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En otras palabras: no tengo por qué buscar un partido con el cual coincida en la mayoría de las posiciones con las que estoy de acuerdo, cuando puedo, más bien, articular mis diferentes posiciones y en cambio, vincularme con otros tipos de organizaciones que persiguen objetivos muy similares pero me permiten, básicamente, a disentir en otros temas, al mismo tiempo que ofrecen espacios de participación mucho más dinámicos e interesantes donde no hay que recorrer ni pelearse con la burocracia del partido. Puedo estar a favor del libre mercado y de la cobertura médica universal al mismo tiempo. Puedo abogar por el proteccionismo económico sin querer al mismo tiempo una Estatización a gran escala. Y así sucesivamente. (Nótese, de yapa, como en el camino distinciones polarizantes como izquierda y derecha, liberalismo o estatismo, se vuelven meramente referenciales, cuando extendemos el plano político tridimensionalmente.)
Al dar este giro, la política se vuelve también un universo misceláneo. Se vuelve misceláneo porque no sólo hay una introducción de una enorme cantidad de nuevos temas y posiciones que pueden ser recogidos por múltiples actores, sino que la manera como estos actores están configurados les permite tener una muy alta tolerancia para el fracaso. Construimos así un panorama político donde aparecen y desaparecen grupos y posiciones permanentemente según la capacidad que tienen para articular en torno a sí comunidades de apoyo más grandes y vinculadas, y ojo, aquí lo perturbador: su capacidad para articular estas comunidades no tiene nada que ver, ninguna relación, con lo correcto o lo incorrecto, con el bien y el mal, ni siquiera tiene una relación necesaria con lo que es mejor o peor para el conjunto de la sociedad y las demás comunidades. Cuando reduzco la valla para la participación masiva en el espectro político, la bajo tanto para aquellos con los que estoy de acuerdo como para los que no, y de entrada, existen muy pocas posibilidades efectivas para filtrar qué cosas queremos que aparezcan en el espacio público y qué no. Y no estoy del todo convencido, incluso, de que eso sea deseable: por lo pronto, me parece más importante fortalecer los mecanismo para que podamos, una vez creados, filtrar las peores opciones de las mejores de una manera efectiva. Pero este proceso de filtrado, en última instancia, no puede depender sino, de nuevo, de la acción colectiva de los ciudadanos para defender sus intereses. Si me molesta lo suficiente la publicación de alguna posición o mensaje con el que no estoy de acuerdo, pues está en mis manos organizarme para brindar una opción alternativa. Si no me molesta lo suficiente como para movilizarme, entonces no puedo tampoco esperar que alguien más se encargue de hacerlo.
Los costos de participación son lo suficientemente bajos como para que yo pueda, de hecho, organizar una alternativa. Que sea una alternativa viable… eso amerita mayor discusión. Los roles son flexibles, los costos son bajos, el alcance de los medios es alto: es razonable suponer que uno podría vincular una comunidad en torno a un interés en particular o en respuesta a algún tema en particular en el espacio público. Lo que no es tan inmediatamente visible es si uno podría, con la misma facilidad, construir una posición alternativa suficientemente fuerte como para dar la contra, digamos, a una postura hegemónica o respaldada por el gobierno, o por un gobierno. El problema de Bagua sirve para ilustrar este problema: los nuevos medios brindaron un canal alternativo a la información que era difundida por los canales tradicionales u oficiales – no por alternativa más verdadera o completa, pero sí permitía tener una perspectiva más redondeada del asunto. Al mismo tiempo, la gente difundiendo esta información logró establecer circuitos y asociaciones lo suficientemente fuertes como para convertirse en una voz medianamente significativa en este proceso, suficientemente significativa como para que el presidente, en un artículo conceptualmente viciado, básicamente los acuse de ser el perro del hortelano, ellos también. Es decir: no queda tan claro de que, por sí mismo, este intercambio de información y estas redes de colaboración podrían ser capaces de convertirse en posiciones suficientemente consistentes como para hacerle frente al contra-discurso en sus mismos términos. De hecho, creo que queda claro, en la actualidad, esto simplemente no es posible. O lo que es lo mismo: no, por mucho que apoyes causas en Facebook, eso no hace que, al final, el gobierno siga haciendo lo que le dé la gana. Se necesita más, mucho más, en términos de capitalizar este latencia ciudadana y canalizarla hacia acciones colectivas más y mejor estructuradas, que realmente incorporen una alternativa viable. Y claro, bien podría ser que, a esta altura, la figura del partido político empezara a volver a exhibir su utilidad.
