¿Por qué será que nos cuesta tanto decir las cosas que pensamos?

Recuerdo que antes no me costaba tanto. Aún ahora, creo que me cuesta mucho menos que a otras personas, y prueba de ellos creo que podría ser este blog.

Estamos demasiado acostumbrados, creo, a esperar tener una verdad definida antes que pronunciarnos sobre cualquier tema. Alguien, pensamos, podría rebatir cualquier cosa que digamos con una referencia a algo que no hemos conocido aún. Y sí, claro, podría pasar. Pero pensar así es pensar al mismo tiempo que vivimos en un estado de guerra con el mundo, permanentemente amenazados. Porque si pasara, no habría otra cosa más que agradecer y reformular: se llama aprendizaje.

Y al mismo tiempo, nunca tengo tiempo para preparar algo que poner en este mismo blog. Pero siempre hay ideas. El problema es que espero demasiado a que cuajen antes de lanzarlas al mundo. Eso es bueno para mis pocos lectores, porque tienen ya al menos un primer filtro. Pero menos contenido.

Deberíamos acostumbrarnos más a decir cosas, aunque sean breves, aunque suenen tontas, aunque sean preguntas estúpidas, por lo menos para que alguien más nos señale el error o nos apunte en la dirección correcta. Deberíamos superar este estúpido miedo a tener una voz propia con la cual afirmar, en principio, que de hecho pensamos por nosotros mismos.