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Un par de ideas. ¿Qué hacemos cuando empezamos a volvernos cada uno más information brokers, y los que antes cumplían ese rol empiezan a perder la exclusividad?
Dos ideas sobre cuya viabilidad real no tengo ni la más remota noción. ¿Qué productos o servicios se pueden ofrecer cuando el costo de acceder a la información colapsa? ¿Qué puede hacer, digamos, un periodista cuando el modelo que antes lo mantenía, ya no se sostiene?
Primero, pensar fuera de la caja y aceptar nuevos modelos. Idea número uno: aquel que funciona, básicamente, como un broker de información, discriminando, seleccionando, contextualizando y comentando lo que pasa, tiene un producto muy valioso en el valor agregado que le da a la información. Pero ese valor agregado es suficientemente interesante en la medida en que está alineado lo más cercanamente con los intereses de lo que un público quiere saber. Uno puede pensar en periodistas, pero en verdad esto se aplica a cualquier persona que consiga dominar bien el arte de procesar, transformar y comunicar información de una manera efectiva. Existe un mercado de gente cuyo trabajo requiere de mantenerse informados acerca de muchas cosas, pero cuyos requerimientos de información exceden sus posibilidades de dedicarle tiempo a todo ese proceso: entonces pueden tercerizar. Imaginen brindar el servicio de consumir, entender, contextualizar las noticias, y que alguien pague por sesiones altamente personalizadas donde ese contenido me es devuelto, con la capacidad de hacer preguntas y repreguntas y la confianza de que la persona que me informa está en capacidad de responderlas. Algo así como un asesor, un analista personal, pero a un costo mucho menor. Alguien se encarga de interpretar el mundo por mí, de una manera mucho más completa de lo que yo lo podría hacer por mí solo. Ahora, a esa misma mezcla agrégale una cartera de clientes que encuentran esto mismo valioso, escálalo, y tienes un modelo básico con el cual alguien se puede ganar la vida. En la medida en que el broker representa mejores resultados, su status aumenta así como también su valor.
Segunda idea, que me viene a partir de leer la crítica de Malcolm Gladwell al nuevo libro de Chris Anderson (la cual, de por sí, amerita su propia discusión). La cuestión es la siguiente: servicios como YouTube enfrentan una paradoja, porque al abrir la puerta a que cualquiera suba su contenido, la gran mayoría de este contenido es basura, y una enorme cantidad de este contenido, aunque no sea basura, no es rentable: en el sentido de que, los anunciantes que generan los ingresos no quieren ver su publicidad allí. Entonces, YouTube se ve en la necesidad de mejorar el nivel del contenido, licenciando contenidos profesionalmente producidos como series de televisión, películas, y ese tipo de cosas. Pero eso agrega aún más a sus costos. Entonces: ¿qué pasa si YouTube, en lugar de hacer eso, invirtiera considerablemente menos en financiar que productores profesionales de contenidos se dediquen a brindar entrenamiento y asesoría a productores amateur para mejorar el nivel de los contenidos del sitio? La idea es, en vez de licenciar contenido profesional, le pago menos a un profesional para que ayude a desarrollar habilidades y mejores productos de los amateurs que normalmente participan de YouTube. A YT le conviene, a los amateurs también, al entrenador también. Incluso, es concebible que lo mismo pueda hacerse sin YT de por medio: ¿podría funcionar un taller de producción de video orientado no a comunicadores audiovisuales, sino a personas de a pie? Jóvenes aficionados, activistas, gente de diversas especialidades dispuesta a invertir tiempo y dinero a aprender a expresarse en un lenguaje que no saben manejar. De nuevo, agrega varios clientes, varios proyectos, y tienes un modelo con el que se puede concebir a alguien ganándose la vida.
Si el principal activo es la información, y la información es básicamente libre y también gratuita, hay que encontrar las maneras a través de las cuales podemos imprimirle un valor agregado.
