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Días confusos los últimos. Después de cinco años, mi periplo de pregrado ha terminado. Lo cual es un momento ambiguo: por un lado, estoy feliz de terminar, también porque ya estaba harto de muchas cosas. Por el otro, asusta, y también entristece un poco, el hecho de que se acabe. Es todo complicado, porque el panorama no se hace claro, las cosas se vienen por montones y es todo un poco abrumador. Los aburriré ahora un poco con detalles sobre esto.

Desde hace tiempo, viendo venir estos momentos vengo pensando bastante sobre el tema de la empleabilidad de la filosofía.  Es un tema complicado, lleno de mitos y problemas de interpretación, y verdades a medias: que los filósofos no tienen oportunidades de trabajo, que sólo pueden contar con carreras académicas, que no están capacitados para hacer nada. Todo esto me ha sido un problema importante porque no sólo quiero “hacer cosas”, sino que la carrera académica nunca ha sido mi principal interés. Desde que me interesó la filosofía me interesó por su capacidad para relacionarse con múltiples temas y problemas, y tener algo interesante que aportar.

A uno le ofrecen o le venden caminos preestablecidos, más o menos. Siguiendo siempre más o menos los mismos parámetros, que no es que estén mal, sino que simplemente no resuenan del todo conmigo. Que uno termina, y debe seguir estudiando, y debe considerar de entrada seguir una maestría. Esto lo aceptamos, sin detenernos a pensar con mayor detenimiento en precisamente por qué queremos un posgrado. Es cierto que los parámetros que los estudiantes de carreras de humanidades seguimos son diferentes a otras ramas del conocimiento: el por qué parece medio trivial, pues el conocimiento es casi un fin en sí mismo. No nos atormenta tanto esa pregunta; pero no debería ser menos importante. ¿Para qué queremos una maestría, o un doctorado? ¿Porque sí? ¿Por satisfacer nuestro ego? ¿Por desarrollar el conocimiento de la humanidad? Yo personalmente no la tengo del todo clara. Pero sé que seguir estudiando brinda una sensación de seguridad directa: le permite a uno continuar con una cierta burbuja de seguridad con las condiciones más o menos controladas, y posponer el enfrentamiento con algo así como el “mundo real”.

Mis observaciones iniciales van justamente porque seguimos este camino más o menos dado simplemente porque está ahí, y porque no conocemos mucho de otras alternativas. Pero la decisión de optar por un posgrado debería ser una decisión basada no tanto en algo negativo (no conocer otras opciones), sino en algo vinculado a los objetivos e intereses que uno espere perseguir con el posgrado (el blog de Penelope Trunk es interesante, aunque bastante discutible respecto a muchas de estas cosas). Eso me complica tanto más la idea de qué buscar, pero en fin. Creo que así visto vale más la pena: no estudiar dos (o más) años más sólo porque es lo que el camino requiere de uno, sino más bien porque tal o cual posgrado le brindará a uno tales o cuales herramientas particulares para cumplir con tales o cuales objetivos. Todo se entrecruza complicadamente con cuestiones como que uno maneje un cierto nivel de planificación respecto a lo que quiere hacer, y allí todo empieza a ponerse difícil: objetivos, planes, ideales, etc., pero idealmente así uno invertirá mejor su tiempo y dinero, en lugar de sólo estudiar más por alguna razón que uno mismo desconoce.

Es, claro, mi visión personal del asunto. Pero son el tipo de preguntas que me aquejan y acompleja en estos días, cuando las horas están un poco más vacías de cosas que hacer y uno tiene más tiempo para preguntarse sobre el futuro. Como suele ser el caso, el vacío es intimidante. Y asusta un poco. Aún así, creo que es mejor todo eso en lugar de simplemente pasar por la vida sin preguntarse bien qué quiere hacer uno o si simplemente está flotando en alguna dirección desconocida.

La otra presentación que tuve oportunidad de hacer en el III SMEF fue en torno a un tema particularmente espinoso: la vinculación que existe entre filosofía y empleabilidad. ¿Hay trabajo para filósofos? ¿Hay espacio dentro de lo académico? ¿Hay algo que pueda hacer fuera de lo académico, en lo cual no termine sintiéndose miserable, sino, más bien, realizado? Fueron algunas de las preguntas para las cuales intenté esbozar alguna respuesta.

Es un tema complicado de tocar, pero en general una experiencia positiva, que contó además con la perspectiva de Pepi Patrón a partir de su propia experiencia, por lo demás amplia y variada. Incluyo aquí también la presentación que utilicé para esta sesión.

Sobre el mismo tema he vuelto varias veces, desde diferentes ángulos. Quizás la serie que he venido publicando en Invasiones Bárbaras sobre cómo sobrevivir en el mundo real tenga también ideas interesantes para quienes pudieran estar interesados.

Esto del “mundo real” no deja de ser un problema para mí. Como filósofo, sobre todo, encontrar la manera de adaptarme es por lo demás complicado. Supongo que uno se las arregla, forzosamente, para encontrar la manera de sacarle provecho a la situación.

