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Hace un tiempo con unos amigos empezamos un proyecto bizarro, como todos, que llamamos el Dodecaedro de Estudios Estéticos. El objetivo era, de manera un poco interdisciplinaria (un par de filósofos, un par de historiadores del arte, un psicólogo) profundizar un poco en los problemas del arte y de la estética, desde nuestras diversas perspectivas, un poco al mismo tiempo empapándonos en una serie de conceptos nuevos.

Tuvimos resultados interesantes mientras los tuvimos, incluyendo un poco de Lacan, lecturas del arte como producto cultural en la sociedad de masas, y demás. Pero lamentablemente, el tiempo, las obligaciones, y demás avatares de la vida posmoderna nos obligaron a silenciosamente dejar las cosas a medias.

Ahora el Dodecaedro ha resuscitado, en una nueva encarnación como Dodecaedro de Estudios Artísticos y un modelo más virtual. Aún no me queda claro el modelo, pero igual me resulta divertido. Creo que participar del nuevo Dodecaedro me brindará un espacio para formular una serie de preguntas más específicas en torno a una serie de cosas: conceptos de arte hoy, de reinterpretación y participación por parte de la audiencia, de cómo entender la crítica y la curaduría, en fin, tratar de enmarcar una serie de problemas que surgen hoy en mi línea de interés entendiendo al arte dentro de entramados más amplios de lenguaje y de cultura, o de producción y consumo de signos como diría Baudrillard.

Aún no hay nada que mostrar en el Dodecaedro, pero los invito a visitar, conocer y en la medida de lo posible participar. Para mí todo esto son conceptos nuevos, más aún porque se trata de ideas y categorías que están ahorita, como tantas otras, en plena maleabilidad. Rodrigo Sarmiento, uno de los participantes del proyecto, ha publicado un manifiesto que más o menos delinea algunas de las intenciones que tenemos hasta ahora, y que deja ver muchas de nuestras confusiones también. Por algún lado teníamos que empezar, ¿no?

¿De qué tribu eres tú?

Un post en el blog El Estanco me hizo recordar (gracias, Javier) otro post mío de hace un tiempo sobre qué es un mashup, donde ponía como ejemplo el clip de video Read My Lips parodiando la relación Bush-Blair. Naturalmente tuve que volver a verlo, y así como quien no quiere la cosa me encontré con este otro, de allá en la prehistoria de 1992:

El video es considerablemente más largo, pero lo interesante más bien es la discusión que viene después. Esto parece ser un programa político del momento, comentando la campaña presidencial entre Bush padre y Clinton esposo (qué pintoresco tener que hacer esas aclaraciones). Los panelistas que comentan esta forma muy temprana, muy MTV en sus primeros días de mashup están escandalizados, porque consideran que este tipo de comunicación perjudica la base del proceso político por inspirar cinismo en el público, sacar clips fuera de contexto, y ridiculizar a los protagonistas. En última instancia, dice uno, hace que nadie quiera liderar por el temor a ser ridiculizado de esa manera.

En uno de los libros que más me han fascinado, Understanding Media, Marshall McLuhan señala cómo una forma de medio de comunicación se resiste a ser reemplazada por otra, en el sentido más amplio: como todo el sistema cultural que se construye en torno a un medio se resiste y se defiende ante uno completa o parcialmente nuevo que viene a introducirse en un mismo contexto. Finalmente es reemplazado (aunque diría Henry Jenkins, en otro libro que me ha fascinado últimamente, que nunca desaparece, sino que convergen en una suerte de nuevo equilibrio donde ambos se ven transformados).

Fijémonos en el video: vean a los comentaristas, vean su ropa, escuchen su tono de voz, las palabras que utilizan. El formato del programa, la manera como el conductor les hace preguntas. Todo encaja de alguna manera, todo funciona dentro de un sistema sutilmente complejo de asociaciones culturales en los cuales queda claro quiénes saben cosas, quiénes son expertos (los panelistas con credenciales, libros, y buena ropa) y quiénes no deberían tener derecho a opinar porque desprestigian el proceso político (la generación MTV editando videos tendenciosamente).

No quiero que entremos en un juego inútil de ver quién tenía la razón o no, pero avancemos 16 años. Ya he comentado antes sobre el genial video que Will.I.Am preparó para la campaña de Obama (y también hay versión para McCain… o algo por el estilo), y como ése existen cientos de videos de ciudadanos, principalmente jóvenes, que toman la campaña política en sus propias manos, se la apropian, y hacen con ella lo que quieran. Hoy día no lo llamamos perjudicas y desvirtuar el proceso político: hoy lo llamamos el proceso político mismo (al menos algunos de nosotros lo hacemos). Lo llamamos medios participativos, periodismo participativo, etc.

Pero no es sólo política, y no es sólo tampoco la política o la cultura estadounidense. De una manera u otra estamos presenciado procesos similares de apropiación en todas partes, con diferentes tipo de complejidades. En el Perú los bloggers cobran fuerza, empiezan a hacer destapes y a interactuar con el periodismo, digamos, del “establishment”. Las corporaciones empiezan a ver con preocupación primero este proceso, y luego con curiosidad, pues existe potencial en la idea de dejar que los consumidores se apropien de tu marca, y la lleven por lugares no planeados. Pero en ese momento dejan de ser simples consumidores, y son también productores, transformadores.

Lo que nos volvemos, más o menos, rápida o lentamente, es en una cultura de “mashuppers”. En cierta medida siempre lo hemos sido, porque la cultura se construye, finalmente, a partir de pedazos y retazos que tomamos individualmente, sacamos de contexto y reinterpretamos. Sólo que hay es más rápido, en mayor escala, y más visible: tenemos más y mejores herramientas para desarmar cosas que existen y hacer nuevas cosas con eso. Y si nuestra cultura empieza a configurarse así, empezamos a transponer este enfoque a todo: descomponemos el proceso político y lo configuramos en nuestros términos, descomponemos procesos sociales y los rearmamos de maneras nuevas, y así sucesivamente.

Si te estás preguntando si esto es bueno o malo, mejor o peor, estás haciendo la pregunta incorrecta.

Primero iba a ser uno, luego dos, luego tres posts a partir de cosas que encontré en Boing Boing, así que decidí juntarlo todo en uno solo.

A partir de hoy, todos los episodios de todas las temporadas de South Park están disponibles en línea.  Legal y gratuitamente. Los creadores del show, Trey Parker y Matt Stone, junto con Comedy Central, han lanzado una nueva versión del sitio de South Park desde donde pueden verse todos los episodios, incluso pueden incrustarse en sitios web.

En Oregon, un hombre transexual está embarazado. Casado con su esposa Nancy, mantienen una relación perfectamente normal -sin problemas legales para su matrimonio,  además-. Pero aunque él ha tenido terapia hormonal de testosterona para definir su sexo, mantuvo sus “derechos reproductivos”. Así que decidió llevar al bebé.

Un artículo de la revista Mechanic Illustrated de 1968 se planteaba la pregunta, “¿Cómo serán las cosas en el año 2008?“. Fallaron por bastante.

Por algo Boing Boing se proclama como “un directorio de cosas maravillosas”.

Algunas ideas sueltas.

Al parecer, una universidad rusa ha sido cerrada por investigar el fraude electoral. Rusia ha venido decayendo más y más en una espiral de totalitarismo durante el gobierno de Putin, controlando medios de comunicación, partidos políticos, elecciones, y ahora también la educación superior. Básicamente, en Rusia ya no existen libertades y el Estado ha centralizado el control y el poder de manera draconiana.

No es tampoco secreto lo que ocurre en EEUU. Bajo la égida de la seguridad nacional, incontables violaciones a los derechos de sus ciudadanos se vienen registrando, incluyendo detenciones injustificadas, interrogatorios con métodos cuestionables, etc. Ahora cualquiera puede ser acusado de terrorismo y desaparecido del mundo sin que nadie pueda protestar, y en gran medida ya no existen tampoco libertades. El Estado ha centralizado el control y el poder de una manera draconiana, y ha dejado de representar los intereses del pueblo para hacerlo con los de los grandes intereses corporativos.

En el Perú, mañana tendremos la “suerte” de leer “El Perro del Hortelano III”, la tercera entrega en la saga del presidente García sobre cómo “sólo la inversión privada salvará al Perú”. Los grandes capitales extranjeros tienen la puerta abierta para hacer lo que quieran, aunque eso signifique atropellar e ignorar los derechos de enormes cantidades de personas. Todos los que se opongan o cuestionen esta receta son perros del hortelano en el mejor de los casos, llegando a ser ignorantes, terroristas, saboteadores, y demás adjetivos. La oposición es incapaz de articular un discurso coherente de resistencia, mientra que la represión se incrementa alrededor del país, sobre todo lejos del ojo público de la capital. Con todo esto, dejan de existir una serie de libertades, y el Estado ha centralizado el control y el poder de una manera draconiana.

¿Soy el único que empieza a notar un patrón?

Ahora, todo esto me preocupa porque no sé qué se puede hacer, o si se puede hacer algo realmente. Los mecanismos de control y supervisión existentes en manos de gobiernos con intenciones totalitarias o totalizantes son virtualmente infinitos e insondables, y es difícil pensar en qué podríamos organizar de modo que pudiera revertirse y eliminarse esta tendencia autoritaria. Todo se hace en nombre de la seguridad, del desarrollo, pero son sólo grandes pretextos para controlar a mayores y mayores segmentos de la población. ¿Por qué? ¿Cuál es el objetivo del control? ¿A quién le favorece, quién lo dirige?

¿Y qué podemos hacer para detenerlo?

Cierto, se necesita una ciudadanía activa, pero en una época en que el Estado no promoverá ninguna ciudadanía por considerarla una amenaza. Al mismo tiempo que los propios ciudadanos no parecen mostrar mayor interés en ser ciudadanos activos, sino que parecen estar contentos delegando funciones, seguridades y libertades a Estados omnipotentes o omnisapientes.

