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En algún momento, en mi blog anterior, esbocé algunas ideas sobre la relevancia que los videojuegos cobran en nuestra construcción de la cultura. Pero ahora, leyendo un post reciente en el blog de Henry Jenkins, me doy cuenta de cuán esbozos eran esas ideas. Jenkins relata su experiencia respecto a juegos de video y responsabilidad social a partir de una conferencia reciente en Shanghai, y toca una serie de puntos sumamente interesantes que nos permiten profundizar en gran medida la manera como interpretamos los videojuegos.
Hay una serie de elementos sumamente interesantes en la cultura oriental y cómo están asimilando la cultura de los videojuegos: sobre todo en el enfoque en que parecen estar incorporando respecto a lo que significan en términos de responsabilidad social. Por muchas razones, pero quizás las que me resultaron más interesantes fueron dos. En primer lugar, porque en la medida en que los jóvenes pasan más y más tiempo jugando estos juegos, se vuelve importante pensar respecto al contenido que están jugando. Pero, según explica Jenkins, los chinos no ven esto en términos de eliminar el sexo o la violencia de los juegos (preocupaciones exacerbadas de los estadounidenses), sino por el aspecto positivo de cómo reforzar valores y elementos culturales positivos a través de los juegos.
La otra razón interesante es algo sobre lo que esbozadamente he comentado antes: precisamente en la medida en que, por medio de los videojuegos, ejercemos procesos de aculturación, los juegos que jugamos nos acostumbran a una serie de referentes culturales que bien pueden no ser los nuestros. Es más, definitivamente no son los nuestros. Esto preocupa tanto más a la cerrada cultura política china, y su relación amor/odio con Occidente: en la medida en que buscan limitar o paliar la influencia cultural occidental sobre los niños y los jóvenes, existe un impulso para contrarrestar esta influencia creando videojuegos locales con contenidos locales y elementos culturales locales.
Este tipo de reflexiones muestran con claridad la profundidad que podemos alcanzar al detenernos a pensar un poco respecto a una nueva forma cultural y de socialización como son los videojuegos. En el Perú estamos aún muy lejos de esto, y en general en todo el hemisferio, en términos generales, seguimos pensando en el tema de una manera muy limitada: pensando simplemente cosas como adicción a los videojuegos, las influencias negativas de la violencia, y demás lugares comunes que suelen denunciarse en la televisión y artículos periodísticos que sin embargo no hacen más que rozar la superficie. (Vale la pena mencionar aquí uno de los pocos trabajos excepcionales sobre este tema que conozco: Videojuegos, o los compañeros virtuales, una investigación de María Teresa Quiroz y Ana Rosa Tealdo publicada por la Universidad de Lima en 1996 -la ignorancia me impide referir a trabajos locales más recientes.)
La importancia que pueden cobrar los videojuegos está lentamente siendo reconocida en sus dimensiones reales, más allá del velo de ignorancia sobre el cual suelen estar sumidas las reflexiones sobre el tema. El factor más interesante que puede encontrarse en ellos como medio es el hecho de que involucran directamente al jugador: en lugar de convertirlo en el simple espectador de una historia, incapaz de ejercer mayor influencia en la manera como se desenvuelve, los videojuegos permiten al jugador ser un espectador activo, un personaje, un protagonista. Las dimensiones psicológicas que esto introduce se traducen en un alto grado de vinculación o involucramiento. Donde unos ven a niños o jóvenes ensimismados, estupidizados, otros encuentran el potencial para un medio con tal grado de involucramiento para reforzar procesos formativos y educativos. En la medida en que los jóvenes se vinculan con el medio de manera transparente, interiorizan con mucho mayor facilidad y profundidad sus contenidos; al mismo tiempo, el hecho mismo de jugar introduce una nueva dinámica en la manera como se interpreta el aprendizaje, poniéndolo a uno en la posición de tener que resolver problemas, jugar con diferentes configuraciones, y de esta manera desarrollando habilidades importantes.
La iniciativa Changemakers de Ashoka tiene una experiencia interesante en esta dirección, cuando buscó explorar la manera como los juegos de video pueden ser utilizados en la promoción de la salud. Una de las propuestas ganadoras de la competencia desarrolló un juego de video para teléfonos celulares para ser distribuido en África, cuyo propósito era difundir una cultura de prevención contra el VIH/SIDA. El eje central detrás de este tipo de ideas es, justamente, el hecho de que son medios más accesibles para la juventud, y de esta manera se pueden transmitir con mayor facilidad, alcance y sobre todo, profundidad, mensajes con un alto grado de involucramiento. (Changemakers tiene también una librería con una gran cantidad de recursos sobre videojuegos serios disponibles, incluyendo un artículo del propio Henry Jenkins et al., “Confronting the Challenges of Participatory Culture: Media Education for the 21st Century” [enlace PDF], artículo fundamental para entender qué sentido tiene todo esto.)
