poco abrumador. Los aburriré ahora un poco con detalles sobre esto.
Desde hace tiempo, viendo venir estos momentos vengo pensando bastante sobre el tema de la empleabilidad de la filosofía. Es un tema complicado, lleno de mitos y problemas de interpretación, y verdades a medias: que los filósofos no tienen oportunidades de trabajo, que sólo pueden contar con carreras académicas, que no están capacitados para hacer nada. Todo esto me ha sido un problema importante porque no sólo quiero “hacer cosas”, sino que la carrera académica nunca ha sido mi principal interés. Desde que me interesó la filosofía me interesó por su capacidad para relacionarse con múltiples temas y problemas, y tener algo interesante que aportar.
A uno le ofrecen o le venden caminos preestablecidos, más o menos. Siguiendo siempre más o menos los mismos parámetros, que no es que estén mal, sino que simplemente no resuenan del todo conmigo. Que uno termina, y debe seguir estudiando, y debe considerar de entrada seguir una maestría. Esto lo aceptamos, sin detenernos a pensar con mayor detenimiento en precisamente por qué queremos un posgrado. Es cierto que los parámetros que los estudiantes de carreras de humanidades seguimos son diferentes a otras ramas del conocimiento: el por qué parece medio trivial, pues el conocimiento es casi un fin en sí mismo. No nos atormenta tanto esa pregunta; pero no debería ser menos importante. ¿Para qué queremos una maestría, o un doctorado? ¿Porque sí? ¿Por satisfacer nuestro ego? ¿Por desarrollar el conocimiento de la humanidad? Yo personalmente no la tengo del todo clara. Pero sé que seguir estudiando brinda una sensación de seguridad directa: le permite a uno continuar con una cierta burbuja de seguridad con las condiciones más o menos controladas, y posponer el enfrentamiento con algo así como el “mundo real”.
Mis observaciones iniciales van justamente porque seguimos este camino más o menos dado simplemente porque está ahí, y porque no conocemos mucho de otras alternativas. Pero la decisión de optar por un posgrado debería ser una decisión basada no tanto en algo negativo (no conocer otras opciones), sino en algo vinculado a los objetivos e intereses que uno espere perseguir con el posgrado (el blog de Penelope Trunk es interesante, aunque bastante discutible respecto a muchas de estas cosas). Eso me complica tanto más la idea de qué buscar, pero en fin. Creo que así visto vale más la pena: no estudiar dos (o más) años más sólo porque es lo que el camino requiere de uno, sino más bien porque tal o cual posgrado le brindará a uno tales o cuales herramientas particulares para cumplir con tales o cuales objetivos. Todo se entrecruza complicadamente con cuestiones como que uno maneje un cierto nivel de planificación respecto a lo que quiere hacer, y allí todo empieza a ponerse difícil: objetivos, planes, ideales, etc., pero idealmente así uno invertirá mejor su tiempo y dinero, en lugar de sólo estudiar más por alguna razón que uno mismo desconoce.
Es, claro, mi visión personal del asunto. Pero son el tipo de preguntas que me aquejan y acompleja en estos días, cuando las horas están un poco más vacías de cosas que hacer y uno tiene más tiempo para preguntarse sobre el futuro. Como suele ser el caso, el vacío es intimidante. Y asusta un poco. Aún así, creo que es mejor todo eso en lugar de simplemente pasar por la vida sin preguntarse bien qué quiere hacer uno o si simplemente está flotando en alguna dirección desconocida.
Mi relación con la política es conflictiva, pero quizás eso no se haya podido dar mucho a entender por lo que comento sobre ella en este blog. Hace un tiempo vengo considerando con algunas personas iniciar un nuevo proyecto de blog donde comentemos, desde múltiples perspectivas, diversos problemas de política, desde un ángulo (que queremos considerar original, quizás no lo es) que compartimos: el agotamiento de una serie de conceptos, categorías y estructuras, y una dinámica de cambio en múltiples niveles que genera nuevas formas para lo que significa hacer y participar de la política. Lo he insinuado antes, en la forma de que el cambio mediático, el cambio tecnológico generan cambio cultural y reclaman nuevas formas de considerar la política: así, la política en la época de YouTube es algo enormemente diferente a otras cosas que hayamos conocido antes.
Mientras ese proyecto sigue como idea, yo comento algunas cosas, pero no tantas ni con tanta fuerza como me gustaría. Antes tenía mucha mayor voluntad para comerme el pleito: para participar, involucrarme en proyectos, iniciativas, discusiones, y fue una experiencia sumamente enriquecedora, pero contradictoria. Mi participación de la Federación de Estudiantes de la PUCP me dio algunos de mis peores momentos pero mejores lecciones, y entre otras cosas me hizo entender, al menos a nivel micro, mucho más de cerca cómo funciona el submundo de lo político y lo politiquero. Y terminó por parecerme todo una gran pérdida de tiempo, que me hizo pensar aún con más fuerza cómo replantear medios y canales de participación para que no lo sea.
Todo esto viene a colación a partir de un largo artículo sobre la situación actual de Venezuela, al cual llegué por medio de un post en el blog de Martín Tanaka, que me hizo volver a pensar sobre mucha de estas cosas. La situación en Venezuela me parece, grosso modo, trágica, por muchas razones, a pesar de que me gustaría saber más sobre ella para estar bien informado y opinar con mayor conocimiento de causa. Justamente ese proceso de conocer y opinar es lo que siento que me falta.
