Una de muchas hipótesis que requieren de mayor sustento y consideración.
Me preocupa un poco empezar a repetirme a mí mismo, pero es lo que pasa cuando uno empieza a meterse en algo. En otras palabras: viendo que nuestro ordenamiento usual del mundo es hoy menos efectivo, y que en las condiciones actuales somos incapaces de tomar todas las decisiones necesarias, surge la pregunta por qué hacemos entonces, el problema filosófico de cómo nos manejamos frente al mundo y la incertidumbre.
¿Cómo recogemos y procesamos toda esa información que necesitamos para cumplir con nuestra porción de creación de conocimiento, más aún con la de los demás?
En realidad, la tarea se muestra como inviable, y no por eso podemos darnos el lujo de descartarla. Pero entonces debemos sintetizar procesos, resumir y reducir costos de transacción (quizás, sí, a expensas de la profundidad con la cual procesamos la información). La hipótesis extraña que se me ocurre es que este resumen lo realizamos “tercerizando” funciones cognitivas a través del ámbito emocional. Con mayor precisión: emociones y conocimiento no han estado nunca desligados. Pero para lidiar de manera más efectiva con la sobrecarga de información, utilizamos las emociones como árbitro para discriminar el contenido.
De allí, también, que la confianza sea una de las virtudes más apreciadas hoy en día. La confianza que tiene, por ejemplo, una fuente, un referente, un elemento de contenido, que brinda algún tipo de garantía sobre aquello de lo que habla y, como tal, merece sobrevivir a los filtros rígidos de discriminación que aplicamos. Lo que sobrevive al filtro para un análisis ulterior, entonces, no es realmente aquella información mejor evaluada y procesada, sino aquella que sobrevive a un filtro inicial de confiabilidad y relevancia. De esta manera nos vinculamos con el contenido, estableciendo vínculos más bien emocionales donde entran a tallar nuestros deseos e intereses concretos.
Esto arrastra implicaciones a la manera como aprendemos y enseñamos. El procesamiento profundo del contenido no vendrá por su exposición argumentativa y comprehensiva. Por el contrario, para que la audiencia realmente procese el contenido, debe ser dispuesta en el marco emocional adecuado para recibirla. Y debe formar con el contenido no un vínculo de asimilación conceptual, sino uno emocional, de vinculación personal con el contenido. Esto, por supuesto, no suena nuevo, pero nunca está demás redescubrirlo, pues nuestros prejuicios históricos son lo bastante fuertes como para hacernos olvidarlo.
Enseñar, y aprender, en general relacionarse con conocimiento, implica un trabajo emocional de llevar a quien aprende a la disposición emocional adecuada, a generar un interés legítimo por el tema que incite a la curiosidad y a una vinculación más profunda con el contenido. El contenido mismo, entonces, es inseparable de su forma, y así el medio es el mensaje, y la manera como lo expresamos será transformativa de lo expresado y determinante en términos de su supervivencia en las mentes de quien lo recibe.





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