Lo que encontramos en casos como el de Bagua, o como Irán, es la capacidad que exhiben ciertos sectores de la ciudadanía para transferir habilidades políticamente inocuas hacia un significado política con una enorme facilidad. Es algo que muchos llaman periodismo ciudadano, pero yo prefiero pensar que se trata de los diferentes roles, no sistemáticos, no exclusivos, que asumimos como parte del proceso mismo de ciudadanía. Ejercer activamente nuestra ciudadanía se vuelve no necesariamente aquella valla inalcanzable según la cual tenemos que estar permanentemente informados, permanentemente involucrados, incluso sacrificando parte de nuestras vidas personales para ello. En una sociedad donde los roles que asumimos son transitorios y que cumplimos muchos de ellos cotidianamente, la función política del ciudadano es también uno de esos roles, que puede adoptar una mayor o menor preponderancia según la manera como están articulados mis intereses, y de la manera como yo me choque o no con la necesidad de adoptar posiciones más fuertes en torno a su defensa. Tanto en Bagua como en Irán, grandes grupos de ciudadanos se encontraron en la necesidad forzosa de utilizar sus habilidades para cumplir con un rol de significado político – no es que nadie haya, realmente, querido hacerlo (en el sentido de que, si en ambos casos hubiéramos podido evitar lo que pasó, tanto mejor), pero ante la necesidad de que así sea tenían las competencias para capturar y transmitir información al mundo sobre lo que estaba pasando.
Esto, de ninguna manera, resuelve todos nuestros problemas. De hecho, creo que los complica. Pero lo que me parece que podemos empezar a identificar es, en primer lugar, que nuestra noción de ciudadanía se ve ampliada para incluir un conjunto de nuevos roles que podemos asumir según el contexto lo requiera. Por otro lado, que muchos de estos roles implican una apropiación mucho más personal y directa del proceso político, en un espectro que va desde el consumo de información hacia su transformación en la organización y participación de acciones colectivas.
De entrada, hay una gran pregunta, importante, que me queda perturbadoramente abierta. ¿Dónde queda el espacio para la negociación? Si puedo construir mi escenario político a mi imagen y semejanza, si puedo hacer mi selección mediática en función a aquello con lo que estoy de acuerdo, si los partidos políticos ya no son los espacios en los cuales negocio intereses y acepto compromisos, ¿entonces en dónde me enfrento a lo diferente? ¿En qué momento argumento, delibero, comparto opiniones y consigo acuerdo que vayan más allá de simplemente imponer mi propio punto de vista? Si no encontramos el espacio para algo así de importante… ¿dónde lo ponemos? ¿Cómo lo incorporamos?
Lo cual muestra que aún hay mucho, mucho por desarmar.
La semana pasada que escribí sobre la arquitectura de la participación, recibí muy buenos comentarios de parte de Jorge Meneses y Daniel Luna que me han ayudado mucho a esclarecer varios puntos flojos y precisar varios cabos sueltos. Mi experiencia hace un par de días de observar un poco más en la práctica cómo se configura la participación en diferentes espacios y todos los problemas que eso trae también ha sido material interesante, así como muchas de las historias que hemos escuchado en las últimas semanas: Bagua, Irán, Guatemala, y ahora también Honduras, escenarios de tensión política en torno a los cuales hemos visto aparecer, como mediana novedad, la presencia de nuevas tecnologías utilizadas como herramientas para la coordinación espontánea de grupos que adquieren un carácter político.
Revisitando brevemente el argumento como lo formulé antes: la idea básica es que las herramientas tecnológicas, en la medida en que han transformado los costos de transacción asociados a formar diferentes tipo de organizaciones, han inaugurado la posibilidad de que nos sea mucho más fácil que antes vincularnos y agruparnos con otras persona que compartan nuestros mismos intereses, más allá de los límites de nuestra localidad inmediata. La idea, claro, no es mía, sino que es la base de la que parte el buen Clay Shirky en su libro, Here Comes Everybody. Los costos se vuelven tan bajos que podemos hacer espacio para todo tipo de grupos, sin necesidad de priorizar cuáles son los más importantes, lo cual genera una explosión de contenidos; al mismo tiempo, empezamos a asumir roles cada vez más flexibles a medida que vamos saltando de grupo en grupo. Aunque puedo ser el organizador y coordinador en uno, puedo simplemente ser un lector u opinar de vez en cuando en otro, y así sucesivamente. La construcción de nuestra identidad se vuelve un proceso flexible en el que nos adecuamos a diferentes roles, en lugar de llevar una misma identidad a todos los contextos en los que participamos.
La segunda parte del argumento se desprende de lo anterior. Conforme una parte cada vez mayor de nuestras vidas cotidianas se empieza a llevar de esta manera, empezamos a acostumbrarnos a una serie de habilidades y competencias propias del comportamiento en grupos. La instancia más básica de este comportamiento es el compartir, que puede crecer hasta la cooperación y la colaboración. En otras palabras, nos acostumbramos a que sea algo cotidiano velar por los intereses de un grupo en el camino a construir productos, referentes y lenguajes comunes. La parte más interesante es que esta dinámica se traduce fácilmente entre grupos construidos a partir de la misma cultura; es decir, que estas habilidades que desarrollamos son habilidades transferibles que no están limitadas por los conocimientos particulares de una comunidad. Son estas habilidades transferibles las que ayudan a movilizar a individuos aislados y articularlos en torno a todo tipo de grupos, y que, potencialmente, ese convierten en habilidades que pueden también movilizarse con una intención política.
Esto no quiere decir que sean muy buenos candidatos para ser reclutados por un partido, por sus grandes dotes organizacionales. Sus habilidades son potencialmente políticas en la medida en que los intereses que de por sí ya los agrupen, se intersectan con el plano de lo político de tal manera que se convierten en activistas. El caso de la propiedad intelectual es un buen ejemplo: las personas que se encontraron apoyando la causa lo hacían en gran medida porque, en la persecusión de sus propios intereses, se chocaron con una barrera legal y jurídica que requería de un esfuerzo más grande para poder cambiar. De esa manera, encontraron naturalmente que las habilidades que habían desarrollado en el intercambio con sus propias comunidades en línea eran igualmente útiles al aplicarse a la promoción de un contenido diferente.