Venía por la vía expresa hace poco y vi un cartel enorme de la Universidad San Martín de Porres, promocionando “carreras con futuro”, y apuntando al sitio web www.carrerasconfuturo.com. Me dio demasiada curiosidad entrar a ver qué les estaban vendiendo a los jóvenes que hoy egresan de la secundaria y postulan a la universidad como “carreras con futuro”, así que tuve que entrar a verlo más en detalle. La educación, especialmente la educación superior, y especialmente la educación superior para el futuro son temas que tengo bastante cercanos, así que tenía que ver si había algo interesante.
Y, sí. El sitio está muy bien diseñado, de hecho me da curiosidad saber quién hizo el diseño. Pero mi primera sorpresa fue que, oh coincidencia, TODAS las carreras la USMP eran estas tales “carreras con futuro”. Es decir, que la USMP sigue vendiendo como carreras del futuro opciones como Derecho, Medicina o Ingeniería, las mismas carreras tradicionales que todo el mundo ha recomendado los últimos 100 años y que, por lo mismo, son sectores del mercado que se encuentran saturados. Aún cuando eso no quiere decir de ninguna manera que todo aquel que estudie carreras tradicionales tendrá problemas para encontrar trabajo, sí quiere decir que para una considerable cantidad esto será cierto. Y quizás es algo que no tengan en consideración al escoger la carrera.
Aquí hay dos planos de análisis distintos y relevantes. En primer lugar, que en el presente la oferta educativa no está alineada con el mercado. Generamos muchos profesionales, que por buenos que sean, no necesariamente salen preparados para el “mundo real”. El segundo plano me llama más la atención: que no preparamos realmente profesionales para el futuro, porque claro, nunca nos hemos dedicado realmente a pensar en qué queremos del futuro ni qué profesionales podríamos requerir entonces.
La USMP nos brinda un excelente ejemplo de que somos estructuralmente incapaces de imaginar el futuro de una manera que no sea una versión radical del presente. Para ellos, el 2020 se ve así:
El New York Times señala que las conexiones inalámbricas harán que no existan barreras entre el trabajo y la vida personal, esto impedirá el exceso de trabajo y se consolidará un nuevo formato de día laboral, los empleados trabajarán durante varias horas y las combinarán con sus actividades personales.
Que es más o menos el equivalente laboral de los autos del futuro que prometía Mecánica Popular en los años 50. Por un lado, describen muchas cosas que estamos presenciando hoy, y para las que no estamos preparados, pero que no son una cuestión “futurista”. Por otro lado, no tienen en consideración que el futuro, muy probablemente, será radicalmente diferente de lo que somos capaces de concebir hoy día, y por razones probablemente muy diferentes de las que podríamos pensar. Clay Shirky tiene un muy buen ejemplo para ilustrar esto:
Hay una escena maravillosa en la película de 1968, 2001 (para cuando supuestamente todos debíamos estar viajando al espacio) donde azafatas espaciales en minifaldas rosadas dan la bienvenida al pasajero que llega. Esta es la visión perfecta, empaquetada para los medios, del futuro – la tecnología cambia, la basta se mantiene igual, y la vida sigue como es hoy, excepto que más rápida, más alta, y más brillante. En contraste, la píldora anticonceptiva, como el transistor, parecían ofrecer tan sólo mejores incrementales sobre los métodos existentes. Pero al hacer del control de la fertilidad y una decisión unilateral y, crucialmente, femenina, que no tenía que ser negociada caso por caso, la píldora ha transformado a la sociedad de maneras mucho más importantes que cualquier cosa conseguida por la NASA. [Here Comes Everybody, traducción mía.]
Un poco de lo mismo es lo que encontramos en la descripción del 2020 que hace la USMP. Claro, conexiones inalámbricas, transformarán todo lo que conocemos sobre el trabajo. Pero el trabajo seguirá siendo esencialmente trabajo, produciendo esencialmente lo mismo, bajo el mismo modelo económico, con los mismos objetivos, y demás. Si el incremento de la combinación profesional-personal que describen terminara en que las familias se descomponen y la gente es crecientemente miserable, llevando a la gran revuelta tecnoproletaria del 2017 y a la consiguiente instauración del régimen ludita, sería algo imposible de predecir, e incluso de concebir, desde esta descripción alegre y peregrina de lo que vendrá.
