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Un complicado problema moral…
El asunto está muy bien reseñado en la más reciente nota de Penny Arcade (así como en el último cómic). Electronic Arts ha introducido en uno de sus últimos juegos, Battlefield: Bad Company, la posibilidad de que los jugadores compren nuevas y mejores armas para utilizar en el juego.
El gran problema es que con esto, el juego ya no vale nada. Es decir, cuando hay la posibilidad de que alguien, no por habilidad ni por inteligencia, sino por tener más dinero, tenga mayores posibilidades de ganar, pues deja de ser divertido. Obviamente los que tengan más plata comprarán mejores armas y vencerán a los que no puedan comprar las mismas armas, el juego deja de ser divertido para estos últimos y dejan de jugarlo.
Cuando el asunto se mantiene dentro del ámbito de la habilidad, la cuestión es interesante, uno puede mejorar, ganar niveles, etc. Pero cuando se trata simplemente de meterle dinero al juego para comprar mejores armas, se rompe un equilibrio que en su núcleo es moral. Es el hecho de diferencia esferas de acción, y que el juego es una instancia medianamente equiparante donde nos medimos por la manera como jugamos, no por el hecho de tener más o menos dinero.
No suelo hacer compras en línea. Principalmente, porque no tengo claro el asunto del envío y la aduana peruana es algo muy cercano al infierno con lo cual no quiero tener que lidiar: considerando que casi todos los productos enviados llegarán del extranjero, no sólo los costos de envío me comerían vivo (eliminando en gran parte todo lo interesante de comprar más barato en línea), sino que es bastante probable que los trámites que pudieran surgir me volverían psicópata. Si alguien tiene mejor conocimiento que yo del tema, mucho les agredecería me ilustren.
Pero quería escribir sobre otro tema, ya que justamente he estado buscando en Amazon.com por la posibilidad de comprarme una cámara digital. Suelo recurrir a Amazon seguido en busca de información sobre discos, libros, películas o productos en general, pero nunca mucho para comprar por ahí. Así que ahora me he fijado con mucho mayor detalle en una serie de características que tiene Amazon para simplificar el hecho de que existen millones de productos posibles que se pueden comprar, haciendo todos esencialmente lo mismo. Nada de esto es nuevo, pero es la primera vez que reparo en ello como para comentar al respecto.
- Lo más interesante son los reviews de clientes satisfechos e insatisfechos. Miles de individuos viven la fiesta de la posmodernidad contando su propia historia sobre cómo han utilizado el producto, qué encuentran de bueno y que de malo. La mayoría de productos tiene suficientes reviews como para poder pintarse un panorama bastante completo sobre sus puntos fuertes y débiles, y particularmente, narraciones que le suenan a uno suficientemente cercanas como para identificarse con los propósitos y preocupaciones del autor. Pero no nos pongamos literarios.
- Amazon te muestra, debajo del producto que estás viendo, una distribución porcentual de cuántas personas que vieron el mismo producto lo compraron, cuántos compraron otra cosa y qué otra cosa compraron. Esto facilita establecer el rango en el que uno se mueve y según los porcentajes ver más o menos cuáles productos han sido mejor favorecidos.
- Desde la misma página del producto, uno tiene la opción de seleccionar todos los extras y accesorios que pudiera querer o necesitar, a menudo con un descuento por comprarlos en paquete. No es la gloria, pero me parece bueno que te simplifiquen el proceso de darles tu dinero.
- Junto con los reviews de los usuarios, Amazon incluye también enlaces a reviews de sitios especializados en el producto -en el caso de cámaras, por ejemplo, enlaces a sitios de fotografía que han hecho reviews más detallados del producto-.
- Pero ésta es la que me hizo escribir esta nota: en la misma página, Amazon incluye enlaces a otros sitios web que venden el mismo producto, junto con el precio al que lo venden. Osea, te ponen a la competencia al costado. No sé si esto esté filtrado de tal manera que Amazon siempre tenga el precio más barato, pero ese no es el punto. Es el hecho de que así se genera la perfecta cámara de resonancia. Todo está en esta página. No sólo puedo comparar productos de un mismo género, a través de sus reviews, sino que puedo sacar una idea del mismo producto a través de varios vendedores. En una misma parada, bien podría tener toda la información que pudiera necesitar.
La información bruta está allí esperando que se le dé forma. El ejemplo de Amazon me parece interesante porque juegan de tal manera con toda la información que se genera de sus ventas que producen una orientación de suma utilidad para el cliente, quien puede así tomar una decisión mejor informada sobre lo que compra (o al menos creer que lo hace). Además, esto no debe ser la gran cosa: una vez que el asunto está programado, todo corre más o menos por sí solo. Pero le hace la vida más feliz o al menos, menos problemática a todo el mundo.
No debería ser tan difícil…
Esto no es un regalo. Es una oportunidad. Una oportunidad que hay que saber aprovechar y no ser ingenuos, no alucinar que ya todo está hecho y que ahora sólo flotamos hacia el futuro, un futuro arcádico y utópico con todos los problemas resueltos. La oportunidad histórica que potencialmente se nos enfrenta es un desafío más grande que una historia de obstáculos y problemas, y es ahora y no antes cuando más debemos alzarnos a la ocasión y mostrar que somos capaces.
