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Entiendo la idea de reivindicar la idea del genio, del artista como una especie de iluminado, cuando el artista es, justamente, él mismo. Es decir, un pintor pinta. Un compositor compone. Un escultor esculpe. Hasta ahí la cosa más o menos en orden, podemos decir él o ella hicieron esto o aquello, y esto o aquello es chévere, por lo tanto él o ella con buenos artistas.
Hasta ahí todo bien.
Nuestra concepción del sentido de la creatividad no tenía mucho problema. Pero luego nuestras artes empezaron a volverse complicadas. La fotografía ponía en cuestionamiento el valor de capturar la realidad – impresionismo y expresionismo siguieron su propio camino en la pintura, pero dejaban la duda respecto a si la fotografía podía considerarse como un arte. Con el tiempo nos acostumbramos a la idea.
Pero… ¿qué hacemos con el cine? ¿Quién es propiamente el “autor” de una película? Podría ser el guionista, el director, el director de fotografía, o incluso los actores y cada una de sus performances. No es tan claro establecer a quién atribuirle la autoría… más bien, parece más coherente atribuírsela a un grupo de personas al mismo tiempo, todas las cuales participan de la producción.
Algo similar ocurre, por ejemplo, con los comics. Tomemos el ejemplo sobre el cual suelo volver constantemente: Watchmen. Decir que es una obra solamente de Alan Moore sería gruesamente incorrecto: es un comic, y justamente, los dibujos de Dave Gibbons son un componente fundamental del medio y del desenvolvimiento de la historia. Es el resultado de la colaboración exitosa entre ambos lo que consideramos un gran producto.
Podemos pensar en otros medios, otros formatos también, como los videojuegos. Que casi siempre son desarrollados por equipos de producción, que incluyen diseñadores, programadores, coordinadores, escritores, y demás. El resultado es trabajo del equipo de todos – un juego exitoso será reflejo de un equipo de trabajo que funcionó bien. El trabajo colectivo se distribuye.
Así como nuestras artes se amplían, quizás también debemos modificar nuestra idea de creatividad. Quizás una idea demasiado estrecha de lo que reconocemos como creativo es lo que nos impide reconocer una serie de creaciones como obras artísticas.
No tuve tiempo de anunciarlo ni promocionarlo – el tiempo es cruel últimamente – pero hoy por la tarde tuve oportunidad de participar de un nuevo conversatorio organizado por el Bunka Yugo Club, un grupo de estudiantes de la PUCP. (Hace unos meses tuve también oportunidad de participar en un conversatorio sobre el anime Death Note desde una perspectiva filosófica.) Esta vez participé de un conversatorio en torno a una comparación entre la animación occidental y la animación oriental, compartiendo una mesa con Melvin Ledgard y Hernán y Héctor Sotomayor.
No soy especialista en el tema ni por asomo, incluso mucho menos de lo que me gustaría, pero lo que intenté hacer fue formular una especie de interpretación filosófico-cultural de por qué habían surgido estas dos tradiciones con significados diferentes, y sobre todo considerando que son tradiciones que se encuentran cada vez más hibridadas. Empezando por el hecho de que ambas tienen una relación muy diferente con el flujo del tiempo (y a esto le debo mucho al genial Understanding Comics de Scott McCloud) y cómo esa relación muy distinta con el manejo del tiempo abre la puerta para todo un universo de interpretaciones diferentes. La animación japonesa tiene una mucho mayor facilidad para dilatar el tiempo, para extender una escena y convertirla en un monólogo interior en el que se profundiza sobre los motivos y los objetivos de los personajes. Largos planos que se desplazan lentamente, imágenes panorámicas que duran mucho, periodos prolongados en los cuales los personajes permanecen en las mismas posturas o realizando las mismas acciones. El viento, el movimiento de las hojas. Y, también, en gran medida, el uso del silencio como un recurso que permite también dilatar esta experiencia subjetiva del tiempo.