En resumen, aunque parece ser un tanto complicado, creo que es importante detenernos a pensar con mayor seriedad y profundidad sobre las implicancias de las transformaciones culturales, en apariencia casi triviales, que nos rodean. Los videojuegos ejercen influencias en la manera como procesamos la cultura que son diferentes a las maneras como lo hemos hecho antes, y son diferentes de maneras no-triviales. En esa misma medida, se nos presenta la oportunidad de doblegarnos ante el desafío y seguir interpretando lo nuevo bajo las categorías de lo viejo, o como muestran estos testimonios de China, o como muestra el esfuerzo de Changemakers, tenemos la oportunidad de explorar las nuevas posibilidades para generar nuevas oportunidades, quizás hasta para lidiar con viejos problemas. (Espero que eso último no haya sonado demasiado cursi.)
Esto no es un regalo. Es una oportunidad. Una oportunidad que hay que saber aprovechar y no ser ingenuos, no alucinar que ya todo está hecho y que ahora sólo flotamos hacia el futuro, un futuro arcádico y utópico con todos los problemas resueltos. La oportunidad histórica que potencialmente se nos enfrenta es un desafío más grande que una historia de obstáculos y problemas, y es ahora y no antes cuando más debemos alzarnos a la ocasión y mostrar que somos capaces.
Ésos son elementos que no encuentro en la retórica presidencial y del gobierno en general. El Perú crece hoy a un ritmo de 7,7% al año, y se perfila a crecer aún más rápido. La economía hasta cierto punto se estabiliza, e incluso quizás se puede hablar de reducción en los niveles de pobreza y pobreza extrema. Hasta ahí todo bien, y las condiciones de vida de a muy pocos podría decirse que mejoran. ¿Pero es esto suficiente? ¿Debemos tomar el crecimiento económico simplemente como bueno, como el camino hacia adelante?
Creo que el asunto es más complejo que eso. Mucho más complejo. Y responde, más bien, a la oportunidad histórica a la que me refiero ambiguamente. Pues no se trata solamente de crecer, porque, claramente, no sabemos crecer. Justamente porque no sabemos crecer es que tenemos que preocuparnos por gestionar un crecimiento responsable, un crecimiento sostenible, un crecimiento enfocado en el futuro antes que en el presente mejor.
Índices cruciales como educación, salud, calidad de vida, y todo lo que ello arrastra, no los estamos tomando en consideración adecuadamente. Nos concentramos en indicadores de progreso económico, empleo y producción, y eso no está mal, pero estamos dejando de lado todo el universo de factores complementarios que serán los determinantes del futuro. Es cierto que si no pensamos en ello primero, no habrá un futuro: pero si no pensamos en lo otro hoy, el futuro no tendrá ningún sentido.
¿Estamos, acaso, preparados para el impacto ideológico que tendrá el crecimiento económico? ¿Estamos preparados para la demanda energética? Seguimos en gran medida dependiendo de hidrocarburos importados, escasos y caros -además de políticamente complicados- para mover nuestra economía. ¿Estamos pensando en sustitutos, estamos impulsando con suficiente fuerza el gas natural que extraemos nosotros mismos? Más aún, si es que podemos dar el paso extra, ¿estamos tomando un papel activo en la promoción de la investigación y el desarrollo de nuevas tecnologías energéticas que permitan atender este problema en el futuro?
¿Y para qué estamos educando a los niños? ¿En qué actividades queremos que se introduzcan en el futuro? Porque no tiene sentido entrenar mano de obra barata cuando al otro lado del charco China siempre nos ganará en ese rubro. Lo único que tiene sentido es enfocarnos en nuestras diferencias específicas, en aquellos sectores y mercados en los cuales tenemos una ventaja diferencial y dentro de los cuales podemos entrar a tallar con seriedad, aspirando a reorientar el curso de los acontecimientos. Pero esto implica un proyecto a largo plazo que empiece desde los niveles más tempranos de la educación y ofrezca un conjunto diferenciado de oportunidades reales para toda la población: oportunidades reales pensadas y enfocadas desde y hacia nuestras realidades inmediatas, que reconozcan el entorno que nos rodea y nos permitan ubicarnos y posicionarnos dentro de él.
La oportunidad histórica exige de nosotros construir y comprometernos con un modelo de desarrollo a largo plazo. Un modelo que nos aleje paulatinamente de la dependencia de los precios internacionales de los minerales, y nos convierta, en primer lugar, en productores y transformadores de conocimiento, de ciencia y tecnología, de arte y de cultura. A largo plazo, es la única manera en la cual eso nos permitirá desarrollar una posición sostenible en el contexto internacional, y llevar adelante mejoras en la calidad de vida de nuestra población. Eso implica no cegarnos hoy ante la promesa panaceica de desarrollo económico que traerá consigo la liberación y la felicidad y demás abstracciones bonitas. La oportunidad es la de entender que nos ponemos en vinculación con el futuro y que ello implica una serie de transformaciones e incluso sacrificios inmediatos para sostener una posición a largo plazo, una mejora continua y real, no sólo superficial.
Al mismo tiempo, y ésta es quizás la parte más complicada, sinceramente no creo que tengamos ninguna oportunidad sin transformaciones culturales, sociales y políticas de fondo. Cuestiones fundamentales como la constitución de una cultura de derechos humanos, de derechos sociales y culturales, de atención a los conflictos sociales y culturales que albergamos dentro de nuestras fronteras arbitrarias. Hay problemas que si no enfocamos debidamente amenazan con poner en jaque todo: el problema del narcotráfico como fenómeno en crecimiento y potencial de disrupción enorme, el problema aún no superado del terrorismo y la violencia política, el problema del racismo y la discriminación. Son aquellos problemas que en gran medida significan los obstáculos más grandes que, sin hacerlo obviamente, interrumpen y entorpecen todos los esfuerzos de crecimiento y de mejoramiento.