Ésos son elementos que no encuentro en la retórica presidencial y del gobierno en general. El Perú crece hoy a un ritmo de 7,7% al año, y se perfila a crecer aún más rápido. La economía hasta cierto punto se estabiliza, e incluso quizás se puede hablar de reducción en los niveles de pobreza y pobreza extrema. Hasta ahí todo bien, y las condiciones de vida de a muy pocos podría decirse que mejoran. ¿Pero es esto suficiente? ¿Debemos tomar el crecimiento económico simplemente como bueno, como el camino hacia adelante?
Creo que el asunto es más complejo que eso. Mucho más complejo. Y responde, más bien, a la oportunidad histórica a la que me refiero ambiguamente. Pues no se trata solamente de crecer, porque, claramente, no sabemos crecer. Justamente porque no sabemos crecer es que tenemos que preocuparnos por gestionar un crecimiento responsable, un crecimiento sostenible, un crecimiento enfocado en el futuro antes que en el presente mejor.
Índices cruciales como educación, salud, calidad de vida, y todo lo que ello arrastra, no los estamos tomando en consideración adecuadamente. Nos concentramos en indicadores de progreso económico, empleo y producción, y eso no está mal, pero estamos dejando de lado todo el universo de factores complementarios que serán los determinantes del futuro. Es cierto que si no pensamos en ello primero, no habrá un futuro: pero si no pensamos en lo otro hoy, el futuro no tendrá ningún sentido.
¿Estamos, acaso, preparados para el impacto ideológico que tendrá el crecimiento económico? ¿Estamos preparados para la demanda energética? Seguimos en gran medida dependiendo de hidrocarburos importados, escasos y caros -además de políticamente complicados- para mover nuestra economía. ¿Estamos pensando en sustitutos, estamos impulsando con suficiente fuerza el gas natural que extraemos nosotros mismos? Más aún, si es que podemos dar el paso extra, ¿estamos tomando un papel activo en la promoción de la investigación y el desarrollo de nuevas tecnologías energéticas que permitan atender este problema en el futuro?
¿Y para qué estamos educando a los niños? ¿En qué actividades queremos que se introduzcan en el futuro? Porque no tiene sentido entrenar mano de obra barata cuando al otro lado del charco China siempre nos ganará en ese rubro. Lo único que tiene sentido es enfocarnos en nuestras diferencias específicas, en aquellos sectores y mercados en los cuales tenemos una ventaja diferencial y dentro de los cuales podemos entrar a tallar con seriedad, aspirando a reorientar el curso de los acontecimientos. Pero esto implica un proyecto a largo plazo que empiece desde los niveles más tempranos de la educación y ofrezca un conjunto diferenciado de oportunidades reales para toda la población: oportunidades reales pensadas y enfocadas desde y hacia nuestras realidades inmediatas, que reconozcan el entorno que nos rodea y nos permitan ubicarnos y posicionarnos dentro de él.
La oportunidad histórica exige de nosotros construir y comprometernos con un modelo de desarrollo a largo plazo. Un modelo que nos aleje paulatinamente de la dependencia de los precios internacionales de los minerales, y nos convierta, en primer lugar, en productores y transformadores de conocimiento, de ciencia y tecnología, de arte y de cultura. A largo plazo, es la única manera en la cual eso nos permitirá desarrollar una posición sostenible en el contexto internacional, y llevar adelante mejoras en la calidad de vida de nuestra población. Eso implica no cegarnos hoy ante la promesa panaceica de desarrollo económico que traerá consigo la liberación y la felicidad y demás abstracciones bonitas. La oportunidad es la de entender que nos ponemos en vinculación con el futuro y que ello implica una serie de transformaciones e incluso sacrificios inmediatos para sostener una posición a largo plazo, una mejora continua y real, no sólo superficial.
Al mismo tiempo, y ésta es quizás la parte más complicada, sinceramente no creo que tengamos ninguna oportunidad sin transformaciones culturales, sociales y políticas de fondo. Cuestiones fundamentales como la constitución de una cultura de derechos humanos, de derechos sociales y culturales, de atención a los conflictos sociales y culturales que albergamos dentro de nuestras fronteras arbitrarias. Hay problemas que si no enfocamos debidamente amenazan con poner en jaque todo: el problema del narcotráfico como fenómeno en crecimiento y potencial de disrupción enorme, el problema aún no superado del terrorismo y la violencia política, el problema del racismo y la discriminación. Son aquellos problemas que en gran medida significan los obstáculos más grandes que, sin hacerlo obviamente, interrumpen y entorpecen todos los esfuerzos de crecimiento y de mejoramiento.