Pero debe haber alguna posibilidad de algo que pueda hacerse, o por lo menos que pueda intentarse. Algo que se cuele por entre los puntos débiles, por los eslabones menos sólidos de la cadena, y logre difundirse y diseminarse de tal manera que se vuelva un fenómeno cultural. Al mismo tiempo, pareciera ser que el mecanimo que mejor ha servido para este tipo de diseminaciones ha sido el mercado y si enorme capacidad para distribuir ideas y productos. Pero al mismo tiempo, el mercado mismo genera toda esta serie de daños colaterales como una suerte de esfuerzo orgánico por defenderse, preservarse y extenderse.

El mercado, de alguna manera, es el medio que tiene que transmitir su propia muerte (algo sí como al decir “the revolution will not be televised”).

Es decir, no se trata solamente de preguntarnos “¿cómo nos defendemos?”, porque eso es medianamente fácil: simplemente uno evita crear problemas y cruza los dedos. El asunto es, más bien, cómo movilizamos a la ciudadanía para involucrarse activamente e impedir que este tipo de cosas sigan ocurriendo. ¿Cómo difundimos la idea de que esto debe detenerse, de que puede detenerse, e incorporamos a aquellos interesados a adoptar cursos de acción accesibles que nos lleven a tal desenlace?

No tengo idea, pero me está perturbando un montón ahorita.

Todas las estructuras cambian, pero en el proceso de transición, las formas viejas se resisten a morir defendiéndose por cualquier medio posible frente a las formas nuevas. Está en nuestra naturaleza ser convervadores, porque preferiremos siempre un entorno controlado y predecible a uno en el cual no podemos realmente saber qué es lo que ocurrirá. Aquellos que prefieren ir contra esta norma general los consideraríamos usualmente irracionales por querer aferrarse a lo desconocido, por estar dispuestos a comprometerse con algo que aún no existe.

Esto lo encontramos en todos lados, en todas las grandes y pequeñas transformaciones que encontramos a nuestro alrededor. Los medios de comunicación tradicionales, las grandes organizaciones jerárquicas y centralizadas, se encuentran hoy amenazadas porque surgen formas de organización, acción y participación colectivas que carecen de las mismas reglas y principios por los cuales se han llevado las cosas por décadas. Las generaciones jóvenes crecen sin tener este sentido de las mismas reglas de convivencia, y conforme pasan a formar parte del mundo y participar de sus actividades, inevitablemente surge en choque entre la vieja manera de hacer las cosas, y las nuevas tendencias que no juegan bajo las mismas reglas.

Organizaciones y corporaciones como las habían incluso hace tan sólo 15 o 20 años hoy día se ven obligadas a readaptarse, tercamente, para poder seguir siendo competitivas. Instituciones sociales, políticas, se readaptan o simplemente caducan y desaparecen. Y así se repite el proceso a través de la sociedad, y sin embargo, ninguna estructura existente cederá ante una nueva sin una buena pelea.

El periodismo se ha atomizado en los últimos años conforme ya no es necesario que alguien que sea propiamente un “periodista” ejerza el monopolio frente a la información que se puede comunicar. Yo no tengo nada de periodista, y sin embargo por este canal unas 100 personas cada día se topan con lo que tengo que decir y con mi perspectiva de las cosas, para bien o mal. Esto incremente la participación, pero reduce la posibilidad del control: ya no se puede, o se hace mucho más difícil, conseguir que todos los mensajes se reúnan bajo un mismo concepto general, ya no se puede uniformizar y controlar lo que se dice, cuándo, cómo.

Así lo ha descubierto el Comité Olímpico Internacional, pero no por eso dejarán de dar la pelea correspondiente. A los atletas que participen de los Juegos Olímpicos de este año en Beijing, se les permitirá mantener blogs personales sobre las competencias, pero se les prohíbe publicar fotos, videos o audios de los eventos. Si leemos que hay detrás de esto, encontraremos una institución tradicional luchando por adaptarse a los tiempos a la fuerza, y luchando con la idea de que está forzada a ceder el control. Hoy día, los atletas, sobre todo los más jóvenes, estarán acostumbrados a escribir en un blog, incluir videos, fotos de su participación en las competencias, y demás medios en los cuales se han acostumbrado y encuentran natural expresarse. Pero esta forma de expresión libre y abierta choca con las necesidades de control del mensaje de la organización, al mismo tiempo que con su interés de controlar férreamente los intereses comerciales que el flujo de información representa.

La necedad es el motor que lo mueve todo en el mundo.

Desde hace poco más de medio año, vengo trabajando en una asociación internacional de emprendedores sociales, Ashoka. Mi trabajo ha consistido principalmente en habilitar y lanzar el sitio web de Ashoka para Perú, así como de lanzar y actualizar el nuevo blog de Ashoka para Perú. La experiencia ha sido sumamente interesante por todo lo que he podido aprender -no sólo desde un punto de vista técnico, sino también desde un punto de vista conceptual-. Pues dos de los conceptos sumamente valiosos en los cuales he podido profundizar son el emprendimiento y la innovación como categorías de conducta y acción humana que rompen con los patrones de lo conocido e introducen algo fundamentalmente inesperado en el tejido social, y en la misma medida, generan resultados totalmente impredecibles.

Los Emprendedores Sociales de Ashoka son individuos con ideas innovadoras que generan cambios profundos, que transforman integralmente la manera como las personas a su alrededor se comportan frente a problemas sociales apremiantes. Pero la categoría de lo innovador encierra una serie de matices paradójicos: pues en la introducción de lo desconocido en el ámbito de lo conocido, la reacción del cuerpo social inevitablemente será uan de rechazo. El status quo tiene siempre una mayor facilidad para seguir siendo lo que es, y entonces, introducir algo nuevo a la conducta de la gente se vuelve lo que J.L. Austin llamaría “salirse con la suya”.

Desde hace un par de semanas, además, he estado viendo los DVDs de la primera temporada de Heroes. Más allá de que la historia es excelente -pero no me cuenten nada porque aún estoy como a la mitad-, no pude evitar encontrarle un paralelo con todo esto. Las historias de los personajes de Heroes son historias de personajes con ideas descabelladas, fuera de lo común, completamente inaceptables para el cuerpo social ordinario, en condiciones normales. La historia de Peter Petrelli, por ejemplo, es la historia de un individuo que siente o quiere sentir que él está destinado a una misión más importante que una vida ordinaria. Siente una suerte de llamado a hacer algo más, a cumplir con una misión de salvar el mundo. Pero visto desde un punto de vista externo, el sujeto está completamente loco. ¿Quieres salvar el mundo? ¿Sientes una misión, un llamado? Eso no tiene ningún sentido, cuando se le contempla desde el punto de vista ordinario, cotidiano de las cosas. Y sin embargo, podría tener razón, y podría haber algo más detrás de su historia.

Más allá de los emprendedores sociales, o de los héroes, nos enfrentamos con un problema similar cada vez que pensamos en la manera de introducir algo nuevo. Cuando buscamos innovar, cuando buscamos crear, cuando buscamos introducir algo que inevitablemente cambie la manera como son las cosas, nos chocamos con un límite, un velo de la ignorancia, más allá del cual no podemos tener mayor idea de lo que pasará. Es cierto, disponemos de muchas herramientas que nos permiten construir escenarios posibles, visualizar qué es lo más probable que suceda. Pero los efectos reales son inconmensurables. Más aún, la idea de introducir algo nuevo y que funcione, que realmente consiga los resultados esperados, es una idea necesariamente descabellada. Quizás coincidencialmente, un nuevo libro sobre emprendedores sociales recientemente lanzado se titula “The Power of Unreasonable People“, o el poder de la gente irracional, porque para desarrollar el compromiso que un cambio de esta envergadura requiere es necesario que uno esté dispuesto a escapar por un momento de los límites que impone la racionalidad y que le dicen que no se puede hacer. Visto fríamente, las ideas innovadoras no pueden entenderse a partir de los marcos conocidos. Solamente en retrospectiva es que pueden coger sentido, y sólo mirando hacia atrás podremos luego ver si realmente funcionaron o no.

Todo esto conecta de múltiples maneras, y se hilvana de manera importante con el tema del compromiso, con las ideas y con la identidad. Hoy más temprano publiqué un post en Invasiones Bárbaras sobre la manera como hemos desarrollado una cultura de lo light que limita nuestra capacidad para comprometernos. Y al mismo tiempo, nuestra situación actual en el planeta nos exige soluciones que se nos plantean como saltos en gran medida irracionales. Las soluciones a nuestros problemas están más allá del marco bajo el cual los problemas se formularon, y el salto cualitativo que nos lleva de un punto al otro es un poco inexplicable, es algo así como una condición emergente. Estas supuestas soluciones bien podrían ser contraproducentes, terribles, fallidas, pero son todo lo que tenemos, en la medida en que representan una apuesta por una posibilidad, cuyo resultado es impredecible (o no sería una apuesta). No obstante, si queremos tener la posibilidad de obtener resultados positivos, no podemos sino aceptar un poco fatalistamente la posibilidad de obtener resultados negativos. Es parte de la apuesta.

Principios similares animan el empuje de aquellas personas que lanzan iniciativas, que forman empresas, que atacan problemas sociales, que proponen nuevas ideas, que desafían el canon y el status quo, incluso de aquellos personajes que sueñan con tener una misión de salvar el mundo, o con que pueden volar. Es difícil negar el poder de lo innovador, porque de él hemos visto surgir las grandes novedades que transformaron nuestra cultura. Pero por cada gran transformación hay cuartos llenos de transformaciones fallidas, transformaciones menores, y que al mismo tiempo no pueden ser sino estructuralmente necesarias para que alguna de ellas funciones -además de ser el necesario catálogo de experiencias previas de las que aprendemos-. Aún así, el salto que da un individuo o un grupo, cuando ven algo en el mundo que no los convence, o que podría ser mejor, y se les ocurre la manera como podrían mejorarlo, es un salto que se hace, en mayor o menor medida, más allá de los límites de la racional o perfectamente delimitable. Es, justamente, la lógica de la inversión, la idea de que en cualquier momento dado tenemos la posibilidad de romper con todo lo que consideramos medianamente fijo ante la posibilidad de poder conseguir algo mejor.