Ahora, lo realmente perturbador. Las carreras que necesitaremos en el futuro, o desde el otro punto de vista, los trabajos para los cuales necesitaremos formar gente en el futuro, no existen hoy día. Muchos de los trabajos que existen hoy no existían hace 5 años, y no existen descripciones claramente definidas para lo que hacen o el perfil que requieren. Además de que cambian lo suficientemente rápido como para que prácticamente ningún cuerpo de conocimiento pueda mantenerse suficientemente al día: la realidad que uno estudia al empezar una carrera resulta ser significativamente diferente 5 años después, cuando termina. En ese contexto, es realmente irrelevante que mi carrera tenga futuro hoy, pues es bastante probable que cuando termine de estudiarla, o haya dejado de tenerlo, o sea algo para lo que no estoy formalmente preparado, o haya futuros más interesantes en otras áreas. Entonces, cuando un egresado de secundaria hoy lee esto sobre un supuesto 2020:
Puesto que las empresas tendrán que adoptar las innovaciones tecnológicas, prevalecerá el aprendizaje constante y la acción organizativa. Los mandos medios desaparecerán y los trabajadores serán temporales, en este entorno la lealtad estará dirigida al compromiso con el proyecto. Para el portal Strategy-Business, la clave del éxito de las empresas del futuro estará en fusionar la fuerza de trabajo y la tecnología de la información moderna.
¿Qué le estamos dando realmente? Aparte de una visión ingenua del futuro y una desinformada del presente. Según esto, algo así como los cyborgs serán la fuerza laboral del futuro. Entonces mejor ni nos molestemos en estudiar, y dediquémonos a perfeccionar nuestros implantes electrónicos para nuestros trabajos temporales comprometidos con el proyecto, sea lo que sea que eso signifique. Ah, sí. Se llama freelance, vía web. Eso es taaaaan 1998.
Entonces, quizás en este punto no importe tanto, realmente, qué profesión escoja uno. En realidad, en un momento en el cual las fronteras entre disciplinas se vuelven tenues y se reconfiguran las profesiones, quizás lo más inteligente sea optar por la posibilidad menos encasillante, aquella que le permita a uno cómodamente saltar entre diferentes áreas de acción con relativa comodidad. Aquello que, justamente, nuestro sistema educativo no está realmente preparado para preparar.
Lo cual hace tanto más urgente que no pensemos tanto en carreras CON futuro, como en carreras DEL futuro, y lo que esto signifique viene de la mano con el contenido que queramos, desde nuestra perspectiva limitada, darle al futuro. Partiendo, por supuesto, de reconocer que no hay manera de que sepamos bien qué significará esto en unos años, y que tenemos que prepararnos para condiciones cada vez mayores de incertidumbre. Lo cual no quiere decir que no seamos capaces de mapear hoy las tendencias que probablemente se conviertan en los problemas en un futuro cercano. Más que ofrecerles a los egresados de secundaria promesas vacías de certidumbre sobre futuros ilusorios, sería bueno que seamos sinceros con ellos y les digamos que no tenemos mayor idea de lo que estamos pasando, y que ellos tampoco la tendrán, y que tenemos, más bien, que aprender a arreglárnoslas para vivir y ser felices renunciando a la pretensión de entender bien dónde va cada cosa.
Siempe se pueden encontrar muy buenas ideas y sugerencias en el blog de Seth Godin.