McLuhan considera que con diferentes formas de medios de comunicación, en tanto engendran un mayor grado de involucramiento por parte de emisores y receptores, se genera una forma de “retribalización”, lo que yo entiendo más fácilmente como una reconstitución, en sentido hegeliano, de los vínculos éticos sustanciales que nos relacionan a todos. En otras palabras, a través de diferentes medios pasamos a sentirnos de nuevo involucrados personalmente en los procesos, al menos en aquellos procesos cuya temática o propósito sentimos nos afectan personalmente.
Re-replanteo. Desde fines del siglo XX hacia aquí, creo que experimentamos un acelerado colapso de la cultura de masas, desde diferentes frentes. Los medios de comunicación masivos dejan, de a pocos, de marcar la tonada. Los partidos de masas ya no convocan masas, sino que sus mensajes cobran cada vez mayor separación del grueso poblacional. La producción masiva que llevó a su paroxismo Henry Ford hoy se vuelve un modelo socavable y menos pertinente frente a nuevas técnicas, frente al contenido intangible y además frente a la diversificación de los intereses y los gustos y preferencias de los consumidores. Y así sucesivamente. En todo esto, la constitución de la identidad se vuelve algo más complejos, más aún cuando no sólo empezamos a movernos en contextos crecientemente diversos, sino porque interactuamos con gente de todos lados del mundo que comparten en mayor o menor medida preocupaciones e intereses similares a los nuestros.
¿Qué significa esto en la esfera de la política? Significa cosas como el debate, en EEUU, organizado por CNN y YouTube para los candidatos presidenciales, tanto demócratas como republicanos. Las preguntas fueron presentadas en diferentes clips por medio de YouTube a los diferentes candidatos, por ciudadanos de a pie, de manera totalmente diferente a cómo se hubiera hecho antes (como la de un sujeto que compuso una canción sobre sus impuestos, o la pregunta de un hombre de nieve sobre el calentamiento global). El formato está aún en su infancia y avanza con reparos -las preguntas finales son escogidas por editores de CNN- pero el consenso es que generó un formato de debate fresco, innovador, original, y que brindó a los televidentes material mucho más interesante para decidir que un debate basado en el formato conocido.
Pero esto implica repensar una serie de cosas, como la manera en que se constituyen las ideologías políticas, como se organizan los grupos de acción, como se articula la acción colectiva, y demás. Es mi intuición, sin embargo, justamente que las formas cambian y nuestros conceptos y aparatos teóricos deben cambiar con ellas. Esto viene de la mano con una serie de fenómenos de amplio alcance: el socavamiento de los Estados-nación alrededor del mundo, la globalización, el capitalismo trasnacional, la renovada importancia de la sociedad civil y el sector ciudadano, y la cada vez más marcada mediatización de nuestra cultura en general.
Quizás, por lo tanto, las formas previas se van volviendo obsoletas. El discurso moralista de gran parte, de casi toda, la izquierda tradicional cala poco, y tiene poco efecto como plataforma en un mundo como éste. La izquierda misma, sea lo que sea que esta categoría englobe hoy, debe replantearse y entender a partir de sus condiciones locales de existencia y a partir de lo que está pasando ahora. De manera similar con muchos otros movimientos de reivindicaciones importantes que han surgido en los últimos 100 años. La misma retórica que funcionaba en los setentas hoy funciona sólo con algunos en virtud de que es romanticona e idealista, y hasta ahí todo bien, pero en la medida en que pretenda conseguir transformaciones amplias en el tejido de la sociedad, la cuestión deja de funcionar tan efectivamente.
Gran parte de este moralismo radica en la creencia, a mi juicio obsoleta, de que simplemente en virtud de que se tiene una ideología “buena”, ideas que brillan por sí mismas, que revelan las contradicciones y los problemas, la gente vendrá y la seguirá. Y que si no lo han hecho aún es o porque no han tenido oportunidad de conocerla, o porque están cegados a entenderla. Gran parte del discurso que escucho va por esta línea casi cultista y dogmática de cómo deben entenderse las cosas, la misma línea de Chávez y su revolución bolivariana para quienes la ven e imperialismo para quienes no la ven, y la misma línea de García y su perro del hortelano para quienes no ven que el capitalismo salvaje es el camino hacia adelante.
Sólo tengo intuiciones que me son más o menos interesantes, pero que me llevan por el camino de la necesidad de replantear los discursos, sus presupuestos y sus pretensiones. Al menos los discursos bajo los cuales yo me quiera identificar: porque lo que me resulta imposible de aceptar de buenas a primeras, hoy, es la legitimación de un discurso que por fundamentos metafisicos o epistemológicamente cuestionables se quiera imponer al otro. Y me resulta inadmisible por la simple razón de que no estaría dispuesto a que me lo hagan a mí.
En la práctica, creo que se trata de convencer a los demás de que hay mejores opciones (o que uno cree que las hay). Si les gusta, bien, y si no, también.
De vez en cuando, muy de vez en cuando, ocurre tal cosa como que parece que hubiera una comunidad filosófica más o menos cercana. A 30 días de terminar mi pregrado, en verdad me habría gustado que hubiera más de algo así. El Simposio de la semana pasada sirvió como oportunidad para que algo así se diera, y el alcohol siempre ayuda además. Restauración de los vínculos éticos sustanciales, diría Hegel.