Esta noche salió una breve nota en América Noticias sobre videojuegos violentos que refleja todo lo que, a mi juicio, está mal respecto a los medios masivos cubriendo el mundo de los videojuegos. No sólo hay una serie de errores factuales garrafales, sino además lo que son una serie de errores de interpretación que enmarcan de pésima manera cualquier interpretación o discusión que pudiera tenerse sobre los videojuegos. Pero claro, es América Noticias y quizás no se pueda esperar mucho más tampoco.

El reportaje se concentraba sobre todo en el juego “San Andrés”, obviamente refiriéndose al controverial Grand Theft Auto: San Andreas -aunque mostrando imágenes, en cambio, de su antecesor, Grand Theft Auto: Vice City-. La nota apelaba al recurso un tanto facilista, archirrecorido a nivel global, de que la violencia en el juego fomenta la violencia en los niños y sugiriendo que los niños se volverán locos y saldrán a la calle a matar policías y ladrones por doquier. Mi problema ni siquiera es el tema o la validez del tema, sino simplemente que el asunto está pésimamente mal planteado y adolesce de una serie de contradicciones e insuficiencias que no nos llevan a ninguna parte.

Es decir, América Noticias publica una preocupada nota sobre la violencia en los videojuegos después de 45 minutos reseñando la violencia en nuestra sociedad en asesinatos, narcotráfico, accidentes, y demás iteraciones de circunstancias violentas que son distribuidas todo el día, todos los días por los medios de comunicación sin mayor tapujo. Al parecer, todas estas otras manifestaciones de violencia están bien, o no representan ningún problema, sólo la violencia en los videojuegos es problemática.

Además de eso, el reportaje ponía énfasis sobre, primero, que los niños acceden a este tipo de diversión por sólo 3 soles, y segundo, que podían acceder fácilmente a estos juegos por medio de una serie de locales donde se alquilan las máquinas. He aquí otro de los lugares donde la complejidad del problema era simplemente ignorada: primero, porque el juego (San Andreas) está calificado como un juego para audiencias mayores de 17 años (según la calificación M de la ESRB), lo cual significa que no debería vendérsele a menores de esa edad. Sólo que nosotros tenemos el problema adicional de la piratería (razón por la cual pueden estar a 3 soles los juegos), que no descalifica el problema, pero sí el marco bajo el cual lo intentamos entender. ¿Es posible, acaso, tener algún control sobre la venta de los juegos en un contexto así? ¿Es realmente deseable tener un control de ese tipo? Lo cual me lleva al segundo punto, que es el acceso de los niños a los lugares de juego, así como a la compra de los juegos mismos, en lo que me parece el punto más importante de todo esto: ¿dónde rayos están los padres? Finalmente ellos son los responsables por educar a los niños -no el Estado, no la sociedad, mucho menos América Noticias-. Aquí el problema se complica porque obviamente existe una brecha generacional que impide a los padres entender con claridad qué es lo que juegan los niños, pero eso no justifica abdicar a la responsabilidad de buscar hacer el intento y por lo menos discutir abiertamente con los niños sobre lo que están jugando, las implicaciones, y sobre todo, cómo distinguir claramente entre la realidad y la ficción. Sin embargo, no vi ningún tipo de discusión sobre la participación de los padres en el asunto -sólo de la Municipalidad (el Estado) interviniendo para “proteger a los niños”-.

Entonces, el problema se hace aparente en la simplificación excesiva que hace, en este caso, el reportaje de América Noticias sobre el tema. Enfocar los videojuegos como una terrible amenaza, como corruptores de las buenas costumbres, y demás, no hace sino agrandar la brecha de comprensión que puede haber entre la generación que se ha formado jugando videojuegos, y la que sí. Nos encontramos, en cambio, con un fenómeno multidimensional y altamente complejo, en el cual participan variables económicas, sociales y culturales, y la manera como la violencia es tratada aquí no es una particularidad aislada del medio, sino un rasgo que recorre nuestra cultura de manera más o menos preocupante. Por eso es que es importante hacer un esfuerzo por entender mejor los videojuegos, sobre todo porque muchos de nosotros, que crecimos jugándolos, encontramos en ellos una dimensión expresiva y participativa a la cual las personas que hacen reseñas sobre los videojuegos no han tenido acceso. Es decir, que una representación un poco más acertada de este universo no será posible sino hasta que individuos que estén familiarizados nativamente con ellos -y no confundan, por ejemplo, “Hot Coffee” como si fuera un juego en lugar de un mod por sí mismo controversial de otro- empiecen a describir su propia experiencia.

No nos vendría mal extender este esfuerzo en muchas direcciones, dejando de responder al reto que plantean las nuevas maneras de comunicarnos y expresarnos como si fueran a traer el apocalipsis. Pero claro, esta reación es inevitable, y nos es natural seguir creyendo cosas como que el periodismo busca la verdad, o que es posible protegernos de “cosas malas” en la web. Creo que en realidad se trata de que no sabemos bien cómo lidiar con estas experiencias (que finalmente transforman la realidad misma) y por eso nuestro primer impulso es defendernos. Pero nuestros medios tradicionales no nos ayudan, ni nos hacen ningún favor, cuando enmarcan el asunto casi como una lucha entre el bien y el mal, donde nuestra forma de vida se ve inexorablemente amenazada.

Supongo que, finalmente, tampoco podía esperarse mucho más.

Había muchas cosas sobre las que quería comentar hoy para las que no me quedó el tiempo.

Pero quería por lo menos dejar este video al cual llegué por un post en el blog de Chris Garrett sobre el futuro de las narraciones. Lo que estos sujetos han hecho es impresionante, y probablemente sí refleje la manera como las herramientas tecnológicas nos permiten hoy liberar capacidades creativas que antes habrían sido imposibles, por lo menos sin presupuestos millonarios.

Claro, la barrera de entrada sigue siendo alta, no hay que ser ilusos. Lo interesante no está tanto en la complejidad técnica, sino en las implicaciones sociales respecto a quién tiene la posibilidad de expresarse, de narrar historias, y con qué medios cuenta para hacerlo. No todos podemos hacer una recreación del desembarco en Normadía. Aún con ello, en principio, más personas (o menos, según como quieran verlo) pueden hacerlo hoy que hace diez años. De la misma manera que más personas encuentran hoy canales accesibles para expresar el mensaje que mejor les parezca.

Dialéctica del señor y el siervo, si quieren, surgimiento de la autoconciencia, lo que sea. Lo interesante es la manera como esto nos hace repensar las historias que nos contamos a nosotros mismos, de nosotros mismos, y demás. En la medida en que ya no me tienen que contar la historia bajo la cual interpreto mi vida, sino que puedo escribirla, expresarla yo mismo. ¿El auge del microrrelato? No lo sé.

En algún momento, en mi blog anterior, esbocé algunas ideas sobre la relevancia que los videojuegos cobran en nuestra construcción de la cultura. Pero ahora, leyendo un post reciente en el blog de Henry Jenkins, me doy cuenta de cuán esbozos eran esas ideas. Jenkins relata su experiencia respecto a juegos de video y responsabilidad social a partir de una conferencia reciente en Shanghai, y toca una serie de puntos sumamente interesantes que nos permiten profundizar en gran medida la manera como interpretamos los videojuegos.

Hay una serie de elementos sumamente interesantes en la cultura oriental y cómo están asimilando la cultura de los videojuegos: sobre todo en el enfoque en que parecen estar incorporando respecto a lo que significan en términos de responsabilidad social. Por muchas razones, pero quizás las que me resultaron más interesantes fueron dos. En primer lugar, porque en la medida en que los jóvenes pasan más y más tiempo jugando estos juegos, se vuelve importante pensar respecto al contenido que están jugando. Pero, según explica Jenkins, los chinos no ven esto en términos de eliminar el sexo o la violencia de los juegos (preocupaciones exacerbadas de los estadounidenses), sino por el aspecto positivo de cómo reforzar valores y elementos culturales positivos a través de los juegos.

La otra razón interesante es algo sobre lo que esbozadamente he comentado antes: precisamente en la medida en que, por medio de los videojuegos, ejercemos procesos de aculturación, los juegos que jugamos nos acostumbran a una serie de referentes culturales que bien pueden no ser los nuestros. Es más, definitivamente no son los nuestros. Esto preocupa tanto más a la cerrada cultura política china, y su relación amor/odio con Occidente: en la medida en que buscan limitar o paliar la influencia cultural occidental sobre los niños y los jóvenes, existe un impulso para contrarrestar esta influencia creando videojuegos locales con contenidos locales y elementos culturales locales.

Este tipo de reflexiones muestran con claridad la profundidad que podemos alcanzar al detenernos a pensar un poco respecto a una nueva forma cultural y de socialización como son los videojuegos. En el Perú estamos aún muy lejos de esto, y en general en todo el hemisferio, en términos generales, seguimos pensando en el tema de una manera muy limitada: pensando simplemente cosas como adicción a los videojuegos, las influencias negativas de la violencia, y demás lugares comunes que suelen denunciarse en la televisión y artículos periodísticos que sin embargo no hacen más que rozar la superficie. (Vale la pena mencionar aquí uno de los pocos trabajos excepcionales sobre este tema que conozco: Videojuegos, o los compañeros virtuales, una investigación de María Teresa Quiroz y Ana Rosa Tealdo publicada por la Universidad de Lima en 1996 -la ignorancia me impide referir a trabajos locales más recientes.)