La oportunidad que enfrentamos es la de entender la coyuntura que tenemos al frente, de entender la oportunidad del crecimiento y ponerla bajo la luz adecuada, entenderla orientándola hacia el futuro y hacia un ideal regulativo hacia el cual quisiéramos tender. En esa visión habrán perspectivas en conflicto, disensos, oposiciones y contradicciones, pero finalmente al hacerlo estaremos haciendo algo que hemos dejado de hacer hace mucho tiempo: pensar el Perú, pensarlo profundamente como realidad, como problema y como proyecto, y hacer de ese pensamiento la herramienta transformadora que requerimos para afrontar el crecimiento responsablemente, para ser más que porcentajes del PBI y reconocer que, al final, detrás de todas estas abstracciones encontramos personas (como yo, o como tú, lector imaginario que ha llegado hasta aquí abajo) cuyo futuro está en juego en cada una de estas vueltas a la ruleta.
Pero a pesar de que hay una tendencia hacia liberar la información en todo sentido, y volver los objetos culturales en el mundo digital gratuitos, esto es más complejo de lo que yo mismo he dicho.
Lo cual se me hizo tanto más obvio después de leer un artículo del blog Web Worker Daily sobre problemas al regalar tu contenido y cómo monetizarlo después, que apuntaba es este artículo de Tim O’Reilly comentando otro de Scott Adams precisamente sobre el mismo tema: gratis es más complicado de lo que parece.
El problema principal radica en el valor simbólico que le asignamos a las cosas -un análisis mucho más interesante podrá surgir, incluso, si incluyéramos el capítulo 1 de El Capital y los conceptos de valor de uso y valor de cambio-. Cuando recibimos algo gratuitamente, el valor simbólico que le asignamos es muchísimo menor que incluso cuando hemos pagado una suma muy reducida. Entonces, al regalar uno su propio contenido, establece para el futuro una expectativa de que el contenido futuro será siempre libre, y la complicación adicional que significaría luego empezar a intentar monetizarlo de alguna manera.
En otras palabras, inadvertidamente al uno regalar su contenido libremente, estaría reduciendo el valor de su trabajo a cero. Con reducidas posibilidades de incrementarlo luego.
Y si el valor asignado al trabajo se reduce virtualmente a nada, ¿cuáles son los incentivos que se generan para que los productores de contenido lo sigan haciendo? Uno podría decir simplemente el mérito y el reconocimiento, pero eso rápidamente se volverá insuficiente cuando el productor deba cubrir costos y mantenerse para poder seguir produciendo contenido de calidad que sea reconocido. Existe también el modelo por publicidad: cobrar a anunciantes por incluir publicidad acompañando el contenido, idealmente publicidad directamente relacionada con el tema del contenido. Pero que esto funcione requiere de enormes cantidades de audiencia para tener una propuesta realmente de valor para un anunciante, e introduce, además, un tema de a quién se dedica entonces uno: a generar buen contenido para el público, o buen contenido en la medida que genere más lectores para un anunciante.
¿Dónde se encuentra el sistema de incentivos en una cultura remix? ¿Por qué uno es llevado a generar más contenido? ¿Hay algo más que simplemente el reconocimiento de una comunidad con intereses similares? Me interesan enormemente estas preguntas porque las veo como un camino tentativo para superar algo como el trabajo enajenado. Quizás. Quizás es muy limitado.
Ahora todo es gratis. O todo puede ser gratis o aparentemente gratis -piensen en libros, en música, en información, en películas, etc.- con ciertos atajos, y es sumamente difícil que aceptemos que deje de ser así. Simplemente, si hemos visto que puede funcionar de esa manera, ¿por qué lo dejaríamos?
Por eso nos vemos forzados a repensar lo que entendemos por propiedad intelectual con propuestas como las licencias Creative Commons. En la economía tradicional, reproducir los objetos es difícil: no puedo simplemente clonar, digamos, un auto con facilidad. Pero en la economía digital, clonar y reproducir son la base del sistema: puedo sacar mil copias de un archivo mp3 y la última es exactamente igual a la primera. ¿Entonces por qué me quieres cobrar más por copias que no te cuesta más producir o distribuir?
Wikipedia nos da libremente información por la que Britannica nos cobra. El proyecto Guttenberg nos da libre disponibilidad de un enorme catálogo de libros clásicos, sin costo alguno. La frontera entre lo legítimo y lo ilegítimo es, sin embargo, tenue: entre descargar un mp3 con licencia libre de distribución, o entre estar reproduciendo música contra la ley.
Pero el asunto es que, si nuestras prácticas viran colectivamente en una cierta dirección nueva, por mucho que eso socave viejas estructuras, nos obliga a preguntarnos que quizás necesitamos nuevas estructuras para soportarlas. O en otras palabras: si las condiciones materiales han cambiado, tiene sentido que nos planteamos nuevas reglas de juego para lidiar con esas condiciones.
La semana pasada pude por fin ver el famoso documental de Al Gore, Una Verdad Incómoda. Al que no lo haya visto le recomiendo sinceramente que lo vea… pronto. Ya. Ahora mismo. ¿Por qué no lo estás buscando?