La comunidad:

Me habría gustado dedicar más tiempo a saber en qué anda cada uno, pero tampoco seré fatalista asumiendo que ya nunca se podrá. Por alguna razón, no parece nunca haberse articulado bien una comunidad filosófica en la PUCP. Son más bien vínculos dispersos, a menudo además poco sinceros. Pero en fin, siempre hay oportunidad de intentar de nuevo.
Entre otras cosas descubrí también un blog de un grupo de alumnos de la especialidad, La Batería Fina, que parece ser tanto interesante como divertido. Si hubiera alguno otro, avísenme, por lo pronto esté pasa a formar parte de mi poco actualizado blogroll.
La otra presentación que tuve oportunidad de hacer en el III SMEF fue en torno a un tema particularmente espinoso: la vinculación que existe entre filosofía y empleabilidad. ¿Hay trabajo para filósofos? ¿Hay espacio dentro de lo académico? ¿Hay algo que pueda hacer fuera de lo académico, en lo cual no termine sintiéndose miserable, sino, más bien, realizado? Fueron algunas de las preguntas para las cuales intenté esbozar alguna respuesta.
Es un tema complicado de tocar, pero en general una experiencia positiva, que contó además con la perspectiva de Pepi Patrón a partir de su propia experiencia, por lo demás amplia y variada. Incluyo aquí también la presentación que utilicé para esta sesión.
Sobre el mismo tema he vuelto varias veces, desde diferentes ángulos. Quizás la serie que he venido publicando en Invasiones Bárbaras sobre cómo sobrevivir en el mundo real tenga también ideas interesantes para quienes pudieran estar interesados.
En el último Simposio Metropolitano de Estudiantes de Filosofía, tuve oportunidad de presentar dos trabajos. El primero de ellos llevaba el mismo título que este post; surgió a partir de un trabajo que preparé el ciclo pasado para un seminario sobre Kierkegaard y el pensamiento del cine.
Presentarlo fue en gran parte un experimento. Por un lado, opté por no basarme en un texto, como suele ser el caso, y en cambio presentar en todo el sentido de la palabra. Utilicé una presentación hecha en Powerpoint con todos los riesgos que ello conlleva, pero hice todo lo posible para no causar una “muerte por Powerpoint” y en cambio comunicar efectivamente un mensaje. Creo que el resultado fue en general positivo: no estar sentado detrás de una mesa, leyendo un texto, ofrece una oportunidad de vincularse de manera mucho más cercana con el público, y creo también de comunicarse más clara y efectivamente. Pero como todo, son cosas que tienen que irse puliendo.
Ésta fue la presentación que utilicé en esa ocasión:
El texto original a partir del cual realicé la presentación pueden también descargarlo aquí. Comentarios son siempre bienvenidos.
Hoy por la noche empieza el III SMEF en la PUCP con la conferencia magistral de Federico Camino sobre “Heidegger y el problema de la metafísica”, a las 6pm en el Auditorio de Humanidades de la PUCP.
El título que se le ha dado al simposio es “Filosofía y futuro”. El programa completo pueden encontrarlo en el blog del Simposio.
Por lo pronto, yo me estaré presentando, en principio, este miércoles 14 a las 2pm en la mesa “Filosofía del futuro”. La sumilla de mi ponencia es la siguiente:
2.EDUARDO MARISCA
Pontificia Universidad Católica del Perú
“In medias res: medios, mensajes y compromiso”
El trabajo explora la relevanvia de la relación entre medio y mensaje, forma y contenido, para el discurso, en función al compromiso o vinculación que diversos medios exigen a los interlocutores, en términos existenciales. La preocupación central gira en torno al compromiso que pueden generar diversas formas de comunicación, como el texto frente a la imagen en movimiento.
Además, el jueves 15 a las 6pm participaré junto a Pepi Patrón de una mesa especial titulada “Futuro para filósofos”, en torno al tema de empleabilidad de filósofos -un tema complicado del cual probablemente salga mal parado, pero no por eso menos interesante-. Allí presentaré:
1. EDUARDO MARISCA
Pontificia Universidad Católica del Perú
“Despertar del sueño dogmático: Perspectivas sobre filosofía y empleabilidad”
¿Es posible vivir de la filosofía y no morir en el intento? La presentación buscará explorar mitos y realidades en torno a la filosofía y la empleabilidad. El objetivo será buscar alternativas a los caminos tradicionalmente explorados que permitan aplicar la filosofía a diversos ámbitos, y plantear estrategias de ingreso que posibiliten a un filósofo abrirse campo en ellos.
Quedan todos cordialmente invitados. En su momento publicaré los materiales que usaré para ambas presentaciones aquí en el blog.
ACTUALIZADO. Publiqué ya los contenidos de las dos presentaciones que realicé: In medias res y Despertar del sueño dogmático. Espero que sean de utilidad para alguien.
Por el blog de Martín Tanaka, me entero de la posibilidad de saquear los archivos de revistas de Sage gratis hasta el 30 de noviembre.
En otras palabras: SAGE maneja un catálogo enorme de revistas académicas en una serie de temas. Hasta el 30 de noviembre, está ofreciendo acceso gratuito a gran cantidad de números de gran cantidad de títulos en una gran cantidad de categorías.