La importancia que pueden cobrar los videojuegos está lentamente siendo reconocida en sus dimensiones reales, más allá del velo de ignorancia sobre el cual suelen estar sumidas las reflexiones sobre el tema. El factor más interesante que puede encontrarse en ellos como medio es el hecho de que involucran directamente al jugador: en lugar de convertirlo en el simple espectador de una historia, incapaz de ejercer mayor influencia en la manera como se desenvuelve, los videojuegos permiten al jugador ser un espectador activo, un personaje, un protagonista. Las dimensiones psicológicas que esto introduce se traducen en un alto grado de vinculación o involucramiento. Donde unos ven a niños o jóvenes ensimismados, estupidizados, otros encuentran el potencial para un medio con tal grado de involucramiento para reforzar procesos formativos y educativos. En la medida en que los jóvenes se vinculan con el medio de manera transparente, interiorizan con mucho mayor facilidad y profundidad sus contenidos; al mismo tiempo, el hecho mismo de jugar introduce una nueva dinámica en la manera como se interpreta el aprendizaje, poniéndolo a uno en la posición de tener que resolver problemas, jugar con diferentes configuraciones, y de esta manera desarrollando habilidades importantes.

La iniciativa Changemakers de Ashoka tiene una experiencia interesante en esta dirección, cuando buscó explorar la manera como los juegos de video pueden ser utilizados en la promoción de la salud. Una de las propuestas ganadoras de la competencia desarrolló un juego de video para teléfonos celulares para ser distribuido en África, cuyo propósito era difundir una cultura de prevención contra el VIH/SIDA. El eje central detrás de este tipo de ideas es, justamente, el hecho de que son medios más accesibles para la juventud, y de esta manera se pueden transmitir con mayor facilidad, alcance y sobre todo, profundidad, mensajes con un alto grado de involucramiento. (Changemakers tiene también una librería con una gran cantidad de recursos sobre videojuegos serios disponibles, incluyendo un artículo del propio Henry Jenkins et al., “Confronting the Challenges of Participatory Culture: Media Education for the 21st Century” [enlace PDF], artículo fundamental para entender qué sentido tiene todo esto.)

En resumen, aunque parece ser un tanto complicado, creo que es importante detenernos a pensar con mayor seriedad y profundidad sobre las implicancias de las transformaciones culturales, en apariencia casi triviales, que nos rodean. Los videojuegos ejercen influencias en la manera como procesamos la cultura que son diferentes a las maneras como lo hemos hecho antes, y son diferentes de maneras no-triviales. En esa misma medida, se nos presenta la oportunidad de doblegarnos ante el desafío y seguir interpretando lo nuevo bajo las categorías de lo viejo, o como muestran estos testimonios de China, o como muestra el esfuerzo de Changemakers, tenemos la oportunidad de explorar las nuevas posibilidades para generar nuevas oportunidades, quizás hasta para lidiar con viejos problemas. (Espero que eso último no haya sonado demasiado cursi.)

Actualmente, “The Daily Show” con Jon Stewart me parece uno de los mejores a) programas cómicos de la televisión, y b) programas políticos de la televisión. Lo cual, si se detienen a pensarlo por un momento, es una combinación interesante.

Con Stewart está sucediendo algo similar a lo que ocurre con la campaña presidencial de Barack Obama, en EEUU. Está inventando un nuevo lenguaje que apela con mucha mayor facilidad a un público joven -el mismo público joven que resalta por su apatía política-. Es ya casi aburrido escuchar como, una y otra vez, se repiten los mismos lugares comunes sobre los jóvenes y la política: que ya no tienen el interés, el compromiso de antes, que ya nada les importa, etc. Claro, para todo efecto práctico son ciertos. Pero si lo pensamos por un momento: primero, que las comparaciones suelen hacerse con una suerte de Arcadia dorada y nostálgica que fueron los movimientos políticos de los setentas, panfletarios, activistas, altamente comprometidos. En el Perú, muchos jóvenes se creyeron el rollo que les ofrecían los movimientos socialistoides de la época de construir un mundo mejor, y armados de idealismo y buena voluntad salieron a reclamarlo a las calles, y ese tipo de cosas (mayo del 68 en París siendo el ejemplo más claro de esto).

Todo esto es muy bonito, y ciertamente inspirador, pero nos vemos forzados a reconocer hoy que ya no funciona. Los mismos lenguajes, las mismas consignas, los mismos objetivos están gastados, y simplemente ya no calan en una juventud que hereda la cultura de los 80s, de los 90s, y de principios del nuevo siglo. Las jóvenes ya no pueden ser hippies porque sólo tienen que ver Forrest Gump para, en 3 horas, ver cómo los hippies pasaron de sexo, drogas y rocanrol a la época disco, a la cocaína y finalmente a la placentera vida clasemediera en la cual terminaron instalándose. Entonces, más allá de nostalgia y experimento con psicotrópicos poco puede sacarse por allí.

Ahora, con todo, creo que sueno como un absoluto descreído. Pero quisiera pensar que no lo soy. Solamente apunto a que los mismos métodos que supuestamente funcionaron en la Arcadia dorada del pasado no funcionarán hoy día, y tratar de hacer política bajo los mismos criterios es un despropósito histórico. Tenemos que buscar nuevas formas y nuevas articulaciones, tal como las buscaron en esa época. Y así completo el círculo: Jon Stewar y Barack Obama están creando un nuevo lenguaje, nuevos canales a través de los cuales los jóvenes pueden vincularse con su propia versión de lo que es el proceso político. Por supuesto, para muchos esto es señal de alerta, señal de alarma: ¿Cómo es posible que enormes cantidades de personas (alrededor del mundo, incluso) reciban su principal fuente de noticias por medio de un programa cómico?

Exacto. ¿Cómo es posible? En primer lugar, porque para ese enorme número de personas, las fuentes tradicionales de información no sirven, y el proceso político y afines son motivo de burla. El consumo del medio es él mismo una afirmación política: “esto tiene tan poco sentido que sólo puedo reírme”. En segundo lugar, porque a pesar de todo, hay un interés de participar. La cultura mediática de hoy engendra una cultura participativa que antes no era posible. Pero al mismo tiempo, los aparatos tradicionales no se adaptan a esta nueva cultura. Las asambleas partidarias, el diseño de políticas públicas, y demás, no son realmente procesos participativos donde uno puede aportar realmente. En consecuencia, hay un éxodo masivo de aquellos espacios donde no se puede participar, a aquellos en los que sí.

Por ejemplo, la campaña presidencial en EEUU de Barack Obama. Una campaña que ha cambiado el tono del mensaje, se ha abierto al diálogo, ha creado nuevos espacios de participación política (Facebook, MySpace, por ejemplo).  Claro, Obama acaba de perder las primarias en Nevada contra Hillary Clinton. Lo cual (a) destruye la fuerza de mi argumento, o (b) desinfla las expectativas y esperanzas de un enorme grupo de jóvenes interesado en incorporarse al proceso político, en sus propios términos.

Mi relación con la política es conflictiva, pero quizás eso no se haya podido dar mucho a entender por lo que comento sobre ella en este blog. Hace un tiempo vengo considerando con algunas personas iniciar un nuevo proyecto de blog donde comentemos, desde múltiples perspectivas, diversos problemas de política, desde un ángulo (que queremos considerar original, quizás no lo es) que compartimos: el agotamiento de una serie de conceptos, categorías y estructuras, y una dinámica de cambio en múltiples niveles que genera nuevas formas para lo que significa hacer y participar de la política. Lo he insinuado antes, en la forma de que el cambio mediático, el cambio tecnológico generan cambio cultural y reclaman nuevas formas de considerar la política: así, la política en la época de YouTube es algo enormemente diferente a otras cosas que hayamos conocido antes.

Mientras ese proyecto sigue como idea, yo comento algunas cosas, pero no tantas ni con tanta fuerza como me gustaría. Antes tenía mucha mayor voluntad para comerme el pleito: para participar, involucrarme en proyectos, iniciativas, discusiones, y fue una experiencia sumamente enriquecedora, pero contradictoria. Mi participación de la Federación de Estudiantes de la PUCP me dio algunos de mis peores momentos pero mejores lecciones, y entre otras cosas me hizo entender, al menos a nivel micro, mucho más de cerca cómo funciona el submundo de lo político y lo politiquero. Y terminó por parecerme todo una gran pérdida de tiempo, que me hizo pensar aún con más fuerza cómo replantear medios y canales de participación para que no lo sea.

Todo esto viene a colación a partir de un largo artículo sobre la situación actual de Venezuela, al cual llegué por medio de un post en el blog de Martín Tanaka, que me hizo volver a pensar sobre mucha de estas cosas. La situación en Venezuela me parece, grosso modo, trágica, por muchas razones, a pesar de que me gustaría saber más sobre ella para estar bien informado y opinar con mayor conocimiento de causa. Justamente ese proceso de conocer y opinar es lo que siento que me falta.

McLuhan considera que con diferentes formas de medios de comunicación, en tanto engendran un mayor grado de involucramiento por parte de emisores y receptores, se genera una forma de “retribalización”, lo que yo entiendo más fácilmente como una reconstitución, en sentido hegeliano, de los vínculos éticos sustanciales que nos relacionan a todos. En otras palabras, a través de diferentes medios pasamos a sentirnos de nuevo involucrados personalmente en los procesos, al menos en aquellos procesos cuya temática o propósito sentimos nos afectan personalmente.

Re-replanteo. Desde fines del siglo XX hacia aquí, creo que experimentamos un acelerado colapso de la cultura de masas, desde diferentes frentes. Los medios de comunicación masivos dejan, de a pocos, de marcar la tonada. Los partidos de masas ya no convocan masas, sino que sus mensajes cobran cada vez mayor separación del grueso poblacional. La producción masiva que llevó a su paroxismo Henry Ford hoy se vuelve un modelo socavable y menos pertinente frente a nuevas técnicas, frente al contenido intangible y además frente a la diversificación de los intereses y los gustos y preferencias de los consumidores. Y así sucesivamente. En todo esto, la constitución de la identidad se vuelve algo más complejos, más aún cuando no sólo empezamos a movernos en contextos crecientemente diversos, sino porque interactuamos con gente de todos lados del mundo que comparten en mayor o menor medida preocupaciones e intereses similares a los nuestros.