Por ilustrarlo utilizando otro ejemplo, que ha sido muy estudiado en los últimos meses: la manera como la campaña de Barack Obama aprovechó los medios sociales para difundir su mensaje y movilizar, sobre todo a los jóvenes, a votar. Recuerdo haber mencionado después de las elecciones que era un error pensar que Obama supo juntar sus antecedentes como organizador de comunidades con la tecnología social: era, más bien, que lo primero justamente explicaba y daba pie a lo segundo. El gran logro de la campaña – cuyo antecedente conceptual importante es la campaña demócrata de Howard Dean en el 2004 – fue que simplificó enormemente el costo de transacción que implicaba reorientar las mismas habilidades transferibles a los objetivos de la campaña. Y aunque uno estaría tentado a pensar que esto sólo ocurre desde un lado del espectro político, creo que el gran logro de la campaña de Obama es que su movilización de la ciudadanía subvierte la ideologización tradicional: la significación de su campaña ha hecho que incluso sus opositores encuentren necesario volverse, forzosamente, hasta cierto punto activistas para defender sus intereses en el nuevo panorama político. Lo que empieza a aparecer no es tanto que las masas están, efectivamente, movilizadas políticamente. Lo singular del fenómeno es que cada vez más personas se encuentran en la posición en que pueden, de maneras mucho más sencillas, vincularse a acciones colectivas e incluso iniciarlas allí donde sienten que deben defender, respaldar o promover sus propios intereses.
Hasta aquí, en realidad, la “breve” recapitulación del argumento sobre la arquitectura de la participación: ésta es la estructura sobre la cual se está reconfigurando la actividad política y la acción colectiva. Pero entonces, consecuentemente, el panorama político pasa a significarse de manera diferente, también.
En primer lugar, porque el espectro de los intereses se ha ampliado considerablemente. Aquí tenemos, de nuevo, la economía de la larga cola de la que habla Chris Anderson: cuando antes, por las limitaciones estructurales de los contenidos que podían difundirse masivamente, sólo podíamos tener acceso a un subconjunto restringido de intereses políticos – canalizados y agrupados por partidos de masas -, el cambio en esa misma estructura hace que no estemos necesariamente limitados en nuestros intereses por aquellos que dominan la agenda pública porque involucran a más gente. Es decir, no sólo pueden interesarme más temas que aquellos que son explícitamente tratados, sino que pueden interesarme más posiciones que las que son explícitamente reconocidas. De nuevo, el ejemplo de la problemática de propiedad intelectual es ilustrativo: lejos de ser un tema que convoque el interés de grandes mayorías, es, sin embargo, un tema de gran importancia para una comunidad muy articulada y organizada a nivel global. Los intereses posibles con crecientemente más específicos y granulares: aunque se trate de un tema que sólo es relevante para unos pocos cientos o decenas de personas, es lo suficientemente relevante para ellos que encuentran la necesidad y el incentivo (y el medio) para organizarse.
El resultado neto de este giro es que la unidad granular en torno a la cual se juega la política, cambia. La política ya no se centraliza en torno a las posiciones articuladas de partidos políticos que agrupan diferentes paquetes de intereses dentro de una cierta consistencia interna para negociarlos a gran escala con otros partidos que hacen lo mismo. El rol que cumplen los partidos se ve cuestionado, porque la articulación de las energías de los ciudadanos se concentra en torno a temas que son personalmente mucho más relevantes, aunque colectivamente resulten menos negociables. La política, como tantas otras dimensiones de nuestra vida social, se buffetiza. Es decir, ya no tengo que estar de acuerdo con todo lo que diga el partido A o el partido B, o mejor dicho, no tengo que resignarme a dar mi apoyo a uno u otro partido a pesar de las desavenencias en uno u otro tema, sino que puedo, más bien, configurar mis preferencias políticas de la manera que mejor se ajuste a mis preferencias. En ese contexto, los partidos políticos pierden aún más legitimidad – los clásicos partidos catch-all propios de la cultura de masas simplemente se vuelven incapaces de brindar la misma relevancia que otras formas de organización política ofrecen.
Las diferentes tecnologías de comunicación de los últimos años han generado diversas transformaciones en los costos de transacción tradicionalmente asociados a diferentes interacciones sociales. En otras palabras, se ha vuelto más fácil hacer cosas que antes eran muy difíciles, lo cual es en sí mismo un incentivo para hacerlas más. Doble diagnóstico, a partir de esto: en primer lugar, que una de las cosas que se hacen más fáciles que nunca es compartir información. Este blog es un ejemplo de ello: hace unos años, no habría podido encontrar tan fácilmente un medio suficientemente flexible y abierto como para publicar estas pastruladas y encima, esperar que alguien en el mundo las leyera. Igualmente, podemos compartir información que nos parece interesante a través de redes sociales como Twitter o Facebook, podemos coordinar actividades vía SMS o mensajería instantánea, podemos hacerle seguimiento a fuentes de información con Google Reader y lectores RSS. Nos hemos vuelto, todos, en mayor o menor medida brokers de información, y esta posibilidad de compartir información fácilmente nos hace, a la vez, más fácil mantener activos nuestros vínculos sociales.