La cruzada de Gore, que es por lo demás un esfuerzo global de millones de personas, es quizás una de las empresas más importantes en la historia de la humanidad. Es, también, uno de los puntos centrales en torno a los cuales articulo mi investigación sobre las decisiones racionales. A la luz de toda la evidencia que muestra patentemente los problemas generados por el calentamiento global, simplemente no estamos tomando a nivel colectivo acciones con el alcance suficiente como para contrarrestar aquellos efectos que bien podrían llevarnos a la extinción de la especie. No lo hacemos porque hay intereses enormes dedicados a que nuestros patrones de comportamiento no cambien para resolver el problema: intereses como el de las grandes petroleras, que si vieran introducidas regulaciones al consumo de hidrocarburos verían enormemente reducidas sus ganancias. Aún así, a nivel global empezamos a ver una tendencia entre los gobiernos para atacar este problema, con un notable ausente: Estados Unidos, el principal responsable del problema para empezar.
Espero estar transmitiendo debidamente el alcance de lo que digo: un puñado de sujetos con mucho dinero están empeñados en perpetuar las condiciones que están destruyendo a la humanidad para poder hacer más dinero. Un puñado de sujetos responsables por el bienestar general de poblaciones enormes están empeñados en ignorar este bienestar para promover los intereses particulares de un puñado de sujetos con mucho dinero (probablemente, a su vez a cambio de mucho dinero). Mientras tanto, los niveles de contaminación se siguen incrementando y los problemas aumentan.
El Perú experimenta hoy un crecimiento económico y un incremento en los niveles de actividad productiva como no se han visto en muchos años. Pero la coyuntura exige mucho más de nosotros. ¿Creceremos responsablemente? Recientemente, La Oroya fue declarada uno de los lugares más contaminados del mundo. La minería a gran escala contamina y destruye nuestros recursos naturales, y nuestro crecimiento económico es desorganizado, y abre las puertas sin restricciones al capital. Al mismo tiempo, nuestra inversión en ciencia y tecnología es casi nula, mucho más aún en el desarrollo de sistemas de producción sostenibles.
El Perú crece, pero no crece responsablemente. Crece con una miopía al futuro, con la idea de que sólo importa el PBI, de que nuestros recursos estarán allí para siempre. Y claro, uno empieza a hablar de ambientalismo y lo tildan de reaccionario en contra del desarrollo, y así no podemos realmente llegar a ninguna parte.
He aquí una idea loca. La tendencia global está yendo crecientemente en la dirección de una conservación y utilización responsable del medio ambiente, y el desarrollo de prácticas empresariales responsables y sostenibles. El Perú está en pleno proceso de crecimiento, pero con la necesidad de renovar sus sectores productivos. En términos macro, hay dinero. ¿Y si invirtiéramos ese dinero en el desarrollo de tecnologías alternativas sostenibles? Generaríamos los productos que el mundo está empezando a requerir, y podríamos convertirnos en un bastión futurista del desarrollo sostenible. Cuando llegue el momento, tendremos la tecnología y el conocimiento para satisfacer las demandas de recursos del mundo. Al mismo tiempo que transformamos nuestra propia dinámica y lógica para un desarrollo propio del futuro, no de principio del siglo XX. Ésa es mi idea loca. Pero cumplirla requiere de compromisos que vayan más allá del futuro inmediato. Implica detenernos a pensar a dónde queremos y podemos llegar a mediano y largo plazo, pensar en cómo será el mundo entonces, y cómo queremos insertarnos en él.
Hace pocos días, Al Gore ganó el premio Nobel de la Paz, junto con los miembros del panel de la ONU sobre el cambio climático global. El mensaje que este premio envía es claro, y ya muchos grupos que quieren mantener las cosas como están han empezado a distorsionar su significado y relevancia. Aún con toda la resistencia, parece clara la tendencia hacia una presencia humana sobre la Tierra que sea más equilibrada. De lo contrario, es altamente probable que desaparezcamos.
Ante ese panorama, la opción por el desarrollo sostenible y responsable debería ser la opción más obvia que podríamos tomar.
Hoy día, todos conversamos sobre ello.
Antes de la ubicuidad de las computadoras y de Internet, vender discos tenía sentido. Era la única manera de acceder a la música. La piratería era, a gran escala global, un fenómeno no demasiado problemático. Antes del CD, incluso, la pérdida en calidad con cada copia hecha reducía la importancia de la piratería. Pero con la tecnología digital, la enésima copia es igual de fiel al original que la primera. El tamaño de los archivos resultantes permite distribuirlos cómodamente por medios electrónicos. Se vuelve inviable cortar el flujo de la información, y en consecuencia cualquier puedes conseguir la música que quiera, cuando quiera. Sin pagar por ella. Esto se vuelve tan natural, que ni siquiera vemos la necesidad de reflexionar al respecto de si está bien o está mal. Vender discos ya no tiene sentido. Mantener un gigantesco aparato de distribución, para hacer de manera menos eficiente lo mismo que una red p2p puede hacer mejor, ya no tiene sentido. Pero a mucha gente que hacía mucho dinero con eso, le molesta mucho.