¿Qué significa esto en la esfera de la política? Significa cosas como el debate, en EEUU, organizado por CNN y YouTube para los candidatos presidenciales, tanto demócratas como republicanos. Las preguntas fueron presentadas en diferentes clips por medio de YouTube a los diferentes candidatos, por ciudadanos de a pie, de manera totalmente diferente a cómo se hubiera hecho antes (como la de un sujeto que compuso una canción sobre sus impuestos, o la pregunta de un hombre de nieve sobre el calentamiento global). El formato está aún en su infancia y avanza con reparos -las preguntas finales son escogidas por editores de CNN- pero el consenso es que generó un formato de debate fresco, innovador, original, y que brindó a los televidentes material mucho más interesante para decidir que un debate basado en el formato conocido.

Pero esto implica repensar una serie de cosas, como la manera en que se constituyen las ideologías políticas, como se organizan los grupos de acción, como se articula la acción colectiva, y demás. Es mi intuición, sin embargo, justamente que las formas cambian y nuestros conceptos y aparatos teóricos deben cambiar con ellas. Esto viene de la mano con una serie de fenómenos de amplio alcance: el socavamiento de los Estados-nación alrededor del mundo, la globalización, el capitalismo trasnacional, la renovada importancia de la sociedad civil y el sector ciudadano, y la cada vez más marcada mediatización de nuestra cultura en general.

Quizás, por lo tanto, las formas previas se van volviendo obsoletas. El discurso moralista de gran parte, de casi toda, la izquierda tradicional cala poco, y tiene poco efecto como plataforma en un mundo como éste. La izquierda misma, sea lo que sea que esta categoría englobe hoy, debe replantearse y entender a partir de sus condiciones locales de existencia y a partir de lo que está pasando ahora. De manera similar con muchos otros movimientos de reivindicaciones importantes que han surgido en los últimos 100 años. La misma retórica que funcionaba en los setentas hoy funciona sólo con algunos en virtud de que es romanticona e idealista, y hasta ahí todo bien, pero en la medida en que pretenda conseguir transformaciones amplias en el tejido de la sociedad, la cuestión deja de funcionar tan efectivamente.

Gran parte de este moralismo radica en la creencia, a mi juicio obsoleta, de que simplemente en virtud de que se tiene una ideología “buena”, ideas que brillan por sí mismas, que revelan las contradicciones y los problemas, la gente vendrá y la seguirá. Y que si no lo han hecho aún es o porque no han tenido oportunidad de conocerla, o porque están cegados a entenderla. Gran parte del discurso que escucho va por esta línea casi cultista y dogmática de cómo deben entenderse las cosas, la misma línea de Chávez y su revolución bolivariana para quienes la ven e imperialismo para quienes no la ven, y la misma línea de García y su perro del hortelano para quienes no ven que el capitalismo salvaje es el camino hacia adelante.

Sólo tengo intuiciones que me son más o menos interesantes, pero que me llevan por el camino de la necesidad de replantear los discursos, sus presupuestos y sus pretensiones. Al menos los discursos bajo los cuales yo me quiera identificar: porque lo que me resulta imposible de aceptar de buenas a primeras, hoy, es la legitimación de un discurso que por fundamentos metafisicos o epistemológicamente cuestionables se quiera imponer al otro. Y me resulta inadmisible por la simple razón de que no estaría dispuesto a que me lo hagan a mí.

En la práctica, creo que se trata de convencer a los demás de que hay mejores opciones (o que uno cree que las hay). Si les gusta, bien, y si no, también.

En el Foro sobre el gobierno de Internet de la ONU en Brasil, se acordó una base de principios comunes que deberá contemplar una carta de derechos en Internet, que es un gran avance en términos de compromiso internacional (particularmente por parte de Brasil e Italia, países que ya se comprometieron con implementar el acuerdo) respecto a cuestiones sobre la normatividad y los derechos de los navegantes en entornos digitales.

La Carta reconoce una serie de principios que son, a mi juicio, fundamentales para el desarrollo saludable de Internet en los próximos años: privacidad, protección de datos, libertad de expresión, accesibilidad universal, neutralidad de la red, interoperabilidad, uso de formatos y estándares abiertos, libre acceso a la información y el conocimiento, derecho a la innovación, un mercado justo y competitivo y protección del consumidor.

La medida fue impulsada por el Ministro de Cultura de Brasil, Gilberto Gil, quien ha sido además un vocero y apoyo importante para las comunidades del software libre y de Creative Commons en Brasil y el resto del mundo (aquí un artículo de Wired sobre los programas que Gil está impulsando desde su cartera). Tengo la esperanza de que una iniciativa en esta dirección permita un desarrollo libre de Internet en el que pueda seguir siendo de nadie, protegiéndola de las pretensiones, en los últimos años, de privatizarla en diferentes niveles, siguiendo las pretensiones financieras de un conjunto de empresas de telecomunicaciones.

Esto no será fácil, pues me imagino que ahora vendrá el lobby salvaje, y con lo polarizado que está el tema en EEUU no me sorprendería que ese lobby llegue, por ese canal, a los foros de la ONU. En cualquier caso, creo que este acuerdo es un buen primer paso en la dirección correcta.

Paul Curtis (alias Moose) hace grafiti inverso. No pinta las paredes. Limpia selectivamente paredes que han sido pintadas hasta dar forma a su diseño.

Lo cual plantea un problema porque las autoridades no sabían si la limpieza selectiva de paredes era un crimen.

Esta noticia es del 2006, así que me pregunto en qué habrá resultado.  La creatividad siempre encuentra la manera de desafiar artilugios fácilmente desafiables como la ley.

Esto no es un regalo. Es una oportunidad. Una oportunidad que hay que saber aprovechar y no ser ingenuos, no alucinar que ya todo está hecho y que ahora sólo flotamos hacia el futuro, un futuro arcádico y utópico con todos los problemas resueltos. La oportunidad histórica que potencialmente se nos enfrenta es un desafío más grande que una historia de obstáculos y problemas, y es ahora y no antes cuando más debemos alzarnos a la ocasión y mostrar que somos capaces.

Ésos son elementos que no encuentro en la retórica presidencial y del gobierno en general. El Perú crece hoy a un ritmo de 7,7% al año, y se perfila a crecer aún más rápido. La economía hasta cierto punto se estabiliza, e incluso quizás se puede hablar de reducción en los niveles de pobreza y pobreza extrema. Hasta ahí todo bien, y las condiciones de vida de a muy pocos podría decirse que mejoran. ¿Pero es esto suficiente? ¿Debemos tomar el crecimiento económico simplemente como bueno, como el camino hacia adelante?

Creo que el asunto es más complejo que eso. Mucho más complejo. Y responde, más bien, a la oportunidad histórica a la que me refiero ambiguamente. Pues no se trata solamente de crecer, porque, claramente, no sabemos crecer. Justamente porque no sabemos crecer es que tenemos que preocuparnos por gestionar un crecimiento responsable, un crecimiento sostenible, un crecimiento enfocado en el futuro antes que en el presente mejor.

Índices cruciales como educación, salud, calidad de vida, y todo lo que ello arrastra, no los estamos tomando en consideración adecuadamente. Nos concentramos en indicadores de progreso económico, empleo y producción, y eso no está mal, pero estamos dejando de lado todo el universo de factores complementarios que serán los determinantes del futuro. Es cierto que si no pensamos en ello primero, no habrá un futuro: pero si no pensamos en lo otro hoy, el futuro no tendrá ningún sentido.

¿Estamos, acaso, preparados para el impacto ideológico que tendrá el crecimiento económico? ¿Estamos preparados para la demanda energética? Seguimos en gran medida dependiendo de hidrocarburos importados, escasos y caros -además de políticamente complicados- para mover nuestra economía. ¿Estamos pensando en sustitutos, estamos impulsando con suficiente fuerza el gas natural que extraemos nosotros mismos? Más aún, si es que podemos dar el paso extra, ¿estamos tomando un papel activo en la promoción de la investigación y el desarrollo de nuevas tecnologías energéticas que permitan atender este problema en el futuro?

¿Y para qué estamos educando a los niños? ¿En qué actividades queremos que se introduzcan en el futuro? Porque no tiene sentido entrenar mano de obra barata cuando al otro lado del charco China siempre nos ganará en ese rubro. Lo único que tiene sentido es enfocarnos en nuestras diferencias específicas, en aquellos sectores y mercados en los cuales tenemos una ventaja diferencial y dentro de los cuales podemos entrar a tallar con seriedad, aspirando a reorientar el curso de los acontecimientos. Pero esto implica un proyecto a largo plazo que empiece desde los niveles más tempranos de la educación y ofrezca un conjunto diferenciado de oportunidades reales para toda la población: oportunidades reales pensadas y enfocadas desde y hacia nuestras realidades inmediatas, que reconozcan el entorno que nos rodea y nos permitan ubicarnos y posicionarnos dentro de él.

La oportunidad histórica exige de nosotros construir y comprometernos con un modelo de desarrollo a largo plazo. Un modelo que nos aleje paulatinamente de la dependencia de los precios internacionales de los minerales, y nos convierta, en primer lugar, en productores y transformadores de conocimiento, de ciencia y tecnología, de arte y de cultura. A largo plazo, es la única manera en la cual eso nos permitirá desarrollar una posición sostenible en el contexto internacional, y llevar adelante mejoras en la calidad de vida de nuestra población. Eso implica no cegarnos hoy ante la promesa panaceica de desarrollo económico que traerá consigo la liberación y la felicidad y demás abstracciones bonitas. La oportunidad es la de entender que nos ponemos en vinculación con el futuro y que ello implica una serie de transformaciones e incluso sacrificios inmediatos para sostener una posición a largo plazo, una mejora continua y real, no sólo superficial.