A partir de allí, el segundo diagnóstico: que el siguiente paso que posibilita esta facilidad de compartir información, es actuar sobre ella, y actuar sobre ella de una manera concertada y coordinada. Allí donde tenemos intereses comunes relevantes, está latente la posibilidad de que ese vínculo de interés común pueda convertirse en una forma de acción colectiva, en la medida en que nuestra información compartida se incrementa, se formula un lenguaje común y empiezan a generarse dinámicas adicionales a la capa inicial de información. Sobre cualquier cosa – desde web3.0, pasando por crianza de caballos de paso hasta cocina novoandina y demás, lo importante no es tanto el tema como el mecanismo utilizado para articular individuos con intereses compartidos. Estos es posible por varias razones: en primer lugar, por la misma transformación de los costos de transacción que hace posible coordinar acciones más fácilmente. En segundo lugar, porque la economía de la larga cola hace que sea mucho más fácil para mí encontrar otras personas, grupos o espacios que apuntan a intereses mucho más específicos, y potencialmente mucho más relevantes para mí a nivel personal. En tercer lugar, porque la naturaleza informal a partir de la cual surgen estas colaboraciones nos permite interactuar de manera flexible sin tener que asumir roles definidos o responsabilidades institucionalizadas que nos demanden demasiada atención. Si participo de una comunidad en línea, puedo desaparecer por unos días porque tengo mucho trabajo, luego reintegrarme y más allá de explicar por qué no estuve cuando me lo pregunten, no he incurrido en faltas mayores con la comunidad. La actividad se mantiene aún cuando yo no haya podido estar.
Estas comunidades, a su vez, empiezan a generar nuevos tipos de recursos compartidos que son producto del trabajo colectivo. Algo que puede ser considerado tan simple, por ejemplo, como una colección de enlaces seleccionados relevantes a un tema, representa un enorme valor para el grupo porque es, de cierta manera, una de esas piedras fundacionales sobre las que se articula el lenguaje compartido del grupo. O una lista de preguntas frecuentes, por ejemplo, empiezan no sólo a ser recursos de información, sino documentos históricos que testimonian la formación y el crecimiento de una comunidad. Son artefactos culturales.
Hasta aquí la cosa se ve bonita. El asunto empieza a complicarse de la siguiente manera: cuando empezamos a desarrollarnos dentro de estas comunidades, adoptamos como una cuestión normal y deseable el construir nuevos recursos de información, nuevos contenidos, a partir del trabajo de aquellos que hicieron lo mismo antes que nosotros. Incluso, estrictamente, ésta es la manera como toda nuestra cultura se ha construido, siempre – era Isaac Newton el que decía que nos “parábamos sobre hombros de gigantes”. El trabajo cultural o artístico consiste en tomar elementos existentes de nuestra cultura, cambiar la manera como están presentados, y de esa manera introducir lo inexistente a partir de lo existente. Es un proceso de transformación de lo conocido, por medio del cual podría decirse que todos ganamos: gana el creador original que ve su obra y, por su extensión, su propia identidad, recibir un tributo; gana el nuevo creador que tiene la oportunidad de expresar y articular un nuevo mensaje; y gana el conjunto de la comunidad que se beneficia a partir de la existencia del nuevo producto – todo, claro, de maneras bastante intangibles, pero que en general contribuyen a la estabilidad y cohesión del núcleo social. Hoy día tenemos palabritas más marketeras para este mismo proceso: el remix, o el mashup.
El problema surge porque en el camino trazamos distinciones que no nos han molestado hasta ahora: en gran medida, todo este circuito de intercambio se daba en el ámbito de lo privado y dentro de condiciones limitadas de distribución. Grupos pequeños, en pocas palabras. Mientras que la circulación de información en grupos grandes fue un privilegio limitado a la esfera de lo público, a aquellos con los recursos suficientes como para mover las máquinas necesarias para alcanzar a grandes grupos – la imprenta primero, la radio y la televisión después. El equilibrio de poder se mantenía más o menos imperturbable. Pero cuando se reducen los costos de transacción y estos grupos de colaboración empiezan a desdibujar la separación entre lo privado y lo público, y hacer que sus intercambios se vuelvan materia disponible a cualquiera navegando por la web, las posiciones de aquellas organizaciones que habían dominado el espacio de la comunicación en el ámbito público se vieron amenazadas. En primer lugar, y directamente, porque su trabajo de remix se extendía hacia objetos y productos culturales que no eran de libre disposición, sino protegidos por la ley para que no puedan ser libremente copiados. En segundo lugar, porque en la medida en que reflejaban nuevas estructuras y motivaciones para producir nuevos contenidos (encima, a partir de sus viejos contenidos) generaban una competencia “desleal” que no podía ser tolerada.