Visto que no siempre tenemos la oportunidad de acceder a este tipo de recursos, creo que sólo podemos tomar la opción tercermundistas y levantarnos todo lo que podamos antes del 30 de setiembre.
¿Cuántas horas pasarán hasta que alguien decida formar un gran repositorio colectivo con toda la información de SAGE? Todos sabemos que pasará eventualmente… para bien o para mal.
Esto no es un regalo. Es una oportunidad. Una oportunidad que hay que saber aprovechar y no ser ingenuos, no alucinar que ya todo está hecho y que ahora sólo flotamos hacia el futuro, un futuro arcádico y utópico con todos los problemas resueltos. La oportunidad histórica que potencialmente se nos enfrenta es un desafío más grande que una historia de obstáculos y problemas, y es ahora y no antes cuando más debemos alzarnos a la ocasión y mostrar que somos capaces.
Ésos son elementos que no encuentro en la retórica presidencial y del gobierno en general. El Perú crece hoy a un ritmo de 7,7% al año, y se perfila a crecer aún más rápido. La economía hasta cierto punto se estabiliza, e incluso quizás se puede hablar de reducción en los niveles de pobreza y pobreza extrema. Hasta ahí todo bien, y las condiciones de vida de a muy pocos podría decirse que mejoran. ¿Pero es esto suficiente? ¿Debemos tomar el crecimiento económico simplemente como bueno, como el camino hacia adelante?
Creo que el asunto es más complejo que eso. Mucho más complejo. Y responde, más bien, a la oportunidad histórica a la que me refiero ambiguamente. Pues no se trata solamente de crecer, porque, claramente, no sabemos crecer. Justamente porque no sabemos crecer es que tenemos que preocuparnos por gestionar un crecimiento responsable, un crecimiento sostenible, un crecimiento enfocado en el futuro antes que en el presente mejor.
Índices cruciales como educación, salud, calidad de vida, y todo lo que ello arrastra, no los estamos tomando en consideración adecuadamente. Nos concentramos en indicadores de progreso económico, empleo y producción, y eso no está mal, pero estamos dejando de lado todo el universo de factores complementarios que serán los determinantes del futuro. Es cierto que si no pensamos en ello primero, no habrá un futuro: pero si no pensamos en lo otro hoy, el futuro no tendrá ningún sentido.
¿Estamos, acaso, preparados para el impacto ideológico que tendrá el crecimiento económico? ¿Estamos preparados para la demanda energética? Seguimos en gran medida dependiendo de hidrocarburos importados, escasos y caros -además de políticamente complicados- para mover nuestra economía. ¿Estamos pensando en sustitutos, estamos impulsando con suficiente fuerza el gas natural que extraemos nosotros mismos? Más aún, si es que podemos dar el paso extra, ¿estamos tomando un papel activo en la promoción de la investigación y el desarrollo de nuevas tecnologías energéticas que permitan atender este problema en el futuro?
¿Y para qué estamos educando a los niños? ¿En qué actividades queremos que se introduzcan en el futuro? Porque no tiene sentido entrenar mano de obra barata cuando al otro lado del charco China siempre nos ganará en ese rubro. Lo único que tiene sentido es enfocarnos en nuestras diferencias específicas, en aquellos sectores y mercados en los cuales tenemos una ventaja diferencial y dentro de los cuales podemos entrar a tallar con seriedad, aspirando a reorientar el curso de los acontecimientos. Pero esto implica un proyecto a largo plazo que empiece desde los niveles más tempranos de la educación y ofrezca un conjunto diferenciado de oportunidades reales para toda la población: oportunidades reales pensadas y enfocadas desde y hacia nuestras realidades inmediatas, que reconozcan el entorno que nos rodea y nos permitan ubicarnos y posicionarnos dentro de él.
La oportunidad histórica exige de nosotros construir y comprometernos con un modelo de desarrollo a largo plazo. Un modelo que nos aleje paulatinamente de la dependencia de los precios internacionales de los minerales, y nos convierta, en primer lugar, en productores y transformadores de conocimiento, de ciencia y tecnología, de arte y de cultura. A largo plazo, es la única manera en la cual eso nos permitirá desarrollar una posición sostenible en el contexto internacional, y llevar adelante mejoras en la calidad de vida de nuestra población. Eso implica no cegarnos hoy ante la promesa panaceica de desarrollo económico que traerá consigo la liberación y la felicidad y demás abstracciones bonitas. La oportunidad es la de entender que nos ponemos en vinculación con el futuro y que ello implica una serie de transformaciones e incluso sacrificios inmediatos para sostener una posición a largo plazo, una mejora continua y real, no sólo superficial.
Al mismo tiempo, y ésta es quizás la parte más complicada, sinceramente no creo que tengamos ninguna oportunidad sin transformaciones culturales, sociales y políticas de fondo. Cuestiones fundamentales como la constitución de una cultura de derechos humanos, de derechos sociales y culturales, de atención a los conflictos sociales y culturales que albergamos dentro de nuestras fronteras arbitrarias. Hay problemas que si no enfocamos debidamente amenazan con poner en jaque todo: el problema del narcotráfico como fenómeno en crecimiento y potencial de disrupción enorme, el problema aún no superado del terrorismo y la violencia política, el problema del racismo y la discriminación. Son aquellos problemas que en gran medida significan los obstáculos más grandes que, sin hacerlo obviamente, interrumpen y entorpecen todos los esfuerzos de crecimiento y de mejoramiento.