Este capítulo de Neon Genesis Evangelion, “El dilema del erizo”, me parece un excelente ejemplo de la manera como la animación japonesa puede realizar un excelente uso de esta dilatación del tiempo (observen, por ejemplo, la escena del tren):
En cambio, la tradición de animación occidental, especialmente la estadounidense (y, como bien puntualizó Melvin Ledgard, en especial la tradición televisiva a partir de los años sesenta), se concentró más bien en rellenar lo más posible el segmento de tiempo disponible con cosas que pasaban en la pantalla, sin dejar ningún tipo de espacio abierto, de tiempo dilatado en el cual el usuario pudiera introducirse para extraer sus propias interpretaciones de lo que estaba observando. Esto va de la mano con otra característica que me pareció resaltante, que es la claridad moral de la tradición occidental: pensando, por ejemplo, en los sumamente mercantilizados dibujos animados para niños de los ochentas, como G.I. Joe, He-Man, Transformers, o Thundercats, entre muchos otros, es en términos morales sumamente claro quiénes son los buenos y quiénes son los malos. Está determinado de antemano a favor de quién deben estar los niños, y por extensión el juguete de qué personaje debe ser ligeramente más caro. Pero esto hace que todos estos dibujos animados terminen siendo, realmente, poco interesantes en términos morales, porque no hay ningún tipo de ambigüedad que negociar, no hay áreas grises como las que sí, por ejemplo, se empezaron a negociar cada vez más en el ámbito del cómic. Me parece, como hipótesis sumamente suelta, que al mismo tiempo el dibujo animado empieza a quedar desfasado de un contexto cultural que se vuelve cada vez más moralmente problemático en términos de escalas de grises vs. blancos y negros, lo cual hace que la figura del dibujo animado hacia finales de los ochentas empiece a parecer un tanto gastada y obsoleta, incapaz de reinventarse a sí misma.
Dos cosas ocurren aquí que me resultan interesantes. La primera es el espacio de interpretación de la animación como una forma de arte, de expresividad. Yo creo, al igual que con el cómic, que negarle esta posibilidad es simplemente una obstinación basada en la costumbre de que algunas cosas son arte, y alguna no. Y creo, además, que se pierde mucho espacio de interpretación y valoración del contenido y el estilo de muchas de estas obras cuando les negamos, de entrada, la posibilidad de ser también formas de expresión artística en sus propios términos y cánones. El juego con el tiempo que hace la animación oriental no me parece poca cosa aquí, porque creo que es justamente allí donde se introducen esos espacios para que, valga la redundancia, el espectador pueda introducirse y apropiarse de la obra y del texto. No digo que, sin eso, no se pueda, o que introduciendo eso automáticamente esto ocurra, pero creo que la animación oriental ha tenido una mayor afinidad hacia la transgresión de la comodidad del espectador que la animación occidental, que probablemente se encontró, en su mayoría, condicionada por cuestiones comerciales antes que creativas. La polémica, sin embargo, parece haberse dado sólo, o principalmente, con la animación occidental, pues en Japón la comprensión de la animación como una experiencia expresiva más compleja parece haber acompañado el desarrollo del formato del anime.
Lo segundo es que, alrededor de la misma época, se empieza a dar una influencia cada vez más grande de la animación oriental sobre la occidental, y una mayor cantidad de puntos de encuentro. Un público cada vez más amplio empieza a consumir animación oriental conforme Internet empieza a hacer posible acceder a recursos, información y contenidos de esa tradición, de una manera que antes no era posible. Al mismo tiempo, creadores y productores empiezan a encontrar en los elementos de la tradición oriental todo aquello que no encontraban en los dibujos animados que tenían a la mano, y a partir de allí se empiezan a realizar todo tipo de intercambios e influencias entre ambas tradiciones, generando una nueva camada de dibujos animados que resalta no sólo por su diferencia estilística frente a la generación anterior, sino también por su nueva diversidad temática y por su interesante complejidad o ambigüedad moral. No necesariamente porque los personajes se vuelvan amorales o moralmente problemáticos, sino porque la simple distinción entre bien y mal de manera llana se empieza a desvanecer. O lo que fue mi conclusión favorita: Bob Esponja está más allá del bien y del mal.