El sinsentido de estas acusaciones quedará para otro día. Por ahora, concentrémonos en otra cosa: la manera como estas organizaciones se defendieron de esta nueva tendencia no fue buscando dialogar ni tampoco buscando a las condiciones cambiantes de un mercado. En cambio, escogieron utilizar su enorme masa para empujar al aparato formal para que impidiera que esto pasara. Es decir, movieron a los gobiernos para que introdujeran barreras a estas prácticas y conductas que protegieran, básicamente, sus posibilidades para seguir ganando dinero de la misma manera que siempre lo habían hecho, por encima del interés de los individuos de comunicarse, intercambiar información y formar comunidades de interés (las razones por las cuales esto de por sí beneficia a ciertas formas o ejemplos de gobiernos y Estados quedará obvia en breve, si no lo es ya). Barreras artificiales que impidieran que pudiéramos explorar libremente las posibilidades que este nuevo entorno ofrece. Es en este punto que se hace obvio, entonces, que las prácticas sociales que han crecido en torno a la tecnología han rebasado la capacidad de estructuras existentes, como el sistema legal, para darles cabida. Y claro, tiene todo el sentido: una legislación tipeada en máquinas de escribir obviamente no tiene lugar ni capacidad para describir cómo debemos actuar frente a una computadora, menos aún frente a comunidades de usuarios articulados a partir de una red de computadoras conectadas distribuidamente.
El resultado es que nos encontramos con una inconsistencia entre lo que la tecnología nos permite fácticamente hacer, y lo que el orden formal, legal de nuestra sociedad nos dice que estamos permitidos que hagamos. Y que, además, esta separación obedece a un carácter artificial, que busca mantener con vida modelos que entran en conflicto con todo lo que hemos aprendido en nuestra práctica cotidiana respecto a cómo tiene lugar el proceso a través del cual construimos productos culturales. Aquellas personas que han asimilado la lógica colaborativa de la producción cultural, la simplicidad de compartir información, no pueden quedar sino sorprendidas cuando se les dice que, en verdad, todo el tiempo que hacían lo que hacían probablemente lo hacían al margen de la ley. Exactamente eso pasó para grupos construidos en torno a la música, a las películas, a los libros, a la televisión, y demás objetos que han producido nuestras industrias culturales. ¿Cómo que no puedo fotocopiarlo, si sólo tengo que apretar este botón? ¿Cómo que no puedo enviar este archivo por correo electrónico a mis amigos, si es tan sencillo? ¿Cómo que no puedo descargarme esta película de Internet, si ya no está en cartelera? Y así sucesivamente.
En una economía de la información y el conocimiento, tiene todo el sentido que estos sean los recursos más protegidos. De allí que esta batalla se juegue justamente allí, en las leyes y normas que tenemos para manejar nuestra propiedad y producción intelectual, aquello que, finalmente, hace a las sociedades grandes e influyentes frente a las demás. En la medida en que un aparato cultural consigue internarse en otros, exportarse de una sociedad a otra, es que puede realmente contemplarse y medirse la influencia cultural que tiene una sociedad y una cultura. La cuestión termina reduciéndose, así en términos muy generales, a dos posiciones muy generales: por un lado la de quienes que el orden conocido se mantenga y que todos estos avances sea interrumpidos en la medida en que perjudiquen su modelo económico. En otras palabras, este lado de la discusión quiere reinstaurar la separación entre lo privado y lo público y la separación entre los usuarios, para que no tengan, realmente, otro remedio que seguir acudiendo a ellos como distribuidores si quieren seguir consumiendo productos culturales. Si nos guiamos por lo que algunos piensan, prácticamente nos dejarían sin Internet si tuvieran la oportunidad (aquí una refutación detallada también). El otro polo, con el cual, igual que en casos anteriores, simpatizo mucho más, es que en realidad nos enfrentamos al desafío de adaptarnos a estas transformaciones de la mejor manera posible, procurando rescatar el mayor impacto positivo posible a la vez que intentamos reducir al mínimo el inevitable, pero aún tremendo, impacto negativo que se generará. Tenemos que aprender a vivir con estas nuevas realidades culturales, y estas nuevas prácticas sociales que, aunque siguen siendo hoy privilegio de una limitada fracción de la humanidad, siguen expandiéndose a un ritmo tremendo e incorporando a nuevas masas que lejos de asimilarse a la lógica homogenizante del medio masivo, traen su propia voz, perspectiva y experiencia para introducir nuevos usos y significados a la manera como utilizamos estas herramientas.
De modo que lo que empieza como una “simple” lucha por cambiar la manera como pensamos la propiedad intelectual termina tomando matices muy diferentes – por un lado, se termina convirtiendo prácticamente en una causa de derechos y libertades civiles, en la medida en que empieza a asociarse con las restricciones que se imponen a la manera como escogemos expresarnos. Por la misma línea, en realidad lo que tenemos es una gran batalla cultural en la cual una nueva forma de vida emergente busca afianzar su posición frente a un modelo cultural dominante, no necesariamente para desarmalo ni destronarlo, pero sí para por lo menos hacer sentir su presencia lo suficiente como para ganarse el reconocimiento de su espacio. Cualquier semejanza con la realidad es pura coincidencia.