La oportunidad que enfrentamos es la de entender la coyuntura que tenemos al frente, de entender la oportunidad del crecimiento y ponerla bajo la luz adecuada, entenderla orientándola hacia el futuro y hacia un ideal regulativo hacia el cual quisiéramos tender. En esa visión habrán perspectivas en conflicto, disensos, oposiciones y contradicciones, pero finalmente al hacerlo estaremos haciendo algo que hemos dejado de hacer hace mucho tiempo: pensar el Perú, pensarlo profundamente como realidad, como problema y como proyecto, y hacer de ese pensamiento la herramienta transformadora que requerimos para afrontar el crecimiento responsablemente, para ser más que porcentajes del PBI y reconocer que, al final, detrás de todas estas abstracciones encontramos personas (como yo, o como tú, lector imaginario que ha llegado hasta aquí abajo) cuyo futuro está en juego en cada una de estas vueltas a la ruleta.
Las más veces solemos no darnos cuenta de que cosas así pasan, y de que en tanto pasen seguirán pasando.
ANIA es una organización cuya misión es justamente hacer que dejen de pasar. Su premisa es tan simple que uno se ríe ante su obviedad, y sin embargo, es el tipo de cosas tan obvias que nunca nos detenemos a considerar. Para generar un cambio positivo en el futuro, hay que enfocarse en aquellas personas que llevarán a cabo ese futuro.
Si te pones a pensarlo, en realidad no es tan difícil. Los niños absorben cosas como esponjas. ¿Crees realmente que es muy difícil mostrarles una manera distinta de hacer las cosas? Son esos detalles los que finalmente importarán.
El trabajo del profesor de antropología Michael Wesch y su taller de etnografía digital se ha vuelto sumamente popular, particularmente en YouTube y en general en la web, en los últimos meses. Hace ya tiempo incluí uno de sus clips en un post sobre aprendizaje y nuevas tecnologías, y hoy he encontrado un par de clips nuevos que ameritan exposición y comentario. Esto porque en ellos se evidencia una tensión latente y creciente pero que nos está costando mucho entender: los medios a través de los cuales nos expresamos y nos comunicamos están cambiando, y con ellos la manera como nos relacionamos con los contenidos y con los demás. El cambio es abrupto y radical, y las viejas estructuras no se adaptan con la misma velocidad que el cambio.
El resultado es claro en el caso de la educación, donde se hace crecientemente difícil conectar el contenido con los alumnos acostumbrados a algo… diferente. Desde que empecé a dictar clases de prácticas esto se me ha hecho más notable: es difícil hacer que un alumno con un “MTV attention span” se concentre en leer a Kant por dos horas. Hay que encontrar la manera de relacionarse con el contenido, de volverlo más cercano, de ponerlo en un lenguaje común. Esto no debería ser demasiado difícil, visto que aún sigo siendo estudiante. Pero aún así, el contenido mismo, y sobre todo la fuerza de la costumbre en la que uno es formado, hacen que no sea una tarea tan fácil.
Uno de los clips que encontré hoy enfoca justamente esta problemática, desde el punto de vista de los alumnos: ¿cómo aprendemos? ¿Cómo estructuramos el contenido? ¿Cómo debería entonces enseñarse? Conforme pasa el tiempo, se vuelve cada vez más claro que las formas conocidas de transmitir conocimiento funcionan cada vez menos.
El otro de los clips va en la misma dirección, y está directamente relacionado. ¿Cómo conocemos hoy? Antes, nuestras estructuras de conocimiento reflejaban en mayor o menor medida la manera como almacenamos la información. Archivadores, categorías, índices alfabéticas y cosas así. Pero hoy eso ya no tiene sentido. Estamos en la era de la búsqueda, cuando Google y las bases de datos relacionales, junto con la velocidad de computación creciente, hacen que la búsqueda de información sea trivial. La información misma se vuelve trivial, una vez que es tan fácilmente accesible. ¿Qué hace el usuario? Tiene que aportar algo nuevo, algo personal, algo que no esté en la simple data, para poder justificar su existencia. Saber la información se vuelve trivial. Entenderla, procesarla, agregarla, interpretarla, se vuelven los verdaderos elementos diferenciales.
La medida en que estos cambios lo están transformando todo es difícil aún de discernir. Marshall McLuhan señaló hace buen tiempo ya que el medio es el mensaje: que el medio reconstituye su contenido, y no es, como podría creerse tradicionalmente, un simple vehículo de contenido. Hay algo más que la forma aporta, algo determinante, y determinante a su vez en relación con el sujeto que consume información, que consume medios.
Y es éste un problema que me viene fascinando cada vez más. ¿Cómo aprendemos y cómo educamos hoy? Los métodos tradicionales brillan por su falibilidad, pero al mismo tiempo, hay ciertas cosas del establishment académico que podríamos querer mantener. No se trata simplemente de cambiarse a la moda y tirar todo por la ventana. Pero sí se trata de reprocesar, de reinterpretar el aprendizaje y preguntarnos qué se puede esperar de un alumno aprender. Regurgitar datos se vuelve una función trivial que una computadora puede hacer por sí sola. La idea misma de erudición se vuelve relativa.