Al mismo tiempo, y ésta es quizás la parte más complicada, sinceramente no creo que tengamos ninguna oportunidad sin transformaciones culturales, sociales y políticas de fondo. Cuestiones fundamentales como la constitución de una cultura de derechos humanos, de derechos sociales y culturales, de atención a los conflictos sociales y culturales que albergamos dentro de nuestras fronteras arbitrarias. Hay problemas que si no enfocamos debidamente amenazan con poner en jaque todo: el problema del narcotráfico como fenómeno en crecimiento y potencial de disrupción enorme, el problema aún no superado del terrorismo y la violencia política, el problema del racismo y la discriminación. Son aquellos problemas que en gran medida significan los obstáculos más grandes que, sin hacerlo obviamente, interrumpen y entorpecen todos los esfuerzos de crecimiento y de mejoramiento.

La oportunidad que enfrentamos es la de entender la coyuntura que tenemos al frente, de entender la oportunidad del crecimiento y ponerla bajo la luz adecuada, entenderla orientándola hacia el futuro y hacia un ideal regulativo hacia el cual quisiéramos tender. En esa visión habrán perspectivas en conflicto, disensos, oposiciones y contradicciones, pero finalmente al hacerlo estaremos haciendo algo que hemos dejado de hacer hace mucho tiempo: pensar el Perú, pensarlo profundamente como realidad, como problema y como proyecto, y hacer de ese pensamiento la herramienta transformadora que requerimos para afrontar el crecimiento responsablemente, para ser más que porcentajes del PBI y reconocer que, al final, detrás de todas estas abstracciones encontramos personas (como yo, o como tú, lector imaginario que ha llegado hasta aquí abajo) cuyo futuro está en juego en cada una de estas vueltas a la ruleta.

Pero a pesar de que hay una tendencia hacia liberar la información en todo sentido, y volver los objetos culturales en el mundo digital gratuitos, esto es más complejo de lo que yo mismo he dicho.

Lo cual se me hizo tanto más obvio después de leer un artículo del blog Web Worker Daily sobre problemas al regalar tu contenido y cómo monetizarlo después, que apuntaba es este artículo de Tim O’Reilly comentando otro de Scott Adams precisamente sobre el mismo tema: gratis es más complicado de lo que parece.

El problema principal radica en el valor simbólico que le asignamos a las cosas -un análisis mucho más interesante podrá surgir, incluso, si incluyéramos el capítulo 1 de El Capital y los conceptos de valor de uso y valor de cambio-.  Cuando recibimos algo gratuitamente, el valor simbólico que le asignamos es muchísimo menor que incluso cuando hemos pagado una suma muy reducida. Entonces, al regalar uno su propio contenido, establece para el futuro una expectativa de que el contenido futuro será siempre libre, y la complicación adicional que significaría luego empezar a intentar monetizarlo de alguna manera.

En otras palabras, inadvertidamente al uno regalar su contenido libremente, estaría reduciendo el valor de su trabajo a cero. Con reducidas posibilidades de incrementarlo luego.

Y si el valor asignado al trabajo se reduce virtualmente a nada, ¿cuáles son los incentivos que se generan para que los productores de contenido lo sigan haciendo? Uno podría decir simplemente el mérito y el reconocimiento, pero eso rápidamente se volverá insuficiente cuando el productor deba cubrir costos y mantenerse para poder seguir produciendo contenido de calidad que sea reconocido. Existe también el modelo por publicidad: cobrar a anunciantes por incluir publicidad acompañando el contenido, idealmente publicidad directamente relacionada con el tema del contenido. Pero que esto funcione requiere de enormes cantidades de audiencia para tener una propuesta realmente de valor para un anunciante, e introduce, además, un tema de a quién se dedica entonces uno: a generar buen contenido para el público, o buen contenido en la medida que genere más lectores para un anunciante.

¿Dónde se encuentra el sistema de incentivos en una cultura remix? ¿Por qué uno es llevado a generar más contenido? ¿Hay algo más que simplemente el reconocimiento de una comunidad con intereses similares? Me interesan enormemente estas preguntas porque las veo como un camino tentativo para superar algo como el trabajo enajenado. Quizás. Quizás es muy limitado.

Es ya noticia vieja, pero igual vale… Nick Haley, un estudiante inglés, estaba tan contento con su nuevo iPod Touch que le rindió tributo editando el siguiente clip promocional, que colgó en YouTube.

A Apple le gustó suficiente su trabajo amateur como para llamarlo y llevarlo hasta Los Angeles para producir su clip en alta definición, para ser el nuevo comercial del iPod Touch.

Todo lo hizo con su MacBook, utilizando Final Cut Pro, un track de un grupo brasilero (CSS) e imágenes que consiguió en la web de Apple.

Cultura de remezcla.

Ahora todo es gratis. O todo puede ser gratis o aparentemente gratis -piensen en libros, en música, en información, en películas, etc.- con ciertos atajos, y es sumamente difícil que aceptemos que deje de ser así. Simplemente, si hemos visto que puede funcionar de esa manera, ¿por qué lo dejaríamos?

Por eso nos vemos forzados a repensar lo que entendemos por propiedad intelectual con propuestas como las licencias Creative Commons. En la economía tradicional, reproducir los objetos es difícil: no puedo simplemente clonar, digamos, un auto con facilidad. Pero en la economía digital, clonar y reproducir son la base del sistema: puedo sacar mil copias de un archivo mp3 y la última es exactamente igual a la primera. ¿Entonces por qué me quieres cobrar más por copias que no te cuesta más producir o distribuir?

Wikipedia nos da libremente información por la que Britannica nos cobra. El proyecto Guttenberg nos da libre disponibilidad de un enorme catálogo de libros clásicos, sin costo alguno. La frontera entre lo legítimo y lo ilegítimo es, sin embargo, tenue: entre descargar un mp3 con licencia libre de distribución, o entre estar reproduciendo música contra la ley.

Pero el asunto es que, si nuestras prácticas viran colectivamente en una cierta dirección nueva, por mucho que eso socave viejas estructuras, nos obliga a preguntarnos que quizás necesitamos nuevas estructuras para soportarlas. O en otras palabras: si las condiciones materiales han cambiado, tiene sentido que nos planteamos nuevas reglas de juego para lidiar con esas condiciones.

OK, soy consciente de que si sigo repitiendo que todo está bajo profundas transformaciones, empiezo a sonar aburrido.

Mejor al menos elaborar un poco del asunto. Todo este asunto de la época 2.0 se traduce en un fuerte espíritu de colaboración. Por alguna razón, en nuestra época gozamos de un espíritu mucho más dispuesto y abierto hacia colaborar de maneras más o menos gratuitas. Esto viene, además, asociado a que hoy disponemos de tecnologías que nos permiten comunicarnos, compartir y colaborar de maneras mucho más sencillas a las antes conocidas.

Hoy es sumamente fácil articular a un grupo de gente en torno a intereses o preocupaciones comunes, intercambiar información y experiencias, generar una base común de conocimiento y de ella derivar cursos de acción que se puedan desarrollar en conjunto. Esto lo hemos venido viendo surgir en diversos ámbitos de nuestra cultura.

La ciudadanía y el gobierno no es diferente, y de la misma manera, se está viendo transformado por los nuevos requerimientos que le plantea este espíritu. Cuando hay muchos más ojos concentrados en vigilar, es mucho más difícil que alguien pueda esconder algo debajo de la mesa. Cuando es más fácil expresarse y participar, el proceso político empieza a transformarse en algo mucho más integrador.

Detrás de esto hay un fuerte componente tecnológico y mediático, conforme estas herramientas posibilitan formas crecientemente complejas de colaboración, interacción y acción conjunta. Detrás de esto está, también, una forma o un modelo como compartimos la información y generamos bases colectivas de conocimiento. La regla general de este espíritu sigue siendo una de confianza: canales abiertos, información transparente, participación colectiva.

Todo suena muy bonito.  Pero aún más bonito lo pone Tara Hunt en esta presentación (a la cual llegué por el blog de Luis Suárez).

Los efectos de todo esto recién empiezan a sentirse, y no debemos tampoco ser presas de una fe ciega que vea solución a todos nuestros problemas sin crear otros tantos en el camino.

Las más veces solemos no darnos cuenta de que cosas así pasan, y de que en tanto pasen seguirán pasando.

ANIA es una organización cuya misión es justamente hacer que dejen de pasar. Su premisa es tan simple que uno se ríe ante su obviedad, y sin embargo, es el tipo de cosas tan obvias que nunca nos detenemos a considerar. Para generar un cambio positivo en el futuro, hay que enfocarse en aquellas personas que llevarán a cabo ese futuro.

Si te pones a pensarlo, en realidad no es tan difícil. Los niños absorben cosas como esponjas. ¿Crees realmente que es muy difícil mostrarles una manera distinta de hacer las cosas? Son esos detalles los que finalmente importarán.

El trabajo del profesor de antropología Michael Wesch y su taller de etnografía digital se ha vuelto sumamente popular, particularmente en YouTube y en general en la web, en los últimos meses. Hace ya tiempo incluí uno de sus clips en un post sobre aprendizaje y nuevas tecnologías, y hoy he encontrado un par de clips nuevos que ameritan exposición y comentario. Esto porque en ellos se evidencia una tensión latente y creciente pero que nos está costando mucho entender: los medios a través de los cuales nos expresamos y nos comunicamos están cambiando, y con ellos la manera como nos relacionamos con los contenidos y con los demás. El cambio es abrupto y radical, y las viejas estructuras no se adaptan con la misma velocidad que el cambio.