Pero esta misma lucha, años antes, habría sido imposible. No solamente porque el problema mismo no existía, sino que, aunque hubiera existido algo similar, los costos de transacción que implicaban organizar a grupos tan enormes de gente en torno a este objetivo común estaban simplemente más allá de lo que cualquier individuo o grupo informal podrían haber conseguido entonces. La ventaja estaba totalmente a favor de las instituciones que de hecho defienden este mismo sistema: sólo con esa envergadura era posible administrar y distribuir los recursos suficientes como para librar una batalla cultural de este tipo. Pero con la transformación en los costos de transacción, esta figura cambia: ahora pueden los individuos y los grupos comunicarse entre sí y coordinar acciones de tal manera que es posible concertar una campaña de alcance global en torno a una lucha por la supervivencia como ésta. Esto es posible no porque se hayan preparado durante años para esto, sino porque las mismas habilidades que han desarrollado al compartir información y coordinar acciones en torno a cualquier tema posible son las mismas habilidades que necesitan para compartir información y coordinar acciones cuando se trata de preservar la posibilidad de seguir usando dichas habilidades. Dicho de otro modo – las mismas habilidades que están en juego al discutir y transformar un libro o una película en línea son las que necesito para organizar grupos que transformen la legislación de propiedad intelectual de manera que reconozcan el espacio para estos mismos remixes y mashups.
Esto fue, precisamente, lo que ocurrió con el movimiento Creative Commons. Pero he aquí la cerecita del helado. Lo que el movimiento CC demostró no era únicamente el hecho de que existía un enorme interés y apoyo en modificar legislaciones de propiedad intelectual no para destruirla, sino para abrir un espacio al dominio público y la participación de creadores independientes. Lo más interesante de este proceso, me parece, es que demostró la facilidad con la cual las habilidades podían transferirse de un contexto a otro – las habilidades de cooperación y colaboración, de acción colectiva organizada sin un nodo central que lo ordene todo. Lo cual nos podría llevar a pensar que el resultado neto de este proceso es una sociedad movilizada, organizada y articulada en torno a los temas más diversos posibles, desde Harry Potter hasta el tejido a crochet. Y eso no tiene nada de malo. Porque en estos contextos, en apariencia triviales y cotidianos, lo que está ocurriendo es que los jóvenes están descubriendo que la realidad cultural es maleable y que sus aportes a una comunidad son relevantes – que es lo mismo que decir que están redescubriendo el valor de la acción colectiva a partir de la micropolítica. Al mismo tiempo que están construyendo identidad múltiples, estructuradas en torno a múltiples roles en múltiples contextos entre los cuales pueden transferir sus habilidades.
La traducción de todo esto es la siguiente: el resultado neto es que a través de estas actividades estamos formando una nueva generación de individuos con un concepto potencialmente renovado de ciudadanía, entendida como la movilización, la cooperación y la colaboración por la defensa de los intereses particulares (que devienen colectivos). Y que pueden fácilmente readaptarse sobre la marcha para asumir un nuevo rol, en el cual hacen uso de las mismas habilidades que siempre han usado, para fines diferentes. Esto es, creo, lo que le permitió a Lawrence Lessig utilizar el ímpetu con el que venía desde Creative Commons para llevar el asunto más lejos y lanzar el movimiento Change Congress, un movimiento cuya premisa es que el cambio que Creative Commons requiere, presupone de un poder legislativo que no esté coaccionado por la influencia de grandes intereses en la forma de contribuciones monetarias a los legisladores. De nuevo, son las mismas habilidades, los mismos ciudadanos movilizados, que ni siquiera tienen que dedicar todo su tiempo a promover estas ideas y estas causas. La arquitectura de la participación de ha visto transformada.
Es, entonces, por eso que los gobiernos se ven ellos mismos beneficiados cuando las disqueras y las distribuidoras de películas quieren desarticular los individuos organizados que amenazan sus modelos económicos. En el fondo, lo que están consiguiendo es algo siempre bueno para el status quo: mantener a los individuos separados, e incapacitados de comunicarse entre sí, para que no puedan coordinar entre ellos acciones colectiva. Esta arquitectura de la participación transformada es lo que nos está mostrando en estos días algunos de los ejemplos más interesantes de cosas que pueden pasar hoy, que no podían pasar hace 10 años.
Tratado tercero, 12:
A partir de ahora, señores filósofos, guardémonos mejor, por tanto, de la peligrosa y vieja patraña conceptual que ha creado un “sujeto puro del conocimiento, sujeto ajeno a la voluntad, al dolor, al tiempo”, guardémonos de los tentáculos de conceptos contradictorios, tales como “razón pura”, “espiritualidad absoluta”, “conocimiento en sí”: -aquí se nos pide siempre pensar un ojo carente en absoluto de toda orientación, en el cual debieran estar entorpecidas y ausentes las fuerzas activas e interpretativas, que son, sin embargo, las que hacen que ver sea ver-algo, aquí se nos pide siempre, por tanto, un contrasentido y un no-concepto de ojo. Existe únicamente un ver perspectivista, únicamente un “conocer” perspectivista; y cuanto mayor sea el número de afectos a los que permitamos decir su palabra sobre una cosa, cuanto mayor sea el número de ojos, de ojos distintos que sepamos emplear para ver una misma cosa, tanto más completo será nuestro “concepto” de ella, tanto más completa será nuestra “objetividad”. Pero eliminar en absoluto la voluntad, dejar en suspenso la totalidad de los afectos, suponiendo que pudiéramos hacerlo: ¿cómo?, ¿es que no significaría eso castrar el intelecto?…
Más ojos viendo, mejores resultados. Nietzsche, precursor del a filosofía del open-source.