Creo que la obra de Genndy Tartakovsky es un muy buen ejemplo de esta línea híbrida. No sólo porque estilísticamente su estilo está muy claramente influenciado por la animación japonesa (como en Samurai Jack, o en Clone Wars), sino también porque los diferentes dibujos animados con los que está involucrado reflejan un salto conceptual muy distinto a generaciones anteriores, y son quizás algunos de los que encuentro más conceptualmente interesantes. Entre ellos están, por ejemplo, Dos perros tontos, Las chicas superpoderosas, o El laboratorio de Dexter (además, por supuesto, de los ya mencionados Samurai Jack y Clone Wars). Este clip de Clone Wars, por ejemplo, me parece que resulta ilustrativo del estilo híbrido de Tartakovsky:
Difícilmente se agota aquí el asunto, y es más, ni siquiera creo haber terminado de explicar plenamente algunas de las ideas que quise introducir esta tarde. Incluso es pertinente, también, complicar bastante el panorama por el lado de la tradición de animación occidental que puede analizarse de maneras sumamente interesantes. Pero, sirva esto como referencia para seguir conversando, sobre todo en lo que respecta a la complejidad y ambigüedad moral, pues es algo sobre lo que quiero volver para mi ponencia sobre Watchmen en el simposio de filosofía que se viene.
No, no soy ni por asomo especialista ni muy conocedor de comics, sólo últimamente estoy empezando a familiarizarme más con ellos y en gran medida por culpa de Perú21. Alguna vez tuve varios otros que ahora ni siquiera sé dónde tengo guardados. Pero, ahora en la Feria del Libro que hay estos días en el Vértice del Museo de la Nación, encontré en el stand de El Comercio que podía comprar varios de los comics que faltaban en mi colección de Perú21 y encima al precio de cupón, con lo cual me volví un poco loco. Así que se me ocurrió comentar un poco de las cosas que he leído últimamente sobre comics.
En primer lugar, una mención especial a Understanding Comics, de Scott McCloud. Creo que mi percepción del medio sería infinitamente menos interesante sin haber leído este libro – un análisis, en forma de comic, de la especificidad estética del medio del comic como medio de expresión artístico. Algunas de las cosas más interesantes que menciona McCloud son, en primer lugar, la naturaleza intrínsecamente híbrida del comic al ser un medio que fusiona lo visual con lo discursivo con una fuerte herencia del universo pictórico y fílmico en la composición de sus escenas. Además, la particular relación con el tiempo que se puede crear en el lector no sólo entre paneles, sino incluso dentro de un mismo panel, permitiendo jugar con la experiencia subjetiva de cómo se recorre el comic. En tercer lugar, lo más interesante me pareció la idea de que el comic es un medio que involucra mucho más al lector que otros formatos, por el hecho de que el espacio que existe entre los paneles es un vacío que el lector llena por sí mismo prácticamente con lo que quiera. Las transiciones, los cambios, los saltos, aunque son insinuados, en la práctica tienen que ser imaginados por el lector para poder funcionar.
El libro que conseguí junto con Understanding Comics, y leí los dos prácticamente de la mano, fue la serie Watchmen de Alan Moore y Dave Gibbons. Había escuchado mucho de ella, pero leerlo fue sumamente interesante – Watchmen refleja una serie de temas que recorren nuestra cultura contemporánea, y lo hace además a partir de su particular y oscura visión ochentera de las cosas. Dicen que con Watchmen, el comic maduró al evidenciar que podía contar historias mucho más complejas de lo que se creía, y puedo entenderlo perfectamente.
Lo demás es un poco lo que he venido leyendo y he conseguido en los últimos días. En primer lugar, conseguí la serie completa The Other de Spider Man. Me gustó mucho, pero me quedo con la sensación de que no fue explotada por completo: los dos temas centrales, que creo que son los de la mortalidad (de un superhéroe, nada menos) y el de la evolución no fueron realmente explorados hasta donde pudieron haberlo sido. La apertura freudiana de la serie, a partir del sueño, pudo haber sido un buen hilo conductor para la confrontación de Spidey con su propia finitud, como también pudo haberlo sido algún tipo de tensión moral en torno al hecho de evolucionar a un nuevo tipo de organismo.