El resultado es claro en el caso de la educación, donde se hace crecientemente difícil conectar el contenido con los alumnos acostumbrados a algo… diferente. Desde que empecé a dictar clases de prácticas esto se me ha hecho más notable: es difícil hacer que un alumno con un “MTV attention span” se concentre en leer a Kant por dos horas. Hay que encontrar la manera de relacionarse con el contenido, de volverlo más cercano, de ponerlo en un lenguaje común. Esto no debería ser demasiado difícil, visto que aún sigo siendo estudiante. Pero aún así, el contenido mismo, y sobre todo la fuerza de la costumbre en la que uno es formado, hacen que no sea una tarea tan fácil.

Uno de los clips que encontré hoy enfoca justamente esta problemática, desde el punto de vista de los alumnos: ¿cómo aprendemos? ¿Cómo estructuramos el contenido? ¿Cómo debería entonces enseñarse? Conforme pasa el tiempo, se vuelve cada vez más claro que las formas conocidas de transmitir conocimiento funcionan cada vez menos.

El otro de los clips va en la misma dirección, y está directamente relacionado. ¿Cómo conocemos hoy? Antes, nuestras estructuras de conocimiento reflejaban en mayor o menor medida la manera como almacenamos la información. Archivadores, categorías, índices alfabéticas y cosas así. Pero hoy eso ya no tiene sentido. Estamos en la era de la búsqueda, cuando Google y las bases de datos relacionales, junto con la velocidad de computación creciente, hacen que la búsqueda de información sea trivial. La información misma se vuelve trivial, una vez que es tan fácilmente accesible. ¿Qué hace el usuario? Tiene que aportar algo nuevo, algo personal, algo que no esté en la simple data, para poder justificar su existencia. Saber la información se vuelve trivial. Entenderla, procesarla, agregarla, interpretarla, se vuelven los verdaderos elementos diferenciales.

La medida en que estos cambios lo están transformando todo es difícil aún de discernir. Marshall McLuhan señaló hace buen tiempo ya que el medio es el mensaje: que el medio reconstituye su contenido, y no es, como podría creerse tradicionalmente, un simple vehículo de contenido. Hay algo más que la forma aporta, algo determinante, y determinante a su vez en relación con el sujeto que consume información, que consume medios.

Y es éste un problema que me viene fascinando cada vez más. ¿Cómo aprendemos y cómo educamos hoy? Los métodos tradicionales brillan por su falibilidad, pero al mismo tiempo, hay ciertas cosas del establishment académico que podríamos querer mantener. No se trata simplemente de cambiarse a la moda y tirar todo por la ventana. Pero sí se trata de reprocesar, de reinterpretar el aprendizaje y preguntarnos qué se puede esperar de un alumno aprender. Regurgitar datos se vuelve una función trivial que una computadora puede hacer por sí sola. La idea misma de erudición se vuelve relativa.

¿Entonces?

La educación se vuelve un proceso más complejo, donde se debe enseñar con mayor profundidad las vicisitudes de consumir y producir información, y de hacerlo, además, de manera responsable. A todas las formas de alfabetismo y analfabetismo que conocíamos, ahora agregamos el alfabetismo mediático como elemento central en la formación actual de ciudadanos y consumidores responsables e involucrados. En muchas medidas y dimensiones esto se hilvana con otra serie de fenómenos que se vienen dando en paralelo, y por eso, hoy no podemos más que repensar, replantear, probar y ver qué pasa: política, economía, negocios, cultura, sociedad, medios, arte, producción, consumo, familia, redes sociales, comunidades, etc.

El medio está transformando todos los mensajes.

La semana pasada pude por fin ver el famoso documental de Al Gore, Una Verdad Incómoda. Al que no lo haya visto le recomiendo sinceramente que lo vea… pronto. Ya. Ahora mismo. ¿Por qué no lo estás buscando?

La cruzada de Gore, que es por lo demás un esfuerzo global de millones de personas, es quizás una de las empresas más importantes en la historia de la humanidad. Es, también, uno de los puntos centrales en torno a los cuales articulo mi investigación sobre las decisiones racionales. A la luz de toda la evidencia que muestra patentemente los problemas generados por el calentamiento global, simplemente no estamos tomando a nivel colectivo acciones con el alcance suficiente como para contrarrestar aquellos efectos que bien podrían llevarnos a la extinción de la especie. No lo hacemos porque hay intereses enormes dedicados a que nuestros patrones de comportamiento no cambien para resolver el problema: intereses como el de las grandes petroleras, que si vieran introducidas regulaciones al consumo de hidrocarburos verían enormemente reducidas sus ganancias. Aún así, a nivel global empezamos a ver una tendencia entre los gobiernos para atacar este problema, con un notable ausente: Estados Unidos, el principal responsable del problema para empezar.

Espero estar transmitiendo debidamente el alcance de lo que digo: un puñado de sujetos con mucho dinero están empeñados en perpetuar las condiciones que están destruyendo a la humanidad para poder hacer más dinero. Un puñado de sujetos responsables por el bienestar general de poblaciones enormes están empeñados en ignorar este bienestar para promover los intereses particulares de un puñado de sujetos con mucho dinero (probablemente, a su vez a cambio de mucho dinero). Mientras tanto, los niveles de contaminación se siguen incrementando y los problemas aumentan.

El Perú experimenta hoy un crecimiento económico y un incremento en los niveles de actividad productiva como no se han visto en muchos años. Pero la coyuntura exige mucho más de nosotros. ¿Creceremos responsablemente? Recientemente, La Oroya fue declarada uno de los lugares más contaminados del mundo. La minería a gran escala contamina y destruye nuestros recursos naturales, y nuestro crecimiento económico es desorganizado, y abre las puertas sin restricciones al capital. Al mismo tiempo, nuestra inversión en ciencia y tecnología es casi nula, mucho más aún en el desarrollo de sistemas de producción sostenibles.

El Perú crece, pero no crece responsablemente. Crece con una miopía al futuro, con la idea de que sólo importa el PBI, de que nuestros recursos estarán allí para siempre. Y claro, uno empieza a hablar de ambientalismo y lo tildan de reaccionario en contra del desarrollo, y así no podemos realmente llegar a ninguna parte.

He aquí una idea loca. La tendencia global está yendo crecientemente en la dirección de una conservación y utilización responsable del medio ambiente, y el desarrollo de prácticas empresariales responsables y sostenibles. El Perú está en pleno proceso de crecimiento, pero con la necesidad de renovar sus sectores productivos. En términos macro, hay dinero. ¿Y si invirtiéramos ese dinero en el desarrollo de tecnologías alternativas sostenibles? Generaríamos los productos que el mundo está empezando a requerir, y podríamos convertirnos en un bastión futurista del desarrollo sostenible. Cuando llegue el momento, tendremos la tecnología y el conocimiento para satisfacer las demandas de recursos del mundo. Al mismo tiempo que transformamos nuestra propia dinámica y lógica para un desarrollo propio del futuro, no de principio del siglo XX. Ésa es mi idea loca. Pero cumplirla requiere de compromisos que vayan más allá del futuro inmediato. Implica detenernos a pensar a dónde queremos y podemos llegar a mediano y largo plazo, pensar en cómo será el mundo entonces, y cómo queremos insertarnos en él.

Hace pocos días, Al Gore ganó el premio Nobel de la Paz, junto con los miembros del panel de la ONU sobre el cambio climático global. El mensaje que este premio envía es claro, y ya muchos grupos que quieren mantener las cosas como están han empezado a distorsionar su significado y relevancia. Aún con toda la resistencia, parece clara la tendencia hacia una presencia humana sobre la Tierra que sea más equilibrada. De lo contrario, es altamente probable que desaparezcamos.

Ante ese panorama, la opción por el desarrollo sostenible y responsable debería ser la opción más obvia que podríamos tomar.

Hoy día, todos conversamos sobre ello.

En su nuevo proyecto (del cual hablé ya antes), Lawrence Lessig deja su cruzada por una reforma de la propiedad intelectual en EEUU por una campaña mucho más compleja en contra de la corrupción en el sistema político. Corrupción que por supuesto tiene muchos ángulos, pero él se piensa enfocar, por los próximos diez años, en el problema que significa la influencia distorsionadora del dinero en el proceso político, en sus diversos elementos. Su análisis y plan de investigación y acción son sumamente interesantes, enfocándose no en las reformas tradicionales que pueden hacerse, sino en las nuevas posibilidades que inaugura la tecnología como medio de vinculación y acción con propósitos políticos.

El proyecto de Lessig me ha ayudado a darle forma a mi propia investigación en torno a la influencia de las emociones sobre las decisiones racionales, aunque aún está lejos de tornarse claro el panorama. Nuestra racionalidad humana debería llevarnos a pensar más allá de lo inmediato, y ofrecernos la opción de preocuparnos por lo que ocurrirá mañana. Ante esa idea, deberíamos ser capaces de optar racionalmente por sacrificios hoy a cambio de beneficios mañana. Sin embargo, bajo otra noción de lo racional, son racionales nuestras acciones si cumplen nuestros deseos a partir de nuestras creencias. Tengo aquí dos nociones en conflicto de lo racional. ¿La capacidad para pensar en el mañana o la de cumplir más eficientemente con el ahora?

¿Y cuál es la racionalidad propia del capitalismo? Por un lado, es al mismo tiempo la exaltación inmediatista del consumo. Por el otro, es el desplazamiento permanente del objeto del deseo hacia el futuro al punto que se vuelve aún más inconseguible de lo que es. ¿Capitalismo y futuro son, entonces, antagónicos o complementarios? ¿Es el capitalismo la suspensión del presente por un bien mayor en el futuro (o la promesa perpetua del “chorreo” y demás Arcadias y Utopías de libre mercado)? ¿O es en cambio la suspensión del futuro para no detener los engranajes de la producción y del consumo?