Antes, vender libros tenía sentido. Se imprimía un tiraje, más copias para los libros que venderían más, se distribuían a las librerías, se vendían. A veces se perdía, se acumulaban copias sin vender en los almacenes, era parte del negocio. Pero luego hubieron scanners, e Internet, y ya no tenía tanto sentido porque los libros eran reproducidos, incluso traducidos, más rápido que lo que la misma editora podía hacerlo. Los libros podían distribuirse digitalmente, incluso los más interesados bien podían imprimirlos en sus impresoras láser domésticas, quizás hasta por menor costo que el precio de lista. Vender libros masivamente ya no tiene mucho sentido. Pero a mucha gente que hacía mucho dinero con eso, le molesta mucho.
Antes del acceso a Internet masivo, vender software tenía sentido. Uno comprometía enormes cantidades de recursos para el desarrollo, pero al vender las licencias podía recuperar con amplio margen de ganancias. Pero luego apareció el software libre, y luego Internet, y de repente la gente compartía el software, había reemplazos gratuitos igualmente funcionales, la gente empezó a distribuir software incluso a través de la web. Alguien se dio cuenta que pagar $500 por usuario no tenía mucho sentido. Vender software dejó de tener sentido. Los usuarios empezaron a conseguir software libre, que podía utilizarse libremente sin costo, y prescindieron de “extras” que en realidad nunca sirvieron de mucho. Pero a mucha gente que hacía mucho dinero con eso, le molesta mucho.
Cuando el producto es información, pensar en el producto como si fuera una lata de conservas no sirve de nada. Cuando tu costo de producir la segunda unidad es infinitamente menor al de producir la primera, no puedes aplicar la misma lógica que con un paquete de galletas. Cuando el mundo cambia, tu modelo debe cambiar también.
Quizás los discos sirvan otro propósito, y en lugar de exprimirlos por regalías deban ser sólo material de promoción para que un artista se gane la vida a partir de presentaciones en vivo que brindan un mayor valor diferencial por la imposibilidad de reproducir la experiencia. Claro, esto pone en jaque a las disqueras, pero libera a los músicos. Que la industria musical muera es algo muy distinto a que la música desaparezca -hubo música mucho antes de que hubieran disqueras-.
Quizás los libros se enfoquen ya no tanto hacia públicos megamasivos, sino que se genere un mercado para contenidos focalizados. La tecnología de impresión por demanda hace viable la publicación de libros con tirajes reducidos, altamento personalizados. El libro, como formato, creo que es difícil que desaparezca. Pero la relación del autor con el lector se volverá más cercana en tanto empiece a necesitar cada vez menos de intermediarios para difundir su obra, llegando más directamente a los nichos interesados.
Quizás el software deba dejar de ser pensado como un producto cualquier, dado que puede reproducirse y distribuirse libremente. Pero el software requerirá soporte, capacitaciones, configuraciones, y todo un conjunto de servicios adicionales que requerirán emplear personas para realizarlos. Así, aún el software libre dinamiza la economía redistribuyendo los empleos antes concentrados en lo que son potencialmente empresas locales sirviendo necesidades locales. Podría ser más inteligente regalar el producto, si con eso uno puede asegurarse contratos de servicio por un periodo más largo, y por más ganancias.
Todas las reglas de juego cambian cuando no es uno el que le habla a muchos, sino todos hablando al mismo tiempo con todos.
Para todo efecto práctico, el ser humano es inviable sobre el planeta Tierra.
Simplemente, la situación actual es insostenible. La investigación científica apunta a la gravedad creciente del calentamiento global, mientras el establishment económico del mundo se hace de la vista gorda para no detener la producción. Para que un puñado de sujetos con mucho dinero tenga un poco más, sin que les haga ninguna diferencia, nosotros, nuestros hijos y sus hijos tendremos que sacrificar un planeta.
Hablar de revoluciones es un tema complicado, porque encandila muchos ánimos hacia uno u otro lado. Pero realmente no pareciera que el mundo quisiera que se acabara el capitalismo o el mercado: las masas excluidas, más bien, lo único que quieren es que les dejen jugar el mismo juego. El sistema capitalista ha mostrado, por lo demás, su efectividad como dinamizador del desarrollo de la ciencia y la innovación: de hecho, gran partes de nuestros avances técnicos no habrían sido posibles, o al menos no tan vertiginosamente, si no hubiera estado detrás el lucro como motivador.
Bien pareciera que la solución no viene desde fuera, ni como negación simple. Tampoco es un simple reformismo redistributivo y todos felices. La revolución más profunda es tal que ni siquiera podemos verla ni concebirla claramente, pues sus términos no han sido aún acuñados: pero es indispensable un cambio de paradigma fundamental si queremos considerar que la vida humana sea una cuestión viable. El modelo del éxito y de la felicidad no puede ser ya el American Dream; pero felizmente, casi ni siquiera lo es ya para los gringos, aún cuando los tercermundistas seguimos soñando con la cerca blanca y el perro llamado Spot. La utopía del consumo indiscriminado, que presupone la suspensión del pensamiento sobre el futuro, es un modelo insostenible, que empeor con cada nuevo mercado inaugurado. Y aún así, pensar en cambios y transformaciones de orden ideológico, si nos guiamos un poco por la jerarquía de las necesidades de Maslow, implica primero satisfacer necesidades de orden material (coinciden Marx, Layard).