La oportunidad que enfrentamos es la de entender la coyuntura que tenemos al frente, de entender la oportunidad del crecimiento y ponerla bajo la luz adecuada, entenderla orientándola hacia el futuro y hacia un ideal regulativo hacia el cual quisiéramos tender. En esa visión habrán perspectivas en conflicto, disensos, oposiciones y contradicciones, pero finalmente al hacerlo estaremos haciendo algo que hemos dejado de hacer hace mucho tiempo: pensar el Perú, pensarlo profundamente como realidad, como problema y como proyecto, y hacer de ese pensamiento la herramienta transformadora que requerimos para afrontar el crecimiento responsablemente, para ser más que porcentajes del PBI y reconocer que, al final, detrás de todas estas abstracciones encontramos personas (como yo, o como tú, lector imaginario que ha llegado hasta aquí abajo) cuyo futuro está en juego en cada una de estas vueltas a la ruleta.
OK, soy consciente de que si sigo repitiendo que todo está bajo profundas transformaciones, empiezo a sonar aburrido.
Mejor al menos elaborar un poco del asunto. Todo este asunto de la época 2.0 se traduce en un fuerte espíritu de colaboración. Por alguna razón, en nuestra época gozamos de un espíritu mucho más dispuesto y abierto hacia colaborar de maneras más o menos gratuitas. Esto viene, además, asociado a que hoy disponemos de tecnologías que nos permiten comunicarnos, compartir y colaborar de maneras mucho más sencillas a las antes conocidas.
Hoy es sumamente fácil articular a un grupo de gente en torno a intereses o preocupaciones comunes, intercambiar información y experiencias, generar una base común de conocimiento y de ella derivar cursos de acción que se puedan desarrollar en conjunto. Esto lo hemos venido viendo surgir en diversos ámbitos de nuestra cultura.
La ciudadanía y el gobierno no es diferente, y de la misma manera, se está viendo transformado por los nuevos requerimientos que le plantea este espíritu. Cuando hay muchos más ojos concentrados en vigilar, es mucho más difícil que alguien pueda esconder algo debajo de la mesa. Cuando es más fácil expresarse y participar, el proceso político empieza a transformarse en algo mucho más integrador.
Detrás de esto hay un fuerte componente tecnológico y mediático, conforme estas herramientas posibilitan formas crecientemente complejas de colaboración, interacción y acción conjunta. Detrás de esto está, también, una forma o un modelo como compartimos la información y generamos bases colectivas de conocimiento. La regla general de este espíritu sigue siendo una de confianza: canales abiertos, información transparente, participación colectiva.
Todo suena muy bonito. Pero aún más bonito lo pone Tara Hunt en esta presentación (a la cual llegué por el blog de Luis Suárez).
Los efectos de todo esto recién empiezan a sentirse, y no debemos tampoco ser presas de una fe ciega que vea solución a todos nuestros problemas sin crear otros tantos en el camino.
Me gustaría desarrollar un nuevo concepto. Siempre me gusta jalar elementos de todos lados, de múltiples fuentes, en múltiples formatos. Recuerdo hace un par de años cuando fui a un tributo a Radiohead hecho aquí en Lima, donde un grupo local (Space Bee) intepretó todo el OK Computer de manera genial, a la par que se proyectaban una serie de clips llenos de leit motifs radioheadianos.
El último sábado, Jorge Drexler se presentó en Lima. Su concierto fue formidable, su dominio de escena es excelente y sumamente divertido, y su música es de primera. Este tipo de experiencias me hacen reconsiderar cosas como la distancia entre la exposición de ideas y el espectáculo. Desde lo que me enseñan, desde la filosofía, al presentar uno sus ideas debe hacerlo de manera formal, rigurosa, académicamente seria. Y eso está bien, asegura que el cuerpo del conocimiento de alguna manera tiene cierto asidero, cierta continuidad. Pero personalmente, para mí, hay algo que falta. Y es que no puedo evitar sentir que eso hace que la propuesta se quede un poco corta. Cuando el objetivo es que se me escuche, se me reinterprete y algo quede de lo que digo, pues todo se siente un poco incompleto.
En principio, porque creo que uno no debería engañarse: aún cuando uno lee una ponencia filosófica, uno está vendiendo algo, en un sentido muy amplio. Uno no presenta un texto, un concepto, una idea que ha trabajado con la simple pretensión de ser escuchado y de que se le deje a uno vivir. Presentar algo es comunicar el asombro al cual uno ha llegado al encontrar una serie de conexiones que antes no se habían visto en el mismo lugar. Mucho más que un compartir intelectual, es hacer que el otro forme parte de mi intensa experiencia emocional al aproximarme al tema. Además, no espera ser tomado con neutralidad, o al menos yo particulamente considero que no debería serlo: leer para un auditorio neutralizado es peor que no leer nada. No conseguir reacción alguna, la crucifixión más terrible. Uno busca, o debería buscar, incitar algún tipo de reacción en su público. Cualquiera. Cuando menos, el despertar un nuevo interés que no hubiera estado allí antes. Despertar la curiosidad, el deseo de saber más.