OK, soy consciente de que si sigo repitiendo que todo está bajo profundas transformaciones, empiezo a sonar aburrido.
Mejor al menos elaborar un poco del asunto. Todo este asunto de la época 2.0 se traduce en un fuerte espíritu de colaboración. Por alguna razón, en nuestra época gozamos de un espíritu mucho más dispuesto y abierto hacia colaborar de maneras más o menos gratuitas. Esto viene, además, asociado a que hoy disponemos de tecnologías que nos permiten comunicarnos, compartir y colaborar de maneras mucho más sencillas a las antes conocidas.
Hoy es sumamente fácil articular a un grupo de gente en torno a intereses o preocupaciones comunes, intercambiar información y experiencias, generar una base común de conocimiento y de ella derivar cursos de acción que se puedan desarrollar en conjunto. Esto lo hemos venido viendo surgir en diversos ámbitos de nuestra cultura.
La ciudadanía y el gobierno no es diferente, y de la misma manera, se está viendo transformado por los nuevos requerimientos que le plantea este espíritu. Cuando hay muchos más ojos concentrados en vigilar, es mucho más difícil que alguien pueda esconder algo debajo de la mesa. Cuando es más fácil expresarse y participar, el proceso político empieza a transformarse en algo mucho más integrador.
Detrás de esto hay un fuerte componente tecnológico y mediático, conforme estas herramientas posibilitan formas crecientemente complejas de colaboración, interacción y acción conjunta. Detrás de esto está, también, una forma o un modelo como compartimos la información y generamos bases colectivas de conocimiento. La regla general de este espíritu sigue siendo una de confianza: canales abiertos, información transparente, participación colectiva.
Todo suena muy bonito. Pero aún más bonito lo pone Tara Hunt en esta presentación (a la cual llegué por el blog de Luis Suárez).
Los efectos de todo esto recién empiezan a sentirse, y no debemos tampoco ser presas de una fe ciega que vea solución a todos nuestros problemas sin crear otros tantos en el camino.
El trabajo del profesor de antropología Michael Wesch y su taller de etnografía digital se ha vuelto sumamente popular, particularmente en YouTube y en general en la web, en los últimos meses. Hace ya tiempo incluí uno de sus clips en un post sobre aprendizaje y nuevas tecnologías, y hoy he encontrado un par de clips nuevos que ameritan exposición y comentario. Esto porque en ellos se evidencia una tensión latente y creciente pero que nos está costando mucho entender: los medios a través de los cuales nos expresamos y nos comunicamos están cambiando, y con ellos la manera como nos relacionamos con los contenidos y con los demás. El cambio es abrupto y radical, y las viejas estructuras no se adaptan con la misma velocidad que el cambio.
El resultado es claro en el caso de la educación, donde se hace crecientemente difícil conectar el contenido con los alumnos acostumbrados a algo… diferente. Desde que empecé a dictar clases de prácticas esto se me ha hecho más notable: es difícil hacer que un alumno con un “MTV attention span” se concentre en leer a Kant por dos horas. Hay que encontrar la manera de relacionarse con el contenido, de volverlo más cercano, de ponerlo en un lenguaje común. Esto no debería ser demasiado difícil, visto que aún sigo siendo estudiante. Pero aún así, el contenido mismo, y sobre todo la fuerza de la costumbre en la que uno es formado, hacen que no sea una tarea tan fácil.
Uno de los clips que encontré hoy enfoca justamente esta problemática, desde el punto de vista de los alumnos: ¿cómo aprendemos? ¿Cómo estructuramos el contenido? ¿Cómo debería entonces enseñarse? Conforme pasa el tiempo, se vuelve cada vez más claro que las formas conocidas de transmitir conocimiento funcionan cada vez menos.
El otro de los clips va en la misma dirección, y está directamente relacionado. ¿Cómo conocemos hoy? Antes, nuestras estructuras de conocimiento reflejaban en mayor o menor medida la manera como almacenamos la información. Archivadores, categorías, índices alfabéticas y cosas así. Pero hoy eso ya no tiene sentido. Estamos en la era de la búsqueda, cuando Google y las bases de datos relacionales, junto con la velocidad de computación creciente, hacen que la búsqueda de información sea trivial. La información misma se vuelve trivial, una vez que es tan fácilmente accesible. ¿Qué hace el usuario? Tiene que aportar algo nuevo, algo personal, algo que no esté en la simple data, para poder justificar su existencia. Saber la información se vuelve trivial. Entenderla, procesarla, agregarla, interpretarla, se vuelven los verdaderos elementos diferenciales.
La medida en que estos cambios lo están transformando todo es difícil aún de discernir. Marshall McLuhan señaló hace buen tiempo ya que el medio es el mensaje: que el medio reconstituye su contenido, y no es, como podría creerse tradicionalmente, un simple vehículo de contenido. Hay algo más que la forma aporta, algo determinante, y determinante a su vez en relación con el sujeto que consume información, que consume medios.