Espero no ser malentendido: el problema tiene que ser abordado, simultáneamente, desde múltiples ángulos, si es que queremos tener algún tipo de éxito. Junto al desarrollo económico que satisfaga las necesidades de las poblaciones del mundo, se encuentra el desarrollo técnico que transforme los procesos productivos en cadenas sostenibles, que no depreden el medio ambiente. Al mismo tiempo, el impulso social para promover la responsabilidad social corporativa, y el putsch filosófico para construir un modelo alternativo de felicidad integral que trascienda las condiciones inmediatistas del consumo sin caer en naivetés romanticistas.
Empezando por entender que el proceso no nos es ajeno: finalmente, los cambios estructurales surgirán a partir del conglomerado de pequeñas acciones individuales que cada uno de nosotros pueda aportar.
¿Cómo le damos sentido a las cosas en el mundo en el que vivimos? Nuestra época está marcada por lo que es llamado a veces “MTV attention spans”, nuestra cultura padece de déficit de atención generalizado y nuestros intereses cambian casi minuto a minuto ante el influjo permanente y acelerado de nueva y abundante información. Nuestro mundo altamente interconectado ha reducido enormemente las distancias, al punto que estamos casi permanentemente en todos lados, y los sucesos que ocurren al otro lado del mundo nos resultan relevantes e incluso arrastran consecuencias reales hacia nuestra vida cotidiana. A fines del siglo XX, complicaciones en las economías profundamente interdependientes del globo suelen repercutir en crisis de orden generalizado a nivel mundial -así en Rusia, México, Argentina, etc-. De manera similar, procesos sociales, económicos, políticos y culturales extienden sus ramificaciones a través del mundo occidental, haciendo relevante que las personas se mantengan informadas y actualizadas no sólo respecto a lo que pasa en su entorno inmediato, sino también a miles de kilómetros de distancia. Esto ha acarreado, sin embargo, junto al hecho de estar uno más consciente de la existencia de un mundo enorme, que la diversificación de la atención lo obligue a uno a concentrarse menos en su entorno inmediato. Somos ciudadanos del mundo por fuerza, y por fuerza nos vemos obligados a desprendernos de nuestras raíces.
Un estudio de la Universidad de Berkeley del año 2003 reveló que sólo en el 2002, el mundo generó una cantidad nueva de información equivalente a 37 mil Librerías del Congreso de los Estados Unidos, un promedio de 10 metros de libros por cada persona del mundo. El mismo estudio encontró, además, que esta cantidad tiende al alza. En otras palabras, no sólo se ha vuelto inviable para cualquier individuo tratar de realmente estar al día respecto a todo lo que ocurre, sino que conforme pasa el tiempo y la sociedad y la economía de la información se vuelven aún más complejizadas, la idea de poder entender al menos medianamente cómo se configuran los diversos elementos del mundo y la cultura se vuelve un proceso que tiende a la imposibilidad. Dicho llanamente: nunca fue más cierto que nadie puede saberlo todo.
Interesante entrevista hoy en El Dominical a Nelson Manrique sobre la sociedad de la información y las industrias culturales.
En un principio, los individuos trabajaban y producían en el marco de sus hogares. La actividad productiva, orientada tanto a satisfacer necesidades como a la producción de objetos bellos o útiles -la téchne griega, luego ars, arte, técnica o artesanía- era un componente que tenía lugar en el taller que formaba parte de la propia vivienda, e involucraba en mayor medida a la familia. La producción de objetos culturales, de objetos en los cuales el individuo vertía su identidad y a través de los cuales construía un mundo capaz de sobrevivir su propia existencia, era un mundo mayoritariamente anónimo y no regido por relaciones de intercambio en el sentido de un mercado. En otras palabras, la gente compartía libremente objetos de su propia producción a través de intercambios sociales significativos.
La producción industrial cambió por completo la dinámica no sólo de la producción cultural, sino también política. Así como el hombre trabajaba y producía en casa, salía de ella para interactuar con los demás, para ser un zoon politikon y participar de los asuntos de la comunidad. Este orden cambió paulatinamente (sobre todo con la aparición del cristianismo y su idea de virtud como algo privado vs. la virtud pública de la época clásica), pero el cambio se vio consolidado con el surgimiento de la época industrial, y la inversión efectiva de los ámbitos. Lo público, lo externo al hogar, se volvía el trabajo, la producción, mientras que la dimensión política y la participación de los individuos en los asuntos públicos virtualmente desaparecía (este tránsito es descrito de manera sumamente sugerente por Hannah Arendt en La condición humana, capítulo 2). La producción cultural, a su vez, se vio absorbida por la producción en general, y determinada por la lógica del mercado y sus procesos de producción en serie. Se perdía la dinámica del producto como expresión de la identidad de un hombre, a la par que surgía el trabajo enajenado (cf. Marx, Manuscritos de economía y filosofía, primer manuscrito).