¿Entonces?
La educación se vuelve un proceso más complejo, donde se debe enseñar con mayor profundidad las vicisitudes de consumir y producir información, y de hacerlo, además, de manera responsable. A todas las formas de alfabetismo y analfabetismo que conocíamos, ahora agregamos el alfabetismo mediático como elemento central en la formación actual de ciudadanos y consumidores responsables e involucrados. En muchas medidas y dimensiones esto se hilvana con otra serie de fenómenos que se vienen dando en paralelo, y por eso, hoy no podemos más que repensar, replantear, probar y ver qué pasa: política, economía, negocios, cultura, sociedad, medios, arte, producción, consumo, familia, redes sociales, comunidades, etc.
El medio está transformando todos los mensajes.
La semana pasada pude por fin ver el famoso documental de Al Gore, Una Verdad Incómoda. Al que no lo haya visto le recomiendo sinceramente que lo vea… pronto. Ya. Ahora mismo. ¿Por qué no lo estás buscando?
La cruzada de Gore, que es por lo demás un esfuerzo global de millones de personas, es quizás una de las empresas más importantes en la historia de la humanidad. Es, también, uno de los puntos centrales en torno a los cuales articulo mi investigación sobre las decisiones racionales. A la luz de toda la evidencia que muestra patentemente los problemas generados por el calentamiento global, simplemente no estamos tomando a nivel colectivo acciones con el alcance suficiente como para contrarrestar aquellos efectos que bien podrían llevarnos a la extinción de la especie. No lo hacemos porque hay intereses enormes dedicados a que nuestros patrones de comportamiento no cambien para resolver el problema: intereses como el de las grandes petroleras, que si vieran introducidas regulaciones al consumo de hidrocarburos verían enormemente reducidas sus ganancias. Aún así, a nivel global empezamos a ver una tendencia entre los gobiernos para atacar este problema, con un notable ausente: Estados Unidos, el principal responsable del problema para empezar.
Espero estar transmitiendo debidamente el alcance de lo que digo: un puñado de sujetos con mucho dinero están empeñados en perpetuar las condiciones que están destruyendo a la humanidad para poder hacer más dinero. Un puñado de sujetos responsables por el bienestar general de poblaciones enormes están empeñados en ignorar este bienestar para promover los intereses particulares de un puñado de sujetos con mucho dinero (probablemente, a su vez a cambio de mucho dinero). Mientras tanto, los niveles de contaminación se siguen incrementando y los problemas aumentan.
El Perú experimenta hoy un crecimiento económico y un incremento en los niveles de actividad productiva como no se han visto en muchos años. Pero la coyuntura exige mucho más de nosotros. ¿Creceremos responsablemente? Recientemente, La Oroya fue declarada uno de los lugares más contaminados del mundo. La minería a gran escala contamina y destruye nuestros recursos naturales, y nuestro crecimiento económico es desorganizado, y abre las puertas sin restricciones al capital. Al mismo tiempo, nuestra inversión en ciencia y tecnología es casi nula, mucho más aún en el desarrollo de sistemas de producción sostenibles.
El Perú crece, pero no crece responsablemente. Crece con una miopía al futuro, con la idea de que sólo importa el PBI, de que nuestros recursos estarán allí para siempre. Y claro, uno empieza a hablar de ambientalismo y lo tildan de reaccionario en contra del desarrollo, y así no podemos realmente llegar a ninguna parte.
He aquí una idea loca. La tendencia global está yendo crecientemente en la dirección de una conservación y utilización responsable del medio ambiente, y el desarrollo de prácticas empresariales responsables y sostenibles. El Perú está en pleno proceso de crecimiento, pero con la necesidad de renovar sus sectores productivos. En términos macro, hay dinero. ¿Y si invirtiéramos ese dinero en el desarrollo de tecnologías alternativas sostenibles? Generaríamos los productos que el mundo está empezando a requerir, y podríamos convertirnos en un bastión futurista del desarrollo sostenible. Cuando llegue el momento, tendremos la tecnología y el conocimiento para satisfacer las demandas de recursos del mundo. Al mismo tiempo que transformamos nuestra propia dinámica y lógica para un desarrollo propio del futuro, no de principio del siglo XX. Ésa es mi idea loca. Pero cumplirla requiere de compromisos que vayan más allá del futuro inmediato. Implica detenernos a pensar a dónde queremos y podemos llegar a mediano y largo plazo, pensar en cómo será el mundo entonces, y cómo queremos insertarnos en él.
Hace pocos días, Al Gore ganó el premio Nobel de la Paz, junto con los miembros del panel de la ONU sobre el cambio climático global. El mensaje que este premio envía es claro, y ya muchos grupos que quieren mantener las cosas como están han empezado a distorsionar su significado y relevancia. Aún con toda la resistencia, parece clara la tendencia hacia una presencia humana sobre la Tierra que sea más equilibrada. De lo contrario, es altamente probable que desaparezcamos.
Ante ese panorama, la opción por el desarrollo sostenible y responsable debería ser la opción más obvia que podríamos tomar.
Hoy día, todos conversamos sobre ello.