Y es éste un problema que me viene fascinando cada vez más. ¿Cómo aprendemos y cómo educamos hoy? Los métodos tradicionales brillan por su falibilidad, pero al mismo tiempo, hay ciertas cosas del establishment académico que podríamos querer mantener. No se trata simplemente de cambiarse a la moda y tirar todo por la ventana. Pero sí se trata de reprocesar, de reinterpretar el aprendizaje y preguntarnos qué se puede esperar de un alumno aprender. Regurgitar datos se vuelve una función trivial que una computadora puede hacer por sí sola. La idea misma de erudición se vuelve relativa.
¿Entonces?
La educación se vuelve un proceso más complejo, donde se debe enseñar con mayor profundidad las vicisitudes de consumir y producir información, y de hacerlo, además, de manera responsable. A todas las formas de alfabetismo y analfabetismo que conocíamos, ahora agregamos el alfabetismo mediático como elemento central en la formación actual de ciudadanos y consumidores responsables e involucrados. En muchas medidas y dimensiones esto se hilvana con otra serie de fenómenos que se vienen dando en paralelo, y por eso, hoy no podemos más que repensar, replantear, probar y ver qué pasa: política, economía, negocios, cultura, sociedad, medios, arte, producción, consumo, familia, redes sociales, comunidades, etc.
El medio está transformando todos los mensajes.
Entonces la consigna es cambiar el mundo, pero ésa es una tarea mucho más grande que la vida de cualquier individuo. Si entendemos la sociedad como una interacción compleja entre sistemas complejos y dinámicos, abordar los problemas nucleares en nuestras concepciones es un esfuerzo al mismo tiempo periférico y fundacional, un ataque que debe hacerse desde múltiples frentes.
Repetidamente, casi hasta el cliché, se repite que la vida contemporánea ha olvidado el sentido de la existencia, que el ritmo de vida acelerado y la entrega al consumismo nos han hecho olvidar las dimensiones del valor de la vida y aquello que realmente vale la pena. En realidad, es bastante cierto, pero es un problema complicado de formular: la magnitud del mundo se ha hecho tan extensa, que ahora nos resulta incluso complicado sentirnos vinculados con él. Cuando nos enteramos de lo que pasa en Siberia, es más complicado mantenerse al tanto de lo que ocurre en la puerta de al lado. Allí las cosas empiezan a dejar de tener sentido, al mismo tiempo que el aparato de producción debe fomentar este desarraigo porque empezará a prometer soluciones a cambio de cómodas cuotas mensuales.
Lo francamente fascinante de las últimas tecnologías de comunicación es cómo están, paradójicamente, reduciendo la extensión del mundo a la par que la amplían. Donde los medios masivos antes homogenizaban la cultura, los medios participativos de hoy brindan un espacio al individuo para manifestarse como tal -aunque sea en los comentarios a un video en YouTube-. Esta posibilidad de ser un emisor es al mismo tiempo la posibilidad de no tener que compartir los gustos e intereses de una mayoría vinculada por un mínimo denominador común, sino que le permiten formar parte de minorías significativas en torno a intereses vinculantes.
Internet ha traído la explosión de los nichos, lo que ha sido llamado la larga cola del talento. En esencia, esto significa que tengo la posibilidad de ignorar las señales no específicamente configuradas en función a mis intereses, porque hay tantas señales que por simple probabilística, alguna debe resultarme más cercana y personal que las demás. Esa señal representa valor personal para mí, al mismo tiempo que me brinda la posibilidad de devolver algo, de participar. En torno a esa señal se empieza a articular una comunidad reunida por un interés común, comprometida, interesada. Quizás no haya tantos como yo en mi entorno inmediato; pero habrá dos en otra ciudad, quince en otro país, ochenta en otro continente, y entre todos podemos compartir impresiones y experiencias y contribuir mutuamente al cultivo de nuestros intereses.
Así, como quien no quiere la cosa, empezamos a reunirnos, a articularnos, a reencontrarnos más auténticamente con nosotros mismos cuando nos encontramos legitimados para tener deseos que la mayoría no comparte. Así, de a pocos, la existencia empieza a tener un poco más de sentido.
Hace un tiempo he descubierto con interés el trabajo de Juan Freire, quien a menudo publica posts en torno a la problemática de la web 2.0 desde su perspectiva española (léase, traduciendo del inglés casi todos los buzzwords).
Más que entrar a tallar respecto a los particulares, mi preocupación giraba en torno a la falta (personal) de una comunidad articulada y vinculada trabajando este tipo de temas, o los que he venido trabajando en el blog. Principalmente por razones de tiempo, no he podido dedicarme a buscar blogs similares, a ponerme en contacto con sus autores y a entablar diálogos un poco más constructivos en torno a preocupaciones comunes.
Me gustaría poder conversar un poco más con todo el mundo y empezar a intercambiar perspectivas y experiencias, y sé que yo mismo debería dedicarme a buscarlos en algún momento. Mientras tanto, en todo caso, si hay interesados o involucrados con la perspectivas filosóficas o extra-filosóficas sobre los temas que más o menos he venido trabajando, si están publicando un blog, una web o algo por el estilo, y quieren intercambiar información u opiniones, háganmelo saber en los comentarios o por correo electrónico para poder empezar a ir articulando una comunidad más grande.





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