El estado de la cuestión se mantiene en transformación, como siempre. Nuestra sociedad postindustrial pone un mayor énfasis en una economía basada en el conocimiento que en una economía de líneas de producción. La propiedad intelectual alcanza hoy el grado de fetiche, desde que empezó a ser valorada con el industrialismo; las relaciones de intercambio cultural de antaño están mediadas al extremo por el mercado. Pero al mismo tiempo el modelo de producción fordiano empieza a colapsar, en tanto los trabajadores ya no están presentes en líneas de producción cumpliendo tareas altamente especializadas (cf. la entrevista a Manrique). El desarrollo de los medios de comunicación empieza a difuminar la necesidad, incluso, de que los trabajadores se encuentren reunidos en un mismo espacio. Surge el fenómeno del telecommuting, la capacidad de los trabajadores en la época digital de cumplir con sus labores productivas desde cualquier lugar del mundo. La manera como las personas conciben lo que es el trabajo ha cambiado profundamente a partir del surgimiento de las posibilidades de comunicación que ofrece Internet.
Así, a inicios del siglo XXI, sobre todo en el mundo desarrollado empieza a manifestarse una tendencia hacia trabajadores que priorizan la autorrealización antes que la simple generación de dinero. En EEUU, la generación de los baby boomers está dejando o dejará en los próximos años alrededor de 80 millones de empleos al llegar a la edad de jubilación; los 50 millones de profesionales de la generación X no son suficientes para cubrir el vacío que dejan detrás. Detrás de ellos, los miembros de la generación Y altamente capacitados se encuentran a sí mismos en alta demanda; pero al mismo tiempo, se enfrentan a todo lo que vieron sufrir a sus padres baby boomers trabajando en las estructuras corporativas jerárquicas y tradicionales, y no lo quieren. De esta manera están radicalmente transformando la estructura misma de las corporaciones, que se ven obligadas a cambiar para poder mantenerse competitivas contratando a los mejores talentos.
Mientras tanto, más y más personas buscan independizarse de las estructuras corporativas aprisionantes, y más y más profesionales regresan a trabajar en sus hogares en busca de mayor flexibilidad y espacio personal. La actividad productiva parece, por sectores y momentos, volver a ser un componente de la vida doméstica, en cierta medida. A la vez, recupera un elemento de realización en contraposición al trabajo enajenado al que nos hemos venido a acostumbrar. Un primigenio espacio público de participación en los asuntos de la comunidad empieza a reconstruirse a partir de la interacción a través de medios digitales (a la par que la formación de comunidades aumenta y se construyen lazos sociales significativos por encima de su banalización en sociedades de masas).
Todo este largo proceso (y una también larga descripción, lo siento) ha dado, finalmente, lugar a que estos lazos sociales significativos que se construyen reintroduzcan la dimensión del intercambio no mediado por el mercado. Como ejemplos tenemos al sistema operativo Linux y la comunidad del software libre; o los sistemas de intercambio de contenido como YouTube. Las personas intercambian libremente el contenido con los demás sin motivaciones económicas sino simplemente en busca del reconocimiento de la comunidad a la que pertenecen, o incluso por motivaciones aparentemente altruistas. Surgen nuevas estructuras sociales basadas en meritocracias y redes de intercambio informales. No es que el mercado haya sido excluido del proceso; en cambio, se trata de devolverle sentido a nuestras relaciones, y sustancia y sustento a nuestros vínculos y procesos sociales.
Una idea interesante que recogí en los últimos días: la importancia que tuvieron para las revoluciones europeas de antaño los cafés en las avenidas y los boulevares. En efecto, durante los periodos turbulentos, los cafés sirvieron como punto de reunión y de discusión, lugares donde cuajaron y tomaron forma ideas y planteamientos políticos, donde se dieron enfrentamientos y alianzas. Los cafés sirvieron como la forma por excelencia de espacios públicos, de espacios donde los ciudadanos podían ir a sentirse realizados, a participar de los asuntos de la comunidad y, en última instancia, a ponerse de acuerdo en torno a las acciones particulares que debían llevarse a cabo.
Siguiendo por esa línea, el triste descubrimiento de que nosotros en la cultura peruana nunca hemos tenido una muy sólida tradición de cafés en los cuales tener dicho debate público. De hecho, tampoco hemos tenido dicho debate público, al menos no mucho del cual podamos jactarnos. Hemos tenido alternativas, como la cantina, pero que tampoco nos han sido de mucho éxito. Sin embargo, el fin de semana leí también un artículo, no recuerdo la fuente, donde se resaltaba un cierto boom en los últimos meses en el crecimiento de la oferta y demanda por cafés como una tendencia al alza en el mercado limeño, al menos.