La otra serie que conseguí fue Enemy of the State, de Wolverine. Ésta, creo, me gustó más, por el hecho mismo de que el personaje de Wolverine ofrece mucha mayor complejidad (que fue totalmente desperdiciada en la película de X-Men Origins: Wolverine). Si queremos ponernos sobreanalíticos – y siempre queremos hacerlo – el subtexto aquí está mucho mejor articulado: los Estados-nación contemporáneos, por bien articulados que estén, se encuentran en una muy difícil posición si tienen que resistir los ataques encubiertos de organizaciones privadas con suficientes recursos y determinación como para ponerlos en una situación difícil. Dada una carta lo suficientemente fuerte (en este caso, Wolverine), una organización terrorista puede realmente convertirse en una amenaza significativa para un Estado. Más aún cuando, como en el comic, existe todo un universo de individuos que escapan al control directo de los Estados, pero tienen ellos mismos la capacidad para socavar su autoridad y soberanía. Paralelos contemporáneos pueden trazarse en muchas direcciones.
De la colección Perú21, finalmente, pude conseguir el número que me faltaba de Batman: Año Uno (sí, después de mucho, mucho tiempo) para cerrar el arco escrito por Frank Miller sobre el origen del caballero oscuro. Quizás esto me haya parecido más interesante por varias razones, empezando porque recién hace poco pude, por fin también, ver la película The Dark Knight con la excelente interpretación del Joker por parte de Heath Ledger. Muy fino por la complejidad psicológica que consigue introducirle al personaje, y que es también, me parece, el principal valor de Año Uno y de la otra serie de Batman que me fascinó cuando la leí hace unos años, The Dark Knight Returns (escrita también por Miller). Año Uno y DKR ofrecen una perspectiva de un Batman sumamente oscuro, incluso por ratos malo, y todo el tiempo moralmente ambiguo: se arroga, arbitrariamente, la legitimidad para salir a pelear por el crimen como compensación por un trauma de la infancia. No sólo eso, sino como queda más claramente ilustrado en las películas de Christopher Nolan (Batman Begins y The Dark Knight) lo hace explotando el sentido de la teatralidad para infundir el miedo ante una construcción ideológica – de allí que la formidable escena del interrogatorio con el Joker sea tan tensa, pues queda revelado que ambos, en realidad, operan bajo el mismo principio y se necesitan mutuamente para existir.
Finalmente, una última nota de algo que recién he conseguido hoy día y espero tener tiempo para leer pronto, porque suena demasiado interesante: Red Son, guión de Frank Miller Mark Millar que reinterpreta la historia de Superman y lo aterriza en una granja colectiva en Ucrania en lugar de Kansas, y lo pone al servicio del comunismo soviético donde “lucha una batalla sin fin por Stalin, el socialismo y la expansión mundial del Pacto de Varsovia”.
(Gracias a Rubén por la corrección del dato de Red Son.)
Encontrado hoy:
Y… la educación formal es peligrosa. La Academia tiene su pro y su contra, te da herramientas, lo que es bueno para después deshacerlas, para poder romperlas y volver a cuando uno tenía ocho años. Yo creo que sería pésimo profesor, pero puedo hacer un sola buena recomendación para cualquier disciplina artística y es que hay que ejercitarla y ejercitarla hasta que salga con naturalidad, porque es entonces cuando el dibujo, o la música, o lo que fuera, se transforma en tu lenguaje personal. Tiene que salir natural, como cuando uno maneja un auto.
Luego, en la misma página:
Es que todo viene en el rígido con el que llegamos al mundo. Lo que pasa es que después dejamos de usarlo. Pero ahí está todo. Recuerdo el día en que me mostraron una fotocopia por primera vez. No lo podía creer, me la llevé a casa y la guardé. De grande perdés esa capacidad de sorprenderte, de mirar las cosas por primera vez. Cuando sos chico tenés la cabeza libre, dispuesta a que todo te parezca increíble.
Liniers, en Oops!, su libro con Kevin Johansen. Para la categoría de “notas desde Bs. As.”.