En esta perspectiva poco clara, quiero introducir el tema de las emociones. Pero las introduzco bajo la idea de que son aquello que nos restaura el vínculo con el futuro, y aquello que, por encima o de lado de nuestra racionalidad, aporta consistencia a nuestras acciones. La acción por sí sola, racional o lo que fuera, desprovista de un componente emocional, simplemente atina al cumplimiento ciego de objetivos inmediatos fuera de cualquier tipo de pensamiento o consideración prospectiva. Las emociones nos ponen en vinculación con algo que nos trasciende a nosotros mismos en el tiempo presente, nominalmente la figuración o simulación de nosotros mismos en el futuro, y enfrentándonos a esa imagen nos hace pensar si lo que vemos es realmente lo que queremos para nosotros mismos. Las emociones aportan un yo ideal que nos juzga desde un lugar imaginario.

Hoy día, nuestra problemática cultura da de a pocos pasos en una dirección diferente a aquella que nos ha venido guiando. O al menos, así lo pareciera. Valores post-materiales, lo he escuchado llamar en algún momento. Pero es quizás paralelo junto con el abandono del proyecto moderno de la razón, conforme va calando más y más en la cultura, y relegitima la valoración de las emociones y al mismo tiempo, la capacidad para vincularse con el futuro. Quizás un componente de esta índole es aquello que pueda servirnos para explicar por qué hoy somos un poquito más capaces de ver los problemas más allá del velo que tiende el dinero frente a nosotros, y la racionalidad de nuestras acciones se ve complementada en función a objetivos de plazo más largo que aquellos ofrecidos por la lógica del consumo.

¿Racionalidad? ¿Emociones? ¿Capitalismo, dinero? ¿Cómo se relacionan todas estas categorías? ¿Son elementos que deban ser tomados en cuenta, o que sean tomados en cuenta, en alguna medida, cuando tomamos decisiones todos los días? Eso es algo que estoy tratando de descifrar. Pero Lessig explica mejor que yo el problema, desde su nuevo punto de vista:

Tuve la oportunidad de escuchar a Lawrence Lessig en una conferencia pública que dio en la PUCP el año pasado. Fue realmente una experiencia iluminadora: no sólo son sus ideas realmente revolucionarias, sino que la manera como las presenta es extraordinaria.

Lessig ha estado en la primera línea en la lucha por un sistema de propiedad intelectual más coherente con las nuevas tecnologías digitales, y por un régimen de creatividad que se construya a partir de los creadores y no de los intereses mercantiles que se montan sobre ellos. En los últimos meses, Lessig ha decidido llevar sus esfuerzos en otra dirección: viendo que las reformas que busca, y tantas otras más sumamente necesarias, encierran como condición de posibilidad una transformación en las maneras como llevamos a cabo la política, se concentra ahora en atacar lo que considera la corrupción de los gobiernos actuales. Corrupción que no es otra cosa que el estar sometidos a los intereses de grandes corporaciones y grupos lobbistas antes que a los de sus propios ciudadanos.

A continuación, una reciente entrevista al propio Lessig, donde explica en sus propios términos la razón de su cambio, y las maneras como considera que Internet y los nuevos medios de comunicación que ha venido defendiendo representan una herramienta central en su nueva lucha:

… no existe.

La tecnología transforma nuestras formas de socialización y es difícil adaptarse. Como sociedad, esto nos causa resistencia porque no sabemos qué hay al otro lado. Y atrapados en el medio están los niños: ellos ya están al otro lado, pero sus padres no, y eso genera una sensación de tenerlos fuera de control.

No hay tal cosa como navegación segura, ni debería haber esta preocupación draconiana por proteger a los niños de lo que pueden ver en Internet. No comprendo, me desafía esta noción de escudarlos de “palabras clave” que puedan ser dañinas para su formación. Filtrar que no puedan buscar en Google la palabra “sexo” es estúpido. Si el niño la está buscando, es porque quiere ver sexo, o porno, o algo similar, y si realmente quiere verlo, encontrará una manera no contemplada en el filtro.

Por lo demás, un recordatorio: el mundo no es color de rosa. Hay cosas “feas” y que no pueden gustarnos, y el niño tiene que verlas igual. En Internet es igual, pero a la enésima potencia. De la misma manera que no deberíamos enseñarle a los niños que hay cosas “prohibidas” de las que no se puede hablar, deberíamos hacer un esfuerzo por explicarles cómo comprender estos fenómenos extraños, ponerlos en contexto y quitarles así la mística que los hace, justamente, tan apelativos.

No hay un “buen uso de Internet” porque nadie es capaz de definir lo bueno, ni mucho menos de convertirlo en filtros de contenido. Filtrar el sexo implica filtrar la educación sexual. Por lo demás, es el único ejemplo del que se habla: el objetivo principal de estos programas es que los niños nunca descubran que son criaturas potencialmente sexuales, y que existe una dimensión del cuerpo que en algún momento descubrirán de todas maneras, pero con menos herramientas para comprenderla.

¿Pero acaso no debería enseñarse nada en torno al uso de nuevos medios de comunicación? Claro que sí. Un uso responsable de los medios, que entienda las causas y los efectos de lo que hacen.

Enseñarles que hay gente allí afuera empeñada en hacerles daño, en engañarlos, y enseñarles cómo pueden protegerse de ellos.

Que aquello que publican en la web tiene consecuencias y un alcance mucho mayor del que pueden imaginar, y que deben hacerse responsables por la información que ellos mismos comunican. La web no es ya un sitio de consumo de contenidos, es un sitio de creación y expresión, y debemos aprender a hacernos responsables por nuestros aportes.

Que hay contenidos que deben entenderse juiciosa y críticamente, que deben corroborar los datos, ponerlos en contexto, identificar las fuentes. Es importante enseñarles que en Internet hay menos referentes para determinar la relevancia y certeza de la información, y que deben basarse en ella con precaución.

En resumen, los niños no serán, sino que son ya, consumidores y productores de información, en niveles que sus padres no pueden empezar a comprender, lamentablemente. Ya que lo son, educarlos en el uso de los medios no significa poner filtros para prohibir cosas y podamos permanecer tranquilos: si quieren encontrar algo, lo harán. Al margen de cualquier filtro. La educación mediática consiste en que se pregunten por sus prácticas de consumo y producción de información, por la manera como socializan en la web, y estén conscientes de los riesgos que existen y de las consecuencias que tendrán sus propios actos.

Pero la responsabilidad de educar no puede delegarse en una “Zona Segura Speedy”. Que un filtro prohíba que busque en Google “sexo” no puede ni remotamente ser un sustito para el educador explicando el sentido de lo que encuentra el niño en Internet como lo encuentra en el mundo. Al menos en Internet hay alguien a su lado que puede ayudarlo a contextualizar la información. Pero al parecer, queremos desperdiciar esa oportunidad.

Antes de la ubicuidad de las computadoras y de Internet, vender discos tenía sentido. Era la única manera de acceder a la música. La piratería era, a gran escala global, un fenómeno no demasiado problemático. Antes del CD, incluso, la pérdida en calidad con cada copia hecha reducía la importancia de la piratería. Pero con la tecnología digital, la enésima copia es igual de fiel al original que la primera. El tamaño de los archivos resultantes permite distribuirlos cómodamente por medios electrónicos. Se vuelve inviable cortar el flujo de la información, y en consecuencia cualquier puedes conseguir la música que quiera, cuando quiera. Sin pagar por ella. Esto se vuelve tan natural, que ni siquiera vemos la necesidad de reflexionar al respecto de si está bien o está mal. Vender discos ya no tiene sentido. Mantener un gigantesco aparato de distribución, para hacer de manera menos eficiente lo mismo que una red p2p puede hacer mejor, ya no tiene sentido. Pero a mucha gente que hacía mucho dinero con eso, le molesta mucho.

Antes, vender libros tenía sentido. Se imprimía un tiraje, más copias para los libros que venderían más, se distribuían a las librerías, se vendían. A veces se perdía, se acumulaban copias sin vender en los almacenes, era parte del negocio. Pero luego hubieron scanners, e Internet, y ya no tenía tanto sentido porque los libros eran reproducidos, incluso traducidos, más rápido que lo que la misma editora podía hacerlo. Los libros podían distribuirse digitalmente, incluso los más interesados bien podían imprimirlos en sus impresoras láser domésticas, quizás hasta por menor costo que el precio de lista. Vender libros masivamente ya no tiene mucho sentido. Pero a mucha gente que hacía mucho dinero con eso, le molesta mucho.

Antes del acceso a Internet masivo, vender software tenía sentido. Uno comprometía enormes cantidades de recursos para el desarrollo, pero al vender las licencias podía recuperar con amplio margen de ganancias. Pero luego apareció el software libre, y luego Internet, y de repente la gente compartía el software, había reemplazos gratuitos igualmente funcionales, la gente empezó a distribuir software incluso a través de la web. Alguien se dio cuenta que pagar $500 por usuario no tenía mucho sentido. Vender software dejó de tener sentido. Los usuarios empezaron a conseguir software libre, que podía utilizarse libremente sin costo, y prescindieron de “extras” que en realidad nunca sirvieron de mucho. Pero a mucha gente que hacía mucho dinero con eso, le molesta mucho.

Cuando el producto es información, pensar en el producto como si fuera una lata de conservas no sirve de nada. Cuando tu costo de producir la segunda unidad es infinitamente menor al de producir la primera, no puedes aplicar la misma lógica que con un paquete de galletas. Cuando el mundo cambia, tu modelo debe cambiar también.

Quizás los discos sirvan otro propósito, y en lugar de exprimirlos por regalías deban ser sólo material de promoción para que un artista se gane la vida a partir de presentaciones en vivo que brindan un mayor valor diferencial por la imposibilidad de reproducir la experiencia. Claro, esto pone en jaque a las disqueras, pero libera a los músicos. Que la industria musical muera es algo muy distinto a que la música desaparezca -hubo música mucho antes de que hubieran disqueras-.

Quizás los libros se enfoquen ya no tanto hacia públicos megamasivos, sino