Esta vez, algo que guarda relación con mi reciente obsesión por los espacios, que a su vez tiene que ver con esto del ciclo de vida de las ideas. Al menos eso creo. Seth hizo el experimento de organizar una-especie-de MBA alternativo para un grupo muy selecto de gente -un programa gratuito pero de alta exigencia y compromiso-, donde se enfocara menos en contenido poco útil y más en problemas del mundo real vinculados a la implementación de sus ideas. El programa estaba muy enfocado en aprender unos de otros a partir de avanzar sus propios proyectos, y muy poco de leer casos de estudio y cosas por el estilo. Generó un espacio nuevo, lo probó, midió los resultados.
Que es, básicamente, el tipo de cosas que uno debería hacer si no tiene mucha idea por qué hace lo que hace. Es decir – si uno simplemente está flotando, haciendo cosas sin saber por qué, sería bueno que se detenga a preguntárselo y a preguntarse si no podría estar haciendo algo mejor con su tiempo.
La relación entre ambas cosas para mí es clara. En los espacios existentes, al menos en su mayoría, para el aprendizaje y la creación, nos chocamos a menudo con que no sabemos por qué estamos ahí. Vamos a la universidad, buscamos maestrías y especializaciones, a menudo simplemente porque es lo que se espera de nosotros. Nos sentamos en clases largas, aburridas, poco motivadoras, simplemente porque así son las cosas. Y por lo mismo, asumimos que estos espacios tienen que ser así como los hemos encontrado, y nosotros simplemente debemos aguantarlos un rato. Y luego… no sé, cuando uno se pone a pensar en el luego se le complican un poco las cosas.
Pero así como Seth, no está demás con probar con nuevos espacios de cuando en cuando. Nuevas fórmulas. Que corren todos los riesgos de simplemente no verse legitimadas: ¿Por qué seguiría ese programa nuevo si no tiene ningún reconocimiento oficial? ¿Por qué asistiría si no me da ningún título útil para mi carrera? ¿Por qué participaría si la metodología no tiene el respaldo de nadie importante? Y así sucesivamente.
Es irónico, me parece, que aún dentro de la filosofía -cuya etimología es, por supuesto, “amor por el conocimiento”- las fronteras estén tan clara y rígidamente definidas hacia lo aceptable y lo que no lo es. Conocimiento por aquí, todo lo demás al otro lado de la línea. Y los espacios del conocimiento están, también rígidamente definidos, así como los procedimientos para llegar a él. Supongo que de ahí que sienta tanto la necesidad de buscar nuevos espacios, después de que tantas veces me he preguntado y me sigo preguntando qué rayos estoy haciendo aquí.
Días confusos los últimos. Después de cinco años, mi periplo de pregrado ha terminado. Lo cual es un momento ambiguo: por un lado, estoy feliz de terminar, también porque ya estaba harto de muchas cosas. Por el otro, asusta, y también entristece un poco, el hecho de que se acabe. Es todo complicado, porque el panorama no se hace claro, las cosas se vienen por montones y es todo un poco abrumador. Los aburriré ahora un poco con detalles sobre esto.
Desde hace tiempo, viendo venir estos momentos vengo pensando bastante sobre el tema de la empleabilidad de la filosofía. Es un tema complicado, lleno de mitos y problemas de interpretación, y verdades a medias: que los filósofos no tienen oportunidades de trabajo, que sólo pueden contar con carreras académicas, que no están capacitados para hacer nada. Todo esto me ha sido un problema importante porque no sólo quiero “hacer cosas”, sino que la carrera académica nunca ha sido mi principal interés. Desde que me interesó la filosofía me interesó por su capacidad para relacionarse con múltiples temas y problemas, y tener algo interesante que aportar.