En el otro blog/webzine que vengo editando hace un tiempo, Invasiones Bárbaras, desde hace unos días vengo publicando una serie de artículos, bajo el título de “Sobrevivir en el mundo real para dummies”. El objetivo es introducir una serie de consejos o sugerencias para desadaptados de mi misma calaña (filósofos y demás humanistas o marginados del mundo “productivo”) respecto a cómo lidiar con cosas reales como el mundo laboral, el éxito profesional y demás cuestiones a las que solemos tenerles miedo, pero que más bien deberíamos acercar a nuestro lenguaje. Aunque a veces terminan sonando a manual de autoayuda, no pretenden en ninguna medida ser algo así. Son más bien mis anotaciones sobre cómo lidiar con el mundo para tratar de darle un poco de sentido. Con un poco de suerte, quizás podrán servirle a alguien más.

Incluyo aquí los enlaces a las cuatros partes publicadas:

Comentarios bienvenidos.

No sólo los filósofos, sino los humanistas en general, junto con otros sectores de estudiantes y profesionales sobre todo del mundo de las letras, tienen una relación conflictiva con las tecnologías de la información y los recursos informáticos. Su vínculo se reduce, en la mayoría de los casos, a revisar ocasionalmente el correo electrónico, un poco de mensajería instantánea, navegar las web para cosas cotidianas y algunas académicas, y el uso básico del word para redactar documentos y trabajos. Nada del otro mundo.

No es extraño, incluso, escuchar de parte de algunas personas en estos grupos afirmar, con cierto orgullo, que revisan su correo electrónico una vez por semana, o que preparan todos sus trabajos en papel y sólo cogen la máquina para la redacción final, y demás reliquias de guerra de este estilo. La idea del humanista está frecuentemente asociada a un cierto romanticismo decimonónico que no incluía tecnología, y replicar lo más fidedignamente el ascetismo intelectualista es apreciado en muchos círculos como alg valioso, alguien que no ha sido corrompido por la modernidad.

Todo eso está muy bien, claro, pero quisiera evaluar dos razones por las cuales deberían considerar un acercamiento un poco más profundo hacia las TICs (tecnologías de la información y la comunicación), e incluso proponerles algunas alternativas. La primera razón es que el mundo, incluso dentro del submundo académico, está cambian radicalmente y se ve transformado por la tecnología, y quedarse atrás es quedarse fuera. La segunda, un poco más propositiva, es que más que un obstáculo o una corrupción del espíritu, las herramientas digitales y tecnológicas ofrecen una serie de nuevas posibilidades que pueden complementar y hasta enriquecer el trabajo que realizamos diariamente.

Veamos cada una con un poco más de detenimiento.

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Hoy me colgué largo rato durante la tarde.

La razón fue que mi Yo pre-profesional entro en curso de colisión con mi Yo semi-profesional. Esto, en lenguaje natural, quiere decir que las identidades virtuales que me he construido durante mucho tiempo, léase mis direcciones de correo electrónico que mantengo desde hace muchos años, de un momento a otro se conviertieron en problema y no en posibilidad. Pues algunos nombres repentinamente ya no son tan apropiados, adecuados o beneficiosos cuando ya no te estás comunicando con tus patas del cole, sino más bien con compañeros de trabajo que tienen aún de ti una imagen digamos imperturbada.

Repentinamente, el ser identificado con una popular bebida alcohólica ya no parece la mejor idea. Al menos no para todos los contextos.

Ahora, claro, uno podría esgrimir argumentos de autenticidad, y de que esas etiquetas representan o condensan mi identidad y mi personalidad. Creo que podría aceptarlos, pero eso no quitaría la exigencia real, material y legítima a la cual me enfrenté hoy por la tarde.

Así que ahora tengo una nueva dirección de correo, seria y aburrida como mi nombre, que habrá de servir para los propósitos pertinentes. Y esto me ha hecho notar la apremiante necesidad de consolidar los diversos elementos dispersos de mi identidad virtual, al menos bajo algún tipo de unidad que les dé sentido.

Algunos -varios- de mis yoes aún no saben bien cómo realizar este proceso.

P.D.: ¿Fácil es un buen momento para crear el tag “desarrollo profesional”? Ya que estamos con el arranque nominalista de nombrar cosas.

Bienvenido

Este blog busca preguntarse por el sentido de la filosofía en el mundo contemporáneo. Desde qué sentido tiene, hasta qué problemas encuentra y cómo los enfoca, pasando por lo que eso significa para los filósofos, se me ocurren una serie de respuestas experimentales a partir de mi experiencia personal. Si te gustan o no, me encantaría saber tu opinión sobre ellas.

Comenta cualquiera de los artículos y procuraré responderte, o puedes enviarme un correo electrónico si tienes enlaces o información relevantes, o simplemente quieres opinar. Si quieres leer más, sugiero empieces por la partida. Allí verás el tipo de problemas en los que me he enfocado, y cómo puedes participar de ellos.

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