Ahora, eso no significa que mágicamente empezaremos a tener espacios públicos y que todo mejorará. Por un lado, hay ciertamente un factor económico, una relativa estabilidad que le permite a personas de ciertos sectores tomarse una libertad que no podían antes, la de detenerse por un momento y sentarse a tomar un café y conversar tranquilamente. Obviamente, el café en los cafés siempre es un accesorio, a lo que realmente importa, un ambiente agradable, una buena compañía y con suerte una interesante conversación. La pregunta es, si estos pequeños momentos de libertad que muchos pueden ahora darse, son, digamos, momentos de interioridad, de reflexión, en un sentido amplio y no condicionante, o si son, por otro lado, prolongaciones de un entretenimiento y, por lo tanto, los café no nos son en realidad un espacio público.
Finalmente, los cafés son poco importantes. Lo que importa es esto último, es si estamos construyendo una cultura pública, una cultura con espacios de diálogo, o si estamos institucionalizando en unos pocos canales tal función (p.ej., en medios de comunicación cuya consigna no es en absoluto aquella) y dejando eso para que “alguien más se encargue”. Nuestra lenta y tardía entrada en la modernidad está reforzando de a pocos nuestras subjetividades individuales pero al mismo tiempo forzándonos a formar parte de una economía post-industrial, y esto se ha repetido muchas veces. Es decir, nuestros cafés apenas si están buscando su identidad, mientras que Starbucks nos está exigiendo profesionales independientes y autosuficientes que recojan su latté todas las mañanas antes de ir al trabajo. En algún lugar entre ambos extremos, 25 millones de peruanos desconcertados.
Lo que trato de decir es que de alguna manera, en nuestras costumbres cafeteras, ciertamente heredadas de fuera, están entrando a tallar motivos sociales, culturales, económicos y políticos. El tipo de cafés que generamos responde al tipo de profesionales o que tenemos, o que queremos, y ciertamente no son ya, nostálgicamente, lugares donde se geste la revolución, al menos no en el viejo sentido. Pero sí siguen siendo hervideros de ideas, donde se junte gente con iniciativa a planear un negocio, donde se refugia un escritor independiente a escribir su primer libro y demás tipos de estereotipos que podríamos imaginar en los silloncitos cómodos de un Starbucks. Es decir, que de una u otra manera, habilitar estos espacios públicos es habilitar infraestructura, canales de comunicación a través de las cuales las ideas de unos se vinculan con las de otros, y de la interacción surgen más y mejores proyectos, y las ideas toman cuerpo y se realizan.
Todo es un círculo vicioso, o virtuoso. Estabilidad económica, genera libertad para ciertos pequeños “lujos”, genera demanda por cafés, genera espacios públicos que generan intercambio de ideas que generan iniciativas que generan valor que genera riqueza que genera estabilidad económica. O algo por el estilo.
A veces las distancias entre el primer y el tecer mundo parecen infranqueables, pero esperemos que no.
En un primer momento de la cultura del trabajo, con la Revolución industrial y el desarrollo del capitalismo, los trabajadores son reunidos en un mismo centro de trabajo para favorecer su intercambio e incrementer su productividad. Con el cambio a una economía de la información, estos centros pasan de ser fábricas a ser complejos de oficinas, pero el concepto en general se mantiene. Surge la cultura de oficina, dentro de la cual casi todos son mayormente infelices en horribles y monótonos cubículos.
Con la explosión de las telecomunicaciones, las computadores personales e Internet, dónde trabaja uno se vuelve irrelevante. Uno puede trabajar desde cualquier parte y mantenerse conectado con sus compañeros trabajando desde cualquier otra. Surge el telecommuting, más y más personas, en el primer mundo, claro, empiezan a trabajar en sus compañías desde sus casas. Enormes cantidades de profesionales de independizan y se genera una tendencia hacia negocios o compañías unipersonales, dedicados a un negocio principal y que tercerizan todo lo accesorio, manteniéndose en todo lo posible independientes.
Tercer momento: estos profesionales independientes, trabajando desde casa, se dan cuenta con el tiempo de que se sienten solos. No trabajar en oficinas normales sino en el aislamiento de sus hogares los hace sentirse distanciados de la vida social, sus intercambios se ven perjudicados y como consecuencia también su productividad. Entonces surge la tercera determinación del concepto del trabajo en la economía de la información, instalaciones de “co-working”, donde varios de estos profesionales independientes se ponen de acuerdo para compartir espacios de trabajo modernos y cómodos. No son oficinas tradicionales, son grandes salas como sacadas de un café, con mesas amplias, sillones, áreas de recreo, mucha comodidad, donde comparten espacios, recursos de oficina, e incluso conocimiento unos con otros. Es el espacio de trabajo propio de la era de la colaboración.
Y claro, tiene perfecto sentido -el movimiento dialéctico suele tenerlo-. Pero, como dije al empezar, hace que las distancias se vean enormes. Habida cuenta, por ejemplo, de que nosotros aún estamos teniendo problemas con el primer momento. Es como suele decirse, de que el Perú se ve forzado a entrar en la posmodernidad cuando aún no ha dejado atrás por completo el feudalismo (¿capitalismo incipiento con feudalismo o viceversa?, discusión para los adeptos a la pérdida de tiempo).





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