… no existe.
La tecnología transforma nuestras formas de socialización y es difícil adaptarse. Como sociedad, esto nos causa resistencia porque no sabemos qué hay al otro lado. Y atrapados en el medio están los niños: ellos ya están al otro lado, pero sus padres no, y eso genera una sensación de tenerlos fuera de control.
No hay tal cosa como navegación segura, ni debería haber esta preocupación draconiana por proteger a los niños de lo que pueden ver en Internet. No comprendo, me desafía esta noción de escudarlos de “palabras clave” que puedan ser dañinas para su formación. Filtrar que no puedan buscar en Google la palabra “sexo” es estúpido. Si el niño la está buscando, es porque quiere ver sexo, o porno, o algo similar, y si realmente quiere verlo, encontrará una manera no contemplada en el filtro.
Por lo demás, un recordatorio: el mundo no es color de rosa. Hay cosas “feas” y que no pueden gustarnos, y el niño tiene que verlas igual. En Internet es igual, pero a la enésima potencia. De la misma manera que no deberíamos enseñarle a los niños que hay cosas “prohibidas” de las que no se puede hablar, deberíamos hacer un esfuerzo por explicarles cómo comprender estos fenómenos extraños, ponerlos en contexto y quitarles así la mística que los hace, justamente, tan apelativos.
No hay un “buen uso de Internet” porque nadie es capaz de definir lo bueno, ni mucho menos de convertirlo en filtros de contenido. Filtrar el sexo implica filtrar la educación sexual. Por lo demás, es el único ejemplo del que se habla: el objetivo principal de estos programas es que los niños nunca descubran que son criaturas potencialmente sexuales, y que existe una dimensión del cuerpo que en algún momento descubrirán de todas maneras, pero con menos herramientas para comprenderla.
¿Pero acaso no debería enseñarse nada en torno al uso de nuevos medios de comunicación? Claro que sí. Un uso responsable de los medios, que entienda las causas y los efectos de lo que hacen.
Enseñarles que hay gente allí afuera empeñada en hacerles daño, en engañarlos, y enseñarles cómo pueden protegerse de ellos.
Que aquello que publican en la web tiene consecuencias y un alcance mucho mayor del que pueden imaginar, y que deben hacerse responsables por la información que ellos mismos comunican. La web no es ya un sitio de consumo de contenidos, es un sitio de creación y expresión, y debemos aprender a hacernos responsables por nuestros aportes.
Que hay contenidos que deben entenderse juiciosa y críticamente, que deben corroborar los datos, ponerlos en contexto, identificar las fuentes. Es importante enseñarles que en Internet hay menos referentes para determinar la relevancia y certeza de la información, y que deben basarse en ella con precaución.
En resumen, los niños no serán, sino que son ya, consumidores y productores de información, en niveles que sus padres no pueden empezar a comprender, lamentablemente. Ya que lo son, educarlos en el uso de los medios no significa poner filtros para prohibir cosas y podamos permanecer tranquilos: si quieren encontrar algo, lo harán. Al margen de cualquier filtro. La educación mediática consiste en que se pregunten por sus prácticas de consumo y producción de información, por la manera como socializan en la web, y estén conscientes de los riesgos que existen y de las consecuencias que tendrán sus propios actos.
Pero la responsabilidad de educar no puede delegarse en una “Zona Segura Speedy”. Que un filtro prohíba que busque en Google “sexo” no puede ni remotamente ser un sustito para el educador explicando el sentido de lo que encuentra el niño en Internet como lo encuentra en el mundo. Al menos en Internet hay alguien a su lado que puede ayudarlo a contextualizar la información. Pero al parecer, queremos desperdiciar esa oportunidad.
Una de muchas hipótesis que requieren de mayor sustento y consideración.
Me preocupa un poco empezar a repetirme a mí mismo, pero es lo que pasa cuando uno empieza a meterse en algo. En otras palabras: viendo que nuestro ordenamiento usual del mundo es hoy menos efectivo, y que en las condiciones actuales somos incapaces de tomar todas las decisiones necesarias, surge la pregunta por qué hacemos entonces, el problema filosófico de cómo nos manejamos frente al mundo y la incertidumbre.
¿Cómo recogemos y procesamos toda esa información que necesitamos para cumplir con nuestra porción de creación de conocimiento, más aún con la de los demás?
En realidad, la tarea se muestra como inviable, y no por eso podemos darnos el lujo de descartarla. Pero entonces debemos sintetizar procesos, resumir y reducir costos de transacción (quizás, sí, a expensas de la profundidad con la cual procesamos la información). La hipótesis extraña que se me ocurre es que este resumen lo realizamos “tercerizando” funciones cognitivas a través del ámbito emocional. Con mayor precisión: emociones y conocimiento no han estado nunca desligados. Pero para lidiar de manera más efectiva con la sobrecarga de información, utilizamos las emociones como árbitro para discriminar el contenido.
De allí, también, que la confianza sea una de las virtudes más apreciadas hoy en día. La confianza que tiene, por ejemplo, una fuente, un referente, un elemento de contenido, que brinda algún tipo de garantía sobre aquello de lo que habla y, como tal, merece sobrevivir a los filtros rígidos de discriminación que aplicamos. Lo que sobrevive al filtro para un análisis ulterior, entonces, no es realmente aquella información mejor evaluada y procesada, sino aquella que sobrevive a un filtro inicial de confiabilidad y relevancia. De esta manera nos vinculamos con el contenido, estableciendo vínculos más bien emocionales donde entran a tallar nuestros deseos e intereses concretos.