Resumiendo todas estas deficiencias en el concepto de aura, podremos decir: en la época de la reproducción técnica de la obra de arte lo que se atrofia es el aura de ésta. El proceso es sintomático; su significación señala por encima del ámbito artístico. Conforme a una formulación general: la técnica reproductiva desvincula lo reproducido del ámbito de la tradición. Al multiplicar las reproducciones pone su presencia masiva en el lugar de una presencia irrepetible.
Y sin embargo:
El medio es el mensaje.
Algunas novedades cortesía del boletín de noticias de la PUCP…
Jueves 15 de mayo, el artista Jota Castro está organizando… cómo se llaman estas cosas… un “proyecto artístico” en la playa Redondo en Miraflores, “La palabra de los mudos“. Se trata de una concentración de gente a las 11:30am, en torno a “las barreras de la comunicación y la necesidad de inclusión para el surgimiento de un escenario global integrado. La preconcentración es a las 10am en la Bajada Balta, y si se inscriben a través de la página web pueden incluso conseguir transporte gratuito desde varios puntos de Lima.
Cornelia Parker, artista inglesa, está presentando su muestra Never Endings en el Museo de Arte de Lima. Por ahí me han dicho que está muy buena, y en fin, me llamó la atención el “muñeco cortado por la mitad con la misma guillotina que cortó la cabeza de María Antonieta”.
Otra muestra, ésta sobre arte peruano contemporáneo, es Tener Lugar. Experiencia, Acontecimiento, en el Centro Fundación Telefónica. Ni siquiera me voy a molestar en darle vuelta filosófica al título… En fin, hay días con visitas guiadas de los propios curadores de la obra, lo cual suena interesante.
La galería 80m2 -que además funciona en el mismo edificio en el que yo trabajo- ha inaugurado dos muestras: Insumisión, de Herbert Rodríguez, en su sala I, y Toma Urbana #2, de Renzo Núñez-Melgar, en su sala II. Lo francamente increíble (y un poco vergonzoso) es que a pesar de que paso por la puerta de la galería todos los días de mi vida (bueno, casi todos), nunca me he tomado el tiempo de entrar. En casa de herrero…
Finalmente, no llegué a comentar nada aquí sobre La Tierra vista desde el cielo, de Yann Arthus-Bertrand (muy buena muestra, además), que estuvo hasta hace poco en el Parque de Miraflores. Ahora hay una nueva muestra en el mismo sitio, “El clima cambia, mi vida también“, dedicada similarmente al tema del cambio climático y cómo está afectando al Perú. Espero poder visitarla pronto.
Considerando que estamos en medio de la Semana del Arte de Lima -o terminándola, en todo caso- vale la pena tener esto en cuenta.
Hace un tiempo con unos amigos empezamos un proyecto bizarro, como todos, que llamamos el Dodecaedro de Estudios Estéticos. El objetivo era, de manera un poco interdisciplinaria (un par de filósofos, un par de historiadores del arte, un psicólogo) profundizar un poco en los problemas del arte y de la estética, desde nuestras diversas perspectivas, un poco al mismo tiempo empapándonos en una serie de conceptos nuevos.
Tuvimos resultados interesantes mientras los tuvimos, incluyendo un poco de Lacan, lecturas del arte como producto cultural en la sociedad de masas, y demás. Pero lamentablemente, el tiempo, las obligaciones, y demás avatares de la vida posmoderna nos obligaron a silenciosamente dejar las cosas a medias.
Ahora el Dodecaedro ha resuscitado, en una nueva encarnación como Dodecaedro de Estudios Artísticos y un modelo más virtual. Aún no me queda claro el modelo, pero igual me resulta divertido. Creo que participar del nuevo Dodecaedro me brindará un espacio para formular una serie de preguntas más específicas en torno a una serie de cosas: conceptos de arte hoy, de reinterpretación y participación por parte de la audiencia, de cómo entender la crítica y la curaduría, en fin, tratar de enmarcar una serie de problemas que surgen hoy en mi línea de interés entendiendo al arte dentro de entramados más amplios de lenguaje y de cultura, o de producción y consumo de signos como diría Baudrillard.