Creo que pretender que un concepto o una idea que a uno le ha tomado buen tiempo desarrollar, sea entendido por un público en 20 o 30 minutos, es un poco iluso. Más bien, creo más efectivo tratar de transmitir la emoción del chispazo inicial, del sentido del descubrimiento, y tratar de llevar al otro por el mismo camino. Si le interesa a algunos pocos, pues bien. Si le interesa a muchos, pues muy bien, tanto mejor. Así se forjan comunidades de gente con las cuales se puede entablar una conversación, en torno al punto que han descubierto comparten.
Por eso quiero desarrollar un nuevo concepto. Que involucra no sólo a la filosofía y al mensaje que se puede querer transmitir, sino que apunta al diseño, a la construcción de toda una experiencia comunicativa. Arte, música, movimiento, imágenes, video, ideas, conceptos, discurso, creo que todo debe más o menos mezclarse en una performance más compleja, pero también más comprometida y comprometedora. Algo que realmente interpele al público y lo obligue a tomar una postura, sea a favor o en contra.
Creo que es por este tipo de cosas que me dicen que soy un sofista… Pero claro, yo nunca he tenido mayor problema con eso.
El trabajo del profesor de antropología Michael Wesch y su taller de etnografía digital se ha vuelto sumamente popular, particularmente en YouTube y en general en la web, en los últimos meses. Hace ya tiempo incluí uno de sus clips en un post sobre aprendizaje y nuevas tecnologías, y hoy he encontrado un par de clips nuevos que ameritan exposición y comentario. Esto porque en ellos se evidencia una tensión latente y creciente pero que nos está costando mucho entender: los medios a través de los cuales nos expresamos y nos comunicamos están cambiando, y con ellos la manera como nos relacionamos con los contenidos y con los demás. El cambio es abrupto y radical, y las viejas estructuras no se adaptan con la misma velocidad que el cambio.
El resultado es claro en el caso de la educación, donde se hace crecientemente difícil conectar el contenido con los alumnos acostumbrados a algo… diferente. Desde que empecé a dictar clases de prácticas esto se me ha hecho más notable: es difícil hacer que un alumno con un “MTV attention span” se concentre en leer a Kant por dos horas. Hay que encontrar la manera de relacionarse con el contenido, de volverlo más cercano, de ponerlo en un lenguaje común. Esto no debería ser demasiado difícil, visto que aún sigo siendo estudiante. Pero aún así, el contenido mismo, y sobre todo la fuerza de la costumbre en la que uno es formado, hacen que no sea una tarea tan fácil.
Uno de los clips que encontré hoy enfoca justamente esta problemática, desde el punto de vista de los alumnos: ¿cómo aprendemos? ¿Cómo estructuramos el contenido? ¿Cómo debería entonces enseñarse? Conforme pasa el tiempo, se vuelve cada vez más claro que las formas conocidas de transmitir conocimiento funcionan cada vez menos.
El otro de los clips va en la misma dirección, y está directamente relacionado. ¿Cómo conocemos hoy? Antes, nuestras estructuras de conocimiento reflejaban en mayor o menor medida la manera como almacenamos la información. Archivadores, categorías, índices alfabéticas y cosas así. Pero hoy eso ya no tiene sentido. Estamos en la era de la búsqueda, cuando Google y las bases de datos relacionales, junto con la velocidad de computación creciente, hacen que la búsqueda de información sea trivial. La información misma se vuelve trivial, una vez que es tan fácilmente accesible. ¿Qué hace el usuario? Tiene que aportar algo nuevo, algo personal, algo que no esté en la simple data, para poder justificar su existencia. Saber la información se vuelve trivial. Entenderla, procesarla, agregarla, interpretarla, se vuelven los verdaderos elementos diferenciales.
La medida en que estos cambios lo están transformando todo es difícil aún de discernir. Marshall McLuhan señaló hace buen tiempo ya que el medio es el mensaje: que el medio reconstituye su contenido, y no es, como podría creerse tradicionalmente, un simple vehículo de contenido. Hay algo más que la forma aporta, algo determinante, y determinante a su vez en relación con el sujeto que consume información, que consume medios.
Y es éste un problema que me viene fascinando cada vez más. ¿Cómo aprendemos y cómo educamos hoy? Los métodos tradicionales brillan por su falibilidad, pero al mismo tiempo, hay ciertas cosas del establishment académico que podríamos querer mantener. No se trata simplemente de cambiarse a la moda y tirar todo por la ventana. Pero sí se trata de reprocesar, de reinterpretar el aprendizaje y preguntarnos qué se puede esperar de un alumno aprender. Regurgitar datos se vuelve una función trivial que una computadora puede hacer por sí sola. La idea misma de erudición se vuelve relativa.
¿Entonces?
La educación se vuelve un proceso más complejo, donde se debe enseñar con mayor profundidad las vicisitudes de consumir y producir información, y de hacerlo, además, de manera responsable. A todas las formas de alfabetismo y analfabetismo que conocíamos, ahora agregamos el alfabetismo mediático como elemento central en la formación actual de ciudadanos y consumidores responsables e involucrados. En muchas medidas y dimensiones esto se hilvana con otra serie de fenómenos que se vienen dando en paralelo, y por eso, hoy no podemos más que repensar, replantear, probar y ver qué pasa: política, economía, negocios, cultura, sociedad, medios, arte, producción, consumo, familia, redes sociales, comunidades, etc.