Esto arrastra implicaciones a la manera como aprendemos y enseñamos. El procesamiento profundo del contenido no vendrá por su exposición argumentativa y comprehensiva. Por el contrario, para que la audiencia realmente procese el contenido, debe ser dispuesta en el marco emocional adecuado para recibirla. Y debe formar con el contenido no un vínculo de asimilación conceptual, sino uno emocional, de vinculación personal con el contenido. Esto, por supuesto, no suena nuevo, pero nunca está demás redescubrirlo, pues nuestros prejuicios históricos son lo bastante fuertes como para hacernos olvidarlo.
Enseñar, y aprender, en general relacionarse con conocimiento, implica un trabajo emocional de llevar a quien aprende a la disposición emocional adecuada, a generar un interés legítimo por el tema que incite a la curiosidad y a una vinculación más profunda con el contenido. El contenido mismo, entonces, es inseparable de su forma, y así el medio es el mensaje, y la manera como lo expresamos será transformativa de lo expresado y determinante en términos de su supervivencia en las mentes de quien lo recibe.
No sólo los filósofos, sino los humanistas en general, junto con otros sectores de estudiantes y profesionales sobre todo del mundo de las letras, tienen una relación conflictiva con las tecnologías de la información y los recursos informáticos. Su vínculo se reduce, en la mayoría de los casos, a revisar ocasionalmente el correo electrónico, un poco de mensajería instantánea, navegar las web para cosas cotidianas y algunas académicas, y el uso básico del word para redactar documentos y trabajos. Nada del otro mundo.
No es extraño, incluso, escuchar de parte de algunas personas en estos grupos afirmar, con cierto orgullo, que revisan su correo electrónico una vez por semana, o que preparan todos sus trabajos en papel y sólo cogen la máquina para la redacción final, y demás reliquias de guerra de este estilo. La idea del humanista está frecuentemente asociada a un cierto romanticismo decimonónico que no incluía tecnología, y replicar lo más fidedignamente el ascetismo intelectualista es apreciado en muchos círculos como alg valioso, alguien que no ha sido corrompido por la modernidad.
Todo eso está muy bien, claro, pero quisiera evaluar dos razones por las cuales deberían considerar un acercamiento un poco más profundo hacia las TICs (tecnologías de la información y la comunicación), e incluso proponerles algunas alternativas. La primera razón es que el mundo, incluso dentro del submundo académico, está cambian radicalmente y se ve transformado por la tecnología, y quedarse atrás es quedarse fuera. La segunda, un poco más propositiva, es que más que un obstáculo o una corrupción del espíritu, las herramientas digitales y tecnológicas ofrecen una serie de nuevas posibilidades que pueden complementar y hasta enriquecer el trabajo que realizamos diariamente.
Veamos cada una con un poco más de detenimiento.
Hoy día parece relevante preguntarse por las condiciones de posibilidad de la filosofía en la época de MTV. No sólo de la filosofía, sino en general, las condiciones bajo las cuales nuestra cultura en general se ve transformada, bajo el influjo de una serie de fenómenos y tendencias difíciles de entender del todo.
El hecho es que, quizás por el ritmo del desarrollo tecnológico, el mundo cambia más rápido de lo que podemos formular sistemas para explicarlo. Las estructuras cognitivas de las personas cambian también, o al menos algo así he tratado de considerar. Conocemos de manera diferente, diferentes cosas, pues los medios a nuestra disposición nos revelan diferentes dimensiones de nuestra propia personalidad, cultura o sociedad que explorar en mayor profundidad.
¿Dónde queda el mundo académico en toda esta transformación? Como una de nuestras instituciones sociales más arcaicas y arraigadas, las transformaciones dentro de él se dan, usualmente, de manera lenta. Lo cual no está mal, pues es el proceder que hemos aprendido del método científico: la exploración, desprejuiciada y minuciosa, de la evidencia disponible, la repetición de los experimentos y la corroboración de los resultados. La academia debe moverse lento, para poder conseguir ni siquiera verdad, sino al menos certeza.
O al menos está acostumbrada a moverse así.
Aprendemos distinto, conocemos distinto, enseñamos distinto, o al menos eso intuyo vagamente. Nos relacionamos con las cosas, con el contenido, con las mismas formas, de manera distinta. Y la explosión de medios libera también una serie de posibilidades no exploradas para la academia, o que son exploradas de a pocos, y con reticencia (y no sin justicia). ¿Cómo utilizamos wikis para generar trabajo colaborativo? ¿Cómo usamos efectivamente el Powerpoint, o recursos de video, para transmitir conocimiento, o más que para eso, para desarrollar una suerte de mayéutica post-posmoderna, y llevar al aprendiz, dirigirlo en una cierta dirección?