Aún no hay nada que mostrar en el Dodecaedro, pero los invito a visitar, conocer y en la medida de lo posible participar. Para mí todo esto son conceptos nuevos, más aún porque se trata de ideas y categorías que están ahorita, como tantas otras, en plena maleabilidad. Rodrigo Sarmiento, uno de los participantes del proyecto, ha publicado un manifiesto que más o menos delinea algunas de las intenciones que tenemos hasta ahora, y que deja ver muchas de nuestras confusiones también. Por algún lado teníamos que empezar, ¿no?
Hoy caminaba por Miraflores disfrutando de música en los audífonos cuando se acabó la batería de mi MP3. Fue una pena, porque realmente lo estaba disfrutando, pero por supuesto, al puro estilo heideggeriano caí en cuenta de lo zuhandenheit precisamente en aquel momento en que dejó de funcionar como se esperaba que lo hiciera. Cuando el aparato dejó de ser el aparato pasó a ser otra cosa, aunque no sé exactamente qué.
Si no tienen ni la menor idea de lo que quería decir Heidegger, no se preocupen, porque yo tampoco. Su gran obra, Ser y tiempo, es una que planeo leer completa solamente con calma y dedicación exclusiva, probablemente en algún lugar alejado del mundo. Eso será para otro momento. Pero la muerte de mi batería me llevó a pensar en el sentido que cobra la música cuando podemos tenerla tan accesible. En otras épocas, no había manera de escuchar música si no era tocándola en vivo. La radio cambió todo, más aún la tecnología de grabación. La música repentinamente se volvió disociable del músico en términos de ocurrencia simultánea.
Surgió el álbum como forma artística, como producto integral, como experiencia articulada y diseñada. Pienso en el Dark Side of the Moon, de Pink Floyd: una delicada construcción de 43 minutos donde una canción lleva a la otra y donde cada intermedio es significativo. Nada parece dejado al azar. El álbum como producto-en-sí-mismo cobraba su propia cohesión, su propio sentido, y era mucho más que la suma de sus partes individuales, pues tenía la oportunidad de ser orgánico. No todos la aprovechaban, pero muchos, como Floyd, lo hacían muy bien.
Quizás fue más bien el mercado el que mató al álbum como objeto cultural, y personalmente creo que nunca se le prestó suficiente atención. En la época post-MTV es casi inconcebible pensar en un magnum opus de más de 40 minutos que requiera de cohesión estructural interna y que pueda tener éxito y ser apreciado por un público acostumbrado, más bien, a fragmentos de pocos minutos. Como siempre, no es que sea bueno o malo, simplemente es diferente. En mi MP3, tengo ahorita unas 594 canciones de unos 226 artistas. Pocos álbumes completos, a pesar de que aprecio enormemente el valor del álbum como objeto integral. Pero de esta manera la música empieza a pensarse distinto. Tanto así, que la música se produce, se piensa desde un principio, para ser reproducida en pequeños audífonos y no ya en grandes equipos de alta fidelidad. Ingeniería de sonido, le llaman.
El asunto es, finalmente, que nuestros diferentes aparatos nos están haciendo escuchar la música de manera diferente, desde su sentido más literal: suena diferente, diferentes frecuencias, diferentes tonos. Pero también diferentes conceptos: y hoy es más raro que un disco, mucho menos una canción, pretenda el trance metafísico que puede esperarse del crescendo que es el DSOTM. ¿Somos por eso una generación menos metafísica? Difícilmente, hay reemplazos, compensaciones sutiles como diría Cortázar. Quizás algunas cosas en el fondo se mantengan imperturbables, o quizás es sólo lo que mi nostalgia quisiera creer. Jugamos con las nuevas formas, hacemos arte con ellas, experimentos, vemos qué pasa, algunas cosas funcionan y la mayoría no. Usualmente queremos creer que hay un aparato mucho más formidable y espeluznante detrás de estas cosas.
La verdad suele ser más bien que se acaban las baterías y uno empieza a divagar a partir de eso.





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