Anoche vi la película de George Clooney, “Good Night, And Good Luck”, en la que cuenta la historia de la confrontación entre el periodista de la CBS, Edward R. Murrow, y el senador estadounidense Joseph McArthy. McArthy es, por supuesto, famoso por una de las cacerías de brujas más grandes de la historia, cuando desde la comisión de actividades “antiamericanas” persiguió a una serie de personalidades reconocidas, sobre todo del mundo del espectáculo, acusándolos de tener vínculos con el comunismo. Todo esto ocurría, por supuesto, en medio de la década de los cincuentas, cuando la Guerra Fría apenas empezaba y los estadounidenses le tenían un pánico irracional a la amenaza comunista (que para todo efecto práctico aún mantienen).

La película es interesante por la reflexión que plantea en torno al rol y el poder de los medios de comunicación en las sociedades contemporáneas (la temática escogida y desarrollada por Clooney no es casual, y resuena repetidamente como un tema sumamente actual). ¿Los medios de comunicación solamente informan, con mediana objetividad, cuestiones de hecho? ¿O están llamados, más bien, a tomar posturas por una u otra perspectiva, y a defender aquello que consideran como la mejor opción? Más aún, frente a lo que se puede considerar incluso como una injusticia, ¿tienen los medios responsabilidad, obligación de intervenir? ¿Tienen alguna legitimidad para hacerlo?

Todas estas preguntas de por sí complicadas se ven agravadas por los medios masivos en la sociedad de masas. Cuando los emisores son pocos, y su alcance enorme, los mensajes y contenidos que transmiten tienen toda la capacidad para configurar, digamos, por sí solos todo el espectro de la “opinión pública”. La televisión es el ejemplo por antonomasia, perpetuamente comentado: la caja idiota que brilla en millones de hogares a ciertas horas comunes, repartiendo los mismos contenidos, homogenizando las opiniones y enmarcando las discusiones, estableciendo la agenda pública.

Al mismo tiempo, este mismo alcance, que por supuesto se traduce en poder, no puede sino convertirse en una enorme responsabilidad. Podemos recordar las famosas palabras de Ben Parker (el tío de Peter Parker, alias Spider-Man): “con gran poder viene gran responsabilidad”. Pues si se tiene tanto alcance, tanta capacidad de llegada, entonces obviamente parecería inmediato decir que los medios masivos deberían difundir mensajes positivos, o mensajes que favorezcan la sociedad, o lo que fuera. Aquí está la tensión de la película: el mensaje que quieren transmitir Murrow y su equipo de periodistas es que McArthy está excediendo su legitimidad y está quebrantando límites constitucionales. Hasta allí todo bien, pero al hacerlo inevitablementen tendrán que tomar una posición en el debate en cuestión. No se puede hacer tal cosa pretendiendo, al mismo tiempo, ser una posición neutral y objetiva.

He aquí el problema, desde un punto de vista filosófico. Pues no parece haber realmente asidero para tal posición neutral y objetiva. Nadie tiene o puede tener acceso a una cierta posición de contemplación de la realidad tal que la vea como ella es en sí misma. Así deja de tener sentido incluso hablar de la realidad misma, como árbitro que nos permita dirimir respecto a quién tiene razón y quién no: lo único que encontramos son realidades tal como son vistas por una o por otra persona, desde una u otra posición. Diferentes discursos no pueden ser, entonces, sino visiones parcializadas, intrínsecamente incompletas, sobre las mismas cosas. Y por lo tanto, no es posible que los periodistas o los medios de comunicación o nadie pretendan tener y brindar un enfoque neutral, equilibrado y objetivo de las cosas, porque inevitablemente tendrán que hacerlo desde alguna posición inicial, con un conjunto de creencias y valores básicos que prefiguran la manera como ellos asimilan y procesan la información, y como la retransmiten.

Por ello mismo, todo el problema sobre la objetividad de los medios de comunicación siempre me ha parecido un pseudoproblema, precisamente porque no veo cómo es que podrían intentar ser objetivos, mucho menos conseguirlo. Para mí, el problema es totalmente otro: es la ficción de la supuesta objetividad, que lo que hace en la práctica es enmascarar uno u otro prejuicio. La audiencia termina recibiendo información parcializada hacia uno u otro lado, pero creyendo, por el contrario, que está recibiendo la Verdad, objetiva, pura, absoluta. Esto nos da la falsa seguridad de que tenemos las cosas claras, los asuntos más allá del debate y la discusión, y da pie a versiones más o menos radicales de fundamentalismos varios.

Por el contrario, creo más bien que no hay tal referente último para las cosas, y que ante tal falta de objetividad (pueden verlo como una condena o una liberación, me da igual), lo principalmente importante es reconocer nuestra posición, nuestra perspectiva limitada, antes que pretender excederla con pseudouniversalidades. En otras palabras: es preferible reconocer de entrada que tenemos tales o cuales prejuicios, que hablamos desde cierta parcialidad particular, antes que pretender objetividades absolutas que no nos son permitidas.

No tengo ningún problema con una pluralidad de parcialidades. Creo que así vistas las cosas, tendríamos menos problemas (aunque indudablemente surgirían otros tantos de diferente naturaleza), sobre todo porque seríamos capaces de reconocer el alcance real de la información que encontramos en diferentes medios. De lo contrario, sólo estamos engañándonos, creyendo que una u otra perspectiva, narración de los hechos tal como supuestamente son, es la Verdad que hemos estado persiguiendo.

Estos son problemas interesantes, me parece, que caen dentro de un concepto más o menos nuevo (para mí, sobre todo) que es la alfabetización mediática (media literacy), un elemento central para la formación de las nuevas generaciones que se forman crecientemente en y a través de los medios de comunicación (como si alguna no lo hubiera hecho antes).