O será, simplemente, de que ya no estoy hablando de la academia, lo cual es también válido. Pues pareciera que tenemos nuevas áreas grises que se forman, espacios de intercambio y de interacción más entrecruzados, entre los ámbitos educativos, los medios de comunicación, el mercado, la sociedad civil, incluso el Estado. Antes entendidos como ámbitos rígidamente demarcados (como lo eran quizás las ideologías o las racionalidades), ahora se entremezclan generando espacios regidos por lógicas mixtas -o al menos es lo que quiero pensar-. Donde se puede pensar en términos de conocimiento e investigación, en función a productos y procesos, y en relación a medios y mensajes. Ahora, claro, también podría ser sólo una vacía profecía más del colapso de lo sacro frente a la prostitución del conocimiento, o algo por el estilo.
En todo caso, y sin profundizar demasiado en el tema, tenemos ahorita frente a nosotros un laboratorio poco o mal explorado de oportunidades, de síntesis extrañas y experimentos bizarros, donde podemos jugar con técnicas, productos, ideas, y en última instancia con conocimiento. Los medios sociales y las oportunidades tecnológicas nos dan, si no la oportunidad de transformar radicalmente la academia, por lo menos la de a partir de ella construir un ámbito regido por una nueva lógica de aprendizaje y conocimiento que está en relación mucho más cercana con otros, diferentes, extraños ámbitos de la realidad.
A esa tierra extraña, probablemente inexistente, yo quiero llegar.
Encontré algunos enlaces sobre los cuales quisiera volver luego, en algún momento, para comentar algunas cosas (cuando tenga tiempo de leer todas sus referencias, quizás), mientras buscaba más información en blogs sobre gestión del conocimiento. Los dejo anotados para luego.
- Suggestion: using blogs in a KM class es un artículo en el que Jack Vinson pregunta cómo vincular blogs personales activamente dentro de una dinámica de clase.
- Blogs are knowledge management tools, otro artículo de Jack Vinson, busca poner en cuestión la idea de que los blogs son herramientas de publicación, no colaboración.
- The FastForward Blog es un blog con artículos en torno a la “empresa 2.0″.
- How to measure effect of communities at the macro level?, es un artículo que se pregunta por el impacto del surgimiento de comunidades colaborativas en las variables económicas a tomar en consideración.
Disculpen por tener las referencias casi siempre en inglés, pero es el idioma en el que más abunda la información. Quizás en algún momento sería pertinente hacer un compilado con lo mejor y traducirlo para mejor referencia.
No entraré en mucho detalle en las miles de consideraciones posibles que pueden tenerse respecto a Wikipedia. Particularmente quiero compartir un enlace que encontré a un proyecto de un estudiante en la universidad de Harvard que construye listas de lectura inteligentes a partir de los artículos de Wikipedia respecto a un tema (llegué al artículo en cuestión a través de un enlace en un blog sobre gestión del conocimiento). El sistema extrae información de libros y artículos referencias en los artículos de Wikipedia vinculados al tema solicitado, y a partir de su frecuencia determina, también, el orden de lectura que debería seguirse para leerlos.
A Wikipedia suele acusársele frecuentemente por no ser una fuente confiable de información, por no brindar una perspectiva adecuada de los temas, por simplemente estar equivocada y por no poderse depende realmente de ella para una investigación. Lo que nunca me quedó del todo claro es por qué tanta gente está tan dispuesta de buenas a primeras a depender de una enciclopedia para realizar sus investigaciones, cuando deberían acudir metódica y sistemáticamente a fuentes primarias y secundarias, corroborando sus datos y analizando sus fuentes siempre. Una enciclopedia, y tanto más Wikipedia, no es más que un punto de partida para ubicarse en el amplio panorama en torno a un tema, y donde buscar mayores referencias para seguir investigando.
Esta herramienta de construcción de listas de lectura inteligentes es un claro ejemplo del potencial que existe para algo así. Wikipedia no es en sí misma información definitiva, sino que en ella encontramos referencias y sugerencias para seguir buscando más información, y con una herramienta así podemos darle sentido a esa información y estructurar nuestro acercamiento a la adquisición de información y conocimiento. Pero pensar que Wikipedia, o cualquier enciclopedia por sí sola, es una fuente definitiva de información, es un comportamiento de investigación poco metodológico y por lo demás irresponsable.
Para los que comparten un poco la ansiedad conmigo de enfrentarse cada vez más al “mundo real”, aquí algunos consejos para la vida después de la graduación.
Quizás un poco romanticones, pero interesantes para tenerlos en cuenta.
UPDATE de cinco minutos después: viendo que éste es, en realidad, uno de los temas que tengo más presentes y cercanos en las últimas semanas, y que definitivamente lo seguirá siendo los próximos meses, quizás debería dedicarle un poco más de tiempo. ¿Quizás crear una categoría “mundo real” o algo parecido? O quizás el tema hasta amerite dedicarle un blog por separado, dadas las grandes cantidades de información que he recopilado al respecto. Lo pensaré un poco, pero mientras tanto, si alguien quiere aportar alguna idea, ahí tienen los comentarios.