El medio está transformando todos los mensajes.
La semana pasada pude por fin ver el famoso documental de Al Gore, Una Verdad Incómoda. Al que no lo haya visto le recomiendo sinceramente que lo vea… pronto. Ya. Ahora mismo. ¿Por qué no lo estás buscando?
La cruzada de Gore, que es por lo demás un esfuerzo global de millones de personas, es quizás una de las empresas más importantes en la historia de la humanidad. Es, también, uno de los puntos centrales en torno a los cuales articulo mi investigación sobre las decisiones racionales. A la luz de toda la evidencia que muestra patentemente los problemas generados por el calentamiento global, simplemente no estamos tomando a nivel colectivo acciones con el alcance suficiente como para contrarrestar aquellos efectos que bien podrían llevarnos a la extinción de la especie. No lo hacemos porque hay intereses enormes dedicados a que nuestros patrones de comportamiento no cambien para resolver el problema: intereses como el de las grandes petroleras, que si vieran introducidas regulaciones al consumo de hidrocarburos verían enormemente reducidas sus ganancias. Aún así, a nivel global empezamos a ver una tendencia entre los gobiernos para atacar este problema, con un notable ausente: Estados Unidos, el principal responsable del problema para empezar.
Espero estar transmitiendo debidamente el alcance de lo que digo: un puñado de sujetos con mucho dinero están empeñados en perpetuar las condiciones que están destruyendo a la humanidad para poder hacer más dinero. Un puñado de sujetos responsables por el bienestar general de poblaciones enormes están empeñados en ignorar este bienestar para promover los intereses particulares de un puñado de sujetos con mucho dinero (probablemente, a su vez a cambio de mucho dinero). Mientras tanto, los niveles de contaminación se siguen incrementando y los problemas aumentan.
El Perú experimenta hoy un crecimiento económico y un incremento en los niveles de actividad productiva como no se han visto en muchos años. Pero la coyuntura exige mucho más de nosotros. ¿Creceremos responsablemente? Recientemente, La Oroya fue declarada uno de los lugares más contaminados del mundo. La minería a gran escala contamina y destruye nuestros recursos naturales, y nuestro crecimiento económico es desorganizado, y abre las puertas sin restricciones al capital. Al mismo tiempo, nuestra inversión en ciencia y tecnología es casi nula, mucho más aún en el desarrollo de sistemas de producción sostenibles.
El Perú crece, pero no crece responsablemente. Crece con una miopía al futuro, con la idea de que sólo importa el PBI, de que nuestros recursos estarán allí para siempre. Y claro, uno empieza a hablar de ambientalismo y lo tildan de reaccionario en contra del desarrollo, y así no podemos realmente llegar a ninguna parte.
He aquí una idea loca. La tendencia global está yendo crecientemente en la dirección de una conservación y utilización responsable del medio ambiente, y el desarrollo de prácticas empresariales responsables y sostenibles. El Perú está en pleno proceso de crecimiento, pero con la necesidad de renovar sus sectores productivos. En términos macro, hay dinero. ¿Y si invirtiéramos ese dinero en el desarrollo de tecnologías alternativas sostenibles? Generaríamos los productos que el mundo está empezando a requerir, y podríamos convertirnos en un bastión futurista del desarrollo sostenible. Cuando llegue el momento, tendremos la tecnología y el conocimiento para satisfacer las demandas de recursos del mundo. Al mismo tiempo que transformamos nuestra propia dinámica y lógica para un desarrollo propio del futuro, no de principio del siglo XX. Ésa es mi idea loca. Pero cumplirla requiere de compromisos que vayan más allá del futuro inmediato. Implica detenernos a pensar a dónde queremos y podemos llegar a mediano y largo plazo, pensar en cómo será el mundo entonces, y cómo queremos insertarnos en él.
Hace pocos días, Al Gore ganó el premio Nobel de la Paz, junto con los miembros del panel de la ONU sobre el cambio climático global. El mensaje que este premio envía es claro, y ya muchos grupos que quieren mantener las cosas como están han empezado a distorsionar su significado y relevancia. Aún con toda la resistencia, parece clara la tendencia hacia una presencia humana sobre la Tierra que sea más equilibrada. De lo contrario, es altamente probable que desaparezcamos.
Ante ese panorama, la opción por el desarrollo sostenible y responsable debería ser la opción más obvia que podríamos tomar.
Hoy día, todos conversamos sobre ello.
En su nuevo proyecto (del cual hablé ya antes), Lawrence Lessig deja su cruzada por una reforma de la propiedad intelectual en EEUU por una campaña mucho más compleja en contra de la corrupción en el sistema político. Corrupción que por supuesto tiene muchos ángulos, pero él se piensa enfocar, por los próximos diez años, en el problema que significa la influencia distorsionadora del dinero en el proceso político, en sus diversos elementos. Su análisis y plan de investigación y acción son sumamente interesantes, enfocándose no en las reformas tradicionales que pueden hacerse, sino en las nuevas posibilidades que inaugura la tecnología como medio de vinculación y acción con propósitos políticos.