A uno le ofrecen o le venden caminos preestablecidos, más o menos. Siguiendo siempre más o menos los mismos parámetros, que no es que estén mal, sino que simplemente no resuenan del todo conmigo. Que uno termina, y debe seguir estudiando, y debe considerar de entrada seguir una maestría. Esto lo aceptamos, sin detenernos a pensar con mayor detenimiento en precisamente por qué queremos un posgrado. Es cierto que los parámetros que los estudiantes de carreras de humanidades seguimos son diferentes a otras ramas del conocimiento: el por qué parece medio trivial, pues el conocimiento es casi un fin en sí mismo. No nos atormenta tanto esa pregunta; pero no debería ser menos importante. ¿Para qué queremos una maestría, o un doctorado? ¿Porque sí? ¿Por satisfacer nuestro ego? ¿Por desarrollar el conocimiento de la humanidad? Yo personalmente no la tengo del todo clara. Pero sé que seguir estudiando brinda una sensación de seguridad directa: le permite a uno continuar con una cierta burbuja de seguridad con las condiciones más o menos controladas, y posponer el enfrentamiento con algo así como el “mundo real”.
Mis observaciones iniciales van justamente porque seguimos este camino más o menos dado simplemente porque está ahí, y porque no conocemos mucho de otras alternativas. Pero la decisión de optar por un posgrado debería ser una decisión basada no tanto en algo negativo (no conocer otras opciones), sino en algo vinculado a los objetivos e intereses que uno espere perseguir con el posgrado (el blog de Penelope Trunk es interesante, aunque bastante discutible respecto a muchas de estas cosas). Eso me complica tanto más la idea de qué buscar, pero en fin. Creo que así visto vale más la pena: no estudiar dos (o más) años más sólo porque es lo que el camino requiere de uno, sino más bien porque tal o cual posgrado le brindará a uno tales o cuales herramientas particulares para cumplir con tales o cuales objetivos. Todo se entrecruza complicadamente con cuestiones como que uno maneje un cierto nivel de planificación respecto a lo que quiere hacer, y allí todo empieza a ponerse difícil: objetivos, planes, ideales, etc., pero idealmente así uno invertirá mejor su tiempo y dinero, en lugar de sólo estudiar más por alguna razón que uno mismo desconoce.
Es, claro, mi visión personal del asunto. Pero son el tipo de preguntas que me aquejan y acompleja en estos días, cuando las horas están un poco más vacías de cosas que hacer y uno tiene más tiempo para preguntarse sobre el futuro. Como suele ser el caso, el vacío es intimidante. Y asusta un poco. Aún así, creo que es mejor todo eso en lugar de simplemente pasar por la vida sin preguntarse bien qué quiere hacer uno o si simplemente está flotando en alguna dirección desconocida.
La otra presentación que tuve oportunidad de hacer en el III SMEF fue en torno a un tema particularmente espinoso: la vinculación que existe entre filosofía y empleabilidad. ¿Hay trabajo para filósofos? ¿Hay espacio dentro de lo académico? ¿Hay algo que pueda hacer fuera de lo académico, en lo cual no termine sintiéndose miserable, sino, más bien, realizado? Fueron algunas de las preguntas para las cuales intenté esbozar alguna respuesta.
Es un tema complicado de tocar, pero en general una experiencia positiva, que contó además con la perspectiva de Pepi Patrón a partir de su propia experiencia, por lo demás amplia y variada. Incluyo aquí también la presentación que utilicé para esta sesión.
Sobre el mismo tema he vuelto varias veces, desde diferentes ángulos. Quizás la serie que he venido publicando en Invasiones Bárbaras sobre cómo sobrevivir en el mundo real tenga también ideas interesantes para quienes pudieran estar interesados.
Esto del “mundo real” no deja de ser un problema para mí. Como filósofo, sobre todo, encontrar la manera de adaptarme es por lo demás complicado. Supongo que uno se las arregla, forzosamente, para encontrar la manera de sacarle provecho a la situación.
En el otro blog/webzine que vengo editando hace un tiempo, Invasiones Bárbaras, desde hace unos días vengo publicando una serie de artículos, bajo el título de “Sobrevivir en el mundo real para dummies”. El objetivo es introducir una serie de consejos o sugerencias para desadaptados de mi misma calaña (filósofos y demás humanistas o marginados del mundo “productivo”) respecto a cómo lidiar con cosas reales como el mundo laboral, el éxito profesional y demás cuestiones a las que solemos tenerles miedo, pero que más bien deberíamos acercar a nuestro lenguaje. Aunque a veces terminan sonando a manual de autoayuda, no pretenden en ninguna medida ser algo así. Son más bien mis anotaciones sobre cómo lidiar con el mundo para tratar de darle un poco de sentido. Con un poco de suerte, quizás podrán servirle a alguien más.