Una capacidad colectiva para adquirir y crear conocimiento y darle un uso productivo para el bien común es tan crítico para los esfuerzos del sistema de la ONU como para países individuales. Esto significa, para el sistema de la ONU, acción concertada para profundizar el entendimiento y para gestionar y compartir el conocimiento de manera mejor orientada. A nivel conceptual, por ejemplo, existe una necesidad apremiante para articular comprehensivamente el entendimiento del sistema de los vínculos entre la paz, la seguridad y el desarrollo. En el área misma del desarrollo, las organizaciones del sistema de la ONU necesitan continuar juntas su entendimiento de cómo avanzar un acercamiento verdaderamente holístico al desarrollo económico y social: que refleje enteramente la relación mutuamente reforzada entre perseguir los Objetivos de Desarrollo del Milenio y aquellos incorporados en la más amplia agenda de desarrollo de la ONU; que asegure que los objetivos sociales son integrados efectivamente a la toma de decisiones económicas; y que tome en consideración el desarrollo de atender desigualdades existentes dentro de y entre países. [Traducción mía]
Así define Naciones Unidas la importancia de la gestión del conocimiento para la persecusión de sus objetivos. En una economía de la información, nos pasamos la mayor parte del día generando información y contenido; de hecho, la gran mayoría de nuestras interacciones son intercambios de información en mayor o menor medida relevantes para la vida de una organización. O, en cualquier caso, para nuestras vidas personales. A diario leemos periódicos, vemos noticias por televisión, las escuchamos en la radio; leemos libros, revistas, artículos, páginas web; recibimos y enviamos correos electrónicos, conversamos por mensajería instantánea, o por teléfono; redactamos y entregamos o publicamos reportes, informes, ensayos, trabajos, investigaciones, estudios, análisis, etc.; y encima de todo eso, tenemos encuentros personales, conversaciones, reuniones, discusiones, debates, clases, conferencias, y tantas otras formas de intercambio personal de información.
El problema radica en que, como es propio de la vida moderna, todo este intercambio y flujo de información nos deja poco tiempo o espacio para detenernos por un momento y preguntarnos: “¿Qué significa todo esto?”.
En el último par de horas (cuando de hecho debería estar trabajando :S) he estado revisando algunos nuevos recursos que he encontrado en Google a los cuales no les he prestado antes suficiente atención. En primer lugar, está el historial de búsqueda de Google, un servicio a través del cual uno puede mantener registradas sus búsquedas en Google, así como los vínculos dentro de los resultados a los cuales uno ingresa. Según parece, aunque todavía no puedo verlo por mí mismo, incluso esto permite también tener acceso a un muestreo de tendencias dentro de las búsquedas propias. ¿Para qué sirve esto? Se me ocurre que viendo las tendencias y relaciones entre las búsquedas, uno podría encontras vínculos y conexiones que probablemente no había tomado en consideración antes, y así encontrar un nuevo camino por el cual desarrollar la búsqueda. El servicio también incluye integración con los marcadores de Google, pero a pesar de que el Google Reader ha conseguido que deje de revisar mi Bloglines por varias semanas, me daría mucha pena que ocurriera lo mismo con el finamente ejecutado del.icio.us.
La otra novedad es que después de mucho tiempo he regresado a revisar los Grupos de Google, y me he encontrado con una nueva interfase y con una serie de nuevas características. No he tenido oportunidad aún de revisarlo mucho, pero lo que sí es ciertamente sorprendente es la cantidad abrumadora de información (información, no conocimiento necesariamente) que existen en estos archivos, y es un recurso que tengo que adaptarme a explotar. Explotarlos es mucho más sencillo teniendo la búsqueda de Google a la mano, pero quizás lo más increíble es como, creo a partir del magro historial de busquedas que voy construyendo, la herramienta de grupos es capaz de recomendarme, sin mayor información, diferentes grupos que considera podrían interesarme. Es como para sentirse querido.
Indagando un poco en los grupos encontré un sujeto que anunciaba su wiki sobre formas de aprendizaje y la influencia de nuevas tecnologías, que me pareció relevante chequear (de hecho es un tema sumamente cercano al que busco trabajar aquí). Aunque no encontré mucho contenido en el wiki de utilidad, sí encontré el siguiente video producido por el grupo Digital Ethnography, que resume muchas ideas sobre la influencia cultural de las nuevas tecnologías, así que para los que aún no la tienen muy clara (yo incluido), a continuación el video.
Debo empezar diciendo que no tengo ni la menor idea de lo que realmente quiero o espero de mi vida.
Habiendo dicho eso, el problema del tercer mundo. El hecho de que exista, y de que exista un primer mundo. ¿Qué significa realmente esto del tercer mundo? Aunque tiene muchas dimensiones, pienso ahora tan solo en la ideológica. El tercer mundo se ha convertido en un lugar de reciclaje, de seguidores, follow the leader, de consumidores culturales. No un lugar de generación, no un lugar de exportación cultural (más allá de lo que puede ser la varieté que consume la Europa étnicamente conciente y demás rincones semejantes), no un lugar que reafirme su propia identidad, sino un lugar al cual se le dice infantilmente lo que debe pensar, decir o hacer, y se le instruye a regurgitar repetitivamente las ideas que el primer mundo cortésmente produce para su digestión en el segundo estómago. En otras palabras, la condición de lo tercermundista no sólo es la muy real dimensión material de la falta de recursos de todo tipo, comenzando por la infraestructura y el aparato de producción, sino que es también la dimensión psicológica que hemos interiorizado respecto a que el primer mundo dirige el camino, mientras nosotros los seguimos.





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