El proyecto de Lessig me ha ayudado a darle forma a mi propia investigación en torno a la influencia de las emociones sobre las decisiones racionales, aunque aún está lejos de tornarse claro el panorama. Nuestra racionalidad humana debería llevarnos a pensar más allá de lo inmediato, y ofrecernos la opción de preocuparnos por lo que ocurrirá mañana. Ante esa idea, deberíamos ser capaces de optar racionalmente por sacrificios hoy a cambio de beneficios mañana. Sin embargo, bajo otra noción de lo racional, son racionales nuestras acciones si cumplen nuestros deseos a partir de nuestras creencias. Tengo aquí dos nociones en conflicto de lo racional. ¿La capacidad para pensar en el mañana o la de cumplir más eficientemente con el ahora?
¿Y cuál es la racionalidad propia del capitalismo? Por un lado, es al mismo tiempo la exaltación inmediatista del consumo. Por el otro, es el desplazamiento permanente del objeto del deseo hacia el futuro al punto que se vuelve aún más inconseguible de lo que es. ¿Capitalismo y futuro son, entonces, antagónicos o complementarios? ¿Es el capitalismo la suspensión del presente por un bien mayor en el futuro (o la promesa perpetua del “chorreo” y demás Arcadias y Utopías de libre mercado)? ¿O es en cambio la suspensión del futuro para no detener los engranajes de la producción y del consumo?
En esta perspectiva poco clara, quiero introducir el tema de las emociones. Pero las introduzco bajo la idea de que son aquello que nos restaura el vínculo con el futuro, y aquello que, por encima o de lado de nuestra racionalidad, aporta consistencia a nuestras acciones. La acción por sí sola, racional o lo que fuera, desprovista de un componente emocional, simplemente atina al cumplimiento ciego de objetivos inmediatos fuera de cualquier tipo de pensamiento o consideración prospectiva. Las emociones nos ponen en vinculación con algo que nos trasciende a nosotros mismos en el tiempo presente, nominalmente la figuración o simulación de nosotros mismos en el futuro, y enfrentándonos a esa imagen nos hace pensar si lo que vemos es realmente lo que queremos para nosotros mismos. Las emociones aportan un yo ideal que nos juzga desde un lugar imaginario.
Hoy día, nuestra problemática cultura da de a pocos pasos en una dirección diferente a aquella que nos ha venido guiando. O al menos, así lo pareciera. Valores post-materiales, lo he escuchado llamar en algún momento. Pero es quizás paralelo junto con el abandono del proyecto moderno de la razón, conforme va calando más y más en la cultura, y relegitima la valoración de las emociones y al mismo tiempo, la capacidad para vincularse con el futuro. Quizás un componente de esta índole es aquello que pueda servirnos para explicar por qué hoy somos un poquito más capaces de ver los problemas más allá del velo que tiende el dinero frente a nosotros, y la racionalidad de nuestras acciones se ve complementada en función a objetivos de plazo más largo que aquellos ofrecidos por la lógica del consumo.
¿Racionalidad? ¿Emociones? ¿Capitalismo, dinero? ¿Cómo se relacionan todas estas categorías? ¿Son elementos que deban ser tomados en cuenta, o que sean tomados en cuenta, en alguna medida, cuando tomamos decisiones todos los días? Eso es algo que estoy tratando de descifrar. Pero Lessig explica mejor que yo el problema, desde su nuevo punto de vista:
En algún momento, no muy lejano, me gustaría tener un poco más de tiempo disponible para dedicarme a algunos proyectos pendientes:
- Quisiera empezar a investigar y profundizar sobre varios de los temas que toco aquí en el blog referidos al cambio cultural en función a los medios de comunicación y la tecnología. Enfocar desde diversos ángulos, política, sociedad, conocimiento, cultura, educación, negocios, economía, etc., las diferentes configuraciones que están tomando los fenómenos hoy en día.
- Muy de cerca a lo anterior, me gustaría formar una comunidad de aprendizaje o un grupo de investigación multidisciplinario para trabajar temas en esa línea. Siento que he acumulado muchísima información sobre el tema en los últimos meses, y me gustaría procesarla y exponerla de alguna manera. Aunque suena pretensioso, me gusta mucho la idea de poder armar una suerte de cursillo o pequeño seminario donde poder compartir este pseudoconocimiento.
- Otra idea también similarmente pretensiosa es armar una suerte similar de cursillo sobre otro tema recurrente en este blog: la relevancia o aplicabilidad contemporánea de la filosofía. También tengo mucho material reunido sobre este tema y me gustaría un canal en el cual poder explorar alternativas teóricas y prácticas de la filosofía en el contexto del mundo actual. Tengo planeado realizar una presentación dentro de no mucho sobre este tema (que por supuesto compartiré aquí) que podría servir de principio para eso.
- Estoy obsesionado con producir medios de comunicación de diversos tipos. Tengo varias muestras que no he tenido tiempo de publicar aquí en el blog, pero quiero jugar un poco más empujando los límites de medios conocidos (como el texto escrito) hacia medios por conocer mejor (video, audio, presentaciones, gráficos) y ver cómo eso transforma o complementa el contenido. La aproximación a McLuhan me ha dejado muchos intereses abiertos que quisiera desarrollar en el futuro cercano, en sentidos tanto teóricos como prácticos.
En fin, hay más de donde eso vino. Lo comparto ante la posibilidad de encontrarme alguien más interesado en estos temas, en compartir ideas e impresiones y en empezar a articular iniciativas.
Supongo que ante el inminente choque contra el mundo real dentro de unos meses, uno más o menos se va preparando algún tipo de colchoncito donde caer.