Incluyo aquí los enlaces a las cuatros partes publicadas:
- Sobrevivir en el mundo real para dummies I
- Sobrevivir en el mundo real para dummies II
- Sobrevivir en el mundo real para dummies III
- Sobrevivir en el mundo real para dummies IV
Comentarios bienvenidos.
No sólo los filósofos, sino los humanistas en general, junto con otros sectores de estudiantes y profesionales sobre todo del mundo de las letras, tienen una relación conflictiva con las tecnologías de la información y los recursos informáticos. Su vínculo se reduce, en la mayoría de los casos, a revisar ocasionalmente el correo electrónico, un poco de mensajería instantánea, navegar las web para cosas cotidianas y algunas académicas, y el uso básico del word para redactar documentos y trabajos. Nada del otro mundo.
No es extraño, incluso, escuchar de parte de algunas personas en estos grupos afirmar, con cierto orgullo, que revisan su correo electrónico una vez por semana, o que preparan todos sus trabajos en papel y sólo cogen la máquina para la redacción final, y demás reliquias de guerra de este estilo. La idea del humanista está frecuentemente asociada a un cierto romanticismo decimonónico que no incluía tecnología, y replicar lo más fidedignamente el ascetismo intelectualista es apreciado en muchos círculos como alg valioso, alguien que no ha sido corrompido por la modernidad.
Todo eso está muy bien, claro, pero quisiera evaluar dos razones por las cuales deberían considerar un acercamiento un poco más profundo hacia las TICs (tecnologías de la información y la comunicación), e incluso proponerles algunas alternativas. La primera razón es que el mundo, incluso dentro del submundo académico, está cambian radicalmente y se ve transformado por la tecnología, y quedarse atrás es quedarse fuera. La segunda, un poco más propositiva, es que más que un obstáculo o una corrupción del espíritu, las herramientas digitales y tecnológicas ofrecen una serie de nuevas posibilidades que pueden complementar y hasta enriquecer el trabajo que realizamos diariamente.
Veamos cada una con un poco más de detenimiento.
Hoy me colgué largo rato durante la tarde.
La razón fue que mi Yo pre-profesional entro en curso de colisión con mi Yo semi-profesional. Esto, en lenguaje natural, quiere decir que las identidades virtuales que me he construido durante mucho tiempo, léase mis direcciones de correo electrónico que mantengo desde hace muchos años, de un momento a otro se conviertieron en problema y no en posibilidad. Pues algunos nombres repentinamente ya no son tan apropiados, adecuados o beneficiosos cuando ya no te estás comunicando con tus patas del cole, sino más bien con compañeros de trabajo que tienen aún de ti una imagen digamos imperturbada.
Repentinamente, el ser identificado con una popular bebida alcohólica ya no parece la mejor idea. Al menos no para todos los contextos.
Ahora, claro, uno podría esgrimir argumentos de autenticidad, y de que esas etiquetas representan o condensan mi identidad y mi personalidad. Creo que podría aceptarlos, pero eso no quitaría la exigencia real, material y legítima a la cual me enfrenté hoy por la tarde.
Así que ahora tengo una nueva dirección de correo, seria y aburrida como mi nombre, que habrá de servir para los propósitos pertinentes. Y esto me ha hecho notar la apremiante necesidad de consolidar los diversos elementos dispersos de mi identidad virtual, al menos bajo algún tipo de unidad que les dé sentido.
Algunos -varios- de mis yoes aún no saben bien cómo realizar este proceso.
P.D.: ¿Fácil es un buen momento para crear el tag “desarrollo profesional”? Ya que estamos con el arranque nominalista de nombrar cosas.





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